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“QEDA” (Andrés Caro Berta)

Excelente viaje a través del tiempo

Ahora mucha gente está subyugada por Netflix. Este gigante absorbe películas y series y seduce con su catálogo.

Sin embargo, lo bueno no está ahí. Hay que buscarlo en internet. Entender que hay otras cadenas televisivas, comenzando por la BBC (en sus distintos canales BBC2, BBC3, BBCAmérica, de Canadá) y accediendo a excelentes televisoras básicamente europeas, que ofrecen productos de una calidad excepcional, y además de gran entretenimiento.

De Dinamarca llega este telefilm QEDA, donde se tratan temas que están en boga, de una forma seria, pero, ¿por qué no?, también dentro de un disfrute para el espectador.

Cerca del final del presente siglo, en el 2095, el mundo ha cambiado. Pavorosamente. El agua dulce potable casi ya no existe. Grandes extensiones han sido invadidas por el agua y países enteros han desaparecido. Los desiertos se han ampliado y tener pocas gotas de agua se ha transformado en moneda de cambio, y casi imposible de conseguir.

En ese panorama, los gobernantes anuncian el final del plan QEDA que implicaba a los viajes en el tiempo.

Aquellos últimos que lo hicieron fueron o están siendo eliminados.

Una conferencia de prensa lo informa. Sin embargo, el protagonista, Fang Rung, va a ser quizás el último traslado hacia el pasado.

La misión (secreta y resistida por la Primer Ministra) tiene dos sentidos. El general, poder cambiar el clima y lograr que el presente no sea tan terrible, y en lo personal, salvar a su hija que se está muriendo porque su cuerpo está minado de sal.

Así, ajustando las coordenadas, Rung se somete a una fusión molecular y envía a la mitad de él al pasado, para llegar a la tatarabuela de la niña, Mona Lundkvist que enseñaba en una Universidad un experimento que luego se perdió (por un accidente aéreo que ella sufre) y que puede salvar a todos.

Pocos días antes de ese vuelo, la parte del protagonista busca acercarse a ella y entabla una relación que puede terminar en algo más, pero la verdadera misión es descubrir la fórmula, para llevarla al futuro.

Pero no sale como él quiere. Mientras la otra parte, espera el regreso del que está en misión en el pasado, este comienza a enamorarse del mundo que era en el 2017. Y decide no volver.

Lo que sigue es lo que ocurre cuando el que está en el futuro va a ese año para llevarlo consigo, y las resistencias que se dan para ello.

Excelente filme danés, donde se muestran posibles mundos futuros, se habla de los viajes en el tiempo, el efecto mariposa, los afectos, los dolores, las alegrías, en un tono sombrío, muy al estilo nórdico, pero que de tan bien narrado fluye para el espectador, como el agua que falta, entre sus dedos.

Esta es una producción de SF Studios, de Dinamarca.

Está dirigida por Max Kestner, siendo el guión de Dunja Gry Jensen, basado en una historia de él mismo y el director.

Kestner había dirigido una serie de aclamados documentales como Max by Chance (2004), Blue Collar White Christmas (2004), Dreams in Copenhagen (2009) y Amateurs in Space (2016), seleccionados para competir en IDFA Amsterdam.

Quien se destaca es Carsten Bjørnlund en los dos papeles, Fang Rung y su otra mitad que viaja al pasado, Gorden Thomas.

Lejos de las locaciones norteamericanas imaginadas en el futuro, las casas donde ocurren los hechos son casi iguales a las de nuestro presente, y solo se muestra la diferencia en el deterioro ambiental, que ha eliminado prácticamente el color y los animales, además de la vegetación.

La música de Vladislav Delay y Jonas Struck es impactante por cómo se adapta a la visión del futuro que muestra QEDA.

La fotografía muestra el contraste entre un 2095 devastado y un 2017 pletórico de color. Excelente.

Andrés Caro Berta (Diario Cambio, 14/04/2018)

“Aniquilación” (Andrés Caro Berta)

Copia de copias, y mal hecha

Había escuchado algunos comentarios sobre la calidad de esta película. Algunos la catalogaron como de las mejores de la ciencia ficción. Con esos datos, entusiasmado por ver algo distinto y valioso dentro del género, esperé disfrutar de un buen producto del gigante Netflix… Sin embargo…

Aniquilación me resultó una decepción. ¿Por qué?

La historia es interesante pero no está bien contada. Quizás un cortometraje hubiera sido más atractivo.

El director (y también guionista) Alex Garland, basándose en la novela del mismo nombre, de Jeff VanderMeer imprime un devenir cansino, y super transitado en las películas de ciencia ficción.

El esquema es el mismo de tantas otras producciones.

Últimamente, la industria hollywoodeana está dando tropiezos graves. Y copia descaradamente de películas anteriores. Los casos más concretos son La La Land: Una historia de amor y La forma del agua.

Algo ocurre fuera de lo normal. Alguien vuelve pero no es el mismo de siempre. Hubo una misión secreta para averiguar qué pasó en determinada zona, que terminó mal.

Entonces, el gobierno de Estados Unidos (o vaya a saber quién, porque no se especifica) secuestra a ese alguien que volvió pero no es el mismo, y está muriendo, y a su sorprendida esposa (profesora de biología) para que integre ella otro nuevo equipo comandado por una psicóloga rígida y autoritaria (¿?) e integrado por tres científicas más.

El grupo de cinco mujeres (adaptándose a los nuevos tiempos donde los hombres hacen todo mal) se introducen en esa misteriosa zona en la que se están produciendo curiosas mutaciones.

Como en tantas otras producciones del género, en el trayecto van muriendo una a una las mujeres, y la que queda, Natalie Portman, es quien contará luego lo sucedido a los demás científicos.

¿Le recuerda a alguna otra película? Decenas, cientos, miles…

Todo se trata (lo sabemos desde el comienzo) de una fuerza alienígena que genera mutaciones, lo cual indica que a la raza humana y los demás bichos que habitan nuestro planeta nos queda poco, porque seremos sustituidos por esas famosas mutaciones que llegan del espacio, a través de células que, como explica Portman a sus alumnas, se van reproduciendo a partir de la primera.

Entre medio nos enteramos que Portman le fue infiel a su esposo (escena que no agrega absolutamente nada), y que igualmente, cuando este tiene que irse a una misión que no puede develar (Ella piensa en Afganistán o cualquiera de esas naciones tan visitadas por los muchachos norteamericanos), comienza a extrañarlo obsesivamente. Cuando él aparece en la casa nuevamente… mmm, está raro… ¿Qué le pasó a su esposo? ¿Le recuerda a alguna otra película?

Al respecto hay un episodio de Electric Dream donde se trata el tema de una forma mucho más simple y contundente.

Esta película es superficial, nunca logra cierta profundidad en el tema, todo es superproducción, las actuaciones son de cartón, y uno queda con la sensación de haber visto lo mismo, infinidad de veces.

Natalie Portman hace lo posible por creerse el papel, y pone caras raras, que demostrarían alguna intención filosófica, pero queda ahí.

Entre tanto, el argumento se deteriora por tonterías. ¿Por qué cinco mujeres? Si entran en una zona desconocida, donde ninguno parece haber regresado, ¿lo hacen ellas sin ninguna protección, cargando fusiles y una mochila pesadísima por las viandas y los sacos de dormir, pero sin escafandras, guantes, equipos de protección mínima?

Los ataques de un cocodrilo y un oso mutantes no son más de lo mismo en una película de este tipo; las muertes sucesivas son las esperadas, los diálogos entre ellas resultan tontos… Y el final… Ya sé, no lo voy a contar, pero no agrega mucho más para decir que vamos a la extinción como raza, siendo sustituidos por otros mutantes que parecen humanos. ¿No le recuerda otros filmes donde eso ocurría?

Algunos la han catalogado como obra maestra… bueno, creo que es un error. No deja de ser una película de aventuras, con un argumento y un desarrollo copiado de decenas de producciones anteriores, para contar algo que se ha narrado hasta el cansancio.

Para mí resultó una decepción.

Para finalizar, el verdadero autor de la novela sería Lovecraft. ¿Se acuerdan de “El color que cayó del cielo”?

Andrés Caro Berta (Diario Cambio, 07/04/2018)

“Yo soy Tonya” (Hugo Acevedo)

La violencia subyacente

La violencia subyacente en toda su explicitud y la más cruda degradación humana son los dos componentes centrales de Yo soy Tonya, el removedor e impactante drama con trasfondo social del realizador australiano Craig Gillespie.

Este es un largometraje potente y controvertido, en tanto indaga en las historia real de una famosa deportista que se transformó en involuntaria víctima de un sistema sin dudas implacable.

En ese contexto, este film adquiere un trazo intransferiblemente testimonial, por hurgar en las deplorables miserias de una sociedad hipócrita y contradictoria que rinde una cuasi religiosa pleitesía a la apócrifa cultura de las apariencias.

No en vano el personaje central de esta historia dramática llegó a ser venerado y la vez vituperado y escarnecido, por un país que padece serias disfuncionalidades y patologías colectivas.

En tal sentido, esta película es un crudo retrato de la paranoia de los estadounidenses, originada en irracionales delirios de grandeza y en la violencia endémica -física y psicológica-que aqueja al colectivo.

En efecto, esta es una crónica de marginales y productos residuales del malogrado “sueño americano”, que sobreviven casi en la periferia de un tejido social expulsivo y excluyente.

Mixturando el falso documental con la estructura narrativa, Yo soy Tonya recrea la historia real de Tonya Hardin (Margot Robbie), una joven humilde que deviene en famosa competidora de patín artístico sobre hielo.

La particularidad de esta chica que adquirió singular notoriedad en la década del noventa, es que fue penalizada por su indirecta participación en un atentado contra la también patinadora Nancy Kerrigan (Caitlin Carver). Luego de ese incidente, se le prohibió volver a patinar profesionalmente y participar en competencias oficiales, lo cual la condenó a un doloroso ostracismo.

Fue el corolario de una existencia plagada de conflictos, maltratos y desprecio, consecuencia de un origen humilde que la transformó en una víctima de las privaciones y de lo que es aun peor, de la violencia de su entorno y de la carencia de afecto.

Mediante un discurso de acento osado y provocador, la película indaga en la intimidad familiar de esta desdichada joven, quien, desde muy pequeña, padeció la brutalidad de su madre LaVona Golden (Allison Janney) y el abandono de su padre.

En ese contexto, su existencia fue una suerte de infierno, apenas matizado por su afición al patinaje artístico desde los tres años de edad. Empero, su desdicha era esa madre autoritaria que la retiró de la escuela y trabajó como camarera para solventar la carrera de su hija.

Craig Gillespie trasunta con explicitud la violencia de esa mujer embrutecida por la inhumanidad de la pobreza, que es, sin dudas, la peor violación de los derechos humanos.

Con abundantes golpes bajos que retratan una realidad perversa y naturalmente extrema, el relato evoluciona hacia un nuevo estadio de la alienación colectiva: la veneración de una masa fanatizada y sostenida en una ideología ultra-nacionalista y de sesgo cuasi narcisista.

Empero, el cineasta no abdica en modo alguno de explorar la vida privada de la protagonista, reconstruyendo su tensa relación con Jeff Gillooly (Sebastian Stan), un marido golpeador empedernido, y su cuasi enfermizo vínculo con su madre.

Esa turbulenta realidad moldeó una personalidad exacerbada y radical, de una joven que fue un prodigio en el patinaje artístico capaz de dominar una compleja destreza como el Salto triple axel, pero que siempre desafió el statu quo y se enfrentó con los mojigatos jurados de las competencias, que jamás le perdonaron su origen y su osadía de incursionar en una disciplina de extracción burguesa.

Esta es la primera lectura que propone esta película, que denuncia, sin ambages, la predisposición del sistema a ocultar sus propias miserias y venderse internacionalmente como un modelo.

Como bien lo afirma un jurado a cuyo cargo está la elección de las competidoras para participar en los Juegos Olímpicos de Lillehammer (Noruega), Tonya no es el prototipo de joven que Estados Unidos quiere presentar.

Obviamente, la protagonista es lo que la propia sociedad hizo de ella: una persona traumada, golpeada, ultrajada, desarraigada, maleducada, hostil y en permanente postura defensiva.

El tramo final de la historia –que tiene si se quiere una estructura de thriller- está dedicado a recrear el irracional atentado contra Nancy Kerrigan, del cual fueron acusados Tonya, su marido y su presunto guardaespaldas, el no menos alienado Shawn Eckhardt (Paul Walter Hauser).

El realizador Craig Gillespie corrobora todo su sentido de la ironía y del humo negro, para describir una investigación a cargo del FBI que tiene mucho de absurda y surrealista.

Este es el segundo circo que monta el cineasta australiano, para fustigar ácidamente la estupidez colectiva de una sociedad con serios problemas de autoestima y capaz de perpetrar los peores desaguisados, incluyendo, naturalmente, votar a una delirante racista ultra-conservador como Donald Trump.

Yo soy Tonya es un drama realmente removedor, que reflexiona sobre la violencia, la pobreza, la intolerancia, la marginación, la soberbia, la doble moral y la hipocresía, sin renunciar a la denuncia y a la frontal condena a la mentira institucionalizada del “sueño americano”.

A las indudables excelencias en materia de montaje, música y ambientación, se suman las descollantes actuaciones protagónicas de la oscarizada Allison Janney y de la no menos monumental Margot Robbie.

Yo soy Tonya” Estados Unidos 2017. Dirección: Craig Gillespie. Guión: Steven Rogers. Fotografía: Nicolas Karakatsanis. Edición: Tatiana S. Riegel. Música: Pete Nashel. Reparto: Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Julianne Nicholson, Paul Walter Hauser, Bobby Canavale y Caitlin Carver.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital, 09/04/2018)

“Yo soy Tonya” (Pablo Delucis)

El cisne negro

Al comienzo de esta historia basada en hechos reales, se lee un texto que previene que la película que veremos será el producto de entrevistas sin ironía, totalmente contradictorias y absolutamente ciertas. No hay dudas de que este aviso se cumplirá cabalmente.

Tonya Harding fue una patinadora precoz y talentosa que tuvo su momento de gloria deportiva por los años noventa. Su especialidad era el triple Axel- algo así como un triple salto mortal -, un truco que ninguna mujer había logrado antes. Lejos de pertenecer al entorno social acomodado predominante en la mayoría de los que practican esa disciplina, provenía de una familia pobre, disfuncional y violenta, cosa que no pasaba desapercibida para ese ambiente tan especial, donde el glamour es casi tan importante como el talento. En 1994, previo a los Juegos Olímpicos de Lillehammer, Noruega, una patética, bizarra y confusa agresión que sufrió su amiga y competidora Nancy Kerrigan, la involucró de manera lapidaria.

Ante todo, vale la pena subrayar que más allá de sus muchas virtudes y pocos defectos, el filme hace gala de una incorrección política que luce sincera y sin maniqueísmos hipócritas. Craig Gillespie (Lars y la chica real, 2007), sale notoriamente airoso en una narración donde el falso documental, el melodrama familiar y la forma satírica con que se muestra una realidad generalmente dura, terminan de consolidar un tono equilibrado, y a la vez contundente. Es que los momentos donde no se escatiman detalles de la violencia sicólogica y física que era lo corriente en el vínculo de Tonya con su madre LaVona y con su esposo, Jeff, tienen el contrapeso de que la escena termine generalmente con el diálogo del personaje con el público – desde un seductor cinismo que genera empatía – o recurriendo al absurdo para aliviar la situación. Para que ese cambio brusco de tono funcione es fundamental la notable edición de la nominada al Oscar por este trabajo, Tatiana Riegel. El montaje depara escenas rápidas, categóricas, un poco a lo Paul Thomas Anderson – en especial en Juegos de placer (Boogie Nights, 1997) – con algunos personajes que parecen salidos de Fargo (1996) de los hermanos Coen.

En el elenco está otro de los puntos altos. Margot Robbie, muy lejos de su habitual rol de chica sexy, compone una labor tocante y realmente sensible como Tonya, mientras que la ganadora del Oscar a Mejor actriz secundaria por el papel de su madre, Allison Janney, conmueve desde un personaje que acude a la manipulación feroz para atenuar dolores de un pasado que se adivina con muchos tropiezos. Sebastian Stan en el rol del esposo de Tonya, completa un terceto de excelencia en este rubro.

Más allá de la anécdota principal – que por supuesto solo los que la vivieron sabrán la verdad – la historia no elude en absoluto otros temas pesados. El amarillismo de una prensa que exprime a más no poder todo lo abyecto y vendible; la desesperación que gana a muchos padres en pos de que sus hijos “lleguen a la meta” y sobretodo, una historia que muestra cierta consideración y piedad hacia sus personajes, si es rotundamente crítica hacia un modelo de sociedad que privilegia la imagen que se quiere mostrar – en este caso la de una sociedad estadounidense feliz, conforme, rubia y bonita – ante la realidad. La escena en que uno de los jueces le da a Tonya los verdaderos motivos por los cuales se la relega, se resume en una sola palabra: honestidad.

Pablo Delucis (Cartelera, 29/03/2018)

“El hilo fantasma” (Guilherme de Alencar Pinto)

Comedia del arte

Hay como dos aspectos distintos, aunque complementarios, en esta película. Por un lado, se trata de “cine de arte” en su doble sentido de película que ostenta su propia artisticidad y de que el principal medio para hacerlo es retratar una imagen estereotipada del Arte con A mayúscula, imagen ésa apta para rebotar en la visión que los espectadores podrán tener de la propia película a la que están asistiendo. En el caso se facilitan las cosas, porque en vez de lidiar con alguna de las bellas artes, se eligió las que integran el cotidiano (real o pretendido) de un público más afín a la ostentación que a esforzarse por las incomodidades espirituales de lo sublime. El personaje principal es un costurero de elite. Es un personaje ficticio, aunque Paul Thomas Anderson dijo haberse basado en aspectos de la personalidad y de la vida de Cristóbal Balenciaga. La acción no se ubica en el vulgar ahora, sino en unos glamorosos años 50. Y no se ubica en el vulgar aquí de Anderson (el Valle de San Fernando, en California, escenario de todas sus películas hasta el momento), sino en la más espléndida y europea Londres. El costurero reina en una mansión de varios pisos y varios ambientes, donde viste a reinas, princesas y millonarias de distintos países. La alta costura no será una de las bellas artes, pero es tratada de la misma manera que, por ejemplo, la música en bagayos tipo Amada inmortal: depende de la inspiración, y esta inspiración viene a través de una musa. Cuando llega la inspiración, el Artista se permite tratar mal a todo el mundo, incluida la musa, mientras su alma se retuerce con los tormentos inherentes a la creación (¡cómo sufren los grandes hombres!). De ahí salen unos vestidos hermosos, o así deberíamos considerarlos (hay un par que se parecen mucho a la indumentaria de Blancanieves). Si luego el vestido es usado por una mujer indigna, como esa gorducha pasada de años que seca en él su transpiración y se emborracha, el Artista se siente insultado y llega a invadir la habitación de la señora para quitarle el vestido y llevárselo, no sea cosa de mancillar el valor de su Obra (las mayúsculas intentan emular la cursilería de ese retrato).

El Artista se caracteriza por la clase y el buen gusto a todo nivel: se viste y se peina con suma elegancia, tiene un impecable acento británico, una expresión oral precisa y espirituosa. Es exigente con la culinaria, y la cámara se regodea en planos de detalle de platos refinados (tres espárragos y un poquito de salsa, dispuestos como si fueran un arte zen). Sólo su hermana Cyril parece hacerle mella en cuanto a los altísimos criterios en todo y puede reconocer, nomás por el rastro, que Alma usa un perfume de sándalo con agua de rosas. El costurero maneja un Bristol 405 y cuando necesita descansar va a un pueblito de esos europeos de casas antiguas preciosas y pequeños cafés en que sirven cositas deliciosas.

Para mostrar todo eso, ni que hablar, hubo un trabajo de dirección de arte cuidadísimo. La fotografía es exquisita, en los encuadres, iluminaciones, movimientos, composición de volúmenes y colores. Aun más impresionante: se difundió que el propio director Paul Thomas Anderson hizo la fotografía (sin crédito), en colaboración con el equipo de cámara. El personaje principal está actuado por un actor prestigioso y tan escaso como los espárragos del mencionado plato (Daniel Day-Lewis hizo sólo 7 películas en los últimos 20 años, no filmaba desde Lincoln —2012— y anunció que ya no va a actuar luego de esta producción). Hay música casi todo el tiempo: en cuanto los personajes emprenden algún tipo de acción cualquiera (cocinar, coser, pasear, subir la escalera, preparar una exposición) empieza a sonar música bonita, elegante y refinada: Oscar Peterson, Duke Ellington, Berlioz, Brahms, Fauré, Debussy, Ravel, y unas piezas para piano y cuerdas escritas especialmente por Jonny Greenwood (de Radiohead).

La otra dimensión de la película es mucho más interesante. Se trata de una historia de amor algo bizarra. El costurero, que lleva el significativo apellido Woodcock (que podría traducirse como “pija de palo”), pese a su vida recluida y dedicada al trabajo, tiene bastante éxito en seducir jovencitas muy bellas, que trae para vivir en su casa hasta que se harta, la despacha y se consigue otra. Al inicio de la película lo vemos terminar una de tales relaciones y el inicio de otra, con la moza de un café, llamada Alma. Ella lo inspira a inventar algunos vestidos, él la usa como molde, le enseña a desfilar y su presencia le brinda confort. Pero la condición de todo eso es que Alma tiene que hacer sólo lo que Woodcock quiere, de la manera que él quiere, y absolutamente nada que se salga de sus planes. Hasta la acción de que ella pase manteca en la tostada —debidamente magnificada en la mezcla de sonido— le resulta insoportable al costurero porque lo distrae de su concentración en el trabajo. Alma siente fascinación y admiración por ese “gran hombre”, pero no está dispuesta a ocupar el mismo rol servil de sus antecesoras. Ella quiere un vínculo más de doble vía, en que ella también pueda proponer, y en que también pueda tener sus satisfacciones. Lo busca, se equivoca terriblemente en algunos de sus intentos, pero insiste, y finalmente encuentra una manera muy retorcida de lograrlo.

Descrito así, la trama suena como una comedia ligera. No puedo dejar de pensar en la película deliciosa que hubiera podido dirigir, a partir de esta anécdota básica, George Cuckor, Billy Wilder o Preston Sturges, actuada, por ejemplo, por Christopher Plummer y Marilyn Monroe. En cambio aquí todo es serio, ampuloso, como si Anderson aspirara a uno de esos dilemas morales a lo Lars von Trier, pero sin más sustancia que la de la comedia que se perdió de hacer, si es que hubiera podido.

El hilo fantasma” (Phantom Thread), dirigida por Paul Thomas Anderson. Con Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville. Estados Unidos, 2017.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 22/02/2018)

“Arabia” (Guilherme de Alencar Pinto)

Encrucijadas

Esta película está en la mitad de varios caminos. Es una sensación extraña, porque, por un lado, parece que no arriba a ningún puerto, aunque por otro, si lo pensamos bien, deja la sensación especial de una obra bien particular, con un clima, un sentido, una forma de operar, que es sólo suya.

El tono es de un naturalismo estricto, salvo por el hecho de que la subnarración en voz over tiene un tonito un poco “literario”, pese a manejar un lenguaje estrictamente popular acorde con el personaje que habla. Esencialmente tenemos la biografía de un varón de clase trabajadora del interior de Minas Gerais. Cristiano, de muy joven, hizo una breve incursión por el crimen (intentó robar un auto) y se comió por ello un año en prisión. Luego de eso, deambuló por un montón de municipios haciendo todo tipo de pequeños servicios: colecta de tangerinas y de tomates, construcción, carga y descarga, arreglo de motores, un empleo como obrero metalúrgico. La película consiste esencialmente en su deambular entre un ámbito y otro. Se detiene en los distintos paisajes, contemplados por la cámara con imparcialidad, sea una bucólica escena campestre , sea un humeante y ruidoso barrio industrial, todo tiene su modesta belleza, nada deslumbra. La mayor parte de la película está ambientada en Ouro Preto, pero no vemos nunca ninguno de sus muchos atractivos turísticos. Escuchamos algunas charlas con amigos, hablando del trabajo, filosofando sobre la vida, disfrutando con entusiasmo de una cantarola. En esa vida itinerante las personas importantes se vienen y se van: Cristiano conoce y admira a Barreto, pero éste se muere enseguida; desarrolla una gran amistad con Nato, pero luego, por determinada circunstancia se tiene que huir de la ciudad y no lo ve nunca más ni vuelve a saber de él; se reencuentra con Cascão, su compañero de celda de prisión, que le consigue el laburo en la fábrica, pero a los dos meses a Cascão lo echan y se va de la ciudad; establece un vínculo amoroso aparentemente sólido con Ana, pero luego de un aborto involuntario la pareja se desarregla y Cristiano se muda a Ouro Preto, pero se siguen carteando y ella se percata de que lo ama —él no reacciona—.

Esa historia tiene un prólogo: luego de que Cristiano es hospitalizado, un muchacho del barrio, André, va a su casa a recoger ropa y documentos y descubre un cuaderno donde el obrero escribió su vida. Algo suscita la curiosidad de André, que regresa a la casa de Cristiano expresamente para leer esa autobiografía. Entonces vemos la vida de Cristiano en flashback, mientras escuchamos, en su voz, fragmentos del texto.

João Dumans, uno de los directores y guionistas de este film, fue el guionista de La ciudad donde envejezco (2016), que comparte varios puntos en común con ésta: el naturalismo estricto, la ubicación en Minas Gerais y el hecho (extra-obra, pero significativo) de que ganaron el Festival de Brasilia en años consecutivos. La ciudad donde envejezco es tremendamente aburrida y anodina; ésta es mucho más interesante e intrigante.

Es una película esencialmente obrera, lo cual es poco común (sólo una minoría de películas se ocupan de la mayoría de la humanidad). La combinación de clase trabajadora, interior de Brasil y cine de carretera hace pensar en la reciente Boi neon. Las conversaciones son muy buenas: hay una, por ejemplo, en que Cristiano y un colega hablan sobre qué cosas son un goce de cargar (ración para peces —la bolsa es enorme pero resulta ser bien ligerita—, colchón de espuma) y qué cosas son horribles (cemento —que es pesadísimo—, sal —quema la piel—, leña, tejas). El enigmático título de la película parece tener su origen en un chiste contado por Nato: un sheik necesitaba cinco obreros, pero de los excelentes, que trabajan duro y hacen el servicio. ¿Dónde los va a conseguir? En Brasil, obvio. Contrata a cinco que son considerados ideales, pero el avión hace un aterrizaje forzado en el medio del Sahara. Los obreros miran alrededor y sólo ven arena. Uno comenta: “¡La puta que lo parió! ¿Te imaginás cuando traigan el cemento?”

Pocos minutos después hay un secuencia de montaje en la carretera con música incidental tunecina. Junto al mencionado chiste, es el único otro elemento que podamos vincular con el título. Uno podría buscar una explicación metafórica para el mismo, pero sería algo medio tonto (la vida de un laburante como Cristiano es como la de los obreros del chiste). La idea del título, aparte de responder a una forma de denominar que se puso de moda luego de París, Texas, parece ser más bien la de suscitar una cierta intriga, de esquivar lo obvio.

El prólogo es desconcertante. Tenemos el largo plano de los créditos de presentación, con André andando en bicicleta al sonido de una canción folk estadounidense, luego somos introducidos a detalles de la vida de André (el hermanito enfermo, los padres ausentes, la tía que lo cuida), tenemos varios primeros planos de él meditando y fumando. Todo eso son indicios de que André va a cumplir alguna función importante, o de que la lectura de las memorias de Cristiano lo va a afectar de alguna manera. Pero no: André sólo vuelve a aparecer como parte del flashback, cuando Cristiano comenta que conoció al sobrino de su única amiga. La película termina en el momento de la última línea que Cristiano llegó a escribir, y nunca vemos a André después de haber leído toda o parte de la autobiografía.

Al inicio del periplo de Cristiano por localidades y trabajos, él conoce a un viejo militante que ayudó a organizar a los campesinos del lugar, y gracias a quien ahora las condiciones para ellos son mucho mejores. “No paso hambre, como pasaba mi padre”, comenta el que le cuenta la historia. Eso deja en Cristiano, cuenta él en sus memorias, una profunda impresión, que jamás olvidó. Uno pensaría que la película va a asumir un perfil militante, pero no: en ningún momento Cristiano va a parecer preocupado con el aspecto político. Es más, de manera algo desconcertante, luego de haber tenido esa charla, vemos que las condiciones de trabajo en la plantación son pésimas (Cristiano trabaja tres meses y no le pagan nunca).

Independientemente de la postura personal del personaje Cristiano, la película fue descrita como una especie de denuncia de las condiciones de vida de los trabajadores. Pero no lo es tanto, salvo en la medida de la constatación de que el trabajo obrero es arduo, fatigoso, y muchas veces no es muy saludable. Hacia el final, hay un momento en que tiene ganas de que la fábrica explote, un sentimiento muy explicable frente a un trabajo tan enajenado como el que hace él. Pero parece ser un sentir impulsivo, no una noción política articulada o, aunque sea, intuida. Cristiano parece más bien llevado por una inquietud por recorrer “el mundo”, es decir, los múltiples parajes de Minas Gerais (un estado cuya superficie es tres veces la del Uruguay, y con una población de 21 millones). En ninguno de esos lugares parece tener dificultades para conseguir trabajo y, salvo por esa primera mala experiencia en la plantación de tangerinas, logra llevar su vidita. Cuando pasa mucho tiempo sin trabajar, se aburre.

Esa indefinición puede sentirse, según el ánimo del espectador, como una carencia frustrante o una interpelación estimulante. El espectador está constantemente preguntando cuál debería ser su posición, y nunca encuentra una respuesta satisfactoria. La personalidad de Cristiano es curiosa. Varias de las conversaciones son una delicia. Las canciones de las cantarolas o las que suenan como música incidental son muy lindas, y casi todas son significativas, se vinculan con las cosas que ocurren. Hay unos planos-almohada que son como bellas naturalezas muertas, cuidadosamente iluminadas y compuestas.

La voz over establece una cierta distancia: uno nunca está propiamente en cada una de las situaciones y momentos. Las escenas son casi como ilustraciones, aclaraciones o complementos de lo que cuenta la voz del diario. Y sin embargo hay algo de conmovedor en la personalidad de Cristiano, en ese impulso por moverse, que tampoco se explica mucho. Él parece sentirse solo, pero es imposible tener compañía y raíces si se pasa yendo. Extraña a Ana, pero luego de sus declaraciones de amor por carta, no vuelve a ella. Es más: nunca sabremos exactamente qué es lo que siente por ella, salvo que la recuerda con intensidad. Nunca se explica por qué decide no volver (su trabajo en la fábrica de telas en que Ana era empleada era mucho más agradable que en la metalurgia).

Hay varios aspectos de la narrativa que son esquivos, lacónicos. ¿Cuál fue el percance de salud que lleva a la hospitalización de Cristiano? “El obrero que se muere en un accidente laboral” sería algo esperable en una película de denuncia social, pero nunca se aclara qué le pasó, y cuando lo llevan en la camilla, no se ven rastros de sangre; tampoco se muere sino que entra en coma y no sabremos cómo sigue la cosa.

Otro ejemplo es la escena del atropellamiento: vemos a Cristiano manejando la camioneta y escuchamos el ruido. En el plano siguiente, lo vemos arrastrando algo, que inferimos que es un cuerpo (¿humano? ¿bicho?), pero el ángulo no nos permite ver de qué se trata. Cuando cambiamos de ángulo, ahí es la oscuridad la que no nos permite ver. Tendremos que llegar a conclusiones a partir de lo que él hace después (es decir, huye, con miedo a volver a ir en cana, indicio de que mató a una persona).

La mayoría de los actores tiene pocos o ningún antecedente. Es muy probable, por la autenticidad de sus rostros y formas de hablar y moverse, que no sean actores profesionales, sino gente de la región puesta a actuar roles cercanos a su vida real. A ninguno le toca ningún gran desafío de actuación, pero dentro de esos límites, están todos muy bien. Eso nos ayuda a viajar un poco, con agrado y con inevitable melancolía, en compañía de Cristiano.

Arabia” (Arábia), dirigida por Affonso Uchôa y João Dumans. Con Aristides de Souza, Renata Cabral, Murilo Caliari. Brasil, 2017. Cinemateca 18

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 16/03/2018)

“A 47 metros” (Guilherme de Alencar Pinto)

Terrores primarios

Esta peliculita británica que costó menos de 6 millones de dólares fue concebida originalmente para lanzamiento directo en DVD y video a demanda, con el título In the Deep. A mediados de 2016, sin embargo, la estadounidense Entertainment Studios compró los derechos de la obra, canceló el modesto plan de lanzamiento inicialmente previsto y la programó para exhibición en cines en el verano (boreal) de 2017. Demostraron olfato comercial y tuvieron suerte (por ejemplo, con el estatus que ganó Mandy Moore a partir de la serie This Is Us, difundida a partir de fines de 2016). Nadie hubiera previsto la magnitud del éxito. Recaudó más de 60 millones (es decir, decuplicó el costo de la realización) y todavía falta la taquilla del hemisferio sur, donde recién está siendo lanzada. Esto implica más público que casi todos los títulos independientes de alto perfil de 2017 (incluidos algunos oscarizables como Tres anuncios para un crimen, Lady Bird o La forma del agua), con las excepciones de ¡Huye! y Las horas más oscuras. Tanto así que ya se encuentra en preparación una continuación, anunciada como 48 Meters Down.

Los diálogos son pobres y los actores hubieran tenido que ser geniales para arreglarse con ellos. Uno desearía que la película omitiera todo aquello que parece cumplir la función de parecer mejor que lo que es: algún simbolismo muy choto (Kate asusta a Lisa en la piscina y ésta deja caer su copa de vino, que se desparrama en el agua aludiendo a la sangre que vendrá más adelante) o el intento de delinear las personajes principales. Es decir, es interesante, para el desarrollo de la acción, eso de que Lisa es insegura y Kate es intrépida, pero las situaciones y parlamentos del prólogo para exponernos eso y para generar un mínimo de antecedente a la acción central, son burdos (tipo: “Lisa, estamos en México y vos y yo somos las únicas personas que no estamos en la noche”; corta a terrible fiestonga tropical donde un montón de personas jóvenes, bonitas y bien vestidas bailan divertidísimas, con los brazos en alto y en cámara lenta, al sonido de una canción pop bobota). A veces es mucho más digno asumir la propia precariedad conceptual y pasar directo a la acción.

Las hermanas deciden hacer una excursión marítima que ofrece una zambullida en una jaula desde la que pueden apreciar, con aparente seguridad, a los muchos grandes tiburones blancos que infestan la zona. El negocio es sumamente precario, probablemente irregular, y por más que Lisa tenga altas dudas antes de entrar a la tal jaula, uno no puede dejar de sentir que son medio tontas de meterse en ese lío (incluso es tonto que se suban al barco sin testigo o recibo alguno: perfectamente podría ser una trampa para secuestrarlas.) En fin: la grúa del barco se rompe, la jaula se hunde hasta el fondo del mar, a 47 metros de la superficie. A ellas les queda nomás una horita de oxígeno en los tanques, la comunicación radiofónica con el barco es complicada, los voraces escualos asechan a su alrededor y el riesgo de salir de la jaula es aun mayor porque el ascenso debe ser pausado, para evitar embolías potencialmente letales.

El planteo es interesante, sobre todo para quien sabe poco o nada de buceo: quienes sí saben han insistido en una serie de errores respecto de cuánto tiempo de oxígeno les habría quedado a Kate y a Lisa, qué ocurriría con su salud en esa situación, de qué modo hay que lidiar con los tiburones, cuál es el protocolo de rescate, y cómo es posible que las dos hermanas puedan dialogar en el fondo del agua (cómo se trasmite la señal de una a otra, y cómo hacen para escucharla si no tienen nada parecido a auriculares).

Hay que hacer caso omiso de todo eso y vivir la película desde el mundo posible, pretendidamente naturalista, que tenga las reglas planteadas en la propia narrativa. Ahí hay situaciones originales, un efectivo trabajo de filmación subacuática y de efectos especiales, y da para pasar un buen rato.

Casi toda la acción tiene lugar bajo el agua. Se inventan varias situaciones, escollos, esperanzas que se frustran, pequeños progresos. Quitando a los conocedores de buceo que se sientan bloqueados por los errores o quienes tengan un sentido crítico destructivo con respecto a los diálogos malos, supongo que todo el mundo sufrirá unos golpes adrenalínicos y sentirá miedo y angustia, y ni que hablar de quienes sean especialmente sensibles a algunos de los miedos primarios que esta anécdota maneja.

Hay un recurso narrativo interesante: se generan como dos finales distintos, uno sensacionalista y otro más naturalista: uno piensa que todo se acabó y resulta que no. No me puedo explayar para no quitar la sorpresa, pero el recurso genera un efecto de frustración (positivo en el contexto de una película de suspenso y miedo). La película es muy menor y bastante mala, pero verla no es un tiempo totalmente perdido.

A 47 metros” (47 Meters Down), dirigida por Johannes Roberts. Con Mandy Moore, Claire Holt, Matthew Modine. Reino Unido, 2016.

Movie Montevideo, Nuevocentro, Portones, Costa Urbana, Punta Shopping, Stella (Colonia)

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 12/02/2018)

“Dunkerque” (Enrique Buchichio)

Artillería pesada

El director Christopher Nolan (Londres, 1970) ha venido construyendo una sólida trayectoria desde que se diera a conocer con la impactante y original Memento, recuerdos de un crimen (2000). A la revitalización del personaje de Batman que logró con su exitosa trilogía del “caballero oscuro” (Batman inicia, Batman: El caballero de la noche y Batman: El caballero de la noche asciende) hay que sumar el eficaz thriller Insomnia (Noches blancas, 2002), la entretenida e inteligente The Prestige (El gran truco, 2006), y las más ambiciosas y complejas Inception (El origen, 2010) e Interstellar (Interestelar, 2014). Cuando podía esperarse que su siguiente película fuera, tal vez, una tesis monstruosa sobre el origen del universo, Nolan baja un cambio y propone un ejercicio de cine bélico que se ubica fácilmente entre lo más interesante de su filmografía.

No es que Dunkirk no tenga su complejidad. Para empezar, carga con el peso de la historia al recrear un duro capítulo de la Segunda Guerra Mundial, cuando miles de soldados británicos y aliados franceses y belgas se vieron acorralados por el ejército alemán en las playas de Dunkerque, al norte de Francia, tras la derrota de Francia a fines de mayo de 1940. El asedio dio lugar a la llamada “Operación Dínamo”, una masiva y milagrosa operación de rescate que involucró tanto a embarcaciones militares como a cientos de navíos civiles. Pero además, Nolan (que también escribió el guion) asume el desafío de contar el episodio en tres tiempos narrativos simultáneos y diferentes: la acción en tierra (la playa) abarca una semana (casi lo que duró la operación real), la acción por mar se desarrolla a lo largo de un día, y la acción por aire (la batalla entre bombarderos ingleses y alemanes) dura una hora. Las tres acciones son narradas en forma simultánea en el transcurso de los 106 minutos que dura la película.

De esta forma, Dunkirk es una suerte de película coral en la que no hay un protagonista definido sino al menos tres: el joven soldado que encarna Fionn Whitehead en la playa, la tripulación de la embarcación conducida por Mark Rylance (y que incluye a su hijo adolescente y a un amigo de éste) y el hábil piloto a cargo de Tom Hardy, que tendrá un rol decisivo en la operación de rescate. A ellos se suman varios personajes secundarios – un grupo de soldados en la playa, todos demasiado jóvenes; un par de altos oficiales en el muelle, incluyendo al comandante Kenneth Branagh; el piloto traumatizado que encarna Cillian Murphy – que completan los múltiples puntos de vista de una historia real que tuvo miles de protagonistas.

La principal habilidad de Nolan guionista es precisamente tener en cuenta esas múltiples miradas para construir el relato; el principal desafío, que por cierto no logra sortear del todo, es que son demasiados personajes para desarrollar en tan corto tiempo de relato, al menos al punto de que nos importe su suerte. Quizás por eso Dunkirk es una película técnica y narrativamente admirable pero emocionalmente fría, que no logra conmover a pesar de varias situaciones muy bien resueltas e interpretadas. Y esto incluye el ensalzamiento de cierto espíritu patriótico que Nolan no consigue (ni pretende) evitar.

Lo que sí es innegable son la destreza y la contundencia con que el director despliega su artillería pesada de recursos cinematográficos. Dunkirk es una proeza de fotografía (Hoyte Van Hoytema), montaje (Lee Smith), diseño de producción (Nathan Crowley), sonido y por supuesto música, donde la omnipresente banda sonora de Hans Zimmer es más protagonista que cualquiera de los personajes de carne y hueso que aparecen en pantalla.

Es apenas en los minutos finales donde se vislumbra algo de la fuerza emocional que debería haber tenido toda la película, cuando un joven soldado lee de las páginas de un diario, en tono alicaído y aún devastado por la experiencia, el discurso pronunciado el día anterior por el primer ministro Winston Churchill ante el parlamento. Es un ejercicio interesante tomar esas palabras inspiradoras, a las que se les atribuye haber logrado levantar la moral de los soldados y del pueblo británico en aquellos días, y compararlas con el tratamiento que reciben en Las horas más oscuras (Joe Wright, 2017), en boca del propio Churchill personificado por Gary Oldman. De hecho ambas películas son dos caras de un mismo capítulo de aquella guerra, una desde los despachos y los corredores de los políticos y la otra desde la experiencia de soldados y civiles que esquivaron las balas y las bombas, y sobre todo de los que perecieron bajo ellas.

Enrique Buchichio (Cartelera, 18/03/2018)

“Llámame por tu nombre” (Enrique Buchichio)

Elio, Oliver…

En una de las tantas maravillosas escenas que tiene Las Horas (2002), Meryl Streep comparte un momento con su hija Claire Danes y le narra una mañana de verano con su amigo Ed Harris, cuando eran unos jóvenes de 18 o 19 años. Ella salía de una casa en la playa, al amanecer recién despierta, y lo encontraba afuera. “Yo creía que ese era el comienzo de la felicidad, y que por supuesto siempre habría más. Nunca se me ocurrió que ese no era el comienzo, eso era la felicidad. Era el momento.”

Si los personajes de una película tuvieran vida propia, y crecieran, uno podría imaginarse a Elio, el joven protagonista de Llámame por tu nombre, llegando a una conclusión similar en el futuro, ya de grande. Si no fuera porque es imposible no desearle toda la felicidad del mundo luego de ser testigos de ese primer amor que experimenta durante el verano de 1983 en la villa de sus padres, en Italia, luego de conocer a Oliver.

Para Elio, podría decirse, esto es el comienzo de la felicidad, o un momento de felicidad plena. El despertar romántico y sexual hacia alguien de su mismo sexo, la atracción mutua en un entorno que sería ideal para todo lo que les está pasando, si no fuera por las demás personas – familia, amigos, vecinos – que no desaparecen simplemente porque Elio esté obsesionado con Oliver. Lo idílico pero también lo doloroso, porque casi ningún primer amor viene sin alguna amargura.

Hay que agradecer la gran sensibilidad, sutileza y cariño por sus personajes con que el veteranísimo James Ivory (director de joyas como Un amor en Florencia, Maurice, La mansión Howard o Lo que queda del día) adapta la novela de André Aciman. Es increíble la facilidad con la que este hombre de casi 90 años desnuda la experiencia veraniega de Elio, aún en sus aspectos más íntimos, sin perder nunca la delicadeza que lo caracteriza. Y es gracias a él, en primer lugar, que uno sale de la película deseando que Elio tenga una vida plena, llena de felicidad fortalecedora para enfrentar los dolores y las amarguras que sin duda llegarán.

Algo de eso aparece en ese magnífico diálogo final (casi un monólogo) que le (nos) regala su padre antropólogo, especializado en el arte mediterráneo antiguo. El actor que lo interpreta, Michael Stuhlbarg, es una presencia casi lateral durante toda la película, que pareciera no registrar todo el remolino de emociones por el que está atravesando su hijo adolescente (una bellísima labor de Timothée Chalamet). Sin embargo, en esa escena casi final, exhibe toda la sabiduría, entendimiento y amor por su hijo que uno pretendería para todos los padres del mundo. Qué hermosa utopía. Regalar a un hijo (si es que algo así es posible) la libertad de vivir, de amar, de sufrir. Más que regalar, urgir, porque la vida es una sola y la juventud dura lo que un verano.

Enrique Buchichio (Cartelera, 13/03/2018)

“A 47 metros” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Aguante sin respirar

Cuando en 1979, se estrenó Tiburoneros (México 1963, Luis Alcoriza), una historia pasional donde su protagonista vivía de la pesca de los temibles escualos, no han de haber faltado quienes infructuosamente buscaron experimentar los temores que, en 1975, provocara Tiburón, logrado “thriller” ictiológico de Steven Spielberg. Un jalón que dividió en dos la lista de films con participación del legendario devorador de los mares.

El Tiburón de Spielberg tuvo su secuela decadente: el 2, el 3, un 4 en 3D y engendros afines. En su mayoría sobre el esquema “spielberguiano: gente feliz en el agua, aparición progresiva de uno o más escualos, sangre y rescate a último momento.

Se hizo difícil hallar nuevos atractivos con aquella manoseada fórmula. No obstante, emergieron un par de títulos que supieron provocar, tiburón mediante, generosas dosis de adrenalina entre los espectadores. El mejor de ellos: Miedo profundo, de Jaume Collet-Serra; tensión ininterrumpida en torno a una bañista encaramada en una roca y el tiburón que la acecha; el otro, esta A 47 metros, acerca de dos mujeres atrapadas, en el fondo del mar, dentro de la jaula de hierro en la que tendrían suficiente seguridad para observar aquellas mandíbulas ahora amenazantes. En determinado momento comienza a faltarles el aire, al espectador también.

El realizador ha decidido profundizar en el asunto y anuncia un próximo título: “A 48 metros”.

A 47 metros” (47 Meters Down). Reino Unido / República Dominicana / EE.UU. 2017. Dir. y coguionista: Johannes Roberts. Con: Mandy Moore, Claire Holt.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 16/03/2018)