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“Yo soy Tonya” (Guilherme de Alencar Pinto)

La imagen saludable

Aunque no parece haber propósito de homenaje o cita, esta película es fuertemente tributaria del cine de Martin Scorsese. La velocidad de la narrativa, su bombardeo de informaciones conducido por la voz over, la recopilación de canciones, la ironía, hacen pensar mucho en Buenos muchachos (1990). La escena del tribunal de Buenos muchachos fue quizá la semilla para toda la oleada actual de transgresiones de la “cuarta pared” (es decir, los personajes eventualmente se dirigen a la cámara y hablan a los espectadores). Toro salvaje (1980) había enfocado el abuso doméstico, mostrado (al igual que la violencia en Buenos muchachos) con cierta distancia risible que, sin restarle al horror, da cuenta al mismo tiempo de algo quizá aun más horrible, que es la manera como el horror, en algunos contextos, se convirtió en algo prosaico, que no merece especial atención. Scorsese focalizó personajes que, como los de Yo soy Tonya, podrían entrar en la categoría de rednecks o white trash, es decir, blancos terrajas, que se ubican lejísimos de los criterios éticos y estéticos asociados a los modelos positivos habituales del cine de Hollywood —lo hizo en Taxi Driver (1976), Toro salvaje y El rey de la comedia (1982)—. En Taxi Driver y El rey de la comedia las macanas perpetradas por los protagonistas terminaban estampadas en la multicolor farándula mediática, propiciando un ácido comentario sobre la hipocresía social.

El énfasis en la cobertura de los medios en aquellos clásicos de Scorsese pudo haber sido la semilla para la idea de enmarcar la narrativa de Yo soy Tonya en un falso documental: vemos entrevistas a varios de los personajes importantes en la época actual, y suponemos que cuando escuchamos comentarios suyos en voz over la grabación procede de esas mismas entrevistas. Lo grueso de la historia lo vemos como flashbacks que ilustran, o contradicen, o cuestionan, o ironizan, esos relatos orales. (Qué curiosa la permanencia de algunos estereotipos visuales: las entrevistas tienen un formato distinto al de los flashbacks, con la pantalla más angosta, algo que sigue significando “televisión”, a pesar de que el estándar actual televisivo es 1,85, es decir, más ancho. El artificio sirve para diferenciar en forma más neta las entrevistas de los flashbacks, y termina funcionando como una de las ambivalencias que impregnan esta narrativa: es como si las entrevistas de los personajes de la actualidad estuvieran realizadas en la época de los hechos narrados, es decir, hacia 1990, pese a que los personajes están hablando desde la actualidad.)

La historia es real y, al parecer, está realizada con fidelidad respecto de los hechos comprobados. Tonya Harding hizo tremenda carrera en el patinaje artístico sobre hielo entre 1986 y 1994. Ganó varios títulos y fue la primera mujer estadounidense (y la segunda en el mundo) en realizar un triple áxel (un salto con el cuerpo en vertical y tres rotaciones y media antes de volver a tocar el piso) en una competencia. En 1994 su colega y amiga personal Nancy Kerrigan fue golpeada violentamente con un fierro en la rodilla. La inhabilitación de Kerrigan prácticamente garantizaba la clasificación de Harding para las Olimpíadas. Pronto se identificó al agresor, y resulta que el atentado había sido ordenado por el guardaespaldas de Harding, al parecer de acuerdo con el marido de ella. Los eventos tuvieron amplia cobertura mediática y son considerados uno de los grandes escándalos en la historia deportiva estadounidense. Cuatro varones (agresor, guardaespaldas, marido, chofer del agresor) fueron condenados a algunos meses de prisión, y Harding fue permanentemente excluida de la asociación de patinaje artístico. Tenía 23 años.

El mérito de realización que salta en forma más inmediata son las actuaciones. Todo el reparto rinde en forma sensacional. Allison Janney, que interpreta la madre de Tonya, recibió todos los premios imaginables. Margot Robbie no ganó tantos, pero vaya si los hubiera merecido, y no tanto por haber aprendido a patinar (las escenas realmente difíciles están filmadas por stunts, a las que se aplicaron digitalmente el rostro de Robbie, y el triple áxel, que casi nadie en el mundo es capaz de hacer, es pura animación digital; y aun si son impresionantes y bonitas esas escenas de patinaje no hacen total justicia al arte de la Tonya Harding verdadera) sino por los aspectos de actuación propiamente dicha: hay que verla, estresadísima, ensayando la sonrisa con que tendrá que presentarse minutos después cuando entre en la pista de patinaje. (En cuanto se estrenó esta película Tarantino la fichó para el principal rol femenino de su próxima obra, Once Upon a Time in Hollywood). La supervisión musical de Susan Jacobs es magistral, y la colección que armó de casi treinta de canciones increíbles ayuda a crear el clima ochentero y noventero, y aparte de eso va tiñendo cada momento con su clima propio, y muchas veces con profunda ironía. Aun en un momento tremendamente triste, como cuando la Tonya adolescente despide al padre que está dejando el hogar, la música (en la ocasión es “Spirit in the Sky” de Norman Greenbaum) impregna la escena de algo extraño, risible (sintonizando con la indiferencia que el mundo y el futuro manifiestan hacia el intenso sufrimiento privado de esa personita), pero también energético (como si la música aludiera a todo lo que se está cocinando en ese momento en la personalidad de Tonya: su tesón combinado con inseguridad y acostumbramiento al desamor).

No pasa un minuto sin algún movimiento de cámara increíble o un corte notable. Esos rasgos de estilo tienen su interés sensorial intrínseco, y algunas veces participan activamente en la conceptualización de lo que vemos. Un momento muy evidente se da cuando Tonya es tumbada de una piña por una boxeadora, y su caída en cámara lentísima es alternada con un recuerdo, también en cámara lentísima, de su histórico triple áxel. Mi momento preferido es cuando decide por primera vez dejar al marido: mientras Jeff, desolado, se agacha en el piso, la cámara se aparta. Por lo tanto, físicamente, la cámara se identifica con Tonya (que no aparece en la imagen), aunque, desde otra dimensión, parece actuar también una patética reducción de Jeff a la insignificancia y lejanía: cuando la cámara cruza el umbral de la puerta de calle (siempre mirando hacia atrás) el ajuste en la iluminación sume a Jeff en la oscuridad, y luego la cámara sigue, en un único movimiento fluido, como si estuviera arriba de un auto que se va.

Hay unas curiosas ambigüedades narrativas: en su entrevista a cámara, el Jeff actual cuenta que Tonya una vez le disparó un rifle, y vemos representada la escena en un flashback. Pero luego de dispararle, Tonya mira la cámara y, asumiendo el rol de subnarradora, nos dice: “¡Esto es mentira (bullshit)! ¡Nunca hice tal cosa!” Acto seguido, en actitud desafiante, siempre mirándonos, corre el guardamanos del rifle para eyectar el cartucho. ¿A qué creemos? Se supone que los flashbacks (como en la mayoría de las películas) cuentan la “verdad”, pero Tonya nos desmiente lo que vimos: el flashback sería una mera representación de la versión de Jack. Pero esa misma “meta-Tonya” que nos habla es la que, en actitud desafiante y empoderada, bombea el cartucho, insinuando que ella nos dijo una cosa pero sabe que sabemos que hizo otra. En ese juego entreverado, la película de alguna manera se deslinda de asumir una versión: simplemente nos tira las distintas posibilidades en juego.

La historia de Tonya Harding involucra cuestiones que tienen que ver con clase social y género. La película lidia con esos aspectos en forma clara y crítica, no necesariamente por primera vez (hay un libro de 1995, Women on Ice, que es una colección de ensayos feministas sobre el caso Harding/Kerrigan). Oriunda de Portland, Oregon (una ciudad de medio millón de habitantes), Tonya venía de una familia humilde y disfuncional. La madre, LaVona, le pegaba, la impelía obsesivamente a dar todo por el deporte y, con sus comentarios mordaces y crueles, parecía dedicada a boicotearle todo posible vestigio de amor propio y autoconfianza. Tonya se casó temprano para escapar del vínculo enfermizo con la madre, pero se vio involucrada en una relación igualmente violenta con un marido golpeador. Logró brillar como patinadora, pero nunca logró construir la imagen que los organizadores de concursos y el comité olímpico pretendían de ese deporte, que era, en el decir de un personaje, la de una “saludable familia americana”. Sus vestidos, peinado, pintura de uñas, coreografías, elección de músicas, manera de moverse y moretones, nada de eso encajaba en el estándar Barbie/bailarina de balé que se espera usualmente de una patinadora artística. Durante toda su carrera se enfrentó con jurados que le daban notas bajas, que trampeaban sus evaluaciones con respecto a su innegable talento como patinadora para promover ese otro criterio implícito: querían que la campeona, potencial representante internacional de Estados Unidos, fuera alguna otra, más “femenina”, delicada, con “buen gusto”.

Ningún personaje está mostrado en forma maniquea. LaVona es el personaje más rico: tiene costados monstruosos, pero nadie va a decir que no puso todo lo que estuvo a su alcance para formar a la hija, y que, en alguna medida, lo logró. Dice que hubiera querido tener una madre como ella misma, que legara a la hija un talento y una posición, para no terminar, como ella, trabajando de mesera. A Tonya le oprimen los abusos que sufre, algunas veces reacciona, pero no parece desarrollar una conciencia ética con respecto a ellos; en distintas ocasiones vuelve a buscar al marido, quizá porque parece considerar que es la única persona que puede efectivamente quererla. Su porción de culpa en el caso Kerrigan se muestra como prácticamente inevitable.

El policía ve el rostro ensangrentado de Tonya luego de que fue maltratada por Jeff, y lo único que hace es charlar amigablemente con él, sin ni siquiera dirigirle la palabra a ella. Los medios y la opinión pública la condenan de antemano en función de expectativas que suscita su apariencia y origen social. El juez —es quizá el episodio más indignante de toda la película— dictamina la más cruel de las sentencias judiciales, quizá sin haber considerado las consecuencias para ella (el final de su carrera, que era lo único que le importaba en la vida). En todo lo mucho que esta obra tiene y muestra de incómodo, hay algo que produce un enorme alivio: es que esta película sí está mirando a su personaje, dispensándole su cuota de atención, con disposición a oír y a entender.

Yo soy Tonya” (I, Tonya), dirigida por Craig Gillespie. Con Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney. Estados Unidos, 2017.

Casablanca, Alfabeta

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 27/03/2018)

“27: El club de los malditos” (Andrés Caro Berta)

Pretenciosa y mala copia de otras películas yanquis

Un policía fanático hasta la locura del Club Racing de Avellaneda es capaz de hacerse reventar por hinchada contraria, por gritar goles de su cuadro, pero en el resto de su vida profesional es un tipo de temer.

Una muchacha admiradora de un cantante under, lo ve morir al ser tirado desde un piso alto de un edificio, lo filma en su celular y pasa a ser perseguida por quienes lo asesinaron. El principal malvado es un productor musical que va matando a aquellos famosos (Jim Morrison, Janis, Sid, y otros) que llegan a 27 años.

Pero Jim es resucitado por un científico loco y sale a la búsqueda de su hijo, el muerto, en Buenos Aires.

Ese es el comienzo de la trama. La idea es buena, los resultados, no.

Nicanor Loreti empezó en 2011 con una producción diferente al habitual cine argentino, con la película Diablo, siguiendo en 2015 con Kryptonita y antes de este club de los malditos, realizando la serie resultante de Kryptonita: Nafta Súper. (Este material puede verse en youtube)

El filme mencionado y la serie fueron buenas noticias para un cine muy vinculado al comic, superhéroes, cine yanqui de acción, algo de punk, rock, todo llevado a los suburbios de Buenos Aires.

Algunos actores conocidos realizaron buenos papeles, alejados de sus repetitivos papeles en tontas novelitas de televisión.

Ahora, Loreti vuelve a repetir la fórmula, pero la situación es otra. La producción, económicamente es muy superior a todo lo anterior, lo que permite manejar más efectos especiales, el filme apunta a un mercado no tan under, entonces como en tantos otros casos, el resultado es fallido.

¿Por qué? Porque busca imitar a otros productos mucho más aceitados del Norte, porque algunos actores no están a la altura de la trama, porque esta se tranca permanentemente, porque busca ser una comedia dramática y nunca se define, porque por momentos es tan soberbia en sus pretensiones que uno extraña aquella diversión de Kryptonita y Nafta Súper.

La ambición de calcar a series y cine de acción norteamericano es tan evidente que, en una producción emergente de un cine que aún no maneja con fluidez ese género, lo que necesitaría sería mayor humildad y juego.

Nunca se define por un estilo, ¿policial negro?, ¿ciencia ficción?, ¿denuncia?, ¿comedia negra? Todo y nada.

Los que pretendan ver al Capusotto de la televisión se van a llevar una decepción. Si bien hay dos o tres apariciones que guardan cierta gracia (su fanatismo por Racing, por ejemplo) el resto no le permite jugar con su personaje. Además, hay cosas muy mal elaboradas desde el guión y la dirección.

Sofía Gala es creíble, aunque hace de sí misma. Es lo mejor de la película, lo cual es decir mucho.

Yayo Guridi hace de un científico loco, muy mal diseñado como personaje. Además, esa vocecita afinada que tiene no ayuda para nada.

Daniel Araóz también se repite a sí mismo como un productor musical, capo de mafia, pasándose de gestualidad al intentar parecer muy pero muy malo.

Algo parecido le pasa a Paula Mazone, presentada como una Dominatrix que luego no crece en su papel, quedando en un borroneado diseño.

Willy Toledo, tiene presencia y el acento español (clarísima la búsqueda del mercado de Europa) necesarios pero también no se le permite crecer en su rol.

Todo es pretencioso, nunca se define por algún estilo, la cámara lenta para la violencia como recurso repetitivo pierde efecto, el guión se estanca en detalles laterales no resueltos y no abunda en un trazado firme, resultando todo en un fallido filme que tuvo buenas intenciones pero se quedó en ello.

Todo se va desmadejando hasta terminar en las escenas finales en un absurdo peligroso, calcando mal a estereotipos de series de los 80, lo que hace que este Club de los Malditos sea casi caricaturesco de sí mismo.

Andrés Caro Berta (Diario Cambio, 28/04/2018)

“El primero de la familia” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Desilusión y pobreza

Una familia chilena de escasísimos recursos, y comprometida situación laboral, se reúne ante la partida del hijo varón a Gran Bretaña, donde estudiará en usufructo de una beca. A lo largo de un par de días, la despedida dejará al descubierto un microcosmos de desilusión y pobreza, acaso paráfrasis de buena parte de la realidad trasandina, con su ausencia de protección laboral, deficiente sistema de salud, y otras carencias.

Atractiva propuesta simbólico/realista -tiene especial apoyatura en un elenco excepcional- trasciende su propuesta crítica relacionada a los aspectos sociales ya señalados, e incorpora, discretamente, sin estridencias, el que es más revulsivo y desafiante de sus perfiles: aquél vinculado con aspectos morales –el incesto en primer lugar- que lejos de estar condenados, plantean una revolución en cuanto a las normas culturalmente aceptadas de la estructura familiar tradicional.

El primero de la familia” (El primero de la familia). Chile 2016. Dir. y guión: Carlos Leiva Barahona. Con: Camilo Carmona Hermansen, Catalina Dinamarca Figueroa, Claudia Riverós Arellano.

Álvaro Sanjurjo Toucon (01/03/2018)

“Operación Red Sparrow” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Visiones macarthystas

Una bailarina del Bolshoi se accidenta, no puede continuar en los escenarios y ello implica la pérdida de su apartamento y de la atención médica privilegiada para su madre enferma. La salvación llega de mano de su tío, jerarca de los servicios secretos rusos (la URSS ya se había disuelto), quien le ofrece mantener sus prerrogativas siempre y cuando ingrese a los servicios secretos.

El guión se basa en una novela de Jason Mathews, ex agente de la CIA que parece no haberse desprendido de las visiones del macarthysmo respecto a la KGB, y ahora las endilga a la Rusia contemporánea. Con lo cual no esté quizás demasiado errado ya que Vladimir Putin comandó la KGB.

Una vez aprobados los cursos rusos de espionaje (que incluyen hacer el amor en el aula a la vista de todos sus condiscípulos, entre otras ilustraciones del Kamasutra), la novel agente, ex bailarina, pasa a recibir ofertas de la CIA, iniciando un verdadero “pas de quatre” del espionaje, el que habrá de prolongarse hasta las dos horas largas que dura el film.

La interrogante que surge es cómo se sostendrá el relato, que no va más allá del va y viene de fidelidades y traiciones. La fórmula hallada es especialmente atractiva para quienes gusten de contemplar, cíclica y generosamente, la anatomía de la espectacular Jennifer Lawrence, convenientemente alternada con rostros y cuerpos –no el de Jennifer- debidamente destrozados por los malvados de turno.

Charlotte Rampling y Jeremy Irons, en papeluchos secundarios, brindan sus rostros intrínsecamente perversos, dejando la sensación que han equivocado de film.

Operación Red Sparrow” (Red Sparrow). EE.UU. 2018. Dir.: Francis Lawrence. Con: Jennifer Lawrence, Joel Edgerton, Matthias Schoenaertes, Charlotte Rampling, Jeremy Irons.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 23/03/2018)

“Sieranevada” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Casi tres horas de diálogos tontos

En la primera media hora, dos o tres planos a cámara fija, informan sobre las discusiones matrimoniales de una pareja. Superada la desavenencia, arriban a una reunión familiar donde más planos fijos recogen, en oscuros interiores, a lo largo de casi tres horas, diálogos tontos sobre temas que no lo son.

Por supuesto, surge inevitable el recuerdo para la magistral La familia, de Ettore Scola. El rumano Cristi Puiu hace todo lo contrario. Sieranevada, galardonada en Festivales y aclamada por la crítica internacional, para este cronista es uno de los mayores bodrios que ha visto en su ya larga existencia.

Sieranevada” (Sieranevada). Rumania / Francia / Bosnia Herzegovina / Croacia / Macedonia, 2016. Dir. y guión: Cristi Pui. Con: Mimi Branescu, Judith State, Bogdan Dumitrache.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 16/03/2018)

“Apuesta maestra” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Muchachita buena

Molly Bloom: es el nombre de la esposa del protagonista del “Ulises” de James Joyce quien realiza el célebre monólogo introspectivo donde el autor a lo largo de buena cantidad de páginas escribe sin utilizar puntuación alguna.

Molly Bloom: es también el nombre, al parecer verdadero, de una bella norteamericana nacida el 21 de abril de 1978, largo pelo lacio de color variable, seductores ojos verdes (quizás auténticos), autora del libro autobiográfico, convertido en este film que narra sus andanzas como empleada (y algo más) de garitos estadounidenses a los que concurrían figuras de primera línea del cine, los medios económicos y otras mediáticas áreas.

Molly Bloom: es, en consecuencia, la protagonista del film, interpretado por Jessica Chastain, en una labor oscilante entre el dramático verismo y el diseño chapucero.

Molly está en todo momento en pantalla y, reiteradamente, una especie de monólogo interior le permite sintetizar el relato. Esa confesión donde Molly, rodeada de abogado bueno, abogados malos, tahúres, vivillos y otras yerbas, se presenta como ingenua víctima de las circunstancias, es una de los aspectos más falsos de la historia, donde el atractivo mundo delictivo que ambienta el relato es devorado por el “thriller” melodramático. Si se hubiese tratado de un viejo melodrama argentino, seguramente alguien le cantaría a la joven aquello de “Muchachita triste / Hoy te atormenta la realidad, / y ante el fracaso de tu vida buena / Lloras perdida, entre las luces de la ciudad. (Muchachita buena -1927- tango de Pacheco Huergo y Di Liello).

Viene trayendo: partidas de póker, secuencia de Tribunales, reivindicaciones varias, “flashbacks” ampliando lo que se insinuara anteriormente, comprensivo padre psícólogo aplicando tratamiento “fast-freudiano” a Molly, y todo cuanto no debe faltar en un film equivalente al “best-seller” del momento.

Apuesta maestra” (Molly’s Game) . EE.UU 2017 coprod. China / Canadá. Dir.: Aaron Sorkin. Con: Jessica Chastain, Idris Elba, Kevin Costner.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 23/03/2018)

“Yo soy Tonya” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Mundo deportivo

Tonya Harding (Portland, Oregon, EE.UU., 1970) fue campeona olímpica de Patinaje artístico sobre hielo, especialidad en la que asimismo destacó en otras competencias de su país. Este film es un dramático recuento de su azarosa existencia, apoyándose en una particular estructura dramática del guión, a la vez que ácido retrato de un mundo asfixiante.

A sus tres años, Tonya era una patinadora de excepción, impulsada por una posesiva madre decidida a hacer de su hija una estrella en la especialidad. Ello incluyó castigos corporales que en el fin de la adolescencia y con aquiescencia materna dispensó un marido violento. Unido por no demasiados precisos detalles a un obeso y tonto amigo, autodefinido como “guardaespaldas” de la patinadora.

El film se abre -utilizando un formato de pantalla menor- con “reportajes” (reconstruidos con actores) a la protagonista, a su madre, a su esposo, al amigo de este y algún otro personaje de la historia. Los mismos permiten que los recuerdos de los testimonios se visualicen –ahora ocupando la totalidad de la pantalla- en una sucesión acronológica de las evocaciones alternadas de los entrevistados. Despojándolas de subjetivismos, dando paso a la visión caleidoscópica, posibilitadora a su vez de una mayor concentración de las instancias más dramáticas en la vida de Tonya (marcada desde la infancia por un padre que la abandona huyendo de malos tratos de su cónyuge).

Margot Robbie, como Tonya, y Allison Janey, como su madre, ofrecen trabajos memorables. La primera como ese personaje en el que converge la sumisión de hija y esposa, con los instantes de rebelión, reveladores de discriminaciones sociales no ajenas a la representatividad del país por parte de los sectores humildes. Como en Bellissima (Visconti, 1951), esta es la tragedia de madres deseosas de proyectarse en hijas que “vengarán” así su indeseado destino. A Allison Janey corresponde dar la perversión de su figura materna, con absoluto dominio de gestos y expresiones faciales.

El australiano Craig GIllespie (1967) y el guionista norteamericano Steven Rogers (1965) no solamente han logrado la vivisección de una estrella deportiva, han ofrecido a la vez una contundente mirada sobre el medio que la albergara.

Una vez finalizado el film, ya sobre los créditos, pueden verse fragmentos originales de los reportajes con que se inicia Yo soy Tonya.

Yo soy Tonya” (I, Tonya). EE.UU.2017. Dir.: Craig Gillespie. Guión: Steven Rogers. Con: Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Julianne Nicholson.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 23/03/2018)

“Proyecto Florida” (Andrés Caro Berta)

La manzana podrida

Estuve a punto de hablar del otro lado de Estados Unidos… De la pobreza, de los desamparados del Imperio… En fin, tantas cosas aprendidas para atacar al país del norte.

Pero me puse a pensar… ¿Sólo allí existe la pobreza? ¿Sólo allí hay gente que está de paro, o tiene dificultades para sostenerse económicamente?

Y ahí, reflexioné… sobre realidades, sobre lo que se nos dice, sobre los panfletos, sobre…

Y me di cuenta que si bien esas personas que habitan el condominio estatal durante el verano porque no pueden pagar el alquiler de una casa, tienen un apoyo gubernamental al disponer de un complejo bonificado, digno, con lo básico y un poco más (hasta piscina).

En ese sofisticado conventillo, la película se centra en algunas de las inquilinos, Halley, una muchacha de veintidos años que está sin trabajo, y aún no maduró y es madre de una niña de seis, llamada Moonee, avispada y que tiene alma de líder. Un vecino de una edad cercana, Scooty, hijo de una camarera que es muy amiga de Halley, con quien sale de noche de paseo y algo más, y que roba del restaurante donde trabaja, comida que da a los niños, y una tercera compañera de andanzas, Jancey quien vive con su abuela, porque la madre la tuvo a los quince, y no quiso saber más nada de ella.

Quien da un intento de orden, siempre desde el afecto es el gerente, un empleado responsable que busca solucionar los problemas que se presentan y que, aunque protestando siempre, intenta ayudar a Halley hasta que ello se hace imposible.

Porque Halley es la manzana podrida, y su hija, con la imagen materna que tiene, va en camino a repetir sus conductas.

La película que tiene un lenguaje de un cine más latinoamericano, sigue a esa pandilla de niños en sus inocentes tropelías, aburridos de no hacer nada mientras esperan que comiencen las clases.

Estos, sin el control de sus madres arman sus propias aventuras, cargadas de picardía, donde cometen acciones inocentes y otras, no tanto, como cuando incendian una casa deshabitada.

Proyecto Florida está filmada dejando expresarse a los niños, quienes muestran la vida de los adultos desde esa perspectiva infantil, con una cámara que recoge las acciones de estos, dejando fluir lo que hacen, seguramente con mínimas indicaciones desde la dirección, para que el lenguaje sea más espontáneo.

Hay momentos marcados sí, como la aparición de un posible pedófilo, o el aludido incendio, o los clientes que Halley lleva a su apartamento (con la niña en la bañera y captando las relaciones sexuales de su madre con clientes), y luego la aparición de la policía y los servicios sociales, actuando frente a ese comercio, y buscando soluciones un tanto absurdas para la niña.

Proyecto Florida se sostiene básicamente por la actuación de los niños (muy bien dirigidos), en especial una tremenda Brooklynn Prince que con sus siete años actúa como si estuviera en la vida real.

Le sigue Bria Vinaite, una actriz lituana (se radicó a los ocho años en Estados Unidos) de veinticuatro años en su primer papel, actuando como una madre adolescente que parece más hermana que progenitora de la niña.

Willem Dafoe, lejos de los roles estúpidos que le ha tocado hacer, acá es un gerente preocupado por lo que pasa en su motel, no forzándose en su actuación, sino dejando que esta se dé espontáneamente.

El filme está muy bien dirigido por Sean Baker, quien anteriormente realizara Starlet (2012) y Tangerine (2015)

La escena final, con la huída hacia la fantasía de Disneyword sería para discutir, pero es un buen golpe de efecto para que los críticos nos detengamos en ese detalle y abundemos en las diferencias entre la vida real y la fantasía…

Andrés Caro Berta (Diario Cambio, 21/04/2018)

“Una mujer fantástica” (Enrique Buchichio)

La fiera

El Oscar obtenido por esta película es el punto culminante de un año extraordinario que comenzó en febrero de 2017 en el Festival de Berlín, donde Sebastián Lelio y Gonzalo Maza recibieron el Oso de Plata al mejor guion. En el camino cosecharon muchos reconocimientos más (incluyendo un Goya y un Premio Independent Spirit) que la convierten en una de las películas más premiadas del último año, cosecha que muy probablemente culminará en México el 29 de abril cuando reciba varios premios Platino al cine iberoamericano.

El éxito internacional de Una mujer fantástica es una prueba más del buen momento que vive el cine chileno. Y hay un nombre especialmente responsable de ese éxito: el de Pablo Larraín (junto a su hermano Juan de Dios), director y productor responsable de películas tan reconocidas como Tony Manero (2008), No (2012), El club (2015), Neruda (2016) y las tres últimas películas de Sebastián Lelio: El año del tigre (2011), Gloria (2013, y su remake hollywoodense en postproducción) y Una mujer fantástica, que le ha dado a Chile su primer Oscar en la categoría de mejor película extranjera.

Es cierto que este quinto film de Lelio (Santiago, 1974) aparece en un momento en que la visibilidad del tema transgénero, y la reivindicación de la mujer en general, es uno de los más debatidos y candentes en la industria del cine a nivel global, no sólo en Hollywood donde de hecho ha marcado la agenda por lo menos del último año. Sería algo ingenuo no pensar que este contexto ha ayudado y mucho a que Una mujer fantástica haya sido el fenómeno que es. Del mismo modo, sería algo injusto que esto opacara sus méritos, que los tiene.

Una mujer fantástica cuenta unos pocos días en la vida de Marina, una mujer transgénero que vive en Santiago, trabaja de moza en un restaurante y canta en un club nocturno (aunque sueña dedicarse a la lírica). Su estabilidad y felicidad son puestas a prueba cuando su pareja Orlando, veinte años mayor, muere repentinamente tras un infarto. La familia del difunto, incluyendo a su hijo y a su ex mujer, no le hará las cosas fáciles a Marina, quien reclama su derecho a despedirse de su amado y a conservar las pocas cosas que ambos tenían en común.

Esa odisea de unos pocos días, que alcanza momentos de gran tensión y de fiereza combativa, es un compendio de casi todas las situaciones desagradables e injustas que tienen que enfrentar las personas trans en una sociedad machista y conservadora. Probablemente la película se quede corta, incluso; la realidad debe ser mucho más cruda. Pero en el transcurso de una película de unos 100 minutos, se nota demasiado la intensión denunciatoria y reivindicativa. Los mejores momentos son aquellos en que la fuerza de una imagen dice mucho más que los personajes: la escena en que Marina es forzada a un chequeo médico en la comisaría; o cuando observa el reflejo de su rostro, deformado por cinta adhesiva, y ve por un momento al monstruo que los demás parecen ver en ella.

Es mucho más interesante la película sobre Marina, la joven mujer trans que atraviesa un calvario para poder despedir al hombre que ama, que la película sobre Marina, la joven mujer trans que enfrenta a representantes de una sociedad que la desprecia. Pero Una mujer fantástica es ambas películas a la vez, inseparables, con todas sus fortalezas y debilidades. Como la propia Marina, un personaje complejo, intenso y humano que va creciendo a medida que avanza el metraje; lo mismo sucede con la consagratoria labor de Daniela Vega, actriz y cantante lírica transgénero que empezó siendo asesora del proyecto hasta que el director Lelio le ofreció el papel.

Es casi imposible no emocionarse un poco ante ese hermoso plano final, donde el espectador es testigo de una suerte de triunfo personal para Marina, y de un triunfo artístico para Daniela.

Enrique Buchichio (Cartelera, 17/04/2018)

“Maracaibo” (Pablo Delucis)

La cruda verdad

El cine del argentino Miguel Angel Rocca, centra sus historias en dramas familiares que se dan puertas adentro; si bien algún factor externo puede llegar a oficiar de disparador, es en lo íntimo – más específicamente en la relación padres-hijos -, donde está puesta la principal mirada. Arizona Sur (2007) y en especial La mala verdad (2011) ya anunciaban virtudes que Maracaibo, pese a algunos altibajos, confirma.

La familia compuesta por el cardiólogo Gustavo, su esposa Cristina, y el hijo de ambos, Facundo, no parece tener demasiadas complicaciones en su cotidianeidad. Sin embargo, prácticamente desde el comienzo, se advierte que el buen vínculo es más que nada una ilusión esperanzada de Gustavo, ya que la realidad, muestra a través de escenas cortas y concisas, un mundo íntimo bastante más complicado que lo que la apariencia mostraba. El ejemplo más claro, es el momento en que casi por casualidad, el cardiólogo se entera que su hijo es gay, y que su esposa no lo ignoraba. Esta novedad lo descoloca, quizás más que por el hecho en sí, por comprobar que el resto de su familia no confiaba en él de la manera que hubiera esperado. Luego de salir de su casa buscando un poco de aire que lo ayudara a sobrellevar la situación, es sorprendido por dos asaltantes que en un confuso incidente matan a Facundo y escapan.

A partir de esa tragedia, y hasta entrando al tercio final, la película muestra sus pasajes más dolorosos, pero también los más sutiles y profundos. El guion del propio Rocca y Maximiliano González se mete con pulso firme en el conflicto interior de un Gustavo en el que aparecen por un lado la culpa por no haberse permitido conocer mejor a su hijo, los reproches de ida y vuelta con su pareja y también un sentimiento de venganza difícil de controlar. Aquí surgen de forma valedera y sensible, reflexiones en torno a la importancia que se le da muchas veces a lo aparente; a pensar que lo real está en lo que elegimos creer, y en especial a ciertos legados familiares que pueden condicionar la vida de los hijos y que muchas veces tiende a repetirse generacionalmente. A través de un inmenso Jorge Marrale, el dolor y el desasosiego de Gustavo, hacen carne en un rostro que con miradas y en especial con silencios que dicen mucho, transmite cabalmente lo que esa persona estaba transitando.

En determinado momento, se percibe un viraje que trae consigo una notoria baja de intensidad, y es cuando aquel drama intimista, cede espacio ante el thriller vengativo y redentor, con algún punto de contacto por ejemplo, con la muy buena Vidas cruzadas (The crossing guard) de 1995, dirigida por Sean Penn e interpretada por Jack Nicholson como el padre que espera la salida de la cárcel de quien mató a su hija. Es aquí cuando el filme se torna bastante predecible y alguna situación de contacto entre el padre afligido y los maleantes parece un tanto inverosímil. Ya hacia el final, la historia retoma un tono similar al de la primera parte y aparecen nuevamente la sutileza y la sensibilidad.

Pese a ese reparo notorio, estamos ante una película que se mete de manera honesta y con toques de originalidad en un tema lacerante como pocos, y que sale bien parada a la hora de articular esa desgracia, con el proceso interior de quienes no tienen alternativa de vivirlo como pueden. Y tampoco sufrirlo.

Pablo Delucis (Cartelera, 15/04/2018)