Archivo de la categoría: Críticas de cine

“Madame” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Señoras & Señores

El multimillonario matrimonio norteamericano instalado en París organiza sofisticada y reducida cena a figuras aristocráticas de la sociedad y medios políticos locales. Un autoconvidado eleva a trece el número de comensales, cantidad fatídica que la frívola y supersticiosa dueña de casa modifica al obligar a la principal de sus mucamas a asistir al ágape, con la indicación de comer poco, beber poco y hablar poco. Nada de esto se cumple, la mucama española se convierte en centro de la reunión, es tomada por miembro de lo más encumbrado de la realeza borbónica, surgiendo la típica comedia de bulevar repleta de confusiones.

El ejercicio vodevilesco funciona sin agregar demasiado en el género. El asunto empero traza un nítido límite entre clases sociales y su imposibilidad del trasvase de una a otra, generando, mediante tipificación de caracteres, una crítica por demás obvia (y entretenida). Con contracara de Cenicienta.

Este guión, en tiempos remotos y con el grado de corrosividad y ácido humor negro de Ernst Lubitsch (Los peligros del flirt, 1924), Erich von Stroheim (Esposas frívolas, 1922), o Billy Wilder (Uno, dos, tres, 1961), pudo dar lugar a bastante más que este fugaz pasatiempo.

Rossy de Palma aún es la fea más cómica del cine, aunque con signos del pasaje de los años que amenazan con hacerla patética.

Madame” (Madame). Francia 2017. Dir. y guión: Amanda Sthers. Con: Tony Colette, Harvey Keitel, Rossy de Palma.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 20/04/2018)

“Coco” (Andrés Vartabedian)

La luz de tus ausentes

El multipremiado filme de Disney-Pixar -incluyendo Oscar y Globo de Oro a Mejor Animación- ha batido también diversos récords de taquilla en distintas partes del mundo, incluyendo al propio México, país protagonista de su relato. Sin ser la “joya” que muchos pretendieron ver, una realización que aborda de manera sensible y luminosa temas caros para buena parte de la humanidad.

Hoy… voy a perderme / entre las cosas olvidadas. /

Es morir dos veces / si de mí no queda nada. /

Mañana… / yo, no pido más, / quiero ser /

un buen recuerdo / alguna vez…”

Ser (tango) – Mandy (letra) y Carmen Guzmán (música)

En tiempos de muros renovados -algunos literales, otros no tanto-, de Trump versus México, del mundo Hollywood versus Trump, la maquinaria de la industria cinematográfica más importante del orbe vuelve a decir presente tomando partido. La gran diferencia con ocasiones previas recientes es la valoración positiva y el respeto con el que se observa la cultura mexicana muchas veces denominada “latina” por extensión, aun en el error. Lejos de simples prejuicios, siempre hijos de la ignorancia, de estereotipos en general negativos, o meras visiones turísticas, siempre superficiales, Coco rescata una importante tradición del país norteño, como lo es el Día de Muertos, de manera atenta, seria, informada, profunda.

Con las salvedades y adecuaciones propias de toda adaptación dramática, de lo funcional a la historia contada en que puede devenir la traslación de la tradición recogida, en este caso con el cariz agregado de tratarse de una película de esas a las que solemos denominar “infantiles”, el equipo realizador de Coco no ha recibido acusaciones de manipulación reduccionista o simplificación de postal, mucho menos de tergiversación o irrespeto. Por el contrario, se ha destacado el estudio y compenetración con la cultura que la rodea y el país retratado. El hecho de que el filme se haya transformado en el más taquillero de la historia mexicana quizá sea el corolario de tal aval.

Coco cuenta la historia de Miguel, un niño amante de la música y cuyo anhelo es convertirse en cantante, quien vivirá una experiencia reveladora durante el Día de Muertos, que hará que su vida y la de su familia sufran una perturbación primero, y una modificación trascendental luego, que los reunirá de un modo más hondo y auténtico.

El Día de Muertos, celebrado en México y algunos países de América Central el 1 y 2 de noviembre, coincidiendo con las festividades católicas del Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos parte del sincretismo acuñado en América, tiene a la música como uno de sus componentes centrales: además de la que puede acompañar a la propia celebración callejera en los diferentes pueblos y ciudades, muchas familias, incluso, contratan bandas que interpretan las canciones favoritas de los difuntos al pie mismo de sus sepulturas.

Sin embargo, la familia Rivera no tolera tal manifestación artística. Producto de una supuesta decisión del tatarabuelo, quien eligió la música, las giras y la notoriedad que ella le otorgaba por sobre su familia y abandonó a Mamá Imelda tatarabuela de Miguel, desde entonces no hay lugar para la música en ese hogar. Está absoluta y terminantemente prohibida, so pena no sólo de malhumor generalizado, sino de grandes reprimendas.

La bisabuela Coco fue la primera afectada, siendo una niña muy pequeña, ya que su padre ni siquiera retornó a su encuentro o mostró interés alguno en volverla a ver. La música carga con la responsabilidad aún hoy para la familia Rivera. Coco, de muy avanzada edad, con el rostro vivido en arrugas, con algunos síntomas de Alzheimer, sentada al pie del altar propio de la festividad, y aún en su silencio habitual, todavía lo nombra. De todos modos, el rostro de su padre ha sido arrancado de la foto que las contiene a ella y a su madre junto a él. Tampoco recibe las ofrendas que todos los restantes miembros del árbol genealógico allí presente sí obtienen. Coco es la única que sostiene, de algún modo, su memoria. Y con ella, su permanecer entre los vivos.

En su afán de comenzar a vivir su sueño musical, Miguel, que hasta ahora ha desarrollado su don en el más absoluto secreto, en la más absoluta clandestinidad, podríamos decir, pensando en el rígido matriarcado que, cual Ley, domina su hogar, en ese Día de Muertos se rebelará ante su familia, revelará sus dotes y sus deseos e intentará participar del concurso local de canto.

Su guitarra ha vuelto a ser simple madera gracias a la fuerza intrínseca de su adorable “abuelita”, por lo que, para presentarse a cantar, necesitará una nueva. Ante las diversas negativas obtenidas a sus solicitudes de préstamo, tomará la de su bienamado e idolatrado Ernesto de la Cruz, el cantante más famoso de todos los tiempos, el más homenajeado y recordado, quien lo ha inspirado a desarrollar su talento y a “vivir su momento” a través de los filmes que Miguel repasara una y otra vez en VHS, y cuyo instrumento él tomara como referencia para confeccionar la propia a su imagen y semejanza. La susodicha guitarra forma parte del panteón que Ernesto posee en el cementerio del pueblo, por lo que Miguel deberá ingeniárselas para hacerse con ella.

Lo que Miguel desconocía es que ese acto, ese intento de apropiación indebida, ese gesto desesperado, y valiente a la vez, lo pondrá en contacto con el mundo de los muertos.

La concepción de ese mundo será uno de los diferenciales de Coco. El mundo de los muertos no es ni lúgubre ni ominoso. No causa miedo ni espanto. En consonancia con el espíritu de la tradición mexicana recuperada y con el folclore que la rodea, será un mundo lleno de luz y color, un mundo avasallantemente luminoso y colorido. En él, los calavéricos espíritus de los difuntos se visten con sus mejores prendas, listos para cruzar al mundo de los vivos a visitar a sus seres queridos. Sus familias han preparado ya el terreno para ello, y además de altares y ofrendas han regado el suelo con pétalos de cempasúchil (del náhuatl “veinte flor” o “flor de veinte pétalos”), o flor de los muertos que, con su poderoso anaranjado, señala el camino de retorno. En ella, también Miguel encontrará una de las claves de su posible regreso al mundo de los vivos.

En ese reverso de nuestro pequeño, y muchas veces triste, paraíso, aquí cargado de la alegría del reencuentro, la música volverá a jugar un rol fundamental para el decidido Miguel. Es con ella, y a través de ella, que aprehenderá aspectos de su vida desconocidos o trampeados y culminará definitivamente de declararle su amor imperecedero. Esa integración del arte musical a la propia trama desarrollada en Coco, que tendrá su clímax emocional sobre el final, apelando al componente sanador del mismo, en carne y espíritu, también logra hacerlo trascender el mero valor decorativo o amenizador que comporta en la mayor parte de las películas “infantiles” (desde un tiempo a esta parte mucho más pensadas para todos los públicos que para el específico de su género). Otro valor agregado.

A ello debemos sumar la calidad en la recreación fantástica de detalles costumbristas; la reconfiguración de la ciudad de Guanajuato y sus laderas coloridas de casas apiladas para forjar esa Tierra de los Muertos llena de fulgor; los homenajes a varias figuras del arte mexicano en diversas manifestaciones (Frida Kahlo y Diego Rivera, en parte responsables, como inspiradores, de toda la iconografía creada para la ocasión, Pedro Infante y Jorge Negrete, figuras emblemáticas de la época dorada del cine mexicano, del que también da cuenta Coco, el propio Mario Moreno “Cantinflas”, el famoso luchador “Santo”, alguno más que no habremos reconocido); la propia utilización como compañero de andanzas de Miguel del perro Xolo (Xoloitzcuintli), la raza canina sin pelo que Frida y Diego Rivera ayudaron a dar a conocer al mundo y a preservar en el propio México al comenzar a incluirlo en su obra cuando percibieron su descenso de popularidad, y que en la mitología mexica servía como guía de las almas de los muertos en el inframundo; las tradiciones y el arte de las culturas indígenas -la llamada cultura precolombina- incorporados también a ese diseño espacial y de vestuario de dos mundos; los propios alebrijes, respondiendo a una tradición artesanal de comienzos del siglo XX; hasta la denominación de Santa Cecilia patrona de los músicos para la Iglesia Católica del pueblo en el que habita Miguel y su familia, es uno más de los rasgos detallistas y preciosistas de este filme.

Sin embargo, tal vez no resida allí la centralidad de la fuerza expresiva de Coco. Sin desdeñar el poderío visual señalado, el pintoresquismo y el costumbrismo tan bella y poderosamente utilizados -aun a sabiendas de que contenido y continente no pueden desagregarse en toda buena realización cinematográfica-, quizá debamos reparar algo más en la sensibilidad y el amor -el verosímil amor- con el que el Lee Unkrich y Adrián Molina encararon la tarea.

En Coco, los viejos son respetados y cuidados, la familia es un lugar de abrigo y refugio aun cuando Miguel pueda decir lo contrario en determinado momento, los muertos son recordados y homenajeados. Ello no es óbice para que aparezcan el egoísmo y la mezquindad propias del bicho humano, tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos, que no es otra cosa que una extensión de aquél; para que aparezcan los obstáculos más, o menos, intencionales en el camino de los sueños. Sin embargo, el coraje que busca su consecución es más poderoso. También aleccionador. Desde allí, podremos erguirnos para ver que perdón y olvido no son sinónimos, que perdonar es sólo posible al recordar, y que continuar la vida sin perdón es -quizá- paralizarse encadenado a la ira y al dolor.

También veremos que la vida no se reduce a un presente fatuo y perpetuo, que la memoria colectiva funda identidades, y que la memoria es una cadena transgeneracional compuesta de recuerdos, olvidos y silencios, de la que todos somos eslabones; “un movimiento dual de recepción y transmisión, que se continúa alternativamente hacia el futuro” (YERUSHALMI, Yosef, “Reflexiones sobre el olvido”, en: YERUSHALMI, Y., LORAUX, N., MOMMSEN, H., y otros, Usos del Olvido, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1989, p. 19.) y nos hace ser parte de un algo colectivo que nos complementa y fortalece; que nos carga de sentido y trascendencia.

En ese camino, sólo el olvido podrá transformarse en la muerte definitiva, en la muerte de la muerte.

Coco” Título original: Coco. EE.UU., 2017, 105 min. Dirección: Lee Unkrich. Codirección: Adrián Molina. Producción: Darla K. Anderson. Guión: Adrián Molina, Matthew Aldrich (historia original: Lee Unkrich, Jason Katz, Matthew Aldrich, Adrián Molina). Música: Michael Giacchino. Fotografía: Matt Aspbury, Danielle Feinberg. Edición: Steve Bloom, Lee Unkrich. Elenco: Anthony Gonzalez y Luis Ángel Gómez Jaramillo (Miguel, voz, en inglés y español respectivamente), Gael García Bernal (Héctor, voz, ambos idiomas), Benjamin Bratt y Marco Antonio Solís (Ernesto de la Cruz, voz), Alanna Ubach y Angélica Vale (Mamá Imelda, voz), Renée Victor y Angélica María (Abuelita, voz), Jaime Camil y César Costa (Papá, voz), Alfonso Arau (Papá Julio, voz, ambos idiomas), Ana Ofelia Murguía y Elena Poniatowska (Mamá Coco, voz), Sofía Espinosa (Mamá, voz, ambos idiomas).

Andrés Vartabedian (Revista digital Vadenuevo, 04/04/2018)

“Una mujer fantástica” (Enrique Buchichio)

La fiera

El Oscar obtenido por esta película es el punto culminante de un año extraordinario que comenzó en febrero de 2017 en el Festival de Berlín, donde Sebastián Lelio y Gonzalo Maza recibieron el Oso de Plata al mejor guion. En el camino cosecharon muchos reconocimientos más (incluyendo un Goya y un Premio Independent Spirit) que la convierten en una de las películas más premiadas del último año, cosecha que muy probablemente culminará en México el 29 de abril cuando reciba varios premios Platino al cine iberoamericano.

El éxito internacional de Una mujer fantástica es una prueba más del buen momento que vive el cine chileno. Y hay un nombre especialmente responsable de ese éxito: el de Pablo Larraín (junto a su hermano Juan de Dios), director y productor responsable de películas tan reconocidas como Tony Manero (2008), No (2012), El club (2015), Neruda (2016) y las tres últimas películas de Sebastián Lelio: El año del tigre (2011), Gloria (2013, y su remake hollywoodense en postproducción) y Una mujer fantástica, que le ha dado a Chile su primer Oscar en la categoría de mejor película extranjera.

Es cierto que este quinto film de Lelio (Santiago, 1974) aparece en un momento en que la visibilidad del tema transgénero, y la reivindicación de la mujer en general, es uno de los más debatidos y candentes en la industria del cine a nivel global, no sólo en Hollywood donde de hecho ha marcado la agenda por lo menos del último año. Sería algo ingenuo no pensar que este contexto ha ayudado y mucho a que Una mujer fantástica haya sido el fenómeno que es. Del mismo modo, sería algo injusto que esto opacara sus méritos, que los tiene.

Una mujer fantástica cuenta unos pocos días en la vida de Marina, una mujer transgénero que vive en Santiago, trabaja de moza en un restaurante y canta en un club nocturno (aunque sueña dedicarse a la lírica). Su estabilidad y felicidad son puestas a prueba cuando su pareja Orlando, veinte años mayor, muere repentinamente tras un infarto. La familia del difunto, incluyendo a su hijo y a su ex mujer, no le hará las cosas fáciles a Marina, quien reclama su derecho a despedirse de su amado y a conservar las pocas cosas que ambos tenían en común.

Esa odisea de unos pocos días, que alcanza momentos de gran tensión y de fiereza combativa, es un compendio de casi todas las situaciones desagradables e injustas que tienen que enfrentar las personas trans en una sociedad machista y conservadora. Probablemente la película se quede corta, incluso; la realidad debe ser mucho más cruda. Pero en el transcurso de una película de unos 100 minutos, se nota demasiado la intensión denunciatoria y reivindicativa. Los mejores momentos son aquellos en que la fuerza de una imagen dice mucho más que los personajes: la escena en que Marina es forzada a un chequeo médico en la comisaría; o cuando observa el reflejo de su rostro, deformado por cinta adhesiva, y ve por un momento al monstruo que los demás parecen ver en ella.

Es mucho más interesante la película sobre Marina, la joven mujer trans que atraviesa un calvario para poder despedir al hombre que ama, que la película sobre Marina, la joven mujer trans que enfrenta a representantes de una sociedad que la desprecia. Pero Una mujer fantástica es ambas películas a la vez, inseparables, con todas sus fortalezas y debilidades. Como la propia Marina, un personaje complejo, intenso y humano que va creciendo a medida que avanza el metraje; lo mismo sucede con la consagratoria labor de Daniela Vega, actriz y cantante lírica transgénero que empezó siendo asesora del proyecto hasta que el director Lelio le ofreció el papel.

Es casi imposible no emocionarse un poco ante ese hermoso plano final, donde el espectador es testigo de una suerte de triunfo personal para Marina, y de un triunfo artístico para Daniela.

Enrique Buchichio (Cartelera, 17/04/2018)

“Un lugar en silencio” (Enrique Buchichio)

Gritos y susurros

Los primeros planos de la película nos ubican en un territorio conocido: el de un mundo post apocalíptico como ya hemos visto en películas o series como Exterminio (2002), Soy leyenda (2007), La carretera (2009) o The Walking Dead (2010-). Calles vacías, comercios y vehículos abandonados, y unos pocos sobrevivientes intentando seguir, pues, sobreviviendo. En este caso no hay zombies ni hordas salvajes amenazando a la gente de bien; aquí la amenaza es otra cosa. Una suerte de criatura monstruosa y ciega, cuyo origen no se explica (aunque casi seguramente sea extraterrestre), que ataca todo aquello que hace ruido. Tamaño desafío para cualquiera, mucho más para una familia con tres hijos, dos de ellos pequeños…

Lo más interesante de esta propuesta (que nos permite conocer las habilidades del actor John Krasinski como director) es cómo construye su tensión en base al silencio. Y es una tensión constante, literalmente, porque muy pronto queda clara la premisa (no hacer ni un solo ruido que se destaque por sobre la armonía sonora del ambiente) y a partir de allí el espectador casi no tiene respiro, a la espera de cuándo se producirá el próximo ataque. Ese silencio sólo se ve interrumpido algunas veces por cambios diegéticos (sonidos o música que aparecen dentro del espacio narrativo de la película), que dan cuenta del asombroso silencio que predomina; otras veces por sobresaltos típicos del género, que por supuesto hacen saltar al espectador (y de los que parece casi imposible prescindir a esta altura), y otras veces por música extradiegética (compuesta por Marco Beltrami), necesaria para subrayar emocionalmente el relato. Hubiese sido interesante ver cómo se las arreglaban el director y su diseñador de sonido para mantener el suspenso y la emotividad sin apelar a un recurso tan obvio, pero sería absurdo pedirle eso a una producción de Hollywood.

Hay quienes han observado cierta similitud con el cine de M. Night Shyamalan, sobre todo con Señales (2002), en la que también había una familia aislada, progresivamente acechada por criaturas extraterrestres, que debía trabajar como equipo para descubrir, casi al final y como por casualidad, que la mágica solución a sus problemas estaba en ellos mismos, casi como si hubiesen estado destinados para eso. Por suerte Krasinski no es Shyamalan, lo cual quiere decir que no tiene la necesidad de ponerse más trascendente de lo necesario. Lo suyo es apegarse a un relato concreto, conciso, 90 minutos bien ejecutados en los que no falta ni sobra nada, y que concluyen con gran intensidad, sin moralinas ni epílogos innecesarios.

Si la película funciona, más allá de una premisa interesante y una ejecución cinematográfica virtuosa, es porque hay un puñado de personajes que nos importan, y esto sólo alcanzaría para ubicarla varios escalones por encima de casi todo el cine de terror y suspenso que se estrena habitualmente. Pero además esos personajes están impecablemente defendidos por un elenco estupendo, empezando por la siempre eficaz Emily Blunt y continuando con dos jovencísimos y talentosos actores como Noah Jupe y Millicent Simmonds, quien es realmente sorda y brinda una actuación compleja, desafiante y emocional, como la de cada uno de sus compañeros de elenco.

Enrique Buchichio (Cartelera, 16/04/2018)

“Maracaibo” (Pablo Delucis)

La cruda verdad

El cine del argentino Miguel Angel Rocca, centra sus historias en dramas familiares que se dan puertas adentro; si bien algún factor externo puede llegar a oficiar de disparador, es en lo íntimo – más específicamente en la relación padres-hijos -, donde está puesta la principal mirada. Arizona Sur (2007) y en especial La mala verdad (2011) ya anunciaban virtudes que Maracaibo, pese a algunos altibajos, confirma.

La familia compuesta por el cardiólogo Gustavo, su esposa Cristina, y el hijo de ambos, Facundo, no parece tener demasiadas complicaciones en su cotidianeidad. Sin embargo, prácticamente desde el comienzo, se advierte que el buen vínculo es más que nada una ilusión esperanzada de Gustavo, ya que la realidad, muestra a través de escenas cortas y concisas, un mundo íntimo bastante más complicado que lo que la apariencia mostraba. El ejemplo más claro, es el momento en que casi por casualidad, el cardiólogo se entera que su hijo es gay, y que su esposa no lo ignoraba. Esta novedad lo descoloca, quizás más que por el hecho en sí, por comprobar que el resto de su familia no confiaba en él de la manera que hubiera esperado. Luego de salir de su casa buscando un poco de aire que lo ayudara a sobrellevar la situación, es sorprendido por dos asaltantes que en un confuso incidente matan a Facundo y escapan.

A partir de esa tragedia, y hasta entrando al tercio final, la película muestra sus pasajes más dolorosos, pero también los más sutiles y profundos. El guion del propio Rocca y Maximiliano González se mete con pulso firme en el conflicto interior de un Gustavo en el que aparecen por un lado la culpa por no haberse permitido conocer mejor a su hijo, los reproches de ida y vuelta con su pareja y también un sentimiento de venganza difícil de controlar. Aquí surgen de forma valedera y sensible, reflexiones en torno a la importancia que se le da muchas veces a lo aparente; a pensar que lo real está en lo que elegimos creer, y en especial a ciertos legados familiares que pueden condicionar la vida de los hijos y que muchas veces tiende a repetirse generacionalmente. A través de un inmenso Jorge Marrale, el dolor y el desasosiego de Gustavo, hacen carne en un rostro que con miradas y en especial con silencios que dicen mucho, transmite cabalmente lo que esa persona estaba transitando.

En determinado momento, se percibe un viraje que trae consigo una notoria baja de intensidad, y es cuando aquel drama intimista, cede espacio ante el thriller vengativo y redentor, con algún punto de contacto por ejemplo, con la muy buena Vidas cruzadas (The crossing guard) de 1995, dirigida por Sean Penn e interpretada por Jack Nicholson como el padre que espera la salida de la cárcel de quien mató a su hija. Es aquí cuando el filme se torna bastante predecible y alguna situación de contacto entre el padre afligido y los maleantes parece un tanto inverosímil. Ya hacia el final, la historia retoma un tono similar al de la primera parte y aparecen nuevamente la sutileza y la sensibilidad.

Pese a ese reparo notorio, estamos ante una película que se mete de manera honesta y con toques de originalidad en un tema lacerante como pocos, y que sale bien parada a la hora de articular esa desgracia, con el proceso interior de quienes no tienen alternativa de vivirlo como pueden. Y tampoco sufrirlo.

Pablo Delucis (Cartelera, 15/04/2018)

“Basada en hechos reales” (Hugo Acevedo)

Alienantes obsesiones

La obsesión y la apropiación de la voluntad como génesis de conflictos humanos profundos no exentos de alienación, es el disparador temático de Basada en hechos reales, el ultimo film del genial realizador franco-polaco Román Polanski, que fue presentado fuera de concurso en el Festival de Cannes.

Este largometraje indaga en el complejo y turbulento universo interior de una escritora de best sellers, que padece un grave bloqueo y necesita perentoriamente recuperar su capacidad de crear.

Con bastante más de medio siglo de carrera cinematográfica a cuestas, Roman Polanski es, sin dudas, un artista mayor, que inició su exitoso periplo en el cine en la década del sesenta, con El cuchillo bajo el agua (1962), Repulsión (1965) y Cul-de-Sac (1966), títulos referentes que ya revelaban su predilección por la construcción de atmósferas opresivas y micro-mundos humanos clausurados.

Su obra, que incluye comedias negras de trazo satírico como La danza de los vampiros (1967), ¿Qué? (1973) y Un dios salvaje (2011), conoció un gran suceso de taquilla con la emblemática El bebé de Rosemary (1968) y con el excitante thriller Búsqueda frenética (1988), entre otros títulos.

Sin embargo, su cima artística la alcanzó con filmes de la talla de Barrio chino (1974), El inquilino (1976), Tess (1979) y la laureada El pianista (2001), sin olvidar su personalísima y poco recordada pero excelente adaptación al cine de Macbeth (1971), el célebre clásico de William Shakespeare.

En medio de un controvertido caso judicial que lo enfrenta desde hace décadas a una severa acusación por abuso sexual a una menor, a los 84 años de edad el famoso realizador sigue derramando su sabiduría artística.

Luego de La piel de Venus (2013), en la cual Polanski plantea un cuadro de compulsiones cuasi patológicas contaminadas por el masoquismo y la sumisión, Basada en casos reales es una suerte de thriller marcado por la obsesión, una de las temáticas predilectas del autor.

Esta historia es la adaptación de la novela homónima de la escritora Delphine de Vigan, que indaga en la tormentosa psicología de una exitosa escritora.

En ese contexto, la protagonista de esta película es Delphine Dayrieux (Emmanuelle Seigner, la esposa del propio Polanski), una autora de best sellers que se encuentra virtualmente agobiada por la fama y la perentoria necesidad de seguir creando.

Sin embargo, el propio agotamiento provocado por el asedio de sus consecuentes lectores sumado a la falta de motivación, genera en ella un dramático bloqueo.

Víctima del éxito de mercado, Delphine afronta un angustiante dilema: seguir escribiendo para satisfacer la oferta aunque esa producción no sea de calidad o encarar un proyecto no tan rentable pero que la colme desde el punto de vista artístico.

Esa situación de virtual extenuación se advierte desde el comienzo de la historia, cuando la escritora participa en una maratónica sesión de firma de libros.

Esa experiencia, que por lo reiterada la agota y la aburre, la sitúa al borde de un colapso emocional. Sin embargo, ese es el peaje que debe pagar por el resonante suceso editorial de su obra.

En esa circunstancia y por imperio de la causalidad y no de la casualidad, la protagonista conoce a la intrigante Elle (Eva Green), una escritora fantasma que comparte también la pasión por la literatura y se declara ferviente admiradora de la autora.

Usufructuando la extrema vulnerabilidad de Delphine –una mujer casi abandonada por su pareja e ignorada por sus hijos- la extraña y seductora fan se apropia virtualmente de su vida y de sus espacios, al punto de mudarse con ella.

En ese marco, la relación entre ambas se transforma en enfermiza y en un vínculo invasivo y prostituido por la obsesión, a tal punto que Elle cocina, acondiciona la casa, se encarga de responder sus cartas y sus correos electrónicos y hasta insólitamente se atreve a suplantarla en una entrevista.

Esa suerte de apropiación y hasta de ejercicio de dominación deviene inexorablemente en drama, cuando la deprimida novelista advierte que está perdiendo su libertad y que es víctima de una persona que -por su propia historia y sus recurrentes fantasías- es realmente una desquiciada.

Mediante un ritmo moroso pero no menos intrigante que es característico de su cine, Román Polanski construye un paisaje humano de atmósferas tensas e inquietantes.

En esas circunstancias, lo que inicialmente era un drama muta en thriller, con dos mujeres que se alienan mutuamente en una relación que tiene mucho de patológica.

Román Polanski, que compartió el guión con el también cineasta Olivier Assayas, transforma a este relato, aunque no siempre lo logra, en un auténtico duelo de voluntades.

Para ello, apela en mesuradas dosis a la violencia –más a la psicológica que a la física- con el propósito de describir un universo humano donde prevalecen las conductas perturbadas y a la vez perturbadoras. No en vano la escritora padece acoso, insultos y mensajes amenazantes.

Si bien esta película tiene la impronta artística de Polanski, el producto está muy lejos de colmar las expectativas que genera- con absoluta razón- cada nuevo título del emblemático creador.

Pese a las excelentes actuaciones protagónicas de Emmanuelle Seigner y de Eva Green, el desmerecido guión -extrañamente elaborado por dos cineastas consagrados- no logra conmover ni dotar al relato del ritmo ni del impacto requerido.

Basada en hechos reales” (D’après une histoire vraie). Francia-Polonia 2017. Dirección: Roman Polanski. Guión: Roman Polanski y Olivier Assayas. Fotografía: Pawel Edelman. Montaje: Margot Meynier. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Emmanuelle Seigner, Eva Green, Vincet Perez, Damián Bonnard, Camille Chamoux, Dominique Pinon y Brigitte Rouan.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital, 16/04/2018)

“Proyecto Florida” (Mathías Dávalos)

El paraíso de la infancia

A lo largo de su filmografía, Sean Baker ha apostado por una narración próxima al realismo y con personajes marginales que se revuelven en un ambiente hostil y de incomunicación. En Starlet (2012) abordó la pornografía a través de la relación entre una actriz porno y una anciana. En Tangerine (2015) experimentó filmando con un iPhone las vivencias de dos travestis en Los Ángeles.

En su sexta película, Proyecto Florida, Baker ajusta sus intereses narrativos con mayor ambición. Una película marcada por violentos contrastes y enfoques generacionales. Baker afianza su visión crítica desde la disposición del espacio, acondicionado con una técnica cercana al documental.

En Kissimmee, cerca de Orlando y a pocos kilómetros del complejo turístico Disney World, está el modesto motel Magic Castle (en la realidad, más complejo habitacional que hotel para turistas). Allí conviven personas periféricas al sistema, en su mayoría de clase baja. Madres solteras, inmigrantes, buscavidas y otros personajes que están de paso deben usar el ingenio para poder pagar la renta al conserje.

Baker retrata historias mínimas pero opta por una central que actúa como eje del film: la de Moonie y su mamá, Halley. La niña tiene seis años, está de vacaciones y se entretiene con sus amiguitos vecinos. La madre es veinteañera, pobre, soltera y cada mañana despierta con la obligación de ganar dinero para comenzar el otro día. Moonie es incansable, Halley está cansada. Moonie miente junto a sus compinches, les dice a turistas adultos que tiene asma para le den monedas y así poder compartir un helado que les deje a todos mejillas, labios y dedos pegoteados. Moonie escupe autos; Moonie puede iniciar un incendio. Halley tiene que prostituirse por las noches y mentirle a la niña al dejarla en el baño mientras se gana unos dólares. Ambas disfrutan cuando pueden vender algún perfume trucho a un turista pudiente en la entrada de hoteles de primera clase.

La elocuencia de Baker radica en proyectar el contraste visual y simbólico entre dos mundos y en su esmero por lograr una imagen prudente. Para los inquilinos del motel Magic Castle, Disney World es un mundo de postal, inaccesible a pesar de estar muy cerca. Su proximidad actúa como un recurrente Macguffin y ésta le sirve a Baker para exponer su idea comparativa de escenarios desde la recreación visual del motel “Castillo Mágico”: un pequeño parque de diversiones para los niños y un hotel decadente para los adultos. Un arcoiris. Una pocilga. La marcada presencia de los colores azul y violeta estilo pastel en puertas y paredes del hotel remarcada en los travellings que siguen a los niñosdefine al ambiente con un aura mágica como también de tensión. Mérito del director de fotografía mexicano Alexis Zabe.

La enérgica Brooklynn Prince, la niña que interpreta a Moonie, lidera un elenco sobrio y prácticamente desconocido, donde se destaca en su debut la actriz Bria Vinaite como Halley. La presencia del consagrado Willem Defoe, en un correcto rol como el modesto y tolerante conserje Bobby, posiblemente sea el rostro conocido para poder “vender” la película dentro del negocio de las productoras y distribuidoras estadounidenses.

Entre el profundo pesimismo y la valentía y vitalidad de la inocencia, Baker halla su línea de narración. Su mirada sensata, delicada y enemiga del lugar común y de los golpes bajos, lo coloca como parte activa de una camada de jóvenes realizadores estadounidenses tan diferentes y talentosos como Barry Jenkins, Donald Glover y David Robert Mitchell. En Proyecto Florida, Baker como director y guionista reúne método y técnica con un convencimiento hacia un propósito personal e innegociable: reflejar la infancia como un paraíso.

Proyecto Florida” Director: Sean Baker. Guión: Sean Baker, Chris Bergoch. Fotografía: Alexis Zabe. Elenco: Brooklynn Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe, Christopher Rivera, Valeria Cotto, Aiden Malik. 111 minutos. 2017.

Mathías Dávalos (09/04/2018)

“Jumanji: En la selva” (Sergio Moreira)

Volviendo al sonido de los tambores

Nuevamente el libro Jumanji es adaptado al cine, una nueva historia sobre el material de 32 páginas que Chris Van Allsburg escribiera en 1981. Contra todo lo que cualquiera podría pensar, esta secuela es tan buena como la original.

El filme comienza en el mismo lugar donde terminó la original de 1995, en aquella película se contaba lo que sucedía cuando unos niños se metían con el juego de mesa. Esto le había valido el encierro de Alan Parrish (un niño que comenzó usando este juego en 1969) dentro del mismo Jumanji, lugar del que saldría cuando es liberado por los próximos jugadores. En esta nueva aventura incluso se ve en un lugar una marca que Alan Parrish dejó en un tronco, en los años que estuvo en esa selva.

La historia de esta secuela comienza en 1996 donde un corredor encuentra el juego de mesa hundido en la arena y lo lleva para su casa. En esta lo recibe su hijo quien detesta los juegos de mesa, esto lo entiende Jumanji y se convierte en un cartucho de videojuego. Al ver esto, el chico comienza a jugar y tras una potente luz, desaparece.

Veinte años después, cuatro estudiantes puestos en penitencia en su liceo deben asear un salón, donde encuentran esta nueva versión de Jumanji. Al comenzar a jugarlo son absorvidos por este y se convierten en sus avatares, en este mundo van a comenzar a vivir distintas aventuras y descubrirán que morir en el juego puede significar realmente perder la vida.

Las actuaciones de Dwayne Johnson, Jack Black y Kevin Hart son muy efectivas, Johnson cada día demuestra más su capacidad de comediante. La dirección de Kasdan (Malas enseñanzas, Nuestro video prohibido) tiene un gran ritmo para la comedia.

Hay homenajes a la música de los ochenta y noventa (Pink Floyd, Metallica, Big Mountain, Guns N’Roses) y al cine (Cindy Crawford, El club de los cinco); así como un respeto por la obra anterior.

Ya por su decimocuarta semana de exhibición, el filme es una buena elección para toda la familia y un filme que recupera el espíritu de matinée de las grandes obras.

“Jumanji: En la selva” (Jumanji: Welcome to the Jungle) Estados Unidos, 2017. Director: Jake Kasdan. Guión: Chris McKenna, Erik Sommers, Scott Rosenberg y Jeff Pinker. Historia: Chris McKenna, basado en el libro “Jumanji” de Chris Van Allsburg y en el filme de 1995. Productores ejecutivos: Ted Field, Danny García, David Householter, Dwayne Johnson, Jake Kasdan y Mike Weber. Con: Dwayne Johnson (Spencer), Kevin Hart (Fridge), Jack Black (Bethany), Karen Gillan (Martha), Rhys Darby (Nigel), Bobby Cannavale (Van Pelt), Nick Jonas (Alex). Duración: 119′.

Sergio Moreira (09/04/2018)