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“Steve Jobs” (Pablo Staricco)

Las caretas de Steve Jobs

Para película biográfica sobre el fundador de Apple, Aaron Sorkin hizo algo diferente. En lugar de escribir un guión en base a un relato cronológico de la vida de Steve Jobs, el creador de The West Wing (1999-2006) y La red social (2010) ideó un relato dividido en tres partes muy claras. Tres momentos basados en las instancias más importantes en la vida de cualquier empresario tecnológico: la presentación en público de su nuevo producto.

Dirigida por el director británico Danny Boyle, Steve Jobs (2015) es un retrato del empresario que toma al lanzamiento de las computadoras Macintosh, NeXT Computer y iMac G3 como la excusa para adentrarse en la vida personal y profesional de una de las figuras más revolucionarias del capitalismo contemporáneo. De hecho, en ningún momento se ve a Jobs, interpretado por el actor Michael Fassbender, preparando sus discursos o incluso dándolos. En cambio, será su recorrido por un laberinto de problemas técnicos y humanos los que hacen de la película una de las obras más ingeniosas dentro de esta temporada de estrenos previos a los premios Oscar.

Y pese a que el filme no tuvo un gran recibimiento por parte de la Academia, las actuaciones de Fassbender como Jobs y de Kate Winslet como la asistente del empresario, Joanna Hoffman, sí lograron un impacto muy positivo.

El reconocimiento, que ya les ha otorgado otras nominaciones y premios a ambos, es merecido. Porque así como Revenant: el renacido (2015) es un filme impulsado enteramente por la actuación de Leonardo Di Caprio, Steve Jobs le otorga a Fassbender todo lo que necesita para demostrar un rango actoral que ya no sorprende en el intérprete de origen alemán.

De todas formas, tal vez por la cercanía de la obra con la muerte de Jobs en 2011 y por la existencia de una película burda con Ashton Kutcher en el mismo papel, es más probable que Winslet se lleve más laureles que su contraparte masculina. Mientras que ella se luce personificando a un personaje casi desconocido para el público general, Fassbender todavía debe cargar con la carga cultural que tiene una figura popularmente mundial como la de Steve Jobs.

Como no uno, sino tres Jobs, Fassbender se adueña de los manerismos y emociones del genio tecnológico a través de las décadas. No solo toma sus gestos con las manos o sus variaciones de timbre de voz según su temperamento, sino que también lo dota de una determinación casi alienígena, correspondiente a la presión de un hombre ante la búsqueda del éxito, sin importar el costo.

Sorkin, sin embargo, tampoco parecer tener tapujos en mostrar el lado más oscuro de Jobs, quien es criticado por diferentes colegas, amigos y periodistas a lo largo del filme. Es que la película, basada en la biografía best-seller de Walter Isaacson, toma como hilo narrativo la problemática relación que tuvo Jobs con su hija, a quien no reconoció como propia durante años.

También entran en escena otros actores de reparto como Seth Rogen o Jeff Daniels. El primero se aleja de sus característicos papeles humorísticos para encarnar al cofundador de Apple, Steve Wozniak. Mientras, como John Sculley (CEO de Apple de 1983 a 1993), Daniels queda relegado al rol completamente funcional de disparar emociones fuertes en Jobs.

Las escenas entre Rogen y Fassbender, en contraste, son las más cautivantes gracias a sus lecturas implícitas. Como dos amigos ahora separados por las dimensiones colosales de un proyecto que iniciaron en un garage, el doblete actoral entre ellos hace pensar que una película sobre los orígenes de Apple (mostrados muy brevemente en el filme de Boyle) sería más que bienvenida.

Afortunadamente, la propuesta de Boyle y Sorkin es tan particular como adictiva, incluso tomando en cuenta el rasgo repetitivo de sus capítulos, que siempre terminan unos segundos antes de que Jobs salga al escenario.

Aunque Sorkin es conocido por escribir páginas y páginas de diálogos que los actores deben expresar en cuestión de segundos, aquí no hay un texto que desoriente al espectador, incluso al más desconocedor de la figura de Jobs.

Boyle, por su parte, le construye escenas relucientes con escenarios tan mundanos como pueden ser una sala de teatro vacía o una serie de pasillos interconectados. El contexto teatral de la historia también parece inspirar los desplazamientos de los actores, a quienes la cámara sigue en movimientos vertiginosos dentro de habitaciones pequeñas. No cabe duda que la pareja de actor y director ingresaron y salieron del proyecto de una forma completamente sincronizada.

Es probable que Steve Jobs no resulte una cita tan atractiva como puede ser la odisea brutal de Revenant: El renacido o el entretenimiento económico de La gran apuesta (2015), pero la película tiene el pedigrí e ingenio suficientes para obtener la atención del espectador y lograr que se aleje de la pantalla de su teléfono por un par de horas.

Steve Jobs” Estados Unidos / Reino Unido, 2015. Director: Danny Boyle. Guión: Aaron Sorkin, basado en el libro de Walter Isaacson. Elenco: Michael Fassbender, Kate Winslet, Seth Rogen, Jeff Daniels. Productores: Danny Boyle, Scott Rudin. Duración: 122′

Pablo Staricco (El Observador, 24/01/2016)

“El niño” (Sergio Moreira)

¿Un nuevo slasher?

Así como era muy común en los setenta la producción clase b de terror para consumo adolescente, en este siglo XXI es algo también habitual. Estrenándose casi una película por semana de este género. Si bien el subgénero más común es el del found footage (los falsos documentales que simulan ser cintas encontradas), esta película puede ser la primer aparición de un nuevo slasher, es decir de una nueva serie de películas con un asesino como personaje principal.

Los personajes clásicos de este subgénero fueron establecidos en las décadas del setenta y ochenta (Jason Voorhees, Michael Myers, Leatherface, Freddy Kruegger, Pinhead, Chucky) y hasta ahora no se había agregado prácticamente ninguno, solo podemos recordar a Candyman en los noventa y al Jeeper Creeper en el 2001, del director Victor Salva. Pero hasta ahora ninguno con la fuerza de aquellos personajes antes mencionados.

Esta quizás sea la aparición de un nuevo personaje, si se juega lo suficientemente bien con él puede ser interesante en este subgénero.

En El niño se cuentan las aventuras de una joven estadounidense, que se muda a la campiña británica para cuidar a un niño y de paso escapar de su novio abusivo. El problema es que cuando llega a la casa donde es contratada, descubre que tiene que cuidar a un muñeco de cerámica que dos ancianos lo cuidan como si fuera su hijo. Esta locura, lejos de ahuyentarla, la hace aceptar el trabajo un poco por piedad hacia los ancianos y otro poco por escapar a su situación anterior. Allí conocerá a un empleado de un almacen y a nadie más, ya que los dos ancianos se ausentan y la dejan abandonada con este muñeco. A medida que pasan los días, ella siente una presencia en el hogar y al parecer descubre que puede perder la cordura de la misma manera que la habían perdido aquellos ancianos.

El filme está contado con buen suspenso y si bien por momentos parece de una obviedad tremenda, la inteligencia del director hacen que tenga algunas sorpresas que, aunque groseras, son detalles interesantes dentro del género.

El niño no es una maravilla del cine, ni siquiera del cine de terror, pero se deja ver y disfrutar; se convertirá en uno de esos clásicos que se verán en cualquier reunión adolescente con pororó y cervezas, alrededor de una estufa, en el calor del hogar. Y, probleblemente, sea propensa a tener secuelas.

El niño” (The Boy, 2016) Estados Unidos, 2016. Director: William Brent Bell. Elenco: Lauren Cohan (Greta Evans), Rupert Evans (Malcolm), Jim Norton (Sr. Heelshire), Diana Hardcastle (Sra. Heelshire), Ben Robson (Cole), James Russell (Brahms). Duración: 97′.

Sergio Moreira

“Batman vs. Superman: El origen de la justicia” (Sergio Moreira)

Batman y los superamigos

Luego de tres años del estreno de El hombre de acero, el director Zack Snyder decide retomar a ese personaje (y a su actor) para realizar una secuela en esta Batman vs. Superman: El origen de la justicia.

Si bien no es una secuela como tantas, aquí se plantea un punto de vista distinto, ya que casi todo el filme va según la visión de Batman, interpretado por Ben Affleck en una actuación que supera a la versión del anterior superhéroe que había encarnado, Daredevil. Aquí Affleck se mete más en su personaje, entendiendo al humano tras la máscara. Quizás la ventaja en este caso corre en que hay mucho más material cinematográfico (y televisivo) sobre Batman que sobre Daredevil y, de esta forma, sea más fácil trabajar sobre un personaje que se tiene más presente por las caracterizaciones de Christian Bale, Michael Keaton o incluso el discutido Adam West.

¿Porqué entonces digo que es una secuela de El hombre de acero y no de Batman, el caballero de la noche asciende (The Dark Knight Rises, 2012)? Porque mantiene el elenco de la primera y cambia un poco el origen del segundo, si bien siempre se cuenta el asesinato de los Wayne, es distinto aquí que como se muestra en Batman inicia (Batman Begins, 2005).

Por lo tanto es como otro borrón y cuenta nueva de Batman, con los mismos traumas; aún más solitario pero siempre contando con Alfred, en este caso en el cuerpo de Jeremy Irons.

El guión corre a cargo de David S. Goyer, quien cuenta con experiencia en el mundo de las adaptaciones de historietas, ya que puso su lápiz en las versiones cinematográficas de El cuervo (El cuervo: Ciudad de ángeles), Enemy (Enemy), Nick Fury (Nick Fury: Agente de S.H.I.E.L.D.), Blade (Blade, cazador de vampiros; Blade II, Blade: Trinity y Blade, la serie), Batman (Batman inicia, Batman: El caballero de Ciudad Gótica, Batman: El caballero de la noche, Batman: El caballero de la noche asciende), Ghost Rider (Ghost Rider: Espíritu de venganza), Superman (El hombre de acero) y Constantine (Constantine); junto con él se encuentra el ganador del Oscar por Argo, Chris Terrio.

El filme es una mezcla de dos historietas clásicas de los héroes, El regreso del caballero oscuro de Frank Miller y Superman: Doomsday de Dan Jurgens. De la primera saca la lucha entre los dos y de la segunda el enfrentamiento con Doomsday y la conclusión de la historia; de todas formas no se cierne exclusivamente sobre estas historietas y agrega algunos personajes que no estaban en la original; como la Mujer maravilla, Flash, Aquaman, Cyborg y Zod (si bien estos cuatro últimos apenas aparecen en imágenes).

Para los más puristas del cómic quizás no sea lo que buscan, si bien muchas escenas son similares a las historietas; lo cierto es que no se puede competir con los originales (sean estas historietas, libros, series u otras películas).

Snyder hace homenajes que no aportan mucho a la historia, como el cartel de Excalibur como la película que se exhibe cuando matan a los padres de Bruce o la lucha similar a la de King Kong entre Doomsday y los helicópteros. De todas formas dirige bien a sus actores y sobretodo se distingue en las escenas de acción. El tono serio y trascendental que es marca registrada de Christopher Nolan, aparece pero con algunos chispazos de distención, otorgados por Alfred, Perry White y Luthor.

La película tiene tres partes bien diferenciadas, la mejor que es la presentación de los personajes, visto todo desde un punto de vista humano, donde tanto Superman como Batman se ven atemorizantes; la lucha entre los dos héroes en segundo lugar y la conclusión con la unión de la Mujer maravilla a Superman y Batman contra Doomsday. Falla un poco el segmento que une estas dos últimas, el porqué Batman se detiene ante Superman es bastante ridículo, al igual que la obsesión que tiene este último por Lois Lane, que lo lleva a dejar a la humanidad librada al azar con tal de salvar a esta chica. Cuando sucede esto (que son varias veces en el filme) uno no deja de pensar en la caricatura de Superman bajando un gatito de un árbol, tan bueno que termina siendo muy tonto.

Otro de los puntos flojos del filme es el diseño de Doomsday, al parecer los diseñadores de monstruos de Hollywood solo aprendieron a hacer uno y lo repiten hasta el hartazgo ¿Es que acaso no es igual a la Abominación aparecida en Hulk: El hombre increíble? ¿O al Lagarto de El sorprendente hombre araña? Muchachos, a ponerse las pilas en este área.

Snyder logra aprovecharse de los puntos flojos de El hombre de acero para fortalecer a su Batman vs. Superman, esto es un gesto inteligente y logra superar a su antecesora. Si bien no está a la altura de su competencia (Marvel Comics), DC parece ir encontrando el rumbo. Aún le queda mucho camino por delante, pero lo principal es comenzar a caminarlo.

Batman vs. Superman: El origen de la justicia” (Batman v Superman: Dawn of Justice) Estados Unidos, 2016. Director: Zack Snyder. Guión: Chris Terrio y David S. Goyer, basados en los personajes creados por Bob Kane y Bill Finger (Batman) y por Jerry Siegel y Joe Shuster (Superman). Elenco: Ben Affleck (Batman), Henry Cavill (Superman), Amy Adams (Lois Lane), Jesse Eisenberg (Lex Luthor), Diane Lane (Martha Kent), Laurence Fishburne (Perry White), Jeremy Irons (Alfred), Holly Hunter (Senadora Finch), Gal Gadot (La mujer maravilla), Michael Shannon (Zod), Michael Cassidy (Jimmy Olsen), Carla Gugino (Voz de la nave), Kevin Costner (Jonathan Kent). Productores ejecutivos: David S. Goyer, Christopher Nolan. Música original: Junkie XL y Hans Zimmer. Duración: 151′

Sergio Moreira

“Star Wars: El despertar de la fuerza” (Pablo Staricco)

Star Wars

Una opinión sobre la nueva Star Wars

Hay recuerdos muy nítidos de mi infancia vinculados a Star Wars. Unos se remontan al disfrute de la segunda tanda de películas de la saga, que llegaron al cine en Uruguay entre el 1999 y 2005. Un pasaje de la niñez a la adolescencia marcado por los Jedi y sus sables láser como sinónimos de diversión. Entremedio, el encuentro en la televisión y las ansias por recolectar la trilogía inicial mediante un VHS programado para grabar en una hora enemiga de la escuela durante las semanas en que la señal Fox transmitió la trilogía original.

Esos momentos fueron seguidos con años de referencias incesantes desde la industria cultural en alusión a la historia de ciencia ficción más popular en el planeta. Ahora, 2015 se retira y lo hace comprobando que, como la Fuerza dentro del universo creado por George Lucas a fines de la década de 1970, Star Wars está en todos lados. La responsable es Star Wars: El despertar de la Fuerza, la séptima entrega que, bajo los estudios Disney y con el director J.J. Abrams al mando, busca consagrarse como la ópera espacial por excelencia.

Y aunque confieso que esta reseña está nublada por sentimientos inclinados hacia el entusiasmo innegable que la franquicia me genera, el veredicto es simple: Star Wars: El despertar de la Fuerza cumple con lo que uno espera de una película de Star Wars y logra sentirse como una aventura nueva que no desmerece el legado que le antecede. Es una obra entretenida, capaz de generar un abanico de emociones, mientras se sumerge en una catarata de efectos especiales asombros que hacen que experimentarla en la pantalla grande sea una cita obligada.

Misión imposible

Hay cierta ambivalencia en ir a ver algo de lo que se ha estado hablando extensamente. Un miedo que hace creer que no habrá lugar para sorprenderse. El filme de Abrams es la película que Hollywood más ha esperado en el año y Disney se ha encargado de que así sea con un ejercicio de promoción incesante. Afortunadamente, hay que sentirse agradecido con la ignorancia con la que uno llega al filme.

Como guionistas, Abrams y Lawrence Kasdan se encargaron de que Star Wars: El despertar de la Fuerza esté repleto de sorpresas en su relato y en la presentación de los personajes nuevos y viejos. Lo más recomendable es no describir ninguna de ellas, incluso aquí, porque a medida que el espectador se adentra más y más en este capítulo ubicado 30 años después de El retorno de Jedi, es probable que varios queden boquiabierto.

Vale recordar que la barra estaba alta. Muy alta. Solo pensar en algunas obligaciones de esta película la hacían una tarea herculina para el director. Primero, debía introducir una historia lo suficientemente cautivante como para continuarla en dos películas posteriores. Segundo, debía contentar a los fanáticos que sintieron que las últimas tres películas dirigidas por Lucas no le hacían justicia a aquellas protagonizadas por Harrison Ford, Mark Hamill y Carrie Fisher. Tercero, debía ser buena. Y de paso, debía contar con el atractivo comercial necesario para disparar la venta de sus juguetes, tal vez la mayor industria vinculada a la franquicia de Star Wars.

Es resumen, Abrams debía crear un película que fuera un relanzamiento, un homenaje y una obra nostálgica y taquillera, que despertara recuerdos y ocasionara deslumbramiento en los fanáticos y desconocedores por igual. Alerta de spoilers: Lo logra.

Bienvenido a casa

Star Wars: El despertar de la Fuerza dura apenas un poco más de dos horas, pero entre los planetas y sus paisajes visitados –mucho de ellos filmados en locaciones reales– la aventura se disfruta en cada minuto. Una vez que los títulos amarillos aparecen bajo la banda sonora compuesta por John Williams, un misterio entorno a un personaje desaparecido es el motivador de una búsqueda cargada de acción espectacular, misterios bien guardados y un humor muy efectivo.

“La historia se repite”, dijo Abrams sobre este séptimo episodio, y no miente. Los más pesimistas experimentarán varios déjà vu que los sacarán de órbita con la propuesta, pero es más probable que la mayoría del público, incluso el más juvenil, se sienta parte de un gran encuentro familiar.

La nostalgia con estos personajes no se hace latente hasta que, por ejemplo, se está en una sala de cine que al unísono vitorea la aparición de Han Solo o su nave, el Halcón Milenario. Star Wars: El despertar de la Fuerza es el regreso a un hogar que uno no sabía que extrañaba tanto hasta que vuelve ahí.

Los encargados de encabezar ese regreso son una nueva tropa de actores. Daisey Ridley, John Boyega, Adam Driver y Oscar Isaac son los rostros elegidos para cargar esta antorcha galáctica. El mérito es de todos ellos, ya que no solo se amalgaman instantáneamente con la propuesta, sino que cada uno de ellos trae algo original a la mesa.

Particularmente sucede con Driver y Ridley, el primero como el villano principal de la Primera Orden y la segunda como una heroína de origen desconocida varada en un planeta desértico. Boyega también sobresale en su papel de Stormtrooper arrepentido y tanto él como BB-8, el droide que aquí toma el lugar de R2-D2, se llevan varias de las sonrisas del público.

De la vieja camada, Ford merece un aplauso aparte en su retorno como Solo. El actor de 73 años transmite sin problema su diversión por volver a calzarse las botas y pistola del contrabandista sabelotodo, al mismo tiempo que protagoniza la escena más resonante de toda la película.

Como era de esperarse, los efectos especiales son otro protagonista del filme. Hay un nivel muy puntilloso en el diseño de producción, cuyo resultado hace creer que todo puede ser real en la nueva Star Wars. Desde los interiores de las naves, la galería de alienígenas de múltiples facciones y hasta los elementos menores como la comida hacen que la película cobre una dimensión más táctil. Parte de esa magia es lograda con la predominancia de los efectos especiales prácticos (como títeres) en lugar de las imágenes generadas por computadora.

Hay decisiones narrativas que se pueden mejorar, pero ninguno es lo suficientemente importante como para destacar. Porque lo que se nota detrás del filme es amor y devoción a un proyecto que trascendió barreras culturales hace varias décadas y que ahora intenta lograrlo una vez más.

Además, la película plantea muchas preguntas a futuro, lo que deja entrever que hay un pensamiento a largo plazo.

El despertar de la Fuerza no solo es recomendable entre lo mejor del año, sino que afortunadamente es solo el comienzo de una odisea espectacular que durará otros tantos años más. Bienvenido Star Wars. Se te extrañaba.

Star Wars: El despertar de la Fuerza” (Star Wars. Episode VII: The Force Awakens). Dirección: J.J. Abrams. Guion: Lawrence Kasdan, J.J. Abrams y Michael Arndt. Música: John Williams. Fotografía: Daniel Mindel. Montaje: Maryann Brandon y Mary Jo Markey. Elenco: Daisy Ridley, John Boyega, Adam Driver, Oscar Isaac, Harrison Ford, Carrie Fisher, Peter Mayhew, Lupita Nyong’o, Max von Sydow. Duración: 135 minutos. 2015.

Pablo Staricco (El Observador, 18/12/2015)

“Batman vs Superman: El origen de la justicia” (Pablo Staricco)

Batman Superman

Batman y Superman son cosa seria

Batman vs Superman: el origen de la justicia tiene asegurada la visita de millones de espectadores alrededor del mundo. El filme dirigido por Zack Snyder reúne por primera vez en la historia del cine a los dos personajes más populares de la industria cómic, considerado como una fuente inagotable de inspiración que ha generado el cine más taquillero de la última década.

Dos años y medio después del anuncio inicial de duelo entre estos dos titanes de la historieta, los estudios Warner Bros y la editorial DC finalmente completaron su trabajo y la prueba impuesta por las altas expectativas del filme está superada. La película protagonizada por Ben Affleck y Henry Cavill en el rol de los superhéroes del título tiene todo lo que los fanáticos de este género esperan, así como otras cualidades estéticas y narrativas que podrán ser apreciadas por los menos interesados en los problemas de un par de hombres que portan capas.

Tras el frío aunque redituable recibimiento del Superman presentado por Snyder en El hombre de acero (2013), tanto cineasta como productor ejecutivo –Christopher Nolan, director de la aclamada trilogía del Batman interpretado por Christian Bale entre 2005 y 2012– decidieron acudir al Hombre Murciélago no solo para asegurar la atención de los inagotables entusiastas por el personaje, sino también para sentar las bases de un nuevo universo cinematográfico de varios personajes que se reunirán en 2017 en La Liga de la Justicia, la respuesta a los Avengers de Disney y Marvel.

Con esa tarea –sumada el objetivo de hacer meramente verosímil un enfrentamiento entre un millonario cincuentón y un alienígena invencible– era de suponer que el guión concebido por David Goyer pero rearmado y estilizado por Chris Terrio (guionista de la premiada Argo), no lograría lidiar con profundidad todo lo que debía abarcar. Sin embargo, el resultado es un filme de dos horas y media que, más allá de un tercer acto un poco insulso aunque predicible dentro de este género, se presenta como un relato de suspenso con momentos de acción cuidadosamente confeccionados.

Batman vs Superman: El origen de la justicia inicia exactamente dos años y medio después del final de El hombre de acero. Affleck se adentra bajo el manto de un Batman que ha combatido el crimen en Ciudad Gótica durante veinte años que ahora se debate qué rol tomar frente a Superman, cuyas destructivas acciones al final del filme anterior de Snyder ocasionaron la muerte de millones de personas en Metrópolis, ciudad al otro lado de la bahía del hogar de Bruce Wayne.

Atento a las críticas que recibió en su anterior largometraje, Snyder propone en su nuevo proyecto un filme que se toma el tiempo necesario para construir el esperado primer encuentro entre estos dos personajes, así como una galería de personajes secundarios que incluyen a Lex Luthor (Jesse Eisenberg), Lois Lane (Amy Adams) y el mayordomo de Bruce, Alfred (Jeremy Irons). Todos ellos, más las apariciones de algunos héroes cuyos nombres mejor no revelar, son utilizados de manera astuta. Mientras que Irons se luce como el aliado y la figura paternal de Wayne, Eisenberg propone en su Lex Luthor de impronta millennial un antagonista de una maldad bufonesca.

La ambición del director y su equipo rinde sus frutos a nivel audiovisual. Con dos ciudades enteras para explorar, la cámara de Snyder y su director de fotografía Larry Fong se cuela con destreza en los rincones de los edificios, callejones y en una moderna Baticueva que reflejan un trabajo de diseño de arte sobresaliente.

Sobre los protagonistas del título, los seguidores de Superman deben ir avisados que esto no se trata de su secuela, sino de la película de Batman. Desde los créditos iniciales dedicados al momento seminal en el origen del héroe, así como en varias escenas oníricas, el filme tienda a evocarse lo más posible en el Caballero de la Noche. Por si fuera poco, la introducción de la Mujer Maravilla, interpretada por la actriz Gal Gadot, termina de robarse todos los aplausos gracias a sus intervenciones.

Y aunque Superman sí tiene un momento en particular que lo hace brillar en un filme cuyos focos no están centrados en él, nadie podrá quedar inmóvil ante la primera escena en conjunto de los tres héroes mencionados previamente, un momento lo suficientemente espectacular para establecer un futuro prometedor para DC y Warner Bros.

Lo mejor

Como un Batman más envejecido y paranoico de lo de costumbre, Affleck es sin duda uno de los mejores aspectos de la película. El actor no solo demuestra una destreza física colosal en su papel, sino un compromiso emocional fuera y dentro del disfraz.

Lo peor

La duración de la película puede atentar contra los espectadores. Mientras que las piezas narrativas propuestas en el guión de Terrio van apareciendo de manera cautivante, sobre la tercera parte el puzzle se entrevera y el filme recae en un tercer acto de una escala épica pero de un resultado más insulso.

Batman vs Superman: El origen de la justicia” (Batman v Superman: Dawn of Justice) Estados Unidos, 2016. Director: Zack Snyder. Elenco: Ben Affleck, Henry Cavill, Amy Adams, Jesse Eisenberg, Diane Lane, Laurence Fishburne, Jeremy Irons. Duración: 151′

Pablo Staricco (El Observador, 24/03/2016)

“Joy: El nombre del éxito” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

La atracción de lo ambigüo

Una escena en blanco y negro, con pésima actuación de mujeres enfrentadas a problemas diversos, especialmente sentimentales, abre el film. Rápidamente nos enteramos que la misma pertenece a una de las telenovelas que la madre de Joy consume desde años atrás. Joy, de entre treinta y cuarenta años, vive en una casa que responde a una clase media norteamericana de confortable existencia, acorde a parámetros cuyas raíces se encuentran en las “soap operas” televisivas y también en los añejos melodramas de Douglas Sirk de los años ’50, ligados a emblemáticos títulos norteamericanos del género, que tienen uno de sus paradigmas en La caldera del diablo (Peyton Place, 1957) de Mark Robson, con Lana Turner. Pero no es solamente la casa, la que relaciona a Joy, el nombre del éxito con esos films. El vínculo está en su anécdota y la forma de abordarla.

Joy vive con su madre, pero también con su hija y su abuela. Cuatro generaciones de mujeres matriarcales, neuróticas, emocionalmente inestables, a las que se suman un ex marido, un plomero y muy especialmente su padre, expulsado del hogar de su novia, también integrada ocasionalmente a la vivienda. Cada cual, a la vez, arrastrando sus propias neurosis.

La sensación inicial producida por el film es la de parodia de un convencional y perimido Hollywood. A medida que avanza, la realización parece transformarse. Se erige en otro más de esos viejos films que son sus nutrientes.

Los contratiempos, fieles a un ancestral “american way of life” cinematográfico, propio de los EE.UU. de Eisenhower, son el acicate para continuar adelante. La familia, con sus variantes polimórficas, emergerá triunfante.

Joy es el ama de casa norteamericana convertida, de la noche a la mañana, en importante empresaria. Luchará por imponer su “invento” (un vulgar lampazo que puede escurrirse sin mojarse las manos), liberador de tareas propias de amas de casa similares a ella. Es defectuoso, su utilidad relativa, pero dispone de un espacio en un canal televisivo especializado en ventas. Ventas de cualquier cosa, productos de dudosa utilidad, impuestos a la sociedad de consumo.

¿Telenovela, reflejo de las que contempla en su pequeño mundo privado una de las protagonistas del film?. Desde luego lo es. ¿Aproximación a la volatilidad e inseguridad de un mundo empresarial expuesto con luces y sombras?. También lo es. ¿Mirada críticamente ácida o autorretrato de un medio?. Es otra opción. Uno de los atractivos de la realización es ese juego de miradas ambiguas, cuya última significación es privativa del espectador.

Es el cine de David O. Russell, integrado por una filmografía (Tres reyes, El ganador, El lado luminoso de la vida, Escándalo americano) volcada sobre modelos caducos, a los que reviste, especialmente en esta ocasión, de satinada envoltura. Russell maneja con soltura el ritmo de la historia, no le permite desfallecer, parece ser consciente de las contradictorias y muy atractivas lecturas que ofrece. El realizador es coherente con esa propuesta ambigua también en el diseño de sus personajes y en la marcación de actores.

De Niro, cual envejecida proyección de un seductor Rock Hudson, conserva sus más eficaces arquetipos, recuperando la espontaneidad de que carecieron recientes trabajos; Jennifer Lawrence parece fusionar a Piper Laurie, Jane Wyman, Doris Day y Lana Turner en consonancia con el relato; y la maleable Virginia Madsen materializa a su personaje símbolo con notable juego de actitudes corporales; pero también aquellos con roles menores, se mueven cómodamente en trabajos oscilantes entre el patético drama y la divertida caricatura de una comedia, o bien superponen todo ello.

Un film extraño, indefinido e indefinible en muchos aspectos, en definitiva cautivante, cualquiera sea la perspectiva desde la que se contemple.

Joy: El nombre del éxito” (Joy). EE.UU. 2015. Dir. y guión: David O. Russell, sobre historia de Annie Mumolo. Con: Jennifer Lawrence, Robert de Niro, Bradley Cooper.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“Felix y Meira” (Hugo Acevedo)

 

El amor como experiencia emancipadora

Un romance prohibido entre dos seres solitarios y ansiosos por compartir un itinerario existencial que colme sus expectativas en materia de felicidad, es la materia temática que aborda Félix y Meira, el drama del realizador canadiense Maxime Giroux.

Esta no es una historia edulcorada ni nada que se le parezca de las que abundan en las telenovelas o en las livianas comedias del cine de industria, sino un conmovedor cuadro humano signado por el desencanto y la amargura pero también por la rebeldía.

En este relato subyacen -en forma paralela- el escepticismo y el conformismo, de dos personas dramáticamente agobiadas por la rutina y el desaliento.

Aunque ambos pertenecen a mundos radicalmente diferentes, esa batalla cultural y la vez afectiva se transforma en una suerte de aventura de supervivencia.

Los protagonistas de este film son Félix (Martin Dubreuil), un solterón franco-canadiense de extracción burguesa que no encuentra su lugar en el universo luego de la muerte de su padre y Meira (Hadas Yaron), una judía casada y madre de un bebé, quien vive sometida por su marido Shulem (Luzem Twersky).

En cierta medida y por diferentes motivos, se trata de dos seres insatisfechos que pugnan denodadamente por superar sus propias limitaciones y condicionamientos.

El escenario del primer encuentro son las inmensas calles de Montreal, donde paulatinamente comienza a procesarse la mutación que inaugurará una nueva etapa en sus existencias.

Por supuesto, los dos se sienten presos de sus respectivos destinos, marcados por una soledad que no sólo es física sino también emocional.

Obviamente, las mayores cortapisas las afronta la mujer, quien debe sucumbir ante la disciplina patriarcal que le impone su marido, que la condena a una experiencia de permanente sumisión.

En ese contexto, no le está permitido escuchar música ni vestir ropas propias de su sexo que no estén acorde con las rígidas costumbres de la ortodoxia judía.

Cualquier desvío de esa conducta merecerá una reprimenda y la recomendación de consultar al rabino, quien naturalmente funge como autoridad moral y guía espiritual de la comunidad.

Es, por supuesto, una suerte de propiedad privada de su esposo, con la libertad ambulatoria y la posibilidad de disfrutar groseramente restringidas.

En ese contexto, sus rutinas se limitan al cuidado del hogar – que es por supuesto su responsabilidad -y de su pequeña hija, como si su vida no tuviera ningún otro propósito.

Es tal la sensación de asfixia que padece la protagonista que, en el segundo encuentro con el extraño, reclama su legítimo derecho a escuchar música. En efecto, acostumbrada a consumir sólo las melodías que le impone su religión, esta nueva contingencia adquiere un sentido realmente libertador.

Este es apenas un mero episodio del suplicio que debe padecer Meira, quien encuentra en Félix un alma solidaria capaz de encender emociones para ella totalmente desconocidas.

En ese marco de aguda represión, no es extraño que la mujer se manifieste absorta y gratificada por enfundarse en un ceñido pantalón vaquero o que dude en mirar a los ojos a un hombre, una prerrogativa que le es negada por el dogma.

Maxime Giroux administra con superlativa sensibilidad la relación de la pareja, en una puesta exenta de eventuales inflexiones melodramáticas.

El director y guionista también articula con plausible acierto los conflictos derivados de ese romance prohibido, originados por el esposo engañado que no se resigna a perder a su pareja ni su aparente armonía familiar.

Como en la recordada La esposa prometida (Israel 2012), también protagonizada por la estupenda Hadas Yaron, en este caso la mujer es una víctima propiciatoria del ancestral fanatismo de las teocracias institucionalizadas.

No obstante, en este caso concreto la clave de la trama no es la religión en sí misma, sino el romance que crece entre dos seres segregados por sus respectivos mundos.

En esta conmovedora película, el amor opera como elemento motivador pero también como manifestación de rebeldía y abierto desafío a un statu quo aparentemente inmutable.

Esta es la historia de dos seres humanos obsesionados por ser felices y con energía emocional suficiente para concretar sus sueños y expectativas.

Félix y Meira es una auténtica aventura de búsqueda, descubrimiento y redescubrimiento, que reflexiona sobre los afectos pero también sobre las costumbres y los cuasi perimidos modelos paternalistas, mediante un sutil discurso artístico que privilegia particularmente el análisis de las psicologías e idiosincrasias individuales y colectivas.

Félix y Meira” (Félix et Meira) Canadá 2014. Dirección: Maxime Giroux. Guión: Alexandre Laferriere y Maxime Giroux. Fotografía: Sara Mishara. Edición: Mathieu Bouchard-Malo Diseño de producción: Louisa Echabas. Reparto: Martin Dubreuil, Hadas Yaron, Luzer Twersky, Anne-Elizabeth Bosse, Benoit Girard y Josh Dolguin.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital)

“Liv & Ingmar” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Nos habíamos amado tanto

La actríz Liv Ullmann nació en Tokyo, Japón, en diciembre de 1938. Hija de padres noruegos, posee esa nacionalidad, aunque frecuentemente se la suele catalogar de actriz ´sueca a causa de los numerosos films de ese origen que protagonizara con dirección de Ingmar Bergman (Uppsala, Suecia, 1918).

La relación entre la actriz y el director, en principio profesional, luego sentimental (que dejará una hija) y finalmente amistosa, es el tema de Liv & Ingmar, documental del realizador indio Dheeraj Akolkar.

Ese medio siglo que cubre el film (desde mediados de los años sesenta hasta la muerte de Bergman en 2007) es visto a través de la evocación de Liv, quien de cara a la cámara deja sus recuerdos. A los escasos films caseros testimoniando fugaces momentos de la vida de la pareja, se agregan fragmentos de los films donde ambos participaran. No lo hacen como documentación de una frondosa filmografía. Se convierten en reconstrucción de una relación que transita en ambos sentidos entre la armonía y la violencia. Los aspectos autobiográficos de Bergman presentes en sus films, legitiman que esos fragmentos descontextualizados respecto a las realizaciones de las cuales provienen, “actúen” a modo de “intromisión” en la intimidad de la pareja.

Un procedimiento similar fue utilizado por el argentino Solly Schroder, en 1964, en el film Carlos Gardel, historia de un ídolo, donde un relator (Tito Lusiardo) de la vida de Gardel ilustraba la misma con fragmentos de films de El Mago, a los que en parte falsamente, se “transformaba” en instancias muy discutiblemente auténticas de su vida.

Poco importa que en Liv & Ingmar los momentos de ternura, dolor, felicidad o su ausencia entre Liv e Ingmar se, conviertan en escenas con Liv y Gunnar Bjonstrand, Liv y Max von Sydow, Liv y Erland Josephson, o Liv y cualquier otro: cada uno de ellos pasa a “interpretar” a Bergman.

El film no indaga, se limita a recoger los recuerdos ¿idealizados, deformados? de una mujer (famosa) que a sus más de 70 años evoca con afecto aún los aspectos más ásperos de una relación cuyos vaivenes no son ni pueden ser precisados cronologicamente. Ullmann y Bergman carecieron de documentos administrativos (partida matrimonial, acta de divorcio), que fijen límites precisos. Su vínculo estuvo condicionado por los sentimientos mutables de dos personas, donde una de ellas (Ingmar) hacía sentir su impronta ya sea cordial o tremendamente cruel y neurótica.

De todo ello habla (Liv Ullmann en) este film.

Liv & Ingmar” (Liv & Ingmar). Noruega / Suecia / Reino Unido 2012. Dir.: Dheeraj Akolkar. Con: Liv Ullmann.

Álvaro Sanjurjo Toucon

“El último tour” (Agustín Acevedo Kanopa)

Entre el teclado y la penumbra

La última gran ganadora de los premios Oscar (pese a la relativamente poca cantidad de estatuillas que se llevó) fue En primera plana, una película que, en la minuciosidad con que retrataba la investigación de un caso de múltiples abusos sexuales perpetrados por sacerdotes católicos, bebía de la más sólida tradición de Todos los hombres del presidente (Alan Pakula, 1976). El horizonte ético del film era dignificar la actividad periodística, prescindiendo de la construcción épica del investigador como una mezcla de escritor y detective de film noir, para aproximarse a un modelo más modesto, en el que la verdad no llega por confesiones de femmes fatales en un bar en penumbras, sino mediante un trabajo de hormiga en la organización y recolección de fuentes. Aun así, no se apartaba del casillero de las “películas de profesiones”, probablemente reproducidas en la plataforma introductoria a alguna licenciatura en Comunicación.

En comparación con ella, El último tour, de James Ponsoldt, circuló bastante lejos del radar (de hecho, sólo llegó a Uruguay en DVD), pese a haber recibido críticas casi unánimemente positivas. Si la etiquetáramos como “cine de profesiones”, sería a la vez sobre periodismo y literatura. A diferencia del formato clásico de las biopics, disecciona un momento breve y particular de la vida del autor en el que se inspira, salteándose toda la construcción genealógica de su persona. Aun así, el formato no sería demasiado novedoso si no fuera por la forma en que se lleva a cabo la empresa y, más que nada, porque el artista elegido es David Foster Wallace.

Difícilmente haya habido en la literatura estadounidense de los últimos 20 años una figura tan relevante como aquel escritor de perpetua bandana, que dejó tras de sí la gargantuesca novela La broma infinita, una serie infalible de libros de cuentos como La chica del pelo raro y Extinción, y dos o tres artículos que cambiaron la historia del periodismo (especialmente “Up, Simba!”, un perfil para la revista Rolling Stone de John McCain cuando éste todavía competía con George W Bush en las primarias del Partido Republicano; uno de los comentarios más agudos sobre el absurdo mundo de las campañas políticas). Más allá de su particularísimo y denso estilo basado en notas al pie -con una especie de erudición alternativa que celebraba, a su manera, a Thomas Pynchon-, lo que hizo más importante a Wallace, aun después de su suicidio, en 2008, fue su descarnado diagnóstico de la sensibilidad en el Estados Unidos de fin de siglo, una crítica al absurdo cotidiano en aquel país dominado por una estela trágica de vidas pequeñas, maquinales y sin sentido, en un mundo de entretenimiento explosivo y mutágeno. Siempre pareció obsesionarle, sobre todo, la socavación constante de lo real, cada vez más devorado por el avance de nuevas tecnologías, pero más que nada por el lento tsunami del avance de la ironía en todas las esferas de lo público.

Tal obsesión tenía un pie bien metido en el barro de la televisión (Wallace era un adicto a ella: podía pasarse viéndola varios días seguidos, levantándose sólo para ir al baño), con los cuentos “Animalitos inexpresivos” y “Mi aparición” como piezas fundamentales para entender un mundo generador de paranoia, donde la realidad se va desvaneciendo en sucesivos movimientos defensivos. En el segundo cuento (publicado originalmente en la revista Playboy), una conocida actriz se prepara para participar como invitada en el show de David Letterman y recibe de su sobreprotector novio una serie de guías de comportamiento, en las que parece entrenarla para que pueda verse en escena como ella misma y, a la vez, eludir cualquier posible insinuación irónica del famoso conductor. En esa preocupación acerca de la realidad y la representación, la pose y el sentimiento, la obra de Wallace se anticipó a aspectos mucho más locos y deshumanizadores que se extendieron con las redes sociales y el siempre irónico hipsterismo. Una obra de ficción que llevara a la pantalla su vida y su persona implicaba cierto viso de traición similar al del conflicto circular de “Mi aparición”, pero el resultado dependía, más que de lo que se retratara, de cómo se hacía.

El último tour narra cinco días en los que David Lipsky (Jesse Eisenberg), escritor y periodista de la Rolling Stone, acompañó a Wallace (Jason Segel) en un ciclo de lecturas realizadas en el corazón del midwest estadounidense, para una nota que no llegó a publicarse, convirtiéndose luego en un libro que Lipsky publicó poco después de la muerte del escritor. Como ingeniosamente señala el póster oficial del film -con las siluetas de ambos armadas con la cinta de un grabador-, se trata de una conversación de cinco días, del descubrimiento mutuo entre un artista conflictivo -y, a su particularísima manera, torturado- y un periodista que alterna entre la fascinación y un complejo de inferioridad galopante. Eisenberg era una opción cantada para ese papel, con su insigne colección de tics, hablar hiperquinético e inseguridades (en este plano, hace de la grabadora una extensión de su cuerpo, en la que suele proyectar emociones y nerviosismos, como en el constante chequeo que la lucecita roja de rec siga encendida). La verdadera sorpresa es Segel, un actor y guionista cuya filmografía ha estado atada a papeles de bonachón, pero que aquí no sólo despliega una habilidad imitativa sorprendente, sino también un muy peculiar estilo para retratar la neurosis. En vez del modelo entre fastidioso y encantador que se puede identificar con Woody Allen, construye un personaje más pausado y menos seductor pero mucho más profundo: el de un hombre preocupado por ser él mismo en todo momento. En la forma en que toma un vaso de Pepsi, trata infructuosamente de dar órdenes a sus perros o corre desgarbado y emocionado hacia una góndola, al enterarse de que todos los gastos van por cuenta de la Rolling Stone, hay mucho más que en mil actuaciones gimnásticas de llantos y monólogos. Si se tuvieran en cuenta estas cosas, Segel tendría que haber sido, al menos, nominado en la terna de mejor actor.

Lo que sucede en El último tour es que dos tipos hablan durante la mayor parte de 107 minutos, sin que ninguna de sus acciones desemboque en mucho más que un mutuo develarse; casi como la idea del “show acerca de nada” popularizada por la serie Seinfeld. Sin embargo, el film no sólo es fiel al retrato de Wallace, sino también a la ética detrás de su obra. Más que una película sobre él, es una sobre el país acerca del que escribía. Hay algo fascinante en la elección de los escenarios que recorren los dos David, un universo chato de no lugares, estaciones de servicio, hoteles cuatro estrellas, interiores de automóviles y shopping malls. La escena en que ambos deambulan por una anchísima autopista, cercada por carteles de McDonald’s, Taco Bell y Kentucky Fried Chicken, transcurre en la “América profunda”, disipada y evanescente, de los personajes nimios que pueblan la obra del escritor.

Al alejarse de las obviedades del “cine de profesiones”, el film se libra también de esa etiqueta. No vemos a Wallace tocado por la vara de la creación, sin poder hacer otra cosa que sentarse a escribir, ni a Lipsky logrando descubrimientos deslumbrantes a partir de su instinto periodístico. El título del libro que inspiró el film “Although of course you end up becoming yourself” (algo así como “aunque, por supuesto, terminás volviéndote vos mismo”) habla tanto de la literatura como del periodismo. El “ser él mismo” es, en lo literario, descubrir una voz propia detrás de angustias y neurosis; en lo periodístico, habla de la extrañeza de compartir tiempo con una persona a investigar que, terminada la tarea, vuelve a ser una extraña.

Quizá la escena más redonda sobre esas concepciones está al final del film, cuando Lipsky aprovecha que Wallace se va a sacar la nieve de su auto para inspeccionarle la casa, y encuentra un cuarto oscuro, casi tapiado, en el que se erige, solitaria, la computadora en la que se escribieron los cuentos y novelas que cambiaron una década. Vemos la torre y el monitor de esa máquina, y es muy tentador pensar que, en definitiva, el “ser él mismo” de Wallace no era ni más ni menos que eso, el canal de donde surgían todas esas historias, una personalidad en la que todo lo que había que buscar estaba en el teclado, aguardando en la penumbra.

Agustín Acevedo Kanopa (La Diaria, 18/03/2016)

“Drunk Stoned Brilliant Dead: The Story of National Lampoon” (Gonzalo Curbelo)

Cuando reían los gigantes

La existencia de la revista satírica estadounidense National Lampoon (1979-1998) pasó bastante desapercibida en el Río de la Plata durante su época de gloria (mediados de los años 70), lo cual no es de extrañar, ya que a diferencia de la anterior y más conocida, Mad Magazine, nunca tuvo una versión en español ni fue importada en forma regular. Algo bastante lógico, ya que difícilmente su estilo transgresor y libertino hubiera sobrevivido las férreas censuras de las dictaduras del Cono Sur, no obstante lo cual hoy en día es fácil advertir la poderosa influencia que tuvo sobre la mítica revista argentina Humor y, por transitiva, sobre la uruguaya El Dedo. Pero, más allá de que su nombre se hizo familiar gracias a las numerosas comedias que se estrenaban bajo el rótulo National Lampoon Presents, toda su saga es hasta el día de hoy desconocida fuera de Estados Unidos, por lo que un documental biográfico como Drunk Stoned Brilliant Dead: The Story of National Lampoon -parte de cierto redescubrimiento de la hedonista pero nada superficial cultura de los años 70- va a ser todo un hallazgo, incluso para los admiradores y cultores del humor estadounidense.

En un primer momento lo que sorprende es, aun si no se conoce mucho sobre la revista y su proceso, la cantidad asombrosa de talentos que estuvieron relacionados con ella; desde el irascible escritor Michael O’Donoghue hasta el irónico PJ O’Rourke, pero también dibujantes como Frank Frazetta y Boris Vallejo, actores como John Belushi y Chevy Chase, directores como John Landis… De hecho, el programa Saturday Night Live, tal vez el más influyente de la televisión humorística de las últimas décadas, obtuvo su primer elenco y sus primeros guionistas de los conjuntos creativos que se generaron alrededor de la revista.

Una revista que, a pesar de su salvajismo superficial, era producto de tres mentes elaboradas: Henry Beard, Doug Kenney y Robert Hoffman, tres brillantes egresados de la exclusivísima universidad de Harvard, donde se habían encargado del periódico local (el Harvard Lampoon), subvirtiéndolo y transformándolo en algo similar a lo que fue su revista posterior, que se apartaba del modelo paródico, observacional (y, en definitiva, bastante inofensivo) de Mad y sus imitadoras (Cracked, Crazy), para adentrarse en el humor absurdo y surrealista, las deconstrucciones de los situacionistas y una temática más bien adulta, con un notable énfasis en lo relacionado con el sexo, la política y las drogas. Nada que pudiera sorprender si se tiene en cuenta que el staff de la revista estaba compuesto casi en su totalidad por veinteañeros, hijos de la contracultura de los años 60, que atestiguaron y vivieron en sus adolescencias y de la que adquirieron un espíritu iconoclasta que no respetaba ningún parámetro de buen gusto, pero a la vez hacían gala de una creatividad convulsiva y de gran trabajo en lo formal, que demostraba que no eran unos simples provocadores, sino que querían hacer un producto que fuera para el mundo editorial estadounidense un equivalente de lo que habían sido los Monty Python para la televisión inglesa, y durante casi una década lo consiguieron.

El éxito de la publicación fue tan arrollador que rápidamente crecieron como empresa y se ampliaron a revistas de comics (la legendaria Heavy Metal), discos de comedia, programas de radio, obras de teatro y finalmente películas, de las cuales la primera (y tal vez la única realmente memorable) fue Colegio de animales (National Lampoon’s Animal House, John Landis, 1978), hoy en día un auténtico clásico de la comedia descontrolada y una de las películas más graciosas que se hayan hecho nunca.

El documental narra todo este proceso deteniéndose en los personajes más atractivos y llenando la pantalla con las fabulosas tapas y diseños de la revista, que deslumbran tanto en forma como en contenido. Y con una temática tan intrépida que hoy, en estos tiempos más pudorosos y reprimidos, posiblemente parezca mucho más transgresora y confrontativa que lo que fue en su momento.

El proceso de National Lampoon fue muy similar al de la revista argentina Humor: un crecimiento un tanto desaforado que llevó a un exceso de ramificaciones y productos derivados que no siempre eran lo que mejor manejaban estos humoristas, sumado a un descuido general de la calidad de la revista -que fue derivando hacia la provocación de puro mal gusto y a la cada vez más frecuente dedicación al humor sexual y a una explotación descarada de los desnudos femeninos, que antes eran simplemente casuales-.

Pero el documental nos ahorra todo el período de decadencia, como si fuera una biografía de los Rolling Stones que se quedara en Tattoo You (1981) y nos ahorrara la ocasionalmente atractiva pero irrelevante carrera posterior de la banda, y su director, Douglas Tirola, cierra la historia con la muerte de uno de sus fundadores, Kenney (de quien, con su típico humor negro, sus ex compañeros aseguran que falleció accidentalmente al resbalar y caer de un risco en Hawai mientras buscaba un lugar adecuado desde el cual arrojarse), sin perder minutos de película en una lenta caída (recién dejó de salir en 1998, casi 30 años después de su número uno) que, más que triste, es simplemente innecesaria.

En todo caso, y más allá de ser un documental ameno, sorprendente e indispensable para quienes quieran informarse sobre la historia del humor en Occidente durante el último siglo, Drunk Stoned Brilliant Dead (que puede traducirse como “borracho drogado brillante muerto”) es también un retrato de un tiempo de libertades increíbles y una amplitud receptiva que hoy va camino a su muerte, estrangulada lenta y paradójicamente en nombre de la diversidad y el respeto: es imposible no pensar en los crímenes de Charlie Hebdo al ver el desparpajo de los chistes religiosos y étnicos que las bestias de National Lampoon publicaban en sus páginas. Y es también imposible no pensar en que sus bromas macabras (y evidentemente críticas) sobre la Guerra de Vietnam hoy serían vistas como “insensibles” y sus divertidísimas fotonovelas -protagonizadas por los propios integrantes de la revista y llenas de generosos desnudos femeninos- hoy serían vistas como sexistas o malos ejemplos de conducta, ignorando la infinita alegría irresponsable que emana de ellas. La alegría de los tiempos en los que la revolución, el sexo y el arte no eran cosa que decidieran los amargos y los vigilantes.

“Drunk Stoned Brilliant Dead: The Story of National Lampoon”. Dirigida por Douglas Tirola. Documental. Estados Unidos, 2015.

Gonzalo Curbelo (La Diaria, 28/01/2016)