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“100 años de perdón” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

… Y Brecht tenía razón

Este film hispano-franco-argentino podría ser un “thriller” norteamericano, con esquema anecdótico harto utilizado: grupo de ladrones ingresa a un banco, toma como rehenes a clientes y empleados, roba dinero del mismo y el contenido de los cofres de seguridad, al tiempo que negocia con las autoridades la liberación de sus prisioneros a cambio de su huida del país.

Si el relato se limitase a ello, no sería sino uno más de una larga lista de películas sobre robos a bancos, indiferenciables unas de otras. Lo cual no es obstáculo para que este robo sea un relato ágil, no ajeno a la tensión, convirtiéndose en legítimo pasatiempo. Espectadores añosos y/o cinéfilos seguramente evocarán a Rififí, entre muchos otros films. Siendo el libreto de Jorge Guerricaechevarría (Las brujas de Zugarramurdi, Crimen Ferpecto, La comunidad, Perdita Durango, El día de la bestia) el que confiere peculiar perfil a este relato formalmente “hollywoodiano”.

Las escenas iniciales en el banco, nos muestran a desesperados clientes rogando por el otorgamiento de préstamos o aplazamiento de pagos, enfrentando la frialdad de unos empleados que no hacen sino repetir consignas indicadas por sus superiores. A su vez estos bancarios y especialmente los de cierta jerarquía toman conocimiento de una inminente reducción de personal en todas las categorías.

Así en pocas escenas, el film parece adherirse a una visión de la banca que encaja perfectamente en una célebre frase atribuida a Bertolt Brecht (que no era comunista como prefieren algunos): “es más inmoral fundar un banco, que robar un banco”. Concepto ya insinuado en el propio título del film, creador de una cierta empatía entre los asaltantes y buena parte del público, sin convertir en héroes a estos delincuentes (ni a aquellos ubicados del otro lado del mostrador).

Muy subrepticiamente, el film contrapone las acciones de unos y otros: la sangre que se derrama es producto de balas policiales, en tanto uno de los representantes del orden señala que estos hombres son profesionales del robo pero no asesinos. Una impronta de raíz anarquista emana todo el film, denunciatorio de la corrupción del poder político, muy real en esta España azotada por desocupación y crisis económica. Aquello de que “todo film es político” es confirmado por este “thriller” ideológico, que sabe incluir breves y tenues pinceladas de humor y amor sin distingo de rangos.

El realizador ha sabido extraer los aspectos caricaturales del guión y los trabajos interpretativos se pliegan perfectamente a ello. El asaltante interpretado por Rodrigo de la Serna es apodado “el uruguayo” debido a su origen.

Sin lugar a dudas, 100 años de perdón ofrece rasgos extrapolables.

100 años de perdón” España / Argentina / Francia 2016. Dir.: Danel Calparsoro. Con: Luis Tosar, Rodrigo de la Serna, Raúl Arévalo.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“Lolo, el hijo de mi novia” (Fernán Cisnero)

El nene se volvió un lío para mamá

Esta es la clase de películas que quedan durante meses en cartelera a base del boca a boca de un público fiel y que sabe lo que quiere. Comedias como Dios mío qué hemos hecho, que estrenó el año pasado o la actualmente en cartel, Si Dios quiere funcionan mejor que otras que tienen más difusión.

Julie Delpy —la actriz de Blanc (Trois Coleurs: Blanc) de Krzysztof Kieslowski y de la saga iniciada con Antes del amanecer de Richard Linklater— desde hace años tiene una carrera como directora. En Uruguay se estrenaron 2 días en París y Verano del 79Lolo: el hijo de mi novia es su sexto largometraje.

Acá lo importante es la anécdota. Una cuarentona algo quisquillosa que trabaja en la moda conoce, de vacaciones en Biarritz a un señor simplón pero de buen corazón. Se enamoran lindo pero hay un obstáculo: el hijo de ella, Lolo que tiene 19 años es un bueno para nada y no se toma nada bien la nueva relación de su madre, que lo mima un poco de más.

Esa es la excusa para una comedia basada en los intentos del muchacho por boicotear al pretendiente en un estilo que bordea lo psicótico. Algunas tretas son simpáticas pero otras son tirando a peligrosas.

El guión de la propia Delpy y Eugene Grandval, no se detiene casi nada en explicar por qué el muchacho se comporta así con un tipo que es verdaderamente encantador. Esa es una carencia que se hace notar.

Desde los créditos iniciales, Lolo deja claro que se ubica en la tradición de la comedia popular francesa. Y a medida que avanza va dejando claro que su público sabrá disfrutar los guiños generacionales de sus sufridos protagonistas.

Lolo, el hijo de mi novia” Francia, 2015. Título original: Lolo. Directora: Julie Delpy. Guión: Delpy y Eugénie Grandval. Fotografía: Thierry Arbogast. Música:Mathieu Lamboley Con: Dany Boon, Julie Delpy, Vincent Lacoste y Karin Viard Duración: 139 minutos. Estreno: 19 de mayo.

Fernán Cisnero (El País, 24/05/2016)

“Parabellum” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Parabellum

Ambiciones que matan

Una ciudad de Buenos Aires convertida en urbe del futuro, amenazada por apocalíptica guerra mundial, es convincentemente sugerida por explosiones que saben distanciarse de la parafernalia del cine catástrofe y ciencia ficción con que nos invade la industria hollywoodiana. Edificios debidamente fotografiados, asépticos y despojados ambiente interiores, representan un tiempo futuro.

El clima y la ambientación se corresponden, en tanto unos personajes de los que nada se sabe (ni se sabrá) reciben entrenamiento (aparentemente de supervivencia), en aislado centro civil ubicado en el pintoresco delta del Tigre.

Allí comienza y termina este relato, que sin embargo se prolonga por setenta y cinco minutos que bien pudieran ser no más de veinte. Los escasos diálogos son absolutamente prescindibles y las largas tomas (ya desde el arranque) pueden reducirse considerablemente, con lo cual se hubiesen alcanzado una tensión y atención aquí desaparecidas a causa de una reiteración cuya función parece ser alcanzar la duración que le convierta en largometraje.

Lukas Valenta Rinner, realizador debutante y coguionista austriaco, ha declarado que su film responde a elementos manejados por los austríacos Thomas Bernhard o Arthur Schnitzler, a la vez dice jugar “con formas que no son comunes en el cine argentino”, si bien se inspira “definitivamente en cineastas argentinos”. Los signos de interrogación son el mejor comentario sobre esta autoapreciación.

Textos con pretenciosidad filosófica, irrumpen cíclicamente en cartelones que ocupan la totalidad de la pantalla.

Clásico film concebido para el circuito “festivalero”, ha recorrido las pantallas del mundo.

Parabellum es una vieja pistola de origen alemán, que con otras armas cuya marca desconocemos, se utilizan en los entrenamientos que aquí aparecen. Ello abre las posibilidades de que el film quizás pudo llamarse Winchester (confundiéndose con un western), Magnum (mimetizándose con Clint Eastwood), y hasta Aka 47.

Parabellum”. Argentina / Austria / Uruguay 2015. Dir.: Lukas Valenta Rinner. Con: Ana Godoy, Pablo Seijo, Martin Shanly.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“Buenos vecinos 2” (Pablo Staricco)

La comedia que dominó el déjà vu

Fuera del personaje protagónico que le brinda el título a Capitán América: Civil WarBuenos vecinos 2 es la pieza de ficción más estadounidense que se puede encontrar actualmente en la cartelera uruguaya.

La película, que continúa la historia de la hilarante primera parte estrenada en 2014, se enfoca nuevamente en el enfrentamiento entre la juventud y la paternidad, dos polos destinados a colisionar eternamente en la narrativa de comedia liderada por el actor, y nuevamente protagonista, Seth Rogen, uno de los egresados más exitosos de la escuela de adultos inmaduros dirigida por el cineasta Judd Apatow.

Por un lado, Rogen regresa junto a la británica Rose Byrne (quien también aparece en X-Men: Apocalipsis) como un matrimonio levemente soez, pero de palpable cariño mutuo, que se ven envueltos en un dilema inmobiliario cuando buscan vender su hogar, y la casa entra en un período de prueba en el que sus posibles compradores pueden retirar la oferta.

Así es que entran a escena las “antagonistas” del filme, un grupo de estudiantes lideradas por la actriz Chloë Grace Moretz que deciden abrir su propia fraternidad, cuando se topan con una realidad que tiene a las jóvenes universitarias como el objeto del divertimento de las fiestas realizadas por sus contrapartes masculinas, los frat boys, retratados como un grupo de neandertales cuyo único objetivo es acostarse con mujeres.

Es a través de esas integrantes de Kappa Nu que el equipo de guionistas –Rogen incluido– pondrán a los personajes de Buenos vecinos 2 a discutir, entre decenas de bromas dialogadas, sobre el feminismo y el rol menoscabado de las mujeres en el panorama universitario de las fraternidades.

El mensaje es necesario y cargado de optimismo, pero el filme también se apoya en escenas de pura comedia física en la que el director Nicholas Stoller da rienda suelta a una cámara delirante, que resulta extremadamente graciosa en una escena de persecución fuera de un partido de fútbol americano.

A pesar de que el duelo entre las universitarias y los adultos es el principal motor de comedia del filme, el actor Zac Efron es quien se roba todas las escenas en las que aparece. Como Homero Simpson, su personaje Teddy Sanders es tan estúpido como entrañable y hace de su musculatura una herramienta de magnetismo imparable, que solo potencia el contraste con las escenas en las que muestra su verdadero yo: un completo perdedor.

Buenos vecinos 2 está cargado de excesos y referencias contemporáneas –una broma que hace alusión a las acusaciones en contra de Bill Cosby, por ejemplo– que probablemente la vuelvan vetusta en pocos años, pero por el momento, pasa la prueba con resultados dignos.

Buenos vecinos 2” (Neighbors 2: Sorority Rising) Estados Unidos, 2016. Director: Nicholas Stoller. Elenco: Seth Rogen, Zac Efron, Rose Byrne, Chloë Grace Moretz, Dave Franco. Duración: 92′

Pablo Staricco (El Observador, 22/05/2016)

“El rey del Once” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Una mirada certera

El cine de Daniel Burman (El abrazo partido, Esperando al Mesías, El nido vacío, Dos hermanos, El misterio de la felicidad, etc.), se vertebra mayoritariamente sobre comedias no ajenas a lo dramático en torno a un conglomerado socio cultural al que pertenece y muy bien conoce: el de los judíos porteños. En esta ocasión vuelve sobre ese esquema, aunque abordándolo de modo particular.

Un judío porteño, radicado en Nueva York, retorna por motivos no muy precisos a Buenos Aires. Esa presencia de información parcial y difusa, extendida a todos aquellos de su colectividad con que el protagonista se encuentra, impide deliberadamente el desarrollo de una historia con formato tradicional, lo que no obstaculiza la construcción de un atractivo friso humano.

1) una sociedad de beneficencia cuyos múltiples alcances y organización aparecen casi entrelíneas, a través de beneficiarios y colaboradores de los que se proporcionan escasos datos; 2) los viejos amigos del protagonista, intercambiando frases breves y suficientes para reconstruir su pasado, definir el presente y atisbar el futuro; pautan este agudo retrato impregnado de elementos próximos al film documental, al gran reportaje sobre un nucleamiento humano.

La liviandad de los actuales equipos de filmación permite acrecentar esa sensación documental, al recorrer vertiginosamente galerías y comercios del barrio “Once”, la calle Pasteur durante las ruidosas horas del día o en la soledad de la noche. A la vez que imágenes y sonidos saben escapar de esa estentórea vorágine, registrando la intimidad de los silenciosos ámbitos religiosos o del hogar.

Justamente, esa abundancia de interrogantes (¿porqué la joven mujer judía esconde su vida bajo una mudez inexplicable, mezclada con tabúes religiosos?; ¿cuales son las oportunidades, o su ausencia, para un homosexual?; ¿cuál es el motivo de un aparente retorno a la religiosidad abandonada?, etc.) y la ausencia de un desenlace (o varios desenlaces) para cuanto aquí ocurre, conforman el imprescindible andamiaje dramático y estructural con el cual el realizador y guionista construye un título diferente sin desligarse de su “leit motiv” filmográfico.

En Burman –y con las distancias del caso- parecen aflorar resortes dramáticos y rasgos “woodyallenianos”, y entre estos, y no sabemos hasta donde, también los elementos autobiográficos.

El film no solamente cuenta con espléndidos actores profesionales, sino que sabe jugar con el “physique du rol”, de especial relevancia en ese antigalán que es Alan Sabbagh. No siendo difícil suponer que buena parte de los integrantes del “coro”, no hacen sino mostrarse a sí mismos.

Con muy buen cine, Burman ofrece un cuadro de solidaridad, quizás demasiado exento de debilidades humanas. Su film luce, lo cual no es reprobable, como un cariñoso homenaje a una comunidad con rasgos endogámicos.

Un porteño, y en mayor grado un judío porteño, hallará referentes que escapan a un “goi”, ni siquiera argentino. El muro con el nombre de las víctimas de la AMIA, es uno de los que nos fueran señalados.

El rey del Once” (El rey del Once). Argentina 2016. Dir. y guión: Daniel Burman. Con: Alan Sabbagh, Julieta Zylberberg, Usher Barilka.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“Kóblic” (Guilherme de Alencar Pinto)

No saben con quién

La historia se ubica en 1977 en Argentina, los “vuelos de la muerte” hacen parte de la premisa, y el clima general está impregnado de elementos específicos de la dictadura. Pero no sé si califica como un thriller político. En todo caso, es una película tan política cuanto lo podría ser Los cazadores del arca perdida debido a que los villanos son nazis. Si uno piensa en que una película debería ser siempre una herramienta de concientización del público, entonces puede sonar medio barato usar la dictadura —cada vez menos “reciente”, pero todavía con secuelas en las vidas y sensibilidades de muchos— como telón definidor del juego emotivo (por quién debemos hinchar, y contra quién). Por otro lado, asumiendo en forma menos obsesiva la posibilidad de un entretenimiento de corte clásico, no deja de ser grato apreciar que ya no hace falta en Argentina denunciar que hubo una dictadura o que la dictadura entrañó determinada cosa mala, y darlo sencillamente por asumido. Ni siquiera hay que explicar qué fueron esos vuelos en que militares tiraron gente desde un avión al Río de la Plata, ni quiénes eran esas personas: la narrativa lo trata como un dato de cultura básica. Como debe ser.

De todos modos, y en respeto al asunto, el clima es serio, muy distinto al éxito anterior de la dupla del director Borensztein y el actor Darín —la exitosísima y cómica Un cuento chino—. Hay mucho de los policiales de los años setenta (que con tanta frecuencia ostentaban un comparable telón de fondo político). Incluso en el concepto del título (que puede recordar Kojak, Columbo, Klute): el apellido breve, algo exótico, que pone el foco en el protagonista y combina con su carácter lacónico, pero también su poder de acción decisiva pero sin alardes. Tomás Kóblic llega a un pueblito recóndito de la provincia de Buenos Aires, con un pasado misterioso del que no quiere (ni puede) hablar mucho. Inevitablemente su presencia provoca algún revuelo, incluso sexual (la mujer más linda del pueblo se enamora de él, lo que termina de consagrarlo como macho alfa de la situación). El corrupto comisario local (que aparte de estar atento a la eventual presencia de algún subversivo, está metido en un negociado con un milico) empezará a antagonizarlo, y esto va a atraer también a un grupo adicional de villanos que habían estado vinculados a Kóblic en tiempos pasados. Kóblic intenta mantenerse en la suya, pero cuando realmente lo amenazan y lo lastiman, entonces ay, m’hijitos, no saben con quién se metieron.

Hay mucho de western: el forastero solitario que arriba al pueblito, perturba el orden corrupto y va a restablecer la justicia, los pasajes descampados, alguna cabalgata, e incluso un duelo en la calle casi desierta.

Darín hace de Darín, ligeramente adaptado en la caracterización física como oficial de las fuerzas armadas argentinas durante la dictadura (bigotes, gomina, lentes oscuros). Es uno de los pocos (si no el único) actores sudamericanos aptos para convencer en un papel de ésos: tiene la combinación de carisma, virilidad, y esa mirada impresionante que a veces parece ser la propia bondad e inocencia, y a veces es severa, fulminante. Su oponente, el comisario, está sostenido en forma debidamente repugnante por Oscar Martínez. El resto del reparto, sin embargo, es mucho más flojo que el par principal, y es donde salta el subdesarrollo en una película construida tan a lo yanqui. Por lo demás, este thriller sostiene el interés, elige muy bien sus modelos, es impredecible. Y opera una muy gratificante catarsis contra algunos personajes odiosos.

Kóblic” Dirigida por Sebastián Borensztein. Con Ricardo Darín, Oscar Martínez, Inma Cuesta. Argentina/España, 2016. Torre de los Profesionales, Grupocine Punta Carretas, Movie Punta Carretas, Alfabeta, Movie Montevideo, Portones, Costa Urbana, Punta Shopping, Colonia Shopping, Shopping Paysandú, Shopping Salto

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 02/05/2016)

“Capitán América: Civil War” (Gonzalo Curbelo)

Barajar y repartir de nuevo

Convertida ya en una de las principales productoras cinematográficas del mundo, Marvel Studios ha elaborado un complejo cronograma de lanzamientos relacionados entre sí (llamado Marvel Cinematic Universe), que llega hasta la próxima década y que, tomando como eje sus films de Los Vengadores -la mayor de sus franquicias- va alternándolos con películas dedicadas exclusivamente a integrantes de este grupo de superhéroes. Sin embargo, Capitán América: Civil War es un film difícil de clasificar dentro de este esquema: nominalmente es la tercera entrega de las aventuras en solitario del Capitán America, pero a la vez incluye al equipo más numeroso de Vengadores que se haya visto en la pantalla -así que bien podría considerarse la tercera de la saga conjunta-, e incluso le da tanto tiempo en pantalla al protagonista como a Iron Man, su oponente en esta ocasión, por lo que también podría considerarse el cuarto film del personaje acorazado interpretado por Robert Downing Jr.

En todo caso, la película llegó cuando las tres franquicias mencionadas -las del Capitán América, Los Vengadores y Iron Man- estaban algo debilitadas y perdían su momento hegemónico ante el regreso de Star Wars y otros blockbusters, y se necesitaba un producto que pudiera revitalizarlas. Capitán América y el soldado de invierno (2014) no había sido una mala película, pero sus escenas de acción y destrucción urbana no le aportaban gran cosa a lo que había expuesto antes Los Vengadores (2012). Iron Man 3 (2013) había sido inexplicablemente bien recibida por la crítica, que, confundida con algún film de Woody Allen, le elogió la “madurez y desarrollo” de sus personajes, sin notar que carecía de sentido del humor, que traicionaba el espíritu algo maligno y siempre empresarial de Tony Stark, y que el director Shane Black se pasaba media película homenajeando a su propia Arma mortal 2 (1989), a la que le copiaba varias escenas. Y Los Vengadores: la era de Ultrón (2015) fue el proverbial ratón parido por una montaña: luego de una agotadora y extensa campaña previa orientada a alimentar expectativas, cuando finalmente llegó resultó ser un extenso, confuso y aburrido desarrollo de las ideas ya vistas en su predecesora, que había adelantado casi todas sus escenas esenciales y los mejores gags en la campaña de tráilers previa. De cualquier forma, todas habían sido éxitos económicos, pero las señales de agotamiento y desinterés del público comenzaron a hacerse notar de manera inquietante para una compañía que ya promociona films a rodarse en 2019. Algo tenían que hacer, y ese algo fue esta condensación de las tres franquicias centrales del Marvel Cinematic Universe.

De símbolos y lealtades

No es necesario ser Ariel Dorfman (autor en 1975, junto a Armand Mattelart, de una interpretación izquierdista de los personajes de Disney llamada Cómo leer al Pato Donald) para encontrarle una clara -aunque no esencial- lectura ideológica a un personaje como el Capitán América, un rubio blanco y anglosajón que lucha por su patria con un disfraz que reproduce la bandera estadounidense, pero esa lectura tiene algunas aristas interesantes. Seguramente Stan Lee y Jack Kirby eran conscientes, cuando reflotaron en los liberales años 60 al personaje (creado por Joe Simon en 1940), de que sería insoportablemente chauvinista si se lo presentaba con una idiosincrasia conservadora, por lo que le otorgaron desde el principio características marcadamente progresistas. Si bien Steve Rogers (el hombre que se viste de bandera) era un patriota, los valores estadounidenses que se le asignaban eran el pacifismo, el antirracismo, el espíritu democrático y el antisexismo. Fieles a la costumbre de representar metafóricamente los cambios sociales y políticos de la contemporaneidad en sus historietas, Lee y sus guionistas llegaron incluso a hacerlo abandonar la actividad superheroica, decepcionado, en forma simultánea al escándalo de Watergate y la renuncia de Richard Nixon a la presidencia. Seguramente, en las décadas que han pasado desde que el personaje fue definido, a algún guionista lo habrá tentado presentarlo más patriotero, imperialista o fascistoide, pero básicamente ha sido siempre un soldado de Franklin Delano Roosevelt y el New Deal, no de Dwight Eisenhower y la Guerra Fría. El Capitán, así de rubio e inconfundiblemente yanqui como se lo representaba, era como una versión ficcional del progresista Robert Redford, quien de joven habría sido el intérprete soñado del personaje, y de hecho tuvo un rol en Capitán América y el soldado de invierno.

Por el contrario, Iron Man siempre ha sido, de forma cristalina, un personaje fácil de asimilar con la derecha. Tony Stark, el hombre detrás de la máscara, no sólo es un hipermillonario que siempre habla de sus inventos y nunca de quienes trabajan fabricándolos, sino también alguien cuya fortuna proviene de la venta de armas y que suele expresarse con el mayor cinismo acerca de su desagradable negocio (que abandona tanto en el cómic como en las películas, pero es parte de su pedigrí). Entre los principales enemigos del personaje estuvieron Mandarín y Dínamo Rojo, encarnaciones bastante evidentes de la China maoísta (y, por extensión étnica, de todos los revolucionarios de la antigua Indochina) y de la Unión Soviética. Y por si fuera poco, es un mujeriego.

Capitán América: Civil War está basada en algunos aspectos de una serie de cómics (un “arco temático”) llamada Civil War y publicada en varias de las revistas de Marvel entre 2006 y 2007, que enfrentaba a ambos personajes, enemistados por un acta gubernamental que ponía a los superhéroes bajo la supervisión del gobierno y los obligaba a revelar sus identidades. El paralelismo con las medidas antiterroristas de George W Bush era más que evidente, y en los cómics Iron Man y un buen número de héroes decidían acatar la disposición gubernamental, mientras que Steve Rogers (el álter ego del Capitán) se declaraba en rebeldía y combatía contra sus antiguos aliados. El argumento de la película es similar, pero introduce un par de variantes significativas.

Al igual que la recientemente estrenada y resistidísima Batman v Superman, esta película introduce dos factores que los cómics de superhéroes tienen incorporados por lo menos desde la legendaria novela gráfica Watchmen, de Alan Moore (editada hace ya, parece mentira, tres décadas). Ambos son aportes de corte realista, dentro de lo verosímiles que pueden ser estas historias: por un lado, batallas como las que suelen librarse en ellas, en las que se demuelen ciudades enteras, tienen que producir cientos -o miles- de víctimas, y enormes resentimientos; por otro, ante el pánico social que causaría la existencia de criaturas con poderes de dioses, los estados se apresurarían a legislar sobre el uso de esos poderes y a tratar de mantener a los superhéroes bajo control gubernamental (o directamente a combatirlos), algo que Marvel ya había introducido, mucho antes que Watchmen, con la fobia a los mutantes en X-Men. Pero la principal diferencia entre los cómics originales y el film Civil War es que en este último es la ONU la que decide intervenir a Los Vengadores -y no sólo el gobierno de Estados Unidos-, debido a las numerosas muertes civiles causadas por sus superbatallas (que son traumáticas para Iron Man, pero al parecer no para el Capitán embanderado), y sin preocuparse por la investigación de la privacidad de los personajes. La rebeldía de Rogers, entonces, se vuelve casi el capricho individualista de un supersoldado que se niega a aceptar órdenes de nadie, y contradice el espíritu del personaje, no sólo en las historietas sino también en los films anteriores. Puede parecer una diferencia menor, pero para los observadores es bastante molesta, ya que, como señaló la columnista de política Amanda Marcotte, hace que Rogers deje de ser un demócrata patriota pero garantista y se convierta en algo próximo a los libertarians, esa corriente de derecha independiente que vive quejándose de cualquier intervención estatal. Pero abandonemos esta lectura fina, próxima a la interpretosis, y vayamos a la película, que es lo bastante buena como para hacer olvidar esas aristas antipáticas.

Choque de titanes

Capitán América: Civil War es poco efectiva en sus aspectos serios, no sólo en los ideológicos ya mencionados, sino también en los de relaciones humanas. Carece de la calidez entrañable con la que Rogers era presentado en la primera película y de la soledad de desplazado que irradiaba en la segunda. Al mismo tiempo, Stark no es el ingenioso e irónico playboy de antes, sino alguien más traumatizado y lúgubre (igualmente redimido por Robert Downey Jr, brillante como de costumbre). Pero si en estos aspectos tambalea un poco, en el plano del mero entretenimiento es tal vez uno de los films más divertidos y espectaculares de Marvel Studios, sólo comparable con la casi perfecta Guardianes de la galaxia (James Gunn, 2014). Las batallas entre los numerosos héroes son coreografías aceleradas, que intercalan efectos especiales de última generación con acrobacias intrincadas y una edición vertiginosa pero clara. A pesar de que los personajes son más numerosos que nunca, no se amontonan y se estorban como en La era de Ultrón, sino que asumen roles primarios y secundarios sin conflictos jerárquicos, y, de hecho, algunos de los secundarios terminan siendo lo mejor del film. Paul Rudd, en sus escasos minutos como Ant-Man, consigue las mayores risas de la película, y el ignoto Tom Holland resulta ser el Hombre Araña más divertido que se recuerde.

Hay muchos personajes nuevos, o casi, y una concepción visual general más próxima que nunca a las viñetas de cómic: los hermanos Russo dirigen con mucho mejor sentido dinámico que en la ocasionalmente abrumadora y estirada Soldado de invierno. Pero, sobre todo, Capitán América: Civil War realiza a la perfección la difícil tarea mencionada al comienzo: les aporta aire fresco a unas franquicias tan enormes y sobreproducidas que cada pequeño paso atrás resonaba como una estrepitosa caída. Ese era el objetivo principal, y la película lo cumple con creces. Lo demás son quejas

de los que nunca estamos conformes con nada.

Capitán América: Civil War” (Captain America: Civil War) Directores: Anthony Russo y Joe Russo. Elenco: Chris Evans, Robert Downey Jr., Scarlett Johansson, Sebastian Stan, Anthony Mackie, Emily VanCamp. Duración: 146′

Gonzalo Curbelo (La Diaria, 10/05/2016)

“100 años de perdón” (Fernán Cisnero)

El plan no salió como esperaban

El atraco a un banco siempre es una buena excusa para que una película pueda administrar acción y suspenso. Un buen ejemplo reciente es El plan perfecto que funcionaba mejor como policial que como película de Spike Lee.

Acá hay un grupo de atracadores liderado por “el uruguayo” (Rodrigo de la Serna) y “el gallego” (Luis Tosar) al que el robo de un banco con toma de rehenes se les empieza a complicar.

Por un lado, se les frusta el plan de escape y, encima, en las cajas de ese banco se esconde un secreto que puede hacer que caiga el gobierno, aunque nunca quede del todo claro cómo es que eso va a pasar. Los cien años de perdón del título dejan en evidencia que en esta historia no hay buenos: son ladrones robando a otros ladrones.

Así es que el guión de Jorge Guerricaechevarría (habitual colaborador de Alex de la Iglesia desde los tiempos de El día de la bestia), intenta hablar de otras cosas más allá de la trama policial: hay apuntes sobre la corrupción política, el papel de los medios y la voracidad de los bancos, por ejemplo.

Pero, en todo caso, lo mejor de la película pasa por la acción policial y algunos toques de humor (la acumulación de traspiés del plan, por ejemplo, los acerca a Los desconocidos de siempre más que a Rififí)

El director Daniel Calparsoro tiene una larga e irregular carrera en el cine español. Comenzó en la década de 1990, como un joven inquieto (en Uruguay se conoció Asfalto), una característica que, dicen, ha ido limando en territorios más convencionales del cine de género o películas para televisión. 100 años de perdón es considerado un intento por recuperar algo de aquel prestigio y una nueva oportunidad.

Es una película coral por lo que el elenco es importante e incluye además de De la Serna, otras caras conocidas de la televisión argentina como Luciano Cáceres y Joaquín Furriel. También hay españoles destacados como José Coronado, Raúl Arévalo y Patricia Vico.

La película es bien comercial y eso resulta en un estilo bastante impersonal, con algunos preciosismos visuales, un buen manejo de la música y poco más. Es entretenida y funciona como un ejemplo español de un género forastero, aunque todo el entramado político queda más cerca de una involuntaria parodia que de una intención de denuncia.

100 años de perdón” España, Argentina, Francia, 2016. Dirección: Daniel Calparsoro. Guión: Jorge Guerricaechevarría. Fotografía: Josu Inchaustegui. Montaje: Antonio Frutos. Música: Julio de la Rosa. Diseño de producción: Juan Pedro de Gaspar. Dirección artística: Ángela Nahum. Vestuario: Patricia Monné. Con: Luis Tosar, Rodrigo de la Serna, José Coronado, Patricia Vico, Marian Álvarez, Joaquín Furriel, Luciano Cáceres, Luis Callejo, Miquel Fernández. Duración: 96 minutos. Estreno: 12 de mayo.

Fernán Cisnero (El País, 12/05/2016)

“Boi Neón” (Mariángel Solomita)

Boi-Neon

Los vaqueros modernos del Brasil

El cineasta brasileño Gabriel Mascaro dice que siempre que se escribe o se filma sobre el sertão se presenta como un lugar del que todos sueñan irse. Por eso quiso que Boi Neon, su segundo largometraje de ficción, tuviera personajes de esa región pero sin intenciones de escapar. Este director se enfocó en armar un ambiente que funcionara como un espejo de una transformación más profunda y moderna del nordeste, relacionada al crecimiento económico.

Mascaro nació en Recife y lleva 32 años viviendo allí, cerca del océano. Fue viajando por su país y observando las distintas culturas que conviven que notó, por ejemplo, que la ropa que usan sus vecinos surfistas se confecciona en un polo industrial textil en medio del desierto. Recorriendo esta zona (la misma donde sitúa a su film), vio cómo varios vaqueros trabajan con bueyes vistiendo bermudas playeras. “Este es un detalle simbólico de lo que quería investigar: cómo un espacio se transforma, cómo el crecimiento económico impacta en las vidas y en los espacios, a veces de forma consciente y otras inconsciente”, explica.

Otra vez, en una vaquejada, observó entre el público a algunos hombres con aparatos odontológicos en los dientes, pelos lacios y largos, y cejas depiladas. “Pensé que era una contradicción interesante para problematizar el desarrollo y cómo se van actualizando algunos imaginarios, porque cuando uno piensa en el nordeste no piensa en este tipo de hombre, y ahora existe. La imagen de la cultura cowboy es muy clásica, está muy masculinizada y me propuse quebrar con eso, pero no de una manera naif. Lo opuesto hubiera sido que hubiera sugerido la historia de un vaquero gay, pero no. Acá muestro a un vaquero que le gusta trabajar con el ganado, es heterosexual, y que además quiere diseñar ropa femenina, porque ahora puede hacerlo, ¿y cuál es el problema?”, dice. “Se trata de mostrar cómo los sueños se expandieron. Cómo por primera vez cierta gente puede pensar en dedicarse a otras actividades, a consumir otros productos, y preferir otras estéticas”.

Lejos de Globo.

Boi Neon está protagonizada por un grupo de vaqueros (hombres, mujeres y niños) que llevan a sus animales de un rodeo en otro en un camión donde además viven. Como los bueyes, los vaqueros comen, orinan y tienen sexo en el campo. El director plantea unos personajes atípicos, que no están definidos ni por su rol en el grupo ni por su género. En este film, un hombre que se plancha el pelo puede ser más deseado que un capataz musculoso. Y aunque es de factura independiente está protagonizado por uno de los nuevos galanes de TV Globo, Juliano Cazarré (Avenida Brasil, Rastros de mentiras).

Tan híbrido como sus personajes lo es el tipo de registro, porque parece haber filmado de forma documental una ficción. “Esta es una película de conflictos diarios, mínimos, que el propio cotidiano ofrece como desafíos”, dice.

Boi Neon se exhibirá en la Sala Zitarrosa el 17, 19 y 26 de mayo. Es una coproducción con la productora uruguaya Malbicho Cine. En los créditos figuran Fabián Oliver en sonido, Fernando Epstein en montaje y Abigail Pereira en el elenco. “Me dijeron que eran ideales para el tipo de proceso que yo buscaba hacer y quedé encantando con ellos”, asegura el cineasta.

Fue seleccionada en más de 40 festivales de cine. En el de Venecia ganó el Premio del Jurado. ¿Qué hace que este film sobre rodeos y moda en el desierto brasileño sea tan especial? Mascaro tiene dos películas (Vientos de agosto también consiguió destacar internacionalmente) y varias obras audiovisuales de carácter artístico (la más conocida es Doméstica), o sea, es un artista que además hace cine. Sus films no tienen una forma ni un contenido tradicional. Sus objetivos son, se podría decir, ensayísticos. Y sus intenciones narrativas están calculadas. Es al descubrir cómo descompone los estereotipos a los que estamos habituados que la película toma una dimensión mayor y se vuelve realmente interesante. Este tipo de lenguaje autoral convierte a sus películas en objeto de admiración o no. No es un cine para todo público.

Distinto.

Mascaro coordinó un grupo de actores profesionales y uno sin experiencia, y los hizo ensayar en base a ejercicios (dejando afuera el guión). Recién cuando logró un relacionamiento familiar entre ellos (y entre ellos y los animales), empezó a rodar.”Mi proceso no es estructurado. Tengo una idea fuerte pero necesito trabajar con una atmósfera flexible, donde la sorpresa se filtre”, explica.

“Los rodajes fueron extraños para un actor como Juliano. Me preguntaba, ¿nunca vas a decir corte? Y es que a mí no me interesa la acción de la escena: quise armar una escena que empieza antes de la acción y termina después de la acción. Digamos que busco lo que pasa luego de una curva, cuando todo se normaliza y se vuelve ordinario.”

Boi Neon es un film que se recibe como una sorpresa. Es la oportunidad de ver otra cara del Brasil. Una cara fresca, novedosa, que se observa al espejo para constatar que si se mira con atención, podrá ver esos gestos en los que ha ido cambiando.

Boi Neón” (Boi neon) Brasil, 2015. Director: Gabriel Mascaró. Elenco: Juliano Cazarré, Alyne Santana, Carlos Pessoa, Vinicius de Oliveira, Abigail Pereira. Duración: 101′

Mariángel Solomita (El País, 14/05/2016)

“X-Men: Apocalipsis” (Fabián Muro)

Mutantes a la orden para salvar este mundo

Al lado de los X Men, Los Vengadores son un ejemplo de funcionalidad y armonía. Y eso que Los Vengadores vienen de una guerra civil. El grupo de mutantes conocido por la denominación X (algo de un genoma, no importa) tiene más problemas que superpoderes.

Los más jóvenes, por ejemplo, compiten para ver quién es más “popular” o menos “nerd”, en una clara referencia a miles de películas ambientadas en los liceos de Estados Unidos, con historias sobre ser aceptados o marcar un camino propio. Los más veteranos, en tanto, tienen serios conflictos sentimentales, con triángulos amorosos no resueltos y también hay conflictos de liderazgo, aunque Charles Xavier siempre termina ungido como líder. No tanto porque domine mentalmente a sus adversarios, antes por el contrario: Xavier emerge como líder no porque se imponga sino porque, de alguna manera, termina siendo admirado por los sacrificios que hace. Para él, el poder sólo se usa excepcionalmente.

Y vaya si hay una excepción en esta película, donde un antiguo mutante —malo como la plaga bíblica que azotó Egipto— despierta tras siglos de letargo. Nunca quedan demasiado claros los alcances de sus poderes, pero el mero nombre del personaje (Apocalipsis) alcanza para saber que este villano no se detendrá destruyendo solo a una ciudad o un país. Lo que está en juego es el planeta entero.

Apocalipsis es interpretado por Oscar Isaac, un actor que venía en una racha ganadora. Acá se corta esa seguidilla. Principalmente porque no lo dejan actuar: maquilladísimo, con una voz alterada por efectos digitales y un traje pesado que le dificulta el movimiento, Isaac es una cosa que se mueve laboriosamente en la pantalla, no un actor.

Michael Fassbender, el eternamente acomplejado Magneto y la contracara perfecta de Xavier, no es esta vez el villano principal, pero es como si lo fuera, porque él sí tiene amplio espacio para demostrar su talento actoral, que no es poco pero tiene sus límites. Al menos en esta película, no es tan bueno para los grandes y dramáticos gestos como sí lo es para las miradas y las sutilezas emocionales.

Apocalipsis va juntando aliados, igual que el poderoso Xavier, para el enfrentamiento final. En ese camino hacia el duelo último está lo mejor de la película, porque ahí es donde se despliegan varios de los poderes de los personajes, que son rutilantes y coloridos.

Es cierto que la telepatía es de lo más difícil de representar, pero exceptuando a Xavier y Jean Grey (los dos telépatas de la película), los demás tienen poderes visualmente muy llamativos: rayos que salen de los ojos, rayos que salen de las manos, actos de desaparición envueltos en humos azules, centellas que surcan la pantalla y metales que se retuercen y viven con unos gestos de Magneto.

Además, acorde a un universo narrativo marcado por las angustias y urgencias de la adolescencia, los X Men y sus adversarios siempre tienen los vestuarios más vistosos y brillantes (menos Isaac, claro) de todos los superhéroes que en los últimos años han dominado el cine blockbuster.

Todas esas golosinas para los ojos no son suficientes, sin embargo, para que nos olvidemos de cierta pesadez narrativa, algo a lo que los dueños de la marca parecen estar obligados para no dejar a nadie afuera. Hay que volver a explicar mucha cosa si no se han visto las siete películas anteriores, explicaciones que le quitan tiempo a la acción o al desarrollo de nuevos personajes.

Bajo las órdenes de Bryan Singer, la franquicia es como una de esas naves gigantes que, imparables, atraviesan los mares (o los cielos) e imponen su considerable poder. Pero lo hacen en un despliegue de fuerza que viene acompañado de colores y fuegos artificiales, como para que no nos demos cuenta que los superhéroes y los supervillanos nos han invadido y se han apoderado de todas las pantallas del mundo, grandes y chicas.

X-Men: Apocalipsis” Estados Unidos, 2016. Título original: X-Men Apocalypse. Director: Bryan Singer. Guión: Simon Kinberg. Fotografía: Newton Thomas Sigel. Música: John Ottman. Con: James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Oscar Isaac, Nicholas Hoult, Olivia Munn, Evan Peters, Rose Byrne, Tye Sheridan, Sophie Turner, Lucas Till. Duración: 131 minutos. Estreno: 19 de mayo.

Fabián Muro (El País, 20/05/2016)