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19º Festival Internacional de Cine de Punta del Este

Festival de Punta

Renovada fiesta del cine en Punta del Este

El 19º Festival Internacional de Cine de Punta del Este, que se realizará del 21 al 27 de febrero, es organizado por la Intendencia de Maldonado, que a través de su Dirección General de Cultura, encaró el desafío de ofrecer una propuesta renovada y atractiva del tradicional Festival, acorde a la imagen y la jerarquía del principal balneario de Uruguay.

Punta del Este obtuvo proyección internacional en la década del ’50, cuando se celebraron los grandes Festivales de Cine organizados por Mauricio Litman. Fueron los primeros festivales de cine en el continente y dejaron un legendario recuerdo.

Adjunto al Cantegril Country Club, hace 65 años, se construyó el Palacio de Festivales, para dar cabida a las películas, a los renombrados artistas y directores cinematográficos que llegaban de todo el mundo, a los espectadores e invitados que engalanaban cada función. No menos importante fue la presencia de periodistas de diversos medios de comunicación, lo que significó una promoción universal y sus beneficios para la industria turística.

En la 19ª edición, el Festival ofrecerá una variada programación de unos sesenta títulos internacionales, con especial atención al cine regional e iberoamericano. A la ya mencionada Sala Cantegril, se suman este año el Cine Libertador, la Casa de la Cultura de Maldonado y el Salón Rojo del Cantegril Country Club. Habrá además exhibiciones itinerantes en diversas localidades de Maldonado y la región como San Carlos, Pan de Azúcar, Piriápolis, Aiguá, Gregorio Aznárez y Rocha.

Los largometrajes de la categoría ficción se presentan en las secciones Competencia Internacional y Panorama. En esta última se proyectará una muestra de los títulos más importantes premiados en los grandes festivales del mundo. Estos filmes y los de Panorama documental, si bien no participan de la competencia, sí podrán recibir el premio Voto del Público.

Un jurado internacional de cinco miembros, integrado por el actor franco-argentino Jean Pierre Noher, la realizadora argentina Paula de Luque, el actor brasileño Nelson Diniz, el productor español Juan Manuel Villar Betancort y el escritor uruguayo Hugo Burel, discernirá los premios “Mauricio Litman”, en las siguientes categorías: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor, Mejor Actriz y menciones especiales en otros rubros que disponga, como Guion, Edición, Fotografía y Música.

La película de la función de apertura, el domingo 21, será el filme brasileño Ausencia, realización de Chico Texeira, triunfadora del pasado Festival de Gramado, donde obtuvo el Kikito de Oro. La exhibición se realiza además dentro del Homenaje al Festival de Gramado, que este año es el Festival Invitado, estando previsto el arribo de las máximas autoridades de Gramadotur, entidad organizadora del mismo.

En la clausura se presentará en avant-premiére especial la producción argentino-uruguaya La amiga del parque, dirigida por Ana Katz y protagonizada por Julieta Zylberberg, Mirella Pascual y Daniel Hendler, con rodaje en nuestro país. Fue seleccionada para el Sundance 2016.

Entre las figuras internacionales a las que el FICPUNTA tributará un homenaje especial, se encuentra la gran actriz brasileña Gloria Pires, quien llegará acompañando la presentación del filme Nise, el corazón de la locura, realización de Roberto Berliner, que triunfara en el Festival de Tokio con el Grand Prix y el lauro a Mejor Actriz.

Habrá también un reconocimiento especial a la trayectoria para el actor uruguayo George Hilton (Jorge Hill), de extensa y exitosa trayectoria en el cine europeo e italiano y recordado por su participación en spaghetti-westerns y filmes policiales.

Se celebrarán conferencias con invitados especiales, mesas redondas, presentaciones de libros y varios eventos sociales, como la ceremonia de apertura el domingo 21 de febrero y la entrega de premios y cierre, el sábado 27 de febrero.

 

XXX Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (Diego Faraone)

 

Cine diverso, polémico y popular

Si hay algo que caracteriza al festival de Mar del Plata es su carácter popular, y seguramente lo que lo diferencia sustancialmente de Bafici, el otro gran festival argentino. No se trata solamente de que es organizado por el INCAA y y por tanto es sacado adelante por la Presidencia de la Nación (la responsabilidad de Bafici recae en cambio en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), sino que además, por una cuestión geográfica, concurren allí otra clase de cinéfilos. Bafici tiene su sede y sus principales salas en la zona de Recoleta, barrio de clase alta bonaerense, mientras que Mar del Plata tiene sus múltiples cines en el centro mismo de la ciudad-balnaerio, localidad peronista por excelencia, concurrida y habitada por clases medias desde que Perón lo volvió un balneario para sindicatos de obreros y empleados en 1954. El público de Mar del Plata es más llano, aplaude con gran entusiasmo todas y cada una de las 400 películas exhibidas –incluso las que no lo merecen–, y ante la llegada de algún personaje célebre, hasta emite ovaciones con cierto aire de barra brava. Sus espectadores parecerían ser por igual jóvenes, medianos y viejos. Quizá sea también uno de los festival de latinoamérica más abiertos al cine de géneros, aunque su apertura a la diversidad sea también un rasgo característico.

Olor a mar, un clima que oscila entre muy ventoso y levemente soleado, corridas de diez cuadras entre sala y sala para llegar en hora a las funciones, una invasión de actores y directores que se pasean como si nada por las plazas y peatonales y que hasta salen a bailar a los mismos boliches que los visitantes de a pie… por sobre todo, mucha, mucha cinefilia, ocho días de no hablar de otra cosa que de cine y una inyección de celuloide capaz de provocar indigestas hasta en los adictos mejor predispuestos.

Competencia Internacional: cine heterogéneo.

Si bien pocos dudaron que la programación de este año fue superior a la de los dos años pasados, la Competencia Internacional presentó cine del bueno y también algo del impresentable. No puede adjetivarse de otra manera la imposible Mecánica Popular de Alejandro Agresti, una película que reúne lo peor del cine argentino de todos los tiempos. Discursiva, altanera, gritona, reaccionaria y hasta un poco resentida, encierra a un grupo de personajes al borde del suicidio que discuten sobre el mundo y sobre todo, siempre desgañitándose en vómitos catárticos que pretender subrayar la importancia de lo que están diciendo. Pero como ocurre con la gente que grita o que golpea la mesa cuando habla, pierde credibilidad desde la primera discusión, y semejante escándalo solo verifica la inseguridad de la película y de su director. Como bien dice el crítico de Página 12 Horacio Bernades al respecto: “Agresti filma como hace treinta años, y piensa como hace cien”.

En comparación todo lo demás parece genial: el premio a mejor director fue para el eslovaco Iván Ostrochovsky y su película Koza. Siempre hemos visto ficciones de boxeadores emergidos de un entorno marginal que se entrenan, van creciendo cada vez más y sorprenden al mundo con un implacable K.O. También hemos oído siempre de los grandes campeones “39 victorias y 2 derrotas”, pero nunca supimos del reverso a esta fórmula. Koza presenta eso mismo: un pobre desgraciado que quiere sacar adelante su vida y la de su familia mediante el boxeo, sólo para morder la lona una y otra vez, con deterioros físicos inevitables. Entre pelea y pelea, lidia con entrenadores alcohólicos y mánagers abusivos, resaca de la sociedad. Un abordaje llamativo y original, y también muy deprimente. En un mismo tono, El precio de un hombre (traducción perfecta de “Le loi du marché”) de Stephanne Brizé es una muestra de que en definitiva no hay mucho que envidiarle a Francia en cuanto a estabilidad y calidad laboral (pero sí en cuanto a cine). El cine social francés sigue siendo del mejor que se hace en el mundo y aquí se dispone un cuadro asfixiante como pocos, con un pico de calidad sobre el final, en el acercamiento a la vida de un guardia de seguridad de un supermercado.

El premio Astor a mejor película fue para la notable El abrazo de la serpiente, coproducción entre Colombia, Argentina y Venezuela, dirigida por el colombiano Ciro Guerra. Una inmersión en la Amazonia colombiana, río abajo, nos introduce en un universo cultural en sus últimos estertores, moribundo, en el proceso de ser diezmado por el hombre blanco. Con el espíritu de Apocalipsis Now o Aguirre, la ira de Dios, se trata de un envolvente ejercicio de adaptación histórica, que a medida que se adentra en el corazón de las tinieblas profundiza en conceptos como civilización, saqueo y exterminio.

Los premios a mejor guión y a todo el elenco masculino en conjunto fue para la impactante El club, ya reseñada previamente en estas páginas. En cambio el premio del público fue para Remember, del canadiense Atom Egoyan, de quien hace tiempo no oíamos nada. Un par de décadas después de sus notables Exótica y El dulce porvenir, Egoyan se lanza a un cine mucho menos serio, mezcla explosiva de género de revancha antinazi, con algo de Arrugas, Flores Rotas y Memento. Una historia de venganza senil, con vuelta de tuerca algo tramposa y sin profundidad conceptual alguna. Pero da lo mismo; es muy divertida.

Aunque la mejor película de la competencia (y seguramente de todo el festival), la que llevó el premio Fipresci y el premio a mejor actriz para la siempre maravillosa Érica Rivas es la sobresaliente en todo sentido La luz incidente, del director argentino Ariel Rotter. Una elegante recreación a los años sesenta en torno a una mujer de clase acomodada y con dos hijas a su cargo, quien luego de la muerte de su marido decide rehacer su vida. La película se va convirtiendo paulatinamente en un demoledor retrato de un dolor subrepticio, de una imposición disfrazada, de las malas decisiones surgidas de la necesidad. Un cine que traspasa y se queda instalado, y que habla de lo propio y de lo ajeno con una precisión soberbia. La capacidad del realizador para involucrar y envolver al espectador en una situación crecientemente incómoda es inigualable.

Competencia Argentina. Cine del mejor.

Es sorprendente que el nivel promedio de calidad de la Competencia Argentina haya sido aún mejor que el de la Competencia Internacional. Pero así son las arbitrariedades e intermitencias de la programación de festivales, y ya nadie debería poner en duda que el cine argentino no sólo se encuentra en un buen momento, sino que además es el más sólido de toda latinoamérica: con una producción anual de 170 largometrajes (según las cifras oficiales, pero deben de ser aún más), el vecino país entrega anualmente unas dos docenas de sumo interés y espíritu variado. Esta selección fue una buena muestra de esa solidez sostenida.

La ganadora de la Competencia fue El movimiento, adaptación de época sobre los rudimentos políticos de la Argentina, en la que los caudillos son poco más que saqueadores, asesinos a sangre fría, predicadores y embusteros paranoicos; la “civilización” en este recorrido viene acompañado de un salvajismo atroz, y el director Benjamin Naishtat propone con creatividad y cierto riesgo especulativo otro notable ejericicio de revisionismo historico. De todas maneras y aunque la película está muy bien, es poco comprensible que le haya ganado a Hijos nuestros y a Los cuerpos dóciles, dos de las más importantes de la selección, y de las mejores películas argentinas de este año.

Hijos nuestros, de Juan Ignacio Fernández Gebauer y Nicolás Suárez habla de cómo la adicción al fútbol puede convertirse en un problema vital de primer orden para el protagonista, un tachero con sobrepeso que recorre las calles de Buenos Aires. Carlos Portaluppi está genial como el resentido (y también querible) protagonista, al que se lo ve frecuentemente desbordado y salido de sus casillas, totalmente dominado por su propia pasión. Un excelente cuadro social, una dirección general notable que sabe presentarlo con soltura y naturalidad y el plus impagable de Ana Katz como co-protagonista, a quien siempre es un placer ver en pantalla. Por su parte, el impactante documental Los cuerpos dóciles supone una aproximación a la aguerrida cotidianeidad de un personaje único, grande como la vida. El abogado penalista Alfredo García Kalb se dedica a defender delincuentes de poca monta: pibes chorros, descuidistas y rapiñeros a quienes, por su condición de marginales, les esperan penas desmesuradas. El abogado conoce la prisión de primera mano y dedica sus energías a darles a estos muchachos la oportunidad de una defensa sólida y argumentada, y se lo muestra en su barrio y con su familia, en su estrecha relación con los acusados, y en un juicio terrorífico en el que se destapan las triquiñuelas por él implementadas para evitar que la balanza se incline siempre hacia el mismo lado.

También simpática pero sin el nivel de las anteriormente nombradas, Hortensia de los directores Diego Lublinsky y Álvaro Urtizberea es una comedia inteligente que recuerda al cine de Rejtman de sus comienzos (Silvia Prieto, Los guantes mágicos), con un humor permanente y sutil, personajes semi ingenuos y situaciones absurdas. Una fábula deliberadamente inverosímil, con notables apuntes sobre los lineamientos y objetivos que los humanos solemos autoimponernos. También es muy querible Como funcionan casi todas las cosas, cuyo director Fernando Salem llevó el premio a mejor director argentino. Se trata de una ópera prima fresca y sin grandes pretensiones, que nos ubica junto a una protagonista que necesita salirse del estancamiento, en el norte desértico de la Argentina. Cine comprometido, emotivo y muy bien actuado.

Pero el bicho raro de la selección argentina es sin dudas Pequeño diccionario ilustrado de la electricidad, de Carolina Rimini y Gustavo Galuppo. Un documental absolutamente desbocado y sobregirado, una acumulación imparable de datos e imágenes que se imponen recorriendo la improbable historia de un tal Christian Villeneuve, pionero en el desarrollo de la energía eléctrica orientada a la reanimación de los muertos y, cómo no, al invento y evolución del cinematógrafo. Algo así como un mockumentary, que se vale de una infinidad de materiales reales para construir el delirio conspirativo de un esquizofrénico, con ciertos dejos de ciencia ficción clase B y terror pesadillesco. De entre la catarata de datos pueden obtenerse, aquí y allá, hallazgos sorprendentes, un sentido del humor absolutamente atípico y un poder de impacto envidable.

Otra agradable sorpresa fue El último tango de Germán Kral, documental estándar que se centra en las figuras claves de María Nieves y Juan Carlos Copes, la más grande pareja de baile que tuvo la Argentina. Con entrevistas a los personajes –hoy ancianos– y una recreación ficcionada con actores, se construye una hermosa historia, con puntas dramáticas y bailes soberbios. Sin nunca explicitarse, se dan cristalinas muestras del profundo machismo instalado en el ambiente hace cincuenta y sesenta años.

Otros talentos.

La brasileña Campo grande de Sandra Kogut se involucra, con un registro sensible y discreto, en la difícil temática del abandono de niños. Pero la aproximación propone además apuntes notables sobre las brechas sociales y el miedo al diferente, al tiempo que exhibe ciertos cambios sociales imperantes en el Río de Janeiro actual: el caos y las transformaciones urbanas que vienen acompañadas de un proclamado “progreso”. Los niños están brillantemente dirigidos y la película impone una sensación de desarraigo constante; al abandono paterno se agrega que los espacios íntimos, los barrios, las plazas, las casas de la infancia son derruidas, convertidas en estructuras diferentes y para otra clase de gente, a menudo edificios o predios indolentes y asépticos.

Dando otra clara muestra de que el cine social brasileño viene cada vez mejor, Que horas ela volta? de Anna Muylaert es una incómoda aproximación al universo de las empleadas domésticas (como en la mexicana Hilda, como en la chilena La Nana) que pasan una vida al servicio de una familia, sin pertenecer, estando sin estar. La transgresión de esos protocolos descubre el andamiaje de un vínculo enfermizo. La venezolana Desde allá viene de llevarse el León de Oro, máximo galardón del Festival de Venecia, y debe de haber sido la película más polémica y desconcertante del festival (por los pasillos se oían toda clase de adjetivos al respecto, que iban desde “homofóbica” a “clasista”), y refiere justamente a la atroz discriminación, a la violencia más irrefrenable y a la brecha social en Caracas. Este cronista considera que esas valoraciones son equívocas y que la película fue de los platos más fuertes, transgresores y brillantes del programa.

Y qué decir de Afternoon, del chino maldito Tsai Ming-liang, responsable de películas inclasificables como Viva el amor, El río y The Hole. En este caso se trata de un documental en el que se registra, en un único plano fijo, una larga conversación de dos horas y diez minutos entre el mismo director y su actor fetiche Lee Kang-sheng (quien protagonizó todas y cada una de sus películas). Tsai había anunciado su voluntad de dejar de filmar, y Afternoon fue originalmente concebida para exhibir en un circuito de museos, pero aún así ha sido encargada y exhibida por festivales de cine de todo el mundo. Increíblemente, se trata de un filme interesante y siempre entretenido, donde el director hace pública su homosexualidad quizá por primera vez, y declara sin mayor disimulo su amor por su interlocutor y eterno amigo de la vida.

El mundo es bárbaro.

Si hay algo que caracteriza a los festivales argentinos es que no le hacen asco al cine de género más desquiciado y extremo del mundo. El acercamiento a la sección “Hora cero” del festival (funciones nocturnas de cine bizarro) es una visita obligada para el que vaya, y la entrada a un mundo aparte. De esta selección se puede destacar el filme británico Aaaaaaaah! (el que quiera googlearla, asegúrese de digitar ocho as) de Steve Oram, la película más delirante y mala leche de toda la programación. Los encargados de la sección aclararon que no se hacían cargo de ese filme, que ellos no lo habían programado, y que si había algún reclamo que se hiciera directamente al director, presente en el festival. Se trata de un cuadro de seres humanos que se comportan como primates, comunicándose con sonidos guturales, fornicando sin tapujos, destruyendo electrodomésticos, viendo programas de televisión nocivos y devorándose entre sí. Una marcianada encantadora, no apta para casi nadie.

Pero una de las películas más bizarras y maravillosas del festival es Tag, del maestro Sion Sono. De alguna manera que no puede llegar a comprenderse, el director japonés filmó este año siete películas, dos de las cuales estuvieron presentes en esta programación. Si bien Love and Peace no es la mejor de sus obras (aunque la idea general es genial y tiene tramos soberbios), en cambio Tag es Sono del mejor. Ahí está la mezcla de géneros que lo caracteriza, sus sorpresivos giros de guión, su fuerza inagotable y su refinada composición. La película está provista de una fuerza, una inventiva y un vuelo poético descomunales, y esconde metáforas sobre los prototipos femeninos que realmente dan miedo. El Festival de Mar del Plata desde hace años que coloca a este creador en un pedestal, estrenando cuanta película puede conseguirse de él. Y no es para menos, por estas tierras deberíamos intentar lo mismo.

Diego Faraone (Brecha, 13/11/2015)

 

Festival de cine de Mannheim-Heidelberg 2015 (Agustín Acevedo Kanopa)

Crisoles germánicos

El sábado se realizó la entrega de premios de la 64ª edición del festival de cine de Mannheim-Heidelberg, en la que quien escribe no sólo tuvo la suerte de poder estar, sino también la de participar en calidad de jurado de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (Fipresci, por su acrónimo en francés).

Con una larga historia que se remonta a 1952, cuando sólo se desarrollaba en la primera de las sedes y estaba orientado de forma exclusiva a documentales, el festival supo tener años de renombre, con figuras como Fritz Lang como presidente del jurado (en 1964), una histórica presentación de la nueva ola de cine checo en 1963 (juntando en el mismo sitio a Vera Chytilova, Jan Nemec, Jiri Menzel y Hynek Bocan) y el descubrimiento de futuros directores de renombre, como fue el caso de Jim Jarmusch con Vacación permanente (Permanent Vacation).

Actualmente, con una nutrida programación de películas de variados rincones del mundo -que van desde Bangladesh a Estonia, pasando por Holanda, México, Malta, Argentina e incluso Uruguay-, se traza un interesante paralelismo entre la grilla y el escenario social que conforman las dos sedes: Mannheim es un curiosísimo crisol industrial de etnias y lenguajes, con una cuantiosa comunidad turca que se caracteriza por su gran integración a la vida productiva y cultural de la ciudad (algo que la diferencia de otros rincones de Alemania); y Heidelberg es una ciudad universitaria poblada por estudiantes de los más recónditos rincones del mundo. Ambas pertenecen al estado de Baden-Wurtemberg y están unidas por el río Neckar; caminar por las dos ciudades hace eco de una programación que parece interesarse por lo exótico, con una acotada pero pareja calidad.

La noche mexicana

Tomando en cuenta este último punto, pese a la gran variedad de países que conformaban la competencia internacional, México sorprendió como el gran ganador, con sus tres films participantes (Distancias cortas, de Alejandro Guzmán Álvarez; La delgada línea amarilla, de Celso R García; y Jeremías, de Anwar Safa, todas de este año) premiados en diversas categorías.

Un interesante barómetro de la relevancia que tuvo el cine mexicano en esta edición del festival fueron las votaciones del público, que colocaron en el podio a las tres películas provenientes del país norteño. La ganadora en esta categoría fue Jeremías, que cuenta las aventuras y desventuras de un niño superdotado, perdido entre lo limitado de su entorno familiar, su vida en la calurosa y algo chata ciudad de Sonora y sus fantasías de convertirse en algo más. En muchos aspectos recuerda a la serie Malcolm (Malcolm in the Middle), y ya desde la labor de diseño de arte, la banda sonora y el tratamiento del tema, nunca parece alejarnos demasiado del terreno de lo amable -y algo convencional por demás, para ciertas expectativas festivaleras-. Sin embargo, el film termina funcionando por cierto cariño palpable hacia todos sus personajes, y cuenta con el acierto de que se haya elegido un elenco exclusivamente sonorense, en el que pueden notarse ciertas particularidades propias del acento y estilo de vida de la ciudad. En cierta medida, la elección de Jeremías como la película del público confirma la casi invariabilidad de las feel-good movies como favoritas para el podio en esa categoría.

El jurado ecuménico (integrado por representantes de las iglesias católica y protestante de Alemania) eligió Distancias cortas como el mejor film de la competencia, mientras que La delgada línea amarilla se llevó el mayor galardón, entregado por el jurado internacional del festival. Los dos films tienen en común la importancia que le otorgan a la ruta y el camino, desde perspectivas y juegos de escala distintos.

En Distancias cortas, la escena inicial nos presenta, en un delicado zoom combinado con música de bolero, la gigantesca espalda llena de rollos y surcos de un obeso mórbido, una especie de estática mezcla entre el universo de Pedro Almodóvar y el de Fernando Botero. El protagonista se llama Federico Sánchez y pasa sus días encerrado en un apartamento semiderruido, del que no quiere apartarse por los problemas cardíacos que le acarrea su peso. Una epifánica fascinación con la fotografía lo llevará a conocer a un joven trabajador de un centro de revelado, con quien entablará una amistad que lo habilitará a ir saliendo de su casa.

Se trata de una película sencillísima, que dota a todos sus personajes de una dignidad poco acostumbrada en un cine que suele caer en la tentación de dibujar a sus protagonistas desde el lado de las víctimas. Trazando una hipotética mutación de estilo y escenario, uno perfectamente podría imaginarse la pequeña historia de esos pasos cortos que da el protagonista, rehén de su propio cuerpo, en el marco de alguna pequeña película japonesa, de esas en las que el costumbrismo de un detalle sirve para hablar de algo mucho más complejo, de la conquista de pequeños espacios de autorrespeto y redención.

Por su parte, La delgada línea amarilla es también un film de redención, que en este caso sigue la vida de un hombre solitario a quien se pone a cargo de una cuadrilla de cuatro trabajadores, con el cometido de dedicarse a pintar las líneas amarillas de un tramo de ruta de México. Se trata de una especie de road movie a tranco corto, y el trazado de la línea va jugueteando con diversas metáforas vinculadas con el camino de cada uno de los personajes, pero lo que comienza siendo una muy buena idea termina cayendo un poco por la sobreexplicación de ciertas imágenes que hablaban por sí solas (sobre todo al final; hay un abuso de flashbacks lacrimógenos que hace trastabillar el tono del film).

Estas tres obras, más allá de agregar trofeos a la vitrina de México, nos muestran un interesante lado B de un cine que, en los últimos años, había obtenido renombre sobre todo a partir del trabajo de directores que hacían de lo sórdido y lo áspero una de sus principales marcas autorales (pensemos, por ejemplo, en la desasosegante Heli, de Amat Escalante, o la despiadada Después de Lucía, de Michel Franco), algo que contrasta notoriamente con el aire de las películas seleccionadas para esta competencia.

Psicogeografías
Habiendo mencionado el elemento aglutinador del viaje y el camino, o esa variedad deroad trip a tranco corto (como los pasos del gordo, atrapado en su propio cuerpo, o la meticulosa señalización de las líneas de tránsito), llamó la atención la presencia en el festival de numerosas películas en las que los desplazamientos por un tejido urbano ocupaban uno de los centros temáticos.

En esta línea, el film más destacable (ganador del premio del jurado de la Fipresci) fue 12 meses en un día, de la holandesa Margot Schapp. La película, armada en base a una estructura muy vinculada con lo flâneur, registra el vagabundeo de tres amigos que salen a pasear por Ámsterdam, luego de haber festejado juntos la llegada de un nuevo año.

Al comienzo uno sigue esa especie de deriva psicogeográfica (con voiceovers muy poéticos sobre la vida y el pasado de los personajes) sin percatarse de mucho más, pero conforme avanza el metraje se empiezan a notar ciertas irregularidades en el espacio y el tiempo, y ya por la mitad del film uno se da cuenta de que la continuidad que se mantiene en la pantalla no obedece a una linealidad espacio-temporal real, sino que lo que vemos es, justamente como anticipa el título, un año entero de la vida de los protagonistas, condensado sin puertas ni zaguanes en ese deambular constante (el film termina en una nueva fiesta de fin de año).

A este peculiar ejercicio formal hay que agregarle una notoria habilidad de la directora a la hora de sumergirse en diversos juegos entre figuras y fondos, con los que rescata a menudo aparentes elementos del decorado y los convierte por un segundo en protagonistas de la acción. Así, los tres amigos y Ámsterdam en sí misma son personajes que intercalan sus roles de forma sucesiva, y que van desarrollando entre sí nuevas imágenes y metáforas, en las que cualquier elemento puede ser el catalizador de otra cosa.

El resultado es un trabajo redondo tanto formal como emocionalmente, con un estilo que a veces puede saltar de un registro de romance a la francesa a un tono más documental, pero que mantiene un intrigante equilibrio entre todos sus elementos.

De lo nuestro

Un elemento de interés extra para el cine uruguayo fue el estreno de la película Clever, que venía de su avant première en el Festival de Cine de Busán (Corea del Sur). Uruguay había sido protagonista en Mannheim-Heidelberg el año pasado, cuando la película 23 segundos, de Dimitry Rudakov, se alzó con el máximo galardón, y es posible que eso haya mantenido vivo el interés de los organizadores a la hora de buscar producciones de este país. Si bien Clever, dirigida por Federico Borgia y Guillermo Madeiro, no se llevó en esta ocasión ninguno de los premios, generó un entusiasmo bastante compartido entre la prensa especializada y el público.
Con un estilo que sigue la línea de humor cáustico y ligeramente amargo de Aki Kaurismäki (ese sello que hiciera conocido a Uruguay a partir de 25 watts), pero con cierta inclinación a escenarios más absurdos e irreverentes, Clever recoge mucho del estilo juguetón y bizarro de la anterior Nunchaku, poblando el metraje de personajes grotescos (Horacio Camandulle con una peluca de corte carré, una vieja verde que colecciona cuadros expresionistas de desnudos masculinos, un físicoculturista -Hugo Piccinini- experto en diseño de flamas de auto tuning, un instructor de taekwondo adicto a la merca) que a su vez se relacionan con objetos o detalles rodeados de una particularísima aura (los helados palito de vino, el Family Game, el cambio de automóviles del protagonista al comienzo del film).

Los elementos más interesantes de la película pueden rastrearse en la relación fetichista entre los personajes excéntricos y estos inusuales objetos, conformando una historia que pese a su tono irreverente toca un terreno pocas veces explorado en el cine local: la porosa frontera que separa el festejo de la virilidad del homoerotismo, así como cierto campo minado entre la homosocialidad y la homosexualidad.

Si contara con más espacio mencionaría otros films, como el fascinante y desolador Bridgend (por lejos, el mejor trabajo de fotografía del festival), o Gluckauf (con la labor protagónica más interesante de las nominadas, a cargo del siempre áspero y reventado Bart Slegers). Como se trata de un festival con una competencia fundamentalmente orientada hacia primeros trabajos, sólo el tiempo podrá decir cuánto de augurio tuvieron algunas de sus premiaciones.

Agustín Acevedo Kanopa desde Mannheim, Alemania (La diaria, 27/10/2015)

 

Detour: Festival de Cine Nuevo

Comienza la tercera edición

Del 3 al 7 de noviembre se estará llevando a cabo la tercera edición del Detour – Festival de Cine Nuevo. A través del Festival buscamos el encuentro de nuevos realizadores y nuevas ideas, fomentando el diálogo y la discusión sobre el cine en un lugar emblemático como lo es el Cine Universitario (Canelones 1280).

A su vez algunos de los cortos y videoclips se podrán ver en el sitio Frasco.uy,durante los días del festival.

El público podrá ver una selección de 12 largometrajes, 21 cortometrajes y 9 videoclips, todos ellos uruguayos.

El costo de la entrada es de $50 o podés optar por un pase libre para todo el Festival a solamente $300.

Durante el Festival también se desarrollarán el Laboratorio de Cine Documental a cargo del documentalista Juan Álvarez Neme, charlas con directores y la exhibición de Zoom Out a cargo del Laboratorio de Cine / FAC