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“007 Spectre” (Hugo Acevedo)

007 Spectre
El espionaje como herramienta de poder real para dirimir hegemónicas políticas y militares en tiempos de globalización, constituye la materia temática de 007 Spectre, la vigésimo cuarta entrega de la saga cinematográfica del legendario agente secreto británico James Bond.

Este personaje literario de ficción, que nació de la pluma del escritor Ian Fleming en plena guerra fría, ha completado más de medio siglo de éxito en las pantallas de todo el planeta.
Desde su primer título, El satánico Dr. No (1962), hasta Skyfall (2012), este refinado sicario con licencia para matar y cobertura oficial, fue encarnado por Sean Connery –tal vez el más auténtico y popular- George Lazemby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig.
Aunque el 007 del presente dista de la aureola mítica del pasado en un mundo gobernado por la tecnología que ha superado todos los límites de lo imaginable, igualmente conserva un sólido suceso en la taquilla.
En efecto, esa dicotomía entre el héroe y el antihéroe que siempre le ha caracterizado, le permitió posicionarse como un personaje seductor también para las nuevas generaciones.
De todos modos, la clave sigue siendo la aventura en estado químicamente puro, con abundante violencia física, explosiones, automóviles que devoran kilómetros a vertiginosa velocidad y hasta villanos perversos pero no menos inteligentes que suelen enriquecer las historias.
En este nuevo título también dirigido por el realizador británico Sam Méndes, el protagonista se enfrenta nada menos que a su propio pasado, que oculta secretos realmente inquietantes.
Como es habitual, el relato impacta desde el comienzo, con una espectacular secuencia de acción que transcurre durante el Día de los Difuntos, en México.
El colorido de la celebración, que en buena medida recuerda al carnaval de Las Bahamas de Operación trueno (1965), aporta el marco adecuado a un tiroteo con armas pesadas que culmina con la literal demolición de un edificio.
Luego, una encarnizada  lucha a muerte que se dirime en el acotado espacio de un helicóptero en pleno vuelo, aporta las primeras dosis de emoción a un relato que discurre sin pausas en sus casi dos horas y media de duración.
Como es habitual en estas superproducciones, la cámara viaja a través de diversas y variopintas locaciones geográficas, desde el festivo México, a la solemne Londres y la histórica Roma hasta un paisaje helado en los Alpes austriacos y el exótico Tánger.
Empero, bajo esta pátina de violencia que siempre ha caracterizado a la saga del 007, subyace una aproximación a la revolución contemporánea de la información, en cuyo contexto los espías de carne y hueso suelen ser reemplazados e incluso desplazados por satélites, drones y otros productos tecnológicos del presente.
En este caso, las disputas no se dirimen en el mero terreno convencional, sino en las pantallas de las computadoras. Un ejemplo de esa tendencia es el personaje de Q, el solemne, longevo y flemático científico que siempre preparó el equipamiento de James Bond, que ahora es un joven ingeniero de aspecto poco formal y mucha materia gris aplicada a la informática.
La otra imaginativa vuelta de tuerca es que ahora este héroe de ficción debe enfrentar su más complejo desafío: sobrevivir a la eventual desaparición del propio servicio de inteligencia a cuyos cuadros pertenece.
Acosado, abandonado y huérfano de todo apoyo logístico, el protagonista se las ingeniará para volver a enfrentar a la temible organización clandestina Spectre, que ya intentó vanamente apropiarse del gobierno del mundo en Operación trueno (1965), Sólo se vive dos veces (1967), Al servicio secreto de su majestad (1969) y Los diamantes son eternos (1971), entre otras.
Ese enemigo oculto, que fue en el pasado la peor pesadilla para el intrépido Bond, tiene ahora el rostro de Christoph Waltz, algo inexpresivo y escasamente compenetrado con su exigente personaje.
Radicalmente diferente es la interpretación de Ralph Fiennes en el papel de M, que asume con su habitual ponderación y solvencia actoral.
Como en las tres películas precedentes, el 007 encarnado por Daniel Craig es bastante más físico que intelectual, no tan mujeriego y menos perverso y despiadado que sus ilustres antecesores. Ello le permite sobrevivir y emerger airoso de situaciones de imposible resolución.
007 Spectre es un ejercicio cinematográfico de cine de pasatiempo acorde con la mejor tradición del mítico icono, el cual propone abundante acción que no otorga tregua al espectador, con oportunos guiños a films precedentes destinados a los nostálgicos.

“007 Spectre”. Estados Unidos 2015. Dirección: Sam Mendes Guión: John Logan, Jez Butteroworth, Neal Purvis, Robert Wade. Producción: Michael Wilson y Barbara Broccoli. Fotografía: Hoyte Von Hoytema. Música: Thomas Newman. Montaje: Lee Smith. Reparto: Daniel Craig, Christoph Waltz, Ralph Fiennes, Léa Seydoux,  Naomie Harris, Monica Bellucci, Dave Bautista y Ben Wishaw.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital, 16/11/2015)

“Showroom” (Rosalba Oxandabarat)

Aunque esté ubicada en el rubro comedia –al menos así consta en las fichas–, esta película no es muy propicia para las risas. Las situaciones, y las constataciones que el espectador puede agregar, más bien rumbean para la amargura. Lo que le pasa a Diego (Diego Peretti) no es nada gracioso, ni al comienzo, ni en el desarrollo, ni en el desenlace, por más que sea Peretti y uno siempre espera que alguna vez te haga reír y por más que algunos apuntes se inscriban en un humor cínico. El hombre es despedido de la empresa de organización de eventos donde trabaja, trata de no perder el status –club exclusivo, colegio privado para la hija, etcétera– del que hasta entonces había disfrutado, pero al fin debe renunciar y mudarse a una finca en el Tigre que le presta un tío (Roberto Catarineu), el mismo que le proporciona el trabajo de vendedor en un edificio en construcción en Palermo. Diego debe trabajar sobre los sueños de los clasemedieros porteños para que éstos se hagan uno con el showroom del título, esto es, un departamento aparentemente terminado y decorado; no es el tipo de espacio que admite cualquier objeto, sólo se lleva bien con ese cierto minimalismo blanco y contemporáneo en el que el aparador de la abuela se vería espantoso –además, no entraría–, y así debe ser visto. (Cualquiera que ponga atención a los innumerables avisos que publicitan los nuevos edificios de “interés social” que brotan como hongos en los barrios de Montevideo encontrará muchos puntos en común.)

Vender es la consigna. Lo interesante de la película dirigida por el hasta ahora documentalista Fernando Molnar –sobre un guión firmado por él, con Sergio Bizzio y Lucía Puenzo– es que el vendedor de sueños que debe encarnar Diego al primero que le vende el sueño es a él mismo. Mientras su mujer y su hija se van adaptando a una vida casi rural y algo hippie en el Delta del Tigre, él, que debe recorrer demasiada distancia para ir desde su vivienda al trabajo, se queda cada vez más frecuentemente a pernoctar en el showroom, y le va agarrando el gustito. Empieza a querer vivir ahí. Con estos traslados y estos contrastes se va armando una película de apenas 75 minutos en los que la cara de Peretti es (casi) el único paisaje por el que van circulando los cambios que suceden a su alrededor, y delatando los que va experimentando él, con una cámara que se le pega sin descanso.

Película sobre la alienación y el desubique, sobre la especulación urbana y las desventuras laborales, es, de alguna manera, una película de denuncia sobre una situación muy extendida en las ciudades del mundo. La competencia con otro vendedor, los contrastes con los obreros de la obra, la relación con su familia, son subtramas que parecen estar apenas para sostener el conflicto central, con un desarrollo mínimo y casi sin ningún espesor en los personajes que las pueblan. La fijación en un único personaje, el protagonista, instala una cierta distancia que hace de él casi un sujeto a observar como bicho raro, como rata de laboratorio sometida a un experimento que podría titularse: “Cómo se puede perder la cabeza por un engaño sobre cuya naturaleza se es perfectamente consciente”. Los puntos fuertes están en la concisión del planteo y en el claro absurdo y cinismo de algunos de los resortes que apuntalan una cultura de ascenso social, y algunos de sus costos.

“Showroom” Argentina, 2014. Director: Fernando Molnar. Elenco: Diego Peretti, Andrea Garrote, Roberto Catarineu, Pablo Seijo, Ignacio Rogers. Duración: 76′

Rosalba Oxandabarat (Brecha, 26/11/2015)

“Un joven poeta” (Agustín Acevedo Kanopa)

Un poema sobre (la) nada.

El eje silencioso de Un joven poeta parece ser Paul Valéry, cuya tumba el joven Rémi va a visitar en busca de orientación en el modesto pero bellísimo cementerio de Sète (una referencia directa a El cementerio marino, uno de los poemas más famosos de ese escritor francés). El tema es que Rémi, como nos daremos cuenta a poco de que comience el film, no es precisamente un alma con terrenos reservados en el Parnaso, y sus intentos de aproximación a la literatura corren de una manera más cercana al modelo clásico de Arthur Rimbaud que al del minucioso y exigente Valéry. Es decir, Rémi de alguna manera cree, o al menos intuye, que la poesía está ahí, que es algo que se encuentra en determinada forma de vida, en cierta apertura existencial a las posibilidades que se le abren en su entorno, más que en algo propio del talento, la técnica y el trabajo.

Así, vemos a Rémi deambular por las subidas y bajadas de la hermosa ciudad mediterránea, sentarse en el cementerio a monologar ante el panteón del poeta, entablar amistad y conversar con pescadores y otros personajes de la zona, trasnochar en bares de copas, emborracharse, enamorarse y tratar de escribir en una pequeña libreta todo lo que estos encuentros agitan en su interior.

A pesar de esto, tal como lo indican los intertítulos explicativos (que en cierto punto le dan a la obra un aire juguetón, en clave de “cómo tratar de ser un artista y fracasar en el intento”), toda esa sucesión de actividades, que guardan la apariencia de espontáneas pero parecen más bien parte de un plan, no logran dar con sus frutos. Ni el vodka, ni las aventuras, ni las musas, ni ninguna de las personas que conoce logran mover a Rémi lejos de los meros clichés de las noches estrelladas, el cielo fulgurante y las estocadas del amor.

Las películas sobre las trancaderas creativas no son precisamente una novedad, pero por lo general suelen recurrir al pathos del artista dolido por su falta de inspiración. En este punto, la originalidad de Un joven poetaes plantear un escenario donde ese pathos circula pero sin un artista en sentido estricto. Más que un film acerca del fracaso del artista, es uno que trata el fracaso de no poder serlo, un pequeño dislocamiento inicial de la premisa que genera una incomodidad similar a la de esas mesas de bar que tienen una pata más larga que la otra y que terminan meciéndose cada vez que uno intenta usar el tenedor y el cuchillo.

Hacer una película sobre la nada, o sobre la falta de un elemento concreto para que lo que hay sea algo es una propuesta que puede pecar de demasiado arriesgada o demasiado cínica. A pesar de lo difícil de llevar adelante tal propuesta (y sí, a veces parece que hay tan poca cosa que incluso el reducido metraje de 71 minutos resulta algo estirado; capaz que lo ideal habría sido optar por el formato de corto o mediometraje), hay dos elementos y recursos narrativos muy bien llevados, que logran salvar una película tan pequeña y engañosamente modesta. En primer lugar, la belleza del pueblo de Sète, con sus angostas calles, el mar lejano y silencioso y esa cualidad casi siempre ausente de su dinámica urbana (salvo en una noche de festividad, el protagonista del film deambula por calles sin transeúntes), que parece hablar de ese mundo que no parece estar interesado en ofrecerse como respuesta al joven poeta. Como inciso agregado a este particular don de la fotografía (casi siempre mediante una cámara clavada en el piso, con planos medios y generales), habría que señalar el acierto antropológico de darles voz a algunos habitantes de la zona, algo que por momentos le confiere al film un aire similar a la bellísima Aquel querido mes de agosto, de Miguel Gomes. Nota caprichosa: si nos arriesgáramos, la película podría resultar una fusión entre los recursos de dicha obra del portugués y el tono apagado y sin brújula de The International Sign of Choking (Zach Weintraub, 2011).

El otro recurso conceptual que redime gran parte de la vacuidad de Un joven poeta aparece al final del film, cuando los intertítulos toman la voz de Valéry, cuya tumba Rémi solía visitar para quejarse de sus yermos resultados. El protagonista le habla al mármol diciéndole “quizá tendrías que haber elegido a otra persona, no creo que sirva para esto”, y entonces, de golpe, el film logra cambiar el orden: así como ya no nos encontramos con un joven invocando al fantasma del poeta, sino con el propio Valéry, que insiste en que Rémi termine de escribir lo que empezó, la cuarta pared se rompe y parece que estamos ante el actor desnudado de sus atavíos ficcionales, explicando que tal vez él no era el mejor candidato para interpretar un rol de poeta. El efecto subjetivo afecta el orden inherente y el joven Rémi parece víctima de un capricho de la dirección de la película, y, por añadidura, un joven que no puede dar la talla frente a lo que la poesía le exige, con lo que invierten los papeles del buscador y lo buscado.

El recurso parece sencillamente una disculpa, o una justificación, pero termina generando un efecto curioso que reordena y resignifica todo lo visto. Al ver por segunda vez el film, uno le tiene más paciencia al actor y desmonta todo lo ocurrido como un juego de sombras y anticipaciones entre el autor y su pieza, el peón y la mano que lo dirige.

Los 71 minutos no llegan a cerrar con una obra, una poesía o algo poético en sí mismo, pero citando a Paul Valéry, “un poema nunca se acaba, tan sólo se abandona”.

“Un joven poeta” (Un jeune poète), dirigida por Damien Manivel. Con Rémi Taffanel y Léonore Fernandes. Francia, 2014. Cinemateca 18.

Agustín Acevedo Kanopa (La Diaria, 02/12/2015)

“Ajami” (Guilherme de Alencar Pinto)

Ajami

Pasar y repasar.

He aquí algo que Reushubiera podido ser: también es una opera prima de un equipo de directores jóvenes que dedicaron muchos años para concebirlo y levantar los recursos, también se titula como un barrio surcado por la criminalidad, también emplea no-actores que efectivamente residen en dicho barrio, envuelve varios personajes y familias de culturas o subculturas distintas entre las cuales los judíos son la elite y tienen el poder político, y aborda los conflictos como un intríngulis en que las culpabilidades individuales o incluso de grupo se desvanecen en medio a problemas estructurales mucho más complejos y sin solución aparente.

A diferencia con Reus, los realizadores de Ajami no partieron de la retorcida premisa de intentar una película “de género”, y se tiraron lisa y llanamente a hacer algo que les saliera bien, sacando todo el provecho posible de su libertad creativa y encarando de frente una buena cuota de análisis sociopolítico. Por supuesto, la diferencia va más allá, y es tan enorme que insistir en ella puede ser medio asqueroso. Al fin de cuentas, esta película multipremiada (e incluso nominada al Oscar de mejor película extranjera, que absurdamente perdió para El secreto de tus ojos) hizo unos logros espectaculares con su exiguo presupuesto de un millón de dólares. El mismísimo John Cassavettes tendría para morir de envidia ante esta realización en que las escenas fueron improvisadas y donde nadie que aparece en la pantalla tenía cualquier experiencia actoral previa, y a partir de un casting y un trabajo de dirección notables se llegó a un nivel de actuación formidable y parejo con una continuidad impecable y un patrón narrativo más complejo que en el maestro estadounidense.

Ajami es un barrio de Jaffa (que a su vez es un distrito de Tel-Aviv) de población sobre todo árabe. Entre los personajes principales hay árabes israelíes de familias musulmanas y cristianas, árabes inmigrantes ilegales de los territorios palestinos, y judíos. Algunos viven las diferencias étnicas y religiosas como barreras, otros (sobre todo los más jóvenes, algunos de los cuales son árabes bilingües) tienden a desconsiderarlas y a clasificar a la gente con otros parámetros. Se destaca un joven árabe envuelto en la vendeta de unos beduinos mafiosos contra su familia a raíz de un lío en que se metió un tío suyo. Hay también un inmigrante ilegal palestino, un policía atormentado por la desaparición de su hermano soldado (posiblemente secuestrado por guerrilleros palestinos), un árabe adinerado que funciona como una autoridad para la gente de su entorno (una vez que la policía es en parte omisa y en parte impotente ante los problemas inter-árabes).

Hay muchos más personajes, y uno de los principios de la película consiste en no explicar demasiado. En el ritmo establecido por ese procedimiento, el espectador puede pasar algún rato antes de terminar de entender quien es quien, y la incertidumbre se multiplica para nosotros, extranjeros, que tardamos en distinguir las reglas de comportamiento. Pero de a poco las vamos agarrando, y ese ritmo de exposición, hábilmente llevado, contribuye a la sensación de cosa vivida, de naturalidad, que está dada también en las actuaciones, las locaciones, la luz estrictamente natural, y en una disciplinada cámara en mano que alude a la inmediatez de un documental. Como quien no quiere la cosa, de pronto estamos totalmente inmersos en esas maneras de ser dominadas por una fuerte emotividad mediterránea, alternada con un curioso pragmatismo (cuya expresión más exótica es la escena en que un anciano con autoridad de juez cuantifica en dinero las culpas y las pérdidas de ambas partes de un conflicto —que incluyen un jefe de familia herido, un primo suyo asesinado y un pandillero que quedó lisiado—).

La película está dividida en una introducción y cinco capítulos. La introducción, con su flashback que contiene otro flashback, ya nos sintoniza con una cronología no-lineal. Los primeros capítulos parecen lidiar, en orden cronológico, con episodios consecutivos o independientes. Pero en determinado momento sufriremos el efecto Tiempos violentos: de pronto volvimos atrás en el tiempo, algún muerto vuelve a aparecer antes de morir, y entramos a cubrir cosas que no vimos. Descubriremos que no sólo estamos siguiendo historias que antes no conocimos, sino que en buena medida estamos siguiendo lo que son, fundamentalmente, las mismas historias desde ángulos que nos revelan aspectos nuevos. Es confuso y esclarecedor a la vez: confuso porque obliga a una atención grande, esclarecedor porque hubiera sido imposible meter tanta información, examinar tantos factores de tantos personajes sin sobrecargar y enlentecer demasiado la exposición. Hay entonces un múltiple interés en ese juego con los tiempos de la anécdota: el interés de la forma misma (es decir, la hábil administración de sorpresas, como si fuera un policíaco en que un detective fuera descubriendo cosas, pero sin el pretexto del detective), y la noción de una historia vista desde una diversidad de costados.

Ningún personaje aquí se reduce a alguna tipicidad: son todos individuos con características intransferibles y cuentan sus personalidades, sus convicciones, sus ambiciones y compromisos, sus lazos afectivos. Los líos en que se meten son de varios tipos, pero sobre el margen relativamente ancho de decisiones individuales hay límites opresivos pautados por prejuicios arraigados, barreras sociales, azares y conformación política que constituyen una estructura muy difícil de desenmarañar. Así Dando, el policía, con su hermano víctima de árabes, tiene motivaciones comprensibles para la prevención étnica, que se suman al patético episodio en que intentan arrestrar a un joven pero son dominados por el vecindario que supuestamente buscaban proteger (los vecinos árabes prefieren a los delincuentes propios antes que una policía que ven como ajena), pero también sentiremos del otro lado los efectos omnipresentes de la prepotencia policial y Dando cumple un papel —¿inocente?— en una trampa concebida por un árabe rico contra un árabe pobre con quien tenía problemas personales.

Analizar los problemas israelíes desde un pluralismo relativista, mirando “la razón de cada parte”, no es nada nuevo, pero es difícil pensar en un abordaje más valedero, sobre todo cuando se hace con un empeño tan grande de honestidad y con tanta compasión. La conclusión tampoco es novedosa: no hay solución a la vista. Pero esta excelente película, que en algunos sentidos es una verdadera proeza de realización, ella misma codirigida por un árabe y un hebreo, más que enunciar alguna solución posible, es ella misma una pizca de solución, un ejemplo notable de acercamiento y logro común.

“Ajami”, dirigida por Scandar Copti y Yaron Shani. Con Shahir Kabaha, Ibrahim Frege, Fouad Habash. Israel/Alemania, 2009.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 30/05/2011)

“El capital humano” (Diego Faraone)

El capital humano

Apostando a la ruina.

En el mundo de la especulación financiera existe algo tan desagradable como potencialmente redituable que es apostar a que un país o una empresa entre en quiebra y no pueda cumplir con sus deudas. Se trata de una operación complicada y difícil de explicar aquí, pero esta apuesta a la pérdida, llevada a cabo por magnates anónimos, suele traer consecuencias nefastas sobre los mismos países; el interés porque entren en default incentiva a que se propaguen noticias pesimistas o directamente falsas sobre su capacidad económica; esa situación puede propiciar una inestabilidad económica real y, mientras los especuladores salen ganando, todo el resto del mundo pierde.

Este movimiento es uno de los ejes fundamentales de esta brillante película. La acción se ambienta en la Italia berlusconiana de la burbuja financiera y concretamente en Lombardía, su norte industrial. La tentación de las ganancias fáciles es lo que lleva a un pequeño empresario (Fabrizio Bentivoglio, increíble en su papel de chanta advenedizo) a invertir todo su dinero en un fondo buitre, regenteado por su consuegro millonario. “Tu banco me ofrecía un 3% de rentabilidad, él me ofrece un 40%. ¿Sabes lo que eso significa?”, resalta el personaje, justificándose en un diálogo con su interventor.

Un ciclista es atropellado en la ruta por un jeep, cuyo conductor se da a la fuga. Este desencadenante inicial da pie a tres capítulos, cada uno contado desde la perspectiva de un personaje diferente. Así es como se va tejiendo un ambicioso, dramático y elegante cuadro coral, ilustrativo de la crisis de 2008 en Italia y cómo ésta afectó a la totalidad del entramado social. Como haciéndole justicia a las teorías marxistas, la existencia de cada uno de los personajes del planteo se ve completamente determinada por el dinero, pero no en el sentido de que su calidad de vida aumente o disminuya circunstancialmente, sino que el rumbo completo de sus trayectorias se ha visto alterado por el factor económico. Y en un momento en el que los capitales son sumamente volátiles, también parecerían serlo las vidas humanas; el título refiere a la monetización de la vida de una persona, referida como el “valor económico potencial de la mayor capacidad productiva de un individuo, o del conjunto de la población activa de un país”, como se explica al final del metraje.

El planteo del director Paolo Virzi (La prima cosa bella, Tutti i santi giorni) se nutre de grandes actuaciones, especialmente en los roles de los tres personajes centrales, a cada cual más interesante. A medida que van siendo presentadas, se van agregando capas de significado a la historia, desde una original perspectiva por la cual el espectador interpreta los hechos de la misma manera que los protagonistas, dándose cuenta en el siguiente episodio de sus propios equívocos y acercándose, en cada etapa, a una nueva verdad. Curiosamente, la novela original de Stephen Amidon se encontraba originalmente ambientada en Connecticut, lo que habla de la universalidad de la historia y su idoneidad al denunciar un problema mundial de primer orden. “Apostamos a que Italia se hundiría y ganamos” dice uno de los personajes en medio de una fiesta, dando cuentas de una antropofagia terminal, por la cual la clase alta se vale de medios indecorosos para erigir sus fortunas y la clase media, a su imagen y semejanza, es capaz de fagocitar a sus vecinos con tal de ascender socialmente. Mientras unos y otros cometen crímenes contra poblaciones enteras en perfecta impunidad, las clases bajas siguen pagando por crímenes comunes, en carne propia y sintiendo la ley con toda su inclemencia.

“El capital humano” (Il capitale umano) Italia/Francia, 2013. Director: Paolo Virzi. Elenco: Valeria Bruni-Tedeschi, Fabrizio Bentivoglio, Valeria Golino, Fabrizio Gifuni, Luigi Lo Cascio, Giovanni Anzaldo. Duración: 109′

Diego Faraone (Brecha, 03/12/2015)

 

“Showroom” (Analía Filosi)

Una argentina.

Diego se queda sin trabajo como organizador de eventos y debe recurrir a su tío para afrontar las deudas que tiene como hombre casado y padre de una hija pre-adolescente. Éste lo coloca como vendedor de los apartamentos que está construyendo en Palermo y le presta su casa en El Tigre para que viva allí, algo que su familia acepta a regañadientes. Una historia mínima centrada en la clase media y la necesidad de mantener el status cuando todo empieza a desmoronarse. El protagonista viaja diariamente de la gris ciudad a la precaria pero saludable vida en la naturaleza sin darse cuenta de que, mientras él lucha por recuperar lo perdido, algo está cambiando en su entorno. Buenas actuaciones para llevar adelante una historia con mucha acidez y cierto humor negro. Para pensar.

“Showroom” Título original: Showroom. Director: Fernando Molnar. Actores: Diego Peretti, Andrea Garrote, Roberto Catarineu, Pablo Seijo. Género:Comedia / Drama. Duración: 75′

Analía Filosi (Sábado Show, 05/12/2015)

“Navidad con los Cooper” (Analía Filosi)

Una típica navideña.

Sam y Charlotte Cooper se están por separar pero prefieren no decirlo aún porque es Navidad y se reúne la familia: el hijo mayor, separado y con tres hijos, la hija que nunca consigue novio pero llega con uno “inventado”, la cuñada problemática, el abuelo enamorado, la tía que vive en las nubes… en fin, un conglomerado de personajes que hacen que en el inicio se vea como “otra película de Navidad” pero fallida. Por suerte, la cosa empieza a mejorar a medida que la historia avanza y se consigue redondear un producto entretenido, con gran elenco. No importa que Keaton se repita (hasta en la ropa) o que Seyfried reitere el rol de eterna jovencita, se sale contento del cine y con espíritu navideño puesto en positivo.

“Navidad con los Cooper” Título original: Love the Coopers. Director: Jessie Nelson. Actores:Diane Keaton, John Goodman, Ed Helms, Amanda Seyfried, Marisa Tomei, Olivia Wilde, Alan Arkin. Género: Comedia. Duración: 107′

Analía Filosi (Sábado Show, 05/12/2015)

“Laberinto de mentiras” (Hugo Acevedo)

Sórdida conspiración de silencio.

Una abominable conspiración de silencio destinada a encubrir a los autores materiales e intelectuales de horrendos crímenes contra la humanidad es la materia temática que propone Laberinto de mentiras, la película alemana testimonial del realizador milanés Giulio Ricciarelli.

El film, que es la ópera prima del cineasta italiano, recrea el mega-juicio entablado contra un grupo de nazis que perpetraron incalificables actos de barbarie en el campo de concentración de Auschwitz.

El proceso penal, que transcurrió entre 1963 y 1965, sentó en el banquillo de los acusados a decenas de asesinos que cometieron toda suerte de tropelías durante el gobierno autoritario encabezado por Adolf Hitler.
La historia está ambientada en Frankfurt, que por entonces, al igual que el resto de Alemania, estaba en plena etapa de reconstrucción, tras la demoledora derrota militar padecida en la Segunda Guerra Mundial.

Luego de los Juicios de Núremberg patrocinados por los aliados entre 1945 y 1946, en cuyo marco fueron condenados numerosos funcionarios y colaboradores del régimen, otros tantos criminales permanecieron impunes.
En ese contexto, se generó en la sociedad germana una suerte de ominosa complicidad, que apostó claramente a la desmemoria y al literal entierro de un pasado de espanto.

Salvando las obvias diferencias de escala, esa inmoral operación de encubrimiento también se suscitó en nuestro país durante los veinte años posteriores al epílogo de la dictadura liberticida.
El relato se centra en la temeraria épica de Johann Radmann (Alexander Fehling), un joven fiscal que por entonces se ocupaba de casos judiciales de escasa o nula relevancia.

Sin embargo, el destino lo transformó en un auténtico protagonista de la historia, cuando aceptó el desafío de asumir las investigaciones para esclarecer las violaciones a los derechos humanos perpetradas en el campo de exterminio de Auschwitz, con el monstruoso doctor Josef Mengele como ineludible referente.

Desde el comienzo de la narración, se advierte la actitud displicente de los funcionarios judiciales, cuando un testigo comparece en tribunales con una denuncia que amerita ser investigada. Empero, la mayoría de los magistrados desestima la imputación, corroborando una arraigada tendencia a no comprometerse con un tema tan crudo y doloroso.

Por supuesto, esa tesis es compartida por la sociedad de la época, que prefiere no saber o ignorar lo qué sucedió antes de enfrentar la verdad en su dimensión más dramática.
La excepción a la regla la constituyen precisamente Johann Radmann y el periodista Thomas Gnielka (André Szymanski), quienes no temen exponerse a represalias con tal de abrir una brecha en ese auténtico muro de silencio.

En ese contexto, ambos se trasforman en una suerte de parias y renegados sociales, recurrentemente hostigados por ex nazis que aun conservan un considerable poder.
Por supuesto, esa irracional impunidad queda corroborada cuando se reclama a las autoridades la remoción de un maestro de escuela que participó en la represión y este igualmente permanece al frente de sus clases.

En esas circunstancias, el contencioso penal deviene en una odisea de búsqueda entre miles de expedientes en atiborrados archivos y de testigos dispuestos a declarar.
Esa ardua tarea transforma al relato en una experiencia cuasi kafkiana, en la cual los protagonistas oscilan permanentemente entre acusadores y acusados.

Esa tensión, marcada siempre por la más amarga de las ambigüedades, incluye el romance del protagonista con Marlene Wondrak (Friederike Becht), una joven diseñadora de ropa.
Partiendo de la premisa que todos tienen algo de ocultar o que olvidar, la subyacente tragedia penetra hacia el interior de las propias instituciones democráticas de la nueva Alemania, nacidas de una fragilidad extrema por los efectos residuales de una historia reciente de pesadilla.

Giulio Ricciarelli administra con rigor e indudable sabiduría las conductas psicológicas y emocionales de los personajes, en el marco de una agobiante atmósfera signada por el miedo, la alienación colectiva, la culpa, el odio, la indiferencia y la desconfianza.

Laberinto de mentiras es un auténtico docudrama concebido mediante un lenguaje sobrio y moroso, que denuncia sin ambages las demenciales atrocidades perpetradas por los criminales nazis sin recurrir a escenas escabrosas o inconvenientes.

En efecto, todo el horror de la hecatombe está retratado en las declaraciones de los testigos y aun en las actitudes de flagrante complicidad, en una película valiente, removedora y de superlativo valor testimonial.

«Laberinto de mentiras» (Im labyrinth des schweigens). Alemania 2014. Dirección: Giulio Ricciarelli. Guión: Elisabeth Bartel y Giulio Ricciarelli. Fotografía: Martin Langer y Roman Osin. Música: Sebastian Pille y Niki Reiser. Edición: Andrea Mertens. Reparto: Alexander Fehling, André Szymanski, Friederike Becht, Johaness Krisch, Johann von Bülow y Robert Hunger-Bühler.

Hugo Acevedo (05/12/2015)

“El regalo” (Mariángel Solomita)

 

Un recuerdo que puede complicarles la vida.

Durante la adolescencia la vida puede demostrar todo su cinismo. La rutina de un púber desafortunado se parece a un campo minado de humillaciones y vergüenzas.

Pero uno crece y puede inventarse el pasado que quiera, porque los testigos de quiénes fuimos suelen perderse en el camino. A no ser que el miedo al ridículo se convierta en odio y se quede pegado al cuerpo, estampando el carácter.
El regalo es una película sobre los coletazos del bullying, una práctica cobarde que ha existido siempre pero de la que se habla más desde que se nombra en inglés. Tal vez tenga sentido porque en los liceos de Estados Unidos la lucha de poderes entre perdedores y ganadores es mucho más cruel y extrema que en el resto del mundo.

Joel Edgerton, un actor australiano que pisa cada vez más fuerte en Hollywood (actuó en Star Wars: Episodio III – La venganza de los Sith, La noche más oscura, El gran Gatsby y Pacto criminal), escribió, protagonizó y dirigió este thriller, su primer largometraje (ya tenía experiencia realizando cortos). Si el cine habitualmente demuestra con humor que todo joven matón tiene un destino adulto patético, Edgerton se preguntó qué pasaría si el acosador sigue siéndolo y triunfa, mientras la víctima no pudo superar jamás las consecuencias del deterioro de un maligno chiste juvenil.

El regalo no exhibe a la venganza como un plato que se sirve frío. Por el contrario, deja puertas entreabiertas y zonas grises que hacen que el relato pueda ser visto por momentos como un film de terror psicológico o como un drama. Del mismo modo se puede ver al personaje acosador: ¿se trata de un psicópata o de un infeliz?

Simon (uno de los pocos personajes antipáticos que le tocó interpretar a Jason Bateman) y Robyn (Rebecca Hall) son un matrimonio recién instalado en California, ciudad natal del esposo. La pareja se propone olvidar algunos malos momentos e intentar formar una familia. Pero se topan con Gordon, un antiguo compañero de liceo de Simon.

Para moldear la extrañeza que envuelve al personaje que él mismo interpreta, Edgerton transportó la invasión a la intimidad que sufre una víctima de bullying en el liceo hacia la zona más privada de la adultez: el hogar familiar. El hostigamiento se impone a través de visitas inesperadas y de una amabilidad exasperante.

El 85 % de las escenas ocurren en la casa. La puesta de cámara funciona como un voyeur que husmea a través de los ventanales o camina por los pasillos sin ser invitado. Edgerton tradujo el miedo del que fue víctima Gordon en la amenaza continua de una presencia invisible que te observa. Este terror afecta en especial al personaje más vulnerable, Robyn, talón de Aquiles de Simon.

El regalo va tomando el pulso de un juego de estrategia, en el que cada arista del triángulo desconfía del otro. Es una historia sobre personajes convertidos en víctimas de la venganza, personajes que quieren seguir adelante pero no pueden huir de un pasado cuyo decorado se cae a pedazos.

“El regalo” Estados Unidos, Australia, 2015. Título original: The gift. Escrita y dirigida por: Joel Edgerton. Fotografía: Eduard Grau. Género: Thriller. Con: Jason Bateman, Rebecca Hall, Joel Edgerton. Duración: 108 minutos. Estreno: 3 de diciembre.

Mariángel Solomita (El País, 04/12/2015)

“A Very Murray Christmas” (Pablo Staricco)

 

De parranda con Bill Murray.

Netflix y Sofía Copppola se unieron para realizar un especial navideño que resume la entrañable figura del comediante.

La fecha: desconocida. El lugar: McDonald’s, Wendy’s o una de las tantas otras cadenas estadounidenses de comida rápida. El evento: una persona comía papas fritas. De repente, Bill Murray se acerca a su mesa y se sienta con él. Sin explicación alguna, el comediante comienza a comerle las papas fritas. Mientras el comensal lo mira atónito, Murray dice: “Nadie te va a creer”. Luego, el actor se para y se retira del local, como si nada hubiese pasado.

La anécdota, que puede encontrarse con diferentes variaciones a lo largo de internet, es parte de un fanatismo fabuloso que rodea a la estrella de Hollywood. Es que Murray, quien ayer estrenó A very Murray Christmas –un programa especial de Netflix–, se ha vuelto una personalidad célebre no solo por su carrera en televisión y cine, sino por sus locuras en la vía pública. Todo esto lo han convertido en una figura excéntrica, entrañable pero sobretodo, entretenida.

El sitio Bill Murray Stories es la prueba de ello. La página se dedica a reunir “historias clásicas” del humorista, presentadas como cuentos contados en primera persona que comienzan siendo creíbles pero que luego toman un giro extraño que implica a Murray haciendo algo ridículo. Muchas pueden ser inventadas, otras no. No importa, ya que existen varias anécdotas reales que prueban el afán bufonesco del actor.

Algunas de las mejores: la vez que Murray se coló en las fotos de una pareja a punto de casarse; la vez que acompañó a una joven a una fiesta y lavó los platos y vasos de la casa; la vez que, en lugar de firmar un autógrafo, prefirió en cambio filmar una caminata en cámara lenta junto a cuatro desconocidos; o la vez que, tras conversar con un taxista y oír sobre sus aspiraciones musicales, intercambió de lugar con el conductor y dejó que tocara el saxofón en el asiento de atrás mientras Murray conducía.

Encanto instantáneo

Murray nació en Chicago en 1950, hijo de un vendedor de madera que murió cuando el actor tenía 17. Según un perfil de la Rolling Stone, Murray se acercó a la improvisación tras abandonar sus estudios de medicina y pasar su 20° cumpleaños en la cárcel por posesión de marihuana.

Antes de cumplir 30 años fue el primer “chico nuevo” del primer elenco en Saturday Night Live al reemplazar a Chevy Chase. Rápidamente y utilizando cierta perspicacia y cercanía con la audiencia (en un segmento llegó a pedirle directamente a los espectadores su apoyo), rápidamente se elevó a la altura de otros comediantes de peso del programa como John Belushi o Dan Aykroyd.
Saturday Night Live fue la catapulta a una carrera en el cine que, pese a valerle una popularidad mundial, no hizo que cambiara su comportamiento atípico para Hollywood.

Es sabido que durante gran parte de su vida profesional, Murray no ha trabajado con agente y en su lugar instaló un número de teléfono 0800 en el que recibía las ofertas e ideas de películas. “Si es interesante, te devolveré la llamada”, decía su mensaje.

Mientras que directores independientes como Wes Anderson y Jim Jarmusch sí lograron cautivar su atención, esta modalidad poco convencional de contratación ha hecho que otros directores y actores trataran de ofrecerle un papel a Murray y fallaran simplemente al no poder encontrarlo. Algunas de las películas que se perdió fueron Iron Man: el Hombre de Hierro, Monsters ,Inc. y Pequeña Miss Sunshine.

Otra de las cineastas que también tuvo suerte fue Sofia Coppola, quien supuestamente dejó cientos de mensajes en esa casilla de voz hasta que finalmente pudo proponerle a Murray protagonizar su segunda película, Perdidos en Tokio. El filme le valió a la directora hileras de reconocimientos, con varias nominaciones y un Oscar a Mejor guión original incluido.

Inyección de humor

A very Murray Christmas, que puede verse desde ayer en Netflix, significa la primera colaboración de Coppola y Murray desde Perdidos en Tokio.

Se trata de un homenaje a los clásicos programas navideños de variedades, rodado en el interior del emblemático Hotel Carlyle de Nueva York. Inicia con el actor preparándose para presentar un programa navideño en vivo, cuando una tormenta de nieve interrumpe la transmisión. El comediante supera ese altercado cantando y divirtiéndose con amigos (George Clooney, Chris Rock y Miley Cyrus, entre otros) y empleados del hotel, en una obra que bien podría ser la antítesis de la solitaria y contemplativa Perdidos en Tokio.

Y aunque la figura de Murray ha quedado ligada mediante sus trabajos a ciudades como Nueva York y Tokio, el actor también disfruta de rondar por Estados Unidos sin rumbo. En los últimos años se ha asentado en la ciudad de Charleston, en Carolina del Sur, donde es dueño de una liga menor de baseball. Pero nada impide que en unos años siente cabeza en otro extremo del país.

Según el diario New York Times, Murray se ha convertido en un equivalente folklórico de un hada padrino, apareciendo de forma inesperada en momentos oportunos. Su vida se ha transformado en una forma de stand-up sin fin, impulsado por su propia celebridad y cuyo fin parece ser el de inyectar un poco de humor en los momentos más mundanos de la vida, sin importar la situación.

Pablo Staricco (El Observador, 05/12/2015)