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“Madame” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Señoras & Señores

El multimillonario matrimonio norteamericano instalado en París organiza sofisticada y reducida cena a figuras aristocráticas de la sociedad y medios políticos locales. Un autoconvidado eleva a trece el número de comensales, cantidad fatídica que la frívola y supersticiosa dueña de casa modifica al obligar a la principal de sus mucamas a asistir al ágape, con la indicación de comer poco, beber poco y hablar poco. Nada de esto se cumple, la mucama española se convierte en centro de la reunión, es tomada por miembro de lo más encumbrado de la realeza borbónica, surgiendo la típica comedia de bulevar repleta de confusiones.

El ejercicio vodevilesco funciona sin agregar demasiado en el género. El asunto empero traza un nítido límite entre clases sociales y su imposibilidad del trasvase de una a otra, generando, mediante tipificación de caracteres, una crítica por demás obvia (y entretenida). Con contracara de Cenicienta.

Este guión, en tiempos remotos y con el grado de corrosividad y ácido humor negro de Ernst Lubitsch (Los peligros del flirt, 1924), Erich von Stroheim (Esposas frívolas, 1922), o Billy Wilder (Uno, dos, tres, 1961), pudo dar lugar a bastante más que este fugaz pasatiempo.

Rossy de Palma aún es la fea más cómica del cine, aunque con signos del pasaje de los años que amenazan con hacerla patética.

Madame” (Madame). Francia 2017. Dir. y guión: Amanda Sthers. Con: Tony Colette, Harvey Keitel, Rossy de Palma.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 20/04/2018)

Donald Trump en film de Woody Allen (Álvaro Sanjurjo Toucon)

En el cine todo es posible

Donald Trump, actual Presidente de los EE.UU., ha visto publicitada hasta el hastío su trayectoria como empresario, su vida sexual y sentimental y cuanto atañe a su persona. Sin embargo, son bastante más escasas las referencias a su carrera cinematográfica, donde fuera dirigido, entre otros, por Woody Allen, y compartiera repartos con Judi Dench, Bo Derek, Kenneth Brannagh, Anthony Queen y otras celebridades. Ocupación que convierte a Trump en colega artístico de conocidas personalidades del mundo político. Personas que pasaron ante las cámaras en diferentes momentos de sus vidas, antes de transformarse, en algunos casos, en profundos modificadores de sus respectivas nacionalidades.

La trayectoria de Eva Duarte como actriz cinematográfica se reduce –según el bien informado Internet Movie Data Base- a solamente seis films. Cuando se convirtió en Evita, esas incursiones fílmicas quedaron en un sitial secundario, ante la avasallante personalidad de quien dejó su indeleble huella en una Argentina que la idolatró multitudinariamente (también otros la odiaron).

En 1926, el film español La malcasada, una historia “de derechas”, reserva el correspondiente espacio para que los generales Francisco Franco, Millán Astray y José Sanjurjo, aparezcan representándose a si mismos, cual siniestro vaticinio de sus alzamientos, culminados con el de Franco, erigido en “Generalísimo”. Las ambiciones cinematográficas de Franco, se continuaron –y felizmente concluyeron- con el guión de Raza (1942) firmado con el seudónimo de Jaime de Andrade, film dirigido por José Luis Sáenz de Heredia (franquista y pariente de José Antonio Primo de Rivera).

Algunas décadas atrás, un cinéfilo amigo me narró que en una publicación norteamericana, señalaban la participación de un juvenil Fidel Castro como extra en films de Hollywood (Escuela de sirenas era uno de los más conocidos). La publicación de un artículo al respecto, fue difundida por una agencia internacional de noticias. No logré ni la aceptación ni la negativa del hecho por parte de autoridades del ICAIC, y ello me condujo a un hallazgo mayor: la participación como extras en el cine mexicano de dos revolucionarios momentáneamente residentes en aquella nación: el cubano Fidel Castro y el argentino Ernesto “Che” Guevara. Algunas cartas del Che a sus padres, confirman su presencia, por lo pronto como fotógrafo, en films mexicanos. Aunque existen diversos testimonios que le ubican como extra junto a su camarada de lucha.

Y como te digo una cosa, te digo la otra. En el film uruguayo/oriental Misión no oficial (2017) el Pepe Mujica (a) José Mujica Cordano -ex Presidente de Uruguay/Ponsonbylandia- y Carlos Pita –al que se concediera la representación del pago en los EE.UU., anteriormente “el Imperio”- se interpretan/representan a sí mismos. Se trata de un ¿falso? documental/comedia descacharrante, acerca del ingreso a la Provincia Oriental (via presidencial) de “cannabis” (menos perjudicial que UPM y los plantíos de soja).

Trump no es el primer presidente estadounidense con pasado cinematográfico. Le aventaja fácilmente Ronald Reagan, que llega a la Casa Blanca con una filmografía de más de ochenta títulos con los que demostró sus limitaciones interpretativas (trasladables a su gestión posterior). A diferencia de Trump, la labor cinematográfica de Reagan fue parte de su trayectoria política. Hace pocos días, Fernanda, la menor de mis hijas, con varios cursos relacionados con el cine realizados en Buenos Aires, me envía un “link” donde hallaría material relativo a la incursión en la pantalla de Donald Trump. Mi fé –la única que poseo- respecto a la documentación del “Imdb”, me lleva a buscar allí alguna posible referencia acerca de la “descubierta” trayectoria de Trump en la pantalla. La misma no solamente existe, es pública y al parecer no hizo demasiado ruido en el Río de la Plata. Trump Superstar reúne veintidós créditos como productor y veinte como intérprete en cine y TV.

En rigor, las apariciones de Trump no se diferencian de la efectuada por Franco y sus secuaces en La malcasada: el millonario norteamericano se interpreta a sí mismo en pequeños cameos.

A continuación una lista parcial de las películas (que seguramente el lector vió o conoce), señalándose a otros intérpretes con los que Trump compartiera no el talento y/o popularidad, sino un lugar en el reparto:

Celebrity de Woody Alllen, con Kenneth Branagh, Judy Dench y Leonardo di Caprio, Amor a segunda vista con Hugh Grant y Sandra Bullock, Zoolander con Ben Stiller, Mila Jovovich y Winona Ryder, las comedias infantiles Mi pobre angelito 2 con Macaulay Culkin y Joe Pesci, y Pequeños traviesos, la no estrenada entre nosotros Ghosts Can’t Do It, de John Derek, con Bo Derek y Anthony Queen, y en la pantalla chica las series Sex and the City, La niñera, etc. etc.

La curiosidad por contemplar al Presidente Donald Trump en sus apariciones cinematográficas, con la excepción de Celebrity, no parece justificar ver estos films. Sin embargo, “YouTube” permite constatar, de forma felizmente breve, el periplo fílmico televisivo del actual mandatario estadounidense: basta con buscar en ese sitio “Donald Trump en el cine” y se desplegaran varias opciones.

Donald Trump, seguramente no leyó ninguna Historia del Cine, ni tampoco a Lenin (¿sabrá quien fue?), pero coincidió con el padre de la hoy desaparecida Revolución Soviética, en cuanto a la importancia del cine como vehículo político. En uno y otro caso, la responsabilidad final parece señalar a los Hermanos Lumière. Aún así, amo al Cine.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Semanario Crónicas, 06/04/2018)

“Coco” (Andrés Vartabedian)

La luz de tus ausentes

El multipremiado filme de Disney-Pixar -incluyendo Oscar y Globo de Oro a Mejor Animación- ha batido también diversos récords de taquilla en distintas partes del mundo, incluyendo al propio México, país protagonista de su relato. Sin ser la “joya” que muchos pretendieron ver, una realización que aborda de manera sensible y luminosa temas caros para buena parte de la humanidad.

Hoy… voy a perderme / entre las cosas olvidadas. /

Es morir dos veces / si de mí no queda nada. /

Mañana… / yo, no pido más, / quiero ser /

un buen recuerdo / alguna vez…”

Ser (tango) – Mandy (letra) y Carmen Guzmán (música)

En tiempos de muros renovados -algunos literales, otros no tanto-, de Trump versus México, del mundo Hollywood versus Trump, la maquinaria de la industria cinematográfica más importante del orbe vuelve a decir presente tomando partido. La gran diferencia con ocasiones previas recientes es la valoración positiva y el respeto con el que se observa la cultura mexicana muchas veces denominada “latina” por extensión, aun en el error. Lejos de simples prejuicios, siempre hijos de la ignorancia, de estereotipos en general negativos, o meras visiones turísticas, siempre superficiales, Coco rescata una importante tradición del país norteño, como lo es el Día de Muertos, de manera atenta, seria, informada, profunda.

Con las salvedades y adecuaciones propias de toda adaptación dramática, de lo funcional a la historia contada en que puede devenir la traslación de la tradición recogida, en este caso con el cariz agregado de tratarse de una película de esas a las que solemos denominar “infantiles”, el equipo realizador de Coco no ha recibido acusaciones de manipulación reduccionista o simplificación de postal, mucho menos de tergiversación o irrespeto. Por el contrario, se ha destacado el estudio y compenetración con la cultura que la rodea y el país retratado. El hecho de que el filme se haya transformado en el más taquillero de la historia mexicana quizá sea el corolario de tal aval.

Coco cuenta la historia de Miguel, un niño amante de la música y cuyo anhelo es convertirse en cantante, quien vivirá una experiencia reveladora durante el Día de Muertos, que hará que su vida y la de su familia sufran una perturbación primero, y una modificación trascendental luego, que los reunirá de un modo más hondo y auténtico.

El Día de Muertos, celebrado en México y algunos países de América Central el 1 y 2 de noviembre, coincidiendo con las festividades católicas del Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos parte del sincretismo acuñado en América, tiene a la música como uno de sus componentes centrales: además de la que puede acompañar a la propia celebración callejera en los diferentes pueblos y ciudades, muchas familias, incluso, contratan bandas que interpretan las canciones favoritas de los difuntos al pie mismo de sus sepulturas.

Sin embargo, la familia Rivera no tolera tal manifestación artística. Producto de una supuesta decisión del tatarabuelo, quien eligió la música, las giras y la notoriedad que ella le otorgaba por sobre su familia y abandonó a Mamá Imelda tatarabuela de Miguel, desde entonces no hay lugar para la música en ese hogar. Está absoluta y terminantemente prohibida, so pena no sólo de malhumor generalizado, sino de grandes reprimendas.

La bisabuela Coco fue la primera afectada, siendo una niña muy pequeña, ya que su padre ni siquiera retornó a su encuentro o mostró interés alguno en volverla a ver. La música carga con la responsabilidad aún hoy para la familia Rivera. Coco, de muy avanzada edad, con el rostro vivido en arrugas, con algunos síntomas de Alzheimer, sentada al pie del altar propio de la festividad, y aún en su silencio habitual, todavía lo nombra. De todos modos, el rostro de su padre ha sido arrancado de la foto que las contiene a ella y a su madre junto a él. Tampoco recibe las ofrendas que todos los restantes miembros del árbol genealógico allí presente sí obtienen. Coco es la única que sostiene, de algún modo, su memoria. Y con ella, su permanecer entre los vivos.

En su afán de comenzar a vivir su sueño musical, Miguel, que hasta ahora ha desarrollado su don en el más absoluto secreto, en la más absoluta clandestinidad, podríamos decir, pensando en el rígido matriarcado que, cual Ley, domina su hogar, en ese Día de Muertos se rebelará ante su familia, revelará sus dotes y sus deseos e intentará participar del concurso local de canto.

Su guitarra ha vuelto a ser simple madera gracias a la fuerza intrínseca de su adorable “abuelita”, por lo que, para presentarse a cantar, necesitará una nueva. Ante las diversas negativas obtenidas a sus solicitudes de préstamo, tomará la de su bienamado e idolatrado Ernesto de la Cruz, el cantante más famoso de todos los tiempos, el más homenajeado y recordado, quien lo ha inspirado a desarrollar su talento y a “vivir su momento” a través de los filmes que Miguel repasara una y otra vez en VHS, y cuyo instrumento él tomara como referencia para confeccionar la propia a su imagen y semejanza. La susodicha guitarra forma parte del panteón que Ernesto posee en el cementerio del pueblo, por lo que Miguel deberá ingeniárselas para hacerse con ella.

Lo que Miguel desconocía es que ese acto, ese intento de apropiación indebida, ese gesto desesperado, y valiente a la vez, lo pondrá en contacto con el mundo de los muertos.

La concepción de ese mundo será uno de los diferenciales de Coco. El mundo de los muertos no es ni lúgubre ni ominoso. No causa miedo ni espanto. En consonancia con el espíritu de la tradición mexicana recuperada y con el folclore que la rodea, será un mundo lleno de luz y color, un mundo avasallantemente luminoso y colorido. En él, los calavéricos espíritus de los difuntos se visten con sus mejores prendas, listos para cruzar al mundo de los vivos a visitar a sus seres queridos. Sus familias han preparado ya el terreno para ello, y además de altares y ofrendas han regado el suelo con pétalos de cempasúchil (del náhuatl “veinte flor” o “flor de veinte pétalos”), o flor de los muertos que, con su poderoso anaranjado, señala el camino de retorno. En ella, también Miguel encontrará una de las claves de su posible regreso al mundo de los vivos.

En ese reverso de nuestro pequeño, y muchas veces triste, paraíso, aquí cargado de la alegría del reencuentro, la música volverá a jugar un rol fundamental para el decidido Miguel. Es con ella, y a través de ella, que aprehenderá aspectos de su vida desconocidos o trampeados y culminará definitivamente de declararle su amor imperecedero. Esa integración del arte musical a la propia trama desarrollada en Coco, que tendrá su clímax emocional sobre el final, apelando al componente sanador del mismo, en carne y espíritu, también logra hacerlo trascender el mero valor decorativo o amenizador que comporta en la mayor parte de las películas “infantiles” (desde un tiempo a esta parte mucho más pensadas para todos los públicos que para el específico de su género). Otro valor agregado.

A ello debemos sumar la calidad en la recreación fantástica de detalles costumbristas; la reconfiguración de la ciudad de Guanajuato y sus laderas coloridas de casas apiladas para forjar esa Tierra de los Muertos llena de fulgor; los homenajes a varias figuras del arte mexicano en diversas manifestaciones (Frida Kahlo y Diego Rivera, en parte responsables, como inspiradores, de toda la iconografía creada para la ocasión, Pedro Infante y Jorge Negrete, figuras emblemáticas de la época dorada del cine mexicano, del que también da cuenta Coco, el propio Mario Moreno “Cantinflas”, el famoso luchador “Santo”, alguno más que no habremos reconocido); la propia utilización como compañero de andanzas de Miguel del perro Xolo (Xoloitzcuintli), la raza canina sin pelo que Frida y Diego Rivera ayudaron a dar a conocer al mundo y a preservar en el propio México al comenzar a incluirlo en su obra cuando percibieron su descenso de popularidad, y que en la mitología mexica servía como guía de las almas de los muertos en el inframundo; las tradiciones y el arte de las culturas indígenas -la llamada cultura precolombina- incorporados también a ese diseño espacial y de vestuario de dos mundos; los propios alebrijes, respondiendo a una tradición artesanal de comienzos del siglo XX; hasta la denominación de Santa Cecilia patrona de los músicos para la Iglesia Católica del pueblo en el que habita Miguel y su familia, es uno más de los rasgos detallistas y preciosistas de este filme.

Sin embargo, tal vez no resida allí la centralidad de la fuerza expresiva de Coco. Sin desdeñar el poderío visual señalado, el pintoresquismo y el costumbrismo tan bella y poderosamente utilizados -aun a sabiendas de que contenido y continente no pueden desagregarse en toda buena realización cinematográfica-, quizá debamos reparar algo más en la sensibilidad y el amor -el verosímil amor- con el que el Lee Unkrich y Adrián Molina encararon la tarea.

En Coco, los viejos son respetados y cuidados, la familia es un lugar de abrigo y refugio aun cuando Miguel pueda decir lo contrario en determinado momento, los muertos son recordados y homenajeados. Ello no es óbice para que aparezcan el egoísmo y la mezquindad propias del bicho humano, tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos, que no es otra cosa que una extensión de aquél; para que aparezcan los obstáculos más, o menos, intencionales en el camino de los sueños. Sin embargo, el coraje que busca su consecución es más poderoso. También aleccionador. Desde allí, podremos erguirnos para ver que perdón y olvido no son sinónimos, que perdonar es sólo posible al recordar, y que continuar la vida sin perdón es -quizá- paralizarse encadenado a la ira y al dolor.

También veremos que la vida no se reduce a un presente fatuo y perpetuo, que la memoria colectiva funda identidades, y que la memoria es una cadena transgeneracional compuesta de recuerdos, olvidos y silencios, de la que todos somos eslabones; “un movimiento dual de recepción y transmisión, que se continúa alternativamente hacia el futuro” (YERUSHALMI, Yosef, “Reflexiones sobre el olvido”, en: YERUSHALMI, Y., LORAUX, N., MOMMSEN, H., y otros, Usos del Olvido, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1989, p. 19.) y nos hace ser parte de un algo colectivo que nos complementa y fortalece; que nos carga de sentido y trascendencia.

En ese camino, sólo el olvido podrá transformarse en la muerte definitiva, en la muerte de la muerte.

Coco” Título original: Coco. EE.UU., 2017, 105 min. Dirección: Lee Unkrich. Codirección: Adrián Molina. Producción: Darla K. Anderson. Guión: Adrián Molina, Matthew Aldrich (historia original: Lee Unkrich, Jason Katz, Matthew Aldrich, Adrián Molina). Música: Michael Giacchino. Fotografía: Matt Aspbury, Danielle Feinberg. Edición: Steve Bloom, Lee Unkrich. Elenco: Anthony Gonzalez y Luis Ángel Gómez Jaramillo (Miguel, voz, en inglés y español respectivamente), Gael García Bernal (Héctor, voz, ambos idiomas), Benjamin Bratt y Marco Antonio Solís (Ernesto de la Cruz, voz), Alanna Ubach y Angélica Vale (Mamá Imelda, voz), Renée Victor y Angélica María (Abuelita, voz), Jaime Camil y César Costa (Papá, voz), Alfonso Arau (Papá Julio, voz, ambos idiomas), Ana Ofelia Murguía y Elena Poniatowska (Mamá Coco, voz), Sofía Espinosa (Mamá, voz, ambos idiomas).

Andrés Vartabedian (Revista digital Vadenuevo, 04/04/2018)

“Una mujer fantástica” (Enrique Buchichio)

La fiera

El Oscar obtenido por esta película es el punto culminante de un año extraordinario que comenzó en febrero de 2017 en el Festival de Berlín, donde Sebastián Lelio y Gonzalo Maza recibieron el Oso de Plata al mejor guion. En el camino cosecharon muchos reconocimientos más (incluyendo un Goya y un Premio Independent Spirit) que la convierten en una de las películas más premiadas del último año, cosecha que muy probablemente culminará en México el 29 de abril cuando reciba varios premios Platino al cine iberoamericano.

El éxito internacional de Una mujer fantástica es una prueba más del buen momento que vive el cine chileno. Y hay un nombre especialmente responsable de ese éxito: el de Pablo Larraín (junto a su hermano Juan de Dios), director y productor responsable de películas tan reconocidas como Tony Manero (2008), No (2012), El club (2015), Neruda (2016) y las tres últimas películas de Sebastián Lelio: El año del tigre (2011), Gloria (2013, y su remake hollywoodense en postproducción) y Una mujer fantástica, que le ha dado a Chile su primer Oscar en la categoría de mejor película extranjera.

Es cierto que este quinto film de Lelio (Santiago, 1974) aparece en un momento en que la visibilidad del tema transgénero, y la reivindicación de la mujer en general, es uno de los más debatidos y candentes en la industria del cine a nivel global, no sólo en Hollywood donde de hecho ha marcado la agenda por lo menos del último año. Sería algo ingenuo no pensar que este contexto ha ayudado y mucho a que Una mujer fantástica haya sido el fenómeno que es. Del mismo modo, sería algo injusto que esto opacara sus méritos, que los tiene.

Una mujer fantástica cuenta unos pocos días en la vida de Marina, una mujer transgénero que vive en Santiago, trabaja de moza en un restaurante y canta en un club nocturno (aunque sueña dedicarse a la lírica). Su estabilidad y felicidad son puestas a prueba cuando su pareja Orlando, veinte años mayor, muere repentinamente tras un infarto. La familia del difunto, incluyendo a su hijo y a su ex mujer, no le hará las cosas fáciles a Marina, quien reclama su derecho a despedirse de su amado y a conservar las pocas cosas que ambos tenían en común.

Esa odisea de unos pocos días, que alcanza momentos de gran tensión y de fiereza combativa, es un compendio de casi todas las situaciones desagradables e injustas que tienen que enfrentar las personas trans en una sociedad machista y conservadora. Probablemente la película se quede corta, incluso; la realidad debe ser mucho más cruda. Pero en el transcurso de una película de unos 100 minutos, se nota demasiado la intensión denunciatoria y reivindicativa. Los mejores momentos son aquellos en que la fuerza de una imagen dice mucho más que los personajes: la escena en que Marina es forzada a un chequeo médico en la comisaría; o cuando observa el reflejo de su rostro, deformado por cinta adhesiva, y ve por un momento al monstruo que los demás parecen ver en ella.

Es mucho más interesante la película sobre Marina, la joven mujer trans que atraviesa un calvario para poder despedir al hombre que ama, que la película sobre Marina, la joven mujer trans que enfrenta a representantes de una sociedad que la desprecia. Pero Una mujer fantástica es ambas películas a la vez, inseparables, con todas sus fortalezas y debilidades. Como la propia Marina, un personaje complejo, intenso y humano que va creciendo a medida que avanza el metraje; lo mismo sucede con la consagratoria labor de Daniela Vega, actriz y cantante lírica transgénero que empezó siendo asesora del proyecto hasta que el director Lelio le ofreció el papel.

Es casi imposible no emocionarse un poco ante ese hermoso plano final, donde el espectador es testigo de una suerte de triunfo personal para Marina, y de un triunfo artístico para Daniela.

Enrique Buchichio (Cartelera, 17/04/2018)

“Un lugar en silencio” (Enrique Buchichio)

Gritos y susurros

Los primeros planos de la película nos ubican en un territorio conocido: el de un mundo post apocalíptico como ya hemos visto en películas o series como Exterminio (2002), Soy leyenda (2007), La carretera (2009) o The Walking Dead (2010-). Calles vacías, comercios y vehículos abandonados, y unos pocos sobrevivientes intentando seguir, pues, sobreviviendo. En este caso no hay zombies ni hordas salvajes amenazando a la gente de bien; aquí la amenaza es otra cosa. Una suerte de criatura monstruosa y ciega, cuyo origen no se explica (aunque casi seguramente sea extraterrestre), que ataca todo aquello que hace ruido. Tamaño desafío para cualquiera, mucho más para una familia con tres hijos, dos de ellos pequeños…

Lo más interesante de esta propuesta (que nos permite conocer las habilidades del actor John Krasinski como director) es cómo construye su tensión en base al silencio. Y es una tensión constante, literalmente, porque muy pronto queda clara la premisa (no hacer ni un solo ruido que se destaque por sobre la armonía sonora del ambiente) y a partir de allí el espectador casi no tiene respiro, a la espera de cuándo se producirá el próximo ataque. Ese silencio sólo se ve interrumpido algunas veces por cambios diegéticos (sonidos o música que aparecen dentro del espacio narrativo de la película), que dan cuenta del asombroso silencio que predomina; otras veces por sobresaltos típicos del género, que por supuesto hacen saltar al espectador (y de los que parece casi imposible prescindir a esta altura), y otras veces por música extradiegética (compuesta por Marco Beltrami), necesaria para subrayar emocionalmente el relato. Hubiese sido interesante ver cómo se las arreglaban el director y su diseñador de sonido para mantener el suspenso y la emotividad sin apelar a un recurso tan obvio, pero sería absurdo pedirle eso a una producción de Hollywood.

Hay quienes han observado cierta similitud con el cine de M. Night Shyamalan, sobre todo con Señales (2002), en la que también había una familia aislada, progresivamente acechada por criaturas extraterrestres, que debía trabajar como equipo para descubrir, casi al final y como por casualidad, que la mágica solución a sus problemas estaba en ellos mismos, casi como si hubiesen estado destinados para eso. Por suerte Krasinski no es Shyamalan, lo cual quiere decir que no tiene la necesidad de ponerse más trascendente de lo necesario. Lo suyo es apegarse a un relato concreto, conciso, 90 minutos bien ejecutados en los que no falta ni sobra nada, y que concluyen con gran intensidad, sin moralinas ni epílogos innecesarios.

Si la película funciona, más allá de una premisa interesante y una ejecución cinematográfica virtuosa, es porque hay un puñado de personajes que nos importan, y esto sólo alcanzaría para ubicarla varios escalones por encima de casi todo el cine de terror y suspenso que se estrena habitualmente. Pero además esos personajes están impecablemente defendidos por un elenco estupendo, empezando por la siempre eficaz Emily Blunt y continuando con dos jovencísimos y talentosos actores como Noah Jupe y Millicent Simmonds, quien es realmente sorda y brinda una actuación compleja, desafiante y emocional, como la de cada uno de sus compañeros de elenco.

Enrique Buchichio (Cartelera, 16/04/2018)

“Maracaibo” (Pablo Delucis)

La cruda verdad

El cine del argentino Miguel Angel Rocca, centra sus historias en dramas familiares que se dan puertas adentro; si bien algún factor externo puede llegar a oficiar de disparador, es en lo íntimo – más específicamente en la relación padres-hijos -, donde está puesta la principal mirada. Arizona Sur (2007) y en especial La mala verdad (2011) ya anunciaban virtudes que Maracaibo, pese a algunos altibajos, confirma.

La familia compuesta por el cardiólogo Gustavo, su esposa Cristina, y el hijo de ambos, Facundo, no parece tener demasiadas complicaciones en su cotidianeidad. Sin embargo, prácticamente desde el comienzo, se advierte que el buen vínculo es más que nada una ilusión esperanzada de Gustavo, ya que la realidad, muestra a través de escenas cortas y concisas, un mundo íntimo bastante más complicado que lo que la apariencia mostraba. El ejemplo más claro, es el momento en que casi por casualidad, el cardiólogo se entera que su hijo es gay, y que su esposa no lo ignoraba. Esta novedad lo descoloca, quizás más que por el hecho en sí, por comprobar que el resto de su familia no confiaba en él de la manera que hubiera esperado. Luego de salir de su casa buscando un poco de aire que lo ayudara a sobrellevar la situación, es sorprendido por dos asaltantes que en un confuso incidente matan a Facundo y escapan.

A partir de esa tragedia, y hasta entrando al tercio final, la película muestra sus pasajes más dolorosos, pero también los más sutiles y profundos. El guion del propio Rocca y Maximiliano González se mete con pulso firme en el conflicto interior de un Gustavo en el que aparecen por un lado la culpa por no haberse permitido conocer mejor a su hijo, los reproches de ida y vuelta con su pareja y también un sentimiento de venganza difícil de controlar. Aquí surgen de forma valedera y sensible, reflexiones en torno a la importancia que se le da muchas veces a lo aparente; a pensar que lo real está en lo que elegimos creer, y en especial a ciertos legados familiares que pueden condicionar la vida de los hijos y que muchas veces tiende a repetirse generacionalmente. A través de un inmenso Jorge Marrale, el dolor y el desasosiego de Gustavo, hacen carne en un rostro que con miradas y en especial con silencios que dicen mucho, transmite cabalmente lo que esa persona estaba transitando.

En determinado momento, se percibe un viraje que trae consigo una notoria baja de intensidad, y es cuando aquel drama intimista, cede espacio ante el thriller vengativo y redentor, con algún punto de contacto por ejemplo, con la muy buena Vidas cruzadas (The crossing guard) de 1995, dirigida por Sean Penn e interpretada por Jack Nicholson como el padre que espera la salida de la cárcel de quien mató a su hija. Es aquí cuando el filme se torna bastante predecible y alguna situación de contacto entre el padre afligido y los maleantes parece un tanto inverosímil. Ya hacia el final, la historia retoma un tono similar al de la primera parte y aparecen nuevamente la sutileza y la sensibilidad.

Pese a ese reparo notorio, estamos ante una película que se mete de manera honesta y con toques de originalidad en un tema lacerante como pocos, y que sale bien parada a la hora de articular esa desgracia, con el proceso interior de quienes no tienen alternativa de vivirlo como pueden. Y tampoco sufrirlo.

Pablo Delucis (Cartelera, 15/04/2018)