Todas las entradas de:

“George de la selva” (Fernán Cisnero)

¡Cuidado con el árbol, torpe!

Está buena. Cuando parecía que la empresa Disney estaba perdida en el rubro “películas con gente de carne y hueso” (101 dálmatas y Flubber: auxilio), aparece este entretenimiento poco pretencioso pero eficaz. Así, George de la selva es una buena película para niños que sirve también para que se diviertan los adultos que, golpeados por tanta película tonta, ya acompañan entregados a los nenes al cine. Esta vez se van a divertir.

Ojo: no es una cosa para decir “qué bruto, qué divertido”, como diría el Chapulín Colorado. Basada en personajes creados en 1967 por Jay Ward, este tonto rey de la selva tuvo un pasaje de culto en la televisión norteamericana. Su reposición cinematográfica mantiene el aire de parodia, y gracias a unos chistes escatológicos y tremendos porrazos, termina convenciendo con lo poco que ofrece.

En realidad se trata de una parodia con todas las de la ley del viejo y nunca bien ponderado Tarzán. George (Brendan Fraser) se pierde en la selva cuando cae su avión. Veinticinco años después es el monarca del lugar, convive con un simio enorme y parlanchín (que en inglés tiene la voz de John Cleese, una promesa que no se cumple con el doblaje) y tiene de mascota un elefante que se cree perro. Como en toda película de la jungla que se precie llega una expedición en la que está Ursula (Leslie Mann), una muchacha buena de sociedad, y su novio Lyle, con quien va a casarse cuando retornen a la civilización. En el grupo también hay dos impiadosos cazadores furtivos que quieren cazar al simio blanco. No lo logran porque son torpes como ellos solos. George (con taparrabos y abdominales muy trabajados), sin embargo, se va con Ursula a San Francisco donde termina andando en liana en el Golden Gate. Una noticia de último momento lo obligará a volver a la espesura africana.

Antihéroe que se las trae, George es un bruto que choca contra todo lo que se le pone enfrente y se da unos porrazos antológicos. Es, además, inocente y algo bobo, capaz de pedirle consejos a un mono sobre cómo seducir a una chica. El guión escrito por Dana Olsen y Audrey Wells (La verdad sobre perros y gatos) es divertido, con un narrador capaz de meterse en la acción y sonoros gases de monos que al parecer son letales. Nadie muere (incluso juega con el típico recurso del esclavo que se cae de un puente colgante) y todo se resuelve de una manera sencilla, pero es la simpleza lo que mejor le va a este interesante producto de Disney.

Los efectos especiales realmente convencen, ya que un elefante puede parecerse a un perro, y un mono y un león hacen gestos humanos, algo que es agradecido con sonoras carcajadas por la parcialidad infantil.

George de la selva no es la película para una cita romántica un sábado a la noche, pero si algún compromiso con algún ahijado medio olvidado, esta es una buena oportunidad para quedar bien.

“George de la selva” (George of the Jungle). EE.UU., 1997. Dirigida por Sam Weisman. Escrita por Dana Olsen y Audrey Wells sobre una historia de Olsen basado en personajes creados por Jay Ward. Con Brendan Fraser, Leslie Mann, Thomas Haden Church, Richard Roundtree. Cines Punta Carretas 4 y 5, Plaza, El Observador y Plaza Arocena (en el segundo, el 22/2 a las 20:30, buena proyección y sonido). Todas las funciones son dobladas al español a excepción del trasnoche del sábado en el Cine Plaza, hablada en inglés con subtítulos en español.

F.R.C. (El Observador, 26/02/1998)

“Escape Room: Sin salida” (Guilherme de Alencar Pinto)

La escenografía es mortal

El afiche que viene circulando en Uruguay sugiere algo realmente terrorífico: un rostro en expresión de dolor, sufrimiento o pánico, intentando sujetar una puerta que se cierra con la persona adentro, con una iluminación que reduce todo a un claroscuro gris-azulado, en que las partes iluminadas de la piel del pobre tipo ya lucen, anticipadamente, con la palidez de la muerte.

El afiche que circuló en los Estados Unidos también tiene un toque siniestro, pero más elegante, pausado, y fiel al espíritu de la película, que es como un terror PG-13 (espectadores de a partir de 13 años pueden entrar sin necesidad de supervisión de un adulto). Curiosamente, aquí recibió una limitación más estricta (sólo a partir de 15), quizá influida por el afiche sensacionalista. En esta película no hay sustos que provocan taquicardia, no se agitan fobias, no hay imágenes que vayan a suscitar pesadillas, hay poca sangre y nada de gore, para bien y para mal —según la índole del espectador esté más cerca de lo paloma o de lo sadomasoquista—.

Es de estas películas que sacan provecho (y promocionan) determinados juegos de moda, con el artificio de fantasear que los elementos del juego son reales y que efectivamente nuestra vida está en riesgo. En el caso, se trata de las salas de escape que se difundieron por el mundo en el correr de los últimos diez años: a un grupito de entre dos y seis personas lo encierran en una sala con algún tipo de ambientación temática. Los jugadores tienen que encontrar las pistas (cifras, unir distintos objetos, acertijos) para poder salir.

Aquí seis personas se conocen en la sala de espera de un juego de esos. Resulta que todos habían recibido misteriosas invitaciones para participar, con la promesa de una recompensa de 10.000 dólares para el que logre encontrar la solución. El juego, en vez de tratarse sencillamente de una sala de escape, se trata de una secuencia, como los niveles de un videojuego. Una vez adentro, los participantes descubren algunas cosas preocupantes: varias de las situaciones involucran traumas personales que sufrieron —y que quien planeó el juego tiene que haber investigado y elaborado específicamente para ellos—. Los peligros son un poco demasiado preocupantemente reales, y si al inicio eso suscitaba una sensación de maravilla con respecto a qué nivel de inmersión ha llegado la industria del entretenimiento, pronto se percatan de que la cosa va en serio y sus vidas están en riesgo. De a uno, los participantes empiezan a morir.

La premisa es una cruza de la franquicia El juego del miedo(un grupo de personas encerradas en un juego letal) y los dos Hostal, de Eli Roth (2005 y 2007), que lidiaba con una siniestra estructura de millonarios sádicos que ponían un platal para disfrutar de matar y ver morir gente. A diferencia de esas dos películas, y de acuerdo con lo que puse más arriba, aquí no hay escenas de tortura ni cuerpos despedazados.

Es todo medio bobito a nivel del guion, cosa que uno se dará cuenta justo al inicio, cuando Zoey está en una clase de física y el profesor menciona el efecto cuántico de Zenón: “Esto quiere decir que un átomo no puede cambiar mientras está siendo observado. Es todo por hoy chicos, pueden irse”, y los estudiantes, sin curiosidad o desconcierto alguno, recogen sus cosas y se van. Luego los diálogos están salpicados de chistes cancheros vinculados a la cultura pop (por ejemplo, cuando en el tercer nivel suena “Downtown”, uno comenta: “¡Uy, me voy a morir escuchando música de ascensor!”). No son gran cosa los chistes, pero, entre los dos extremos, siempre mejor un intento de humor que una pretensión de seriedad falta de respaldo. Los actores son simpáticos y parecen ser buenos; hacen lo posible con sus diálogos y caracterizaciones esquemáticas.

Pero hay algo que sí está muy bien, y es quizá lo principal en este caso. Se trata del diseño de las sucesivas salas de escape. Hay un espeluznante trabajo de dirección de arte, y además un ingenio perversamente alocado en su configuración: una sala de espera que se convierte en horno; un bosque helado surrealistamente ubicado en el interior de un edificio, en que la capa resquebradiza de hielo suscita una situación reminiscente de uno de los episodios más escalofriantes de La profecía; una sala de hospital convertida en cámara de gas; una sala de sabio esotérico decimonónico cuyas paredes tienden a apretarse —si uno no encuentra la escapatoria, terminará estrujado—; una especie de instalación blanca y negra que los jugadores, afectados por una droga alucinógena, ven como fluida y deformada. La mejor de todas es la sala de bar con mesa de billar, pero donde todo está dado vuelta (el piso está arriba, el techo abajo). Resulta que en ese lugar, las placas que componen el techo (nuestro piso) se van cayendo ante cada pista falsa, mostrando que toda la estructura está puesta sobre un enorme pozo de ascensor, tan alto que no vemos el fondo. Los jugadores están siempre a un paso de caerse allá abajo y hay una que queda colgada sobre el abismo, agarrada tan sólo del cable de un teléfono.

Las situaciones de peligro están muy bien llevadas, hay suspenso, la dirección es visualmente creativa, las relaciones espaciales están claras y los peligros valorizados por la cámara. Así que ya saben, en caso del más absoluto ocio, pueden mandar ahí a sus hijos de 15 o, si tienen disposición, acompañar a los de 13.

Escape Room: Sin salida” (Escape Room), dirigida por Adam Robitel. Con Taylor Russell, Logan Miller, Jay Ellis. Estados Unidos, 2019. Ejido, Movie Punta Carretas, Movie Montevideo, Nuevocentro, Portones, Costa Urbana, Las Piedras Shopping, Punta Shopping, Colonia Shopping, Shopping Paysandú, Shopping Salto

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 21/02/2019)

“George de la selva” (Jaime Costa)

Tarzán de los bobos

El rey de la selva se estrella contra los árboles buscando la risa del público infantil, rodeado de asombrosos efectos de animación computarizada.

La empresa Disney distribuye esta producción basada en una tira de dibujos animados muy festejada en Estados Unidos a partir de 1967 y los tres años subsiguientes, aunque no se la conoce muy bien en Uruguay. Como no se puede comparar a través del recuerdo, sólo queda imaginar lo que pudo haber sido esta parodia de Tarzán de los monos con un muchacho salvaje, que se estrella contra los árboles cuando viaja por la selva colgado de las lianas, tiene una especie de mentor en un gorila parlante que usa lentes y se expresa muy doctoralmente, su mascota favorita es un elefante que se cree perro y actúa como tal, mientras otros animalejos (un tucán, un macaco) aportan sus gracias particulares. Llevar todos esos personajes a la pantalla grande, transformándolos en seres reales con la ayuda de la animación computarizada era obviamente el gran desafío de este relato infantil sin mucho argumento pero repleto de acción y de ocurrencias visuales.

El llamado de la selva

En el papel de George de la selva aparece Brendan Fraser, con un físico atlético y una expresión bobalicona que oscila entre la inocencia y la torpeza. Cae simpático, aunque abuse de los porrazos y de las muecas de desconcierto. Por culpa de la bonita y millonaria Ursula (Leslie Mann), George abandona la selva y se va a San Francisco, donde debe calzar zapatos y presentarse en fiestas de sociedad para que la madre de la chica (Holland Taylor) trate de dejarlo en ridículo con el propósito de que su hija se case con el acaudalado y fatuo Lyle Van de Groot (Thomas Haden Church), un tipo insoportable que todavía practica la prepotencia colonialista. Cuando George oye el llamado de la selva porque se entera de que han capturado a su gorila-mentor Ape (voz de John Cleese en el original, perdida en el doblaje al castellano) corre al rescate y mueve a toda la fauna africana como en las más clásicas aventuras de Tarzán. Para que la película no divierta exclusivamente a los niños, el libreto se preocupa de hacer reír también a los mayores intercalando todo tipo de anacronismos, frases intencionadas y alusiones cinéfilas. Todo tiene a la farra total.

Buenos efectos

Sin embargo lo que más sorprende (y atrae) en el prodigioso sistema de animación computarizada, que ya ha avanzado a límites de perfección para que no se noten los trucos y las escenas animadas se integren con las reales sin que se advierta la diferencia. Es así que Ape modula sus palabras sin ninguna dificultad, cuando en realidad se trata de un actor disfrazado (Nameer Kadi, que trabajó en La guerra del fuego y en Congo) en cuya cabeza se alojaron 17 motores para mover los labios sincronizándolos con los diálogos. Para el elefante Tai, que se cree perro, se logró agilizar la pesadez de sus movimientos, imitar todos los gestos caninos desde la lengua afuera hasta la forma de correr y rascarse, combinando al animal real y a la figura animada con asombrosa perfección. Es imposible distinguir uno de otro, lo que convierte a la técnica cinematográfica en un prodigio capaz de cualquier cosa. Aparentemente, ya no hay límites.

Lo mismo ocurre con los escenarios. La selva africana fue simulada en Hawaii, pero también hay escenas filmadas en el estudio y luego integradas a las tomas en exteriores, sin violencia visual. Cuando George corre por la selva como si llevara las botas de siete leguas (en realidad, un par de championes de marca) parece desarrollar una velocidad vertiginosa, pero nada se compara con las insólitas tomas del puente de San Francisco (conocido como Golden Gate, el más largo del mundo), donde el héroe se cuelga como si estuviera en medio de los árboles de la jungla. Todo ese andamiaje de efectos de animación empequeñece la historia, que es mínima y tonta, extremadamente conversada (para lucir diálogos que presumen de ingeniosos) y con personajes caricaturescos. Ahora que la empresa Disney se ha propuesto convertir los dibujos animados en películas de acción viva, hace más ruido que otra cosa. Divierte de a ratos, asombra con trucos caros y muestra grandes avances técnicos, pero dejó de lado el encanto.

“George de la selva” Título original: George of the Jungle. Origen: EEUU, 1997. Director: Sam Weisman. Libreto: Dana Olsen y Audrey Wells, sobre personajes de Jay Ward. Intérpretes: Brendan Fraser, Leslie Mann, Thomas Haden Church, Holland Taylor, Richard Roundtree, Greg Cruttwell, Abraham Benrubi. Duración aproximada: 100 minutos. Estreno: Plaza, Plaza Arocena, Sala El Observador, Punta Carretas 4 y 5. Calificación: *** (Bueno).

Jaime E. Costa (El Observador, 25/02/1998)

Stanley Donen (1924-2019) (Guilherme de Alencar Pinto)

Del baile al cine

Con 94 años, Stanley Donen, fallecido el jueves 21, era quizá el último sobreviviente de los grandes directores de la “época de oro” de los musicales de Hollywood. Nació en Carolina del Sur en 1924. Fanático de las películas de Fred Astaire, empezó a estudiar danza cuando niño. Trabajando en espectáculos de Broadway como bailarín y coreógrafo conoció y trabó amistad con Gene Kelly, entonces en vías de afirmarse como una joven estrella.

Fue a través de la danza que pasó a la dirección: Kelly, que empezaba a actuar en cine, le pidió que se pusiera al lado del camarógrafo para contar los tiempos y guiar los movimientos. Muchas veces esas escenas eran creadas, coreografiadas y dirigidas por ambos. Fueron de Donen, por ejemplo, la idea y la coreografía del clásico baile de Kelly con el dibujo animado del ratón Jerry en Leven anclas(George Sidney, 1945).

En 1949 el gran productor de musicales Arthur Freed, de la MGM, otorgó a Kelly (entonces con 27 años) y Donen (25) la dirección conjunta de un largometraje. Un día en NuevaYork (On the Town) se considera un hito en la historia de los musicales. Radicaliza en la tendencia a prescindir de todo pretexto anecdótico-naturalista para las escenas de danza, y en la integración de las mismas en el desarrollo de la anécdota (los números musicales no son momentos en que el tiempo anecdótico se suspende, sino que integran el desarrollo de la narrativa). Junto a momentos de un desembozado absurdo había otros de un pionero naturalismo, otorgado por las filmaciones (quizá por primera vez en un musical) en locaciones en las calles neoyorquinas. Llamó la atención también por prescindir de las coreografías de coro (sólo bailan las tres parejas principales). La música de Leonard Bernstein era de un refinamiento inaudito. El guion (debidamente premiado con un Oscar) era especialmente ingenioso. Esta regocijante exaltación de la felicidad y la belleza fue un éxito rotundo y le valió a Donen un contrato por siete años como director para MGM.

La más famosa de las películas de Donen es Cantando en la lluvia(1952), también codirigida con Kelly. La escena en la lluvia es el número musical más famoso de todos los tiempos. Esa película elevaba la exigencia de coherencia clásica e inteligencia en un guion de musical: es una gran comedia, con su mirada satírica al propio mundo del cine. Cantando en la lluviaes admirada no sólo en el ámbito del musical: apareció por dos veces entre las 10 mejores películas de la historia del cine mundial en las encuestas de Sight & Sound (en la más reciente, figura en el puesto 20).

Sin Gene Kelly, Donen dirigió varios otros musicales, inclusive un par con su ídolo Fred Astaire y la muy popular Siete novias para siete hermanos(1954). Se destacó también en el cine no musical. En 1957, terminado su contrato con la MGM, decidió actuar como director freelance y asumir la producción de sus propias películas. Se desempeñó siempre en un ámbito de alta visibilidad, con grandes estrellas y producciones muy cuidadas, aunando taquilla y prestigio. Siguió filmando hasta 1999.

Nunca fue individualizado por la crítica como un “autor”. Se lo recuerda como un exponente magistral, “clase A”, de una época en que los grandes estudios de Hollywood eran una aceitada máquina de producir obras perfectas o casi. Nunca fue un manierista a lo Orson Welles o Alfred Hitchcock, uno nunca encuentra en sus películas ese tipo de recursos de cámara llamativos tipo “mamá, mirá lo bien que dirijo”. Lo suyo es la cámara plantada elegante y funcionalmente frente a los personajes, movimientos de cámara discretos y un ritmo de montaje moderado, una puesta en escena ingeniosa y un sabio y sorpresivo uso de los objetos de utilería, todo netamente en foco. Siempre hay humor, alegría y amor, pero los momentos dramáticos, tristes o violentos —que también los hay— se abordan como al pasar, sin regodeo, aligerados. Los actores nunca ponen caras para enfatizar emoción, sino que reposan sus interpretaciones en la propia gravedad personal, muy ayudados por unos diálogoschispeantes. Es un placer apreciar su elegancia, su timing para la comedia, su puntería para poner de relieve la danza o, en general, los cuerpos y sus movimientos en el espacio, siempre en una coordinación fluida con los desplazamientos de la cámara (nunca fragmentados por el montaje). Los primeros planos, así como los planos generales amplios, se reservan para momentos especiales y ganan, por ello, un gran efecto. Siempre en ese marco de relativa discreción estilística, abrazaba totalmente una idea del cine como espectáculo sensorial global: esas escenografías bonitas y equilibradas, los colores, los cuerpos y rostros, las voces, la música (que constantemente interviene con comentarios humorísticos sutiles), las canciones, las palabras, los creativos créditos de presentación, los buenos sentimientos, los finales felices. Sus películas son mundos que a uno le gustaría habitar.

En los años 50 estuvo en la cresta de la ola con respecto a la sensación pop de modernidad (la de las revistas y afiches de moda, de la publicidad, del diseño), y se mantuvo razonablemente ayornado después. Su filmografía incluye uno de los grandes thrillers de los años 60, Charada(1963) —donde el suspenso se entrevera con comedia romántica—. Está también esa obra maestra insólita y poco recordada que es Un camino para dos (Two for the Road, 1966). Ahí acompañamos cuatro viajes en auto de una misma pareja en distintas etapas de la vida, pero los viajes aparecen laberínticamente alternados, como en una película de Alain Resnais, en un trabajo espectacular de composición y montaje. Esta obra delicada, nostálgica y agridulce, una de las más originales historias de amor que se hayan filmado, es una peculiar intrusión de modernismo en el ámbito de Hollywood. Movie Movie(1978) anticipó la idea metacinematográfica de Quentin Tarantino y Robert Rodriguez en Grindhouse (2007), es decir, una película que emulaba una sesión con “doble programa” de películas de género “clase B”. Su filmografía de 28 largometrajes es singularmente consistente, una lección de cine que hace el mundo más bello y más feliz, o que, por lo menos, son ellos mismos un mundo bello y feliz.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 08/03/2019)

“La Ciambra” (Guilherme de Alencar Pinto)

El fantasma de la identidad

En el reciente Festival de Punta del Este se exhibió la española Entre dos aguas, de Isaki Lacuesta, una película de ficción casi documental, en el sentido de que las personas de la vida real interpretaban en pantalla sus propias versiones ficticias, improvisaban sus diálogos, contribuían a guiar el director por situaciones verosímiles de sus propias vidas. La película se enfocaba en un personaje de una comunidad gitana en una zona pobre de Cádiz, que recorría eventualmente a actividades ilegales para sobrevivir. La película retomaba, con esa misma técnica, un grupo de personas/personajes que habían aparecido en una obra anterior del director, La leyenda del tiempo(2006).

Casi todos los elementos de la descripción arriba se aplican a La Ciambra, que tuvo una visibilidad internacional más grande por cuenta de que el director es neoyorquino (de origen italiano) y uno de los productores es Martin Scorsese. Fue la postulación de Italia para los Oscar a película en idioma extranjero. En vez del sur de España se trata del sur de Italia: el pueblo es Gioia Tauro, donde Ciambra es un barrio gitano. La película anterior fue Mediterránea(2015), exhibida aquí solamente en el Festival de Cinemateca de 2016, y tenía como antecedente un cortometraje llamado igual que este largo, A Ciambra(2014). El protagonista de Mediterráneaera el refugiado burkinés Ayiva. Aquí el centro se desplaza para su amiguito Pio, aunque Ayiva tiene un rol importante.

Es interesante constatar, con ambos filmes, la vigencia de una tendencia neorrealista mucho más radical que el neorrealismo original en la adhesión a sus premisas —no actores, verosimilitud, narrativa independiente de modelos clásicos, estética de la pobreza y de lo no bello—.

La Ciambratiene una estructura narrativa más convencional que la película de Lacuesta. Es una historia de coming of age. Pio tiene 14, admira a su hermano mayor Cosimo y quiere ser aceptado por éste y sus compinches como un igual, capaz de contribuir en los robos que perpetran. Todo el mundo, sin embargo, lo trata como a un niño. Pio trata de ostentar hombría de distintas maneras: fuma, bebe, tiene una casi novia, se cuela en los operativos delincuentes sin ser llamado (con resultados no siempre buenos). De pronto Cosimo y su padre van en cana, y entonces, para la familia, no hay alternativa que no sea conceder que sea Pio el que traiga algo de plata para la casa. Él muestra estar preparado para ello.

El panorama es crudo. Los gitanos son discriminados por los “italianos” y reaccionan de maneras que retroalimentan la discriminación. El abuelo Emiliano recuerda nostálgico la vida nómada que llevaba cuando joven, seguramente más linda que vivir confinados en ese complejo habitacional deteriorado y sin gracia en un barrio mugriento. Emiliano le recuerda a Pio la premisa tribal: “Nosotros contra el mundo”. Y Pio la repite, como si fuera una obviedad. Los carabinieri, con su trato prepotente y antipático hacia los gitanos, contribuyen a esa sensación de aislamiento. Pero, al momento en que esos gitanos encuentran un sector aun más desvalido que ellos, es decir los refugiados africanos que abundan en el sur de Italia, los tratan como una escoria, refiriéndose a ellos con términos crasamente racistas. La amistad de Pio con Ayiva es una excepción entre la comunidad gitana, pero es también algo único en la vida de Pio, porque Ayiva es, quizá, su único amigo verdadero, su único vínculo realmente cálido. Ello va a conducir, hacia el final, a un dilema muy amargo para Pio: terminar de crecer va a implicar tener que abandonar esa “debilidad”, la fidelidad tribal implicará una traición de valores que —una parte suya lo siente, y nosotros lo sentimos con fuerza— deberían preponderar.

Desde hace unas décadas se estableció como una característica del realismo cinematográfico la filmación con cámara en mano, que se aúna con sus asuntos (pobreza, marginalidad) en la textura temblorosa, imperfecta. En películas como ésta, basadas en improvisaciones, se trata de una lógica opción práctica, porque es la manera más ágil de ir persiguiendo los acontecimientos. Pero aquí se optó por la versión más extrema, manierista, de la cámara en mano: la imagen está tomada con teleobjetivo, con el foco muy corto y tanto el encuadre como el foco tienen que ajustarse al más mínimo movimiento frente a cámara. Tenemos la sensación medio estresante de que el encuadre siempre está persiguiendo, nervioso, lo que debería filmar. La sensación es vertiginosa, y un poco claustrofóbica, porque siempre vemos detalles y casi nunca panoramas (los grandes planos generales del conjunto habitacional son una excepción). Si hay una escena de montaje alternado (como en el último encuentro de Pio con Ayiva), hay que poner toda nuestra atención para distinguir qué está ocurriendo, a cuál de los dos cursos de acción corresponde ese rostro mal iluminado, esa mano, esa puerta que se cierra. A ello se suma un montaje entrecortado de unos diálogos en que los personajes hablan todos al mismo tiempo y manejan códigos de comportamiento que no siempre entendemos, para generar un relato que parece regodearse en una cierta confusión. El espectador ajeno a la pequeña comunidad en que se ubica el relato queda un poco como un paracaidista que aterrizó en medio de esas situaciones sin saber muy bien quién es quién, por qué hace lo que hace, por qué reaccionó de tal manera ante tal estímulo. La comprensión de la anécdota se da en líneas generales, y por cuenta del acostumbramiento en la medida en que avanza el metraje. Es fácil empatizar con Ayiva, ese hombre bonito, bueno, simpático, de mirada profunda y curtida. Pio es un personaje más complicado, pero el rostro y la expresión de Pio Amato son impresionantes.

La textura predominante de la película tiene unos respiros en los momentos en que suena la música incidental misteriosa y energética de Dan Romer, y en unos interludios mágicos (uno de ellos en cámara lenta) en que aparece un personaje que no entendemos si es real, imaginado o alegórico: el gitano con el caballo blanco, que evoca la ancestralidad romaní, la libertad itinerante perdida, como el fantasma de la identidad.

La Ciambra” (A Ciambra), dirigida por Jonas Carpignano. Con Pio Amato, Koudous Seihon, Damiano Amato. Italia/Estados Unidos (con aportes de diversos otros países), 2017.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 11/03/2019)

Festival de Cine Europeo 2019 (Guilherme de Alencar Pinto)

Escritura y resistencia

La edición 2019 del Festival de Cine Europeo comprende ocho películas y se extenderá hasta mañana miércoles 20, con proyecciones simultáneas en el Alfabeta y en el Punta Shopping (Punta del Este).

La muestra de este año luce menos que la del año pasado. La mitad de las películas había sido estrenada en el reciente Festival de Punta del Este, entre ellas la más valiosa de todas, El reino(Rodrigo Sorogoyen, España / Francia), que ganó allí el premio al Mejor Actor para el formidable Antonio de la Torre. Fue comentada en la cobertura de aquel festival (http://accu.uy/index.php/2019/03/10/22o-festival-internacional-de-cine-de-punta-del-este-guilherme-de-alencar-pinto-2/ ). (Hoy martes 19 a las 16 hs.)

La boda(Noces, Stephan Strecker, Bélgica / Luxemburgo / Francia / Pakistán) cuenta la situación de una joven belga de familia paquistaní que no se resigna a someterse a la costumbre nacional de los casamientos arreglados. El abordaje de la película es un poco pedagógico pero da cuenta de la complejidad de la situación (la presión de los parientes sobre Zahira, y también las presiones tribales que sufren éstos). La realización es medio elemental, pero el final trágico es contundente. (Mañana miércoles 20 a las 19:15 hs.)

En tesis, el título más prometedor de la muestra sería la nueva realización de Christian Petzold, uno de los grandes directores del cine actual. En Transit(Alemania / Francia), sin embargo, decidió probarse en un terreno distinto, con un resultado menos sólido. Es un vago thriller kafkiano sobre un resistente contra los nazis durante un escenario parecido a la Segunda Guerra, pero con el detalle extraño de que las ropas, autos y paisajes urbanos son actuales, y así nos plantan en un universo de estatuto dudoso. (Mañana miércoles 20 a las 17 hs.)

Escritores frustrados

El lidiar con protagonistas que son escritores siempre es una manera de impregnar las películas con un aura de “reflexiones sobre el arte y la creación”. El árbol de las peras silvestres(Ahlat ağaci, Nuri Bilge Ceylan, Turquía / Francia / Alemania, Bulgaria / Macedonia / Bosnia-Hercegovina / Suecia) y Dovlatov(Alieksiey Guierman hijo, Rusia) tienen ambas, como personajes principales, a jóvenes escritores que regresan a su ciudad luego del servicio militar. Allí experimentan la frustración de que las personas influyentes no sienten interés alguno por su literatura, proponiéndoles en cambio que escriban obras conformistas y vendedoras. Guierman, como de hábito, usa unos diálogos entrecortados, donde alguien dice algo contundente y el otro mira con apatía y sigue hablando de otra cosa. Es un recurso fácil, pero más digestible que los extensos diálogos de Ceylan, injustificadamente confiados en la profundidad filosófica o en el encanto poético de sus pensamientos (cosas como “la revuelta permanente contra lo absurdo de la vida”). Más importantes e interesantes que ese costado arty son, en la película turca, el vínculo de Sidan con su padre, y en la rusa, el retrato del opresivo ambiente de la era Brézhniev. Sovlatov está fotografíada por el prodigioso polaco Łukasz Żal, en tonos apastelados, foco corto y unas elaboradas coreografías de cámara. El estilo de El árbol de las peras silvestreses más sencillo, pero son preciosos los panoramas del paisaje rural, y hay unas sensuales digresiones de la cámara por las hojas de los árboles. (Ya no habrá funciones de Dovlatov. La de Ceylan es hoy martes 19 a las 18:30 hs.)

Británicos

No pude ver Los papeles de Aspern (Julien Landais, Reino Unido / Alemania). Las demás películas británicas de la muestra pretenden (sin lograrlo) un estándar de producción y realización a lo Hollywood. Las dos están basadas en historias reales.

Rey de ladrones(King of Thieves, James Marsh, Reino Unido). Cuenta la historia del mayor robo ya perpetrado en Gran Bretaña. Ocurrió en 2015, con el detalle curioso de que los ladrones eran casi todos viejos. Eso da pretexto para un reparto de luminarias históricas del cine inglés (Michael Caine, Jim Broadbent, Tom Courtenay), mientras que unos breves planos de viejos thrillers con esos mismos actores cuando jóvenes, parecen evocar la larga trayectoria de los personajes en el crimen. Quien se espere una clase magistral de actuación se va a decepcionar, ya que esos grandes actores poco pueden hacer con un guion rudimentario, que no logra construir situaciones que justifiquen los cambios anímicos —de la confianza a la desconfianza, a la disposición a traicionar, al odio y de vuelta a la amistad—. Los realizadores insisten en darle a todo un aire de joda, con una banda musical groovera y salpicada de canciones pop, chistes tontos sobre la vejez y un montaje que parece enorgullecerse de cuántos planos distintos logra comprimir en un minuto de cine.

Entre la razón y la locura(The Professor and the Madman, Irlanda / Francia / Islandia). La historia, en este caso, es fascinante: la del filólogo James Murray, obsesionado por llevar adelante el monumental Oxford English Dictionary (que tomó casi medio siglo de trabajo arduo), y del principal colaborador del proyecto, que resultó ser un asesino internado en un manicomio. Aunque los detalles de la historia parezcan una expansión novelada de los eventos reales, al parecer son todos ciertos. Mel Gibson, que originalmente quería dirigir esta película, se quedó con el rol de Murray, que desempeña en forma estupenda, con su voz corpulenta, su dicción cuidada y su mirada aguda y obsesionada. La realización, sin embargo, parece ser la de un alumno talentoso luego del primer semestre en alguna escuela de cine, ansioso por mostrar lo que aprendió: un diálogo pacato está tomado con una nerviosa cámara en mano, cualquiera que sube o baja una escalera es seguido de cerca con una Steadicam, cuando de casualidad los personajes pasan cerca de un partido de hockey la cámara se desliza junto a los pies de los jugadores, y cuando encierran a Minor en su celda se escucha el sonido contundente del cerrojo en un dramático plano de detalle. (Hoy martes 19 a las 22 hs.)

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 19/03/2019)