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“Jurassic World: El reino caído” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Dinosaurios: Son plaga

Cuando Steven Spielberg dirige Reto a muerte (1971), establece rasgos que pautarán su abundantísima filmografía como realizador. En primer lugar sus virtudes narrativas, construidas a partir de la mejor tradición del cine norteamericano con su admirable (y perdida) capacidad de síntesis, logrando planteos concretos en los primeros minutos de proyección, desarrollándolos a continuación, manteniendo el interés del espectador hasta el final del metraje. Spielberg, producto de una cultura popular también asentada en el gran show con espíritu circense, añadió esta impronta a sus films, así se trate de los dos automóviles del debut de 1971, un campo de concentración (La lista de Schindler) o el gigantesco escualo que aterroriza a una playa (Tiburón). Rasgos que con muy variable intensidad son detectables en numerosos de los casi ciento ochenta films de los que fuera productor, y este Jurassic World: El reino caído es uno de ellos.

En 1993, Spielberg dirige Jurassic Park, una simpática aventura acerca de prehistóricos dinosaurios que mediante manipulaciones genéticas son posibles en el mundo contemporáneo. Ello dio paso a una saga de probado éxito de taquilla y un notorio desgaste del asunto con cada nueva realización. En 1997, Spielberg dirigirá El mundo perdido: Jurassic Park, a la que seguirán: Jurassic Park III (con dirección de Joe Johnston, en 2001), Jurassic World (con dirección de Colin Trevorrow, en 2015), y este torpe y bastardo sucedáneo: Jurassic World: El reino caído coproducido con España (y título castellano en “spanglish”) y dirección de J.A. Bayona (nombre con cierto impreciso origen que oculta al catalán Juan Antonio García Bayona).

Un guión endeble y confuso (si no lo fuese nada cambiaría), arranca con el desfile de monstruos amenazando a unos pocos personajes mal diseñados y apoyados en la suposición que los conoce un público que vio el título previo. Los buenos ecologistas chocan con intereses comerciales y entre tanto los efectos especiales muestran debilidades convenientemente disimuladas por fotografía y escenografías oscuras.

Ya casi frisando la hora inicial, se atemperan las devastadoras incursiones de bestias prehistóricas, estirándose el asunto con discursos moralizadores y reflexivos, pensados para un público con graves problemas cognitivos.

Jurassic World: El reino caído, contiene, aunque tímidas, desleídas, corroídas, deformadas y temerosas, singularidades inherentes a un cine hollywoodiano sobre animales monstruosos con capacidad para desarrollar sentimientos propios de los humanos. Según se viera en el primer King Kong (de Cooper y Schoedsack, 1933), El monstruo de la laguna negra (de Jack Arnold, 1954), y la reciente La forma del agua (Guillermo del Toro), tributo a las dos anteriores, especialmente a la segunda.

Este Jurassic World: El reino caído ha perdido –algo que Roman Gubern señalara para King Kong– el drama de la criatura fuera de su medio natural, arrojada a un mundo hostil y en manos de sus enemigos.

La sexualidad y sensualidad de que hacían gala aquellos (y otros) viejos y paradigmáticos films de monstruos, y luego Jurassic Park a través de Laura Dern, tenía aquí un enorme potencial en la presencia de la atractiva Bryce Dallas Howard, objeto de una exposición icónica cuya voluptuosidad erótica pugna por filtrarse desde una piel intuida bajo ajustado buzo conveniente y púdicamente escotado. El erotismo subterráneo, subyacente actitud provocativa del cine de aventuras del período clásico de Hollywood (desafiando a Hays y otros puritanismos), también ha sido olvidado por un Spielberg que con manos ajenas ofrece más de lo peor de lo mismo.

Jurassic World: El reino caído” (Jurassic World: Fallen Kingdom). EE.UU. / España 2018. Dir.: J.A. Bayona. Con: Bryce Dallas Howard, Chris Pratt, Jeff Goldblum.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“Monsieur & Madame Adelman” (Hugo Acevedo)

Un romance agridulce

Una prolongada historia de amor con sus pasiones, encuentros, desencuentros, conflictos, reproches y frustraciones es el núcleo temático de Monsieur & Madame Adelman, la reflexiva comedia dramática del debutante realizador francés Nicolas Bedos.

Una de las particularidades de esta ópera prima es que su director es además protagonista, junto a Doria Tiller. Además, ambos –que son marido y mujer en la vida real- ofician también en este caso como guionistas.

En ese contexto, esta película está visiblemente hecha a la medida de la pareja de cineastas, que en la ficción reproduce algunas de las peripecias de la realidad.

Apelando a recurrentes flashbacks que abarcan bastante más de cuatro décadas de historia, el relato indaga en el extenso romance de Victor (Nicolas Bedos) y Sarah (Doria Tillier).

Mientras él es un aspirante a escritor que con el tiempo se transformará en un referente de las letras, ella es una universitaria estudiante de literatura que se enamorará perdidamente del hombre y lucha denodadamente por conquistarlo.

No en vano en el comienzo del idilio, la primera noche juntos en la cual comparten una cama no sucede nada, porque él duerme su propia borrachera como si despreciara a su compañera.

Aunque él proviene de una familia burguesa y ella es una judía de clase media, igualmente se las ingenian para sintonizar y formar una pareja duradera, más allá de los inevitables contrastes.

De todos modos, el hecho de que ambos compartan el amor por la literatura va cimentando un vínculo que se apoya en el afecto, pero también en el compromiso mutuo.

Desde ese punto de vista, esta es una relación unida por uno de los estereotipos más recurrentes y arraigados de la cinematografía gala, como lo es, sin dudas, la afinidad intelectual.

Al respecto, la pareja sintoniza con el statu quo del cine francés, que siempre sobresale por esa predisposición a intelectualizar y hasta a ideologizar los contenidos cinematográficos.

El relato, que abarca cuarenta y cinco años y está ordenado en catorce capítulos como si se tratara de una novela, indaga en el tema de la pareja con un sesgo intransferiblemente realista, acorde con la mejor tradición de la producción de dicho país.

En efecto y contrariamente a lo que sucede en el gastronómico cine de industria para consumo de paladares poco o nada exigentes, el discurso cinematográfico no es nada edulcorado sino todo lo contrario.

En efecto, aquí el abordaje del amor es realmente crítico, exponiendo los recurrentes conflictos de una relación inexorablemente desgastada por el tiempo y las contingencias cotidianas, muchas de ellas adversas.

En esas circunstancias, el tiempo es un fenómeno clave de la narración, en la medida que –en apenas dos horas- transcurren nada menos que cuarenta y cinco años.

En este caso concreto, el film es narrado por la mujer, quien, luego de la muerte de su esposo, concede un reportaje a un periodista que se propone recrear la vida del escritor.

En el decurso de la entrevista, la viuda reconstruye el largo itinerario de convivencia de una pareja de la cual nacen dos hijos, con sus encuentros, desencuentros y separaciones.

La evolución del relato desnuda una literal demolición de la pareja aparentemente paradigmática, que luego de un tiempo de consolidación deviene en celos, infidelidad y reconciliación, entre otras traumáticas situaciones.

Esas contingencias, que son habituales, están expuestas en esta historia sin subterfugios y con la frontalidad requerida, acorde con una escuela de cine francés que no soslaya el abordaje de problemas y eventuales controversias.

El debutante cineasta sabe trabajar con el recurso de la temporalidad, sintonizando los tiempos históricos con los cinematográficos, para recrear una convivencia que se inicia en 1971 y se proyecta a la actualidad.

Esas inflexiones reconstruyen un periplo abundante en radicales mutaciones culturales, signado por la música, la moda, la vestimenta y hasta los cortes de pelo, entre otros signos de identidad epocal no menos relevantes.

La recreación histórica, que es funcional a la evocación de la peripecia de la pareja, no soslaya naturalmente los contextos políticos del país, las disputas por la hegemonía intelectual y social entre la izquierda y la derecha y hasta apelaciones a la dicotomía entre católicos y judíos.

En esta película, que cuando es menester apela al fino humor de escritura sarcástica, no falta la reflexión sobre el desgaste del amor provocado por el inexorable transcurrir del tiempo.

Es evidente que el cine francés jamás camufla las miserias humanas, en la medida que siempre aborda los problemas afectivos con una superlativa frontalidad y radicalidad.

Aunque la película jamás abandona su formato de comedia, aquí no faltan los reproches, los engaños, los desengaños, las palabras hirientes y las situaciones de exacerbación.

El hecho que el guión haya sido escrito por dos cineastas y actores que son esposos en la vida real, coadyuva a otorgar una singular verosimilitud y realismo a esta propuesta artística.

Monsieur & Madame Adelman conjuga el romance con el drama y hasta con la reconstrucción histórica de un tiempo de intensas y fermentales mutaciones, en un film que discurre entre la tensión, el humor, la nostalgia y naturalmente la reflexión.

En un reparto actoral competente, sobresale la actuación protagónica de la pareja central integrada por los actores y guionistas Nicolas Bedos y Doria Tillier.

Monsieur y Madame Adelman” Francia 2017. Dirección: Nicolas Bedos. Guión: Nicolas Bedos y Doria Tillier. Fotografía: Nicolas Bolduc. Música: Nicolas Bedos y Phillippe Kelly. Edición: Anny Danché. Reparto: Doria Tillier, Nicolas Bedos, Denis Podalydès y Antoine Gouy, Pierre Arditi y Juliene Boisselier.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital)

“El atelier” (Hugo Acevedo)

El germen de la violencia

Los conflictos de una juventud radicalmente perpleja ante las contemporáneas mutaciones civilizatorias en un contexto de creciente violencia e intolerancia, constituyen el revulsivo disparador temático de El atelier, el drama del aclamado realizador francés Laurent Cantet.

Este es el nuevo opus de uno de los realizadores más talentosos, críticos y controversiales de la cinematografía gala, autor entre otros títulos, de Recursos humanos (1999), El empleo del tiempo (2001) y la inconmensurable Entre los muros (2008), que cosechó nada menos que la Palma de Oro del Festival de Cannes.

Al igual que la galardonada Entre los muros, El atelier plantea los problemas de la juventud de la posmodernidad, en un paisaje europeo sacudido por la violencia, la xenofobia y el recurrente fenómeno de la inmigración.

En ese contexto, en el centro del debate está la integración social como supremo desafío en una sociedad estremecida por odios raciales, por la incertidumbre y, naturalmente, por el miedo.

La historia está ambientada en La Ciotat, un pueblo cerca de Marsella que otrora fue un centro de atracción turística por su puerto de yates que atraía a personas de alto poder adquisitivo.

A raíz del cierre de la terminal portuaria y del astillero y pese a la indudable belleza paisajística del lugar, la afluencia de visitantes se tornó bastante más esporádica.

La protagonista de este largometraje es Olivia Dejazet (Marina Fois), una docente y novelista a cuyo cargo está la dirección de un taller (atelier) literario con la participación de un grupo de jóvenes.

Con la integración social y hasta étnica como desafío, el encuentro reúne a europeos, a dos musulmanes y a un negro, bajo la consigna de escribir un relato compartido de suspenso.

Mientras se plantea con los jóvenes concebir una novela que gire en torno a un asesinato, la propia escritora comienza a elaborar su nuevo libro en base a los insumos devenidos de esta experiencia.

Empero, la notoria heterogeneidad y carácter multicultural del grupo –que origina permanentes conflictos- genera obstáculos casi insalvables a la consecución de la propuesta.

En ese marco, el estudiante más díscolo es Antoine (Matthieu Lucci), un solitario joven que divide su tiempo entre la natación recreativa en la franja costera y el hiper- consumo de violencia vía Internet, que no omite la visualización de discursos de militantes o líderes de la ultra-derecha fascista y nacionalista.

Esa auténtica dosis cotidiana de odio, sumada a una cuasi nula relación con sus padres, transforman a este joven en un potencial resentido social con perspectivas de mutar incluso en un individuo agresivo.

Aunque su vida transcurre en una situación de virtual aislamiento, tiene igualmente un grupo de pertenencia integrado también por jóvenes de talante exacerbado, que suelen entretenerse imaginando guerras ficticias en las cuales se embadurnan las caras para camuflarse y poder evadir a sus supuestos enemigos e incluso disparan armas de fuego al azar.

Mientras su existencia transcurre en una realidad paralela que pone en jaque su propia racionalidad, Antoine intenta vanamente mimetizarse con los demás integrantes del taller de escritura literaria que comparten el proyecto común de escribir un libro.

En esas circunstancias, el guión de Robin Campillo y el propio Laurent Cantet evoluciona hacia una suerte de enfrentamiento entre la docente y el alumno rebelde.

Esa situación de aguda tensión que se verifica en el seno del grupo es originada por permanentes apelaciones racistas, salidas de tono y enfrentamientos verbales que pueden derivar en serios incidentes.

En ese contexto de rencillas sobrevuelan fenómenos como el de la emigración compulsiva procedente de naciones periféricas, el rechazo al extranjero, la lucha del denominado Estado Islámico y la cruenta confrontación bélica de Siria.

De todos modos, tal vez el meollo de la película sea realmente la relación entre el arte y la violencia y entre lo real y lo ficticio, observado por los absortos ojos de un grupo de jóvenes que padecen cotidianamente una permanente prédica de intolerancia.

No en vano la propia docente intenta razonar con sus alumnos, con el propósito de que comprendan que puede describirse el perfil de un asesino literario sin compartir sus acciones ni sus eventuales motivaciones.

Una escena que es sin dudas paradigmática y pertinente a la comprensión del film, es la que visualiza al alumno inadaptado disparándole con una pistola a la Luna, en plena noche.

En esta secuencia aflora una carga de violencia acumulada e introyectada psicológicamente a los jóvenes, por una sociedad en la cual crece incesantemente el redivivo fantasma del fascismo.

Si para muestra basta un ejemplo, resulta insoslayable aludir a la irrupción en la escena política francesa de Marine Le Pen, la líder del partido ultra-derechista Frente Nacional, que recibió un sorprendente apoyo en las elecciones del año pasado.

El atelier es un potente drama de escritura elocuentemente alegórica, que advierte sobre la radicalización de una sociedad contaminada por el odio, la exacerbación y la violencia racista.

Se trata de un film testimonial, que aborda -sin ambages- la problemática de una juventud jaqueada por las incertidumbres y contagiada por la devastadora plaga del autoritarismo subyacente.

El atelier”. L’atelier. Francia 2017. Dirección: Laurent Cantet. Guión: Robin Campillo y Laurent Cantet. Fotografía: Pierre Milon. Música: Bedis Tir y Edouard Pons. Edición: Mathilde Muyard. Reparto: Marina Foïs, Matthieu Lucci, Florian Beaujean, Mamadou Doumbia y Melissa Guilberg.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital)

“El insulto” (Andrés Vartabedián)

La confusión entre orgullo y dignidad

Compitió en la última edición de los premios Oscar como Mejor Película de Habla No Inglesa; primera vez que Líbano es nominado en dicha categoría. Fue seleccionada para los festivales de Toronto y Venecia. Ha obtenido otros reconocimientos. Un filme cargado de buenas intenciones, con un ritmo atrapante, más efectista que efectivo, cuyo mayor pecado -quizá- es su didactismo.

Yasser (Kamel El Basha) es capataz en una importante obra que se desarrolla en un suburbio de Beirut, capital de la República Libanesa. Tony (Adel Karam) vive y trabaja en esa zona. Yasser es un refugiado palestino que, aun con credenciales sobradas para desarrollar su labor, se encuentra trabajando ilegalmente allí, justamente por su condición anterior. Tony es un libanés cristiano, militante de uno de los partidos vinculados a esa confesión religiosa más reaccionarios del país. Posee un taller de reparación de vehículos, y vive con su esposa Shirine (Rita Hayek), quien se encuentra embarazada, a pocas semanas de dar a luz. Yasser también está casado, sin hijos. Ambos parecen ser hombres íntegros, honestos, responsables en su trabajo, atentos con su familia. Llevan una vida ordinaria, sin grandes sobresaltos.

Uno de esos días rutinarios, Tony riega sus plantas, el agua cae desde su balcón a la calle y moja a Yasser mientras atiende su labor. El desagüe no debería dar a la calle, eso es ilegal. Yasser sube junto a uno de los obreros a ofrecer a Tony el arreglo del mismo; éste se niega rotundamente y les cierra la puerta “en sus narices” un tanto violentamente. El edificio no corresponde a su área de trabajo. Igualmente, Yasser ordena, de forma tan inmediata como inconsulta, que solucionen el problema del desagüe desde el exterior. Al darse cuenta de ello, Tony rompe a martillazos el caño colocado. Yasser lo insulta desde la calle. El insulto no parece ser de lo peor que pudiera escucharse; sin embargo, es un hecho que ataca el honor de Tony.

A partir de ese momento, el efecto bola de nieve será casi indetenible; casi irremediable. Casi indefendible, desde nuestro lugar. La espiral de violencia crecerá paulatina e incansablemente, como habiendo estado agazapada esperando, y soñando, con la primer chispa que la encendiera. La historia de esos hombres comunes comenzará, incluso a su pesar, a vincularse con la otra, la Historia con mayúscula, la historia como historiografía, la historia de sus pueblos, sus naciones, sus etnias, sus religiones, la historia que también ha sido transformada en Memoria, en construcción colectiva, política, que toma de aquélla sólo lo que le es útil. Lo privado se transformará en público, y ellos serán vistos casi como estandartes de lo que otros, muy lejos de ellos -a veces en tiempo, a veces en espacio-, han generado, a veces fabricado. Para algunos, serán simplemente seres funcionales a causas que se benefician de estos orgullos particulares. Causas que, cada tanto, necesitan ser movilizadas desde la arenga más elemental, aun cuando la misma se base en hechos circunstanciales, aislados, casi nimios. Hechos concretos que se perderán en el camino de la comunicación mediática, de la comunicación propagandística, de la comunicación de palestra y estrado. Sus prejuicios individuales, alimentados por estas causas simplificadoras de lo Otro, se volcarán a las mismas para continuar alimentándolas. Crecer y recrudecer parece ser la consigna. El círculo se cierra.

Mientras tanto, Yasser y Tony continuarán reafirmando sus puntos de vista casi como sordos felices. Ni siquiera la palabra más cálida y hogareña logrará la mella buscada. Los hechos mantienen su curso: el embarazo de Shirine se ve afectado, el puesto de trabajo de Yasser también; intervienen la empresa, la política, los abogados, las calles toman partido, la hoguera se alimenta de basura. El ritmo con el que Ziad Doueiri relata, por momentos es trepidante. La cámara sostiene el nervio y lo incrementa. El crescendo de los sucesos se refuerza desde la banda sonora. Todo tan acorde como conocido. De todos modos, funciona. No nos da tiempo a dilucidar la confusión entre efectismo y efectividad. Podemos inferir que Doueiri ha adquirido parte de este dominio como producto de su formación cinematográfica en Estados Unidos e, indudablemente, de su participación reiterada junto a Quentin Tarantino como primer asistente de cámara.

Este realizador libanés, nacido en 1963, partió hacia “América” a los dieciocho años de edad, en parte como efecto de la guerra civil que viviera su país entre 1975 y 1990. Dicho mojón histórico -junto a sus secuelas-, tanto en su vida personal como en la de su tierra natal, es parte de lo que su filmografía refleja desde el inicio (West Beirut, 1998); también la violencia en la que está sumido Medio Oriente (El atentado, 2012).

Aquí en El insulto, ese aspecto de su preocupación como hombre y como realizador aparece especialmente reflejado en el momento en que el enfrentamiento entre Tony y Yasser se judicializa. En el estriptis que emprenden los abogados, tanto de acusado como de acusador, surgirán como explicaciones de sus actos, de sus conductas y prejuicios -y como parte del propio “espectáculo” montado-, diversos hechos históricos que los comprenden como individuos producto de circunstancias históricas que los vieron involucrados, incluso sin quererlo, y que actúan sobre ellos, ya sea consciente o inconscientemente.

Es así que se dará cuenta, por ejemplo, de la masacre de Damour (1976), en la que diversas unidades de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), atacaron esa ciudad al sur de Beirut, asesinando a cientos de civiles, parte de la población mayoritariamente cristiana de la misma y provocando la huída de la mayoría de sus habitantes. Del mismo modo, se hará mención al Septiembre Negro jordano, el conflicto armado que involucrara al rey Hussein de Jordania y a la OLP y que culminara en la expulsión de ésta de aquel país, que había recibido cientos de miles de refugiados palestinos desde el fin del mandato británico sobre Palestina en 1948 y luego de la Guerrra de los Seis Días en 1967, y que viera el crecimiento de las bases de combatientes palestinos en los propios campos de refugiados allí instalados. En ambos casos, el común denominador es el sufrimiento de civiles inocentes producto del abuso de quienes detentan el poder de las armas y/o han optado por la violencia como mecanismo de reivindicación.

Los abogados sumarán un nuevo aspecto a la trama: representarán dos generaciones etarias con visiones diferentes sobre cómo abordar estas problemáticas que atraviesan la sociedad libanesa y que signan, sin dudas, su diario acontecer -el que estén encarnadas por padre e hija, intenta sumar, fallidamente, al cariz dramático de la trama-. Las tensiones ciudadanas existen, por pasado y por presente, pero la necesidad de convivencia es algo que todas las partes deberían entender y anteponer a su accionar. El cómo no debería dejar de lado el perdón, pero tampoco la justicia, parece decirnos Doueiri.

He allí parte de sus mejores intenciones. También de su peor ejecución. La idea de convencernos se impone y tiñe cada discurso: el de los abogados, el de la cámara. Se percibe el noble esfuerzo; también se nota demasiado. La sutileza artística empieza a quedar por el camino en nombre de sus mejores postulados humanistas. La imposición del discurso comienza a delatar los mecanismos y el artificio de su construcción. Las mejores posibilidades de manipulación del medio cine se sienten desaprovechadas.

Esto no lo invalida como hecho artístico, simplemente reduce la calidad de su realización. Menos aún invalida su planteo, simplemente reduce su efecto sobre algunos de nosotros. Quizá también debido a nuestro convencimiento de lo mismo: el pasado no pasa por decreto; no existe el monopolio del sufrimiento, aunque haya quienes lo sostengan; las víctimas no son “buenas” sólo por su condición de víctimas; las heridas individuales, producto de un sufrimiento colectivo, no sanan sin el reconocimiento del dolor inflingido por parte de su autor; el ejercicio de la justicia del hombre es imprescindible para toda reconciliación; la justicia asoma menos justicia a medida que el tiempo avanza, y de seguir tardando puede ser tarde; el perdón no comporta el olvido, ya que únicamente perdona quien recuerda; el rencor nunca libera, sólo ata, y ata contra la vida; la asunción de la complejidad del bicho humano se torna imprescindible para elaborar la mejor convivencia…

Nada es sencillo.

A pesar de este ejercicio crítico -deber de comentador- a pesar de la indispensable racionalización que impone el hecho artístico como forma de comunicación, un cine necesario; lamentablemente necesario. Por humanidad.

El insulto” Título original: L’insulte. Francia/Líbano/Chipre/Bélgica/EE.UU., 2017, 112 min. Dirección: Ziad Doueiri. Producción: Rachid Bouchareb, Jean Bréhat, Julie Gayet, Antoun Sehnaoui, Nadia Turincev. Guión: Ziad Doueiri, Joelle Touma. Fotografía: Tommaso Fiorilli. Edición: Dominique Marcombe. Música: Éric Neveux. Elenco: Adel Karam (Tony Hanna), Kamel El Basha (Yasser Abdallah Salameh), Rita Hayek (Shirine Hanna), Camille Salameh (Wajdi Wehbe), Diamand Bou Abboud (Nadine Wehbe).

Andrés Vartabedian (Revista Vadenuevo, 05/06/2018)