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“Si Dios quiere” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

 

Evocando los ’60.

El espíritu de las comedias italianas de los años ’60 (Risi, Monicelli, Scola, Gassman, Comencini, etc.) sobrevuela este film de Edoardo Maria Falcone (Roma, 1968). Como en aquellos títulos, la mirada crítica, el humor negro y el retrato tierno aunque incisivo, constituyen los parámetros del relato.

Padre cirujano prominente y presumido, madre relegada, hija frívola casada con no menos frívolo corredor de inmuebles, e hijo sobre cuya intimidad no se conoce demasiado, componen una familia de alto nivel social y económico, sacudida por la opción de uno de ellos, colocando sobre el tapete cuestiones morales (sexuales) y religiosas.

El enfrentamiento ideológico entre el racionalista y ateo, y el sacerdote católico, procura reeditar no solo la dicotomía italiana al respecto, sino las agudezas del duelo similar que inmortalizara la serie Don Camilo (años 50), en los memorables encontronazos verbales entre el cura católico y el alcalde comunista. La brillantez de Guareschi está ausente. Al culminar su primera mitad, instante en que la casi totalidad de la familia se pliega al influjo religioso, Si Dios quiere se transforma en eso: en la aceptación de designios divinos, con sus misteriosos caminos hacia el bien y la felicidad.

Así, con excepción del galeno, los caracteres iniciales de los personajes, pierden su condición filosamente caricatural y, sin modificarse sustancialmente, pasan a reivindicar cuanto antes era censurable. Los aspectos críticos del guión de Marco Martani y de Falcone (guionista con prolífica carrera, debutante en la dirección), se esfuman sin causa racionalmente justificable. Dios, así lo quiere.

El médico padre de familia, divertidamente interpretado por un eficaz Marco Giallini, reúne con las diferencias del caso, el desparpajo, cierto cinismo y egolatría propios de los personajes del legendario Vittorio Gassman. En tanto Alessandro Gassman (hijo del divo), poco brinda a su ejemplar sacerdote; el guión tampoco le da ocasiones. Los restantes protagonistas oscilan entre la discreta corrección, la “machietta” y la gelidez.

No molesta, tampoco deslumbra.

“Si Dios quiere” (Se Dio vuole). Italia 2015. Dir.: Edoardo Maria Falcone. Con: Marco Giallini, Alesandro Gassman, Laura Morante. Ilaria Spada, Enrico Oetiker.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“Bus 657: El escape del siglo” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

 

Al fondo hay lugar.

A este agitado, entretenido, poco original e increíble “thriller”, no se le puede exigir ir más allá de sus limitados propósitos.

La historia transcurre casi por entero en un ómnibus que corre vertiginosamente por carreteras norteamericanas. En su interior viajan inocentes pasajeros y quienes les han secuestrado: delincuentes huyendo con cuantioso botín, a su vez robado a peligroso criminal dueño de un casino.

Respetando las normas del género, cada uno de estos personajes, independientemente del grado de honestidad que posean, dará a conocer su problema personal, en algún caso redimiendo un pasado

turbulento. Esas mini historias irrumpen forzadamente, siendo a su vez las que aportan al film algo más que la persecución del vehículo por la división especializada Swat.

El espíritu de sacrificio por sus hijos (grandes, medianos o pequeños) se cuela en cada una de estas mini historias, con una proliferación que incluye a los progenitores de un pequeño y solitario pasajero. DeNiro cumple, una vez más, su rol de hombre malo y devoto padre.

Que estos seres no sean cuanto aparentan, revelándose peores o mejores respecto a su imagen original, es otro de los forzados mecanismos de un producto que en otro tiempo hubiese sido material de clase “B”, con destino a “doble programas” y relleno de “matinés”, y hoy desempeña un sitial similar, abasteciendo a la TV cable, donde seguramente habrá de llegar en algunos meses.

No molesta y se olvida fácilmente.

“Bus 657: El escape del siglo” (Heist). EE.UU. 2015. Dir.: Scott Mann. Con: Robert de Niro, Gina Carano, Jeffrey Dean Morgan, Morris Chestnut.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

“Horas contadas” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

 

Mentiras verdaderas

El hecho real ocurrió en la costa este de los EE.UU. en 1952. Una devastadora tormenta partió al medio a un buque petrolero que navegaba en las proximidades de Nueva Inglaterra. La Guardia costera procurará realizar el que parece imposible rescate de tripulantes del navío siniestrado, a la vez que su pequeña embarcación afrontará peligros que podrán llevarla al fondo del mar.

La peripecia marina es recreada con impresionante despliegue de efectos especiales a los que el entusiasmo de la producción transforma en una amenaza de tales dimensiones que las vicisitudes navales ingresan en el terreno del más absoluto disparate. No es necesario ser un experto en la materia para comprobar que esa desmesura está generada en un film pasible de exhibirse en 3D, generoso en buques superando olas propias de un tsunami, deslizándose en su cresta cual intrépidos surfistas, o emergiendo de las profundidades sin tratarse de submarinos. Sus tripulantes sobrevivirán a caídas desde lo alto, golpes de pesadas vigas de hierro, agua que todo lo arrasa y otras desmesuras propias de un cine de matiné.

De matiné igualmente son las instancias heroicas y sentimentales con que se aderezan las escenas náuticas. No faltan aquí las discusiones entre héroes y personajes medianamente sinuosos, las rencillas velozmente sustituidas por indoblegable sentido de camaradería y hasta una heroica jovencita, novia inmaculada de uno de los marinos, decidida, audaz, tierna y con suficiente personalidad para enfrentar a las autoridades de la guardia costera, favoreciendo un final feliz celebrado sonrientemente por hombres y mujeres de buena voluntad.

Los personajes que aquí aparecen existieron –incluida la noviecita con cara de muñeca antigua- si bien su diseño esquemático y desbordadamente heroico, les convierte en criaturas propias del cine de aventuras de los años cincuenta en que transcurre el relato.

Esta es una producción del imperio Disney y responde muy precisamente a las coordenadas melosas y visualmente impactantes que caracterizan a sus productos más recientes.

Curiosamente, esos años cincuenta que marcaran un período de bonanza y predominio (militar y civil) de los EE.UU. sobre el resto del mundo, e insuflaran a la “formidable república imperial” (definición del historiador W. Reyes Abadie) un sentimiento de superioridad, han aparecido recientemente en varios films. Son melodramas de cuño “hollywoodiano” que formal y temáticamente responden a la producción de esa década: Carol, Joy y Brooklyn. Acaso reflejan las demandas nostálgicas de buena parte de los

estadounidenses que hoy acompañan a Donald Trump. Su contracara podrá verse en el próximo estreno de Regreso con gloria (Trumbo), acerca de Dalton Trumbo y la intolerncia en los EE.UU. de los 50.

“Horas contadas” (The Finest Hour). EE.UU. 2016. Dir.: Craig Gillespie. Con: Chris Pine, Casey Afleck, Ben Foster, Holliday Grainger.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

 

“Felix y Meira” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

 

Cuestionando atavismos, buscando amor.

El joven bohemio, hijo de millonario al que hereda, tiene relaciones amorosas con mujer casada, madre de una niña. El marido burlado, enterado de la conducta de su mujer, intentará recuperarla, llegando incluso a hablar con su rival.

Como puede verse, en lo esencial, la anécdota se parece a la de muchísimos otros films, aunque aquí la diferencia radica en que marido y mujer son judíos jasídicos. Judíos que viven de acuerdo a ancestrales y rígidas normas. Incluso el enamorado de la mujer, en su liberalismo mantiene vestigios de su formación religiosa.

Para quienes no pertenecen al judaísmo jasídico, y en especial para quienes ni siquiera son judíos, el film ofrece el atractivo de develar un universo represivo, fuertemente machista, que sin énfasis especiales se convierte en genérico cuestionamiento a las religiones. Por cierto que esa suculenta vertiente no es expuesta con el rigor que le hubiese dado un dramaturgo de fuste (y el recuerdo de Bergman asoma), sino que se inserta en la anécdota romántica narrada en términos por demás melosos y pulcros, tanto en lo que refiere a los personajes y su cotidiana existencia, como a unas viviendas inmaculadas en las que todo parece recién adquirido y sin uso. En esa falsa asepsia se inscribe el adulterio, expuesto con pacatos recursos que habrían sido aprobados por el código Hays.

Ello no impide el despliegue de un cuidadoso lenguaje cinematográfico, utilizando acertadamente los primeros planos, creando así ámbitos claustrofóbicos, enfatizados por la escasa luminosidad de su bella fotografía dominada por los sepias.

El desempeño interpretativo queda sujeto a las imposiciones de un libreto con fallas.

Bienvenida contención cuando el relato lo exige y falta de pasión cuando el relato debió exigirla.

Un título con suculento y no desarrollado potencial, reducido a una “historia del corazón” no carente de atractivo.

“Félix y Meira” (Félix et Meira). Canadá 2014. Dir.: Maxime Giroux. Con: Martin Dubreil, Hadas Yaron, Luzer Twersky.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas)

 

 

“Mad Max: Furia en el camino” (Nicolás Tabárez)

Vuelve luego de 30 años, más rápido y más furioso

La mejor película de acción de lo que va del año no tiene superhéroes, robots gigantes ni veteranos actores dramáticos transformados en agentes secretos. Tiene autos, pero ninguno de sus protagonistas murió recientemente.

Mad Max: furia en el camino es una invitación a meterse en la imaginación de su director y guionista, George Miller, quien debutó como realizador con la primera Mad Max en 1979, protagonizada por Mel Gibson y que se convirtió en un filme de culto.

Tras dos películas más, la saga quedó en stand by por diferentes razones, hasta que tres décadas después, Max Rockatansky volvió a las pantallas.

Esa diferencia de tiempo se nota en varios puntos de la película. Si bien las escenas de riesgo son realizadas realmente por los actores y sus dobles, y la mayor parte de la acción es real (y por lo tanto, más creíble), la hoy en día imprescindible presencia de la animación digital y de los retoques de color en posproducción le dan un aspecto mucho más espectacular que a sus tres antecesoras.

Por otra parte, la diferencia se nota en la trama. En esta oportunidad, Max (interpretado ahora por Tom Hardy) es capturado al inicio de la película y obligado a marchar en la captura de Furiosa (Charlize Theron), una terrateniente del malvado Immortan Joe. Ella se ha escapado con las esposas esclavas de este último para llevarlas a un lugar seguro.

Max termina aliándose con Furiosa, pero es él quien termina actuando como ayudante de las mujeres, que son las verdaderas heroínas y personajes más fuertes del mundo pos- apocalíptico en el que viven. Este trasfondo feminista ha sido uno de los puntos más destacados de la película, en un momento en el que Hollywood (y el mundo entero) discuten la situación de la igualdad de género.

Mad Max: furia en el camino es una persecución a través de un desierto inacabable que se extiende casi sin pausas durante dos horas, un viaje delirante y explosivo que divierte cada minuto y deja pidiendo más.


“Mad Max: Furia en el camino” (Mad Max: Fury Road) Australia / Estados unidos, 2015. Director: George Miller. Elenco: Tom Hardy, Charlize Theron, Nicholas Hoult, Zoë Kravitz. Duración: 120′

Nicolás Tabárez (El Observador, 22/05/2015)

George Hillton (Pablo Staricco)

hilton

Homenaje al pistolero uruguayo que encantó al wéstern italiano.

A George Hilton no le gusta el wéstern. “Da mucho trabajo”, asegura el actor uruguayo de 81 años, quien ha participado en 60 películas como protagonista a lo largo de su carrera. Solo una tercera parte de esa filmografía corresponde a sus papeles como un forajido de sombrero texano, cigarro en la boca y una mirada dispuesta a lo que sea por lograr su cometido. Pero son las andanzas de Hilton en la industria del cine italiano, en la que se estableció tras partir de Uruguay, por las que el público fanático del género popularizado por Sergio Leone lo conoce.

 

Una rápida búsqueda en YouTube con su nombre resultara en un despliegue de varias de sus películas, subidas de forma completa y seguramente ilegal. Allí se lo puede ver cabalgando, disparando y golpeando a todo vaquero que le eche una mirada equivocada, como se puede esperar de estas películas. Durante el Festival Internacional de Cine de Punta Del Este, en el que se le rindió homenaje a Hilton, se pudo ver que todavía hay algo de sus personajes en su postura, siempre erguida y dispuesta a enfundar una pistola imaginaria si la fotografía lo pide.

Hilton, quien nació en Uruguay como Jorge Hill Acosta y Lara, trabajaba en el Teatro El Tinglado antes de decidir abandonar Uruguay para probar suerte como actor en Argentina. Escritor de comedias teatrales y partícipe de los radioteatros, viajó a Buenos Aires para buscar oportunidades en la década de 1950. Fue en Italia, sin embargo, donde se estableció como actor profesional durante las décadas de 1960 y 1970 cuando comenzó a participar como actor de wéstern, un género que entonces contaba con la popularidad que hoy, por ejemplo, tienen las películas de superhéroes.

A lo largo de su carrera trabajó junto a actores como Franco Nero, Klaus Kinski, Edwige Fenech y Caroll Baker, nombres que los espectadores más jóvenes no reconocerán pero que los cinéfilos más tenaces sabrán apreciar. Al desfile de nombres también se le suman otras películas fuera del western dentro de la carrera de Hilton, como comedias, dramas, thrillers y hasta musicales. Ha interpretado a soldados, buscadores de tesoros y hasta a un vampiro o al héroe enmascarado El Zorro, en una versión no muy popular del personaje de 1975.

Hoy asegura recordar cómo se filmó cada una de sus escenas y que preferiría ser recordado por otro tipo de películas. “Me considero un actor ecléctico”, afirma con orgullo.

En Uruguay solo se estrenaron 14 de sus películas. La primera fue Tiempo de masacre (1966), de Lucio Fulci, y la última Perversión macabra (1972), dirigida por Sergio Martino.

No duda en compartir alguna anécdota de estrellas como Kinski, con quien compartió un viaje en carretera de dos días por Europa en camino a un rodaje. “Era una persona difícil, pero no conmigo”, dice, mientras recuerda la vez que fueron echados de un local de comidas cuando Kinski pidió una tabla de camarones solo para arrojarla al piso una vez en la mesa.

El actor no suele mirar sus películas. Solo guarda alguna de ellas, y señala que no va al cine frecuentemente. De todas formas, se mantiene al día con los estrenos más comentados del año, cuenta, mientras afirma que Leonardo DiCaprio merece un premio Oscar no por su papel en Revenant: el renacido (2015), sino por su protagónico en El lobo de Wall Street (2013).

Próximamente, el actor anunció que está preparándose para una película del cineasta italiano Enzo G. Castellari, con quien ya ha trabajado. Titulada Keoma Rises y aún sin fecha de estreno, la película reunirá a Hilton junto a otras estrellas del wéstern como Franco Nero, Bud Spencer y Gianni Garko, en un proyecto que puede concebirse como Los indestructibles pero con vaqueros. “Tarantino, que es un fanático nuestro, va a estar encantado”, anuncia Hilton con optimismo sobre su regreso al cine que le brindó un nuevo nombre y una carrera para el recuerdo.

Pablo Staricco (El Observador, 24/02/2016)

“Zoolander 2” (Gonzalo Curbelo)

 

Aquella dulce estupidez

La película Zoolander se estrenó en Estados Unidos el 28 de setiembre de 2001, dos semanas después del ataque al World Trade Center y posiblemente en el peor momento imaginable para una comedia sobre el superfluo mundo de la moda. Además, llegaba un poco tarde, porque Ben Stiller había estrenado el personaje en algunos sketches televisivos cuatro años antes, cuando realmente la cultura de la alta costura había llegado al pico de su esnobismo e influencia mundial. De hecho, Zoolander se podía considerar una versión más divertida y descerebrada de aproximaciones más serias (y fallidas) al reino de las pasarelas, como Prêt-à-porter (2004), de Robert Altman, e incluso la penosa Celebrity (1998), de Woody Allen, con su pálida imitación del mundo estilizado de La dolce vita, de Federico Fellini (1960).

Zoolander es en apariencia un film mucho menos ambicioso: apenas la historia de Derek Zoolander (Stiller), un supermodelo tan exitoso como estúpido que siente una crisis existencial cuando le aparece un serio competidor, Hansel (Owen Wilson), al que luego se une para combatir a Mugatu (Will Ferrell), un modisto terrorista.

La película era una ametralladora de gags -algunos memorables- en torno a la insólita imbecilidad de los personajes de Stiller y Wilson, una especie de Tonto y retonto estilizados y exitosos, a los que les daba cierto encanto estético y unas personalidades en definitiva entrañables. Ambos se movían por un mundo tan excéntrico e incomprensible como los de Fellini, y conseguían que la película funcionara en muchos planos distintos. Aunque pasó por las carteleras sin pena ni gloria -y mucho menos respeto de la crítica-, Zoolander fue redescubierta vía DVD o TV por cable y se volvió una inesperada película de culto para miles de cinéfilos, que reconocían no sólo su efectividad cómica, sino también su asordinada emotividad y la extraordinaria química entre sus protagonistas. Uno de esos fans es el hermético y talentosísimo director Terrence Malick, quien al parecer ha visto el film decenas de veces y lo considera uno de sus favoritos de todos los tiempos.

En todo caso, la película sobrepasó sus modestas pretensiones originales de entretenimiento satírico y se convirtió en algo que tentaba a ser continuado. Tras 15 años de demora (que extrañamente no se notan en la fisonomía de sus protagonistas), finalmente la secuela llegó, para bien o para mal. Sobre todo para mal, si uno le hace caso a la mayoría de las opiniones profesionales estadounidenses.

Una vuelta de más

Zoolander 2 no se merece semejantes guarangadas, pero a la vez es bastante difícil de defender. En primer lugar, es como una ley no escrita de las secuelas que si no aportan nada en relación con las originales, restan, y Zoolander 2 peca continuamente de querer reproducir el efecto de algunos gags del primer film, sin agregarles ningún giro sustancial. Tampoco ayuda mucho la edición, que abandona un poco la estética fragmentaria de videoclip para optar por tomas más largas, que debilitan el vértigo absurdista de la historia. Y la novedad de elenco más promocionada, la hermosa Penélope Cruz, se queda en la sensualidad de esa actriz, limitado su rol a una caricatura española (hay otra presencia novedosa y más efectiva de un famoso músico, pero transgrediría toda precaución anti-spoiler si diera detalles).

Ésas no son las peores faltas de la película. Lo que más se extraña es aquella calidez afectuosa que, si bien suavizaba las aristas satíricas de la historia, le daba cierta humanidad comprensiva que hasta el aparentemente superficial mundo de la moda se merece (y que quizás haya sido el motivo por el que tantas figuras de ese mundo se prestaron a hacer cameos en la secuela). El Derek Zoolander de la primera película era un imbécil en ocasiones peligroso, pero un imbécil muy querible, una característica que en este film demora mucho en emerger.

Pero en relación con esa demora, Zoolander 2 tiene una virtud rara en una comedia -y rarísima en una secuela de comedia-, que es la de remontar un comienzo flojo y lograr sus mejores momentos cuando el espectador ya está resignado (o casi) a que no es más que una mala idea que nunca debió llevarse a cabo. El gran responsable tiene nombre, apellido y un corte de pelo impresentable: Will Ferrell.

El rol de Ferrell como el extravagante Mugatu en la primera Zoolander era brillante pero secundario. En 2001 el actor parecía ser un comediante mediano de una generación bastante floja de integrantes de Saturday Night Live (SNL), sin muchos más atributos que una gran capacidad para ponerse en ridículo total y una estupenda mirada de incomprensión bovina. En tiempos previos a YouTube, ni siquiera su inconmensurable sketch de sátira rockera en SNL, conocido como “more cowbell”, se había popularizado. Fue justamente a partir de roles menores como el de Zoolander o el de Aquellos viejos tiempos (Old School, Todd Phillips, 2003) que Ferrell tuvo una explosión tardía y se convirtió en el hombre más gracioso de Hollywood, una distinción que aún conserva, pese a ciertas patinadas en los años recientes. Y es este Ferrell, ya para nada secundario, el que prestigia Zoolander 2 desde que vuelve a aparecer en pantalla. Pocos minutos después de hacerlo hay una breve escena en la que se encuentra (tras una década de prisión) con su afeminadísimo asistente negro (el fantástico Nathan Lee Graham) y reproducen -como si fuera un ritual- una escena del primer film en el que Mugatu le arrojaba su café a la cara a dicho asistente. La escena, que es a la vez una guiñada a la película de 2001 y una señal de afecto entre los dos delincuentes, es absolutamente hilarante sin que haya en pantalla otra cosa que la expresividad facial de dos grandes actores.

Desde la aparición de Ferrell la película adquiere una energía distinta, pero quizá no la suficiente para convertirla en un triunfo. Hay algunos gags que funcionan siempre, como el casamiento de Hansel con una variadísima orgía ambulante de 11 personas de ambos sexos (y algún animal), o el asombroso anuncio de Zoolander de Aqua-Vit, pero queda gusto a poco. Sin embargo, Zoolander 2 no llega a ensuciar el recuerdo de su predecesora. No es tan buena, ni cerca, pero tampoco es vergonzosa ni altera significativamente el legado de aquellos personajes estúpidos y hermosos. ¿Qué tan mala puede ser una película que dedica sus primeros diez minutos al asesinato de Justin Bieber? Simplemente tiene menos puntería, suerte y necesidad de existir que una predecesora brillante. Nada menos y nada más.

Zoolander 2”. Dirigida por Ben Stiller. Con Ben Stiller, Owen Wilson, Will Ferrell, Justin Theroux, Penélope Cruz y Kristen Wiig. Estados Unidos, 2016. Grupocine Ejido; Life Cinemas Costa Urbana y Punta Shopping; Movie Montevideo, Nuevocentro, Portones y Punta Carretas; Shopping Colonia y Paysandú.

Gonzalo Curbelo (La Diaria, 24/02/2016)

“Zootopia” (Nicolás Tabárez)

 

El racismo según los animales

La nueva animación de Disney no solo es una excelente película, también tiene un mensaje relevante.

Zootopia tiene el mensaje justo para el momento justo. Lo que en la superficie parece otra película infantil de Disney protagonizada por animales antropomórficos, tiene detrás un mensaje contra la discriminación y los prejuicios físicos, sexuales y raciales. Y es algo bienvenido en un momento en el que Donald Trump amenaza con deportar musulmanes y construir un muro en la frontera mexicana-estadounidense, a la vez que Europa vive una crisis de inmigración extranjera, y la violencia de género es uno de los principales problemas de la sociedad a nivel global.

 

En la historia, Judy Hopps es una coneja pequeña pero valiente y optimista que quiere ser policía. Sus padres le dicen que no puede. Los otros animales le dicen que es imposible. ¿Una mujer policía? Una locura. Peor aún, ¿una coneja policía? Imposible equipararse con los “depredadores”.

 

Pero ayudada por una “política de inclusión”, Judy logra su objetivo y llega a la comisaría del centro de Zootopia, ciudad donde depredadores y presas de todos los tamaños y especies viven en armonía más allá de que la coneja lleve un spray repelente, como si la fueran a agredir en cualquier momento.

 

Pronto Judy descubrirá que Zootopia no solo no es como la pintan, sino que algo siniestro está sucediendo en la ciudad: decenas de depredadores (que representan apenas al 10% de la población) están desapareciendo.

 

Contra los deseos de su jefe, Hopps comenzará a investigar una de esas desapariciones, para lo que contará con la ayuda de Nick Wilde, un zorro estafador (en Zootopia estas criaturas son discriminadas por ser consideradas “poco confiables”) que busca redimirse.

 

Si bien la película apunta a un público infantil, hay chistes y referencias (entre otros a El Padrino y Breaking Bad) que solo comprenderán los grandes, algo que gracias a Pixar se ha convertido en habitual en las películas de animación.

 

Las referencias a la sociedad occidental actual también llegarán sobre todo a los adultos, que verán desde una presa mandando a un depredador “de vuelta a su selva”, hasta cómo un local de comida se niega a atender a un animal de la otra clase, una situación digna de la zona de Alabama en los años 1950.

 

La trama es entretenida y cumple con los rasgos típicos de las aventuras policiales y se le suman varios momentos hilarantes, con particular destaque para una secuencia en la que Judy y Nick van al Departamento de Vehículos de Zootopia, atendido completamente por perezosos que reaccionan con burocrática lentitud.

 

De todos modos, la trama “policial” implica algunos momentos sombríos que pueden hacer que los más pequeños se lleven algún susto. Pero eso es apenas un detalle porque en conclusión, Disney utiliza un recurso tan antiguo como la Antigua Grecia (Esopo se hizo célebre por sus fábulas con animales) para transmitir un mensaje contemporáneo, envuelto en una película visualmente bella, entretenida y entrañable.

 

“Zootopia” Estados Unidos, 2016. Directores: Byron Howard y Rich Moore. Duración: 108’

Nicolás Tabárez (El Observador, 09/03/2016)

“Cloud Atlas: La red invisible” (Rodolfo Santullo)

La vuelta de los Wachowski con una supuesta novela imposible

Se decía que el texto de David Mitchell era inadaptable, pero los hermanos de Matrix, en sociedad con Tom Tykwer, consiguieron llevar a la perfección esta conexión de seis historias paralelas.

Cloud Atlas, de David Mitchell, ha integrado por años cuanta lista de novelas imposibles de llevar al cine se han realizado. La razón es que se trata de una muy ambiciosa obra que cuenta seis historias paralelas conectadas entre sí; cada una de ellas ambientada en una época diferente y perteneciente a un género distinto.

Por si la expectativa de verla llevada al cine no fuera poca, se trata también del retorno de los hermanos Andy y Larry (ahora Lana) Wachowski, a quienes las mieles del éxito les fueran tan pródigas con su trilogía Matrix (especialmente la primera parte que fue un clásico inmediato de la ciencia ficción; la segunda y tercera parte fueron bastante flojas). Luego se limitaron a labores de producción (como en V de Venganza) o a dirigir fracasos comerciales como fue el caso de la simpática Meteoro.

Su regreso es una obra colectiva en la que integran al alemán Tom Tykwer –quien saltara a la fama con obras como Corre Lola, corre o La princesa y el guerrero, pero que también andaba medio desaparecido– y la misma idea de regreso a épocas de gloria se contagia en el elenco elegido, ya que sus primeros nombres –Tom Hanks, Halle Berry, Susan Sarandon, Hugh Grant– también supieron vivir sus mejores tiempos hace años.

Concretamente, ¿es un gran regreso de todos los antes mencionados? Ciertamente lo es.
Cloud Atlas: La red invisible no es en realidad una sola historia, sino que son evidentemente seis. Por un lado, tenemos la aventura de un abogado que trata de regresar a su casa por mar en 1849 y que genera un vínculo especial con un esclavo, su diario de viaje es leído en 1936 en Inglaterra por un compositor que busca componer su obra maestra, las cartas de este compositor a su amante son leídas por una periodista que busca destapar un escándalo que involucra a una planta nuclear en 1973, la biografía de esta periodista es leída por un editor que debe dinero a unos mafiosos en 2012, la película sobre la vida de este editor es vista por una clon (o algo así) en Nueva Seúl en 2144 y, por último, esta clon es una suerte de diosa reverenciada por los sobrevivientes a La Caída (una suerte de Apocalipsis) 106 inviernos luego de ocurrida la misma.

Cloud Atlas: La red invisible apuesta al espectador atento y entremezcla todas estas historias en las que además, y como se juega al concepto de vidas pasadas e historias que se reiteran, los actores se repiten en todas ellas. Como se decía antes, cada historia pertenece a un género distinto y así, la del abogado es una aventura clásica de mar, la del compositor es un drama, la de la periodista es un thriller político bien setentero, la del editor (que es por lejos la mejor, apoyada en una increíble labor actoral de Jim Broadbent) es una comedia, la de la clon en Corea es ciencia ficción distópica, mientras que la última pertenece a la ciencia ficción más posapocalíptica.

Y lo notable es lo bien que funcionan todas y cada una de estas historias, con la complejidad extrema de construir su inicio, desarrollo y clímax final todas al unísono.

La labor del elenco está a la altura de las circunstancias: Hanks y Berry cumplen como los casi protagonistas, pero el elenco secundario (Broadbent, Hugo Weaving, James D’Arcy, etcétera) es quien más cumple, en ocasiones en apariciones mínimas.

Se ven superados, eso sí, por el uso irregular de maquillaje o apliques que es muy efectivo por momentos y casi risible en otros.

Esto, más la apuesta de que actores interpreten etnias distintas (Halle Berry como una mujer rubia británica, ídem para la coreana Doona Bae, todos los caucásicos que fallan al tratar de pasar como asiáticos) es de lo poco que fracasa en la película, pero que con todo –si uno realiza un conveniente pacto de irrupción de verosimilitud– pasa.

Menos efectiva es la idea de transmitir que todas las vidas son las mismas en las distintas épocas –en un concepto muy new age–, de destinos inevitables, digno de Carlos Castañeda a quien incluso se menciona, ya que cuando el mismo actor interpreta a un villano en una y a un héroe en otra, la idea no se sostiene.

Por fortuna este concepto y los remates de frases cursis como “serás simplemente una gota en el mar. ¿Qué es el mar sino una multitud de gotas?” sobrevuelan apenas el filme y no terminan por hacer ruido en el transcurso de la película.

Lo que quedan son casi tres horas de cine que no se sienten en lo absoluto, buenas actuaciones, buenas historias y una película que confirma el regreso de gente muy talentosa al séptimo arte.
“Cloud Atlas: La red invisible” (Cloud Atlas) Estados Unidos, 2012. Directores: Andy Wachowski, Lana Wachowski y Tom Tikwer. Elenco: Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent, Hugo Weaving, Jim Sturgess, Hugh Grant, Susan Sarandon, Ben Whishaw.

Rodolfo Santullo (El Observador, 04/01/2013)

“Kung Fu Panda 3” (Pablo Staricco)

 

Mantiene la emoción y las risas.

El filme es un sinónimo de entretenimiento repleto de acción y escenarios maravillosos.
La oferta cinematográfica de la cartelera de hoy demuestra que la animación es un género de suma popularidad entre el público uruguayo. Estudios como Disney y Pixar forman parte del mismo conglomerado pero producen películas por separado con resultados igual de exitosos. Pixar se llevó este año el premio Oscar por el ingenio creativo detrás de Intensa-mente (2015) y actualmente Zootopia, de Disney, fue la película más vista en Estados Unidos y elogiada debido a los problemas raciales que su trama aborda.

En este esquema, los estudios DreamWorks se suman a la conversación con un formato que generalmente no ha tenido resultados tan aplaudidos dentro del género: una secuela. Kung Fu Panda 3, sin embargo, demuestra con creces los beneficios de establecer una saga en varias partes, logrando que sus personajes evolucionen a la par de un mejor trabajo de guión, diseño de escenarios y secuencias, así como un uso del humor físico cada vez más efectivo.

Desde el arranque –en el que el protagonista Po ya se cuela con una broma en los créditos iniciales del logo del niño pescando de Dreamworks–, Kung Fu Panda 3 no pierde un segundo en presentar la fórmula que ha hecho de la franquicia una cita obligada para el público infantil y adulto por igual: escenas de acción orquestadas de forma brillante, con una devoción completa al mejor cine de artes marciales y un reparto cada vez más grande de personajes entrañables.

El centro del relato, como no puede ser de otra forma, sigue siendo el camino del héroe que Po ha decidido tomar como el Guerrero Dragón. Sin perder el humor, el cariño y sobretodo el hambre que ha hecho al personaje con la voz de Jack Black en su versión original un ídolo inmediato, Kung Fu Panda 3 presenta al oso como un defensor establecido de su pueblo, un trabajo que parece tener más que dominado junto a sus compañeros, los maestros Tigresa, Grulla, Mono, Mantis y Víbora.

El desafío para Po en la nueva película será lograr convertirse en un guerrero capaz de transmitir las enseñanzas que ha aprendido en el pasado de forma victoriosa, una tarea encomendada por su profesor, el Maestro Shiffu. La tarea se complicará con la introducción de dos nuevos personajes. Por un lado, la aparición del villano Kai, un yak guerrero que regresa del Mundo de los Espíritus para vengarse luego de su muerte hace 500 años. Por otro, Li Shan, el padre biológico de Po que aparece en búsqueda de su hijo perdido.

Ocupado entre detener la amenaza de Kai y reconciliar la relación con un padre perdido sin ofender a su padre adoptivo, Po se enfrenta ante la búsqueda de un elemento que suele ser el centro emocional de varias películas animadas: la definición de la identidad propia. Tras entender que el título de Guerrero Dragón no significa nada si no puede impartir sus conocimientos a otros, el protagonista buscará entender las fortalezas y debilidades que conlleva su propia naturaleza.

El filme es lo suficientemente inteligente como para lograr transmitir ese problema filosófico sin que el público más impaciente pierda interés. Los momentos más emocionales de Kung Fu Panda 3 suelen ser concluidos con alguna broma encargada de distender la tensión mientras que las escenas de peleas y montajes de entrenamiento se llevan toda la atención.

Es sorprendente el trabajo de diseño que parece haber en cada aspecto de la película. Uno de los aspectos más notorios es la combinación de la animación en tres dimensiones con fondos más planos y correspondientes a la animación 2D, una mezcla que se amalgama de forma instintiva en el mundo de granjas, valles y templos de Kung Fu Panda 3. Además, el trabajo sumamente detallado sobre cada uno de los animales en su construcción como su pelo o sus movimientos ya se ha vuelto otro de los tantos elementos de calidad de esta saga.

La edición y el cambio vertiginoso entre cuadros hablan de una preproducción sobresaliente a la hora de confeccionar las peleas, sin duda de lo mejor de la película así como los escenarios naturales que logran sentirse reales.

Kung Fu Panda 3 podrá resultar demasiado liviana para algunos debido a la cantidad de bromas más cercanas al mundo animado de los personajes de Looney Tunes, pero la realidad es que la película es la evidencia de que no toda franquicia de Hollywood tiene que repetir la fórmula hasta el hartazgo.

Es sumamente difícil ver el largometraje y no salir del cine con una sonrisa de oreja a oreja, motivada por la espera de nuevas aventuras para Po y el resto de sus compañeros.

“Kung Fu Panda 3” Estados Unidos/China, 2016. Directores: Alessandro Carloni y Jennifer Yuh. Duración: 95’.

Pablo Staricco (El Observador, 10/03/2016)