El fin de los Templos (Alvaro Sanjurjo Toucon)

Al norteamericano Thomas Alva Edison (1847-1931) se atribuye la invención de numerosos aparatos que han sido piedras angulares en diversas disciplinas, los que a su vez repercutieron inconmensurablemente en conductas y posibilidades de la humanidad.

Un inventor ambicioso

No menos cierto es que Edison era a su vez un empresario algo inescrupuloso, con dinero suficiente para contratar a  inventores carentes de fondos, a los que encomendaba el desarrollo de ideas propias y de estos, finalmente registradas a su nombre.               

Asociado al multimillonario J.P. Morgan, Edison fundará la “Edison Electric”, devenida en “General Electric” cuando el poderoso banquero comprase la totalidad de las acciones. 

En 1893, de la factoría de Edison sale el “kinetoscopio”, en el que tuviera activa participación el inglés W.K. Dickson. El “kinetoscopio” era un aparato dentro del cual se pasaba una película fotográfica, en la que se habían registrado imágenes sucesivas, las que  merced al fenómeno conocido como “persistencia retiniana”, brindaban la sensación de movimiento.

La contemplación del film era individual, a través de una ranura, permaneciendo el espectador de pie.

Los films, brevísimos, habían sido rodados por la factoría de Edison, utilizando película sensible fabricada por George Eastman (fundador de la empresa Kodak), cuyo arrastre había sido perfeccionado por el perforado de esta, creado en los talleres de Edison.

El muy anterior praxinoscopio de Emile Reynaud ya ofrecía la posibilidad de proyectar sobre una superficie lisa  y blanca, imágenes en movimiento.

Dickson debió suspender su búsqueda de un sistema  de proyección que permitiera la contemplación multitudinaria de los films de Edison, ya que el empresario creyó que el sistema de observación colectiva perjudicaría la recaudación obtenida por su contemplación individual.

Del otro lado del océano, en Francia, los hermanos Auguste y Louis Lumiére, habían logrado, en 1895, el aparato más perfecto a la fecha, para registrar y reproducir imágenes en movimiento. Su nombre: “Cinematographe”; o sea el “cine” tal como se conoce hoy.

Los primitivos films de Edison fueron, en su mayoría, registro de “actuaciones” (bailarinas, atletas, un “audaz” beso, etc.), mientras los de los Hermanos Lumiere recogían el entorno del lugar  (La salida de los obreros, Llegada de un tren, La partida de naipes, etc.).

Es un mago y prestidigitador francés, Georges Méliès, quien con sus imaginativos films (Viaje a la luna, El hombre de la cabeza de caucho, etc.) da inicio al espectáculo cinematográfico. Irrumpen aquí los relatos cinematográficos, alejados del despojamiento de Edison y de las limitadas documentaciones de los Hermanos, quienes manifestaron que el cine era una “curiosidad científica sin futuro comercial”.

 Aunque el “kinetoscopio” continuara siendo atendible fuente de ingresos para Edison, éste se integró prontamente al negocio de la exhibición cinematográfica colectiva.

Edison se las arregló por procedimientos diversos y no siempre lícitos, de alejar a los franceses del mercado estadounidense, mientras pretendió detentar el monopolio de la película perforada, cobrando un determinado porcentaje a aquellos cineistas que la utilizaran.

Edison poseía un sentimiento antisemita, compartido con su amigo Henry Ford. El antisemitismo no era ajeno a los Hermanos Lumiére, admiradores del régimen colaboracionista del Mariscal Petain. Mientras que judíos fueron aquellos productores cinematográficos de los EE.UU., que huyeron a la costa este, para no pagar los “royalties” establecidos por Edison. El alejado sitio en que se establecieron era un distrito cercano a Los Angeles llamado Hollywood.

Judíos en la tierra prometida

Schmuel Gelbfisz (Samuel Goldwyn), Karl Lämmle (Carl Laemmle), Lew Wasserman, Adolph Zukor, Jesse Lasky, Wilhelm Fried (William Fox), Lazar Meir (Louis B. Mayer), Szmuel Wonsal (Sam Warner), Hirsz Mojzesz Wonsal (Harry Warner), Marcus Loews, Hnos. Cohn, y otros, acaudillaron imperios cinematográficos llamados Universal, Paramount, Warner, 20th Century Fox, M.G.M., Columbia, etc.

El tiempo, que se afirma es oro, a la vez que todo lo olvida, dejó a un lado asperezas y los intereses de la industria cinematográfica se tornaron en una meta común.

Espectáculo de Feria en sus inicios, el cine, cuya industria se desarrolla vertiginosamente en los EE.UU., pasa a exhibirse en salas especialmente destinadas a esos fines, con una entrada de cinco centavos, que  solía abonarse con una moneda de niquel de ese valor, lo que dio a las primeras salas cinematográficas el nombre de “nickelodeon”.

Los films, cada vez más ambiciosos y costosos, exigían un mayor precio de la entrada. Los empresarios, no desconocieron que el aumento del precio de las entradas debería ofrecer un entorno acorde con las exigencias de quienes abonaban las sumas estipuladas.

El espectáculo cinematográfico buscaba la dignificación necesaria para rebatir acusaciones como las de la Iglesia Católica, en cuanto a que la oscuridad de las salas favorecía conductas censurables.

El lujo, la ostentación, y exóticas arquitecturas evocadoras de templos egipcios, pagodas chinas, construcciones mudéjares y otras extravagancias, signarán a las florecientes salas de cine que pueblan el mundo entero. Sus nombres, serán tan sugerentes como sus decorados y suelen repetirse a lo largo del planeta. (*)

(*) Sobre salas de cine en Uruguay, pueden consultarse: “Función completa, por favor”, de Osvaldo Saratsola (Ediciones Trilce); “Cines y Biógrafos de Montevideo”, de Rafael Vanrell Delgado (Ediciones de la Plaza); “Los programas hablan”, de Alvaro Sanjurjo Toucon (ediciones del cuartito); así como la página web “cinestrenos”.

Los estudios producían films, los distribuían y los exhibían a través de empresas que directa e indirectamente acrecentaban sus arcas. Salas denominadas “Paramount”, “Gaumont”, “Metro”, etc. delataban el   carácter oligopólico del cine.

De Leyes y violaciones

En 1948, las leyes anti-trust de los EE.UU., derivan en el llamado “Decreto Paramount”, prohibiendo a los grandes estudios la propiedad de cadenas de salas de exhibición.

El 7 de agosto de 2020, un juez federal neoyorkino, actuando desde el Departamento de Justicia de los EE.UU. dio  su consentimiento para derogar el “Decreto” de 1948.

Las disposiciones judiciales tuvieron acotado efecto. Hollywood se convirtió en un rótulo para una  industria del cine norteamericano dispuesta a no perder mercados. La industria podría haber dejado de ser la propietaria de los cines, pero a través de sus imposiciones dominó las pantallas  en todo el mundo.

Lo “independiente” es mala palabra en el universo hollywoodiano, a excepción que el capital de la industria gane dinero con ello.

Las luces del centro

En el Uruguay de los años 30 y 40, el propietario de un independiente cine de barrio, quedaba sometido a los dictados de la empresa “Glucksmann”, representante de los grandes estudios norteamericanos y poseedora a su vez de la mayor cadena de salas del país. Ergo Hollywood tenía sus intermediarios.

Una vez caído el pequeño gran imperio local de Bernardo Glucksmann, diversas empresas distribuidoras y/o exhibidoras (Censa, Saudec, CCC, la nueva “Glucksmann-Cinesa”, etc), asumieron su lugar. Algunos sellos poseían directamente filiales de la casa central. En Uruguay: Columbia Pictures, United Artists y algún otro.

El cine sonoro, nacido en la segunda mitad de los ‘20 y definitivamente impuesto al promediar los ’30, generó otro cataclismo para los menos poderosos, carentes de los fondos imprescindibles para acoger a los diversos sistemas de sonido, donde se  impusieran las patentes norteamericanas.

En los años 50, la mudanza del ciudadano norteamericano común a las populares construcciones de barrios suburbanos, más la popularización de la TV, marcan una gran crisis para las factorías hollywoodianas. Se ensayan varias respuestas: los prontamente abandonados drive-in (cine auto), el permanentemente reciclado cine en 3D, la pantalla triple del fallido “Cinerama” (con antecedentes a principios del siglo XX, artísticamente validado por el Napoleón de Abel Gance en 1927), y formatos apaisados menos aparatosos de actual permanencia.

Las estrellas del cine,  los productores, directores y demás, inician su éxodo. Ingenuos turistas adquieren guías y pasajes en autobuses que les mostrarán las viviendas de los dioses mortales de Hollywood. Ellos, ya no viven allí. Del mismo modo que las producciones de Hollywood se ruedan en España (Samuel Bronston ofrece sus servicios desde la tierra de Franco), en la italiana Cinecittá (fundada por Mussolini) o en cualquier rincón del planeta donde se ofrezca la infraestructura requerida “por un puñado de dólares”. Curiosamente el himno proletario “La internacional”, se escuchó en la España franquista donde estaba prohibido, durante el rodaje de Dr. Zhivago,  de David Lean, en tierras del Quijote.   

Hollywood deja de ser un distrito de Los Angeles, donde un grupo de empresarios se instalara para eludir a otros empresarios, para transformarse en “La Meca del Cine”. Y avanzada la segunda mitad del Siglo XX, pasa a representar un concepto, una manera de hacer cine, por los propios norteamericanos.

El negocio de los pioneros judíos que marcharon al Este, huyendo de Edison y otros, tiene su corazón en Wall Street, donde las decisiones no son solamente de la banca judía (Rotschild, Goldman, etc.) sino también de banqueros cristianos como Morgan (Episcopal), o el católico Joseph  Kennedy (amante de Gloria Swanson y padre de John y Bob, ligados sentimentalmente a Marilyn Monroe; alternativamente cristiana y judía, en su desgraciada existencia).

Business, my love

Las modalidades de consumo de toda especie, pergeñadas en los EE.UU., se expanden e  imponen en el mundo. Los “centros de compras”, popularizados por su nombre en inglés: “shopping center”, generan la degradación de las zonas céntricas, existentes en casi todas las ciudades, con la consabida desaparición de las grandes y medianas tiendas y diversos comercios, que hacían de sus vidrieras iluminadas, más allá del horario de atención al público, atractivos y resplandecientes paseos. Y en ellos, teatros y muy especialmente salas de cine, sufren el embate de la nueva modalidad.

El centro montevideano y en particular la avenida 18 de Julio, ven desaparecer, en toda su extensión, a los grandes (y pequeños) cines. Algo similar acontece en la porteña Lavalle, en la Gran Vía madrileña, los bulevares de París, y así podría continuarse. Las primeras víctimas ya habían sido los cines de barrio, que, también como fenómeno a escala planetaria, devinieron en garajes, supermercados, templos religiosos, gimnasios, etc. que curiosamente no alteraron en demasía sus fachadas.

Por cierto que la industria del cine norteamericano no deja de adaptarse y modificarse en su incesante búsqueda de mercados. El desarrollo vertiginoso y cambiante del visionado de películas, tiene sus nuevos nichos en el VHS y otros olvidados sistemas, hasta el actual DVD. A su vez obtiene réditos de la reedición de viejos films, plasmando nueva forma de vender recientes producciones y sus derivaciones.

Se acentúa así una modalidad iniciada con la TV. La contemplación doméstica del espectáculo cinematográfico. Impuesta por encima de los “tradicionalistas”, reclamando la comunión cuasi religiosa, existente entre el espectador aislado en la oscuridad y la pantalla. Rito compartido con el resto de la sala.

Las salas de cine tienen su resurrección. Ante la inviabilidad de enormes salas céntricas de estreno, y también de las barriales, el negocio del cine se instala firme y vigoroso en los “centros de compras”.

Tomemos  ejemplo de lo acontecido aquí, en la “Muy fiel y reconquistadora», reflejo de lo acontecido en otros mercados.

Las grandes tiendas (London-Paris, Introzzi, Casa Soler) desaparecen ante el embate de los ”shoppings”, o bien se adaptan a subsistir dentro de estos. Las cifras recaudadas por venta de entradas disminuyen a diario. Los cines con cientos y miles de butacas ven crecer su capacidad ociosa.

El “shopping”, templo del consumismo, reclama también nuevos entretenimientos, y el decadente mundo de las “salas de estreno” del “centro”, halla nueva forma salvadora en los “shopping”. No serán empero salas enormes las que procuran recuperar a los públicos de otrora, sino pequeños cines, reunidos en bloques que van de un par a más de una docena.

El estreno de un film, anteriormente reservado a  una o quizás dos salas céntricas con capacidad para miles de espectadores, correrá separadamente, en salas de cine de diversos “shopping”, con capacidades que como máximo y excepcionalmente, bordean el medio millar.

Los “shopping” poseen sus zonas de influencia. Es decir, su ubicación estratégica  en puntos neurálgicos del conglomerado habitacional, facilita determinar el perfil sociocultural y económico de sus visitantes, y en el caso de salas de cine, el tipo de películas a las que se dará prioridad.

Rápido y vistoso

Una “blitzkrieg” sobre el espectador, a modo de operación rastrillo, en pocos días absorberá la rápida concurrencia de quienes no han tenido tiempo de acceder a una fuente confiable respecto al material ofertado.

La impersonalidad arquitectónica y funcional de los cines de los “shopping”, tiene base económica. En primer lugar, es innecesario el atractivo arquitectónico de los cines de antaño. Basta con un galpón con gradas  y despojadas paredes de hormigón, inserto en el más amplio edificio del “shopping”, una pantalla delante y una cabina de proyección detrás, mientras que telas de bajo costo cubren paredes y elementos acústicos, bajo un cielorraso de yeso u otro material liviano. El hormigón de los pisos será parcialmente cubierto por una “moquette”, en tanto el rubro butacas ha recibido particular consideración.

La contigüidad de estas salas de cine, y horarios estudiadamente intercalados, disminuyen la presencia de trabajadores requeridos. Cabinas de proyección ubicadas en línea, más la posibilidad de convertir los diez rollos habituales de un film en un único rollo, hicieron posible a un mismo operador trabajar en varias salas simultáneas. Los porteros y acomodadores munidos de linternas para ubicar a demorados espectadores, se redujeron a dos porteros encargados de recoger las entradas y una cantidad pequeña de los llamados “acomodadores”, sustituidos por el “autoservicio”, facilitado con la media luz durante la proyección de avisos. A su vez los boleteros, uno o dos por sala, pasan a ser sensiblemente menos para varias salas.

El personal de las salas tradicionales, a excepción del operador y eventuales limpiadores, ejercía sus funciones unos pocos minutos antes y luego de iniciada la proyección. El inicio intercalado de las proyecciones en los multicines, no da respiro al personal.                                                                                

La venta de refrescos y golosinas es un rubro de primera línea en los “multicines” donde se ofrecen de manera casi compulsiva.

El ingenio recaudador es sorprendente. Un viejo y relativamente pequeño cine de la ciudad de Valladolid, hizo de la platea y la tertulia dos salas separadas. Lo original está en su única cabina de proyección, con un único operador, proyectando diferentes films. El milagro lo hacía un juego de espejos que, como si se tratase de un periscopio, permitían a la sala de planta baja ver en pantalla un film diferente al que se exhibía un piso arriba.

La mayor oferta de refrescos y golosinas, la vimos en los cines del “Shopping del Abasto” en Buenos Aires. Las salas están diseminadas en varios pisos, con ingreso por el control situado en planta baja, donde se verifica la adquisición de la entrada. Luego en espacios ante los que deben circular quienes asisten a los pisos superiores, pequeños bares bien provistos, exhiben sus mercaderías. Y finalmente, ya dentro de la sala, para saciar apetencias  no satisfechas en la recorrida hasta la butaca pertinente, vendedores con bandejas rebosantes de frankfurters, vasos de café y/o refrescos, helados y demás, brindan una última alternativa gastronómica. La película, llega a no ser lo más importante para domesticados espectadores.

El control y la economía

El transporte aéreo de los films desde su empresa de origen, hasta el cine que lo habrá de exhibir, tenía considerable costo. El mismo fue llevado a cifras que pueden considerarse irrisorias, con la aparición del DCP (Digital Cinema Package). Una pequeña cajita, apenas mayor que un obsoleto VHS, conteniendo un film en su versión digital. El DCP supuso la eliminación de los viejos proyectores, la compra de nuevos, y la sustitución del operador cotidiano por la presencia de cualquier persona que coloque los DCP en el proyector correspondiente y mediante una clave proveniente de la metrópoli e imposible utilizar más de una vez, determine días y horas en que se pondrá en marcha por sí solo el espectáculo a ofrecer: publicidad general, trailers de próximos estrenos y finalmente el film principal. 

El control de las exhibiciones tiene su correlato en la venta de entradas mediante computadoras, que en tiempo real permite constatar la cantidad de espectadores y el dinero que estos dejan.

 En las dos  primeras décadas del Siglo XXI, las salas de cine instaladas en “shoppings” lucen rozagantes y seguras de su éxito comercial. Incluso parecen afirmarse algunas franjas del mercado, como son los films para Festivales. Realizaciones para espectadores elitistas y minoritarios, con presencia suficiente para lograr un público que las torna viables, aunque difícilmente alcancen los tradicionales circuitos comerciales. A no ser cuando la sala se integra al Festival que sea.                                                           

Al referirnos al cine contemplado en forma doméstica, del VHS al DVD, debimos citar un tipo de negocio prácticamente desaparecido: el “videoclub”, nombre dado a comercios que rentan películas. Cumplido su ciclo comercial, el “videoclub”, casi extinguido, deja en el público la alternativa de poder consumir cine según preferencias coyunturales.

Desde recóndita isla del Pacífico Sur, parece provenir la oferta gratuita de “gnula”, sitio aparentemente ruso, en el que se hallan, subtitulados en castellano, films que no han ingresado al mercado. El usuario más respetuoso de los derechos de autor, no hallará referencia alguna acerca de su posible ilegalidad. A su vez, y por ahora “Netflix” casi en solitario, ofrece a un costo de trece dólares mensuales, con derecho por parte de cuatro usuarios diferentes, una impresionante filmoteca con películas de todos los tiempos y films adquiridos por ese sello con carácter de exclusividad. El “Oscar” y los más exigentes Festivales europeos, se sometieron a los designios de “Netflix”. Una fabulosa cinemateca se halla en “YouTube” con títulos de todos los orígenes y épocas.

El sitio web “mundo silente”, hoy desaparecido, brindó la oportunidad de recoger miles de películas mudas de todo el mundo, ofreciendo impecables copias restauradas por cinematecas de todo el planeta, en su mayoría con traducción al castellano de los intertítulos. No faltó en el Uruguay, el cinéfilo fanático que reuniera esos incunables en 217 DVD recogidos a lo largo de un año, donando una copia de los mismos a la Cinemateca Uruguaya.   

La globalización de las comunicaciones, aplicada a los sitios web en que se almacenan films, tornó casi innecesarias toda forma de exhibición supérstite, realizada en salas.

Sin embargo, el cinéfilo encapsulado en su casa, viendo películas, eliminaba esa “comunión”, que es parte esencial del cine, e inapreciable nexo social.

El bicho maldito

La inimaginable presencia del “coronavirus” y sus características implacables, bastaron para convertir a la humanidad en protagonista de un mediocre film de ciencia ficción.

La industria del cine ya posee los mecanismos imprescindibles para vender películas a nivel individual.

La lógica búsqueda de supervivencia de propietarios y empleados de las salas, se torna en un grito desesperado. La primera medida ha sido establecer un cupo del 30% de las butacas disponibles, bajo rígidos e imprescindibles protocolos de convivencia.

Lejos estamos de salas colmadas dentro de lo permitido. Los films provenientes de USA estrenados corresponden a material de segundo orden. El cine de los “independientes”, que ahora dispone de pantalla, no halla espectadores.

Con varios meses de atraso, la Cinemateca, indoblegable, acata las disposiciones sanitarias y realiza sobre fines de noviembre de 2020, su emblemático Festival. Solamente las proyecciones en horarios nocturnos reúnen los alrededor de 30 espectadores admitidos en cada una de sus tres nuevas salas. Las primeras vueltas, suelen no superar la decena.

El temor a la pandemia puede ser una explicación, pero no la única. Por temor o lo que sea, parece que asistimos a una proliferación, popularización, del visionado doméstico del cine.

En la Argentina, el mítico Cine Club Núcleo, sobreviviendo esforzadamente en el cine “Gaumont”, recupera seguidores mediante la posibilidad de que sus socios vean a través de “vimeo” los films programados. A su vez, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se ofrece gratuitamente en su totalidad, internet mediante.

Las salas cinematográficas sucumben ante el implacable “coronavirus”, la industria del cine parece haber hallado nueva alternativa a su agitada y ajetreada existencia.

Es difícil predecir cómo ha de continuar la producción cinematográfica. Por lo pronto, todo film ambientado en 2020 y quien sabe cuánto tiempo después, tendrá a sus protagonistas ocultos por tapabocas.

Alvaro Sanjurjo Toucon (especial para ACCU, 28/11/2020)                                                                                                                                                                                                                                      

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