«Al morir la matinée» (Guilherme de Alencar Pinto)

Vivir y morir en el cine

Supongo que la mayoría de los medios va a clasificar esta película uruguaya como cine de terror, vertiente slasher. Transcurre en el montevideano “cine Ópera” un domingo de 1993 en la última función de la velada, en la que dan una de terror frecuentada por unos pocos espectadores. Durante esa proyección, un hombre misterioso bloquea la salida del cine y empieza a matar los presentes de a uno.

La atmósfera no es tanto la de los slashers estadounidenses. Hace pensar más en el giallo, con sus exageraciones casi paródicas, los elementos de gore repugnante subrayados en unos planos de detalle ominosos, y su desparpajo estilístico: cámaras lentas, la iluminación colorinche-claroscura de Benjamín Silva —el fotógrafo de Fiesta Nibiru—, el detalle esteticista que tiene que ver con las canicas comestibles de colores y su rima visual tétrica hacia el final de la película. El director Maxi Contenti y el guionista Manuel Facal inventaron buenos detalles perversos, como el tipo que es degollado mientras estaba fumando un pucho y el humo se le sale por la garganta cortada; o el hecho de que el asesino acostumbra poner en un tarro de conserva o de almíbar los ojos de las víctimas, y de vez en cuando se come uno, como si fuera una aceituna.

No sé si el terror en sí va a ser lo que guardaré de la experiencia de esta película. Quizá si la estuviera viendo solo en una sala de cine enorme y casi vacía, me viera inclinado a mirar hacia atrás, no fuera cosa de que se me acercara furtivamente un grandulón dispuesto a traspasarme el pecho con un fierro. Fuera de esa situación imaginaria, no me produjo miedo, inquietud o aflicción. Algunos de los personajes son queribles y están bien delineados, pero las situaciones no alcanzan como para generar el apego o identificación que nos deje tensos de pavor, indignación y pena cuando les pasa algo. El momento en que Ana recorre la sala y se va encontrando con los distintos cadáveres tiene cierto espíritu de tren fantasma. Y el “asesino comeojos” (está designado así en la ficha técnica) es medio tosco, parece un concepto engendrado por un niño de doce.

Para mí, la película funciona y tiene su belleza como una experiencia de segundo grado. Más que ser una película de terror, juega con la idea de una película de terror. Es, en esencia, un acto cinéfilo. ¿Qué puede ser más pesadillesco para un amante del cine que que te arranquen los ojos? ¿Qué se parece más al amor por el cine que una heroína proyeccionista? Los planos aéreos del inicio emulan El resplandor (1980, de Stanley Kubrick). Aunque el exterior y la boletería parecen ser la galería en que queda el cine Ópera de verdad, los interiores están filmados en la muy espaciosa Cinemateca 18 (que en 1993 era el Nuevo 18). Al menos para los montevideanos, es imposible omitir las evocaciones que despierta esa sala.

La final girl es la hija del veterano proyeccionista de ese Ópera ficticio. El padre la familiarizó, desde niña, con el funcionamiento del proyector, así que, en esa noche en que el viejo está medio fatigado, ella está en condiciones de suplantarlo. La película muestra toda una fascinación por el mundo del fílmico, la ventanita para cambiar de formato, los carretes, el splicer. Hay un excelente momento de humor cuando se rompe la película y la proyeccionista confunde los gritos de un espectador que está siendo masacrado con los abucheos de la platea impaciente. La idea de ambientarla en 1993 puede tener que ver con esa era en que el cine todavía no era digital, aparte de otros factores (el que no estuvieran difundidos los celulares contribuye al aislamiento de los personajes en el espacio cerrado del cine; y quizá Tomás, el niño, funcione como un álter ego de Maxi Contenti cuando tenía 8 o 9 años). Los afiches en la sala de espera constituyen una pequeña galería de homenajes, y entre ellos hay una de Dario Argento, una de Paul Verhoeven y, en forma muy simpática, la uruguaya El dirigible (1994, de Pablo Dotta). Las distintas situaciones tienen que ver con las rutinas de la ida al cine (el grupo de amigos, la boletería, el pop, el maní con chocolate, la linterna, las propagandas a la usanza de entonces (diapositivas), la que quedó de ir con uno que la dejó plantada, el beso y el contacto sexual en la sala oscura, uno que habla demasiado y otro que pide silencio, la interrupción apresurada para ir al baño).

La película que se está exhibiendo (dentro de la ficción) es Frankenstein: el día de la bestia. Se trata de un flagrante anacronismo (es una producción de 2011), pero es un homenaje a su director, el uruguayo Ricardo Islas, pionero del cine de terror nacional. Es más: es el mismísimo Ricardo Islas quien interpreta el comeojos, con evidente placer.

La sucesión de muertes en Frankenstein queda como un paralelismo irónico para las que vemos en Al morir la matinée. Además, el hecho de que ésta se ambienta durante la proyección de una película da pie a unos expresivos juegos de luces que se reflejan sobre los personajes-espectadores. Los momentos culminantes se dan cuando termina Frankenstein y la sala queda bajo el efecto estroboscópico del flicker de la cinta líder. Y el hallazgo más poético de todos es cuando salpica sangre en la ventanilla frente al proyector, haciendo que la pantalla iluminada se cubra de rojo.

No recuerdo otra instancia en que una película tan llena de agresión, pánico, agonía y muertes, se me tradujera en una sensación tan amorosa.

«Al morir la matinée», dirigida por Maxi Contenti. Con Luciana Grasso, Ricardo Islas, Julieta Spinelli. Uruguay / Argentina, 2020.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 02/09/2020)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *