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“Capitán Phillips” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Tom de América

El cine ha hecho de Tom Hanks el representante por excelencia del individualismo triunfante, del optimismo inherente a una estereotipada imagen del “american way of life”. Enfrenta el sida en Filadelfia; supera heroicamente deficiencias mentales y es testimonio de instancias clave en la reciente historia de una nación heroica, los EEUU, en Forrest Gump; es un héroe de guerra en la posmodernista y desmitificadora Rescatando al soldado Ryan; emerge victorioso de su accidentada aventura espacial en Apolo 13; supera la recesión en Larry Crowne; es un moderno Robinson Crusoe en Náufrago, …y en Capitán Phillips es capitán de un portacontenedores asaltado y secuestrado por piratas somalíes.

Algunos de estos personajes fueron reales y el capitán Phillips, en cuyo relato se basa el film, fue uno de ellos. Lo cual no impide a la realización de Paul Greengrass transitar los más típicos estereotipos del patriotismo hollywoodiano: los piratas son malvados (además de negros tercermundistas, sin parentesco con los heroicos filibusteros encarnados por Errol Flynn; ni con los Morgan y asociados —apadrinados por la corona británica en lejanos tiempos—, que no deben confundirse con los banqueros del mismo nombre; o quizás sí), y el salvataje a última hora dice presente aunque no corre por cuenta del 5to. de Caballería sino por la más húmeda marina de guerra; los reclamos de representantes de pueblos famélicos tendrán como respuesta que los cargamentos de alimentos provenientes de los EEUU los tienen como destinatarios, y, desde luego, el héroe único, impoluto, se salvará. Infidencia de esta nota que seguramente no sorprende a nadie, al margen de que desconociera o no los “hechos verídicos”.

No debe olvidarse que Hollywood es también una fábrica de productos a veces atractivos, generalmente bien narrados, destinados a entretener con peligrosas aventuras agilmente contadas. Ello ocurre en un primer tercio de Capitán Phillips, donde el abordaje y toma del moderno portacontenedores crea el suspenso de muchos otros films basados en la fórmula copamiento de un sitio (vivienda, banco, ómnibus…), privación de libertad de sus legítimos ocupantes, y solución legal con castigo a los culpables. Pero ocurre que existen aquí dos tercios restantes, donde el ritmo se empantana, los escenarios se minimizan, y los gritos, temores y amenazas intercambiados por el héroe y sus secuestradores en el interior de un pequeño navío se tornan en reiterativo y monótono recurso.

Seguramente la peripecia real del verdadero capitán Phillips fue mucho más dramática y menos agitada, pero no encajaría en el cine de ese buen actor condenado a simbolizar el optimismo siempre triunfante de hombre común (norteamericano, “of course”). Digno sucesor del James Stewart del “rooseveltiano” universo de Frank Capra.

En 1972, los norteamericanos David Manning White y Richard Averson, señalaban, en su estupendo ensayo “El arma de celuloide”, que los films hollywoodianos “incorporan el principio del placer del entretenimiento masivo, pero lo trascienden, utilizando el medio cinematográfico para expresar una crítica social destinada a llamar la atención del público hacia diversos problemas sociales. Son expresamente, y en el sentido más amplio del término, films de propaganda, y sus productores, directores y guionistas pueden calificarse con razón de persuasores sociales que enarbolan el arma de celuloide”. Curiosamente, décadas antes y con ideología diametralmente opuesta (o quizás no tan opuesta), Lenin utilizaba los mismos argumentos y dictaba normas a los cineastas soviéticos.

“Capitán Phillips” (Captain Phillips). EEUU, 2013. Dir.: Paul Greengrass. Con: Tom Hanks, Barkhad Abdi, Barkhad Abdirahman.

Álvaro Sajurjo Toucon (Semanario Crónicas, 15/11/2013)

“Regreso con gloria” (Fernán Cisnero)

En paz con la historia

No hay arte más autorreferencial que el cine: abundan las películas sobre el cine y muchas romantizan la industria de Hollywood y sus protagonistas.

Regreso con gloria está a mitad de camino: es la historia de Dalton Trumbo condenado por esta misma industria que hoy lo eleva a la categoría de héroe. Es una reivindicación necesaria y una limpieza de conciencia innecesaria; en ambos casos merecía una mejor película.

Trumbo era un guionista talentoso y un comunista convencido al servicio de los capitalistas de Hollywood, una contradicción que no lo apuraba. Sus desplantes eran aceptados porque realmente era bueno en lo que hacía: se le ofreció el que fue el mejor contrato para un guionista de su generación. Pero eran malos tiempos para la rebeldía y Trumbo cayó en desgracia como parte de los llamados “10 de Hollywood”.

Algunos la pasaron muy mal pero Trumbo se las ingenió para seguir en activo disimulado tras seudónimos o testaferros. En esas condiciones ganó dos Oscar y fue un ejemplo de la ridiculez de la caza de brujas que cayó sobre la industria del cine con anuencia de la patronal. Terminó reivindicado cuando un negocio más adaptado a los nuevos tiempos, lo volvió a recibir como uno de los suyos y pudo firmar los guiones de Espartaco y Éxodo, dos exitazos.

Las bases de esa historia están, claro, en este biopic dirigida por Jay Roach y con Bryan Cranston en el papel principal, que bien mereció su nominación al Oscar como mejor actor. Es un mérito importante porque consigue humanizar un personaje presentado desde sus grandes rasgos (comunista, padre de familia ausente, pendenciero, fumador tenaz que solía escribir en su bañera) y evita hacer escalas más profundas en un personaje que debería tener una riqueza mayor.

Roach (La familia de mi novia) consigue alguna originalidad en el uso de imágenes documentales pero se maneja con prudencia y perfil bajo, hay algún secundario interesante (no el depresivo de Louis CK pero si el expansivo de John Goodman) y un discurso final sobre la libertad funciona en su intención de emocionar. Pero es una película anodina, un adjetivo que Trumbo nunca mereció.

Regreso con gloria (Trumbo) Dirección: Jay Roach. Guión: John McNamara, basado en un libro de Bruce Cook.

Fernán Cisnero (El País, 26/03/2016)

“El libro de la selva” (Nicolás Tabárez)

El encanto de la selva

Las historias son conocidas, pero no por ello dejan de funcionar. Disney lo ha mostrado varias veces a lo largo de la historia, tomando cuentos clásicos y convirtiéndolos en películas igualmente famosas. En los últimos tiempos, tanto el estudio del ratón Mickey como otras empresas del mundo del cine han recurrido a nuevas versiones con actores de carne y hueso en lugar de los clásicos animados.

En el marco de esa tendencia se produce la nueva versión de El libro de la selva que hoy llega a los cines locales. Claro que el único humano en la película es Mowgli, (interpretado por el debutante Neel Sethi), mientras que los animales que lo acompañan son generados de forma digital.

Igualmente, la tecnología ha avanzado hasta el punto donde el realismo de las criaturas y los escenarios es creíble, aunque no al punto de igualar a la realidad. De todas formas, la expresividad de los animales y la majestuosidad de la selva muestran que los recursos técnicos permiten ahora hacer estas adaptaciones de “acción real”.

Esa es la principal novedad de esta versión, que por lo demás narra la historia conocida del niño abandonado en la selva, criado por lobos, y que con la ayuda de la pantera Bagheera y el oso Baloo debe enfrentar al tigre Shere Khan, que lo considera una amenaza por tratarse de un humano, una especie que domina el fuego y que, por lo tanto, tiene un gran poder destructivo.

A pesar de eso, la innovación visual, el talento de los actores que prestan su voz para los animales (y que incluye a nombres destacados como Bill Murray, Scarlett Johannson, Lupita Nyong’o, Ben Kingsley e Idris Elba) y el espíritu de aventura de la historia son suficientes para que esta nueva versión sea tan efectiva al momento de entretener como sus antecesoras.

Ese espíritu aventurero, determinado por la ambientación selvática y la idea del hombre conviviendo en solitario con los animales, es lo que logra hacerla una historia que se ha mantenido a lo largo del tiempo como sucede con otras como la de Tarzán (que también retornará al cine este año, con La leyenda de Tarzán). Tanto las historias de “el rey de la selva”, publicadas por primera vez en 1912, como las aventuras de Mowgli (escritas por Rudyard Kipling en 1894) provienen de una época donde por una parte se concebía inequívocamente al hombre como dominador de la naturaleza en un tiempo en el que el ambientalismo y el ecologismo daban sus primeros pasos, en la intención de proteger a los animales de la caza indiscriminada.

Tanto Tarzán como Mowgli ayudan a los animales y los cuidan de los peligros naturales y humanos. Estos personajes son hijos de su tiempo, pero también son actualizaciones de relatos antiguos (como el de Rómulo y Remo), que incluso tienen su correlato en la realidad, con historias como la del niño francés Victor de Aveyron, encontrado en 1799 en esa localidad.

También son historias que se mantienen porque reflejan la incursión a lo desconocido y lo salvaje. Por más que hoy en día visitar la selva o ver animales salvajes sea más fácil que hace cien años, sigue siendo un mundo extraño y lejano.

Además, la presencia de los animales que hablan e interactúan con los humanos, compartiendo su sabiduría y sus habilidades, es un recurso para apuntar y conquistar al público infantil al que principalmente está dirigido esta película.

El éxito de este tipo de historias es tal que incluso Warner Brothers planea lanzar una versión similar al estreno de Disney de hoy. Se llama El libro de la selva: orígenes, y cuenta en su reparto con actores como Benedict Cumberbatch, Cate Blanchett y Christian Bale.

Sin embargo, el éxito inicial que está experimentando El libro de la selva de Disney llevó a Warner a postergar el estreno (originalmente previsto para octubre de 2017) para un año después, para evitar que dos filmes tan similares se vean obligados a competir directamente.

De todas formas, y a pesar de que se trate de un relato familiar, El libro de la selva es una película atractiva desde todo punto de vista, que vale la pena para la flamante temporada otoñal, a la vez que renueva un formato de historia conocido pero efectivo.

Opinión: El viejo Disney se actualiza

La versión 2016 de El libro de la selva toma mucho de la versión animada de 1967, no solo por el desarrollo de la trama (que a su vez está basada en el libro original), sino también parte de su banda sonora, y recursos del Disney clásico, como el hecho de que los personajes empiecen a cantar una animada canción en el medio de sus discursos. Si bien apunta directamente a un público infantil (sin los guiños adultos a los que ha acostumbrado Pixar a la audiencia), el poderío visual puede convencer al adulto acompañante. De hecho, es de esos raros casos en los que conviene ver la película en 3D. La expresividad gestual y vocal de los animales –que los hace sentir sumamente reales–, el encanto de su protagonista humano y lo impresionante de la selva hacen que esta versión sea encantadora, entretenida y una experiencia de inmersión poco habitual en estas reversiones de cuentos clásicos.

El libro de la selva” (The Jungle Book) Estados Unidos, 2016. Dirigida por Jon Favreau. Basado en libros de Rudyard Kipling. Con Neel Sethi.

Nicolás Tabárez (El Observador, 07/04/2016)

“Corazón de perro” (Agustín Acevedo Kanopa)

Los ladridos de la máquina

Laurie Anderson no necesita presentación, y como con toda persona que no necesita presentación, uno termina incurriendo rápidamente en la traición de ese enunciado cuando escribe sobre ella. Performer, autora de canciones y textos, cantante, violinista, directora de cine e incluso inventora (es una particularísima luthier que supo desarrollar algunos de sus instrumentos combinándolos con dispositivos tecnológicos), la estadounidense Anderson corresponde como pocas personas a la categoría de artista total. No deberíamos plantear este tema desde los exclusivos criterios de la vanguardia, ya que lo que la ubicó en esa posición en el terreno del arte no fue, o no solamente, su forma de adelantarse, a veces de manera perturbadoramente certera, a contextos y acontecimientos que terminarían haciéndose realidad muchos años después (en ese sentido cabe señalar sus composiciones sobre tecnología y aviones, y cómo, de alguna manera, encapsuló en forma premonitoria la caída de las Torres Gemelas del 11 de setiembre de 2001), sino el delicadísimo equilibrio que logró en la tensión entre el pop y lo experimental, una capa exterior del verdadero asunto central en su obra, que es la relación entre lo tecnológico y lo humano.

Todo esto puede resumirse en un video de comienzos de los años 80, O Superman, sobre la composición musical del mismo nombre que llegó, de forma muy poco previsible, al número dos del ranking de éxitos inglés (el simple, de 1981, había sido lanzado en una pequeña tirada por un sello de escaso poderío). En él, Anderson, comenzando con la referencia a una ópera de 1885 (Le Cid, de Jules Massenet), hablaba, sobre una base electrónica minimalista, acerca de tecnología y de la imposibilidad de comunicación en tiempos de máquinas contestadoras, misiles y aeronáutica, todo entremezclado con referencias al Tao Te King, al historiador griego Heródoto y al entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan. Todo eso podría parecer una chorrada intelectualoide, pero el video calaba en un extraño recoveco humano y doloroso, y más allá del contenido de la composición, la clave era la voz de Anderson, que incluso mediada por efectos del procesador electrónico llamado vocoder se abría como un puente, un extraño tejido orgánico y cálido dentro de los circuitos de la máquina. Esa voz, con una dicción que hacía en el terreno del habla lo que Kate Bush hacía en el baile, la dejaba en un espacio entre dos mundos, una versión tecnológica de lo que David Bowie ponía en juego entre lo humano y lo alienígena.

La muerte que ronda

La voz de Anderson es nuevamente, 34 años después, el elemento que oficia como médium para llevarnos a través de Corazón de perro, película-ensayo que la artista realizó tras la muerte de su perra Lolabelle y que se refiere también, sin duda (como una figura fantasmal, pero que parece más presente en la medida en que no es mencionado) al músico Lou Reed, que fue su pareja desde fines de los años 90 hasta su fallecimiento en 2013.

Armada en base a reflexiones y a diversos extractos de filmaciones previas, la película se conforma como un ensayo sobre la pérdida, salpicada por referencias al mencionado 11 de setiembre, tecnología y, fundamentalmente, el Libro tibetano de los muertos. Detrás de las tres muertes que parecen sostener el relato (la de Lolabelle, la de Reed y también la de la madre de la artista), parece volar en círculos, como los halcones a los que hace referencia Anderson, la reflexión sobre su propia vejez, una vejez curiosísima e incluso paradójica para una persona que siempre pareció jugar dentro del carácter inmortal de lo tecnológico.

Habría sido muy tentador que la autora diera rienda suelta a esa especie de hibridación entre lo tecnológico y lo budista en que han incurrido algunos autores en los últimos tiempos (con el filósofo británico Nick Land como uno de los teóricos más radicales en ese terreno), pero Corazón de perro termina resultando uno de los trabajos más orgánicos, humanos y transparentes (todos términos a interpretar en su literalidad, no en su valor metafórico) que haya hecho la artista.

Incluso a la hora de acercarse a temas más concretamente políticos, como los dispositivos de seguridad establecidos después de la caída de las Torres Gemelas, su enfoque resulta particularmente anecdótico y personal. Para hablar de eso, menciona que una vez sacó a pasear a Lolabelle por una zona árida de California y vio unos halcones planeando por encima de ellas. En determinado momento, uno de esos halcones voló más bajo, aproximándose a la perra y dándose cuenta, en medio del acecho, de que era un animal distinto a los que solía cazar, y más pesado. Anderson dice que en ese momento se dio cuenta de que Lolabelle tenía miedo, porque percibía que en el ave que nunca había visto antes había un peligro, desconocido pero muy real. Sin explicar nada, sólo por una cuestión de cercanía de conceptos, el vuelo de los halcones y el mencionado terror ante algo desconocido aúnan la imagen de la “guerra contra el terrorismo” y el constante patrullaje de las fuerzas estadounidenses en territorios ocupados, quizá haciendo una referencia a la presencia invisible y aniquiladora de los drones empleados en la actualidad. A su vez, en una segunda asociación, Anderson extiende su reflexión acerca de la paranoia en referencia a las campañas realizadas en estaciones de subterráneo y aeropuertos con la consigna If you see something, say something (“si ve algo, diga algo”), en la que se insta a los pasajeros a colaborar con las fuerzas de seguridad, reportando cualquier cosa que les parezca sospechosa. La directora y narradora cita muy hábilmente a Ludwig Wittgenstein en relación a la palabra y la realidad, algo que además parece jugar longitudinalmente con la obra de la propia Anderson, y en especial con la canción “Language Is a Virus” (el lenguaje es un virus), del concierto/film Home of the Brave (1986), evidente referencia al escritor William S. Burroughs (con quien bailaba un tango en el escenario).

Anderson puede tomarse todas esas licencias teóricas y aun así lograr que todo parezca una confesión hecha en la naturalidad de la cocina de su casa. El estilo toma bastante prestado de Chris Marker (1921-2012), aunque quizá Corazón de perro no llega al nivel de ese cineasta francés en el soporte visual con que la directora sostiene las sugerentes metáforas e ideas que va hilvanando. En su mayoría son imágenes bastante abstractas, con un uso un poco cansador de las mismas referencias a un vidrio mojado o empañado, y uno piensa que la obra podría haber funcionado igual o mejor como un audiolibro.

Quizá el momento más poderoso del film es aquel en el que Anderson recuerda la muerte de su madre, y habla de cómo no pudo sentir que la amara, intentando recordar el momento en el que se sintió más cercana a ella. En esa búsqueda, cuenta que una vez, cuando paseaba a su hermano menor en un cochecito sobre un río congelado, el hielo se quebró y el bebé se hundió con el cochecito. Anderson se zambulló, rescató al niño y después al cochecito, y cuando volvió a su casa, angustiadísima, y le contó a su madre lo que había pasado, lo único que ella atinó a decirle fue: “Nunca imaginé que fueras… tan buena nadadora”. Este es el recuerdo de la relación con su madre que la artista eligió; ni más ni menos que literatura.

Corazón de perro” (Heart of a Dog), dirigida por Laurie Anderson. Estados Unidos/Francia, 2015.

Agustín Acevedo Kanopa (La Diaria, 11/07/2016)

“Batman: La broma mortal” (Pablo Staricco)

Batman y el Guasón vuelven al cine por una sola noche

Se estrenará en Uruguay la película animada Batman: la broma mortal, basada en la novela laureada de Alan Moore.

La imagen de un Ben Affleck entristecido recorrió el mundo a fines de marzo. En una entrevista filmada junto a Henry Cavill –su coprotagonista en Batman vs. Superman: el origen de la justicia– Affleck se mostró consternado ante la pregunta de un periodista sobre la recepción negativa del filme. La película dirigida por Zack Snyder significó el regreso del Hombre Murciélago a la pantalla grande desde Batman: el caballero de la noche asciende (2012) y la mayoría del público se sintió defraudado.

Los estudios Warner Bros., sin embargo, parecen haber escondido un as debajo de la manga para todos los fanáticos del superhéroe creado por Bill Finger y Bob Kane. En julio se exhibirá en Uruguay por una sola noche el 25 de julio la película animada Batman: la broma mortal, inspirada en una de las novelas gráficas más celebradas protagonizada por el Caballero Oscuro y su popular antagonista, el Guasón.

Titulada originalmente en inglés como The Killing Joke, la historieta fue publicada por la editorial DC Comics en 1988. Escrita por Alan Moore –autor de Watchmen– e ilustrada por Brian Bolland, la historia se centró en un enfrentamiento entre Batman y el Guasón como lo habían hecho cientos de números anteriores del cómic. Sin embargo, los hechos concebidos en el guión de Moore la volvieron una obra icónica que reflejó la madurez y dureza a la que podían llegar las historias de superhéroes en la década de 1980.

La novela gráfica, que se puede adquirir en Uruguay bajo una edición de ECC Comics, se divide en dos. Por un lado, cuenta el origen del Guasón al narrar la historia de un comediante fracasado devenido en ladrón que tras un accidente químico pierde la cordura y se convierte en el Payaso del Crímen que Heath Ledger y Jack Nicholson han interpretado en el cine. Aunque varios tomen la idea de Moore como el origen definitivo del personaje, desde DC y a través de otras historias se ha dejado en claro que puede tratarse de una mentira del propio villano.

Por otro lado, La broma mortal sigue a Batman tratando de capturar al Guasón una vez que este se escapa del manicomio Arkham y realiza uno de los crímenes más abominables en la historia del cómic: dejar paralítica de un disparo a Barbara Gordon, hija del comisionado Gordon y aliada de Batman como Batichica. La obra, incluso, incluye una perturbadora escena en la que el comisionado, capturado por el Guasón, es obligado a ver fotos de su hija desnuda tras recibir el disparo.

Pese a que el guión de Moore fue rebajado en los dibujos de Bolland para la edición de DC, la crudeza de la obra sigue siendo uno de sus elementos más recordados.

Por tal motivo, la división de animación de Warner Bros. decidió apuntar en Estados Unidos hacia una calificación R de la película, en la que las personas menores de 17 años deben ir acompañados de un mayor para poder ver la película.

Más allá de la fidelidad con el relato de Moore y Bolland, otro de los motivos que podrá alegrar a los seguidores de Batman es el elenco elegido para el filme dirigido por Sam Liu: Mark Hamill y Kevin Conroy, quienes brindaron las voces del Guasón y Batman respectivamente en la celebrada serie Batman: la serie animada, retomarán sus personajes.

Y si Batman: la broma mortal no es suficiente para cumplir con las expectativas del público, habrá otra oportunidad en agosto con el estreno de Escuadrón Suicida, en la que se rumorea que Affleck hará un cameo como el superhéroe e interactuará con el Guasón, ahora interpretado por el actor Jared Leto.

Batman: La broma mortal” (Batman: The Killing Joke) Estados unidos, 2016. Director: Sam Liu. Con las voces de: Kevin Conroy, Mark Hamill, Tara Strong, Ray Wise. Duración: 76′

Pablo Staricco (El Observador, 11/07/2016)

“45 años” (Hugo Acevedo)

Las indelebles cicatrices de la memoria

El pasado, el tiempo, los recuerdos y la memoria sepultada durante décadas por el dolor de la pérdida constituyen las claves temáticas de 45 años, el tan sensible como removedor drama británico del realizador Andrew Haigh.

Este es un film maduro y por cierto elaborado en tanto indaga en el siempre tumultuoso territorio de las emociones, que pueden aflorar inesperadamente cuando menos se espera.

No en vano la materia temática de esta película es precisamente el tiempo, que atesora gratos recuerdos y experiencias pero también dolores inmemoriales imposibles que mitigar.

En ese contexto, esta historia de adultos mayores tiene la intrínseca virtud de indagar en psicologías humanas propias de esos estadios temporales en que todo, por razones obvias, parece transcurrir con mayor lentitud.

45 años –título ya no por sí sugestivo- narra la peripecia del matrimonio integrado por Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtnay), dos septuagenarios que han permanecido casados nada menos que cuatro décadas y media.

Medido desde la perspectiva la mera peripecia biológica, esos 45 años son un largo trecho pero también una intransferible peripecia vital que abarca más de la mitad de la expectativa de vida promedio de un ser humano.

Por cierto, si se le analiza desde el ángulo de la convivencia cotidiana, la complejidad aun es mayor por todo lo que supone compartir el inexorable tránsito de la juventud a la madurez y ulteriormente a la ancianidad.

Para los dos integrantes de la pareja ese largo periplo en el que el amor logró derrotar al inevitable desgaste del tiempo, merece ciertamente ser celebrado.

Sin embargo, una inesperada situación amenaza truncar ese momento de razonable gozo y sembrar un sentimiento de desconfianza entre dos personas que parecían haber alcanzado un duradero estatus de felicidad.

El detonante es una carta escrita en alemán que llega a la casa rural de la pareja, cuyo extremo dramatismo otorga un radical giro a la situación.

En efecto, la misiva notifica que debido a un derretimiento de nieve en Los Alpes suizos, apareció el cadáver congelado de Katia, quien, hace cincuenta años, era la novia de Geoff.

La inesperada noticia provoca más de una conmoción, en la medida que el pasado irrumpe en el presente con todo lo que ello naturalmente supone.

Ahora, la convivencia no será tan armónica, porque la aparición de una tercera persona en discordia –aunque esté muerta- se transforma en un inevitable núcleo de conflictividad.

En ese contexto, afloran inéditos y nunca confesados problemas de pareja, fundamentalmente originados en la desconfianza y en algunas situaciones jamás explicitadas.

Como en cualquier relación que aspire a perdurar, hay pasados que se explicitan y otros que permanecen en el siempre soterrado territorio de lo implícito.

En esas circunstancias, los dos miembros de este longevo matrimonio comienzan a descubrir que no se conocen tanto como suponían, pese a la prolongada convivencia.

El intempestivo afloramiento de los problemas de la pareja que han permanecido “dormidos” por la molicie y por el acostumbramiento, amenaza con hacer naufragar la armonía.

El cineasta Andrew Haigh configura una escenografía de conflicto, en la cual el modélico matrimonio ingresa en una crisis que bien puede amenazar su supervivencia.

La historia, que está narrada en el transcurso de una semana de otoño, acorde a la estación biológica de la propia pareja, propone un rodaje con cámara fija y de estética bastante clásica. En tal sentido, es realmente muy encomiable el trabajo fotográfico de Lol Crawley.

En ese marco, abundan los diálogos domésticos entre los dos protagonistas pero también los prolongados silencios, que ciertamente admiten más de una lectura.

Esos son precisamente los espacios que ambos personajes se reservan a sí mismos, partiendo de la tesis que la tercera edad es, casi siempre, un tiempo de balance y reflexión.

45 años es un drama romántico que apunta a indagar en las intimidades de una pareja madura y consolidada, corroborando que no existen los matrimonios perfectos sino relaciones perdurables que -con amor cuasi devocional- resisten la erosión del tiempo.

Aunque esta propuesta dista de ser una película de alto vuelo creativo, igualmente colma en parte las expectativas del espectador que gusta de un cine más pausando, reflexivo e intimista.

Más allá de eventuales salvedades, el film vale por su puesta morosa y de extrema sobriedad, por la plausible construcción de la progresión dramática y por las magistrales actuaciones protagónicas de Charlotte Rampling y Tom Courtenay, dos auténticos mitos vivientes de la cinematografía universal.

45 años” (45 years). Reino Unido 2015. Dirección: Andrew Haigh. Producción: Richard Holmes, Tristan Goligher. Guión: Andrew Haigh, sobre historia de David Constantine. Montaje: Jonathan Albertis. Fotografía: Lol Crawley. Reparto: Charlotte Rampling, Tom Courtnay, Geraldine James, David Sibley, Dolly Wells y Richard Cunningham.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital)

“45 años” (Rosalba Oxandabarat)

Fantasmas verdaderos

Una pareja de jubilados que habita en una casa cercana a un pueblo en la campiña inglesa se apresta a transitar la última semana antes de la celebración de sus 45 años de matrimonio. Casa confortable y envejecida como sus habitantes, Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtenay), que no tienen hijos sino un pastor alemán y un puñado de amigos con los que eventualmente se encuentran. Pero se tienen a ellos mismos: la complicidad de sus diálogos, el cauteloso cuidado que ejerce la mujer sobre el hombre que tuvo problemas de salud, la serenidad con que pueden permanecer juntos y callados, dan cuenta de una relación largamente asentada, pulida por la vida en común, una vida de la que no se da casi ningún detalle, ya difuminada como las siluetas de las cosas y el paisaje en ese clima inglés siempre nublado. Y de pronto, Geoff recibe una carta en la que se le comunica que el deshielo ha dejado al descubierto, perfectamente conservado por la congelación, el cuerpo de Katya, una novia alemana que tuvo en su veintena antes de conocer a Kate, y que cayó por una grieta en los Alpes suizos ante los ojos de un guía “parecido a Jack Kerouac”, caída de la que a Geoff sólo le llegó un grito indescriptible. Mínimos detalles del pasado llegarán de a poco, como al pasar, revelando a los espectadores, pero sobre todo a Kate, cómo pueden permanecer ciertas sensaciones y sentimientos; por ejemplo, la descripción del guía, “repelente” para Geoff –que tampoco apreció nunca a Kerouac–, sugiere unos celos guardados cincuenta años, como varias otras cosas. Y pequeñas actitudes, cierta intranquilidad del hombre –que, por ejemplo, vuelve a fumar, o se niega a ir a una fiesta del lugar donde trabajó–, instalan en la atmósfera, y en la película, que hay algo que no sólo permanece, sino que perturba. La imagen de una mujer para siempre joven, como fue guardada en la memoria, mientras ellos dos envejecieron.

Andrew Haig –director de Weekend, película hace poco reestrenada en Italia a raíz del éxito de 45 años y que ha provocado una reacción de censura de la Iglesia Católica por su temática gay– desarrolla, a partir de un relato de David Constantine, un delicado ejercicio donde el “no pasa nada” se desliza, basándose en miradas, gestos, una mínima pero consistente acumulación de datos, hacia un “pasa mucho”, a nivel interior. Lograr que ese transcurso invisible llegue al espectador es una delicada proeza de este británico de poco más de 40 años que destila sabiamente los datos, logrando a su vez que los gestos y miradas les den, más que un significado, un puñado de ellos, una suerte de amplificación emocional que proyecta en los personajes temores y sentimientos que se intuyen. Los actores son fundamentales para un planteo así, y tanto Tom Courtenay como Charlotte Rampling –justamente premiados en la Berlinale por esta película– resultan impagables. Sobre todo ella, porque es la que está fuera de ese otro dúo amoroso de antes del comienzo de esos 45 años, y que por un accidente fortuito decidió recomponerse, aun fantasmagóricamente. Así Haig hace recaer el peso dramático sobre ese rostro hermoso y envejecido –Rampling es de las actrices que habiendo sido íconos de belleza dejó, a diferencia de la mayoría de sus pares, que sus rasgos exhiban el paso de los años– pero siempre portador de todo un temperamento. La precisa fotografía, con abundancia de planos cercanos, el uso de la música –sólo la que los personajes escuchan–, el desenlace de fuerte impronta emocional bajo el hechizo de “Hay humo en tus ojos” que se las arregla para sugerir una mezcla inmedible de pasado y presente, redondean una película inusual, donde la contención de los sentimientos logra, curiosamente, la mayor sensación de intensidad.

45 años”. (45 years) Reino Unido, 2015. Director: Andrew Haigh. Elenco: Charlotte Rampling, Tom Courtenay. Duración: 95´’

Rosalba Oxandabarat (Brecha, 07/07/2016)

“Sombras en la nieve” (Jorge Abbondanza)

Vueltas de la política en el cine

Ahora que Obama propuso a Rusia reducir en un tercio el arsenal nuclear de ambos países, los observadores veteranos recuerdan las cuatro décadas de la Guerra Fría, cuando el temor a un holocausto atómico flotaba sobre el mundo.

Ese temor abarcó no solo las relaciones internacionales sino también el cine, donde los pronósticos de un cataclismo termonuclear asomaron de vez en cuando, desde Doctor Insólito hasta ejemplos menos brillantes. Pero hubo otras épocas en que esa tensión Este-Oeste no existía y el cine mostraba otras cosas, confirmando que la política y la pantalla han tenido relaciones espasmódicas, según las épocas, los países y los gobiernos. En 2013, por ejemplo, se cumplen 70 años del momento en que la Metro-Goldwyn-Mayer produjo una película romántica titulada Sombras en la nieve (Song of Russia), cuya pareja central estaba formada por el director de orquesta norteamericano Robert Taylor y la pianista soviética Susan Peters. En 1943 los Estados Unidos mantenían su alianza con la URSS bélica contra el Reich alemán, y ese idilio político se reflejaba en la gran metáfora musical de que Taylor y Peters no solamente interpretaran juntos un concierto de Tchaikowsky, sino que se amaran más allá de las fronteras ideológicas.

La película celebraba las bondades de un paraíso estalinista donde los campesinos bailaban en las plazas de los pueblos rusos y las señoritas talentosas tocaban el piano a las órdenes de un conductor yanqui, pero ese idilio se interrumpió tres años después, en una posguerra donde los aliados de ayer se convirtieron en enemigos de hoy partiendo a Berlín y a la propia Alemania en dos mitades. Eso determinó muchos cambios en la división estratégica del mundo a ambos lados de la Cortina de Hierro, y su reflejo en el cine no se hizo esperar. En 1947 se formó en la Cámara de Representantes de Washington un Comité de Actividades Antinorteamericanas dedicado a investigar la relación de muchos ciudadanos con el comunismo, una averiguación que no dejó de lado a Hollywood, comprometiendo o anulando la carrera de actores, libretistas y directores acusados de proximidad al marxismo. Tres años después, en esa comisión comenzaría a intervenir el senador Joe McCarthy. Lo hizo con tal fervor que todo el operativo de caza de brujas en el cine pasaría a llamarse macarthysmo, obligando al retiro profesional o el exilio de gente notoria, incluido Charles Chaplin.

Curiosamente, Robert Taylor colaboró gustosamente con la comisión, integrando la lista de celebridades que se pusieron del lado de esos parlamentarios represores facilitando nombres de colegas sospechosos de izquierdismo. Eso borró la estampa del director de orquesta enamorado de la concertista soviética y retiró Sombras en la nieve de todas las carteleras. Ahora, aquel romance de 1943 es apenas una curiosidad en el cajón de los recuerdos de los espectadores más viejos.

Jorge Abbondanza (El País, 06/2013)

“Márama -Rombai: El viaje” (Analía Filosi)

Para unos, son las bandas uruguayas que cantan esas canciones que suenan continuamente en las radios; para otros, los chicos que participan este año en el Bailando; para muchos, los artistas favoritos que siguen a todos lados… Lo cierto es que para nadie pasan desapercibidos los nombres de Márama y Rombai y, por lo tanto, son muchos los que pueden disfrutar de esta película, sean o no cultores de la música y los shows que hacen. Porque El viaje pretende contar lo que existe tras el fenómeno: quiénes son “Fer” Vázquez y Agustín Casanova, en primer lugar, y los demás chicos que integran cada grupo, en segundo lugar. Y en un lugar intermedio Camila Rajchman, quien ya no es parte de Rombai pero fue clave en su concepción y éxito. También son grandes protagonistas el manager de ambas bandas, Enrique Quinteros, y las familias de “Fer” y Agustín. El formato elegido por Federico Lemos no inventa nada, pero está muy bien utilizado y sigue la línea de las docu-películas sobre artistas musicales. O sea, intercala con buen tino e interés, entrevistas con shows, además de los muy necesarios backstages que todo fanático quiere conocer. Si bien se sobrevuela la vida de los protagonistas, especialmente de los líderes de las bandas y Camila, es suficiente para conocerlos un poco más y entender cómo (si eso es posible), casi de la noche a la mañana, se convirtieron en fenómeno. Sorprende ver cómo casi todos tienen perfectamente asumido que lo que están viviendo es circunstancial y algún día se va a terminar y, pensando en eso, proyectan sus vidas más allá, sea dentro o fuera de la música. La película tiene la duración y el contenido justos para interesar a todos los públicos, aunque sin duda los fanáticos la disfrutarán mucho más que el resto y, quizás, la vean más de una vez.

Márama -Rombai: El viaje”. Director: Federico Lemos. Fotografía: Pablo Banchero. Género: Documental / Musical. Duración: 85′

Analía Filosi (Sábado Show, 09/07/2016)

“Warcraft” (Analía Filosi)

Warcraft, filosi

Quizás buscando apropiarse del público que quedó huérfano tras el final de El Señor de los Anillos, es que aparece esta saga de mucha acción y aventura que enfrenta a dos mundos: orcos y humanos. Los primeros están en peligro de extinción y buscan nuevo lugar donde vivir, atacando el planeta de los segundos. La historia coloca “buenos” y “malos” en ambos bandos, le agrega algo de magia con personajes que manejan la “energía vital” y los arroja en distintos campos de batalla dónde deberán resolver sus diferencias. Lo que pasa a un primer plano son los efectos especiales, con gran destaque de los que se emplean para recrear a los orcos así como a contar batallas. La historia es bastante lineal y sin sorpresas, divierte sin entusiasmar. Advertimos que esto es una saga, por lo tanto… “continuará”.

Warcraft” Director: Duncan Jones. Actores: Travis Fimmel, Paula Patton, Ben Foster, Dominic Cooper. Género: Acción / Aventura / Fantasía. Duración: 123

Analía Filosi (Sábado Show, 09/07/2016)