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“QEDA” (Andrés Caro Berta)

Excelente viaje a través del tiempo

Ahora mucha gente está subyugada por Netflix. Este gigante absorbe películas y series y seduce con su catálogo.

Sin embargo, lo bueno no está ahí. Hay que buscarlo en internet. Entender que hay otras cadenas televisivas, comenzando por la BBC (en sus distintos canales BBC2, BBC3, BBCAmérica, de Canadá) y accediendo a excelentes televisoras básicamente europeas, que ofrecen productos de una calidad excepcional, y además de gran entretenimiento.

De Dinamarca llega este telefilm QEDA, donde se tratan temas que están en boga, de una forma seria, pero, ¿por qué no?, también dentro de un disfrute para el espectador.

Cerca del final del presente siglo, en el 2095, el mundo ha cambiado. Pavorosamente. El agua dulce potable casi ya no existe. Grandes extensiones han sido invadidas por el agua y países enteros han desaparecido. Los desiertos se han ampliado y tener pocas gotas de agua se ha transformado en moneda de cambio, y casi imposible de conseguir.

En ese panorama, los gobernantes anuncian el final del plan QEDA que implicaba a los viajes en el tiempo.

Aquellos últimos que lo hicieron fueron o están siendo eliminados.

Una conferencia de prensa lo informa. Sin embargo, el protagonista, Fang Rung, va a ser quizás el último traslado hacia el pasado.

La misión (secreta y resistida por la Primer Ministra) tiene dos sentidos. El general, poder cambiar el clima y lograr que el presente no sea tan terrible, y en lo personal, salvar a su hija que se está muriendo porque su cuerpo está minado de sal.

Así, ajustando las coordenadas, Rung se somete a una fusión molecular y envía a la mitad de él al pasado, para llegar a la tatarabuela de la niña, Mona Lundkvist que enseñaba en una Universidad un experimento que luego se perdió (por un accidente aéreo que ella sufre) y que puede salvar a todos.

Pocos días antes de ese vuelo, la parte del protagonista busca acercarse a ella y entabla una relación que puede terminar en algo más, pero la verdadera misión es descubrir la fórmula, para llevarla al futuro.

Pero no sale como él quiere. Mientras la otra parte, espera el regreso del que está en misión en el pasado, este comienza a enamorarse del mundo que era en el 2017. Y decide no volver.

Lo que sigue es lo que ocurre cuando el que está en el futuro va a ese año para llevarlo consigo, y las resistencias que se dan para ello.

Excelente filme danés, donde se muestran posibles mundos futuros, se habla de los viajes en el tiempo, el efecto mariposa, los afectos, los dolores, las alegrías, en un tono sombrío, muy al estilo nórdico, pero que de tan bien narrado fluye para el espectador, como el agua que falta, entre sus dedos.

Esta es una producción de SF Studios, de Dinamarca.

Está dirigida por Max Kestner, siendo el guión de Dunja Gry Jensen, basado en una historia de él mismo y el director.

Kestner había dirigido una serie de aclamados documentales como Max by Chance (2004), Blue Collar White Christmas (2004), Dreams in Copenhagen (2009) y Amateurs in Space (2016), seleccionados para competir en IDFA Amsterdam.

Quien se destaca es Carsten Bjørnlund en los dos papeles, Fang Rung y su otra mitad que viaja al pasado, Gorden Thomas.

Lejos de las locaciones norteamericanas imaginadas en el futuro, las casas donde ocurren los hechos son casi iguales a las de nuestro presente, y solo se muestra la diferencia en el deterioro ambiental, que ha eliminado prácticamente el color y los animales, además de la vegetación.

La música de Vladislav Delay y Jonas Struck es impactante por cómo se adapta a la visión del futuro que muestra QEDA.

La fotografía muestra el contraste entre un 2095 devastado y un 2017 pletórico de color. Excelente.

Andrés Caro Berta (Diario Cambio, 14/04/2018)

“Basada en hechos reales” (Hugo Acevedo)

Alienantes obsesiones

La obsesión y la apropiación de la voluntad como génesis de conflictos humanos profundos no exentos de alienación, es el disparador temático de Basada en hechos reales, el ultimo film del genial realizador franco-polaco Román Polanski, que fue presentado fuera de concurso en el Festival de Cannes.

Este largometraje indaga en el complejo y turbulento universo interior de una escritora de best sellers, que padece un grave bloqueo y necesita perentoriamente recuperar su capacidad de crear.

Con bastante más de medio siglo de carrera cinematográfica a cuestas, Roman Polanski es, sin dudas, un artista mayor, que inició su exitoso periplo en el cine en la década del sesenta, con El cuchillo bajo el agua (1962), Repulsión (1965) y Cul-de-Sac (1966), títulos referentes que ya revelaban su predilección por la construcción de atmósferas opresivas y micro-mundos humanos clausurados.

Su obra, que incluye comedias negras de trazo satírico como La danza de los vampiros (1967), ¿Qué? (1973) y Un dios salvaje (2011), conoció un gran suceso de taquilla con la emblemática El bebé de Rosemary (1968) y con el excitante thriller Búsqueda frenética (1988), entre otros títulos.

Sin embargo, su cima artística la alcanzó con filmes de la talla de Barrio chino (1974), El inquilino (1976), Tess (1979) y la laureada El pianista (2001), sin olvidar su personalísima y poco recordada pero excelente adaptación al cine de Macbeth (1971), el célebre clásico de William Shakespeare.

En medio de un controvertido caso judicial que lo enfrenta desde hace décadas a una severa acusación por abuso sexual a una menor, a los 84 años de edad el famoso realizador sigue derramando su sabiduría artística.

Luego de La piel de Venus (2013), en la cual Polanski plantea un cuadro de compulsiones cuasi patológicas contaminadas por el masoquismo y la sumisión, Basada en casos reales es una suerte de thriller marcado por la obsesión, una de las temáticas predilectas del autor.

Esta historia es la adaptación de la novela homónima de la escritora Delphine de Vigan, que indaga en la tormentosa psicología de una exitosa escritora.

En ese contexto, la protagonista de esta película es Delphine Dayrieux (Emmanuelle Seigner, la esposa del propio Polanski), una autora de best sellers que se encuentra virtualmente agobiada por la fama y la perentoria necesidad de seguir creando.

Sin embargo, el propio agotamiento provocado por el asedio de sus consecuentes lectores sumado a la falta de motivación, genera en ella un dramático bloqueo.

Víctima del éxito de mercado, Delphine afronta un angustiante dilema: seguir escribiendo para satisfacer la oferta aunque esa producción no sea de calidad o encarar un proyecto no tan rentable pero que la colme desde el punto de vista artístico.

Esa situación de virtual extenuación se advierte desde el comienzo de la historia, cuando la escritora participa en una maratónica sesión de firma de libros.

Esa experiencia, que por lo reiterada la agota y la aburre, la sitúa al borde de un colapso emocional. Sin embargo, ese es el peaje que debe pagar por el resonante suceso editorial de su obra.

En esa circunstancia y por imperio de la causalidad y no de la casualidad, la protagonista conoce a la intrigante Elle (Eva Green), una escritora fantasma que comparte también la pasión por la literatura y se declara ferviente admiradora de la autora.

Usufructuando la extrema vulnerabilidad de Delphine –una mujer casi abandonada por su pareja e ignorada por sus hijos- la extraña y seductora fan se apropia virtualmente de su vida y de sus espacios, al punto de mudarse con ella.

En ese marco, la relación entre ambas se transforma en enfermiza y en un vínculo invasivo y prostituido por la obsesión, a tal punto que Elle cocina, acondiciona la casa, se encarga de responder sus cartas y sus correos electrónicos y hasta insólitamente se atreve a suplantarla en una entrevista.

Esa suerte de apropiación y hasta de ejercicio de dominación deviene inexorablemente en drama, cuando la deprimida novelista advierte que está perdiendo su libertad y que es víctima de una persona que -por su propia historia y sus recurrentes fantasías- es realmente una desquiciada.

Mediante un ritmo moroso pero no menos intrigante que es característico de su cine, Román Polanski construye un paisaje humano de atmósferas tensas e inquietantes.

En esas circunstancias, lo que inicialmente era un drama muta en thriller, con dos mujeres que se alienan mutuamente en una relación que tiene mucho de patológica.

Román Polanski, que compartió el guión con el también cineasta Olivier Assayas, transforma a este relato, aunque no siempre lo logra, en un auténtico duelo de voluntades.

Para ello, apela en mesuradas dosis a la violencia –más a la psicológica que a la física- con el propósito de describir un universo humano donde prevalecen las conductas perturbadas y a la vez perturbadoras. No en vano la escritora padece acoso, insultos y mensajes amenazantes.

Si bien esta película tiene la impronta artística de Polanski, el producto está muy lejos de colmar las expectativas que genera- con absoluta razón- cada nuevo título del emblemático creador.

Pese a las excelentes actuaciones protagónicas de Emmanuelle Seigner y de Eva Green, el desmerecido guión -extrañamente elaborado por dos cineastas consagrados- no logra conmover ni dotar al relato del ritmo ni del impacto requerido.

Basada en hechos reales” (D’après une histoire vraie). Francia-Polonia 2017. Dirección: Roman Polanski. Guión: Roman Polanski y Olivier Assayas. Fotografía: Pawel Edelman. Montaje: Margot Meynier. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Emmanuelle Seigner, Eva Green, Vincet Perez, Damián Bonnard, Camille Chamoux, Dominique Pinon y Brigitte Rouan.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital, 16/04/2018)

“Proyecto Florida” (Mathías Dávalos)

El paraíso de la infancia

A lo largo de su filmografía, Sean Baker ha apostado por una narración próxima al realismo y con personajes marginales que se revuelven en un ambiente hostil y de incomunicación. En Starlet (2012) abordó la pornografía a través de la relación entre una actriz porno y una anciana. En Tangerine (2015) experimentó filmando con un iPhone las vivencias de dos travestis en Los Ángeles.

En su sexta película, Proyecto Florida, Baker ajusta sus intereses narrativos con mayor ambición. Una película marcada por violentos contrastes y enfoques generacionales. Baker afianza su visión crítica desde la disposición del espacio, acondicionado con una técnica cercana al documental.

En Kissimmee, cerca de Orlando y a pocos kilómetros del complejo turístico Disney World, está el modesto motel Magic Castle (en la realidad, más complejo habitacional que hotel para turistas). Allí conviven personas periféricas al sistema, en su mayoría de clase baja. Madres solteras, inmigrantes, buscavidas y otros personajes que están de paso deben usar el ingenio para poder pagar la renta al conserje.

Baker retrata historias mínimas pero opta por una central que actúa como eje del film: la de Moonie y su mamá, Halley. La niña tiene seis años, está de vacaciones y se entretiene con sus amiguitos vecinos. La madre es veinteañera, pobre, soltera y cada mañana despierta con la obligación de ganar dinero para comenzar el otro día. Moonie es incansable, Halley está cansada. Moonie miente junto a sus compinches, les dice a turistas adultos que tiene asma para le den monedas y así poder compartir un helado que les deje a todos mejillas, labios y dedos pegoteados. Moonie escupe autos; Moonie puede iniciar un incendio. Halley tiene que prostituirse por las noches y mentirle a la niña al dejarla en el baño mientras se gana unos dólares. Ambas disfrutan cuando pueden vender algún perfume trucho a un turista pudiente en la entrada de hoteles de primera clase.

La elocuencia de Baker radica en proyectar el contraste visual y simbólico entre dos mundos y en su esmero por lograr una imagen prudente. Para los inquilinos del motel Magic Castle, Disney World es un mundo de postal, inaccesible a pesar de estar muy cerca. Su proximidad actúa como un recurrente Macguffin y ésta le sirve a Baker para exponer su idea comparativa de escenarios desde la recreación visual del motel “Castillo Mágico”: un pequeño parque de diversiones para los niños y un hotel decadente para los adultos. Un arcoiris. Una pocilga. La marcada presencia de los colores azul y violeta estilo pastel en puertas y paredes del hotel remarcada en los travellings que siguen a los niñosdefine al ambiente con un aura mágica como también de tensión. Mérito del director de fotografía mexicano Alexis Zabe.

La enérgica Brooklynn Prince, la niña que interpreta a Moonie, lidera un elenco sobrio y prácticamente desconocido, donde se destaca en su debut la actriz Bria Vinaite como Halley. La presencia del consagrado Willem Defoe, en un correcto rol como el modesto y tolerante conserje Bobby, posiblemente sea el rostro conocido para poder “vender” la película dentro del negocio de las productoras y distribuidoras estadounidenses.

Entre el profundo pesimismo y la valentía y vitalidad de la inocencia, Baker halla su línea de narración. Su mirada sensata, delicada y enemiga del lugar común y de los golpes bajos, lo coloca como parte activa de una camada de jóvenes realizadores estadounidenses tan diferentes y talentosos como Barry Jenkins, Donald Glover y David Robert Mitchell. En Proyecto Florida, Baker como director y guionista reúne método y técnica con un convencimiento hacia un propósito personal e innegociable: reflejar la infancia como un paraíso.

Proyecto Florida” Director: Sean Baker. Guión: Sean Baker, Chris Bergoch. Fotografía: Alexis Zabe. Elenco: Brooklynn Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe, Christopher Rivera, Valeria Cotto, Aiden Malik. 111 minutos. 2017.

Mathías Dávalos (09/04/2018)

“Jumanji: En la selva” (Sergio Moreira)

Volviendo al sonido de los tambores

Nuevamente el libro Jumanji es adaptado al cine, una nueva historia sobre el material de 32 páginas que Chris Van Allsburg escribiera en 1981. Contra todo lo que cualquiera podría pensar, esta secuela es tan buena como la original.

El filme comienza en el mismo lugar donde terminó la original de 1995, en aquella película se contaba lo que sucedía cuando unos niños se metían con el juego de mesa. Esto le había valido el encierro de Alan Parrish (un niño que comenzó usando este juego en 1969) dentro del mismo Jumanji, lugar del que saldría cuando es liberado por los próximos jugadores. En esta nueva aventura incluso se ve en un lugar una marca que Alan Parrish dejó en un tronco, en los años que estuvo en esa selva.

La historia de esta secuela comienza en 1996 donde un corredor encuentra el juego de mesa hundido en la arena y lo lleva para su casa. En esta lo recibe su hijo quien detesta los juegos de mesa, esto lo entiende Jumanji y se convierte en un cartucho de videojuego. Al ver esto, el chico comienza a jugar y tras una potente luz, desaparece.

Veinte años después, cuatro estudiantes puestos en penitencia en su liceo deben asear un salón, donde encuentran esta nueva versión de Jumanji. Al comenzar a jugarlo son absorvidos por este y se convierten en sus avatares, en este mundo van a comenzar a vivir distintas aventuras y descubrirán que morir en el juego puede significar realmente perder la vida.

Las actuaciones de Dwayne Johnson, Jack Black y Kevin Hart son muy efectivas, Johnson cada día demuestra más su capacidad de comediante. La dirección de Kasdan (Malas enseñanzas, Nuestro video prohibido) tiene un gran ritmo para la comedia.

Hay homenajes a la música de los ochenta y noventa (Pink Floyd, Metallica, Big Mountain, Guns N’Roses) y al cine (Cindy Crawford, El club de los cinco); así como un respeto por la obra anterior.

Ya por su decimocuarta semana de exhibición, el filme es una buena elección para toda la familia y un filme que recupera el espíritu de matinée de las grandes obras.

“Jumanji: En la selva” (Jumanji: Welcome to the Jungle) Estados Unidos, 2017. Director: Jake Kasdan. Guión: Chris McKenna, Erik Sommers, Scott Rosenberg y Jeff Pinker. Historia: Chris McKenna, basado en el libro “Jumanji” de Chris Van Allsburg y en el filme de 1995. Productores ejecutivos: Ted Field, Danny García, David Householter, Dwayne Johnson, Jake Kasdan y Mike Weber. Con: Dwayne Johnson (Spencer), Kevin Hart (Fridge), Jack Black (Bethany), Karen Gillan (Martha), Rhys Darby (Nigel), Bobby Cannavale (Van Pelt), Nick Jonas (Alex). Duración: 119′.

Sergio Moreira (09/04/2018)

Premios del 36° Festival Internacional Cinematográfico del Uruguay (Sergio Moreira)

En la noche de ayer se realizó la ceremonia de cierre de esta nueva entrega del Festival de Cinemateca (como todos lo conocemos), el más antiguo Festival de los que actualmente se realizan en Montevideo.  Con la actuación del dúo integrado por Queyi en voz y guitarra acústica y Julia Melo en guitarra eléctrica, y la conducción de dicha ceremonia a cargo de Aris Idiartegaray y Mónica Navarro, todo se hizo ameno y fluido, y uno a uno se fueron entregando los premios.

De la misma forma, se fueron sucediendo los agradecimientos enviados por los directores en mensajes que fueron leídos por distintos integrantes de Cinemateca, así como en video, siendo el más divertido el que registró la directora Alisa Berger, junto a varios amigos japoneses, quienes terminaron grabándose en la puerta de la Embajada de Uruguay en ese país.

Luego de estas presentaciones y con un lleno total en la sala Cinemateca 18, el Festival se despide hasta el próximo año, en el que nos recibirá en las nuevas salas. Aquí está el listado de las películas ganadoras:

COMPETENCIA DE LARGOMETRAJES INTERNACIONALES

Jurado integrado por: Aldo Garay, Cecilia Barrionuevo, Margarita Musto

 Mejor Largometraje Internacional:

Los buenos modales, de Juliana Rojas y Marco Dutra. (Brasil, Francia- 2017)

Menciones:

Djon África, de Filipa Reis y João Miller Guerra (Portugal, Brasil, Cabo Verde , 2018)

Por la representación de un viaje que tiene como fin una búsqueda identitaria en cuyo recorrido el personaje y el espectador encuentran un mundo mucho más vasto del originalmente buscado.

Era uma vez Brasilia, de Adirley Queirós (Brasil, Portugal, 2017)

Por la originalidad del abordaje y el uso del lenguaje cinematográfico en pos de una postura política pasada, presente y futura, a través de una mirada de autor

COMPETENCIA DE LARGOMETRAJES IBEROAMERICANOS

Jurado Integrado por: Alicia Torres, Gabriela Guillermo, Mercedes Martín Galante

Mejor Largometraje Internacional

Plaza París, de Lúcia Murat.(Brasil, Argentina, Portugal, 2017)

La directora presenta la ciudad de Río de Janeiro de manera inusual. No se ven panoramas generales que integren imágenes icónicas como el Cristo Redentor y las playas. Lo que tenemos son planos que nos muestran fragmentación, lo que permite hacer foco en temas extremadamente sensibles. En esta historia, la realidad parece irrumpir en un adentro que no es tal, alterando un vínculo que parecería hermético como lo es el de una paciente con su terapeuta. Sobre ese vínculo de una terapeuta blanca con una paciente negra, se van formando círculos concéntricos que integran a la Universidad, a la policía, al barrio, la cárcel y la familia. Y en todos esos círculos está presente el racismo, la exclusión y el miedo. Una película que muestra a las relaciones en su potencial de rescate, al mismo tiempo que trasmite de manera dramática cómo están evolucionando nuestras sociedades, con personas que son abusadas y muertas impunemente así como otras eligen su propia desaparición como forma de liberarse .

Menciones:

Al desierto de Ulises Rosell (Argentina, Chile, 2017)

Por la contundencia de su lenguaje cinematográfico, con una fotografía e integración del paisaje que acompañan la deriva de los personajes. Por la excelencia de las actuaciones que junto a un guión sólido sostienen la tensión de la pareja protagónica durante toda la película. Porque se presenta un buen relato sobre el viraje de esa relación, desafiando al espectador en el proceso, enfrentándolo a lo inesperado y a un final abierto. Porque la película nos lleva a pensar en el impacto del secuestro y también en el grado en que todo vínculo amoroso implica la pérdida y también el rapto de algo de lo propio.

COMPETENCIA NUEVOS REALIZADORES

Jurado integrado por: Ana Guevara Pose, Andrés Vartabedian, Ángela López Ruiz

Mejor Largometraje

Los cuerpos de los astronautas, de Alisa Berger (Alemania, 2017)

Menciones:

Las cinéphilas, de María Álvarez (Argentina, 2017)

Those Who Are Fine, de Cyril Schäublin (Suiza, 2017)

Ópera prima, de Marcos Banina (Uruguay, 2017)

COMPETENCIA DE CINE DE DERECHOS HUMANOS

Jurado integrado por: Juan Gallardo, Mariana Mota, Pablo Martínez Pessi

Mejor Largometraje

El otro lado de todo, de Mila Turajlic (Serbia, Francia, Catar -2017)

Por ser un documental que muestra con excelente guion y muy buena calidad narrativa, un relato que se desarrolla dentro de una casa que ha sido dividida en reflejo a los cambios políticos de un país signado por uniones, posteriores divisiones y desgarradoras guerras. La vida de la protagonista y su activismo en esas luchas por la democracia, adquiere las características de un relato universal desde donde convoca a proseguir esa tarea, marcada por avances y retrocesos, exiliada de verdades absolutas pero valiéndose de compromisos éticos que permanecen y que sostienen los postulados de las siguientes generaciones.

COMPETENCIA DE CORTOMETRAJES INTERNACIONALES

Jurado integrado por: Lucía Gaviglio, Mateo Vidal, Maximiliano Contenti

Mejor cortometraje internacional:

Negative Space, de Ru Kuwahata, Max Porter (Francia, 2017)

¨Por una historia entrañable contada de manera muy cuidadosa, con una animación sutil, y un final empacado a la perfección.¨

COMPETENCIA DE CORTOMETRAJES URUGUAYOS

Jurado integrado por: Lucía Gaviglio, Mateo Vidal, Maximiliano Contenti

Mejor cortometraje uruguayo:

Ya no, de María Angélica Gil (2017)

¨Por ser una mirada joven sobre un tema actual, la libertad de elegir de la mujer, mostrada en una historia simple que se destaca por sus elecciones estéticas.¨

Menciones:

Rumbo, de Augusto Goicoechea (2017)

¨Por la destreza técnica de la caracterización de los personajes que cuentan las diferencias generacionales de manera divertida.¨

El animal preferido de Dios, Marco Bentancor, Alejandro Rocchi (2017)

¨Por sus destrezas de realización y la creación de una atmósfera efectiva apoyada en muy buenas actuaciones.¨

COMPETENCIA DE LARGOMETRAJES INTERNACIONALES – JURADO ACCU / FIPRESCI

Jurado integrado por: Agustín Fernández, Fabián Muro, Pablo Staricco

Mejor Largometraje Internacional

Djon África, de Filipa Reis, João Miller Guerra (Portugal, Brasil, Cabo Verde, 2018) .¨

Porque es un relato que, con un aire de autenticidad y humildad, retrata los viajes de un joven hacia el descubrimiento de su ambigüegad cultural y nacional. Una roadmovie que revela tanto los  recorridos emocionales de su protagonista, como los choques y reconciliaciones entre dos culturas, y también entre pasado y presente en el Cabo Verde poscolonial.

Menciones:

Charleston, de Andreï Cretulescu (Rumania, Francia, 2017)

Por su humor lacónico y parco en una historia que une a dos hombres muy distintos, cuyo único punto en común es el amor a una misma mujer.

Era uma vez Brasília, de Adirley Queirós (Brasil, Portugal, 2017)

Por su inventiva visual y su arrojo para presentar una historia de ciencia ficción política de una manera que no hace otra concesión que hacia el propio relato.

COMPETENCIA DE LARGOMETRAJES IBEROAMERICANOS – JURADO ACCU / FIPRESCI

Jurado integrado: Myriam Caprile, Sergio Moreira y Débora Quiring.

Mejor Largometraje Iberoamericano

Plaza París, de Lúcia Murat (Brasil, Argentina, Portugal , 2017)

Primera mención: 

Febreros, de Marcio Debellian (Brasil , 2017)

VOTO DEL PÚBLICO

Mejor Largometraje

Diario de mi mente, de Ursula Meier ( Suiza, 2018)

Adiós a las salas clásicas que nos acompañaron tantos años: Sala Cinemateca, Sala Dos y Pocitos, que junto a Cinemateca 18 (la sala más reciente de la institución), dejarán de integrar nuestro circuito cinéfilo.

Sergio Moreira (08/04/2018)