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Muestra de Cine Coreano (Guilherme de Alencar Pinto)

Risas, lágrimas y violencia

La Muestra de Cine Coreano es una bella iniciativa de la Embajada de la República de Corea (Corea del Sur) junto al Korean Film Council, asociados este año con la cadena Life. Las funciones son en el Alfabeta con entrada gratuita.

Corea tiene una larga tradición de cine, pero su circulación en Occidente fue ínfima hasta fines de la década de 1980. La gran eclosión se dio a partir del 2000, cuando películas coreanas empezaron a destacarse en los festivales internacionales top y ganaron un estatuto estelar realizadores como Hong Sang-soo, Kim Ki-duk (Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera), Park Chan-wook (Oldboy) o Bong Joon-ho.

La repercusión internacional del cine coreano en alguna medida reflejará el crecimiento del cine en el propio país. Fundado en 1996, el Festival Internacional de Cine de Busan (BIFF) remontó hasta convertirse en el festival más glamoroso de Asia. Corea del Sur tiene la reputación de tener un amplio público cinéfilo, y de hecho tiene el mayor índice de idas al cine per cápita del mundo (4,66 por año). Esto, considerando la población de 51 millones, lo convierte en uno de los mercados exhibidores más fuertes. Se producen más de doscientos largometrajes cinematográficos por año y el cine nacional implica el 52% del mercado doméstico (los únicos otros dos países en los que el consumo de cine local es más alto que el de cine extranjero son Estados Unidos e India). Los “secretos” son obvios: un desarrollado sistema educativo, fuerte apoyo estatal a la producción, restricciones a la importación de películas extranjeras y, sobre todo, cuota de pantalla para cine nacional.

Esta muestra esquiva los directores-estrella, y se concentra en obras de realizadores con menos de 50 años, todas estrenadas comercialmente en 2014 y que obtuvieron muy buena repercusión en Corea. Se trata esencialmente de cine popular. Al no estar la capa de arte/modernismo, el espectador se confronta en forma más evidente con una barrera de pequeñas diferencias de costumbres, instituciones, premisas, concepto de diversión (por ejemplo, el pudor sexual lleva a veces a un humor que puede resultar un poco ingenuo). Pero no se trata de una barrera espesa, y confrontarla bien puede ser uno de los factores fascinantes de encarar esta muestra.

Las películas

El rey de jokgu (Jogkuwang —debería ser “del jogku”—) es la ópera prima de Woo Moon-gi. Es una comedia deliciosa, centrada en la práctica, en un campus universitario, del jogku (algo parecido al fútbol-tenis, que surgió como pasatiempo entre militares). La edad de los personajes es universitaria, pero el tipo de humor es, para nuestra perspectiva, liceal, sin esos elementos guarros o escatológicos de la “nueva comedia americana”. Hay algunas hipérboles a la manera de la hongkonesa Fútbol Kung Fú (Shaolin Soccer): Man-seop patea la pelota con tanta fuerza que abre un pequeño cráter en la cancha; la muchacha enojada emite el rugido de un león. Quitando esos rasgos puntuales y ocasionales, el relato está más cercano del naturalismo caricaturizado. Los ingredientes son los esperables: Man-seop sólo dispone de un grupo de friquis para armar su equipo; le gusta la chica más linda de la clase pero ella prefiere al futbolero carilindo; al inicio todos los desprecian pero van ascendiendo en popularidad; amistad y fidelidad con los compañeros. Man-seop es un personaje cautivante —el actor Ahn Jae-hong se convirtió en estrella a partir de ese rol—. Aparte de desarrollar con fineza los vínculos humanos y de construir una historia en que hay enfrentamientos pero no hay villanos, la realización es de una creatividad y habilidad sobresalientes. En el primer acercamiento de Man-seop a Anna, suena la Sonata «Claro de luna» como música incidental romántica, pero la composición de Beethoven va siendo pervertida (interrupciones, reanudaciones, disonancias, enlentencimientos) en función de la manera en que el diálogo se muestra más o menos esperanzador para el protagonista. El montaje es espectacular, y hay que ver ese momento de la final del campeonato, en cámara lenta, sonorizado con un vals. La película es toda una alegría, aun con su final agridulce y ambiguo.

Mi amor, mi novia (Na-eui sa-lang, na-eui sin-boo, de Lim Chan-sang) es como una comedia de rematrimonio. Empieza donde suelen terminar las comedias románticas tipo “chico conoce a chica”: con la propuesta de casamiento, y de ahí acompaña distintas etapas en el acomodo de la pareja a la vida en común: la pasión sexual (medida en los comentarios chismosos de la casera, que representan la mirada social), las pequeñas diferencias cotidianas, la tensión por cumplir con las expectativas y el hartazgo ante las incompatibilidades, la dificultad de combinar las vocaciones artísticas con la necesidad de supervivencia y la vida doméstica, las tentaciones de infidelidad, el tambaleo de los roles de género en la pareja nuclear moderna y los intentos de ambos de cumplir con dichos roles pero también pelear contra ellos. El protagonismo siempre está dividido, con momentos en que los pensamientos de uno y de otro suenan en voz interior, a la Bridget Jones. Como buena comedia romántica, no falta la carrera de él cerca del final, al momento de confirmar el amor luego de haber metido la pata. Pero luego el encuentro, como todos en la película, está lleno de espacios silenciosos, cosas no dichas, intenciones encontradas. Aun reconociendo que la comunicación es muy imperfecta, la película claramente apuesta por el amor y la pareja, como en la Hollywood de los años 1930. Hay, al menos desde nuestra lejana sensibilidad, un desacompasamiento entre lo fino de todo esto y el humor ingenuo, acentuado además por una música sobre-explicada (véase el epílogo). Pero lo bueno predomina con creces.

Estos dos filmes ya no se vuelven a dar en la muestra: bien que se merecerían exhibición regular en cartelera. Para las siguientes tres habrá funciones todavía, entre hoy y mañana.

El encuentro fatal (Yeokrin, de Lee Jae-kyoo), transcurre en 1777, año en que el joven rey Jeongjo sufrió siete intentos de asesinato, La película ficcionaliza las 24 horas alrededor de uno de tales intentos. Es el único film totalmente serio de la muestra. En forma similar a lo que tantas veces pasa en el cine japonés y chino, la ambientación en época pre-moderna y contexto aristocrático es pretexto para un espectáculo visual especialmente cuidado, donde las exquisiteces de iluminación, movimiento de cámara y foco juegan con las simetrías de la arquitectura palaciega, de los rituales y de los cuerpos disciplinados. Jeongjo fue un rey notorio por sus reformas iluministas, y es mostrado aquí en forma idealizada, la encarnación misma del monarca ilustrado, hábil componedor de políticas, de ética intachable, profundo conocedor de los venerables textos filosóficos, y además temible espadachín y arquero. Como tantas veces en el cine de samurais, la intriga es entreverada y va creciendo a ritmo pausado y tenso hasta explotar en un baño de violencia. Mientras tanto acompañamos, en el presente y en flashbacks, eventos sobre los distintos personajes, que incluyen amistades, separaciones, conflictos de fidelidades, e involucran princesas, eunucos, asesores, sirvientas, militares y un grupo de asesinos tipo ninja abusados por un maestro sádico que es el único personaje realmente malvado. Frente a la austeridad con que se desarrolla la intriga, hay cierta sentimentalina en la prolongación llorosa de algunas muertes que deberían ser conmovedoras, bañadas en música melosa. Pero es un rasgo menor dentro de un espectáculo sólido y visualmente espeluznante. (Hoy lunes 12 a las 22 hs.)

Kundo (Gundo: min-ran-eui si-dae, de Yoon Jong-bin), es la otra película de época en la muestra: la accíón transcurre un siglo más tarde que El encuentro fatal, en los últimos años de la dinastía Joseon. No podía ser más distinta en el tono y en el enfoque. Aquí la acción y violencia (que también las hay, tanto o más que en la otra) se mezclan con toques cómicos, que se yuxtaponen sin problema con momentos serios y sentimentales. Hace mucho que no veo nada tan parecido a las representaciones comunistas en las que situaciones históricas servían para evocar y legitimar las luchas sociales. Aquí los nobles abusan del poder, mienten, explotan, el pueblo oprimido sufre y se termina aliando a un grupo de rebeldes super-entrenados para terminar con la injusticia. Un carnicero —lo más bajo en la jerarquía social de Joseon— se termina convirtiendo en el más temible de los guerrilleros, y empuña sus cuchillas profesionales como armas contra los soldados (está interpretado por Ha Jung-woo, una de las mayores estrellas del cine coreano). El villano mayor es el joven bastardo, hijo de una prostituta que fue adoptado por un noble: la traición de clase es aun más deplorable que la aristocracia legítima. Los rebeldes justicieros, intrépidos, sonrientes y chistosos tienen mucho de Robin Hood, y la comunidad en que viven es tipo Shangri-la. La música tipo Ennio Morricone, con ritmo de cabalgata y guitarra Fender, termina de cerrar las alusiones western de las carreras de caballos en las praderas y de algunos duelos. Lástima el no haber dispuesto de verdaderos actores marciales, con lo que las escenas de acción reposan en un montaje fragmentado, en que no hay una sola patada, piña o golpe de espada que aparezca en un plano continuo. (Hoy, lunes 12 a las 19:15 hs.)

Mi vida brillante (Dugeun dugeun nae insaeng), de E J-yong (o Lee Je-yong), cuenta la historia recontra sentimental de los últimos días de vida de un adolescente con progeria (envejecimiento precoz). El niño es perfecto: inteligente, agradecido, sociable, pide disculpas por las molestias que ocasiona, lleva adelante con entereza la noción de que tiene los días contados y aguanta comprensivo las bromas insensibles que le hacen los demás gurises. Todo parece calculado para suscitar lágrimas, y tantos buenos sentimientos y muestras de devoción sin fisuras pueden empalagar (máxime la música edulcorada). Pero, en fin, son tantos los golpes lacrimógenos que es difícil que alguno no llegue a dar en el clavo. Los asiáticos suelen tener presente, y ejercer sin pudor, la noción de que es parte de la salud humana purgar las tristezas, y a tal efecto existen obras de este tipo (es como uno de los tópicos de la película: Ah-reum quiere vivir, antes de morir, la dulce experiencia de tomar unos tragos y oír una canción triste). El padre del niño, está interpretado por Gang Dong-won, el villano de Kundo: formidable eclecticismo.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 12/06/2017)

35º Festival de Cinemateca (Guilherme de Alencar Pinto)

La fiesta es aquí

El 35º Festival Internacional de Cine, organizado por Cinemateca, está un poco más compacto que los anteriores: son menos días y menos películas. Sigue siendo el evento más masivo de cine en el Uruguay y el más diversificado: es probable que en el resto del año no se vuelva a ver en una pantalla local otra película oriunda de Austria, Corea, Ecuador, Montenegro, Cuba, Nicaragua, Holanda, Moldavia, Portugal, Ucrania, Finlandia, Islandia, Macedonia, India, República Checa, Bosnia y Hercegovina o Líbano (y las que haya con toda probabilidad se verán en las pantallas de Cinemateca o en algún otro festival). Téngase en cuenta que por año, en todos los ámbitos se suelen estrenar en Uruguay (incluidas exhibiciones no-regulares, en festivales o cineclubes) unas 650 películas por año. Los casi doscientos títulos de esta edición 2017 son muchos menos que los casi trescientos del año pasado, pero siguen correspondiéndose a la tercera parte de todas las películas que se proyectan en pantallas locales. Quizá esa reducción haya sido uno de los factores para una densidad mayor: en un régimen de dedicación máxima viendo diversas películas por día, no me tocó asistir a ningún título de relleno, nada que carezca de interés, y esto es muy raro en un festival. Por eso no acuerdo mucho con la propaganda que muestra a una muchacha que iba a una fiesta y se encuentra con una represora y autoritaria cámara de cine que la reprocha por no ir al festival. Para quienes aman el cine, o la ventana al mundo que a veces un conjunto amplio y bien seleccionado de películas puede implicar, la fiesta es el festival, y la mejor Semana de Turismo imaginable.

Se recomienda, con fervor

Cuatreros, de Albertina Carri (Argentina). El padre de la directora, el sociólogo Roberto Carri, permanece desaparecido desde que fue secuestrado por la dictadura argentina en 1977. Su estudio sobre Formas prerrevolucionarias de la violencia (1968) estaba centrado en el caso del bandolero social chaqueño Isidro Velázquez (1928-1967). La película se refiere a este trabajo, lo cita y elabora sus ideas, pero dista de reducirse a un ensayo histórico-político-sociológico. Esencialmente lo que vemos en pantalla es un collage vertiginoso de imágenes de archivo tomadas, sobre todo, en los años 60 y 70. Pocas veces sabemos su procedencia, y sólo podemos tratar de inferir, por su contenido, si se trata de ficción, testimonio documental, periodismo, publicidad o qué. Esas imágenes en movimiento a veces vienen de a una, o pueden convivir hasta cinco en la pantalla, dispuestas en distintos formatos. El ojo zarandea por las distintas imágenes en el intento de vincularlas o de captarlas todas o elegir alguna más interesante que otra, o perseguir a ver a cual de ellas corresponde la banda sonora. Cuando la banda sonora no es la sonorización original de las imágenes ni alguna canción de época, consiste en la voz de la propia directora, haciendo una subnarración aun más vertiginosa, velozmente proferida, de conceptos, citas, opiniones personales, relatos, que combinan una refinada articulación de ideas y una expresión informal, espontánea. El texto es irónico, incisivo, cuestionador, brillantemente redactado, parcialmente argumentado pero deja mucho por cuenta de la intensidad de la expresión, construyendo a la autora del film como un personaje que también es foco de nuestro interés. Se habla sobre la tesis de Roberto Carri (de que el tipo de violencia practicada por Velázquez y otros integrantes de las capas populares, lejos de ser meramente la explosión desgobernada de un lumpen, puede verse como un acto político), sobre la vida personal de Albertina, sobre el proceso de concepción de esta película, sobre algunas personalidades del cine argentino, sobre las diferencias entre la época vivida por sus padres revolucionarios y la que le tocó vivir a ella, sobre el cine. Se usa un procedimiento particularísimo de corrimiento representativo: la subnarración se refiere a cuando dispararon sobre Velázquez y en ese momento vemos la puerta de un auto de policía acribillado y, en otra sub-pantalla, a la ejecución sumaria de un soldado vietnamita (creo). Una vez que entramos en el juego, viendo esas cosas es como si viéramos las escenas descritas, pero afectadas por un ruidito semiótico, que al mismo tiempo funciona como generalización o abstracción, como reflexión sobre el comunicar/documentar/ilustrar, y además nos bañan en el contexto en que ocurrieron los hechos. Luego están las rimas visuales: una escena de un dibujo animado en que aparece un tigre es seguida de una película en que un tigre salta hacia la pantalla (¿propaganda de la Esso?). Una propaganda de pilas Eveready con aire futurista se contrapone a imágenes de ciencia ficción y periodismo amarillo sobre OVNIs. Por momentos los fragmentos parecen ser nomás colas de rollos de películas rayadas y deterioradas, y la banda visual adquiere un aire de cine experimental casi abstracto —bienvenidas pausas conceptuales entre tanta información figurativa—. Radical, inventiva, plena de energía, cuestionadora, originalísima y de una riqueza inagotable: es muy difícil que la suerte me llegue a deparar en el corto plazo con otra película tan estimulante como ésta. (Hoy, martes 11, a las 18:55 hs en Sala 2.)

Pendular, de Júlia Murat (Brasil/Argentina/Francia) es tan especial como sus personajes, una pareja de artistas vinculados al “arte contemporáneo” (él escultor, ella danzarina) que viven y trabajan en el enorme espacio de una fábrica abandonada, espacio que la película sólo abandona por unos pocos minutos en todo el metraje. La tenue narrativa acompaña las oscilaciones, encuentros y desencuentros afectivos de la pareja. Pero es una narrativa tan elíptica que está al borde de no merecer este nombre: ellos se llevan mayormente bien pero tienen sus problemitas, que al parecer se agudizan, quizá se separaron, quizá se reconciliaron. Quizá él estuvo internado en un manicomio hace diez años, alguien en la familia de ella padecía una curiosa enfermedad, ¿y por qué será que en determinado momento uno de ellos se ve a solas llorando? Es como si el dispositivo narrativo no fuera omnisciente y sólo hubiera tenido acceso en algunos momentos desperdigados en el tiempo y se tuviera que arreglar con eso. Lo concreto es lo cotidiano: la preparación de las esculturas, ensayos de danza, desayunos, charlas en la cama, sexo (casi explícito), partidos de fútbol entre amigos en el patio de la fábrica. La cámara a veces se concentra en fragmentos y detalles tomados con una rara intimidad, a veces los pone enteros en el espacio vasto y poblado de objetos interesantes en unos planos generales de exquisita composición. Es especialmente bello ver la manera en que la danza impregna los gestos cotidianos de ella (pegar una cinta en el piso, bañarse, hacer el amor) y cómo los objetos cotidianos se integran a su danza (la coreografía con las sillas) y evocan las esculturas del compañero (las dos sillas apoyadas una contra otra se corresponden con la escultura del primer plano de la película, con dos trozos de madera recostados uno contra el otro). Luego de la función del viernes, en la conversación con el actor Rodrigo Bolzan, una sensible espectadora observó la manera en que, en el transcurrir de la película, las esculturas tienden a ablandarse: desde la piedra y la madera pesada y rígida, hasta objetos flexibles y que, justamente, dan pie a que la compañera baile sobre ellas y con ellas, esculturas que danzan. El resultado global es único: una combinación de retrato afectivo muy íntimo, de las repercusiones de ese convivio en el arte, y una zambullida muy compenetrada en un mundo que suele ser considerado demasiado elitista como para ser el objeto de una película narrativa. (Miércoles 12 a las 17:15 hs en el Casablanca.)

Extraños en el cotidiano

Flemish Heaven (Le ciel flamand), de Peter Monsaert (Bélgica) es un drama con algún lejano componente de film noir o thriller. Sylvie administra un bordel y esporádicamente actúa como prostituta. A su hijita de seis años la cría con total normalidad y tienen una relación afectuosa y sana. Pero un descuido lleva a un episodio de abuso sexual. La policía, la propia Sylvie y el padre de la niña conducirán investigaciones paralelas. En ellas van a saltar aspectos sórdidos con los que toca la prostitución (el autoritarismo utilitario de Sylvie hacia sus “muchachas”, algún cliente machista y racista, los límites difusos de qué tanto se está comprando de la persona cuando se paga por un rato con ella), y también cosas buenas en la medida en que se manifiestan afectos que venían ahogados. El horror del abuso actúa solo: la secuencia en cuestión (muy elíptica) es de una delicadeza y expresividad excepcionales. (Hoy martes 11 a las 21:25 hs en Cinemateca 18.)

La región salvaje, de Amat Escalante (México/Dinamarca/Francia/Alemania/Noruega/Suiza). Por un lado es una crónica dramática sobre vínculos afectivos cruzados entre cuatro personajes treintañeros, en la que saltan aspectos nada lindos de la sociedad mejicana: machismo, violencia doméstica, homofobia, hipocresía, clasismo, abuso de poder de parte de una familia privilegiada. Sin embargo, en ese cuadro naturalista se implanta el factor sobrenatural de una criatura extraterrestre con tentáculos que tiene sexo con seres humanos (evoca Una mujer poseída de Żuławski y el sexo tentacular de los hentai), rodeado de simbolismos vagos pero potentes e inquietantes. Está tremendamente bien filmada y genera un clima único.

Personal Shopper, de Olivier Assayas (Francia/Alemania). La textura es relativamente convencional, salvo por una demora más grande que lo habitual en desvelar los componentes de la premisa: que Lewis es el mellizo de Maureen que se murió hace poco, que el trabajo de Maureen consiste en seleccionar y comprar ropas y joyas para una mujer famosa. Esa línea se entrevera con una historia de fantasmas y visiones del más allá. Nunca llega a ser una película de terror, pero hay un par de tremendas escenas de miedo y tensión. Tampoco llega a ser un policíaco negro, aunque hay un asesinato y un misterioso anónimo que envía mensajes por chat. Tampoco es un comentario social sobre el jet set y la moda, pero tiene algo de eso. Hay una escena crucial (en un hotel) que da como para pasar un buen rato discutiendo sobre qué fue lo que ocurrió exactamente ahí, y el final es muy abierto. El director Assayas es tan capo que todas las posibilidades en juego son interesantes y provocadoras.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 11/04/2017)

19º Bafici (Guilherme de Alencar Pinto)

Revelaciones y mentiras

El Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) es el evento cultural anual más masivo de la capital argentina y punta de lanza de la política cultural del municipio. Las veintipocas películas a las que asistí, a un promedio de más de cuatro por día, no son sino una partícula de la inmensidad de la programación, que contó con unos 450 títulos de 56 países de todos los continentes, y que a su vez son una fracción en una abundancia de actividades que comprendió conferencias, workshops, publicaciones y un laboratorio de proyectos en desarrollo. Lo único de lo que se puede dar cuenta en términos globales es —más allá de tal o cual película— el clima de excitación general, salas llenas, gente ansiosa que aprovecha encuentros casuales en las filas (con conocidos o desconocidos) para intercambiar pareceres, que no dejes de ver tal maravilla o no vayas a perder tu tiempo con ese bagayo que no se entiende qué hace en un festival como este. Con respecto a las películas en sí, no puedo más que compartir mi recorrido personal, que me deparó algunas maravillas, varios títulos muy buenos y, por suerte, no más que un par de garrones.

Algunas de las luminarias del Festival de Cinemateca fueron premiadas en el Bafici: la chilena El pacto de Adriana ganó mención en la Competencia de Derechos Humanos, la ecuatoriana Un secreto en la caja ganó el premio FIPRESCI (crítica internacional) y su autor Javier Izquierdo fue considerado Mejor Director de la Competencia Latinoamericana. La estadounidense La bruja del amor fue presentada en el Bafici como “estreno latinoamericano”, pero en realidad había sido exhibida en Cinemateca 2016.

Dos de las películas más premiadas fueron españolas: Estiu 1993 ganó el premio SIGNIS (Asociación Católica), el premio del público y su autora Carla Simón fue reconocida como Mejor Director en la Competencia Oficial Internacional; y Niñato, de Adrián Orr fue Mejor Película en la misma ompetencia. No vi ninguna de las dos.

Cinefilia y reflexividad

Dado el ambiente de cinefilia reinante, no sorprendió encontrar entre los ganadores películas en las que el cine es un asunto central. Las cinéphilas recibió el premio del público en la Competencia Argentina. En este documental la directora María Álvarez acompaña mujeres jubiladas de Buenos Aires, Montevideo y Madrid que van al cine prácticamente todas las tardes. Lo hacen porque a través de las películas “viven mundos” enteros, se enamoran de los personajes/actores, se entretienen, palian la soledad, e incluso para disfrutar de calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. Muchos de los espectadores del Bafici se habrán sentido identificados con la forma en que una señora porteña planifica cuidadosamente su grilla para asistir a varias películas por día en el Festival de Mar del Plata. Hay una señora Lucía, frecuentadora asidua del Cine Universitario, en Montevideo, que se roba la película con sus observaciones sobre la vida y, sobre todo, con sus descripciones vívidas de algunas escenas que tiene impresas en su memoria, de Fellini, Bergman, Kurosawa o Konchalovsky. En buena medida ve el mundo a través del cine, y dice que la realización de este documental en cierta forma la preparó para morir: ahora una parte de ella está registrada y pronta a proyectarse en una pantalla. Efectivamente, algunos miles de personas tuvimos y tendremos la suerte de conocerla por ese medio, así como a las demás entrañables veteranas cinéfilas que Álvarez logró encontrar y retratar con tanta calidez, admiración e intimidad. Sólo parece un poco contradictoria la música de tono vetusto y melancólico que recubre las imágenes con cierto sabor a naftalina y desvía hacia la decadencia crepuscular una película que evidentemente se pretende un tributo a una forma de expresión que anima la vida.

El jurado de la Competencia Argentina consagró a La vendedora de fósforos. Es la tercera vez que una película de Alejo Moguillansky gana ese premio. Es una mezcla de ficción y documental, realizada durante los ensayos para el estreno argentino (2015) de una ópera (1996) del gran compositor alemán Helmut Lachenmann. En la ficción, un director escénico porteño es encargado de la régie de la obra, que discute con su esposa. Mientras tanto, la pareja se las tiene que arreglar con problemas prosaicos (dónde dejar la hija chica mientras trabajan, cómo volver a casa durante un paro de transporte, cómo bancarse mientras aguardan el siempre demorado pago del Estado por los trabajos artísticos). La banda musical involucra todo un linaje de compositores germanos (Bach, Mozart, Beethoven, Schubert) que culmina con la extrañísima “música concreta instrumental” de Lachenmann. Pero también suena, con mucho destaque, el compositor preferido de éste, Ennio Morricone. La superposición de elementos (documental y ficción, Argentina y cultura europea, el teatro Colón y el cuento de Andersen, una película de Bresson y spaghetti western, artistas superentrenados y reflexivos y la inocencia infantil, prosperidad y miseria) propicia todo tipo de choques poéticos que, a su vez, disparan reflexiones sobre la vanguardia, la política, lo real y la representación, lo serio y lo lúdico. Hay humor, inteligencia, ternura y una mezcla muy saludable de irreverencia y tributo a las expresiones artísticas aludidas.

Le Concours (Francia), de Claire Simon, es un documental observacional que acompaña el concurso 2014 para ingreso en La Fémis, la más prestigiosa escuela de cine de Europa. Son anualmente miles de candidatos para los 40 puestos disponibles. En las entrevistas individuales a algunos de los candidatos, llama la atención la importancia de la práctica cinematequera que trasmite la venerable herencia del cine nacional: los nombres que inspiraron a los futuros cineastas son Démy, Truffaut, Cocteau, Grémillon, Prévert. En las discusiones entre los evaluadores tenemos material para reflexionar sobre lo arbitrario de ese tipo de procesos, los prejuicios que imponen filtros a pesar de la ejemplar seriedad que empeñan en la elección, y sobre todo sobre la naturaleza del cine: ¿qué señales pueden indicar en esos pretendientes a estudiantes a alguien que aportará a las distintas ramas del quehacer cinematográfico? Si se detecta en un candidato, por ejemplo, una evidente habilidad para venderse a sí mismo, ¿eso lo desmerece con respecto a otros de mayor talento pero más recatado o, al revés, es justamente un rasgo que lo ayudará a proyectarse en la selva competidora para llevar adelante una carrera consecuente? Si uno evidentemente talentoso parece medio chiflado y se anuncia como un probable alumno-problema, ¿eso es motivo para dejarlo afuera o, justamente, para incluirlo?

El prolífico surcoreano Hong Sang-soo es uno de los cineastas del momento. On the Beach at Night Alone (Bamui haebyeoneseo honja) se proyectó con lleno total de la enorme sala del cine Gaumont, y en la platea se distinguía una cantidad de directores de cine, intelectuales y críticos prestigiosos. Como siempre, los personajes son profesionales de cine winner-losers, es decir, gente reconocida y sin embargo aplastada por crisis e insatisfacciones personales (en este caso, una actriz y un director). Son planos extensos en que charlan de trivialidades, se emborrachan, comparten la tibia emoción de estar juntos —que nunca encubre una sensación de soledad compartida— y, pese a su vigorosa juventud, se muestran tristemente conscientes de la noción de transitoriedad y envejecimiento. Hay una delicadeza inefable en las obras de este director, aunque aquí empieza a dejar cierto gusto a fórmula.

Out There (Japón/Taiwan), de Takehiro Ito, también aborda a un actor y un director en crisis, con resultados más profundos y peculiares, y más énfasis en lo metacinematográfico. transcurre en entrevistas, tests y ensayos de un naturalismo que podría ser documental, que se alternan con largas escenas de contemplación cotidiana y algo de fantasía (de vez en cuando vemos una fantasma). Distintas texturas visuales (un blanco y negro especialmente rico en matices de gris, video casero en color) se combinan en forma arbitraria con distintas texturas sonoras (sonido directo comprimido, sonido editado y con un énfasis sensual en los ruidos, el dominio casi absoluto de la voz o de la bonita música incidental). Ese énfasis en lo estilístico termina confiriendo una poesía inusitada a determinados planos, relatos y momentos. El espectador compenetrado agudiza su ver, su oír y el relacionar los elementos. El actor sorprende a la actriz en una estación de tren y le saca una foto; ella desde lejos lo ve –como si el acto de ser fotografiada la hiciera percibirlo–; la foto cuando se revela muestra el lugar, pero ella está ausente –¿imaginación? ¿espejismo?–, pero luego cuando el personaje vuelve a ver la foto ella sí está en la imagen –¿una forma no-realista de mostrarnos que el recuerdo del lugar y del momento la trajo a colación, o que algo cambió que propicia una nueva forma de mirar?–. Son especialmente poéticas las imágenes de una especie de club abandonado, que incluye las ruinas de una sala de cine con la pantalla agujereada y pedazos de película deteriorada entreverada con la maleza.

No intenso agora (Brasil), de João Moreira Salles es, a un nivel, un documental más sobre el mayo de 1968 en Francia, que vuelve a encarar la intensidad de informaciones, sorpresas e indagaciones propiciadas por ese momento tan especial. Hay dos dimensiones que lo vuelven peculiar. Una es la búsqueda personal: el director vivía en Francia con su familia en 1968, recupera elementos de su infancia y los combina con otros datos, también familiares y políticos (el turismo de su mamá por China en 1966). La otra dimensión es cinematográfica: las imágenes son analizadas desde un punto de partida formal, para derivar sentidos connotativos que casi nunca son intencionales. El mismo ojo aguzado que se abre a las maneras en que el cine revela el mundo, advierte también las maneras en que el cine miente, y esas mentiras a su vez son reveladoras. 1968 fue un episodio político armado a partir de la renovada conciencia del poder del audiovisual y se jugó en buena medida en la representación: televisión, cine, coreografía callejera, poéticos eslóganes grafiteados. Utopía, desencanto, esperanza, transitoriedad, permanencia, la abundancia y la ausencia de sentido, tributo a los grandes documentalistas y a los anónimos personajes que empuñaron sus cámaras amateur para registrar aspectos de la vida que hoy es historia.

Más cine en el cine

Toda película dice algo sobre el cine, y en un festival eso es más evidente. La surcoreana Asura: the City of Madness, de Kim Sung-su, se ubica en un ámbito de corrupción policial, política y judicial, mafias y drogadictos miserables que obran como informantes. El detective Han (actuado por el carismático Jung Woo-sung) está lejísimos de la corrección, pero a su manera busca, aunque sea, la vía menos desastrosa. Esa radiografía de la podredumbre social hace pensar en The Wire, y el tributo se explicita con la canción “Way Down in the Hole”. Sólo que aquí, a diferencia de la serie estadounidense, somos llevados a un final catastrófico y la película termina por falta de personajes. Se notan también probables deudas con Sidney Lumet y Taxi Driver.

The Mole Song – Hong Kong Capriccio (Mogura no uta: Hong Kong kyōsō-kyoko) es la continuación de una comedia de 2013, del mismo realizador, el prolífico y ecléctico japonés Takashi Miike, sobre un policía infiltrado en una banda de yakuzas. Es un entrevero vertiginoso que incluye elementos del humor más primario imaginable (las morisquetas a lo Jerry Lewis del actor Toma Ikuta, una verdadera obsesión con las amenazas y agresiones a los testículos de distintos personajes, o con las erecciones incontenibles del protagonista frente a la abundancia de mujeres súper sexy), hipérboles caricaturescas, absurdo (una sopapa enchastrada de caca usada como instrumento de tortura) y una mezcla irreverente de técnicas (efectos digitales, collages) y estilos. Cuando uno piensa que los desbordes llegaron a su ápice, entra en acción un tigre cabalgado por una preciosa china fatal y amplía la masacre.

La canadiense Prank, de Vincent Biron, está producida por una firma llamada Romance Polanski. Un adolescente solitario finalmente encuentra su barra entre un grupo de guachos un poco mayores que él, que en cierto sentido lo adoptan como compañero para las bromas más o menos elaboradas a las que dedican su vida, que registran con el celular y suben a Internet. Se lidia aquí con los costados graciosos y los amargos del crecimiento, del enamoramiento adolescente, de la busca de identidad, la timidez y las presiones de grupo. Uno se ríe y casi que llora al mismo tiempo. De vez en cuando Jean-Sé le cuenta a Stefie sobre una de las películas que éste no tuvo oportunidad de ver, y esas narrativas están siempre ilustradas con montajes de ilustraciones pintadas. La creatividad visual es excepcional y colabora mucho con el humor a veces medio quirky de la película.

Beduíno (Brasil), del veterano vanguardista Júlio Bressane, gira alrededor de un hombre y una mujer. No son propiamente personajes: son más bien vehículos para distintas representaciones, donde encarnan personajes en escenografías armadas casi todas en el interior de un mismo apartamento: una pareja burguesa e intelectual, un beduino y su amada, un mendigo ciego, una prostituta y el potencial cliente, dos soldados que se disparan, un asesino serial y su víctima. A veces esos personajes derivan de películas del propio Bressane de los primeros años 70, que vemos alternadas con las imágenes nuevas. Los diálogos son dichos con teatralidad exagerada, “literaria”. Un tren de juguete cruza un paisaje abstracto, espléndidamente iluminado, donde el cuerpo de la mujer desnuda es una montaña. La amplitud de referentes culturales se amplía con mayas precolombinos y samba humorístico de los años 30, y el todo funciona como una especie de tratado sobre el deseo, el erotismo, la cultura y la representación, tan caótico y arbitrario como su amalgama temática. De vez en cuando la cámara —mirona, ávida, juguetona— capta el propio equipo de filmación en el set, visto a través de un recorte con la forma de ojo de cerradura.

Dhogs (España), de Andrés Goteira, funciona en dos dimensiones. Por un lado tenemos la historia de una mujer secuestrada y violada, y las distintas etapas de su desgracia son mostradas en forma cruda y contundente. Sin embargo, en distintas escenas, el relato se transfiere a otra dimensión, donde espectadores inertes, neutrales, están asistiendo a los eventos como si transcurrieran en una sala de teatro o en un cine, y aquí a veces el protagonismo es asumido por el más secundario de los personajes. Más adelante, los eventos ganarán una dimensión más, la de un juego de video. La película es incómoda, en cuanto se planta con una discutible indiferencia frente a los hechos terribles que pinta, o será que esa pose de indiferencia está puesta para interpelar a los espectadores que naturalmente nos encontramos en el lugar de esos otros espectadores hipnotizados mostrados en la pantalla.

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The Assignment (Estados Unidos/Francia/Canadá), de Walter Hill, es una producción clase B o C, basada en un guion truculento y que pretende impactar con frases breves de tipo “Una 45 nunca miente”, dichas con una caricatura de voz ronca de film noir. Pero la película tiene una característica realmente fuera de lo común en su carga de ambigüedad sexual: el súper asesino Frank Kitchen es capturado por la súper cirujana dra. Jane que, como forma de venganza por haber matado a su amante, le hace una cirugía de cambio de sexo. Así que, actuado por Michelle Rodriguez, Frank ahora es un varón en un sensacional cuerpo femenino, mientras que la cirujana, actuada por Sigourney Weaver, pese a que se supone que es hetero actúa y se viste como varón. Lo grueso de la historia estará en el sangriento recorrido de Frank para vengarse de su vengadora. Entre escena y escena, hay fotogramas que se trasmutan en dibujos, entablando una conexión con la historieta oscura, a lo Sin City, que esta historia podría ser.

Animación

My Entire High School Sinking into the Sea (Estados Unidos), de Dash Shaw, es una película de animación independiente no sólo en los medios de producción, sino también en los criterios estéticos, que no tienen nada que ver con la animación mainstream: contornos espesos que parecen hechos con dry pen, fondos pintados con crayola o acuarela, collages, efectos con líquidos derramados, ninguna pretensión de ilusión de profundidad. La historia es lo del título: el liceo se está hundiendo en el mar como si fuera un barco. Un trío de nerds que puntúan muy bajo en la popularidad liceal, frente al desastre se ven con cierta ventaja debido a su inteligencia. No es una película exclusivamente adulta, pero definitivamente no es para niños chicos: la mayor parte de los estudiantes muere violentamente. Pero aun esa masacre está llevada en forma lúdica en medio a la fiesta de colores y el ritmo imparable de ocurrencias sorpresivas de esta cruza de cine catástrofe con high school movie. El director tiene el prestigio suficiente como para haber podido contar con las voces de Susan Sarandon, Jason Schwartzman y Lena Dunham, y se entiende.

The Red Turtle (Francia/Bélgica/Japón), de Michaël Dudok de Wit, está coproducida por los estudios Ghibli. Es la clásica animación dibujada en celuloide, como en los animés. El visual es menos neto y detallado que en las películas de Miyazaki, pero increíblemente expresivo de ciertos detalles, y es de una belleza alucinante. El relato también es peculiar, entre otras cosas por ser un largometraje en que no se dice una sola palabra. Un náufrago arriba a una isla desierta donde, en vez de colonizar el lugar a la manera de Robinson Crusoe, al revés, llevará la vida de un animal. En forma mágica, inexplicable, una tortuga gigante se transformará en mujer y será su compañera de por vida, tendrán incluso un hijo. Hay un par de episodios de peligro y acción, que tienen que ver con la caída de un peñasco y un tsunami, pero esencialmente el ritmo es contemplativo, cotidiano, y el final es triste, triste, triste.

Transparencia

En mi recorrido particular, fueron pocas las películas que no hacían pensar en películas y parecían conectar en forma inmediata con el universo de sus personajes y su entorno. Sambá (República Dominicana), de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, transcurre en el ambiente sórdido del boxeo no-estelar de un país tercermundista. Un ex-preso deportado de Miami, que aprendió a pelear en la cárcel estadounidense, es adoptado por un ex-boxeador italiano cuya carrera se estropeó cuando un piñazo le destruyó un ojo. Coimas, matones que acosan por la devolución de plata prestada, un hijo delincuente, la esperanza de salir adelante, son algunos de los ingredientes en juego. El montaje es sumamente ágil, las actuaciones muy buenas (especialmente Ettore D’Alessandro) y la insólita banda musical entrevera rap, merengue y Wagner.

Fala comigo (Brasil) es la ópera prima de Felipe Sholl. Es una historia de crecimiento, hecha con dos pesos, un par de apartamentos y cinco actores. Un adolescente de 17 que cultiva una bizarra forma de sexo telefónico termina entablando una relación amorosa bastante en serio con una de las pacientes (43 años) de su madre psicoanalista. Hay mucha fineza psicológica en los personajes, una corajuda intimidad en la abundancia de emotivos primeros planos, y una particular alegría, ternura y libertad en el manejo de un vínculo no-convencional. La actitud frente al psicoanálisis es ambigua: por un lado la película rinde tributo a la teoría, a los símbolos, a esa vía de compenetración con el comportamiento humano. Por otro lado, se expone, en el personaje de la psicoanalista, lo insuficiente que puede ser el más refinado de los conocimientos cuando uno se enfrenta en la propia vida con los prejuicios y los celos del vínculo edípico.

El francés Stéphane Brizé fue uno de los cineastas homenajeados en la sección Trayectorias. Es quizá el más notable representante de la tendencia realista del cine francés actual (llamando realismo a algo emparentado con los hermanos Dardenne). En su nueva realización, Une vie, se desvía del ámbito habitual de personajes proletarios de la actualidad para adaptar una novela de Maupassant cuya acción transcurre con una familia de la baja aristocracia en decadencia en la primera mitad del siglo XIX. Es curioso ver la cámara en mano y los jump cuts asociados al realismo y al modernismo cinematográficos, aplicados a vestidos largos, carruajes y castillos, paisajes que hacen pensar en cuadros de Friedrich e interiores a la luz de velas. No creo que nadie nunca haya pintado como aquí ciertos detalles de la vida en los castillos de la Europa de siglos pasados: el frío, la humedad, la oscuridad y la soledad. La película es muy triste, y a ello colabora la conmovedora actuación de Judith Chemla. Pero la carga de sentimiento personal está templada por el tratamiento seco y percusivo del montaje, con enigmáticos fueras-de-campo, intrigantes elipsis narrativas, transiciones abruptas de la quietud a la violencia, y sobre todo un juego con flashbacks que no siempre sabemos de cuándo son, que funcionan como lapsos de memoria.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 04/05/2017)

PREMIOS 35º FESTIVAL CINEMATOGRÁFICO INTERNACIONAL DEL URUGUAY

COMPETENCIA DE LARGOMETRAJES INTERNACIONALES

Jurado integrado por: Álvaro Buela, Peter Schulze y Ángela Viglietti.

Mejor Largometraje Internacional:

La región salvaje de Amat Escalante (México, 2016)

Por abordar la discriminación y la violencia desde la confluencia de lo fantástico y lo real creando un universo tan inquietante como particular.

Mención:

La idea de un lago de Milagros Mumenthaler (Argentina Suiza / Qatar, 2016)

Por tratar un relato familiar que reflexiona sobre los medios de representación y su función en la reconstrucción de la memoria política y emotiva, de un modo conmovedor y orquestado.

COMPETENCIA DE LARGOMETRAJES IBEROAMERICANOS

Jurado Integrado por: Nico Ciganda, Miguel Lagorio y Gonzalo Palermo.

El jurado decide por unanimidad:

Otorgar el primer premio de forma compartida a:

La ciudad donde envejezco de Marilia Rocha (Brasil / Portugal, 2016)

Por configurar un universo en donde los elementos propios de la estética cinematográfica son utilizados con gran sensibilidad para comunicar los conflictos de dos personajes que oscilan entre dos culturas y su modo de insertarse en ellas.

Y a:

Un secreto en la caja de Javier Izquierdo (Ecuador / España, 2016)

Por conjugar lo metaficcional literario y cinematográfico con el devenir histórico, social y político de Latinoamérica, utilizando para esto el humor, la parodia y la ironía como formas de cuestionarlo.

Y entregar una mención a Cuatreros de Albertina Carri (Argentina, 2017)

Por la utilización de un montaje cinematográfico vigoroso y efectivo para vincular la tradición del cine de agitación política argentino con una historia personal. Buscando dar cuenta, al mismo tiempo, de una realidad social y una subjetividad individual.

COMPETENCIA NUEVOS REALIZADORES

Jurado integrado por: Javier Hayrabedian, Marcela Matta y Alceo Thrasyvoulou.

Primer Premio: Alba, de Ana Cristina Barragán (Ecuador / México / Grecia, 2016)

Se le otorga un primer premio por la crudeza y madurez con que construye y retrata la zona de angustia que atraviesa una niña de once años cuando su madre enferma es internada y debe ir a vivir con un padre que no conoce.

La directora compone con sensibilidad manipulando los silencios y las acciones casi sin diálogos, generando una paleta de emociones fuertes y sutiles, reprimidas y por momentos salvaje.

Es una historia que habla de personajes solitarios y heridos por la tragedia inminente, que nos sumerge en las vivencias íntimas y en las miserias de sus pensamientos.

Menciones:

Out of Love, de Paloma Aguilera Valdebenito (Holanda / Francia, 2016)

Se le otorga una mención a Out of Love, por la intimidad y la cercanía con la que retrata una relación de pareja signada por la asfixia, la dependencia, la inseguridad, los complejos y el sentido de la posesión mutua que construyen un vínculo intenso, adictivo  y violento del cual parece imposible poder escapar.

El alfiler negro (Igla ispod Praga), de Ivan Marinovic (Montenegro / Serbia, 2016)

Se le otorga una mención a El alfiler negro por la singularidad con la cual expone el tema de la propiedad y el sentimiento por la tierra, valiéndose del humor cínico y un tono burlesco que retrata la idiosincrasia de un pueblo de los Balcanes y sus vicisitudes frente a la arremetida de proyectos neoliberales.

La soledad de un hombre, que nada puede hacer cuando una mayoría absoluta es seducida por los beneficios materiales de capitales extranjeros, encuentra como vía de escape un humor negro al borde de la misantropía, muy bien manejado por el director de la película.

COMPETENCIA DE CINE DE DERECHOS HUMANOS

Jurado integrado por: José Pedro Charlo, Virginia Martínez y Ariel Wolf.

Primer Premio: El pacto de adriana, de Lissette Orozco (Chile, 2017)

Por unanimidad el Jurado decide: Otorgar el primer premio en la categoría cine de derechos humanos a “El pacto de Adriana” de Lisette Orozco, por el abordaje de una temática vinculada al pasado reciente de Chile desde una perspectiva familiar. Destacamos la franqueza y el rigor de la directora y protagonista del film así como el tratamiento del conflicto que domina la narración. La búsqueda de la verdad, la implicancia afectiva y la valentía para enfrentar la historia de la familia y del país están presentes en un trabajo que despierta y sostiene el interés desde el principio de la obra.

Mención:

Los días ahogados (Os días afogados), de César Souto Vilanova y Luis Avilés Baquero (España, 2016)

Otorgar una mención a Los días ahogados, de César Souto Vilanova y Luis Avilés Baquero, por la forma en que rescata la historia de un pueblo desaparecido a través de un rico material de archivo. Un potente trabajo de montaje le permite a la obra avanzar en la evocación de la historia del pueblo, bucear en el sentimiento de pertenencia a un lugar y en el desamparo de la gente común ante el poder.

El amparo, de Rober Calzadilla (Venezuela / Colombia, 2016)

Otorgar una mención a El amparo, de Rober Calzadilla, por la calidad de la dramatización de un crimen cometido en un pueblo perdido de la frontera venezolano-colombiana, la construcción de personajes y ambientes,la reconstrucción de la época y la denuncia de una persistente violación a los derechos humanos.

COMPETENCIA DE CORTOMETRAJES INTERNACIONALES

Jurado integrado por: Martín Barea Mattos, Manuel Nieto y Guillermo Zapiola.

Mejor cortometraje internacional: Raisa, de Pawel Cuzuioc (Moldavia / Autria / Rusia, 2016)

Por la transparente simpleza de su puesta en escena, el manejo del plano secuencia como herramienta de acercamiento a las emociones de su protagonista, y el hábil empleo del fuera de campo, que contribuye a la sutileza y eficacia del desarrollo de la intriga.

Mención: Fajr, de Lois Patiño (España / Marruecos, 2016)

Por el refinamiento plástico de sus contrastadas imágenes de desierto y mar, y la fuerza poética de su herramienta expresiva, que comunica poderosamente un clima de particular sugestión.

COMPETENCIA DE CORTOMETRAJES URUGUAYOS

Jurado integrado por: Luis Dufuur, Martín Lasalt y Rosalba Oxandabarat.

Primer Premio: A sus ojos, de Vanesa Guala (Uruguay, 2016)

Por su precisa construcción de tensión narrativa y su impactante final.

COMPETENCIA DE LARGOMETRAJES INTERNACIONALES – JURADO ACCU / FIPRESCI

Jurado integrado por: Soledad Bauzá, Andrés Caro Berta y Pablo Staricco Cadenazzi.

Mejor Largometraje Internacional del Festival:

Pendular, de Julia Murat (Brasil / Argentina / Francia, 2017)

Por su debate de una inspiración que oscila entre los integrantes de una pareja cuyos territorios creativos conviven en pugna, se ocupan y desocupan en una lucha sin resolver por sus respectivos espacios, tanto artísticos como personales. Se destaca la sensibilidad cinematográfica para mostrar con belleza y lirismo la génesis íntima y cotidiana de piezas escultóricas y de danza contemporánea.

Mención:

Arabia, de Affonso Uchoa y João Dumans (Brasil, 2016)

Por su relato sobrio de una historia mínima que transcurre en un escenario árido de supervivencia obrera en el que sobresalen momentos de empatía, amor y fraternidad.

COMPETENCIA DE LARGOMETRAJES IBEROAMERICANOS – JURADO ACCU / FIPRESCI

Jurado integrado: Myriam Caprile, Pablo Delucis y Alberto Postiglioni.

Mejor Largometraje Iberoamericano:

La mujer del padre (Mulher do pai), de Cristiane Oliveira (Brasil / Uruguay, 2016)

Por la descripción creíble de situaciones y personajes, respaldados por buenas actuaciones, en un relato aparentemente sencillo que sin embargo habla de relaciones importantes, sentimientos y experiencias.

Primera mención:

Un secreto en la caja, de Javier Izquierdo (Ecuador / España, 2016)

Por utilizar la estética del documental con aciertos narrativos con ironía y creatividad en beneficio de la ficción. involucrando hechos reales que tienen que ver con la historia de Ecuador y Perú.

Segunda mención:

Últimos días en La Habana, de Fernando Pérez (Cuba / España, 2016)

Por adecuada descripción de personajes y ambientes que muestran una dura realidad, rescatando valores humanos como la solidaridad y la amistad.

PREMIO DEL PÚBLICO A MEJOR PELÍCULA DE LA COMPETENCIA INTERNACIONAL

Mister Universo, de Tizza Covi y Rainer Frimmel (Italia / Austria, 2016)


20° Festival Internacional de Cine de Punta del Este (Guilherme de Alencar Pinto)

El cine es hoy

Uno de los destaques del 20° Festival Internacional de Cine de Punta del Este en comparación con ediciones anteriores es una notoria mejoría en la calidad de imagen y sonido en las proyecciones, especialmente en la Sala Cantegril. Este importante desarrollo lo está convirtiendo en una de las escasas oportunidades en Uruguay de asistir, en condiciones que hagan justicia al trabajo de sus creadores, la producción cinematográfica más independiente y alternativa de nuestro subcontinente. Esta mejoría vino acompañada de una incomodidad en el concepto organizativo: con un par de excepciones cada película se exhibe una única vez, lo que limita el armado de una agenda personal en busca de los títulos a priori más atractivos, e imposibilita que, en los casos de sorpresas buenas, posibles espectadores (críticos incluidos) se enteren por sus conocidos o por la prensa y tengan oportunidad, dentro del festival, de atender a la recomendación. Por otro lado, varias de las películas más esperadas y con mayor apoyo de distribución se están exhibiendo únicamente en una sala del complejo Life del Punta Shopping, pero debido a una insólita rigidez en la rutina de establecer la programación de jueves a miércoles, la sala sólo se activó para el festival el jueves 16 (quinto dia de actividades), y seguirá hasta el miércoles 22 (cuatro días después del cierre oficial).

En el cómputo general viene siendo posible asistir a una o dos películas muy interesantes por día, componiendo un panorama muy variado del cine latinoamericano.

Brasileños

Como suele ocurrir, fue elegida como apertura una película de carácter “industrial”, es decir, concepción clásica, relativamente costosa y protagonizada por una estrella. Elis, de Hugo Prata, es una biopic de Elis Regina (1945-1982). La actriz Andréia Horta hace una caracterización espléndida de la cantante brasileña, acercándose a su intensidad y carisma descomunales. En las escenas musicales, la voz que suena es la de la propia Elis, y suman una buena quincena de obras maestras. Para quienes conocemos la trayectora de Elis y su entorno, la película tiene ese valor del relato mítico, es decir, el placer de ver representados los episodios fundamentales de la historia y reconocer a los personajes importantes. Pero la película no pudo esquivar la trampa de las biopics: en el afán de contar toda una vida como si fuera un evangelio, terminamos con una sucesión de retazos muy breves y superficiales en sucesión abrupta, dinámica que compromete el tipo de seguimiento emocional que habitualmente se espera de una película narrativa. Por el otro lado, casi que ignora el sentido de Elis en cuanto figura clave en la canción de protesta brasileña y su papel en los conflictos entre facciones ideológico-estéticas de los años 60.

El mate, de Bruno Kott (el título original es en castellano), se ubica casi en las antípodas de Elis, en los sentidos de que es una producción muy modesta y artesanal, y la acción transcurre casi toda en una casa de San Pablo durante una noche. Un matón a sueldo de origen argentino tiene secuestrado a un ruso y, mientras espera que sus contratantes pasen a recoger la víctima, la situación se perturba por la llegada de un joven predicador evangélico y luego dos amigas en busca de fiesta y sexo. Acumulaciones e incongruencias cómicas, intríngulis y algo de suspenso, humor negro, amoralidad e irreverencia formal son algunos de los componentes de esta pequeña comedia, irregular e intrascendente pero muy fresca, peculiar y divertida, que expresamente lidia con “la imposibilidad de la perfección” (palabras de la productora Amina Jorge) como rasgo estético característicamente brasileño.

De Perú a Cuba

Oscuro animal, de Felipe Guerrero (Colombia/Holanda/Alemania/Argentina), tiene como trasfondo los enfrentamientos armados colombianos. Son las historias alternadas de tres mujeres que huyen del campo a Bogotá, y sus padecimientos acumulados incluyen esclavitud, el asesinato de sus familias, miseria. Casi no hay diálogos: es una obra reflexiva, lírica, en que la cámara se devanea por paisajes o detalles de la naturaleza o de un entorno humano rústico, derruido, oxidado, barroso. En los pocos momentos en que la acción se tiende a intensificar cortamos abruptamente a otra situación. Es una bella experiencia visual y un importante contacto con un contexto trágico, pero suena también un poco afectado, esteticista y fácil esa insistencia en miradas perdidas, silencios pesados y gestos enlentecidos para acompasarse con el movimiento de cámara. Fue la ganadora de los premios del jurado y de la crítica del último Festival de Lima.

En el mismo festival, el premio de público fue para La última tarde, de Joel Calero (Perú). El modelo más que obvio es Antes del atardecer: un hombre y una mujer que fueron pareja se vuelven a encontrar luego de varios años y disponen de pocas horas para ponerse al día. Dialogan por preciosos barrios limeños en paseos callejeros tomados desde adelante con Steadicam, a veces reposan en un banco de plaza o en un café. Pese a las similitudes de estructura y algo del tono, el trasfondo es muy distinto al de la obra de Linklater. Lo que parecía simplemente una situación amorosa resulta que involucró también un pasado de actividad guerrillera, clandestinidad y exilio, conflictos de clase y perspectiva política que conducen a un inesperado clímax. Tremenda actuación de Katerina D’Onofrio y Lucho Cáceres.

Santa y Andrés (Carlos Lechuga) es una producción cubanofrancocolombiana que terminó prohibida en Cuba. Plantea una crítica dura a la política cubana contra los homosexuales y a la falta de libertad de expresión. La acción transcurre en 1983. El protagonista es un escritor gay confinado en un ranchito miserable con poquísimo contacto con otras personas y prohibido de escribir. La película se concentra en el vínculo de ese escritor con Santa, una campesina integrante de los Consejos Populares y encargada de vigilarlo. Lo político-pedagógico se entrevera en forma convincente con un complejo involucramiento emotivo entre los dos agonistas, descrita con sensibilidad y muy bien actuada por Eduardo Martínez y Lola Amores.

Argentina

Los ganadores, de Néstor Frenkel, es un documental sobre el mundo de quienes otorgan y reciben “premios” en Argentina que consisten en un mero trofeo barato y un título carente de significación. Muchas veces los ignotos “ganadores” pagaron una cuota por la nominación y la presencia en la fiesta de entrega, en la que por lo normal son galardonadas alrededor de doscientas personas. Se trata de un medio de comunicadores y artistas conocidos únicamente en pequeños círculos, que ostentan con orgullo decenas de tales premios. La película es una inmersión en lo bizarro y patético, y también en la miseria humana revelada en ese afán de reconocimiento. Es cuestionable la forma burlona y cruel con que Frenkel se acerca a esas personas de poco poder e inofensivas, manipuladas a veces para exponer su costado más ridículo.

Pinamar, de Federico Godfrid, lidia con dos hermanos porteños de veintipocos años quienes, luego de la muerte de su madre, regresan al apartamento familiar en el balneario del título, con la intención de venderlo. La temática es difusa: el vínculo entre los dos hermanos de personalidades muy distintas y sin embargo muy cercanos; la corriente de afectos en el reencuentro/despedida con objetos vinculados con su infancia y familia, acentuada por el momento de pérdida; el paisaje y la interacción con los jóvenes que viven todo el año en ese “desierto de hormigón y persianas bajas” (palabras del director en la conferencia de prensa). Sobre todo hay un atisbo de triángulo amoroso en el reencuentro con una muchacha que vive en el mismo edificio. El director Godfrid obtuvo un rendimiento notable de todo el reparto, muy especialmente el de Juan Grandinetti. La sucesión de pequeñas epifanías transcurre en un clima delicado, con momentos de humor, contemplación, intensidad. La cinematografía es sencilla pero meticulosa e inteligente, llena de bellas imágenes, en especial el plano final que mira el horizonte marino inmóvil sugiriendo futuro, insinuando la manera en que las “historias mínimas” de la infancia y juventud son a veces el Rosebud en la perspectiva de la vida completa.

El sacrificio de Nehuén Puyelli, de José Campusano, pinta el panorama de una localidad chica del sur de Argentina: patrones adinerados, capataces, trabajadores explotados, marginales, presos, policías, el director de la cárcel, un señor borracho y una anciana, tanto “argentinos” como “chilenos” (que es como se refieren a los mapuches). Como en todas las películas de Campusano, quienes actúan son casi todos no-actores, que tienden a hacer papeles muy similares a lo que hacen en la vida real, y no existe ningún empeño en hacer que actúen “bien”. Los diálogos son escuetos y esquemáticos, las imágenes están compuestas en función de la claridad expositiva y nunca de la belleza plástica convencional. Sin embargo, la historia —siempre compleja e interesante— se va armando con ritmo, tensión y expectativa imparables, y pasados unos minutos asimilamos e invisibilizamos esas características del “cine bruto” de Campusano y estamos totalmente involucrados con el devenir de los personajes y su mundo, especialmente valioso además por revelar en forma muy “de adentro” —ni estereotipada ni prejuiciosa ni idealizada— ese mundo de pobreza, marginalidad, sordidez, que pocas veces vemos retratado en el cine. Incluso, en alguna medida, podemos percatarnos de que nos acostumbramos a esa manera de actuar gracias a lo convincentes que son esos rostros, esas actitudes corporales, esos acentos, desde cuya perspectiva pueden incluso relativizar los manierismos de actores virtuosos a lo Hollywood (véase Natalie Portman en Jackie).

La exhibición fue precedida de una charla en que el director describió sus esquemas cooperativos de producción, de bajísimo costo, y sus actuales experimentos con la filmación en 360, es decir, en que las imágenes son tomadas con múltiples cámaras en 3D, que componen un espacio total a ser apreciado idealmente con lentes o casco de realidad virtual, pero que se pueden apreciar también con un celular o una tablet. Aunque lo que se vislumbra probablemente quedaría muy lejos de nuestra habitual experiencia en cine, Campusano apuesta a las posibilidades de ese formato para la inmersión e interacción con el espectador en la concepción de la experiencia. Siempre inquieto y productivo, comentó sobre sus proyectos de filmar en Estados Unidos empleando ese sistema. Aun si hay varios problemas narrativos todavía sin resolver, su actitud es tirarse al agua. “El cine es hoy, es ahora”, dijo. “Una cámara guardada es un pecado.”

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 17/02/2017)

20º Festival Internacional de Cine de Punta del Este

Imágenes remanentes

La edición 2017 del Festival de Punta del Este terminó pero sigue: hubo una ceremonia de cierre, y en ella se entregaron los premios y se rindió homenaje a la actriz y directora brasileña Lucélia Santos, quien, además de agradecer, aprovechó la ocasión para una declaración conmovida por el estado de corrupción económico-moral vigente en su país. Cesaron las actividades que involucran invitados (prensa visitante incluida). Sin embargo las exhibiciones se extienden por unos días más.

Más allá de aspectos mejorables en la estructuración de la programación, el saldo fue ampliamente positivo, tanto en la organización como en la cantidad de películas interesantes, varias de ellas excelentes, que fue posible ver y discutir, y en algunos casos junto a los propios realizadores.

Uruguayos

En el festival hubo anticipos de tres películas uruguayas. Mirando al cielo, de Guzmán García (estreno mundial), ya se anticipa como una de las mejores realizaciones nacionales a estrenarse en 2017. Todas las imágenes están tomadas en el espacio cerrado de una sala donde se reúne un grupo de teatro comunitario. La película capta etapas de la preparación de una obra: ejercicios, lectura del texto, incorporación de movimientos, elementos de vestuario y objetos, escenografía, camarín y estreno. Esa línea va alternada con entrevistas a la mayoría de los integrantes del elenco. Cada uno narra determinado aspecto de su vida. El talento con que García pregunta y dispone esas personas a exponer episodios íntimos y fuertes de sus historias personales hace pensar en Eduardo Coutinho, y el concepto de la película se vincula con Between Fences, del israelí Avi Mograbi. Un epígrafe de André Malraux (“Todo hombre se parece a su dolor”) se vincula con la tónica de esas situaciones, quizá más comunes en —pero no exclusivas de— el entorno humilde de donde proceden esas personas: crecer con un padre en prisión, abuso infantil, embarazo adolescente, la muerte de un hijo, familia disuelta. Sin disminuir en nada lo doloroso, la película da relevancia a gestos de amor inherentes a su propia realización, a la comunicación humana con esas personas queribles, a la disposición para seguir la vida, al trabajo teatral común. Y se produce un efecto fuerte y transformador cuando, al final, podemos darnos cuenta de que individualizamos esas personas dentro del colectivo, conocemos su trasfondo, y adivinamos historias análogas aun en los rostros de quienes no fueron entrevistados.

El sereno, de Oscar Estévez y Joacko Mauad (coproducción con Argentina), cuenta en la superficie la historia de un hombre contratado para cuidar un depósito. El lugar es enorme, lleno de pasillos y recovecos. Durante las noches empiezan a pasar cosas extrañas, y el clima es de pesadilla, con sonidos intrigantes fuera de campo, música ominosa, sombras con forma humana, sustos, detalles extraños. Pero el funcionamiento no es tanto de cine de terror, porque el protagonista no está caracterizado como para inspirar una simpatía que nos lleve a sufrir con él, y porque a los pocos minutos de metraje ya entendimos que esos eventos asustadores integran sus sueños y su imaginación, con lo que no parecen representar un peligro concreto. El énfasis estará más bien en el sentido que adquiere todo eso, en tratar de descifrar algunas puntas narrativas intrigantes e ir armando de a poco la solución del rompecabezas narrativo.

El camino de siempre/De la Aduana a Nashville es un documental sobre el músico Jorge Nasser. El estreno está previsto para mediados de marzo, y será comentado en forma extensa en esa ocasión.

Navidades formalistas

Es curioso que en un mismo día de proyección se hayan dado dos películas de países vecinos que transcurren de la mañana a la noche en localidades del interior un 24 de diciembre, con un especial interés sonoro y visual, que estuvieron entre lo mejor del festival y que, en forma algo paradójica para su estética formalista audiovisual, están basados en novelas (respectivamente, del brasileño Luiz Ruffato y del argentino Juan José Saer).

Remolino (Rodamoinho, Brasil) de José Luiz Villamarim, se ubica en un barrio obrero de Cataguases, Minas Gerais. El tratamiento enfatiza la chatura del lugar y de la condición social de esas personas. El ambiente alterna entre baldíos terrosos, casitas chicas sin gracia, fábricas, trenes de carga. El ruidaje violentamente agresivo de éstos alterna con el casi silencio de un lugar con pocos autos, intervenido por las frecuencias vinculadas con la sordera parcial del protagonista —afección derivada de condiciones de trabajo acústicamente insalubres—. La jornada involucra una concentración quizá afectadamente melodramática: un niño que fue tirado por los amiguitos desde un puente y se murió, la madre que padece el duelo eterno, el hermano que enloqueció y que a su vez viola a una mujer embarazada, la señora con vida vacía cuya casa se va a vender y no tiene hacia dónde ir, fantasmas del pasado y la anticipación de un futuro deprimente. La película contiene un par de pequeños homenajes a Humberto Mauro (1897-1983), principal cineasta del florecimiento cinematográfico de Cataguases en la década del 1920.

El limonero real, de Gustavo Fontán (Argentina) es, en cambio, desdramatizada. Familiares y amigos de una zona de Santa Fe se reúnen para los festejos. La película es un delicado y precioso ejercicio lírico y formal: la “música incidental” no es tal en realidad, sino los propios sonidos del monte trabajados electroacústicamente. En la libertad formal de la película, los diálogos de personajes vistos de lejos pueden sonar cercanos o, al contrario, la banda sonora de la cena está tomada por los ruiditos de cubiertos, platos y vasos, mientras los diálogos son sólo un murmullo resonante, incomprensibles. De pronto, el sonido de los cubiertos se transforma en el crepitar de la leña al fuego (lo que enfatiza el parecido formal de esos sonidos). Hay largos traslados en bote o a pie que duran varios minutos, con un tipo de contemplación que hace pensar en Stalker, de Tarkovsky. Hay todo un juego con los sonidos fuera de campo, y también con las imágenes en campo parcialmente visibles (por ocultarse detrás de máscaras tales como el follaje desenfocado, burbujas bajo el agua, el humo o el fuego de la hoguera). Esa exploración por la belleza plástica y sonora se enriquece con la corriente de afectos en juego en el ritual familiar, en esa vida humilde pero en contacto con una naturaleza aparentemente benévola.

Brasileños

Kleber Mendonça Filho es el director brasileño del momento. La acción de su nueva película Aquarius se ubica en una Recife sacudida por profundas transformaciones sociales y urbanísticas. Una viuda de clase media reside en un bello apartamento en un tradicional edificio bajo en la rambla Boa Viagem. Una poderosa empresa constructora la presiona a vender el apartamento, último obstáculo para la demolición del edificio y la posterior construcción de una torre moderna. Los procedimientos de persuasión oscilan entre la tentación económica y una presión directamente criminal, a la que Clara resiste con saña. Esa situación es mostrada en forma compleja, siempre insinuando repercusiones más amplias de tipo vivencial, político o histórico, y al mismo tiempo contorneando (salvo en el final) un enfoque “de tesis”. El preciosismo en la composición de las imágenes, de los tiempos del montaje y del tratamiento sonoro imponen una capa de precisión clínica casi fría, que matiza pero no alcanza a bloquear nuestro vínculo afectivo con Clara y la exploración de su compleja situación psicológica. El personaje está presente virtualmente en todo el metraje, y es el regreso de la maravillosa actriz Sonia Braga al cine brasileño luego de quince años.

Decime qué se siente: La venganza, de Fernando Fralha, es una comedia coproducida por Brasil y Argentina que lidia con la rivalidad y las diferencias culturales entre ambos países. El protagonista brasileño sorprende a la mujer teniendo sexo con un porteño, y junto a su mejor amigo deciden emprender un viaje en auto a Buenos Aires y acostarse con todas las argentinas que puedan como manera de exorcizar el dolor y a modo de revancha. La película contó con buena producción está muy bien realizada y actuada y tiene muchos chistes excelentes. Está concebida con mucho celo de corrección, un cuidado de que no haya ningún evento anecdótico que pueda recompensar el machismo de la premisa de los personajes, quienes, al contrario, son muchas veces ridiculizados por las mujeres, que siempre tienen el control. Como en tantas comedias estudiantiles yanquis, se habla mucho de sexo pero se practica muy poco. Cuando finalmente —como era predecible— el personaje tiene un romance con una argentina, es por iniciativa de ella y con un enfoque mucho más tierno-amoroso que de botín de guerra. (Los realizadores comentaron que de pronto hay chistes que brasileños no entienden y otros que argentinos no entienden, por falta de referencias culturales. Es interesante observar que en Uruguay todo el mundo los entiende todos, y es quizá el país donde la película puede llegar a ser mejor recibida.)

Eslavos

Se estrenaron para el Uruguay películas magníficas de dos grandes directores eslavos veteranos. En ambos casos lidian con conflictos políticos ya bastante transitados en el cine, pero lo hacen con maestría y al mismo tiempo nos restituyen un sabor estilístico de otro tiempo que, en sus manos, no suena envejecido. Andrey Konchalovsky tenía 79 años cuando hizo Paradise (Rusia/Alemania). Aquí acompañamos las vicisitudes de una condesa rusa noble exiliada en París y condenada a un campo de concentración por haber escondido dos niños judíos. Está hecha en blanco y negro y formato casi cuadrado, y la historia visualizada se alterna con relatos hacia la cámara —como si fuera un interrogatorio tomado con textura de fílmico arañado— de los tres personajes principales (la condesa, el oficial de policía francés, un oficial alemán). El estatuto de esos interrogatorios no queda claro al inicio, y menos aun cuando vemos que uno de los personajes falleció pasados unos cuarenta minutos de metraje y su relato es, por lo tanto, post mortem. Las declaraciones son cándidas y pulidas, y cuando vemos en acción a los personajes, sus retratos son complejos: la película se esfuerza por empatizar con todos (la casi resistente, el colaboracionista y el nazi), como si pretendiera expresamente desvincular el juicio moral de la simpatía, con un enfoque arendtiano de “banalidad del mal” (el oficial francés discute detalles de la tortura de los prisioneros en la misma conversación con su secretario en que le recuerda de comprar salame y entradas para el circo). El “paraíso” aludido en el título se va resignificando, primero como ironía frente al contexto terrible de la invasión alemana, luego como la utopía nazista, y finalmente como paraíso de tipo cristiano. La obsesión tan soviética con las maldades de la Segunda Guerra se refresca aquí en forma postsoviética al poner como heroína y como víctima no a una comunista del “pueblo” sino a una noble desterrada, y en un tratamiento con elementos religiosos.

Afterimage (Powidoki, Polonia) fue la última película de Andrzej Wajda, quien falleció en seguida de su estreno, a los 90 años. Relata la vida del pintor y teórico polaco Władisław Strzemiński desde poco antes de la imbestida de control estético zhdanovista de 1948. En ese momento los gobiernos pro-soviéticos volvieron a imponer en forma represiva una estética realista socialista, opuesta al abstraccionismo de base formalista predicado por Strzemiński. Acompañamos los duros años en que ese artista fue reducido literalmente a la miseria y al hambre, casi totalmente impedido de trabajar, hasta su muerte por tuberculosis en 1952. Vemos también las maneras como sus alumnos, amigos e hija cooperan para conservar todo lo que se pueda de sus obras, que el régimen en buena parte ordenó destruir. La película se beneficia de una historia real interesante y poco conocida fuera de Polonia, con tremenda actuación de Bogusław Linda como Strzemiński, y una fotografía espléndida que opone el gris del cotidiano bajo el estalinismo, al colorido vívido del neoplasticismo del pintor. No hay nada aquí del estilo de actuación expresionista, de las metáforas oscuras y de los diálogos herméticos del Wajda más joven, y es interesante observar que para esta bella película de intención acentuadamente política eligió procedimientos muy similares a las biografías del realismo socialista, sólo que redireccionadas en contra de sus promotores.

Oscars y después

Luz de luna (Moonlight, Estados Unidos), de Barry Jenkins, sólo pierde con La La Land en cantidad e importancia de candidaturas al próximo Oscar. El elenco es prácticamente all black, y la insignificante excepción a ese criterio es un par de extras blancos en un plano general en un restorán. La acción se ubica en barrios pobres de Atlanta y tiene como telón de fondo ese ambiente de familias desintegradas, bandas juveniles, venta y adicción al crack. En el centro está la historia de un muchacho que sufre acoso debido a su personalidad tímida, temerosa y débil. La narrativa transcurre en tres épocas, en las que el personaje es interpretado por distintos actores: infancia, adolescencia y juventud. En esa trayectoria de vida, Chiron va aprendiendo a no dejarse doblegar por los demás, y quizá como parte de ello, se va asumiendo como homosexual. El tono es intimista, delicado, levemente sentimental, insinúa crecimiento y emancipación, y al mismo tiempo deja en el aire, sin resolver, un panorama social problemático.

El festival cerró con el anticipo para Uruguay de Jackie, candidata a tres Oscars. Parece haber sido elegida mucho más en función del glamour que del espíritu predominante en el festival. Se está por estrenar comercialmente, y será comentada extensamente en esa ocasión.

Debido al motivo nimio de que la sala del complejo Life del Punta Shopping no se dispuso a flexibilizar la rutina de cambio de programación de jueves a miércoles, el festival se extiende únicamente en esa sala por unos días más. Las películas reservadas para exhibirse allí, por motivos tecnológicos, son las de tipo más industrial, diferenciadas del perfil predominantemente latinoamericano del festival, varias de ellas (pero no todas) programadas para estrenarse en Uruguay. Entre hoy lunes y el miércoles 22 habrá, en dos funciones diarias, producciones de Estados Unidos, Canadá, España, Italia, Irlanda y Finlandia. Entre ellas está Por siempre amigos (título local absurdo para Little Men), de Ira Sachs. Esta película estadounidense es probablemente mejor que cualquiera de las que aparecen candidatas a cualquier rubro en los Oscar, pero está totalmente ausente de las candidaturas. La historia está construida por fuera de las estructuras previsibles y de las moralejas solemnes, con personajes del Brooklyn, de clase media baja y otros casi pobres. Los límites económicos condicionan cruelmente el devenir de cada uno de ellos. Parecería al inicio que el asunto era el encuentro y el descubrimiento mutuo entre los adolescentes Jake y Tony —gozosamente mostrados en escenas y diálogos de rara frescura, y brillantemente interpretados por Theo Taplitz y Michael Barbieri—. Pero de pronto el foco se traslada a la diferencia de clase, que se va a interponer en esa amistad. Sin recargar en el dramatismo, con el mismo tono de discreción general, el final es de los más amargos y punzantes que haya visto en mucho tiempo. (La dan el miércoles a las 20 hs.: los que puedan, no se lo pierdan.)

Los premios (competencia iberoamericana)

Mejor Película (premio del jurado): La próxima piel, de Isaki Lacuesta e Isa Campo (España).

Mejor Película (premio del público): Que Dios nos perdone, de Rodrigo Sorogoyen (España).

Mejor Director: Rodrigo Sorogoyen por Que Dios nos perdone.

Mejor Actor: Juan Grandinetti por Pinamar (Argentina).

Mejor Actriz (ex aequo): Katerina D’Onofrio por La última tarde (Perú) y Julia Lübbert por Rara (Chile).

Menciones: El Cristo ciego, de Christopher Murray (Chile) “Por la autenticidad con que se retratan las necesidades que surgen de la adversidad extrema”, y Santa y Andrés, de Carlos Lechuga (Cuba/Francia/Colombia) “Por su mirada a una situación que rescata los valores de solidaridad en un ambiente de intolerancia en un momento determinado de la vida política de América Latina.”

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 20/02/2017)

Festival de Punta 2017

El final del 20° Festival

Todo concluye al fin, lo decía el conocido poeta (bueh, lo cantaba Vox Dei en realidad); pero esto es lo que ha pasado con otro Festival de Punta, concluyó y nos dejó lo de siempre, buena onda de parte de otros críticos, elencos, productores, distribuidores y directores. En cuanto a películas, ya hicismos algunos comentarios en entregas anteriores; hubo buenas y malas, algunas que no teníamos idea por qué habían sido seleccionadas y maravillosos hallazgos.

En este el último resumen, verán pequeñas críticas sobre los filmes que vimos y un balance de lo que nos dejó este Festival.

El sereno de Oscar Estévez y Joaquín Mauad. Uno de los dos filmes uruguayos más esperados del Festival, con un elenco interesante que incluye a Gastón Pauls, César Troncoso y Álvaro Armand Ugón. El filme narra la historia de un sereno que comienza a trabajar en un remate a punto de demolerce, noche a noche descubrirá cosas que irán cuestionando su persona; no solo por los ruidos nocturnos sino por imágenes que lo perturbarán. El filme es el primero dirigido por esta dupla en la que se destaca Estévez por haber sido guionista de La casa muda, de algunos capítulos de la serie Adicciones y autor de la idea original de Dios local, esto lleva a que todos los ojos se posaran en el guión de esta obra. Con una factura correcta, la ambientación es muy lograda y con una buena fotografía, el filme decae en algunas lentitudes del guión. La historia nos recuerda a filmes ya vistos anteriormente (algo de lo que son concientes los directores), aunque eso no es un impedimento – a esta altura la mayoría de los filmes rodados tienen historias ya vistas -, pero demora en presentar la situación central de este thriller; la reiteración de situaciones para mostrarnos las monotonía del personaje está planteada al estilo de Whisky, aunque a la segunda vez ya era entendible y eso corre en demérito de la producción. Las actuaciones son excelentes, destacándose los tres debutantes en el filme: Cecilia Caballero, Valentina Barrios y Lalo Labat; no porque los tres más conocidos se disfruten menos, sino porque frente a estas tres grandes estrellas era difícil no quedar opacados y cada uno de ellos demuestran porque fueron escogidos para sus personajes.

El filme es interesante por el desafío de seguir aportando a un cine de género en nuestro país, pero está por debajo de los guiones anteriores de Estévez, un filme atendible pero que no aporta nada nuevo al cine uruguayo.

El jugador de Dan Gueler. El director dejó claro que era una adaptación libre de la novela de Dostoievsky y lo habíamos intuído al ver el filme. Una comedia con Alejandro Awada, Pablo Rago, Lali González y Oscar Alegre, que puede verse tranquilamente en televisión. El ex jugador Awada vuelve a Mar del Plata para traer un dinero, para el nieto de su jefe, quien lo necesita para comprar drogas a un narco y hacer un negocio con ellas. Luego todo se convierte en un thriller muy cercano a la comedia de situación, donde se incluye una tortura con pescados. El filme sirvió para traer a Pablo Rago a Punta, un tipo muy sencillo y divertido que levantó una conferencia de prensa que parecía difícil de llevar.

Anticipo de Supermax de Daniel Burman. En el Cinema Café (ex Mantra) se exhibió este capítulo piloto de la serie que en Uruguay dará Canal 12, con un elenco que incluye a Santiago Segura, César Troncoso y Cecilia Roth. Presentado por el actor Troncoso, este capítulo nos dejó con ganas de ver más de la serie. Un reality donde todos los personajes (incluído el conductor) quedan aislados en el medio de la nada, en una carcel de máxima seguridad, quien gane el reality se llevará un gran monto en dinero más la fama mundial (obviamente); pero algunos de los participantes y el conductor tienen otros planes para estar allí. Alejado del estilo habitual de Daniel Burman (Esperando al mesías, El abrazo partido, El nido vacío, El rey del once), Supermax es una remake de la serie homónima brasileña, producida por la Globo para América latina; de hecho es su primer producción hablada en español.

El limonero real de Gustavo Fontán. Contada con muchos tiempos muertos, se narra la historia de un personaje que tiene que cruzar el río para ir a una fiesta familiar, en ese trayecto nos enteramos que perdió a su hijo seis años atrás en un accidente; pero al parecer a Fontán no le interesa tanto contar la historia de forma lineal, sino en imágenes. Juega con lo visual, generando un cine experimental, preocupado más en generar climas que plasmar historias. Con escenas estiradas hasta el hartazgo, pareciera que Fontán se preocupa más por que su película se convierta en un largometraje que en presentarnos un producto interesado en el espectador.

Mirando al cielo de Guzmán García. Después de su excelente debút con Todavía el amor, el próximo proyecto del director generaba muchas expectativas que fueron cumplidas con creces. El filme sigue a un grupo de teatro comunitario y en cada uno de los actores, García recoge grandes fragmentos de la vida (no solo de la de ellos, de la vida en general), todos tiene un dolor para sacar hacia afuera y Guzmán García los recoge con su estilo parsimonioso. Un documental que respeta a sus entrevistados, de una forma que pocos pueden lograrlo, Guzmán es uno de ellos, un cineasta respetuoso de sus protagonistas y que genera una gran empatía con ellos. Mirando al cielo es un documental bien narrado que conjuga lo mejor del género en nuestro país. García cuenta historias de seres anónimos, poniendo enfasis en sus sentimientos, lo que hace que su cine sea necesario para reconocernos a nosotros mismos.

Lo que nunca nos dijimos, de Sebastián Sánchez Amunástegui. El guión, producción y protagónico corre a cargo de Flavia Atencio, por lo que el filme se presenta como una película de Flavia Atencio. El resultado es un melodrama mexicano fallido, que se traslada a Mendoza, ya que su personaje es una Argentina en México que decide volver para enfrentar a sus padres. Disfrutando de una vida de pareja con una mexicana, Mariana (el personaje principal) vuelve a Mendoza porque tiene ciertas verdades que contarle a sus padres, pero allí se encuentra con su padre en coma y en la habitación contigüa. El filme toca el incesto y nos queda la sensación de una aceptación de este hecho como algo normal, al parecer la queja va para quien no dijo nada, no tanto para quien lo realizó a quien se le pide perdon. Se salvan algunas actuaciones (Ana María Picchio, Juan Gil Navarro, Catalina Saavedra) pero esto no logra que el filme sea soportable, en parte por el guión flojo, en parte por su visual publicitaria (todo parece decirnos “comprame”) y por otro lado por la música insoportablemente obvia.

Jackie de Pablo Larrain. El filme de cierre del Festival, es el actual nominado a mejor actriz a Natalie Portman. En el filme de Larrain se narra parte de la historia de Jackie Kennedy, desde que llegó a la Casa blanca hasta que se retiró tras la muerte de su marido; el ritmo es lento, cansino, pero no llega a ninguna parte. Todo el filme se centra en tres hechos, la entrevista realizada a un periodista tras el fallecimiento de JFK; el programa especial donde presentaba los arreglos que ella había hecho a la Casa blanca y el momento del asesinato. La actuación de Portman está correcta, pero no sorprende, la dirección poco ayuda y el filme termina siendo uno más en el océano de películas correctas de Hollywood.

El festival fue disfrutable, con algunas anécdotas curiosas como la del escape de Carlos Lechuga, el director que llegaba para presentar su filme Santa y Andrés, quien tras la exhibición de su filme huyó a Montevideo y no se lo volvió a ver en el Festival. Lamentamos también que muchos filmes que se prometieron para el Festival, no se exhibieron en él; como Luz de luna (que se estaba exhibiendo en el mismo momento que se cerraba el Festival), La reina de Katwe de Mira Nair, Un monstruo viene a verme de Bayona, Las inocentes de Anne Fontaine, Amor y amistad de Whit Stillman, Es solo el fin del mundo de Xavier Dolan, Por siempre amigos de Ira Sachs o Cuando despierta la bestia de Alexander Arnby, alguna de las las cuales en el momento de terminada esta crónica aún no se exhibieron.

La ceremonia de clausura fue el sábado 18 a las 20:30 hs., con la lectura de los ganadores y la entrega de los premios correspondientes, cerraba el Festival.

Premios

Mención especial del jurado:

El Cristo ciego de Christopher Murray (Chile)

Santa y Andrés de Carlos Lechuga (Cuba)

Mejor actor:

Juan Grandinetti (Pinamar) Argentina

Mejor actriz:

Julia Lübbert (Rara) Chile

Katerina D’Onofrio (La última tarde) Perú

Mejor director:

Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) España

Mejor película:

La próxima piel, de Isaki Lacuesta (España)

Voto popular:

Que Dios nos perdone de Rodrigo Sorogoyen (España)

Sergio Moreira (20/02/2017)

Más del 20º Festival Internacional de Punta del Este

Ya estamos en la mitad del Festival y aún siguen apareciendo los actores y directores a presentar sus filmes.  A un ritmo de tres peliculas diarias en Cine Cantegril, ya han pasado filmes de Brasil, Cuba, Argentina, España y Perú en la sala principal, aunque contando las otras salas (Casa de la Cultura y Cinemá Café) también se puede decir que otros países se presentaron a la cita, como Francia, Chile e Israel, por ejemplo .

Entre lo que se ha visto está: Santa y Andrés, filme cubano que llegaba con la noticia de haber sido prohibido en Cuba por su temática homosexual. El filme es una dura crítica al sistema, que va de menor a mayor, la historia presenta a sus personajes lentamente pero el tiempo es el necesario para que podamos entender a cada uno de ellos. Ambientada en la década del 80, está levemente inspirada en el caso de Reinaldo Arenas, escritor cubano que debió huir del asedio del partido tras escribir contra el sistema imperante en la isla. Interesante filme que inspira a un debate posterior.

Pinamar de Federico Godfrid, filme en el que debuta en solitario el co-director de La Tigra, Chaco (2008) y que demuestra una sensibilidad especial para mostrar un tema que toca de cerca al director; Godfrid tiene el apartamento de sus padres en Pinamar y en su adolescencia iba a estudiar en invierno, paseando por ese balneario abandonado en esas fechas. La historia que se narra en esta película es la de los hermanos Tomás y Pablo, interpretados de excelente forma por Lautaro Churruarín y Juan Grandinetti, que van a Pinamar a tirar las cenizas de su madre al mar; en ese viaje conocen a Laura, su vecina (la talentosa Violeta Palukas) quien les hará reformular algunos planes con los que iban al balneario. La dirección de actores es perfecta, la narración es bien llevada de la mano de un guión redondo y por ende el director debutante en solitario se luce con un gran filme, que no por grande deja de ser intimista.

Dos besos de Francisco J. Lombardi fue una de las grandes decepciones del Festival, en parte por que el nombre del director nos obliga a ser exigentes a la hora de recibir un nuevo filme de él. En este largo que data de 2015, el director nos cuenta la historia de un engaño. Contada en tres puntos de vista diferentes, la historia no deja de ser previsible; no causando sorpresas ni siquiera con la “sorpresa” final. Un intento de crítica social que queda a medio camino y que no marca diferencias con una historia que ha sido contada en infinidad de ocasiones. Hay resoluciones burdas en personajes secundarios como el de la hija, que mira La matanza de Texas en su computadora con el mismo interés con que la usa para estudiar y a su vez su ilusión es que la lleven sus padres a Disney, una actitud que no concuerda con el cine del que gusta (gore, clásico y de culto).

Que Dios nos perdone, de Rodrigo Sorogoyen. En este su tercer largo (aunque el segundo en solitario), Sorogoyen se despega de la media del cine de su país; incorporando el thriller de acción violento a una cinematografía que carecía de ejemplos de esta índole. El filme tiene algunos parecidos con Pecados capitales (Se7en, 1995), en cuanto a la violencia desplegada, así como a la trama en la que una dupla debe investigar una serie de asesinatos crueles (en este caso con violación incluída y a personas de la tercera edad). El director despliega un excelente manejo de la dirección de escenas de acción, así como una ejemplar dirección de actores; aprovechando la temática del filme para deslizar varias críticas (a cómo la policía esconde información cuando le es conveniente, a la violencia con que el gobierno detiene las manifestaciones, a la iglesia). Ganadora del Goya a mejor actor para Roberto Álamo, en una excelente interpretación como el policía conflictuado Javier Alfaro.

Existir sin vos: Una noche con Charly García, de Alejandro Chomski. El director tiene una carrera que incluye 5 largos y varios cortometrajes y nos trajo este filme presentado como el documental sobre Charly García. Lo cierto es que llamarlo documental sería mucho, es simplemente una grabación encontrada de un ensayo de Charly García. Lo bueno es que la banda que quedó grabada fue la mejor de las que ha acompañado en los últimos años a Charly; integrada por María Gabriela Epumer (1963-2003) en guitarra, el zorrito Von Quintiero en teclados, Fernando Samalea en batería y Alejandro Medina en el bajo. También es cierto que concurrir a un ensayo de Charly es una maravilla, más en esos años donde aún había placer por tocar, se nota que se divierten mientras tocan, a pesar de que es un proceso que lleva desde la noche a la mañana y donde finalmente solo el cámara y Charly se mantienen en pie. Lo que se muestra aquí es el proceso de creación de una canción, la que sería conocida como Existir sin voz en esas grabaciones y que luego se publicaría en La hija de la lágrima (1994) como No Sugar (en una versión que no llega a la altura de lo ensayado esa noche), también suena Locomotion del mismo disco. A pesar que la calidad visual es pésima, ya que remite a una grabación en VHS, el material termina siendo rico, con algunas confesiones de Charly a cámara incluídas.

El Festival continúa con varios títulos importantes en su haber, aún quedan por verse Paradise de Andrei Konchalovsky, El sereno de Oscar Estévez y Joaquín Mauad, Afterimage de Andrzej Wajda, Juventud divino tesoro, que se exhibe en un homenaje a Ingmar Bergman, Mirando al cielo de Guzmán García, La muerte de Luis XIV de Albert Serra, Jota de Carlos Saura, a las 20:30 horas del sábado será la clausura del Festival con Jackie de Pablo Larraín, con la actuación nominada al Oscar de Natalie Portman.

Sergio Moreira (15/02/2017)

20º Festival de Cine de Punta del Este: Dia Um

Con el filme brasileño Elis comenzó la vigésima edición de este Festival histórico de nuestro país y del continente.

Elis generaba mucha expectativa, un filme taquillero en su país de origen era muy bueno para abrir el Festival; y algunas de las cosas que prometía las trajo.

El filme es una maravilla para los amantes de Elis Regina, tiene muy buenas canciones, interpretadas en la voz original de Regina, entre ellas Menino das laranjas, Upa neguinho y Cinema Olympia e incluso temas cantados por Nara Leâo o The Supremes. Ideal para todos aquellos amantes de la música.

El problema mayor es en el guión, el director Hugo Prata se preocupa mayormente en contemplar la vida de Elis, pero con ello deja a un lado mucho dato externo que ayudaría a la comprensión del filme. La historia está contada cronológicamente, pero no nos sitúa en el tiempo y el lugar, no sabemos que año es, no nos enteramos de la dictadura, salvo por un comentario externo y por el encuentro que luego tendrá con varios militares, más el abucheo de aquellas personas que lucharon contra la dictadura. El director nos dice (y en la publicidad también) que Elis luchó contra el régimen de facto, pero en la película no vemos esa lucha; al igual que tampoco vemos las razones de la paranoia que la asedia con los músicos.

Al parecer, según nos guiamos por el filme (no todos tienen por qué conocer a la genial cantante), Regina tenía una voz prodigiosa, pero no era más que una voz que adornaba – y de buena forma – las canciones interpretadas por distintos músicos. La realidad es otra, ella tenía mucho que ver con los arreglos, con la música elegida, con cada nota que cantaba. Pero el filme, lamentablemente, no nos transmite ello.

Lo bueno entonces va por otro lado, una buena banda sonora (lo difícil era que sonara mal) y una gran actuación del elenco, tanto los papeles importantes como el de Andréia Horta, quien da vida a Regina, como los pequeños personajes como su padre o su manager, interpretado por César Troncoso; otro de los actores que nunca está mal en sus performances.

Sergio Moreira (13/02/2017)