Recuerdos de cine: «memorias de antonia» (Alberto Postiglioni)

La película de la directora holandesa Marleen Gorris (72), comienza cuando a la vida de la protagonista, Antonia (Willeke van Ammelrooy), le restan horas para que finalice.

Una voz en “off” comienza un relato retrospectivo hasta llegar a mitad de los años cuarenta, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial.  Antonia era una vigorosa mujer que llega a su pueblo natal en Holanda, acompañada de su joven hija. Sola, sin marido, empieza a trabajar la granja de su familia, mientras los habitantes masculinos del pueblo la miran con desconfianza, pero con respeto. Y, las mujeres sienten una solidaridad, clandestina, que guardan en la intimidad, por la Antonia arrogante que es capaz de desafiar las costumbres machistas del lugar, instalándose con sus propias ideas, imponiendo su voluntad por encima de todo y, particularmente, de los hombres. Ella es la que decide todo.

                           La fuerza de las ideas

Esta película era la primera que veíamos los espectadores uruguayos de Marleen Gorris, aunque había filmado tres anteriores que dieron mucho que hablar en Europa, provocando discusiones y polémica, por su postura decididamente feminista. Ella misma confesó: “Soy feminista tanto temporalmente como intelectualmente… cuando escribo y dirijo una película es difícil que ésta no sea modelada por mi visión de la vida”.

Memorias de Antonia, es una prueba contundente de esa declaración, subrayando esa postura haciendo una militancia activa, contando una historia donde los hombres ocupan un lugar secundario siempre en un plano inferior acompañan el acontecer, sin un peso decisivo. Son las mujeres que resuelven cuando hacer el amor, cuando tener hijos y con quién, cuando trabajar y cuando descansar; ellas manejan los tiempos e imponen sus reglas excluyentes.

Claro, que no todas, pero las que integran el círculo de amistades de Antonia, tienen voz y algo más que voto.

Pero, además los hombres ocupan un lugar nada agradable en la escala de valores del film; son débiles mentales que buscan refugio en la maternal seguridad de Antonia, perversos que encuentran en la brutalidad un desahogo para sus maldades, o incondicionales que se adaptan a las voluntades de la robusta granjera.

                         Un universo femenino

Antonia, desde su llegada va creando su propio universo femenino. La entrada a la taberna, frecuentada por los varones después de la misa de los domingos, y la “osadía” de sentarse y pedir de beber imponiendo su presencia y la de su joven hija, estableciendo que ellas están en las mismas condiciones sociales que los habitantes masculinos, es la “carta” de presentación en sociedad. También son los elementos de que se vale Gorris para comunicar sus ideales de un mundo de derechos compartidos en una silenciosa “guerra de sexos”.

La directora aclara para que no quepan dudas, “…se trata de una fábula sobre un mundo más utópico que real… Todas las fábulas, todos los cuentos hablan de nuestro modo de ver el mundo, o cómo nos gustaría que fuera”.

Es llamativo, tomando como punto de referencia las palabras de Gorris, que el único hombre en la película que aporta el lado inteligente y lúcido es Crooked Finger (Mil Seghers) un solitario con tendencia a la misoginia que con las únicas mujeres que mantiene una correspondencia afectiva es con Antonia, la hija y luego con la nieta y bisnieta de la primera.

En ese “modo de ver el mundo” o “como nos gustaría que fuera”, el film aporta el lado militante en la actitud de Danielle (Els Dottermans) la hija de Antonia, que resuelve sus deseos maternales de una manera transgresora, para luego enamorarse de la maestra de su pequeña hija, con la complacencia de Antonia.

                  El relato cinematográfico      

Es oportuno señalar la efectiva y elocuente manera de relatar de Marleen Gorris, empleando la austeridad como método, sin vistosidades llamativas que distraigan al espectador, concentra la atención en la propuesta explícita.

Lo que le preocupa a la directora está expuesto y es repasado a lo largo de la historia: el tiempo, el sexo, la vida, la muerte. A través o por ellas se deslizan las anécdotas que ayudan a ilustrar el relato; el gozo de los años que transcurren, las estaciones que van pautando los acontecimientos que pasan, la muerte que llega para algunos seres de improviso, o la muerte esperada como la culminación de un proceso irreversible. Por ello el sexo es una prolongación de la dicha de vivir; el personaje de los repetidos y anuales embarazos pretende una perpetuidad de ella misma, algo anhelado por los humanos.

Gorris hace uso en determinados pasajes de un “realismo mágico», poniendo un toque diferente quebrando la realidad campestre del lugar con fugaces apariciones irreales; la abuela muerta se incorpora del ataúd y le guiña burlonamente a su nieta; Danielle ve a la maestra como la Venus de Botticelli mientras mantiene una conversación formal; o con cierto humor negro cuando una mujer aúlla repetidas veces a la luz de la luna.

Esa combinación de lo real con hechos fantásticos permite que la película tenga un atractivo singularmente llamativo que entusiasmó a los jurados de varios festivales; en Toronto, Nueva York, Chicago. También la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood sucumbió a los encantos de Memorias de Antonia otorgándole el Oscar a Mejor Film Extranjero de la temporada 1995.

“Memorias de Antonia” (Antonia’s Line) Holanda, Bélgica, Inglaterra 1995. Dirección: Marleen Gorris. Guion: Marleen Gorris. Fotografía: Willy Stassen. Montaje: Win Louwrier, Michiel Reichwein. Música: Ilona Sekacz. Elenco: Willeke van Ammelrooy, Els Dottermans, Dora van Dergroen, Veerle van Overloop, Esther Vriesendorp, Carolien Spoor, Thyrza Ravesteinjn, Mil Seghers, Jan Decleir, Elsie De Brauw, Reinout Bussemaker, Marina de Graaf, Jan Steen. Duración: 102 minutos. Estrenada el 7 de febrero de 1997 en las salas: Libertad, Punta Carretas 2.

Alberto Postiglioni (Exclusiva para accu.uy, 21/12/2020)

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