Archivo de la categoría: Críticas de cine

“Yo soy Tonya” (Pablo Delucis)

El cisne negro

Al comienzo de esta historia basada en hechos reales, se lee un texto que previene que la película que veremos será el producto de entrevistas sin ironía, totalmente contradictorias y absolutamente ciertas. No hay dudas de que este aviso se cumplirá cabalmente.

Tonya Harding fue una patinadora precoz y talentosa que tuvo su momento de gloria deportiva por los años noventa. Su especialidad era el triple Axel- algo así como un triple salto mortal -, un truco que ninguna mujer había logrado antes. Lejos de pertenecer al entorno social acomodado predominante en la mayoría de los que practican esa disciplina, provenía de una familia pobre, disfuncional y violenta, cosa que no pasaba desapercibida para ese ambiente tan especial, donde el glamour es casi tan importante como el talento. En 1994, previo a los Juegos Olímpicos de Lillehammer, Noruega, una patética, bizarra y confusa agresión que sufrió su amiga y competidora Nancy Kerrigan, la involucró de manera lapidaria.

Ante todo, vale la pena subrayar que más allá de sus muchas virtudes y pocos defectos, el filme hace gala de una incorrección política que luce sincera y sin maniqueísmos hipócritas. Craig Gillespie (Lars y la chica real, 2007), sale notoriamente airoso en una narración donde el falso documental, el melodrama familiar y la forma satírica con que se muestra una realidad generalmente dura, terminan de consolidar un tono equilibrado, y a la vez contundente. Es que los momentos donde no se escatiman detalles de la violencia sicólogica y física que era lo corriente en el vínculo de Tonya con su madre LaVona y con su esposo, Jeff, tienen el contrapeso de que la escena termine generalmente con el diálogo del personaje con el público – desde un seductor cinismo que genera empatía – o recurriendo al absurdo para aliviar la situación. Para que ese cambio brusco de tono funcione es fundamental la notable edición de la nominada al Oscar por este trabajo, Tatiana Riegel. El montaje depara escenas rápidas, categóricas, un poco a lo Paul Thomas Anderson – en especial en Juegos de placer (Boogie Nights, 1997) – con algunos personajes que parecen salidos de Fargo (1996) de los hermanos Coen.

En el elenco está otro de los puntos altos. Margot Robbie, muy lejos de su habitual rol de chica sexy, compone una labor tocante y realmente sensible como Tonya, mientras que la ganadora del Oscar a Mejor actriz secundaria por el papel de su madre, Allison Janney, conmueve desde un personaje que acude a la manipulación feroz para atenuar dolores de un pasado que se adivina con muchos tropiezos. Sebastian Stan en el rol del esposo de Tonya, completa un terceto de excelencia en este rubro.

Más allá de la anécdota principal – que por supuesto solo los que la vivieron sabrán la verdad – la historia no elude en absoluto otros temas pesados. El amarillismo de una prensa que exprime a más no poder todo lo abyecto y vendible; la desesperación que gana a muchos padres en pos de que sus hijos “lleguen a la meta” y sobretodo, una historia que muestra cierta consideración y piedad hacia sus personajes, si es rotundamente crítica hacia un modelo de sociedad que privilegia la imagen que se quiere mostrar – en este caso la de una sociedad estadounidense feliz, conforme, rubia y bonita – ante la realidad. La escena en que uno de los jueces le da a Tonya los verdaderos motivos por los cuales se la relega, se resume en una sola palabra: honestidad.

Pablo Delucis (Cartelera, 29/03/2018)

“El hilo fantasma” (Guilherme de Alencar Pinto)

Comedia del arte

Hay como dos aspectos distintos, aunque complementarios, en esta película. Por un lado, se trata de “cine de arte” en su doble sentido de película que ostenta su propia artisticidad y de que el principal medio para hacerlo es retratar una imagen estereotipada del Arte con A mayúscula, imagen ésa apta para rebotar en la visión que los espectadores podrán tener de la propia película a la que están asistiendo. En el caso se facilitan las cosas, porque en vez de lidiar con alguna de las bellas artes, se eligió las que integran el cotidiano (real o pretendido) de un público más afín a la ostentación que a esforzarse por las incomodidades espirituales de lo sublime. El personaje principal es un costurero de elite. Es un personaje ficticio, aunque Paul Thomas Anderson dijo haberse basado en aspectos de la personalidad y de la vida de Cristóbal Balenciaga. La acción no se ubica en el vulgar ahora, sino en unos glamorosos años 50. Y no se ubica en el vulgar aquí de Anderson (el Valle de San Fernando, en California, escenario de todas sus películas hasta el momento), sino en la más espléndida y europea Londres. El costurero reina en una mansión de varios pisos y varios ambientes, donde viste a reinas, princesas y millonarias de distintos países. La alta costura no será una de las bellas artes, pero es tratada de la misma manera que, por ejemplo, la música en bagayos tipo Amada inmortal: depende de la inspiración, y esta inspiración viene a través de una musa. Cuando llega la inspiración, el Artista se permite tratar mal a todo el mundo, incluida la musa, mientras su alma se retuerce con los tormentos inherentes a la creación (¡cómo sufren los grandes hombres!). De ahí salen unos vestidos hermosos, o así deberíamos considerarlos (hay un par que se parecen mucho a la indumentaria de Blancanieves). Si luego el vestido es usado por una mujer indigna, como esa gorducha pasada de años que seca en él su transpiración y se emborracha, el Artista se siente insultado y llega a invadir la habitación de la señora para quitarle el vestido y llevárselo, no sea cosa de mancillar el valor de su Obra (las mayúsculas intentan emular la cursilería de ese retrato).

El Artista se caracteriza por la clase y el buen gusto a todo nivel: se viste y se peina con suma elegancia, tiene un impecable acento británico, una expresión oral precisa y espirituosa. Es exigente con la culinaria, y la cámara se regodea en planos de detalle de platos refinados (tres espárragos y un poquito de salsa, dispuestos como si fueran un arte zen). Sólo su hermana Cyril parece hacerle mella en cuanto a los altísimos criterios en todo y puede reconocer, nomás por el rastro, que Alma usa un perfume de sándalo con agua de rosas. El costurero maneja un Bristol 405 y cuando necesita descansar va a un pueblito de esos europeos de casas antiguas preciosas y pequeños cafés en que sirven cositas deliciosas.

Para mostrar todo eso, ni que hablar, hubo un trabajo de dirección de arte cuidadísimo. La fotografía es exquisita, en los encuadres, iluminaciones, movimientos, composición de volúmenes y colores. Aun más impresionante: se difundió que el propio director Paul Thomas Anderson hizo la fotografía (sin crédito), en colaboración con el equipo de cámara. El personaje principal está actuado por un actor prestigioso y tan escaso como los espárragos del mencionado plato (Daniel Day-Lewis hizo sólo 7 películas en los últimos 20 años, no filmaba desde Lincoln —2012— y anunció que ya no va a actuar luego de esta producción). Hay música casi todo el tiempo: en cuanto los personajes emprenden algún tipo de acción cualquiera (cocinar, coser, pasear, subir la escalera, preparar una exposición) empieza a sonar música bonita, elegante y refinada: Oscar Peterson, Duke Ellington, Berlioz, Brahms, Fauré, Debussy, Ravel, y unas piezas para piano y cuerdas escritas especialmente por Jonny Greenwood (de Radiohead).

La otra dimensión de la película es mucho más interesante. Se trata de una historia de amor algo bizarra. El costurero, que lleva el significativo apellido Woodcock (que podría traducirse como “pija de palo”), pese a su vida recluida y dedicada al trabajo, tiene bastante éxito en seducir jovencitas muy bellas, que trae para vivir en su casa hasta que se harta, la despacha y se consigue otra. Al inicio de la película lo vemos terminar una de tales relaciones y el inicio de otra, con la moza de un café, llamada Alma. Ella lo inspira a inventar algunos vestidos, él la usa como molde, le enseña a desfilar y su presencia le brinda confort. Pero la condición de todo eso es que Alma tiene que hacer sólo lo que Woodcock quiere, de la manera que él quiere, y absolutamente nada que se salga de sus planes. Hasta la acción de que ella pase manteca en la tostada —debidamente magnificada en la mezcla de sonido— le resulta insoportable al costurero porque lo distrae de su concentración en el trabajo. Alma siente fascinación y admiración por ese “gran hombre”, pero no está dispuesta a ocupar el mismo rol servil de sus antecesoras. Ella quiere un vínculo más de doble vía, en que ella también pueda proponer, y en que también pueda tener sus satisfacciones. Lo busca, se equivoca terriblemente en algunos de sus intentos, pero insiste, y finalmente encuentra una manera muy retorcida de lograrlo.

Descrito así, la trama suena como una comedia ligera. No puedo dejar de pensar en la película deliciosa que hubiera podido dirigir, a partir de esta anécdota básica, George Cuckor, Billy Wilder o Preston Sturges, actuada, por ejemplo, por Christopher Plummer y Marilyn Monroe. En cambio aquí todo es serio, ampuloso, como si Anderson aspirara a uno de esos dilemas morales a lo Lars von Trier, pero sin más sustancia que la de la comedia que se perdió de hacer, si es que hubiera podido.

El hilo fantasma” (Phantom Thread), dirigida por Paul Thomas Anderson. Con Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville. Estados Unidos, 2017.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 22/02/2018)

“Deseo de matar” (Guilherme de Alencar Pinto)

El castigo recompensa

Hay una movida para reconectar la producción de Hollywood con la mitad republicana de los Estados Unidos. Un buen indicio de ello fue el homenaje a las intervenciones militares estadounidenses en la última ceremonia de los Oscar. Otra más es la idea de producir una refilmación de Death Wish (El vengador anónimo, 1974) lanzada con un relativo alto perfil. Esta obra que señala los beneficios de que ciudadanos comunes posean armas y, llegado el caso, las utilicen estuvo planeada para estrenarse en noviembre del año pasado, pero la masacre de Las Vegas en octubre, en que un francotirador disparó aleatoriamente sobre una multitud y mató a 58 personas, indujo a posponer el lanzamiento, para no remover sensibilidades. No sirvió de mucho, porque la película terminó siendo lanzada ahora a inicios de marzo, quince días después de otra masacre, la del colegio Stoneman Douglas, en Florida, en que otro desquiciado mató a 17 personas. A esta altura hay que tener mucha suerte para obtener en Estados Unidos la distancia máxima entre una y otra carnicería con armas de fuego.

La película de 1974 marcó época. Fue el más llamativo de los filmes que, en el contexto de un cine contracultural, se plantaron como una contracultura de derecha (lo que hoy día llamamos alt-right). A su manera era una película rebelde y antilegalista: luego de que un grupo de jipis perversos invadía la casa de Paul Kersey, adinerado arquitecto o ingeniero (blanco), mataba a su esposa y casi violaba a su hija, dejándola con serias secuelas psiquiátricas, el protagonista se hacía de una pistola y pasaba a dedicar sus noches a recorrer las calles disparando contra criminales (en su mayoría negros de barrios marginales). Supongo que, como yo, la mayoría de los lectores de la diaria fueron formados rechazando esa actitud de vigilante clandestino, pero no es muy difícil entender su atractivo: “Hice tremendo esfuerzo para formarme, trabajo honestamente y todo lo que tengo conquisté con mi trabajo —o mis padres conquistaron con el suyo—, y es injusto que esos atorrantes me impidan de vivir tranquilo o incluso le quiten la vida a uno de mis seres queridos; una vez que las instituciones son inoperantes para detener esa demencial ola de criminalidad, tengo derecho a asumir mi propia defensa, la de mi familia y la de otras víctimas.” En definitiva, Kersey hacía lo mismo que Superman o Batman, sólo que, a falta de superpoderes o habilidades extraordinarias— con una pistola.

Siendo tan famosa la Death Wish original, aquí se mantuvo la premisa básica y se repite la emblemática imagen final de la película, pero se modificaron diversos detalles (más o menos como cuando hacen el reboot de una serie de películas de superhéroes). La acción fue desplazada de Nueva York a Chicago. Este nuevo Paul Kersey no trabaja en el negocio de la construcción sino que es un cirujano de emergencias —posición muy propicia para constatar, cotidianamente, los daños perpetrados por la violencia callejera y obtener algunas informaciones útiles cuando se convierte en vigilante clandestino—. El de la primera película era un experto tirador, mientras que éste tiene que aprender de cero a manejarse con armas de fuego. El contexto está actualizado, con mucha presencia de celulares, registros en video que se vuelven virales, tutoriales en Youtube, etcétera.

Como la original, esta remake también es muy propagandístico-ideológica. La mujer y la hija de Kersey son rubias, el que anota sus datos y los pasa a los chorros es un “latino”. (En la película veremos negros y blancos tanto entre los buenos como en los malos, pero ningún chicano bueno.) El suegro de Kersey le hace un discurso sobre la necesidad de armarse para la autodefensa. Al inicio escuchamos audios de la radio comentando los alarmantes niveles de criminalidad, pero cuando Kersey empieza a matar bandidos y se convierte en una especie de héroe popular, los índices de criminalidad bajan en una proporción muy significativa: el vigilantismo funciona. La vendedora de armas es una rubiecita simpática y preciosa, y además insiste en que determinado rifle es recomendable porque es “cien por ciento hecho en América”. Kersey, que estaba deprimido luego de haber quedado viudo, cuando empieza a matar se siente revigorado, estimulado, sale del pozo: la venganza es dulce. Esta revitalización está debidamente musicalizada (energizada) con “Back in Black” de AC/DC. Todas las víctimas de Kersey son comprobadamente personas perversas, amenazantes, una escoria sin la cual el mundo realmente queda mejor. La amable y bella amiga de la hija de Kersey, para tratar de activar su mente y sacarla del coma, le lee, entre todos los textos del mundo, un tratado de Milton Friedman (el padre del neoliberalismo) sobre economía positiva.

Algunos aspectos del costado propagandístico de la película están desviados. Por algún motivo, la casi violación del original está reducida aquí a una actitud abusiva, mucho más pudorosa. Esto es curioso, porque con la concientización feminista de estos años y la consiguiente susceptibilidad para crímenes sexuales, poner el acento ahí hubiera reforzado el argumento; pero quizá los realizadores no quisieron comprometer la difusión de la película con un componente de desnudez y sexo. Lo de la venta de armas está mostrado en forma muy ambigua, como si hubiera la intención de no comprometerse abiertamente con ninguna de las fuertes posiciones enfrentadas con respecto al control de armas en los Estados Unidos: por un lado muestra las ventajas de armarse, por otro lado exhibe en forma casi satírica y crítica, con reminiscencias de Michael Moore, la ridícula facilidad para obtener legalmente un arma de fuego y la liviandad con que se anuncia este comercio. La película original era más fuertemente ideológica porque abstraía el asunto de la criminalidad: Kersey no iba atrás de quienes mataron a su mujer (no sabría cómo, debido a la falta de evidencias), sino del bandidaje en general, es decir, de cualquier chorro armado o violador con el que se encontrara. Pero este nuevo Kersey, luego de un par de ataques a bandidos genéricos, se dedica específicamente a vengarse de la banda que atacó a su familia. Los integrantes van cayendo de a uno, y llegar al principal (el más perverso de todos, el que disparó sobre la mujer y la hija) es el objetivo último. Así que el énfasis está puesto más en la venganza personal que en la actitud con respecto a la sociedad.

El director Eli Roth hizo casi toda su carrera en el cine de terror (fue, por ejemplo, el director de la famosa Hostal —2005—), y recién con su película anterior, Knock Knock (El lado oscuro del deseo, 2015) se pasó al thriller. Su gusto por el terror y su habilidad en ese género se notan aquí. Los asaltantes usan unas máscaras deformes asustadoras, y hay una cuidada exposición de la arquitectura de la casa que incrementa el suspenso cuando se produce la invasión. Abunda el gore en varias de las muertes o en las escenas con Kersey operando en el hospital. Hay incluso una escena de tortura que va a afectar a espectadores sensibles y morbosear a los fans de Hostal: para obtener información de uno de los bandidos para poder ubicar a los demás, Kersey le hace un corte con bisturí en la pierna, pone al descubierto su nervio ciático y vierte sobre éste una sustancia corrosiva, a fin de producirle el mayor dolor concebible.

El estilismo de Roth aparece sobre todo en la elaborada secuencia de montaje con polipantalla, en que se yuxtaponen imágenes de él operando para salvar vidas y limpiando armas para quitar otras vidas. Es interesante, pero no tiene el encanto setentista del estilo de la película original (que se lucía, además, por una magnífica banda musical compuesta por Herbie Hancock). El guion es simplón, primario. Bruce Willis supo ser una especie de nuevo Humphrey Bogart, es decir, un actor fuertemente masculino que se especializaba en decir, con una gracia que es toda suya, parlamentos irónicos, ácidos, secos, de un raro ingenio. Es raro ver a ese tremendo actor sin tener mucho para decir —no debe haber una sola línea memorable en toda la película—, y se lo nota duro, incómodo, medio sin saber qué hacer, cumpliendo con la dignidad posible un papel muy pobre, tanto así que uno casi extraña a Charles Bronson, protagonista de la película original.

Deseo de matar” (Death Wish), dirigida por Eli Roth. Basado en la novela de Brian Garfield y en la película (1974) de Michael Winner con guion de Wendell Mayes. Con Bruce Willis, Vincent D’Onofrio, Dean Norris. Estados Unidos, 2017.

Life Punta Carretas, Movie Montevideo, Nuevocentro, Portones, Punta Shopping, Costa Urbana, Stella (Colonia)

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 12/03/2018)

“Una mujer fantástica” (Hugo Acevedo)

El derecho a ser y sentir

El rechazo, la más cruda segregación y la intolerancia son los tres incisivos ejes temáticos de Una mujer fantástica, el gran film chileno del cineasta Sebastián Lelio que cosechó el Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa en la 90ª edición de dicha celebración hollywoodense.

Esta controvertida película confirma el indudable talento artístico de su creador, cuya filmografía ha logrado sobresalir por su calidad artística y por su acento trasgresor.

No en vano, Lelio ya ostenta una importante producción cinematográfica, integrada por recordados títulos como La sagrada familia (2006), Navidad (2009), El año del tigre (2011), Gloria (2013) y Disobedience (2017), que es su primera película en lengua inglesa.

Empero, tal vez su film más exitoso sea Gloria, que narra la historia de una mujer de sesenta años de edad que se resiste a envejecer y aspira a disfrutar plenamente de la vida.

No en vano el propio Lelio será el guionista de una nueva versión de Gloria producida por la industria norteamericana. En este caso, el rol protagónico de la película que originalmente interpretaba Paulina García estará a cargo de la laureada Julianne Moore.

Una mujer fantástica marca un auténtico hito en la historia de Hollywood, en tanto esta es la primera vez que se otorga una estatuilla dorada a una película que aborda la siempre polémica temática del transgénero.

Más allá de meras intenciones, el galardón adjudicado constituye un loable antecedente para el cine de industria, que comienza a exhibir rasgos bastante más tolerantes que en el pasado y a asumir una realidad otrora ignorada pero no menos incontrastable.

Esa actitud es coherente con una mayor apertura de las sociedades –incluyendo a Uruguay- a admitir con naturalidad las opciones sexuales diferentes y a trabajar por la equidad en materia de políticas de género.

Por el contrario, Una mujer fantástica denuncia-sin ambages- la intolerancia de una sociedad conservadora a ultranza con quienes desean vivir en función de una identidad de género que es diferente a la meramente biológica.

Ese es el caso de Mariana Vidal (Daniela Vega, una actriz transgénero), quien debe afrontar amargas situaciones derivadas de su condición, que, para ella, son una suerte de condena.

En efecto, esta mujer transgénero, que se desempeña como camarera pero también es cantante y cultiva la lírica, está relacionada afectivamente con Orlando (Francisco Reyes), un empresario veinte años mayor que ella.

Como se trata de un amor obviamente sincero aunque a contramano de los ortodoxos dictados de la sociedad, ese sentimiento es plenitud pero, a la vez, es también tormento.

El comienzo, con una imagen de las Cataratas del Iguazú que trasuntan la belleza en estado salvaje, de algún modo anticipa una historia singularmente turbulenta.

En efecto, la repentina muerte de Orlando se transforma en una suerte de pesadilla para Marina, no sólo por el dolor de la pérdida sino también por las terribles contingencias que este infausto suceso acarrea.

En ese contexto, Lelio, director y a la sazón también guionista, construye una escenografía de conflicto a partir de un deceso que desnuda verdades recurrentemente ocultas.

Empero, no es el secreto romance en sí mismo el que detona esas controversias, sino la condición de transgénero de la protagonista, que es repudiada unánimemente por la familia del muerto, la Policía y hasta los profesionales de la salud.

Es tal el desprecio que se profesa por la infortunada Marina, que es expulsada de la casa que habita, despojada del automóvil e impedida de concurrir a los oficios fúnebres de su pareja.

Esas reacciones cuasi patológicas de rechazo que devienen en odio y hasta en violencia física, constituyen los testimonios de intolerancia de una sociedad que rechaza tajantemente al diferente.

Aunque no le explicite en términos políticos, el relato corrobora el autoritarismo subyacente, resabio de la dictadura pinochetista que pervive en el imaginario colectivo chileno.

Ese prejuicio –que constituye un testimonio de hipocresía- considera algunas relaciones de pareja como una auténtica perversión por no ajustarse a los cánones sociales, mientras tolera otras conductas realmente aberrantes.

La película denuncia, sin eufemismos, la auténtica pesadilla que padece la protagonista, por el asedio permanente de los familiares del fallecido pero también de otros actores de la sociedad.

Si bien se trata de un film de extrema sobriedad, el relato igualmente desnuda la crueldad de quienes esgrimen un moralismo absolutamente demodé y que no condice con los sustantivos avances experimentados por las sociedades en este tercer milenio.

Empero, realmente conmueve la soledad de ese ser vulnerable pero valiente, que debe padecer irracionales demostraciones de repudio y de un odio sin eventuales concesiones.

En este caso, Sebastián Lelio corrobora toda su sapiencia y sensibilidad para construir un cuadro dramático que realmente impacta por su realismo y frontalidad.

Realmente sorprende la actuación de Daniela Vega en el papel protagónico, por su intensidad dramática y por la conmovedora emotividad que aporta a una mujer que se refugia en el canto lírico para resistir lo irresistible.

Una mujer fantástica es una historia de amor, pero también es un alegato contra la discriminación y contra las conductas viscerales de una sociedad exacerbadamente conservadora.

Una mujer fantástica” Chile 2017. Dirección: Sebastián Lelio. Guión: Sebastián Lelio y Gonzalo Maza. Fotografía: Benjamín Echazarreta. Música: Matthew Herbert. Reparto: Daniela Vega, Francisco Reyes, Luis Gnecco, Aline Küppenheim, Nicolás Saavedra, Amparo Noguera, Trinidad González y Néstor Cantilla.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital, 26/03/2018)

“Las horas más oscuras” (Enrique Buchichio)

Sin novedad en el frente

Las horas más oscuras a las que hace referencia el título de esta película son, obviamente, las que tuvo que atravesar el primer ministro británico Winston Churchill a poco de asumir el cargo, en mayo de 1940, en pleno asedio de la Alemania nazi, mientras el ejército de Hitler se expandía al oeste de Europa y amenazaba con invadir Gran Bretaña. Mientras algunos dentro del propio gobierno insistían con la necesidad de negociar, Churchill debía tomar una de las más trascendentes decisiones de su carrera política. El resultado es conocido: el primer ministro enfrentó con decisión a su enemigo y, a través de encendidos discursos y firmes estrategias tanto políticas como militares, levantó el espíritu y la moral de su ejército y de su pueblo.

Y eso es todo. Las horas más oscuras no es una biografía del carismático y polémico líder (algo probablemente imposible de abarcar en una película), sino el retrato de un breve aunque decisivo capítulo en su vida y la del pueblo británico. Del mismo modo que Lincoln, de Steven Spielberg (2012), no era una biografía del presidente estadounidense sino una versión de cómo logró, políticamente, aprobar la abolición de la esclavitud y cambiar con ello el curso de la historia. Los historiadores podrán reprocharle al guion de Anthony McCarten que se haya tomado algunas libertades, lo mismo harán quienes consideren a Churchill un personaje mucho menos heroico y noble de lo que aquí se presenta. Pero no se trata de un documental histórico de la BBC, del mismo modo que The Crown (la serie de Netflix cuya primera temporada narra la relación entre Churchill y la joven reina Isabel II) no pretende ser una lección de historia sino una dramatización inspirada en personajes y hechos reales.

Desde el punto de vista dramático, la película funciona a medias. Si bien se agradece que la anécdota se concentre en un episodio puntual y no pretenda abarcar más de lo posible en un largometraje de dos horas, es casi imposible que no luzca algo superficial y reduccionista. El relato se limita a presentar la curiosa personalidad de su personaje (nada que sorprenda a quienes hayan visto, de nuevo, The Crown), sus debates con correligionarios y opositores (muchos de los cuales, tanto de un lado como del otro, no veían con buenos ojos su designación), y un par de momentos que contribuyen a su toma de postura. En este sentido, esa secuencia del viaje en subte luce algo forzada e inverosímil, y denota demasiado su lugar de artilugio dentro del relato que busca acercar al personaje a la gente, de la que se siente bastante alejado.

El guion tampoco evita echar mano al clásico lugar de la esposa fiel y comprensiva (aquí bien encarnada por Kristin Scott Thomas) y, por supuesto, como buen cine patriótico, a un discurso final que termina de redondear el estatus casi heroico de su personaje. Claro, tenía con qué: el histórico discurso (“Lucharemos en las playas”) pronunciado por Churchill ante la Cámara de los Comunes el 4 de junio de 1940. Aún el más férreo antibelicista encontrará difícil no emocionarse un poco ante esas palabras, sobre todo al ser pronunciadas por Gary Oldman como parte de una transformación actoral no sólo física sino también vocal que es, cuando menos, admirable.

Enrique Buchichio (Cartelera, 18/03/2018)