Archivo de la categoría: Archivo

“Conspiración y poder” (Analía Filosi)

 

 

Una de periodistas

En 2004, el programa 60 Minutos II, de la cadena estadounidense CBS, realizó un informe sobre cómo el presidente George W. Bush pudo evadir, en los años 70, la convocatoria para combatir en Vietnam. Se emitió en plena campaña presidencial, en la que Bush iba por la reelección. La productora a la cabeza de la investigación fue Mary Mapes, mientras que la presentación la realizó Dan Rather, presentador estrella de la CBS, conductor durante 24 años del noticiero nocturno. Un traspié con documentos que se expusieron como pruebas hizo que la denuncia periodística fuera cuestionada y que los investigadores terminaran siendo los investigados. La película que refleja esta historia se estrenó en setiembre en el Festival de Toronto y quedó casi en un segundo plano porque coincidió con el auge de En primera plana, la ganadora del Oscar a Mejor Película que también aborda una investigación periodística. El título original del film es Truth y en algunos países se conoce como Solo la verdad, que es lo que pretende exponer apoyándose en dos grandes actores, como lo son Cate Blanchett y Robert Redford, y en un correcto elenco de secundarios. El film es claro y directo, aunque es importante destacar que se basa en un libro escrito por Mapes, por lo que expone su mirada. Aún así, ofrece el material necesario para que el espectador saque sus conclusiones o, si lo cree necesario, investigue un poco más antes de hacerlo. Interesa también porque aborda la incidencia que Internet empezaba a tener en el ejercicio del periodismo, así como otros temas que vinculan a esta profesión, como las presiones políticas. El director ha dicho que solo quiso contar la historia desde los ojos de sus protagonistas, algo que consigue aunque es cierto que puedan faltar algunas voces.

Conspiración y poder” (Truth) Director: James Vanderbilt. Actores: Cate Blanchett, Robert Redford, Dennis Quaid, Topher Grace, Elisabeth Moss, Bruce Greenwood, Stacy Keach, John Benjamin Hickey. Género: Drama / Biografía. Duración: 125′ 

Analía Filosi (Sábado Show, 09/04/2016)

“Juventud” (Rosalba Oxandabarat)

 

El retorno de la “qualité”

Un lujoso y plácido hotel spa en los Alpes suizos alberga al compositor y director de orquesta Fred (Michael Caine) y a Mick, el cineasta que prepara con la colaboración de unos cuantos jóvenes lo que quiere sea su filme-testamento.

También a un actor bastante joven pero ya famoso (Paul Dano) que a su vez se prepara para su próximo papel. Pronto aparecerá la hija de Fred (Rachel Weisz), a quien su marido, hijo de Mick, acaba de abandonar por una cantante pop, y una bella miss universo a la que el actor joven pero famoso destrata porque lo recuerda por su peor película. Hay otros huéspedes, que se individualizan o no, siendo el más sorprendente un hombre obeso con la cabeza de Marx tatuada en la espalda (el actor argentino Roly Serrano), en el que, aunque no se le nombre todos, reconocerán a (un aun más inflado, si cabe) Maradona.

No se trata de un relato con continuidad sino de una serie de viñetas en las que Fred y Mick, amigos desde siempre, observan a los demás, intercambian breves diálogos sobre lo que miran o sobre si orinaron o no, o pronuncian frases sentenciosas sobre la vejez, la juventud, el arte, el amor, los remordimientos, las emociones. Se intercalan innumerables y virtuosas –fotográficamente hablando– escenas del spa, con los cuerpos sumergidos en el agua, o con sesiones de lentos masajes que se detienen en el tacto de una mano joven sobre cuerpos envejecidos, o en tomas coreográficamente compuestas pero inmóviles, con varios huéspedes-pacientes en su rutina sanitaria. El centro lo ocupan Fred y Mick, el uno retirado hace varios años y sin ganas de dejar de serlo –al punto que rechaza un pedido especial de la reina Isabel de Inglaterra para que dirija composiciones propias en un aniversario real–, el otro todavía intentando continuar, con la esperanza de que la diva cuya carrera él ayudó a construir (Jane Fonda) actúe en esa su próxima película.

Paolo Sorrentino, director entre otras de Il divo pero conocido sobre todo por la multipremiada La gran belleza, fortalecido quizá por el éxito internacional alcanzado por esta última, grandilocuente y ambicioso diálogo con La dolce vita, parece con esta Juventud querer seguir dirigiéndose a Federico Fellini. Esta vez, aunque de manera mucho más laxa y casual que con su filme anterior, el referente es –vagamente– 8 y medio (1963), otra obra maestra del cineasta de Rímini. Pero ésta ya no es una película italiana sino una cuádruple coproducción, hablada en inglés y con elenco internacional y de campanillas. Quizá de ahí provenga la sensación de que el desborde barroco que parece desprenderse naturalmente de sus obras italianas, constreñido a un paisaje suizo y unos personajes anglosajones, se hubiera canalizado estrictamente a lo visual, llegando por momentos a excesos de lujoso videoclip –para lucimiento del fotógrafo Luca Bigazzi–, mientras lo estrictamente dramático, aquello que tiene a los personajes y sus conflictos en su centro, se deslíe en una sucesión de conversaciones banales y paseos. O peor, cae en lo pomposo con esa acumulación de frases definitorias que Caine y Keitel –¡nada menos!– se ven obligados a pronunciar como si de parlamentos de Shakespeare se tratara. Y el guión es del propio Sorrentino, así que no hay ningún escriba al que echarle la culpa.

Es raro. Un cineasta de 46 años realiza una película sobre la vejez a la que titula “juventud”, una película sobre creadores eximios que formulan sin pausa lugares comunes, que se supone son profundas reflexiones, un homenaje (?) a una de las grandes películas de la historia del cine con la sutileza de un monumento de cartón piedra. Dos escenas memorablemente deleznables: la que muestra a Jane Fonda en un ataque de pena furiosa en un avión, la que enfrenta a Mick, en una colina verde, a todos los personajes femeninos que creó a lo largo de su carrera (no sólo no aprendió de Fellini, tampoco de Woody Allen que en Las locuras de Harry lo hizo mucho mejor).

¿Ningún punto a favor? Sí, Michael Caine. Ese actor inglés que se convirtió en uno de los mejores del mundo, y a pesar de sí mismo –hay que ver los papeles que aceptó a lo largo de su carrera–. Su sola presencia otorga dignidad a la pantalla cada vez que aparece, aunque nunca sabremos si esa peculiar y honda ambigüedad de su mirada obedece a las exigencias de su personaje, o a que –no el músico Fred sino el actor Michael–, esté pensando: ¿qué diablos hago yo aquí?

 

Juventud” (Youth). Italia/Francia/Reino Unido/Suiza, 2015. Director: Paolo Sorrentino. Elenco: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda. Duración: 118′

Rosalba Oxandabarat (Brecha, 01/04/2016)

“Ellos vienen por ti” (Fernán Cisnero)

El Oscar no es todo y a veces ni ayuda al actor

Debería ser un premio y para algunos se convierte en un castigo. Es un castigo dulce, claro, porque ganar un Oscar por lo visto no asegura una carrera respetable a los actores, cierto, pero quién les quita lo bailado y el prestigio del premio más importante de la industria.

El estreno hoy de Ellos vienen por tí, un ejercicio de suspenso australiano, sirve, por ejemplo, para ejemplificar el derrotero de Adrien Brody, ganador del Oscar por El pianista en 2002. Desde entonces, Brody no ha conseguido un éxito prestigioso como ese (aunque se volvió un habitual en la troupe de Wes Anderson e hizo de Dalí para Woody Allen en Medianoche en París, lo que no está nada mal): lentamente su carrera ha declinado hacia rondar demasiado la clase B, de aquella que solía ser directa para video.

Hay quienes han hablado de una “maldición del Oscar al mejor secundario” (Brody ganó por un protagónico, pero es más o menos lo mismo), una leyenda urbana que tiene muchas variantes (hay quienes dicen que las actrices que lo ganan terminan engañadas por sus parejas) pero algunas pruebas científicas le dan cierta credibilidad. Cuba Gooding Jr., por ejemplo.

Ganó un Oscar un poco exagerado por aquel deportista que le era fiel a Tom Cruise en la divertida Jerry Maguire. Desde entonces, 1996, en Uruguay, por ejemplo se estrenaron sólo ocho películas de sus más de 50, y la lista incluye El crucero de las locas. Hoy hace de OJ Simpson para una serie de televisión.

Hay más historias conocidas de ganadores a los que el Oscar no consolidó una carrera y se vieron condenados a la dura lucha del buscavidas del cine. Joel Grey (Cabaret, 1972), Timothy Hutton (Gente como uno,1980), Louis Gossett Jr. (Reto al destino, 1982), Geena Davis (Un tropiezo llamado amor, 1988), Mercedes Ruehl (Pescador de ilusiones, 1991), Mira Sorvino (Poderosa Afrodita, 1995), Kim Bassinger (Los Angeles al desnudo, 1997) Jennifer Connelly (Una mente brillante, 2001), son algunos.

Y está Adrien Brody. Este actor nacido en Nueva York, llegó a su Oscar después de una carrera irregular que igual incluye a Terrence Malick (entró en La delgada línea roja para ser el protagonista, pero su papel quedó reducido a segundos), o Spike Lee (S.O.S. Verano infernal), pero El pianista fue su consagración. Desde entonces no ha encontrado papeles a su altura.

Una película más.

No es que Ellos vienen por tí esté tan mal, pero una película australiana que parece tomar prestada ideas de fórmulas ya probadas (Sexto sentido, es la más notoria) no parece el elemento de un ganador del Oscar.

Brody interpreta a un psicológo que empieza a encontrar una extraña coincidencia entre todos sus pacientes: todos murieron el mismo día. No es de extrañar esa clase de clientela si se tiene en cuenta el lugar donde consulta pero, más allá de la decoración de interiores, tiene otro problema: la muerte de una hija en un accidente de tránsito, un triste suceso que lo culpabiliza. Nicholas Roeg trabajó algo así con más pericia en Venecia rojo shocking.

Michael Petroni, el director de este asunto, no es Roeg eso está claro (ni tampoco un M. Night Shyamalan inspirado) pero consigue cierta tensión y administrar las vueltas de tuerca con cierta habilidad, rutinaria sí, pero cierta habilidad.

Brody compone su personaje desde el cuerpo, esa flacura que habla por sí sola. Lo otro que aporta es una voz susurrante que puede ser un poco molesta, pero que está a tono con los colores apagados que dominan la puesta en escena.

Ellos vienen por ti” (Backtrack) Australia, 2015. Director: Michael Petroni. Elenco: Adrien Brody, Sam Neill, Bruce Spence, Robin McLeavy, Jenni Baird, Anna Lise Phillips. Duración: 90′

Fernán Cisnero (El País, 07/04/2016)

“El precio de un hombre” (Diego Faraone)

Mantener la dignidad.

El cine social francés quizá sea el mejor del mundo, o al menos puede decirse que a nivel mundial se encuentra –con sus diferencias, naturalmente– cabeza a cabeza con el rumano y el iraní. Cineastas como Laurent Cantet, Abdellatif Kechiche, Ursula Meier y Robert Guédiguian son sencillamente de los mejores realizadores en el registro, y han depurado un estilo muy particular –que de a ratos es también compartido con otros cineastas europeos, incluyendo a los ineluctables hermanos Dardenne–, sustentado en una naturalidad sobresaliente y un talento específico para las situaciones coloquiales y cotidianas. Es verdad que suelen presentar cuadros bastante alejados de los que vivimos en el Tercer Mundo (aquí tendríamos que agregarles un Iva de gravedad), pero de todos modos nos permiten reflexionar sobre problemas globales de los que no somos en absoluto ajenos.

En este registro, y otra vez en torno al universo laboral y los cambios acontecidos en los tiempos que corren –recordar El empleo del tiempo, Recursos humanos y La cuestión humana–, es que se presenta el cuadro en que un hombre de 51 años (brillante Vincent Lindon) lleva ya 20 meses de desempleo, luego de ser despedido de su trabajo como obrero especializado (es que salía más barato comprarle a los chinos). Ya está harto de hacer cursos inútiles o de ser rechazado en cuanto trabajo se presenta, y las entrevistas laborales son sólo una parte de las sucesivas humillaciones que le toca atravesar.

Quitando el foco de los problemas concretos del hombre –infinitamente alejados de los que pudiera tener un uruguayo en su misma situación–, esta es una película sobre el difícil equilibro que supone, para un individuo que necesita trabajar a toda costa, mantenerse en sus cabales. O mejor dicho, de la dificultad de conservar la dignidad cuando se debe bajar paulatinamente las expectativas en cuanto a calidad de vida, rebajando a la persona en sus principios o en su simple necesidad de ser considerada como un ser humano. Al verlo continuamente en situaciones degradantes podemos contemplar hasta qué punto el mercado laboral puede convertir a un hombre en un individuo atomizado, egoísta y, lo que es peor, inescrupuloso. La conciencia de clase tiende a desaparecer cuando se impone la desesperación.

El director Stéphane Brizé, con ocho películas en su haber, ya merece ser visto como uno de los grandes. Simplemente ha filmado dos películas que en su momento fueron de lo mejor de sus respectivos años: Une affaire d’amour (2009) y Algunas horas de primavera (2012). Lo verdaderamente meritorio de Brizé parecería ser que sus películas colocan a la audiencia en situaciones que perfectamente pueden pasar como reales, que sirven como espejos en los que verse y que al mismo tiempo pueden llevarla a evaluar causas, posibilidades, consecuencias, compartiendo las dificultades de los protagonistas en dar con una solución sencilla. Un cine que nos lleva a repensar nuestra vida y nuestro entorno, no es poca cosa.

El precio de un hombre” (La loi du marché) Francia, 2015. Director: Stéphane Brizé. Elenco: Vincent Lindon, Karine de Mirbeck, Matthieu Schaller, Yves Ory. Duración: 93′

Diego Faraone (Brecha, 07/04/2016)

“El mundo de Carolina” (Álvaro Loureiro)

Conocer al prójimo.

La Carolina del título es una veinteañera portadora del síndrome de Down, con quien la realizadora Mariana Viñoles conversa a lo largo de una película que empuja al espectador a comprender mejor a otros seres humanos que quizás no haya tenido la oportunidad de apreciar de cerca.

En un mundo donde cada día más se encuentran pruebas de que, por motivos congénitos o meramente circunstanciales, todos somos diferentes, se plantea con creciente intensidad no sólo la inquietud de entender al llamado diferente –o sea, cualquiera de nosotros–, sino también la necesidad de asegurarle un lugar en la sociedad. Un lugar que se obtiene a través de la educación y el entrenamiento, de modo que esa persona aprenda, exprese sus inquietudes, lleve a cabo las actividades para las cuales se halla mejor dotada y disfrute de la relación con quienes le rodean. Tales los objetivos que un portador del síndrome de Down debería lograr al igual que cualquier otro miembro de una especie humana que concede menor importancia a otras diferencias –físicas, psicológicas, raciales–, que en la actualidad, de pronto, llaman menos la atención que años atrás.

Las charlas con Carolina acercan a la platea a una chica que lamenta el divorcio de sus padres, se refiere con tristeza al hermano que no llegó a conocer y parece añorar la interrumpida relación con un muchacho, al tiempo que se ilusiona con un nuevo novio. Una chica que estudia y se informa con la alegría, las incógnitas, las sorpresas y las tristezas de quien sigue adelante con su existencia. La charla en cuestión, habida cuenta de lo distinta que Carolina puede ser con respecto a cualquiera que luzca más delgado, menos sonriente, más comunicativo o menos movedizo que ella, sirve asimismo para constatar cómo, en muchos casos, el espectador ha vivido alguna situación similar a las que cuenta Carolina, o hasta qué extremos puede ahora quien se sienta en la platea comprender a otro que, antes de entrar al cine, le resultaba distante.

Tal lo que da a pensar el trabajo de Viñoles (codirectora de la inquieta Crónica de un sueño, 2005), quien en la oportunidad, a pesar de que concentra enorme atención en las respuestas y reacciones de Carolina, elige no mostrarse, aunque se la escucha departiendo con la protagonista, una opción que extiende a otras personas que la frecuentan. Este trabajo documental parece, sin embargo, reclamar la presencia de quienes rodean con asiduidad a Carolina, así como imágenes que la muestren en medio de sus actividades diarias. Se extraña entonces ese complemento que podría decirle al espectador mucho más acerca de la titular que la monótona repetición de interrumpidas secuencias de planos de la muchacha sentada a una mesa mientras dialoga con una invisible Viñoles, que se concentra en dicha mesa con el empeño que ponía en marcha el argentino Adriano Salgado para inmovilizar la cámara en La utilidad de un revistero (2013), un recurso que allí, por diferentes motivos, le funcionaba. Aquí resulta contraproducente, y es una lástima, ya que el asunto, dado su enorme interés, merecía un tratamiento cinematográfico más clásico, una continuidad capaz de atraer a todo tipo de espectador dispuesto a aproximarse a una Carolina mucho más cercana de lo que imagina.

 

El mundo de Carolina” Uruguay, 2015. Directora: Mariana Viñoles. Protagonista: Carolina Falciani. Duración: 72′.

Álvaro Loureiro (Brecha, 31/03/2016)

“El libro de la selva” (Fernan Cisnero)

El eterno encanto del niño salvaje

Ya está en cartel, una nueva y formidable versión de Disney del relato de Rudyard Kipling

No pareciera haber nada más pasado de moda que Rudyard Kipling. A la velocidad que vivimos no es más que un fiel vestigio de un tiempo que se fue hace demasiado y del que ya no quedan sobrevivientes, ni cultores.

Es que no hay nada moderno en su obra, ni en su vida. Y sin embargo, uno de sus libros más famosos no solo se sigue leyendo, sino que intenta ahora convertirse en una nueva franquicia cinematográfica.

Así, el estreno de una nueva película basada en su El libro de la selva es la primera evidencia de la vigencia del más impensado de los fenómenos del mundo del entretenimiento: la supervivencia de Kipling.

 

Era inglés pero nació en la Bombay colonial de 1865, uno de los centros neurálgicos del imperialismo británico, un sistema en el que se sintió cómodo y alabó. Tiene una obra extensa y en varios géneros y probablemente sea el escritor inglés más popular después de William Shakespeare.

Ganó el primer premio Nobel de Literatura en 1907 cuando tenía 42 años (aún es el escritor más joven en haberlo ganado). Sus libros y poemas hablan de una prehistoria moderna en la que, junto con su humanismo, se glorifica la homogeneidad británica, al punto que se lo conoce aún como el “bardo del imperio”, un epíteto que por entonces no tenía nada de la negatividad con que se lo podría asociar ahora. Murió en 1936, cuando el fin del colonialismo en su India natal aún eran solo una amenaza.

Escribió El libro de la selva, la que sería su obra más recordada (junto con “Si”, ese poema que ha estimulado a tantas generaciones anteriores a los libros de autoayuda), en la primera mitad de la década de 1890 cuando vivía en Vermont, Estados Unidos. Todo indica que la serie de cuentos reunidos en ese volumen fue escrita para su hija Dorothy, quien moriría en 1899. Fue publicada en episodios en diversas revistas entre 1893 y 1894 y en 1899, publicó una secuela, El libro de la selva. Un segundo libro.

El secreto de su permanencia puede estar —más allá de sus méritos literarios que siguen ahí aunque intente hacérselo entender a un niño de 10 años— en la versión en dibujos animados que hizo Walt Disney en 1967. Era un material bien aprovechado que perpetuó la imagen que aún se conserva de Mowgli, ese cachorro humano criado por lobos y protegido por una pantera y el oso Baloo.

Aquella visita obviaba algunos costados más oscuros del texto original y el tono general estaba marcado por el ritmo de “Busca lo más vital”, un dixieland muy simpático. Aún se ve y se disfruta como el primer día. Pruebe verla con los pequeños de la casa.

Muy buena versión.

Aunque Jon Favreau el director de esta nueva versión en 3D —que en Uruguay se estrenó ayer y en el hemisferio norte, el viernes 15— ha dicho que se basó a medias en el libro y la versión animada, lo cierto que acá hay más Disney que Kipling. No es un demérito: es una muy buena película de aventuras y una actualización que no pierde ni la gracia de sus antecedente, ni el corazón del relato original. Aunque tiene un actor humano (el debutante Neel Sethi como Mowgli) bien podría entrar en la categoría de animación porque todos los animales y los paisajes también fueron generados por computadora. Es muy difícil notar la diferencia.

“La tecnología disponible hoy es maravillosa y aprendí mucho sobre cómo usarla en las películas de Iron Man“, le dijo Favreau al conductor estadounidense Jimmy Fallon. “Y cuando vi las cosas que se hicieron, por ejemplo con El planeta de los simios pensé en la posibilidad de recrear una historia que 50 años después aún tiene el corazón y el humor, darle un poco más excitación y hacerla más real”.

Ya era sabido que Favreau, a pesar de ser el responsable de esa pirotecnia belicista de Iron Man: El hombre de hierro, era un espíritu sensible. Su última película, Chef: La receta de la felicidad era una comedia muy agradable y llena de humanidad. Cierta inquietud por retratar personajes ya estaba en su primer guión para Hollywood, la hoy algo olvidada Swingers de Doug Liman en 1996. Favreau también es un actor reconocible.

Aquí queda claro desde el principio, que lo que intenta revivir es el viejo espíritu de los libros de aventuras con encuadres que funcionan como ilustraciones. Es una selva de libro generada en una computadora. Y le da el protagonismo a la aventura más allá de los efectos especiales.

Los intentos por separarse de otros blockbusters (el marco de expectativa donde se mueve esta versión), quedan explícitos cuando, ante la amenaza del tigre villano, el narrador dice “claro que los lobos podrían haber luchado… pero no es esa clase de historia”. Y no lo es para nada. Y ahí está mucha de su gracia, el encontrar el rescate de una moral de aquellas viejas historias. Es divertida y visualmente muy imaginativa.

Aunque hay algunos guiños más o menos actuales (el Rey Louie convertido en el Kurtz de Marlon Brando en Apocalypse Now), este El libro de la selva se limita a contar de la manera más tradicional una historia tradicional. Es entretenimiento infantil clásico y para padres que están un poco hartos de tanta explosión y tontería multimillonaria.

Un libro clásico desde hace más de 100 años.

A pesar de que El libro de la selva fue escrito por Rudyard Kipling —ganador de un premio Nobel— hace 122 años, en las librerías lo siguen pidiendo, tanto los padres como los chicos, según coincidieron distintos vendedores de varias librerías montevideanas. Hay ediciones de todo tipo disponibles: ilustradas, para más chicos, tapa dura, de lujo y de bolsillo, la versión de Disney y la original de Kipling de 1894. La diversidad de ediciones se explica porque es un texto de dominio público desde hace varios años. “Nunca es el título más vendido del mes, pero siempre se vende alguno”, asegura Gonzalo, de Puro Verso. El vendedor comparó la constancia en la demanda con otros clásicos de la literatura infantil como Alicia en el país de las maravillas (1865), de Lewis Carroll y El Principito (1943), de Antoine de Saint-Exupéry, que siempre están siendo solicitados.

LAS OTRAS MIRADAS.

Un cachorro humano que tiene muchas vidas.

La versión animada de Disney estrenada en 1967 es —a pesar de los casi 50 años que pasaron desde su aparición— la que más se asocia al libro de Kipling. A fuerza de las virtudes de la propia película (la banda sonora, por ejemplo, tenía canciones pegadizas de Robert Sherman) y también de las repeticiones de la película en televisión, la versión de 1967 no solo fue renovando su público. También dio pie para una franquicia, que tiene tanto películas animadas como de las “normales”.

En 1994, Stephen Sommers dirigió El libro de la selva de Rudyard Kipling, una versión con actores de carne y hueso y con Jason Scott Lee en el protagónico. Cuatro años después, Disney volvió a la historia, y otra vez con actores de carne y hueso, cuando Brandon Baker hizo de Mowgli en El libro de la selva: La historia de Mowgli.

Pero en 2003, Disney volvió a la animación. Ese año estrenó la propia secuela de la película de 1967, El libro de la selva 2, con dos actores de renombre para las voces de Mowgli y Baloo: Haley Joel Osment (el niño de Sexto sentido) y John Goodman.

Pero los personajes del relato también han dado pie para “spin offs” televisivos: TaleSpin y Jungle Cubs, ambas series emitidas a través de las señales de Disney en el sistema de televisión para abonados. La asociación entre el relato de Kipling y Disney es tan fuerte que muchos se sorprendieron cuando se anunció que Warner haría su propia versión del libro del escritor británico. Titulada Jungle book: Origins, la película dirigida por el actor Andy Serkis (y con un elenco en el que están Christian Bale, Benedict Cumberbatch, Tom Hollander y Cate Blanchett iba a estrenarse el año que viene, pero ayer se supo que el estudio decidió postergar su estreno hasta 2018, para abrir una ventana más grande con esta versión de Disney.

El libro de la selva” (The Jungle Book) Estados Unidos, 2016. Director: Jon Favreau. Elenco: Neel Sethi, Bill Murray, Ben Kingsley, Christopher Walken, Lupita Nyong’o, Idris Elba. Duración: 105′

Fernán Cisnero (El País, 08/04/2016)

“Conspiración y poder” (Fernán Cisnero)

Una investigación mal encarada

Esta fue la otra película de periodistas del año pasado. No tuvo la suerte de En primera plana que también trataba sobre el trabajo periodístico como una especie en extinción a partir de una investigación verídica. Aunque Conspiración y poder tiene las mismas pretensiones de seriedad, solo había un lugar para una película así en la temporada de premios. Y fue la otra.

En 2004, en plena campaña electoral en la que George W. Bush buscaba su reelección, una productora (Cate Blanchett) del programa televisivo 60 minutes, se encontró con una primicia de esas con las que sueñan los periodistas: el presidente habría mentido para salvarse de ir a la guerra de Vietnam. La información fue presentada nada menos que por Dan Rather (Robert Redford), uno de los periodistas más prestigiosos de Estados Unidos, pero rápidamente empezó a ser desmentida en las incipientes redes sociales y todo terminó en un desastre. El canal reconoció que no podía autentificar los documentos mostrados en el programa, la productora fue despedida, los periodistas obligados a renunciar y Rather anunció su retiro en cámara.

Conspiración y poder (título un poco más elíptico que el original, Truth, “verdad”) toma el punto de vista de los despedidos.

La película no está mal aunque el director debutante Vanderbilt no demuestre nada original y prefiera que la historia transcurra por sí misma. Eso era un mérito en En primera plana que acá no se consigue aprovechar. Es difícil, además, tomar partido: naturalmente uno puede ver a los periodistas como víctimas de una conspiración, pero también es cierto que como investigación periodística no cumplió con todo el protocolo.

Blanchett está bien en el papel de productora abnegada, y funciona su vínculo paterno-filial con el Rather que compone Redford. El asunto de padres ausentes, compromisos de una madre moderna y otros apuntes más personales son apenas pincelados en la película.

Lo que queda es un puntilloso y parcial recuento de una investigación periodística que como película funciona apenas a medias. Tiene una tensión y una historia interesante, pero corre con el riesgo de presentar a sus héroes en una sola pieza cuando claramente tienen unas aristas un poco más complicadas.

Conspiración y poder” Australia/Estados Unidos 2015. Título original: Truth. Dirección: James Vanderbilt. Guión: Vanderbilt sobre un libro de Mary Mapes. Música: Bryan Tyler. Fotografía: Mandy Walker. Edición: Richard Francis-Bruce. Con: Cate Blanchett, Robert Redford, Dennis Quaid, Elizabeth Moss, Topher Grace, Bruce Greenwood, Stacy Keach, Dermont Mulroney. Duración: 125 minutos. Estreno: 31 de marzo.

Fernán Cisnero (El País, 02/04/2016)

“Choele” (Mariangel Solomita)

 

 

Un escondite en el sur argentino

Con ellas comparte la narración desde la mirada de protagonistas juveniles, y un tema de fondo: la transición de la niñez a la adolescencia o de la adolescencia a la adultez. O sea el crecimiento y lo que conlleva como la pérdida de la inocencia, despedidas sentimentales, el desplazamiento a las grandes ciudades y la idealización de la vida que se deja.

Choele es un pueblo del sur argentino y el escenario de la segunda película de Juan Sasiaín. Funciona, además, como metáfora de un querido recuerdo de infancia, de un escondite perfecto, de esos que son fundamentales durante la niñez.

Es un paraíso a pequeña escala donde se duermen siestas, se pasa la tarde en el río, y el carnicero fía. Es el lugar donde nacen las primeras amistades y los primeros amores, momentos que se transforman en las imágenes más poderosas de la nostalgia.

Sasiaín ya había explorado este universo en 2009 con La Tigra, Chaco, y por eso su segundo film Choele, no es una novedad. Ambos films se integran a cierta moda del cine argentino por historias pequeñas y emotivas en pueblos o balnearios con locaciones austeras y pintorescas. Otras películas de este universo son El último verano de la boyita, Ana y los otros o Atlántida.

Todo está en Choele, una película tierna, amable y bien actuada (especialmente por Leonardo Sbaraglia y Lautaro Murray), pero que apela a recursos conocidos. No es sorpresa ver a niños hablando y actuando como adultos, ni el amor platónico por una mujer mayor risueña y encantadora, ni una relación con claroscuros con un padre que hace lo que puede para no errarle.

Igual, la calidez de la película puede alcanzar para reconfortar al espectador

Choele” Argentina, 2014. Dirección y guión:Juan Sasiaín. Elenco:Leonardo Sbaraglia, Guadalupe Docampo, Lautaro Murray. Dirección de fotografía: Germán Vilche. Montaje: Alberto Ponce. Música: Gustavo Pomeranec. Género:Comedia dramática. Estreno: 8 de abril en Cinemateca Pocitos. Duración: 87 minutos.

Mariángel Solomita (El País, 08/04/2016)

“La gran belleza” (Guillermo Zapiola)

Una recorrida entre las ruinas

La referencia a La dolce vita de Fellini es tan obvia que casi toda nota que se ha escrito sobre esta película de Paolo Sorrentino se ha sentido en la obligación de subrayarla, aunque el propio director tenga sus reparos al respecto.

Naturalmente, hay algo bastante “dolcevitero” en el tránsito del personaje interpretado por Toni Servilio, evocación del Marcello Mastroianni de la obra maestra felliniana. Es a través de su mirada, distante e irónica, a veces entrañable, que la película se asoma a las existencias de sus pobladores de la noche romana (también vienen de Fellini algunos personajes grotescos, los juegos de fiestas y disfraces, algún ocasional toque de magia, pero está sobre todo el Fellini vacío y hueco de Satyricon, de Roma, de Casanova, de La ciudad de las mujeres; el decadente Fellini de los años setenta, más que el de La dolce vita, Los inútiles o La strada).

Todo eso demuestra que el director Sorrentino ha visto cine, y de rato sabe aplicarlo en su aprovechamiento fotográfico de una Roma venida a menos pero en la que hay rincones de innegable belleza, o su inteligente contrapunto entre imagen y sonido en algunas escenas clave. Y sin embargo, la sensación última es de ligera insatisfacción: no hay mucha sustancia en este tránsito a través de la nada, no hay un real interés humano (como sí lo había en el mejor Fellini) en su sardónico examen de la humanidad. Un film sobre el vacío deriva en una película hermosa y vacía. Su belleza, que está ahí, es la belleza de las ruinas.

Atención a… la presencia de Toni Servilio en el papel protagónico. Es el “actor fetiche” del director Sorrentino, y ya estuvo en el debut de éste en el largo L’uomo in più (2001). Repitió con el director Le conseguenze dell’amore (2004), e Il Divo (2008), donde encarnó al primer ministro italiano Giulio Andreotti.

“La gran belleza” (La grande bellezza). Italia, 2013. Director: Paolo Sorrentino. Guión: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello. Fotografía: Luca Bigazzi. Música: Lele Marchitelli. Intérpretes: Toni Servilio, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari.

Guillermo Zapiola (El País, 27/03/2014)

“Regreso con gloria” (Hugo Acevedo)

 

La prepotencia del poder autoritario

La visceral persecución ideológica con un fuerte componente autoritario y liberticida en un país que siempre se ufanó de su presunta vocación democrática, es la propuesta temática que aborda Regreso con gloria, la película testimonial del realizador estadounidense Jay Roach.

El film recrea la tumultuosa historia real de Dalton Trumbo, novelista, director de cine y uno de los más célebres guionistas de todos los tiempos, que en este caso es encarnado por Bryan Cranston.

Más allá que su indudable talento le permitió ganar dos premios Oscar por los guiones de La princesa que quería vivir (1953) y El niño y el toro (1956) y pasar a la historia por Espartaco (1960) -dirigida por el monumental Stanley Kubrick- su fama creció realmente por la persecución a la cual fue sometido por parte de la Comisión de Actividades Antiamericanas.

Ello le deparó un año de cárcel, quedarse sin trabajo y hasta exiliarse en México, desde donde siguió escribiendo y creando clandestinamente.

Fue el guionista mejor pago de su tiempo, hasta que la patología del macarthismo lo acusó de izquierdista y lo sometió a un auténtico calvario por haberse negado a declarar y delatar a sus colegas ante ese tribunal de inquisidores.

Eran tiempos de intolerancia potenciados por la confrontación bipolar de la guerra fría, en cuyo marco cientos de artistas padecieron persecución y hostigamiento.

La película, que está ambientada a mediados de la década del cuarenta, indaga en ese contexto histórico particular, con Dalton Trumbo como una de las víctimas de esa caza de brujas que elaboró “listas negras” para identificar a los presuntos renegados.

Mediante un trabajo que pone un particular énfasis en las actitudes de los actores reales de la época, el film promueve un intenso debate acerca de la prepotencia del poder y su irresistible tentación de aplastar al disidente.

La película, que es una adaptación de la biografía de Trumbo publicada en 1976 por el periodista Bruce Alexander Cook, denuncia la salvaje censura a la cual fue sometido el protagonista, por parte de un comité que desarrolló sus actividades como una suerte de poder paralelo.

Por supuesto, no faltan los mecanismos de sistemática manipulación para lograr imponer un discurso único de neto cuño fascista e incluso antisemita.

Este operativo de amedrentamiento y silenciamiento de voces contestatarias coincide, naturalmente, con una de las fases más viscerales de la enconada lucha entre el bloque capitalista y el bloque socialista que se enfrentaron en la post-guerra.

El director Jay Roach y el guionista John McNamara saben administrar estas tensiones, que confrontan a dos visiones radicalmente antagónicas de la sociedad y de hace más de sesenta años.

En ese marco, es muy explícita la miopía intelectual y el enfermizo dogmatismo de quienes se arrogan el derecho del monopolio de la verdad y se autoproclaman custodios de un statu quo sesgado y mentiroso.

Por supuesto, lo que aquí está en juego es nada menos que la libertad y la inalienable prerrogativa de expresarse sin cortapisas ni eventuales condicionamientos.

Pese a que esta es la peripecia de un exiliado, que padeció la censura, el descrédito y la marginación, la historia mixtura adecuadamente la materia política con lo artístico.

Esta faceta se torna por supuesto muy testimonial cuando se recrean todas las implicancias entre el personaje y los premios Oscar, en la medida que cosechó dos estatuillas doradas recurriendo a testaferros, ya que su nombre estaba prohibido como si se tratara de un personaje indeseable y contaminante.

En ese sentido, queda claro que el propósito de los inquisidores fracasó estrepitosamente, ya que –pese a sus prácticas inmorales- no lograron silenciar la voz del desterrado.

El film aporta también una visión sombría del Hollywood de la época, recurrentemente cruzado por ambiciones, actitudes mezquinas y obsecuencias al discurso hegemónico.

Ese universo, que a los ojos del espectador tiene más de ficticio y de lúdico que de real, funciona en este caso como una muy bien disciplinada organización al servicios de los intereses subalternos del poder de turno.

Regreso con gloria es una película testimonial, que trasciende al mero propósito de reconstruir la escenografía de la industria cinematográfica de la época, brillantemente actuada por Bryan Cranston, al frente de un reparto de lujo.

Este film es, ante todo, un potente alegado de fuerte acento documental, que denuncia las demenciales tropelías perpetradas por siniestros personajes que construyeron un statu quo conservador y visceralmente regresivo.

Regreso con gloria” (Trumbo) Estados Unidos. Director: Jay Roach. Guión: John McNamara. Música: Theodore Shapiro. Fotografía: Jim Renault. Reparto: Bryan Cranston, Diane Lane, Helen Mirren, John Goodman, Elle Fanning, Louis C.K., Michael Stuhlbarg, David James Elliott, Roger Bart y J.D. Evermore.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital)