«Adoro la fama» (Guilherme de Alencar Pinto)

Tantas cosas espléndidas

En 2008 y 2009 en Los Ángeles un grupo de adolescentes se dedicó a penetrar casas de celebridades como una forma de travesura, y también para llevarse cosas: souvenirs fetichistas, ropa y otros objetos de marca para lucir por ahí, plata y joyas. El núcleo eran una chiquilina y su amigote, pero el grupo podía llegar a siete integrantes (un solo varón). Entraron como cinco veces a la casa de Paris Hilton, y además en las de Audrina Patridge, Orlando Bloom, Megan Fox, Lindsay Lohan y otros. En total, en menos de un año, robaron lo equivalente a unos tres millones de dólares. Lo pecuniario parece haber sido secundario: cuando llegaron a revender algunos de los objetos afanados, lo hicieron a precios mucho más bajos que lo que hubiera logrado un ladrón experto, y lo que hicieron de dinero parece haber sido gastado mayormente en más ropa y objetos de marca en tiendas de lujo, y en drogas. Procedieron en forma totalmente descuidada, como si nunca hubieran visto una serial policíaca en sus vidas: dejaban impresiones digitales por doquier, se dejaron captar por cámaras de seguridad, se sacaron abundantes y sonrientes fotos en las casas invadidas, algunas de las cuales las postearon alegremente en sus páginas de Facebook, comentaban libremente sobre sus logros con los colegas de liceo, y tenían montones de evidencias acumuladas en sus respectivas casas, hasta que finalmente fueron agarrados por la Policía y condenados a unos pocos años de prisión y pesadas restituciones monetarias.

Sofia Coppola hace un relato bastante fiel de esa historia. Los nombres de los personajes están cambiados, pero son muy reconocibles, y las líneas generales de la acción, e incluso algunos de los diálogos, coinciden con los partes policiales y con los principales relatos periodísticos. La narrativa salta constantemente hacia tiempos más recientes, y así el relato de los personajes en los interrogatorios policiales o entrevistas periodísticas sirve de guía para la línea principal de acción, que transcurre en forma cronológica desde que se conocen Rachel Lee (aquí Rebecca Ahn) y Nick Prugo (aquí Marc Hall) hasta poco después de la condena.

Los robos no implican demasiado ingenio. Los jóvenes sencillamente averiguaban en la web las direcciones de sus ídolos y si tenían compromisos fuera de la ciudad, y en la ocasión propicia iban a la casa elegida e improvisaban una forma de entrar: en la de Paris Hilton, por ejemplo, encontraron una llave debajo de la alfombra, aunque no la tuvieron que usar porque la puerta no estaba trancada. Al parecer nunca tuvieron ni que romper un vidrio: siempre había una entrada fácil. Así que, a diferencia de las películas de criminales en que la intriga consiste en irse sorprendiendo con los detalles de un complejo plan de acción, aquí en todo caso la emoción más fuerte es la constatación de la despreocupación de esos millonarios, o quizá, desde el Uruguay, babearnos con su bendita tranquilidad, y su indignación ante unos eventos que parecen realmente excepcionales. También está el relativo suspenso ante la imprudencia de los protagonistas (los ladrones), sus demoras, sus fallas dignas de personajes de comedia tonta. Ese suspenso puede acentuarse un poco en una de las escenas de robo, en que suena en forma especialmente clara e insistente una sirena de Policía en el ambiente, pero no preocupa, porque siempre parece haber una sirena de Policía cruzando el cielo despejado de L.A. y entreverado con el rumble constante del tráfico.

Esto último es una medida de la estupidez de los personajes, pero el asunto principal parece ser otro aspecto de su estupidez: su absoluta sumisión a la jerarquía de celebridades y marcas de lujo. Esos niños de familias pudientes parecen ser unos absolutos ignorantes de todo, excepto del quién es quién de Hollywood Hills, y de lo bien que uno será visto, por otros como ellos mismos, con objetos de Chanel, Vuitton, Prada, Birkin, Rollex, Balmain, Hervé Léger, Alexander McQueen, etcétera. Una vez que el hacer sólo tiene gracia en la medida en que se expone y es contemplado envidiosamente por sus pares, sus imprudencias son, al mismo tiempo, como el único sentido de sus acciones, que están hechas para contar, mostrar, ostentar: que se hicieron de, que tocaron, que usaron alguna vez un bolso marca tal, y que además pertenece a Fulanita, tan fútil como los propios ladrones, pero exitosa, y que es exitosa porque llegó a convertirse en objeto de interés de programas de televisión o revistas conducidos por periodistas igualmente fútiles. No es de extrañar entonces que, en ese circuito cerrado, la Policía parezca un elemento distante, ajeno.

Y no sólo la Policía: los valores de ley, moral y orden que idealmente la policía encarna, también quedan afuera. Cada uno de esos guachos parece tener la conciencia de que, mucho más allá del valor ético que el sistema oficial de justicia idealmente representa, la mera exposición de sus hazañas “heroicas” ya los convierte en mini-celebridades, lo que “perdona” sus fechorías. (Al mismo tiempo que la Bling Ring —como quedó conocida la banda— entró en cana, también estaba presa Lindsay Lohan, una de sus víctimas.) Y así como están totalmente preparados, porque conocen todos los códigos, para portar una prenda de marca, o para posar en una foto como si fueran modelos, también están preparados para dar entrevistas y salir diciendo el mismo tipo de boludeces que sus ídolos en situaciones similares. La película, al fin de cuentas, está basada sobre todo en un artículo en que la revista mundana Vanity Fair entrevistó a los integrantes del grupo. Y es aquí que brilla Emma Watson en el papel de Nicki, que en la historia real es Alexis Neiers, la que resultó la más mediática del grupo. (La historia finalmente superó la ficción: parte de la pena de Neiers fue conmutada por un año en un centro de rehabilitación de lujo, que le fue ofrecido en forma gratuita y con todos los gastos pagos por el dueño, con miras en el prestigio social de tenerla allí; la chica actualmente está casada con un ricachón.)

No hay, aparte de esos momentos de relativo suspenso, demasiada tensión narrativa. La película es esencialmente una sobredosis de imbecilidad, quizá tan terrible como una película realista sobre determinada comunidad miserable. Es tan terrible no porque esa gente viva tan mal como indigentes, sino porque la indigencia parece ser más fácilmente remediable, y además, aunque la película no da ni un paso más allá de mostrar qué tan extrema puede ser la enajenación de sus personajes, el espectador sí puede dar ese paso y pensar en el efecto que tiene ese tipo de mentalidad sobre la miseria y sobre el deterioro moral que está en la base de violencias más dolorosas que los meros robos de la Bling Ring.

Quitando cierto dejo caricaturesco de Emma Watson y las escenas que involucran a su personaje Nicki, el retrato no es expresamente crítico. Pero su mero desapego, su no-complicidad con los personajes y sus jerarquías y deseos, ya genera la distancia potencialmente crítica, pero con la particularidad de que la crítica está hecha de adentro. La película es como una vivencia, más que una acusación desde afuera (como podría ser, por ejemplo, la secuencia de los pitucos porteños en La hora de los hornos). Quizá sea un mundo relativamente familiar para cierto público, pero probablemente será sorpresivo para los espectadores interesados en cine indie. Hay inserciones aparentemente documentales, de archivo, que involucran apariciones televisivas de algunas de las celebridades robadas, Paris Hilton hace un breve cameo y, además, cedió su casa y sus cosas para la filmación de las escenas que transcurren allí. Los personajes dicen cosas como “Todos nos amaban: teníamos tantas cosas espléndidas…”, se ve un cartel que dice algo como “Amo estar en el salón VIP”. La mamá de las hermanas Moore (nombre ficticio de las Neiers) sigue una doctrina new-age y todas las mañanas da las manos a sus hijas y hace una oración por el bien del planeta. Pero luego, al momento de las entrevistas, disputa con la hija presencia en cámara para decir la misma clase de pelotudeces. Los personajes están tan drogados por la mitomanía que incluso el sexo se convierte en una consideración secundaria, prescindible (la pareja central de la pandilla es totalmente asexuada). Algunos de robos se hacen en autos robados, pero a otros arriban en el Audi que pertenecía a una de las ladronas.

Sofia Coppola está cada vez más sabia en su manera relativamente sencilla de filmar. Esta película tiene un plano maravilloso, en que la casa de Audrina Patridge es vista desde la distancia, mientras Rebecca y Marc la recorren. Uno los ve por las amplias ventanas entrando y saliendo de las distintas habitaciones, y hay algo allí de casa de muñecas (que remiten al aspecto lúdico de la cosa), pero también de ratones de laboratorio. O quizá no se activen esas metáforas, pero simplemente se nos regala el placer de un plano fijo, extenso, bello y cuidadosamente puesto en escena, en una época de un cine tomado por el horror a la lentitud, de muchos cortes y la fe depositada en el montaje constructivo.

Hay otro plano largo y fijo también sensacional, en la secuencia en que uno a uno los integrantes van siendo arrestados. Es en la casa de Chloe, mientras desayuna. Como tantas veces en la película, escuchamos sirenas policiales al fondo, así que nadie se inmuta. Pero en este caso, las sirenas tienden a ponerse cada vez más fuertes, y el plano (y con él la escena) simplemente se interrumpe ahí, antes de que nadie advierta que vienen por ellos.

Adoro la fama” (The Bling Ring). Estados Unidos/Gran Bretaña/Francia/Alemania/Japón, 2012. Dirigida por Sofia Coppola. Basado en artículo de Nancy Jo Sales. Con Israel Broussard, Katie Chang, Emma Watson.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria)

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