“Sputnik: extraño pasajero” (Hugo Acevedo)

El horror desconocido

El inenarrable miedo a lo desconocido, el confinamiento, la manipulación y la radical colisión entre la ciencia y la rígida disciplina militar, son los cuatro ejes vertebrales de Sputnik: el extraño pasajero, el tan impactante como potente largometraje de ciencia ficción del realizador ruso Egor Abramenko, que se exhibe en salas de Montevideo.

La película, que proviene de una cinematografía nada frecuente en la cartelera doméstica, supone una nueva apuesta a la taquilla con una propuesta ciertamente removedora, en un contexto temporal aún conmocionado por la pandemia provocada por el Covid-19 y con aforos rígidamente acotados.

La explicación es siempre: la megaindustria hollywoodense está virtualmente paralizada, ya que las empresas distribuidoras no se arriesgan a perder dinero estrenando producciones de alto costo por la falta de clientes, ante el compulsivo cierre de centenares de salas exhibidoras en todo el planeta por la emergencia sanitaria.

En ese contexto, la mayor virtud de esta película es interpretar cabalmente los códigos del cine de ciencia ficción terrorífica, a lo cual suma el trasfondo político de los estertores de la guerra fría.

Al respecto, cabe destacar que la historia está ambientada en 1983, en plena era soviética, antes que Mijaíl Gorbachov iniciara, en 1985,  el proceso de reestructura denominado Perestroika, que años después culminó con la disolución de la Unión Soviética y el definitivo naufragio del denominado socialismo real.

Naturalmente, la elección de ese espacio temporal situado hace ya 37 años no es casual sino deliberada, porque conecta directamente con los dilemas que plantea el relato.

Si bien se puede afirmar que Egor Abramenko toma como marco de referencia la saga iniciada en 1979 con la estupenda Alien, el octavo pasajero, del cineasta británico Ridley Scott, y continuada con cinco secuelas que jamás alcanzaron la calidad ni la dimensión artística de la original, el enfoque de este film ruso propone ángulos de observación y de reflexión diferentes.

Aunque tampoco es totalmente extrapolable a las no menos espeluznantes La cosa (1982), de John Carpenter y Life: vida inteligente (2017), de Daniel Espinosa, el sustento temático sigue siendo un alienígena que coloniza literalmente el cuerpo de un ser humano y siembra el terror.

Empero, si hay un elemento que realmente relaciona a Sputnik: extraño pasajero con Alien: el octavo pasajero y hasta con Life: vida inteligente, es la sensación de opresión y la atmósfera claustrofóbica que caracteriza a las tres películas.

Al margen que el tópico dominante de este nuevo trabajo cinematográfico es por supuesto el miedo, el otro ingrediente es un fenómeno típico de estos tiempos contemporáneos: el confinamiento y la radical limitación de la libertad.

No en vano, los protagonistas de la recordada película de Ridley Scott estaban encerrados en una nave y los de este film están limitados al espacio de una base científica militar de la cual no pueden salir, donde se experimenta con armas secretas de guerra.

Más allá que ambas producciones procedan de dos industrias cinematográficas diferentes y de estéticas que condensan idiosincrasias y sensibilidades que guardan mínimas semejanzas entre sí, la construcción estética tiene múltiples similitudes.

En efecto, la impronta es particularmente la austeridad y la economía de recursos, al servicio de un nuevo proyecto cinematográfica que aspira a relanzar –desde la singular mirada rusa- un subgénero que parecía inexorablemente agotado.

En tal sentido,  resulta plausible que la producción haya emulado los lenguajes visuales del cine de la era soviética, lo cual le otorga una mayor verosimilitud a la propuesta.

Todo comienza con el hallazgo en un paraje desolado, de una nave espacial que regresó a la tierra luego de una problemática misión. En ese marco, el único astronauta sobreviviente Konstantin (Pyotr Fyodorov), -quien a priori es considerado una suerte de héroe- es recluido en una base militar para esclarecer los pormenores de lo sucedido.

Como la víctima aparentemente ha perdido la memoria y se encierra en un sorprendente hermetismo, un lacónico coronel encarnado por Fyodor Bondarchuk enrola contra su voluntad a la  psicóloga Tatyana Klimova (Oksana Akinshina), quien tiene serios problemas con las autoridades.

En función de las peculiares circunstancias, el cometido de la científica, que compite permanentemente con un estricto colega, es derribar, con la sutileza del caso, el impenetrable muro de silencio del cosmonauta.

Empero, lo que todos ignoran es que el hombre ha sido colonizado por un peligroso alienígena- el pasajero al cual alude el título de la película- que vive en simbiosis con él.

Al igual que en el caso de Alien: el octavo pasajero, los militares no desean destruir esa forma de vida que desconocen, sino experimentar con ella y eventualmente transformarla en un arma de guerra funcional a una confrontación bélica.

El otro ingrediente que alimenta la historia –en este caso emocional y afectivo- es el recuerdo de la esposa muerta del astronauta y un hijo que permanece internado en una suerte de albergue para menores controlado por el Estado.

Aunque se trata naturalmente de un film de ficción apegado a los códigos del género, el componente científico es que esa forma de vida peligrosamente devastadora sobrevive gracias al cortisol, una hormona del organismo humano producida por la glándula suprarrenal que está relacionada con el estrés y el miedo.

Aunque pueda concluirse sin demasiado esfuerzo que esta es una película radicalmente antisoviética, porque denuncia con énfasis los excesos y resabios del estado de matriz estalinista, la política no es realmente su tema central.

Por supuesto, el autoritarismo no era un patrimonio exclusivo de este ya extinto régimen, ya que la prepotencia existió en el pasado- en las dictaduras latinoamericanas manipuladas desde los Estados Unidos- y aun existe en países de economía capitalista al servicio del modelo concentrador de mercado, con libertades conculcadas y permanente control social, como sucede contemporáneamente en el actual contexto de pandemia.

Sin ser una gran película ni un modelo de producto de género, Sputnik: extraño pasajero es un largometraje sin dudas removedor, que enfatiza particularmente sobre el terror y la paranoia provocada por lo desconocido.

Pese a su deliberada economía de recursos y a que no soslaya  algunos reiterados clichés del cine de ciencia ficción más comercial, esta producción impacta por su austero pero no menos contundente lenguaje visual, su suspenso, su tensión, su atmósfera agobiantemente y claustrofóbica y hasta por su exploración de las emociones humanas más alienantes y exacerbadas.

Sputnik: extraño pasajero. Rusia 2020. Dirección: Egor Abramenko. Guión: Oleg Malovichko y Andrei Zolotarev. Música: Oleg Karpachev. Fotografía: Maxim Zhukov. Montaje: Aleksandr Puzyrev y Egor Tarasenko. Reparto: Oksana Akinshina, Fedor Bondarchuk, Pyotr Foyodorov, Anna Nazarova, Anton Valisev y Vasily Zotov.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital)

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