«Sin dejar huellas» (Hugo Acevedo)

Soterradas perversiones

La violencia, la obsesión, la prepotencia, la depravación, el abuso de autoridad, el silencio cómplice y el ocultamiento son los potentes ejes temáticos vertebrales de Sin dejar huellas, el inteligente film policial negro del elogiado realizador francés Erick Zonca que exhibe Cinemateca Uruguaya.

Esta película, que rescata los códigos de un subgénero tan exitoso como removedor, indaga en la historia de personas que camuflan sus verdaderos pasiones, las cuales, en algunos casos, son meros impulsos primarios.

Este largometraje, que posee un intenso dramatismo, confirma el oficio narrativo y la potencia expresiva de un cineasta sin dudas talentoso, cuya laureada ópera prima La vida secreta de los ángeles (1998) impactó por la agudeza de su mirada escrutadora hacia el interior de la condición humana.

Este nuevo trabajo cinematográfico profundiza el abordaje de los conflictos subyacentes, mediante un planteo a menudo enrevesado pero no menos incisivo y revulsivo.

Esta película, que se inspira en la novela del escritor israelí Dror Mishani Expediente de desaparición (2013), toma, sin embargo, como referencia literaria El castillo (1926), la obra inconclusa del controvertido escritor austro-húngaro Franz Kafka.

En efecto y más allá de su mero formato policial,  esta propuesta cinematográfica replica la dimensión laberíntica y el espíritu opresivo de este título referente del autor de La metamorfosis (1915), al margen de obvias diferencias argumentales.

El protagonista de esta historia es  Francois Visconti (magistral Vincent Cassel), un típico detective de policial negro, alcohólico, fumador empedernido, solitario, desaliñado y autoritario.

En buena medida, este hombre, que suele abusar de su autoridad como algunos policías uruguayos amparados por las herramientas represivas de la LUC, es una suerte de resentido social.

Abandonado por su mujer y distante de un hijo que trafica drogas, se dedica a perseguir negros, musulmanes y a miembros de otras minorías étnicas, con una obsesión que raya en la alienación. Siempre sospecha de conspiraciones aunque no las haya, porque es una persona radicalmente enferma.

Este individuo absolutamente desmadrado representa una de las tantas caras visibles de una derecha prepotente, represiva y xenófoba, que abunda tanto en Francia como en otros países europeos. Lo grave es que tiene poder y lo ejerce al límite de la legalidad.

Inesperadamente, tus oscuras rutinas cambian radicalmente, cuando debe investigar la extraña desaparición del adolescente Dany, quien, según el testimonio de su madre, abandonó su hogar sin previo aviso y ni siquiera se comunicó para dar cuenta de su eventual paradero.

La pesquisa, que tiene insospechados entretelones que se irán revelando en el curso de la narración, se concentra inicialmente en Solange (Sandrine Kiberlain),  la progenitora del desaparecido.

Ese primer contacto le permite el investigador inferir que se trata de un contexto familiar complejo, con una hermana que padece discapacidad intelectual y se comunica apenas mediante señas y gemidos, y un padre casi siempre ausente, por razones de trabajo.

Esas peculiares circunstancias complejizan superlativamente la pesquisa, por la imposibilidad de determinar- con absoluta certeza- cuál fue el disparador de la sorpresiva partida del adolescente.

Aunque las autoridades policiales y el detective en particular no descartan que se trate de un caso de secuestro, esa hipótesis es rápidamente descartada. En efecto, nadie se ha comunicado con el hogar y menos aún se ha pedido rescate por el presunto raptado.

En esas circunstancias, la indagatoria pone bajo la lupa a Yann Bellaile (Romain Duris), un vecino de la familia y profesor de literatura francesa del joven ausente, cuyo testimonio puede resultar crucial para el eventual éxito o fracaso del proceso investigativo.

Todo parece indicar que existía una relación muy estrecha entre el docente y Dany, lo cual podría aportar pruebas determinantes para esclarecer el extraño caso.

Sin embargo, las flagrantes contradicciones del declarante- que se afilia a la tesis de la fuga voluntaria- lo transforman, en la óptica del desconfiado e irascible investigador, en un factible sospechoso. Aunque en ningún momento el vecino pasa de mero testigo a indagado, el procedimiento se complejiza.

En el decurso de la historia, afloran las conductas disfuncionales del policía, quien padece permanentes arranques de ira, maltrata de palabra a los testigos y los presiona permanentemente.

Esa conducta de obsesivo hostigamiento, que no es para nada profesional, pone al protagonista en el foco de sus superiores, quienes no parecen tenerle demasiada confianza.

Incluso, la reaparición del padre de chico desaparecido, quien regresa de su viaje pero no parece demasiado preocupado por la situación de su hija, no aporta nuevas pistas.

En ese marco, la historia transcurre por los carriles normales de un policial de género, con permanentes interrogatorios a los testigos y operaciones de vigilancia encubierta.

En ese contexto, una figura relevante de esta historia es la hermana discapacitada intelectual, quien sabe más de lo que parece pero, por sus obvias limitaciones verbales, no lo puede expresar en palabras.

Revelando una inocultable influencia del suspenso de matriz hitchcockiana, el director y guionista Erick Zonca conforma un puzle de compleja resolución cargado de tensión, en el cual casi nada es lo que realmente parece ser.

La película muta de mero policial convencional en drama, en la medida que van aflorando las verdades ocultas, todas ellas de dimensión visceral y devastadora.

Al margen del desenlace, que conviene por razones obvias mantener en absoluta reserva, esta historia desnuda todas las perversiones y los cerriles impulsos criminales de seres humanos de conducta ambigua, acorde con las soterradas pautas de una sociedad desarrollada en la cual subyace la hipocresía. 

Erick Zonca administra con superlativa sabiduría los conflictos y las tensiones de personajes siempre complejos y atribulados, elaborando una propuesta cinematográfica narrada con esmero, realismo y sesgo transgresor.

Sin dejar huellas, cuyo sugestivo título original en francés es “Fleuve noir” (río negro), es un policial tan oscuro por su formulación creativa como por su explícito perfil de denuncia.

Las grandes actuaciones protagónicas de Vincent Casell, en el papel del obsesivo detective, y de Sandrine Kiberlain, en el rol de la atribulada madre, aportan una superlativa cuota de calidad interpretativa a este policial francés.

Sin dejar huellas (Fleuve noir). Francia-Bélgica 2018. Dirección: Erick Zonca. Guión: Erick Zonca y Lou de Fanget Signolet, basado en el libro “Expediente de desaparición”, del autor Dror Mishani. Fotografía: Paolo Carnera. Música: Rémi Boubal. Reparto: Vincent Cassel, Romain Duris, Sandrine Kiberlain, Élodie Bouchez y Charles Berling.

Hugo Acevedo (Publicada en Revista Onda Digital)

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