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Premios Oscar 2016 (Fernán Cisnero)

 

Una fiesta que siempre cumple

En primera plana fue la mejor película, pero Leonardo DiCaprio por fin tuvo su estatuilla.

Aunque no ganó en las categorías esas que motivan pencas y debates, Mad Max: Furia en el camino goleó en la 88ª ceremonia de entrega de los premios Oscar, una fiesta marcada -desde la conducción de Chris Rock a un par de viñetas- por la polémica ausencia de actores negros entre los nominados.

La mejor película fue En primera plana de Tom McCarthy que cuenta la historia del equipo del diario Boston Globe que investigó la red de encubrimiento que armó la iglesia católica de Boston para disimular los casos de abusos de menores por parte de sacerdotes; también ganó como mejor guión original. Otra película con un polémico asunto tomado de la historia reciente, La gran apuesta sobre la crisis financiera de la década pasada, ganó mejor guión adaptado.

Pero, en realidad, los Oscar de este año serán recordados como aquellos en los que, finalmente, se le dio un Oscar a Leonardo DiCaprio. El actor iba por su sexta nominación y lo esquivo que le era el premio se había convertido en una broma popular: ya nadie se va a reír de él. Su protagónico como el trampero que vuelve de la muerte en plan venganza sangrienta en Revenant: El renacido es por lejos su papel más demandante y de no darle el premio hubiera sido una gran injusticia.

Revenant: El renacido se hizo con otros dos Oscar: a mejor director (Alejandro González Iñárritu por segunda vez consecutiva, un mérito que solo tenían hasta ahora John Ford y Joseph L. Mankiewicz) y mejor fotografía (Emmanuel Lubezki, por tercera vez consecutiva).

“Hay una frase en el filme que dice que la gente no te escucha cuando ve el color de tu piel”, dijo González Iñárritu. “Así que qué gran oportunidad para nuestra generación para liberarnos de todos los prejuicios y de esta forma pensar y estar seguros de una vez por todas y para siempre de que el color de la piel es tan irrelevante como lo largo que tenemos el pelo”.

El presentador Chris Rock, de participación tirando a deslucida, dedicó gran parte de su presencia en el escenario (en una ceremonia que rondó las tres horas), a tratar ese tema aunque con esporádica gracia.

“Estoy en los Óscar de la Academia, también conocidos como los White people choice Awards. ¿Se dan cuenta de que si nominaran a los presentadores, yo no habría conseguido este trabajo?”, dijo Rock, un comediante que centra mucho de su obra en los vínculos raciales en Estados Unidos.

Rock destacó que ésta ha sido siempre la historia de Hollywood y que en la década de 1960 la gente no protestaba por ello. “Cuando tu abuela colgaba de un árbol, era difícil preocuparse si un corto documental extranjero había sido nominado”. A lo largo de la ceremonia se repitieron gags sobre el polémico tópico en una insistencia un tanto cansadora.

Los premios para Mad Max: Furia en el camino, dirigida por George Miller, fueron mejor vestuario, diseño de producción, maquillaje, montaje, edición de sonido y mezcla de sonido.

A pesar de que son premios técnicos es un gran mérito para una película de acción que rehízo una franquicia que parecía agotada a mitad de la década de 1980 y que se revitalizó como un espectáculo cinematográfico de esos que nacen para ser clásicos.

Brie Larson, por su papel de madre que vive secuestrada en un cobertizo con su hijo en La habitación, fue la mejor actriz y bien ganado lo tiene.

Sin embargo, las categorías de mejores secundarios no resultaron las más justa del mundo. El británico Mark Rylance está muy bien como el espía soviético en Puente de espías de Steven Spielberg pero parecía más indicado que se reconociera a Sylvester Stallone por su conmovedor regreso como Rocky Balboa en Creed: Corazón de campeón.

Y como mejor actriz secundaria parece un poco prematuro que se lo haya llevado Alicia Vikander por La chica danesa; uno hubiera preferido un reconocimiento a Jennifer Jason Leigh por Los 8 más odiados. La película de Tarantino, eso sí, le dio un demorado primer Oscar al compositor italiano Ennio Morricone.

Aunque la colombiana, El abrazo de la serpiente, no se llevó el Oscar a la mejor película extranjera (fue para la húngara El hijo de Saúl), América Latina sí tuvo su premio: la chilena Historia de un oso de Gabriel Osorio Vargas y Pato Escala Pierart fue el mejor corto animado. Es la primera vez que Chile consigue un Oscar.

El saldo final fue bueno y más de lo mismo pero así es todos los años. A la ceremonia le sobraron un par de momentos, pero los premios, que de eso se trata, fueron a donde se esperaba que fueran. Y todo el mundo contento.

Fernán Cisnero (El País, 29/02/2016)

2015

En la noche del 9 de diciembre se realizó la entrega de los Premios de la Crítica, organizado por la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay (ACCU) y con el apoyo del Instituto del Cine y del Audiovisual, el Teatro Solís y Conaprole.

El evento contó con la conducción de Valeria Maraffi y Jorge Gatti y con un mini stand up a cargo de Christian Font.

Los homenajes fueron para los críticos Guillermo Zapiola, presentado por el Presidente de la Asociación Sergio Moreira y Alberto Restuccia quien recibiera el homenaje de parte del vicepresidente Agustín Acevedo Kanopa; así como para el cineasta Mario Jacob, entregado de las manos de Rosalba Oxandabarat.

Se entregó un total de 18 estatuillas, 13 de ellas destinadas al cine nacional.

Mejor Film Internacional

Dos días, una noche, de Luc y Jean-Pierre Dardenne (Enec)

Mejor Documental Internacional

El hombre nuevo, de Aldo Garay (BuenCine)

Mejor Animación Internacional

Intensa-Mente, de Pete Docter (RBS)

Mejor Film Latinoamericano

El clan, de Pablo Trapero (Life)

Mejor Ópera Prima

Laberinto de mentiras, de Giulio Ricciarelli (Enec)

Mejor Ficción Nacional

Una noche sin luna, de Germán Tejeira

Mejor Documental Nacional

Tus padres volverán, de Pablo Martínez Pessi

Mejor Director en un Film Nacional
Empate entre:

Aldo Garay, El hombre nuevo

Federico Veiroj, El apóstata

Mejor Actor en Film Nacional
Roberto Suárez, Una noche sin luna

Mejor Actriz en Film Nacional
Julieta Zylberberg, El 5 de Talleres

Premio Revelación
Germán Tejeira: dirección y guionista de Una noche sin luna

Mejor Guión en Film Nacional
Una noche sin luna, Germán Tejeira

Mejor Fotografía en Film Nacional
Los enemigos del dolor, Thomas Mauch

Mejor Sonido en Film Nacional
El apóstata, Daniel Yafalián y Álvaro Silva

Mejor Dirección de Arte en Film Nacional
Dios local, Federico Capra

Mejor Música en Film Nacional
Una noche sin luna, Gastón Otero, Bruno Boselli

Mejor Montaje en Film Nacional
El hombre nuevo, Federico La Rosa

«Revenant: El renacido» (Paula Montes)

¿La venganza está en manos de Dios?

Alguna crítica asocia este film del director mexicano, Alejandro González Iñárritu (21 gramos, Babel, Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), titulado Revenant: El renacido, con el film Furia salvaje (Man in the wilderness”, 1971) de Richard C. Sarafian. Su tema es una historia – basada en hechos reales, novelados, legendarios -, también de caída de un héroe explorador, herido salvajemente, mortalmente por un oso, que fuera abandonado por sus pares, en medio de una naturaleza gélida, hostil. Decidirá vengarse de quienes lo dejaron solo, en su desesperación moral y física por sobrevivir, y en definitiva librado a un destino de muerte.

La historia del cine, del arte, es siempre una suerte de tradición y originalidad; y así antes de los primeros créditos, el film de González Iñárritu, presenta una escena de amor paterno, entre un cazador, comerciante de pieles – interpretado por Leonardo Di Caprio -, y su adolescente hijo mestizo, habido, concebido con una idílica indígena “pawnee”, que aparecerá en el devenir fílmico de la memoria, como alguien trascendente, casi inasible.

Luego G. Iñárritu nos introduce en la vorágine violenta de la guerra, entre una lucha sin piedad entre los amerindios y los colonos de habla inglesa, por las pieles que ambos bandos quieren comercializar para su provecho propio; siendo la historia de la colonización americana, ante todo, una historia de exterminio.

La cámara no da tregua al espectador. Advenirá una cierta quietud, en la cual se escuchan las sonoridades de la naturaleza – de un protagonismo esencial -, los susurros del habla inquietante y expectante de los indios, que espían con sigilo a los hombres blancos.

También los franceses en el siglo XIX, codiciaban estas tierras de Montana, fronterizas al Canadá y más allá. Imágenes de gran crueldad son mostradas al espectador, como el abuso despiadado de una mujer aborigen.

La violencia en todas sus posibles facetas, es la tónica del opus, un western dramático, que en su estética, por momentos, tiene alcances pictóricos, y en su cosmovisión bordea lo metafísico.

La cámara baja y sube, desde la tierra al cielo. Los altísimos árboles que se cimbran por el viento helado, parecen buscar la luz, en un monte laberíntico, acechante, metafórico. Así el director muestra implacable y minuciosamente, cómo un oso salvaje es capaz de destrozar a un hombre, y aquí el film toma el color rojo de la sangre. El héroe de la expedición, el conocedor de los más intrincados caminos a seguir, Hugh Glass (Leonardo Di Caprio) queda mortalmente herido. Se dispone por el sargento (Domhnall Gleeson), que se le cuide y asista en cuanto sea necesario. John Fitzgerald (Tom Hardy) y su joven acompañante, Jim Bridger, – Will Poulter -, serán los encargados. Pero Fitzgerald le dará muerte a su hijo, en una imponente escena, en la cual emerge el racismo, y dejará a Hugh abandonado a su suerte, dándole por muerto a los otros. La tragicidad se impone, moralmente para el joven Bridger que sospecha y no está de acuerdo en el abandono de Di Caprio, y también para el mismísimo Hugh Glass.

Se visualizan las heridas profundas de todo el cuerpo de Hugh, a las que se suma el hambre, la sed, el dolor lacerante por lo único que tenía, su hijo. No puede hablar, solo gime; y sólo sus ojos hablan en ese contexto agónico.

Pero su espíritu se ha propuesto subsistir, luchar por sobrevivir, y ejercer la venganza sobre quienes lo abandonaron y dieron muerte a su vástago.

El espectador asiste a las imágenes de cómo un hombre que sólo se arrastraba, logra ponerse de pie, y es capaz de introducirse en las gélidas aguas de un lago para poder comer un pez, o apelar a las vísceras de un bisonte que ha sido muerto, por un jefe pawnee que lo respeta. La performance de Di Caprio es brillante, con Oscar muy merecido, y/o sin Oscar. Va del gemido a la recuperación de la palabra, inmerso en una historia realista, salvaje, mayor. La escena en un templo derruido, donde se ve la imagen de Cristo crucificado, es visionaria y simbólica.

El tópico “la venganza está en manos de Dios” es un apunte, una inflexión para pensar. Quizás la justicia en este mundo y/o en la eternidad esté en manos de Dios, aunque el Yaveh del Antiguo Testamento, es una divinidad por demás muy castigadora, inexpugnable en sus inescrutables designios.

Las ambigüedades de la naturaleza humana, se presentifican de algún modo en el personaje de Di Caprio, y también en su polo antagónico, el villano Fitzgerald, que solo aspira al dinero que le darán por una mentira, muy lejos del joven que se siente culpable, o del capitán que trata de actuar por la vida. No en vano el poeta florentino, Dante Alighieri, en “La Divina Comedia”, puso a los desleales, a los traidores en el noveno y helado círculo del infierno; en tanto Glass busca en cierto modo el camino de la redención, la quimera quizás última de un amor recíproco con su hijo, en otra dimensión, único valor que poseía y su gran motivación para vivir.

Visualmente el poder de la naturaleza avasallante tiene en el film, un gran director de fotografía, Emmanuel Lubezki, que la registra en todos sus matices devastadores o poéticos. El sonido ambiental es otro estrato a destacar, así como la banda sonora que subraya las acciones con gran acierto, y en ocasiones con gran pesadumbre.

Ganadora de tres Globos de Oro (mejor película, dirección y actor principal), Revenant: El renacido está nominada a doce premios Oscar. El próximo 28 de febrero se develará el enigma, de una cinematografía que instaura una poética muy particular, y que posee sobrados méritos para erigirse en la obra favorita, de la tan mentada ceremonia del “glamour”.

Revenant: El renacido” (The revenant), Estados Unidos, 2015. Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Mark L. Smith, Alejandro González Iñárritu (Novela: Michael Punke). Música: Carsten Nicolai, Ryûichi Sakamoto. Edición de sonido: Martín Hernández Lon Bender. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Elenco: Leonardo Di Caprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Paul Anderson, Kristoffer Joner, Joshua Burge, Duane Howard, Melaw Nakehk’o, Fabrice Adde, Arthur Red Cloud, Christopher Rosamond, Robert Moloney, Lukas Haas, Brendan Fletcher, Tyson Wood, McCaleb Burnett .

Paula Montes

«Mustang: Belleza salvaje» (Álvaro Sanjurjo Toucon)

 

De los derechos cercenados

Cinco muchachas adolescentes, hermanas huérfanas a cargo de un tío y su abuela, viven en pequeño pueblo turco contemporáneo, a considerable distancia de Estambul.

Ante los primeros signos de una atracción mutua de las jovencitas hacia el sexo masculino, abuela y tío se apresuran a concertar, con los padres de jóvenes varones, sus inmediatos matrimonios.

El tono de amable comedia costumbrista –subjetivo relato en off realizado por la más pequeña, de doce años- se apodera del film. De manera casi imperceptible, la perspectiva es modificada y cuanto puede ser pintoresquismo para un espectador occidental, se convierte en desesperada búsqueda de las juveniles protagonistas por escapar a un destino de sometimiento femenino, tradicional en el universo reprimido de tío y abuela.

Sin perder totalmente su mirada levemente jocosa, el film deviene en el drama de estas niñas-mujeres, eligiendo diversos caminos: del sometimiento a la abierta rebelión.

La directora turca y coguionista Deniz Gamze Ergüven (1979), radicada a temprana edad en Francia, determina conductas desde el inteligente guión, siendo la labor interpretativa de sus jóvenes protagonistas (también de quien personifica a la abuela) cuanto confiere su realista vigor al film. Las confesiones, deseos, temores y audacias, así como los subterfugios para ocultar irrefrenables embates erótico sentimentales, irrumpen con fantástica espontaneidad.

Ese guión no olvida su condición subjetiva, justificando el detallismo y profundización en torno al quinteto de muchachas, contrapuesto a la visión esquemática y externa de los demás personajes, en especial los adultos.

Ergüven sabe aprovechar al máximo cada escena. Nada es gratuito. Al respecto merece señalarse la instancia en que algunas de las muchachas toman el sol en despojado habitáculo de la casa, rigurosamente separado del exterior por la reja de una ventana. La imagen es formidable símil de la cruel jaula de un zoológico.

De sencilla apariencia y formulación, el film es contundente testimonio y vibrante alegato respecto a los derechos humanos cercenados a la mujer, al amparo de aberrantes atavismos culturales y/o religiosos

Por cuanto expresa y la manera de hacerlo, el debut en el largometraje de la autora, crea merecida expectativa acerca de su futura trayectoria.

Un testimonio personal.- En los primeros años del siglo XXI, quien esto escribe recorría zonas rurales de Turquía muy próximas a Estambul. En lo alto de numerosas viviendas podía observarse una botella invertida, sostenida por un pequeño palo o elemento similar que penetraba por su pico. Era la manera en que la familia proclamaba la existencia de una hija casadera. Acompasándose a la modernidad que todo lo invade, muchas de las botellas pertenecían a un popular refresco cola. Las muy uruguayas botellas vacías colocadas sobre el techo de los automóviles en venta, surgieron en la memoria. Unos y otros procuran vender su pertenencia.

Mustang: Belleza salvaje” (Mustang). Turquía / Francia / Qatar / Alemania 2015. Dir.: Deniz Gamze Ergüven. Con: Günes Sensoy, Doga Zaynep Doguslu, Elit Iscan, Tugba Sunguroglu, Ilayda Akdogan, Nihal G. Koldas.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“Revenant: El renacido” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Del buen viejo Hollywood

En 1820, en gélidos bosques de la América del Norte, un hombre es salvajemente atacado por un oso. Es integrante de un grupo de cazadores, traficantes de pieles, enfrentados con la naturaleza hostil, las bestias salvajes y aborígenes que a su vez rivalizan entre sí y negocian con tropas francesas.

Ante la alternativa de atender al herido, cuyo fin vaticinan como inmediato, o salvar el producto de su cacería, no vacilan por esta última opción. Abandonado por sus colegas, el hombre inicia denodada lucha por subsistir, enfrentando al medio, a sus propias limitaciones y a sus compañeros.

El realizador mexicano Alejandro Gonnzález Iñarritu, se muestra, una vez más, en sus múltiples facetas, que le han permitido ir de la creativa y muy mexicana Amores perros, a la indagatoria sobre un actor norteamericano en decadencia en otro estupendo film como Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia). Ahora aborda otro planteo conciso y concreto: la supervivencia en un medio inhóspito y con abundantes enemigos, en un film con escasísimos diálogos. El asunto funciona, el rostro y las miradas de un físicamente destrozado Leonardo DiCaprio lo complementan estupendamente, y una elocuente fotografía resalta la rivalidad entre la naturaleza y el hombre. Al respecto conviene señalar los admirables escenarios naturales, cuyo registro ha de haber significado una proeza similar a la de ese cazador irreductible en sus propósitos de sobrevivir. Imágenes cuya elocuencia se ubica en encuadres e impactantes movimientos de cámara, evocadores de aquella otra lucha con el medio agreste y los propios hombres, que Werner Herzog plasmara en la magistral Aguirre, la ira de dios (1972).

En cuanto a planteo dramático, y su resolución cinematográfica, Revenant: El renacido posee varios antecedentes, ocasionalmente muy similares. En Essential Killing (2010), el polaco Jerzy Skolimowski se volcaba sobre la huída de un hombre –combatiente musulmán en un mundo contemporáneo-, escapando solitariamente por inhóspitos y gélidos bosques nevados. En su superficie, el guión de ambos títulos se restringe a sangrientos encuentros con perseguidores, agobiante huída de animales salvajes, hambre, desesperación, y la marcha constante hacia ningún lado, impulsado por animalizado instinto de supervivencia.

Skolimowski, favorecido por la contemporaneidad de su relato, introduce, detrás de la aventura, su reflexión acerca de la brutalidad de la especie humana, conducente a lo que quizás sea su autoaniqulación. En González Iñárritu predomina lo humano en términos más individuales, sin conclusiones de carácter universal. Ello implicaba, en Essential Killing, traspasar los límites de la muy lograda aventura. González Iñárritu despliega su capacidad para sacudir e impactar al espectador, con una reiteración de peripecias que pueden extenderse indefinidamente o ser suprimidas en buen porcentaje. No alcanza el planteo sustancial de Skolimowsksi.

El otro antecedente, tanto de Skolimowski como del realizador mexicano, ahora plegado a eficaces modelos hollywoodianos, lo ofrece un film de 1970: Figuras en un paisaje, de Joseph Losey. Allí eran dos los hombres que huían, en lucha y convivencia con el medio. Modelo que ejerce su impronta en numerosos films, abarcando obras tan particulares como la minimalista La libertad (2001) del argentino Lisandro Alonso.

Seguramente ni Skolimowski ni González Iárritu y sus coguionistas, al adaptar parte de una novela de Michael Punke, ignoraron la larga lista de obras donde, en la base del conflicto dramático, se halla la lucha del individuo solitario con el inhóspito medio. Algo al respecto, aunque de forma menos brutal, había escrito Daniel Defoe, para aquel Robinson Crusoe que inspiró de modo muy diferente a realizadores como Luis Buñuel, René Cardona y otros más convencionales.

No es arriesgado señalar que la fuerza, innegable, de Revenant: El renacido se diluye en sus reiteraciones. Perdiendo su capacidad para sacudir, como acontece en la primera de sus dos horas y media. El cine de Hollywood, y este título lo es, parece convencido en cuanto a que basta con importar un talento extranjero y encomendarle un trabajo que deja por el camino medulares planteos, devorados por la (lograda) aventura en que estos son engarzados.

Por cierto, Revenant: El renacido ha logrado un diseño humano, dramático y cinematográfico, que sin desarrollar del mejor modo su potencial, sabe distanciarse de tranquilizadoras peripecias al estilo de las de Tom Hánks en Náúfrago (2000, Robert Zemeckis).

La ausencia de solidaridad entre los diversos aborígenes, los códigos de diferentes valores sustentados por diversas culturas, la integración étnico cultural (en particular representada por la familia que llega a conformar el protagonista), el etnocentrismo europeo, están allí, en esos precisos y a veces breves brochazos –notable la escena en que se brinda alimento a la sobreviviente de una masacre-, testimonio de preocupaciones temáticas que, dados sus antecedentes, pueden atribuirse al realizador así como a los guionistas. Planteos medulares finalmente empequeñecidos y sofocados por lo que es lisa y llanamente la falta de aquello que el crítico cubano Luciano Castillo definiera como una de las bases del cine: “el arte de cortar”.

El film logró varias candidaturas al próximo “Oscar”, seguramente se llevará algunas estatuillas: el sabor de Hollywood, en definitiva, predomina.

Revenant: El renacido” (The Revenant). EE.UU. 2015. Dir.: Alejandro González Iñárritu. Con: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Will Poulter.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“En primera plana” (Hugo Acevedo)

El abuso como inmoral ejercicio de poder

La corrupción, el abuso sexual y la más deleznable depravación son los tres ejes temáticos de En primera plana, el controvertido film del realizador norteamericano Thomas McCarthy.

Esta es, sin dudas, una película comprometida, en tanto indaga en un caso real que conmovió profundamente a la opinión pública mundial, tanto por sus implicancias morales como judiciales.

La historia recrea la investigación periodística de un equipo del Boston Globe, que dejó al descubierto una ominosa trama de pedofilia perpetrada por decenas de sacerdotes, que fueron encubiertos por las jerarquías eclesiásticas.

Como se recordará, en 2002, un calificado staff de periodistas de dicho diario armó una mega-denuncia contra los religiosos, que le valió la obtención de Premio Pulitzer 2003.

La película, que tiene como escenario central la inmensa redacción del rotativo, es una suerte de thriller sin violencia, en el cual los protagonistas son los cronistas a cargo de la pesquisa.

En ese contexto, son habituales las tradicionales reuniones de edición, en cuyo contexto los profesionales elaboran las estrategias de investigación y debaten las prioridades informativas.

Urgidos por la necesidad de marcar la agenda, recuperar lectores e impactar con un tema sin dudas removedor, los periodistas encaran un trabajo cuasi detectivesco.

Por supuesto, el advenimiento de un nuevo editor general con objetivos claros impacta a un grupo humano acostumbrado a la rutina y algo aburguesado, que ha abandonado el hábito de meterse en el ojo de la tormenta.

Incluso, sobrevuela el tema de una eventual reducción de personal, que pone en alerta a todos por el temor a que se pierdan puestos de trabajo.

Esa propia inseguridad sumada a la recuperación de la perdida autoestima, transforma al equipo de una suerte de bien disciplinada infantería que encarará su propia cruzada moral, más allá de mera demanda emergente de las obligaciones laborales.

En este caso, el director y guionista demuestra un profundo conocimiento de las rutinas de los diarios y sus técnicas de captura de la información, así como también sobre la recolección de testimonios.

En ese contexto, la investigación deviene en una carrera contra el tiempo por la primicia, pero también en un auténtico ejercicio de reafirmación de profesionalidad no exenta de dimensión ética.

El relato desnuda la extrema complejidad del trabajo periodístico cuando se aborda un tema de alto impacto, que requiere sagacidad, paciencia, valentía, sacrificio y profesionalismo.

La historia corrobora que el peor enemigo de una buena pesquisa periodística cuyos resultados sean irrefutables es la ansiedad, porque está en juego nada menos que la verdad.

Cualquier error puede malograr todo el esfuerzo, al punto de transformar el informe final en un fiasco y poner en tela de juicio la credibilidad del medio de prensa y sus fuentes.

El film corrobora que cuando un medio de prensa asume riesgos debe operar con inteligencia, rigor y sensibilidad, con el propósito de no horadar su propia reputación.

Exhibiendo una superlativa sabiduría para narrar sin que decaiga el interés del espectador, Thomas McCarthy arma una suerte de intriga, en la cual abundan las revelaciones, los testimonios y la conflictiva relación con los acusados.

La película construye una doble denuncia, destinada a esclarecer las aberrantes prácticas de abuso sexual perpetradas por noventa sacerdotes con cobertura institucional y la propia inmoralidad de los abogados mediadores que se enriquecen comprando silencios en nombre de sus empleadores.

Una de las intrínsecas virtudes de este film es su extrema sobriedad, que soslaya toda explotación truculenta de los testimonios de las víctimas, quienes, en algunos casos, recuerdan las aberraciones padecidas hace décadas.

Asimismo, también está muy bien retratada la responsabilidad profesional no exenta de pasión de los investigadores, así como las intrigas y chicanas judiciales de los abogados defensores de los acusados.

En primera plana es un alegato potente y demoledor, que denuncia –sin ambages- la inmoralidad institucionalizada y el poder de la Iglesia Católica en una comunidad conservadora a ultranza, que, con su silencio, tolera prácticas aberrantes.

En ese contexto, sobresalen la prolija dirección de actores y las interpretaciones protagónicas de Mark Ruffalo y Michael Keaton, al frente de un reparto altamente calificado y comprometido con una propuesta cinematográfica potente, osada, reveladora y realmente removedora.

“En primera plana” (Spotlight). Estados Unidos, 2015. Dirigida por Tom McCarthy. Con Michael Keaton, Mark Ruffalo, Liev Schreiber. 

Hugo Acevedo (Publicada en revista Onda Digital)

“Película”, el antecedente olvidado (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Revistas de cine: rigores y frivolidades

Al igual que en todo el mundo, en nuestro país, las revistas “de cine” (y excluímos las de carácter técnico) pueden clasificarse en: aquellas cuyo contenido es riguroso, desvinculado de intereses empresariales, y aquellas donde la frivolidad se confunde con la información, la publicidad es escasamente disimulada en sus artículos, y las notas críticas, cuando las hay, son invariablemente auspiciosas.

De las primeras, hubo varias que hoy conforman la hemeroteca de la cultura cinematográfica nacional. “Cine Actualidad”, impulsada por René Arturo Despouey, conoció diez números entre abril y agosto de 1936, convirtiéndose luego en “Cine Radio Actualidad”, agregado imprescindible para lograr una subsistencia que, adaptándose a los cambios tecnológicos (luego incorporaría TV) implicaría también su decadencia.

Entre los años cincuenta y comienzos de los setenta, las revistas de los cineclubes, expresión de esa mirada adulta hacia el hecho cinematográfico, son: “Cine Club” y posteriormente “Cuadernos de Cine Club”; editadas por Cine Club del Uruguay: “Film” y luego “Nuevo Film”, editadas por Cine Universitario del Uruguay.

Desaparecidas “Cuadernos” y “Nuevo Film”, irrumpe brevemente, a inicios de los ‘70, la revista “Imagen”, financiada desde sectores católicos progresistas. A fines de esa década, en 1977, Cinemateca Uruguaya da a conocer “Cinemateca Revista”, la revista de cultura cinematográfica de más larga existencia. Y “rara avis”, no debe olvidarse a la políticamente embanderada revista “Cine del Tercer Mundo”, con dos combativos números en torno a 1970. Al culminar el siglo XX y comienzos del XXI, aparecen dos o tres publicaciones diferentes de efímera existencia y escasísima repercusión.

La aparente inviabilidad para una publicación independiente es quebrada con las publicaciones “on line”, que esforzadamente, sin real apoyo público, transitan por la brumosa línea que divide los dos tipos de revista a que se hace referencia al comienzo.

Es, presumiblemente, esta propuesta de la Asociación de Críticos de Cine del Uruguay, la que permitirá renacer aquellos criterios de extintas revistas, alejadas de toda forma de dependencia del negocio cinematográfico.

Un sector este último, en el que se inscriben publicaciones como la satinada “Cinemag”, editada desde una distribuidora cinematográfica, y también la ilustrativa “Movie Magazine”, que conoció unos dieciséis números publicados mayoritariamente a fines del siglo pasado, y se distribuyera gratuitamente en salas de ese circuito.

Menos interesantes para los sectores “cultos”, estas revistas no han sido objeto de una reseña y estas líneas no se proponen sino ser el punto de partida para ello. Por tanto señalamos que entre el 8 de abril de 1932 y el 1 de julio del mismo año, con rigurosa aparición semanal, se editó la revista “Película”. Una tapa en falsos colores a dos tintas, anticipaba 32 páginas formato 20 x 28cm., con muy abundante información sobre los films en carteleras montevideanas. Sus notas permeables a la publicidad, constituían una bienvenida base para quienes desearan adentrarse en el conocimiento del cine, por entonces prerrogativa de publicaciones periódicas y no periódicas del hemisferio. No aparecen en “Película” los nombres de sus responsables, constando solamente su dirección: Maldonado 1256.

Álvaro Sanjurjo Toucon

«Revenant: El renacido» (Mathías Dávalos)

Revenant: El renacido cuenta una historia de supervivencia motivada por un deseo de venganza. Se basa en un hecho real: la proeza realizada por el trampero Hugh Glass en 1823, quien tras ser brutalmente herido fuera abandonado en el crudo invierno próximo al río Missouri por sus compañeros exploradores. Mark Smith e Iñárritu apoyan su guion en la novela homónima de Michael Punke (The Revenant, 2002).

Desde el comienzo, Iñárritu le recuerda al espectador que él fue quien realizó aquel «gran plano secuencia» de Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) (2014), su película anterior celebrada por Hollywood con varios premios Oscar (incluidos mejor director y mejor película). En la escena del ataque de los indios rees al grupo de exploradores donde se encuentran Glass, su hijo el mestizo Hawk, y Fitzgerald, entre otros. Plano secuencia y la cámara encima de Glass, luego sobre Hawk, también en Fitzgerald, en un indio que cae de un árbol, en otro que cabalga en llamas, y luego, llamativamente, el director rompe la línea de tensión y comienza a seguir las flechas, perdiéndose y desperdiciando el drama y la acción de su escena.

Pero Iñárritu se toma revancha en otra escena, mejor lograda. El enfrentamiento de Glass ante una osa que protege a sus cachorros. La escena es brutal y meritoria por su incuestionable factura técnica, y asimismo por sus consecuencias, donde se luce Duncan Jarman con un gran trabajo de maquillaje al representar las heridas sobre el cuerpo del actor Leonardo DiCaprio.

Este combate entre hombre y animal es una de las claves del relato: Glass sobrevive, pero agoniza. El diezmado grupo de cazadores y exploradores, liderado por el honesto Comandante Henry (Domhnall Gleeson), se ve obligado a abandonarlo al ser perseguido por los nativos. Glass queda en compañía de su hijo Hawk y bajo el cuidado del vil Fitzgerald (Tom Hardy) y del novato Bridger (Will Poulter), quien en la historia real se convertiría con el paso de los años en un destacado explorador. Otra clave del relato es el examen de la condición humana que plantea el director: Glass la tiene complicada y Fitzgerald no quiere perder más tiempo ante esta carga. Un hombre con pocas dudas.

Revenant: El renacido es una película recargada de una pobre y estereotipada confección de sus personajes. En reiterados momentos del film el problema es alarmante. Desde Glass hasta el líder de una tropilla de franceses. Ni que hablar lo del personaje de Fitzgerald. Buenos o malos; no existen matices en el concepto de ética que plantea Iñárritu. No se salvan siquiera los indios rees, a los que el director mexicano les agrega en sus parlamentos, centrados en la figura de su cacique, un análisis histórico dueño de una alevosa corrección política propia de estos tiempos. Aunque, por otra parte, no hay que negar que una de las prioridades de este film es la denuncia de las atrocidades cometidas en tierras estadounidenses contra los nativos. En este punto no solo está Iñárritu, sino también DiCaprio, militante en asuntos de conciencia ambiental a nivel mundial, con un importante rol como figura pública denunciante sobre el grave problema del cambio climático, y reivindicador del derecho de los indios a sus tierras en Norteamérica.

Este tratamiento de la básica moral de los personajes atenta contra el resto, donde vuelve a destacarse la labor del director de fotografía mexicano Emmanuel Lubezki, quien repite con Iñárritu tras Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia). Pero se presenta un problema: el talentoso fotógrafo que ha brillado trabajando al lado de un cineasta de la talla de Terrence Malick en El árbol de la vida y en To The Wonder (2011 y 2012 respectivamente), aquí lo hace para Iñárritu, quien en su ampulosa ambición artística imita al realizador estadounidense hasta el hartazgo y sin brillo propio en composiciones de planos que insisten en el recuerdo a La delgada línea roja (1998) en el retrato del conflicto entre hombre y naturaleza. Por más que en su película Iñárritu busque con su cámara romper climas mediante abruptos cambios de planos (nadir, por excelencia), siempre con especial énfasis en el espacio bucólico, sea en el primer plano del agua corriendo en el río o con una mujer levitando encima de su soñador, el resultado, más que ser un tributo o un acto de continuidad audiovisual, es cinematográficamente deficitario. Un pastiche que va en disminución del carácter dramático del relato, lo contrario a lo que han revelado varias imágenes poéticas realizadas por Malick.

La actuación de Leonardo DiCaprio como Hugh Glass es meritoria. Físicamente expresiva, conforme al martirio de un sobreviviente en el abandono y brutalmente herido ante el cruel invierno de Montana y Dakota del Sur. Hay escenas extremas que plantean la lucha, más bien en modo de adaptación, del hombre ante la naturaleza. Una relación hostil a la que DiCaprio responde con oficio. Nuevamente buena parte de la prensa y de la opinión pública internacional vuelven a aludir acerca de cierta «deuda» que la Academia de Hollywood tiene con el actor al no haberle entregado aún la estatuilla. Cansa la frase «este es el año de DiCaprio», que se repite hace más de una década a medida que se acerca la ceremonia. Para los interesados en este tema, es una cuestión de criterios. Para algunos, entre los que me incluyo, DiCaprio merecía el premio Oscar a mejor actor de reparto por su trabajo, como un niño con retraso mental, en ¿A quién ama Gilbert Grape? (Lasse Hallström, 1993). También creo, con mayor énfasis, que merecía el Oscar a mejor actor por su interpretación del magnate Howard Hughes en El aviador, monumental película de Martin Scorsese de 2004.

Revenant: El renacido no es una gran película sobre una odisea del hombre enfrentado a la naturaleza. El director muestra mucho más interés a sus tomas que al desarrollo humanista de sus personajes inmersos en el relato. Un film infinitamente menor a otros como Furia salvaje (Richard Sarafian, 1971, basado libremente en la odisea de Glass), dos de Werner Herzog como Aguirre, la ira de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982), y al respetable Apocalypto (2006), dirigido por el políticamente incorrecto Mel Gibson. Para Iñárritu, su nueva película «debería verse en un templo», según dijo al Financial Times. Esto puede ser cierto en el hecho de que el espectador pueda allí rodearse de espiritualidad, algo de lo que este film, más allá de los artificios que lo adornan, carece.

Revenant: El renacido” (The Revenant). Dirección: Alejandro G. Iñárritu. Guion: Mark L. Smith, Alejandro G. Iñárritu. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: Ryuichi Sakamoto. Elenco: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Will Poulter, Domhnall Gleeson. 156 minutos. 2015.

Mathías Dávalos (uy.press, 25/01/2016)

19º Festival Internacional de Cine de Punta del Este

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Se entregaron los premios del 19º Festival Internacional de Cine de Punta del Este

El sábado 27 tuvo lugar la ceremonia de clausura y entrega de premios del 19º Festival Internacional de Cine de Punta del Este, en el Palacio de Festivales.

Los Premios Mauricio Litman fueron definidos por un jurado internacional. El mismo estuvo integrado por: Jean Pierre Noher (Argentina), Paula de Luque (Argentina), Nelson Diniz (Brasil), Juan María Villar Betancort (España) y Hugo Burel (Uruguay).

El jurado eligió como Mejor Película a La luz incidente, de Ariel Rotter (Argentina). El Premio a Mejor Director fue para Ruy Guerra, por Casi memoria (Brasil). El Mejor Actor fue Damián Alcázar por La delgada línea amarilla, de Celso García (México) y la Mejor Actriz fue Erica Rivas, por La luz incidente de Ariel Rotter (Argentina). También se entregaron dos menciones especiales: a Clever de Federico Borgia y Guillermo Madeiro (Uruguay), como la mejor Ópera Prima; y a Pablo Baiao de Casi memoria (Brasil) a Mejor Fotografía. Por voto popular, el Premio del Público a la Mejor Película fue para La patota, de Santiago Mitre (Argentina),

 En sala estaban el Intendente Departamental de Maldonado, Ing. Enrique Antía; el Director General de Cultura Prof. Jorge Céspedes e invitados nacionales e internacionales.

 

 

«Mustang: Belleza salvaje» (Guilherme de Alencar Pinto)

Certificados de pureza

Es una película feminista tratada en forma pedagógica. Para muchos éstas serán sospechosas palabras: el feminismo viene sufriendo golpes a su reputación debidos a los traspiés de los representantes más radicales de la postura políticamente correcta, y la idea de un arte pedagógico o de tesis quedó desprestigiada ante la intuición establecida de que una película sólo vale cuando emana espontánea e inocentemente de los impulsos irracionales del realizador, y que cualquier intento expreso de comunicar ideas preexistentes anula el estatus de arte e implica una postura paternalista, cuando no hipócrita (esa manera de pensar el arte pedagógico es sumamente funcional al predominio de un arte acrítico y al status quo).

Pero no, no estoy hablando mal de la película: el feminismo es algo bueno y mucho más amplio que las actitudes de un puñado de gente malsana, está bueno que la pedagogía exista, y hay películas pedagógicas ampliamente reconocidas como obras maestras. Ésta es entretenida, emotiva, muy bien realizada.

Es también un ejemplar de world cinema (auspiciado, incluso por Aide aux Cinémas du Monde —el fondo francés de apoyo a esa especie de género cinematográfico—). Eso quiere decir, descrito en la forma más prosaica, un cine en que uno de los focos de interés es una especie de turismo virtual, en el que uno aprecia y “vivencia” en forma prestada elementos del cotidiano de un pueblo muy distinto al nuestro.

Aquí se cuenta la historia de cinco hermanas adolescentes de un pueblo turco chiquito en la costa del Mar Negro. Un juego inocente que practican a la salida del liceo es malinterpretado como una actitud indecente por una de las viejas del pueblo, que se lo advierte a la abuela de las chiquilinas (que las cría, junto a un tío, ya que los padres se murieron años ha en un accidente). Ello desata en la abuela y en el tío medidas cada vez más represivas: las muchachas tienen que hacerse certificados de virginidad con el ginecólogo, son retiradas del liceo, las medidas para que no se escapen de la casa terminan convirtiéndola en una prisión. Ellas están destinadas a casarse, y los casamientos son por lo normal arreglados por los responsables, y dado que se presiente que sus virginidades corren peligro, deciden apurar los matrimonios. Mientras tanto, como dice la voz subnarradora, la casa se convierte en una “fábrica de esposas”, con las señoras aldeanas convocadas para enseñarles normas de conducta, cocina y otros quehaceres domésticos.

La parte de world cinema consiste en la descripción de esa sociedad conservadora, de las costumbres enseñadas a las niñas, de los rituales de propuesta de casamiento y de bodas, de las maneras de vestir, de los paisajes, de los vínculos entre los familiares (por ejemplo, la manera como aun el autoritario tío Erol, un hombre quizá cuarentón o cincuentón, recibe órdenes de su madre anciana, que sin embargo no se mete con él cuando se trata de “cuestiones de varón”).

La parte feminista tiene como centro nuestra empatía con esas cinco muchachas muy distintas entre ellas pero cada una encantadora a su manera. Ellas van siendo ofrecidas en casamiento en orden de edad, y la narrativa está estructurada en buena medida en función de ello: cada una de las hermanas se pone en foco en un momento de la película, empezando por las mayores. En la medida en que se van casando, desaparecen de escena y la siguiente hermana pasa al frente, hasta que quedan las dos más chiquitas. Esa estructura se aprovecha para la pedagogía (a la manera de la fábula de los tres chanchitos, cada uno con una casa más sólida): las dos primeras hermanas representan dos posibilidades dentro de la pasividad: a una le tocó la suerte de casarse con el muchacho al que ama, a la otra no, pero con un ostensivo peso en el alma lo acepta (porque asume que no hay otra que hacerlo). Le sigue un caso de rebeldía autodestructiva. Y finalmente el siguiente caso es el de la emancipación. Es sabio entonces el recurso de subnarrar la película con la voz de Lale, la más chiquita, que es la única que atestigua todo el proceso, además de simbolizar, siendo todavía niña, el futuro. Además la gurisita que la actúa, Güneş Şensoy, es increíblemente expresiva, los planos en que aparece sonriendo son una luz.

La forma en que están filmadas es, por ella misma, una bofetada en el conservadurismo: aprovechando el encierro, andan por ahí en trajes menores, ostentan sus cabelleras, bailan, se toquetean con ternura, transbordan de sensualidad. Es una corporeidad que no necesariamente se direcciona hacia el sexo, sino que está en todo, como una energía libidinosa alrededor de ellas, que se manifiesta también en la energía con que hinchan en un partido de fútbol, o que bailan, o cuentan chistes. La filmación parece compartir con ellas ese deseo (el deseo de ellas, el deseo por ellas). En ese sentido, el título Mustang parece asumir algo cercano a la metáfora usual para una mujer sensual y fogosa: “una yegua”. Ese acercamiento a su energía vital, a sus sueños románticos y eróticos, hace aun más palpable y frustrante el confinamiento, el aburrimiento y la represión, la forma en que el gozoso concepto moderno de juventud se golpea contra las convenciones que otrora pudieron justificarse como garantía de una sociedad ordenada y funcional —pero una sociedad que no había ofrecido todavía las tentaciones hedonistas de la modernidad, ni sus soluciones tecnológicas—. De ahí que la sociedad mucho más liberal de Estambul sea el sueño de todas ellas, pese al paisaje natural maravilloso del pueblo en que viven.

El encierro genera también un subtexto sutil del arquetipo de la princesa en la torre (o su variante, Julieta en el balcón). Sólo que en este caso está tomado casi exclusivamente desde el punto de vista de ellas: vemos desde la ventana del piso de arriba a los jóvenes que la cortejan, o el paisaje amplio e imponente (bosque, montaña, mar —símbolos de libertad y fertilidad—). Son ellas las que, mientras pueden, descienden agarradas de un caño o de las trepaderas para encontrarse con sus Romeos. Y es muy ingeniosa la manera como, cerca del final, las chiquilinas logran usar la represión y el conservadurismo a su favor, y la prisión se convierte en un fortín. Es parte también de ese juego la figura del padrastro malo, represor y posesivo.

Los celos inherentes al padrastro aquí dan un paso más, porque además de la represión conservadora y edipiana, el tío Erol abusa sexualmente de sus sobrinas. Aquí hay otra posición tomada claramente en la película: aunque se expone el conservadurismo considerable de las mujeres mayores del pueblito, pronto queda claro que las actitudes represivas de esas mujeres se destinan a contener los castigos más severos y más peligrosos de los varones. Los maridos pueden anular el casamiento si constatan, luego de la noche de nupcias, que la novia no era virgen —y no casarse es todo un problema social y práctico—. La abuela le da una paliza a cada una de las cinco nietas luego del episodio inicial del juego liceal, pero pronto comprendemos que era justamente para contener la ira de Erol. Nos preguntamos si la prisa en casarlas no se deberá también al propósito de apartarlas de ese tío abusador. En los pocos momentos en los que la narrativa no está restringida a las muchachas, acompaña a las veteranas: nunca empatizamos con los varones.

Esta película viene siendo un éxito internacional, lo cual es muy comprensible. Es una muy buena realización de estilo indie, con la cámara en mano haciendo un seguimiento a veces complejo de los personajes. Sin nunca llegar al sensacionalismo, la escena clímax tiene un suspenso considerable. Hay varios momentos mágicos bañados en la música estática y sutil de Warren Ellis (a veces en coautoría con Nick Cave).

Ganó varios premios internacionales importantes, y está entre las cinco nominadas a “mejor película en idioma extranjero” para el Oscar. Con respecto a esto, es llamativo, sin embargo, que fue propuesta por Francia. La candidata por Turquía, que no entró entre las nominaciones, fue Sivas, de Kaan Müjdeci, sobre el vínculo de un niño con un perro de pelea. Mustang: Belleza salvaje no tuvo en Turquía una recepción crítica tan favorable como en el resto del mundo. Muchos turcos opinan que el retrato de las muchachas es inverosímil (que se parecen más bien a muchachas emancipadas de ciudad grande, y no a muchachas criadas en el entorno que se describe), que se atribuye a ese pueblito del Mar Negro costumbres que son en realidad de otras regiones o que incluso ya cayeron en desuso. Esos defectos se deberían a que la directora Deniz Gamze Ergüven, pese a haber nacido en Turquía (en la capital, Ankara, ni siquiera en el Interior), se mudó cuando niña a Francia y fue educada allí. Escribió el guión en coautoría con la cineasta francesa Alice Winocour. Esos opinantes estiman que la actitud de la directora fue “orientalista”, es decir, una descripción exotista y no totalmente bien informada, desde una perspectiva europea y para un público mayormente europeo o europeizado, quizá empeñada en volcar medio a prepotencia la notoria influencia de Vírgenes suicidas (1999), de Sofia Coppola (de ahí la estética indie/cool).

Es difícil posicionarse desde lejos frente a ese tipo de opiniones, máxime que también hay opiniones divergentes que dicen que el retrato no es tan impreciso. Además la propia situación de las personajes dista de ser típica: son cinco huérfanas mujeres educadas por parientes y en tiempos muy recientes; es natural que esa especificidad muy minoritaria genere diferencias con las adolescentes promedio de su ámbito social. Desde acá podemos pensar: ¿los uruguayos serán tan silenciosos y abúlicos como los personajes de las películas de Control Z? Y sin embargo, ¿no se trasmite en ellas un componente de algo reconocible que está en el aire? ¿Estarán todos de acuerdo con ello? ¿Una película narrativa podrá pintar efectivamente a “los uruguayos” (o a “los turcos del Interior”) así, en general?

Lo que se puede decir es lo del inicio: la película es sumamente bien realizada, entretenida, fresca, emotiva, se planta frente al conservadurismo y contra la represión de las mujeres por los hombres, y tiene ese encanto exótico (superficial, pero encanto al fin) característico del world cinema, que en definitiva es de las pocas vías disponibles para tener algunos atisbos de un mundo más diversificado que lo que insinúa la mayoría de la cartelera.

«Mustang: Belleza salvaje» (Mustang). Dirigida por Deniz Gamze Ergüven. Con Güneş Şensoy, Doğa Doğuşlu, İlayda Akdoğan. Turquía/Francia/Alemania, 2015.

Alfabeta

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 25/01/2016)