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1917 – noviembre 7 – 2017

De hoces y voces

Grigori Alexandrovich Potemkin (1739-1791), estadista militar y político ruso, uno de los innumerables amantes de la posiblemente ninfómana Catalina II de Rusia, efectuó dos aportes al cine que le permitieran “sobresalir” por sobre dos listas (con nombres en común), a las que no demasiados contemporáneos prestan atención: la de los militares que obtuvieran victorias para el imperio de Catalina, y la de quienes fueran sus amantes.

La voracidad sexual de Catalina, según algunos historiadores, tiene su origen en que esta perdió su virginidad cuando ya llevaba ocho años de casada con el que sería zar Pedro III, totalmente ajeno al hecho referido.

Potemkin, organizó una gira en ferrocarril por las vastas extensiones del Imperio, a efectos de mostrar a su monarca y amante, la prosperidad de sus súbditos, los que agrupados en torno a la vìa y delante de sus relucientes pueblos, vitoreaban a quien pasaba.

Lo que ignoró Yekaterina Alekséyvna, que así se llamaba la voraz zarina, fue que los campesinos estaban allí por orden de una policía, especie de KGB que aún no se llamaba así, pero cumplia un rol similar. Mientras que los primorosos pueblitos eran tan solo fachadas, similares a las que más de un siglo después serían elemento imprescindible para conformar “la calle del pueblo”, escenario infaltable en todo “western”. Es arriesgado afirmar que el cine norteamericano se inspiró en el artilugio de Potemkin, aunque es posible que alguno de aquellos “rusos” que recalaran en Hollywood pusiera en práctica algo escuchado a los ancianos de su aldea.

Si Grigori Potemkin fue o no el precursor de aquellas calles donde Tom Mix y William Hart defendían a mujeres, niños y desvalidos, víctimas del capitalismo, según la crìtica marxista. El Potemkin heroico, no será el amante de la zarina ni el héroe militar de la Crimea, sino el film “Broneonosets Potyomkin” (El acorazado Potemkin) –denominado así en honor del amante imperial- que en 1925 dirigiera Sergei Mijiailovich Eisenstein, nacido en Riga, capital de Letonia, y de origen judío. Impactante y conmovedora, la realización permitió llevar a la práctica las teorías de su autor (especialmente en lo concerniente al montaje), quien debió acatar lo dispuesto por el Partido (Stalin & Co.) deformando la realidad histórica acerca de aquellos sublevados marinos en el puerto de Odessa, en 1905. Se trata, indiscutidamente de una obra maestra del cine. Una más de una filmografía genial: La huelga, Octubre, Alejandro Nevsky, Lo viejo y lo nuevo, Que viva México, etc.

Esa genial trayectoria fue truncada por un fulminante ataque al corazón, que en 1948 segara la vida de Eisenstein. Poco antes, Stalin le había obligado a un “mea culpa” donde se vió obligado a aceptar “desviaciones ideológicas” en Iván el Terrible y su secuela La conspiración de los Boyardos. Anteriormente debió ceder ante presiones que motivaran la desaparición de Lev Davidovich Bronstein (Trotski), judío como Eisenstein y fundador del “Ejército Rojo”, en Octubre, una “historia” de las jornadas culminadas con la toma del Palacio de Invierno por los comunistas que derrocaran al régimen de Kerenski.

Los primeros años de la revolución fueron de apoyo a las nuevas ideas del cine, aportadas por figuras como Eisenstein en primer lugar, Vsevolod I. Pudovkin, Lev Kulechov, Aleksandr Dovzhenko, Dziga Vertov, y otro largo etcétera que llego a diversas artes, algunas ligadas al cine como la cartelería imponente de Rodchenko.

En años siguientes Stalin lo prohibiría todo y su “obra” inspiró a nuevos artistas. Allí esta Solyenitsin y su Gulag, entre tantos otros.

Todo esto ocurrió a partir del 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre según el calendario juliano vigente en el Imperio Ruso). Hace exactamente cien años.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 10/11/2017)