“Swallow” (Hugo Acevedo)

La cruda segregación clasista

La lógica deleznablemente clasista como disparador de recurrentes conflictos, prácticas de dominación y hasta de humillación con un trasfondo de género es el potente eje temático de Swallow, el revulsivo drama psicológico del realizador estadounidense Carlo Mirabella-Davis que se exhibe en salas de cine y en plataformas digitales.

La película indaga en la recurrente tensión entre clases sociales aplicada en este caso a un contexto meramente doméstico y en la tan cuestionable como censurable cosificación de la mujer, que ni siquiera los importantes avances consagrados por las políticas de género han logrado minimizar.

En efecto, por más que se insista en que las constituciones, las leyes de los países y hasta la legislación de rango internacional garantizan la igualdad de derechos, en la práctica está premisa no siempre se cumple.

En este tema subyacen prejuicios largamente arraigados en el imaginario colectivo y un modelo patriarcal que se niega a claudicar y a ceder espacios de participación, acorde a una lógica que divide a la sociedad entre privilegiados y postergados.

En efecto, la equidad entre géneros es un tema que tiene indudables connotaciones políticas, porque atañe al equilibrio de poder y al mantenimiento de un statu quo de dominación que se remonta en el tiempo a los albores mismos de la historia.

Al respecto, no tienen los mismos derechos las mujeres cuyas apacibles vidas transcurren en barrios residenciales o privados que quienes pertenecen por origen a hogares trabajadores o sobreviven en la periferia de una sociedad intrínsecamente asimétrica.

Sin eventuales tentaciones discursivas, este es precisamente el tema que propone este film de impronta deliberadamente irreverente, cuyos protagonistas conviven en una suerte de conflicto a menudo soterrado pero no menos descarnado y real.

En ese contexto, algunas conductas a priori compulsivas constituyen el pretexto perfecto para catalogar a las personas que incurren en ellas en literalmente alienadas.

La historia transcurre en el ámbito privado de una pareja de extracción burguesa, integrada por Richie Conrad (Austin Stowell), un consentido hijo de multimillonarios que ostenta todos los ritualismos de la clase social privilegiada y su esposa Hunter (Haley Bennet), una mujer muy hermosa pero de origen humilde que espera un hijo.

En ese marco, casi todo el largometraje transcurre en una fastuosa mansión emplazada a las orillas del río Hudson, una suerte de palacete de arquitectura cuasi futurista en el cual conviven insólitamente sólo dos personas.

Obviamente, la residencia constituye un cabal testimonio del poder económico que detenta la familia. Como la propiedad fue regalada por los padres del joven y suegros de la mujer, estos se creen con todo el derecho de inmiscuirse en la intimidad de la pareja, sin que Richie reaccione y reclame respeto.

Aunque no se explicite, es claro que para esta gentuza burguesa, la esposa del hijo es una mera hembra paridora cuyo único cometido es engendrar un heredero que logre perpetuar el linaje y la prosapia familiar.

Es decir, la joven debe fungir como ama de casa “perfecta” como sucedía hace sesenta años antes que comenzara el proceso de emancipación femenina y, sin margen para el disenso, limitarse sumisamente a acatar los autoritarios mandatos del clan.

No en vano, durante las reuniones familiares o con amigos, la tímida Hunter –que es presentada como una mujer sin demasiadas luces- es virtualmente ignorada e implícitamente segregada, como si no estuviera presente o directamente no existiera.

En ocasiones, se le pregunta si es feliz con su nueva vida de opulencia. Obviamente, la respuesta siempre debe ser afirmativa, aunque esté fingiendo y se note su malestar.

Pese a que la joven hace lo posible por agradar a su marido con permanentes actitudes de sumisión y en su fuero íntimo se siente menoscabada, el esquema de dominación se acentúa.

Aunque no se atreva a confesarlo por temor a eventuales represalias, la joven se siente incómoda, ya que su marido –que pasa todo el día ausente y ocupado en sus actividades empresariales-la trata como una cosa y sólo le presta una mínima atención en el momento de tener relaciones sexuales.

Ello genera en ella una suerte de obsesión con mucho de rebeldía, que se traduce en una reiterada y hasta enfermiza compulsión por ingerir objetos no comestibles (una bolita, un broche, un tornillo), una patología científicamente conocida como Síndrome de Pica.

Lo realmente insólito es que a menudo traga elementos cortantes que le provocan lesiones internas y que, en la mayoría de los casos, luego excreta y guarda concienzudamente, integrándolos a una colección privada que mantiene naturalmente en el más estricto de los secretos.

Empero, esta insostenible situación finalmente eclosiona, cuando uno de los objetos ingeridos le genera un grave problema en el aparato digestivo que requiere una urgente cirugía.

La tensa contingencia provoca obviamente una conmoción familiar, con participación directa de los padres del rico heredero, quienes manifiestan su profunda decepción por la errática conducta de la joven nuera.

En tal sentido, las reflexiones del padre, que son singularmente elocuentes e incontrastables, analizan la relación de la pareja en términos meramente capitalistas, ya que se queja de la magra productividad de la joven y de la falta de resultados del vínculo matrimonial que mantiene su hijo.

Ello corrobora que para la alta burguesía, particularmente de los países centrales, que se enriquece apropiándose de la plusvalía producida por la fuerza de trabajo, quienes que no pertenecen a su clase social son meros engranajes del sistema económico hegemónico y no personas con idénticos derechos.

Swallow, que tiene algo del cine revulsivo del controvertido pero genial David Cronemberg y de su impronta inclasificable y hasta surrealista, es, sin dudas, una auténtica bofetada al statu quo de un arbitrario modelo de convivencia radicalmente estratificado, que suele dividir a las personas por rango social.

En este caso, esa tendencia a la segregación, que es inherente al perverso sistema concentrador en su expresión más cruda y despiadada, pone sobre el tapete la cuestión de género conjugada en término de derechos o hasta de mero respeto.

En efecto, el propio título del este propuesta, traducido del inglés al español, quieren decir tragar, que puede interpretarse como la anulación de la voluntad de una persona.

No en vano, en una situación de alta tensión que precede a un epilogo tan impactante como inesperado, el marido le espeta a la joven que no sirve para nada y no sabe hacer nada.

El director y guionista Carlo Mirabella-Davis administra, con, talento y singular nervio narrativo, una situación de conflicto bien cotidiana, en un relato que reflexiona –con sesgo frontal y nada complaciente- sobre la sumisión, la humillación, la violencia psicológica, la emancipación y el odio de clase, una subyacente rémora del sistema económico y social que detenta el verdadero poder.

Swallow. Estados Unidos 2019. Guión y dirección: Carlo Mirabella-Davis. Música: Nathan Halpern. Fotografía: Katelin Arizmendi. Edición: Joe Murphy. Reparto: Haley Bennett, Austin Stowell, Denis O´Hare, Elizabeth Marvel, David, Rasche, Lauren Vélez, Zabryna Guevara, Laith Nakli y Babak Tfti.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital)

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