«Sputnik: Extraño pasajero» (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Texto y Contexto: De cosmonautas y secretos soviéticos estilo Hollywood

Cuando en 1902, el francés Georges Méliès rodó “Le voyage dans la lune” (Viaje a la luna), no solamente dio a conocer un delicioso cortometraje de trece minutos (coloreado a mano), sino que, siguiendo pautas frecuentadas por la literatura –con especial tributo a su compatriota y contemporáneo Jules Verne- incursionó en la ciencia ficción cinematográfica con presencia de monstruos extraterrestres. En aquel caso, saltarines selenitas.

Indudablemente aquel film fue el primero, o uno de los primeros del género de ciencia-ficción, y dentro de esta categorización era pionero en el sub género de viajes espaciales.

El cine del siglo XX, especialmente el proveniente de Hollywood, conjuntamente con el desarrollo de la “Guerra fría” al promediar la centuria, abundó en aventuras espaciales con estadounidenses triunfantes en una “conquista del espacio” aun en etapa de meros proyectos.

En cierto modo, generando la apertura del cine referido a una muy (secretamente) cercana conquista del espacio, en 1950 irrumpe Destino, la Luna (de Irving Pichel con colaboración no acreditada de Walter Lantz). Peripecia de astronautas norteamericanos, sorteando escollos y siendo los primeros en posar el pie en la Luna. Un hecho que se tornaría realidad en 1969, luego que la carrera espacial estadounidense sufriera contundentes derrotas ante los imparables avances de sus rivales soviéticos.

Hoy (“con el diario del lunes”, según popular frase) podemos ver en aquella carrera por hurgar en el sistema solar, una competencia propagandística, destinada a demostrar la presunta eficiencia técnica y científica de los regímenes “capitalista” y “comunista”. Una contradicción cuya solución hoy reside en manos de China.

En octubre de 1957, el mundo se sorprende con el anuncio de la Unión Soviética de haber colocado en órbita el primer satélite artificial: el “Sputnik”. Un par de semanas más tarde la URSS, volvería a dejar boquiabierto al mundo con otro satélite de mayor tamaño, el “Sputnik II”, que llevaba a bordo el primer ser vivo que orbitaría el planeta: la perra “Laika”. En abril de 1961, en otro hecho sin precedentes, los soviéticos convierten al piloto de aviación Yuri Gagarin en el primer cosmonauta, al orbitar la tierra con la nave “Vostok”. Los golpes de efecto de una carrera espacial convertida en demostración de logros por parte de los soviéticos y su sistema comunista, habrán de proseguir con lanzamientos de satélites de extraordinarios peso y dimensiones, sublimados en ocasiones por la presencia humana: Valentina Tereshkova, fue la primera mujer astronauta en 1963, y en 1965 Aleksei Leonov realiza la primera caminata espacial.

Los fracasos independientes de la marina, fuerza aérea y ejército de los EE.UU. por lograr colocar un satélite artificial en órbita, derivan en la creación de la NASA (Administración Espacial de la Aeronáutica y el Espacio de los EE.UU.), responsable de la llegada del hombre a la luna, en julio de 1969. Un hito que devuelve la sensación de supremacía, o al menos de paridad con sus rivales, al pueblo y gobierno estadounidenses, orgullosos, a su vez, de haber trasmitido por TV en vivo aquel instante.

Las suspicacias de los imperios rivales e ideológicamente antagónicos, generó a su vez teorías no necesariamente inverosímiles. De los soviéticos se afirmaba, lo cual era cierto, que muchos de sus logros astronáuticos habían sido precedidos por fracasos con sus consabidos costos en vidas humanas. Sobre los cuales pesaba el hermético secreto. Mientras que la llegada de los norteamericanos a la Luna, sería producto de la colaboración del cine, que habría contribuido a simular la hazaña. Esto último habría involucrado a tal cantidad de personas, que aquél era un secreto imposible de guardar afirmaban los norteamericanos. Tales secretos fueron alentados por la caída de gloriosos mitos icónicos. Se supo que la famosa foto de soldados de EE.UU. sosteniendo la bandera de las barras y estrellas en Iwo Jima, fue deliberadamente escenificada en ese sitio.

Lo cierto era que fotos testimoniales históricas, recurrieron frecuentemente a reconstrucciones, independientemente de que puedan haber ocurrido o no. La foto del soldado ruso encaramado sobre la puerta de Brandenburgo, enarbolando la roja bandera con la hoz y el martillo, se tomó tres días después de la caída de Berlín, se agregó humo en laboratorio y se borraron algunos relojes pulsera, producto del saqueo, del combatiente ruso. Si observamos atentamente la fotografía, vemos sobre la puerta a personas cuya actitud no revela el ascenso reciente al lugar. Quien indudablemente habría llegado primero fue el fotógrafo, precisamente ubicado. Los hechos ocurrieron, pero su registro es posterior y coreografiado.

En la Revolución Mexicana, Pancho Villa, luego de triunfar en algunas batallas, accedió a simular el reciente combate para camarógrafos del país norteño, que venderían su producto a las empresas de actualidades y satisfacían la vanidad del caudillo.

No existía el “Photoshop”, pero….

Si bien las hazañas espaciales no significaban una recompensa material, representaban la capacidad de alcance y potencia de los misiles balísticos intercontinentales utilizados en los envíos al espacio, además de brindar datos científicos no se sabe de cuanta importancia. Aquellos misiles podían transportar ojivas atómicas en vez de naves espaciales y su alcance era símbolo de su poder.

Incluso la terminología utilizada, fue diferente para referirse a un mismo elemento, ya proviniese de la URSS o USA. Aquello que según los EE.UU. y los países afines denominaban: “espacio”, “astronauta” y “plataforma de lanzamiento”, para la Unión Soviética y los países del bloque comunista (y también en la prensa, como ocurría en el Uruguay con el diario “El Popular”) eran el “cosmos”, el “cosmonauta” y el “cosmódromo”.

El cine mudo soviético da a conocer en 1924 el film Aelita, del célebre realizador Yákov Protazánov, interpretado por Yulia Solnsteva, posteriormente realizadora de fuste y esposa de Aleksandr Dovyenko. Se ha señalado, no sin razón, que Aelita fue probablemente “la primera película que trata por completo sobre viajes espaciales”, resaltándose las escenografías constructivistas, así como su impronta que llegaría hasta “las series de Flash Gordon y probablemente Metrópolis de Fritz Lang. Aelita con su exportación de ideales a otro planeta, era una parábola propagandística del comunismo, lo cual no disminuía el valor artístico del film.

Se hace difícil establecer los títulos que sobre la conquista del espacio se hayan hecho en la URSS. Pero anotamos la presencia de una producción de 1959 (estrenada en Montevideo dos años más tarde), Llamada del Cosmos (“Nebo Zovyot” de Aleksandr Kozyr y Mijail Karzhukov, también conocida como Batalla más allá del sol). Entre otras líneas argumentales, el film enfatizaba en el salvataje espacial de astronautas norteamericanos por parte de soviéticos. Con brochazos caricaturales, aparecía una sociedad norteamericana entregada a la vida fácil y frívola, contrapuesta a la responsabilidad de los soviéticos.

Una peripecia espacial, que en su momento y para muchos fue adelantarse a realidades cuya concreción estaba próxima, es la que brinda Stanley Kubrick en la magistral 2001: odisea del espacio (1968), cuyas implicancias filosóficas le separaban de la tradicional aventura en el espacio. El film soviético Solaris (1972), de Andrei Tarkovski, considerado por cierta crítica como la réplica a 2001, no alcanzó la popularidad y los hallazgos visuales de este último, cuya vigencia a través de décadas le convirtió en un clásico. Los contenidos filosóficos de ambas realizaciones, les apartan de la aventura sideral de entretenimiento, que es la abordada en este artículo.

Hollywood y los estudios soviéticos, supieron volcarse al cine de aventuras espaciales, sin por ello abandonar contenidos propagandísticos de carácter ideológico. Característica de indisimulado propósito en la producción soviética, y presencia casi subliminal en buena parte de la filmografía de sus rivales en la Guerra Fria.

Aelita en el cine mudo ya contenía referencias revolucionarias que el cine comunista ratificaría en el futuro. En 1935, en la Unión Soviética se rueda El vuelo espacial (“Kosmichskiy reys: fantasticheskaya novella”, de Vasily Zhuravllyov), basado en una novela del científico Konstantin Tsiolkovsky, fallecido en ese año, considerado el padre de la astronáutica soviética, lo cual permitió al film incluir verosimilitud científica a su historia de un viaje a la Luna desarrollado once años más tarde, en 1946.

Rara vez lo propuesto por la imaginación del cine para el futuro, guarda demasiada relación con la posterior realidad. En 2001: odisea del espacio, la comunicación telefónica entre alguien que se encuentra en la estación espacial y su interlocutor en la Tierra, luce más aparatosa y exótica que la lograda con el teléfono móvil que hoy llevamos en un bolsillo. En la misma estación espacial, viajan ciudadanos soviéticos y norteamericanos, portando los tradicionales bolsos con los logotipos de la empresa aérea transportadora: el estadounidense con un bolso de PanAm y el soviético con el correspondiente a Aeroflot. Dudosamente algún espectador de 1968 residente en cualquier parte del globo, pudo ni remotamente suponer que en 2001 habrían desaparecido dos símbolos de las transformaciones políticas y comerciales del Siglo XX: la URSS y PanAm.

Son razones comerciales, las responsables, salvo excepciones, de la ausencia de producciones soviéticas y rusas en pantallas locales. Ausencias a veces sorpresivamente compensadas por internet, o bien por la referencia de terceros.

En la producción cinematográfica de USA y de la URSS, con temática espacial, existen dos grandes líneas: 1) la de películas que reconstruyen hechos históricos de la dominación espacial o ligadas a los mismos; 2) las películas de ficción de aventuras siderales.

En el primer grupo hallamos: a) en la URSS: El amansamiento del fuego (1972) acerca del ingeniero diseñador Sergei Koroliov, mientras que otros títulos son posteriores a la disolución de la URSS, según se informa en nota de la agencia rusa Novosti; b) en los EE.UU.: Elegidos para la gloria (1983, “The Right Stuff”) sobre entrenamiento de astronautas; y, entre otras Apollo XIII, reconstruyendo una exploración espacial donde las dificultades proclamadas públicamente son motivo de orgullo. El protagonista fue Tom Hanks, prototipo del heroico individuo norteamericano, de espíritu indoblegable, honesto cual un personaje de James Stewart escapado de un film de Frank Capra de la era Roosevelt.

En el segundo grupo, la industria de cuño hollywoodiano nos inunda desde décadas atrás con aventuras espaciales y frecuentemente con la secuela de las mismas: extrañas criaturas apoderándose de los humanos (la serie Alien) y otras amenazas a escala planetaria, anticipando el miedo generalizado que hoy genera el “coronavirus” y sus imbatibles mutaciones. Ese predominio en las pantallas del material hollywoodiano (aplicando el término en su sentido mercantil), ha impedido el conocimiento público, por parte de este “mundo occidental” que integramos, de su equivalente soviético.

En consecuencia, el conocimiento de films soviéticos sobre la conquista espacial (reconstrucciones históricas y aventuras de ficción), habremos de restringirlo al personal visionado de una preselección elaborada por Ksenia Zubacheva, siguiendo el criterio de listar films soviéticos de ciencia ficción que atraerían a los cultores de Star Wars. En la lista aparecen:

Aelita: Reina de Marte (1924), el clásico ya considerado.

Camino a las estrellas (1957), presenta el lanzamiento del “Sputnik I” ocurrido ese año (¿acaso un agregado posterior?), anticipa a los humanos en el espacio, proeza soviética que se concretará años después y la también imaginaria llegada del hombre a la luna, aconteció realmente en 1969 por parte de norteamericanos, no por soviéticos como se supone aquí. El film, atribuido a Pavel Klushantev, es obviamente, un pegote de fragmentos de diferente estilo. En su inicio, una tosca recreación de la vida de Konstantin Tsioslovski (1857-1935), presenta dos nítidos objetivos: el primero, interiorizar a un público no demasiado culto, de elementales principios de física y nociones acerca de cometidos de un satélite artificial; y segundo, hacer de Tsioslovski y sus discípulos soviéticos héroes nacionales de la conquista del cosmos. De este modo se aventaba el extendido rumor en cuanto a la incidencia de científicos nazis que, al finalizar la II Guerra Mundial, tanto la URSS como los EE.UU. se encargaran de capturar en su provecho, para acrecentar su poderío bélico. El más notorio de esos expertos fue Werner von Braun, que se transformará en artífice de la cohetería norteamericana moderna.

En su trabajo crítico, la rusa Ksenia Zubacheva, llega al extremo de manifestar presuntas inspiraciones de George Lucas (para Star Wars) y Stanley Kubrick (para 2001) a partir de Camino a las estrellas. Apenas unos cuantos segundos del pueril film soviético presentan semejanzas con los títulos paradigmáticos de ambos realizadores. Los fracasos no existen en la URSS, parecen indicar las hazañas espaciales sin víctimas. Será, sin embargo, la implosión de la estructura que los bolcheviques dieran al Imperio Ruso en 1917, la reveladora de una carrera espacial en la que los accidentes y muertes no faltaron. El cine norteamericano, en tanto,dio a sus fracasos dimensión heroica, haciendo de sus astronautas muertos verdaderos mártires.

El planeta de las tormentas (1962), también de Klushantev, inflama nuevamente el nacionalismo ruso de Zubacheva, quien imagina influencias soviéticas en una producción norteamericana donde hacía ya años que el cine clase “B” frecuentaba monstruos intergalácticos en otros planetas y en la Tierra.

La nebulosa de Andrómeda (1967) un mediometraje (77`) de Evgueni Sherstobitov, registra, con estilo interpretativo grandilocuente, a un grupo de humanos en su encuentro con seres extraterrestres. Basado en novela de Ivan Antonovich Yefremov, se asemeja visual e interpretativamente a una engolada y acartonada puesta en escena de algún clásico texto griego. Su estilo visual es suficiente para desdeñarla. Sin vinculación alguna con La amenaza de Andromeda (1971, EE.UU.) de Robert Wise sobre novela de Michael Crichton.

Las versiones que hemos visto (en 2020) de estos films soviétícos, son sospechosas en cuanto haber sufrido cortes. En ellas no aparecen imágenes de los jerarcas del Kremlin y héroes soviéticos, (en cuadros colgados en las paredes) de obligatoria y tradicional presencia. Si bien uno de los navíos cósmicos, se llama Stalin, y no es referencia al duro metal (“Stalin”, en ruso, significa “acero”). Otro rasgo común, es la puritana (y muy afín al comunismo de la época) ausencia total de cualquier rasgo de sensualidad en los personajes femeninos. En una línea preconizada por ciertos grupos feministas actuales, roles femeninos y masculinos son pefectamente intercambiables.

En la “nueva Rusia”, la de Putin (ex jerarca máximo de la KGB soviétíca), la crítica al comunismo se inserta en la producción fílmica de cualquier género, como ocurría y ocurre en la producción industrial de cuño hollywodiano.

“Sputnik” (que en ruso significa “satélite”) fue el nombre aparentemente poco imaginativo dado al primer satélite artificial soviético, cuando en realidad fue una parcialmente hábil forma de apropiarse de la palabra de uso universal. Y decimos “parcialmente hábil” porque aquel nombre, para los no rusoparlantes, fue un vocablo de un idioma desconocido sin significado preciso.

Los extraterrestres aterrorizaron a los estadounidenses cuando en octubre de 1938, Orson Welles realizó su célebre programa radiofónico La guerra de los mundos.

Durante la II Guerra Mundial, Hollywood, e incluso las Fuerzas Armadas de los EE.UU., dieron a conocer films glorificando a pueblo y ejército soviéticos, socios en la contienda. Aunque aún hoy luzca como imposible, en el episodio La batalla de Rusia (“The Battle of Russia”, 1943 ) , de la serie Por qué combatimos (“Why We Fight”), con dirección no acreditada de Frank Capra y Anatole Litvak, varios generales norteamericanos reclaman a sus compatriotas admiración y respeto por los soviéticos.

Desandar ese camino, luce imperioso cuando en los estertores del nazismo, al finalizar la II Guerra Mundial, eclosionaba, en los EE.UU., la persecución y temor por el comunismo. De ahí el surgimiento de las listas negras de Hollywood, persiguiendo a quienes unos pocos años antes se plegaran a una línea oficial luego demonizada.

La denuncia a la represión practicada en la URSS, tiene un implacable testimonio en la producción fílmica de la Rusia post-soviética.

Sputnik: extraño pasajero (Rusia, 2020) es el primer largometraje del ruso Egor Abramenko (1987), quien contaba con tan solo cinco años de edad cuando implota la URSS. El film tiene un esquema anecdótico (y un nombre en castellano) que le liga directamente con Alien, el octavo pasajero, la coproducción británico estadounidense que Ridley Scott dirigiera en 1979. En ambas, una nave espacial tripulada regresa a la Tierra transportando una forma de vida que se acoplara en el espacio. Abramenko, y Scott alrededor de medio siglo antes, construirán sendos films acerca de formas de vida extraterrestres, de apariencia monstruosa y desagradable, erigidas en amenazas para la vida en nuestro planeta.

Lo curioso, o no tanto, es que en Sputnik, malvados servicios secretos de la URSS, manejan la situación. Esta rasgadura de vestiduras propiciada por la Rusia actual, seguramente carece de significados mayores para las jóvenes generaciones de hoy, a los que se ofrece una trillada historia de amenazas propias de la ciencia ficción cinematográfica.

Si en el pasado, los efectos especiales soviéticos no alcanzaban ni remotamente los perfeccionismos de sus semejantes hollywoodianos, hoy la brecha ha desaparecido y en la extensa lista de técnicos en efectos visuales de “Sputnik”, apenas si aparecen nombres no rusos.

En un género caracterizado por las reiteraciones, el realizador Abramenko impregna a Sputnik de un lenguaje ágil, creador de un suspenso hábilmente plasmado, hollywoodianamente anticomunista.

Un rol protagónico es confiado a la actriz rusa Oksana Akinshina (1977), de bellos ojos claros y rubios cabellos en lo alto de su fornido y bien distribuido físico de un metro y setenta y dos centímetros, que como buena responsable del pudor oculta con una toalla cuyo costo Hollywood seguramente se hubiese ahorrado. En el elenco aparece también Fedor Bondarchuk, el que es hijo del célebre realizador Sergei Bondarchuk; dato irrelevante que nada agrega.

El hecho que el monstruo de Sputnik se apodere de los cuerpos de los terrícolas exterminándolos, deja no pocas semejanzas con el temible “coronavirus”. Seguramente, la similitud ha sido considerada un dudoso atractivo extra, por parte de salas de menguados espectadores.

Sputnik tiene una duración equivalente a la que insumía al satélite homónimo efectuar, aproximadamente, una vuelta y media alrededor de la Tierra. Pasa volando.

Sputnik: extraño pasajero (Sputnik). Rusia 2020. Dir.: Egor Abramenko. Con: Oksana Akinshina, Fedor Bondarchuk, Pyotr Fyodorov.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Exclusivo para accu.uy, 24/10/2020)

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