“Belle de jour” (Hugo Acevedo)

Burguesas compulsiones

La compulsión sexual no exenta de represión devenida de una educación castradora, la extrema frivolidad de una burguesía aburrida, la mentira, el ocultamiento y la infidelidad son los desafiantes componentes temáticos de Belle de jour (1967), el emblemático film del controvertido realizador aragonés Luis Buñuel, que fue reestrenado por Cinemateca Uruguaya.

La película integra el ciclo “Los adioses”, que en la primera semana de actividad de las salas de la institución tras el compulsivo cierre devenido de la emergencia sanitaria, recuerda al emblemático actor francés Michel Piccoli, fallecido a los 94 años de edad, el 12 de mayo pasado. En ese marco, también se exhibe Las cosas de la vida (1970), del cineasta francés Claude Sautet.

En lo personal, el reencuentro con Belle de jour, película que visioné por primera vez en mis años de adolescencia, resulta realmente gratificante. En efecto, este emblemático largometraje  fue uno de los títulos que marcó a fuego mi rumbo como cinéfilo y adherente al cine comprometido.

Es que la producción artística de Buñuel tiene la capacidad de remover y convocar a la reflexión, mediante una paleta artística siempre inconformista, que fustiga ácidamente las miserias y convencionalismos burgueses, la disfuncionalidad de la familia, el dogmático y autoritario disciplinamiento que impone la religión, el surrealista universo de los sueños y, obviamente, la política. No en vano, el célebre director profesó ideas anarquistas y marxistas y se opuso férreamente a la dictadura franquista.

Varias de esas controversiales vertientes temáticas están naturalmente presentes en Belle de jour, una propuesta cinematográfica que –hace más de medio siglo- sorprendió por su osadía e impronta intransferiblemente irreverentes.

No en vano, los personales centrales de esta historia de ficción ambientada en París, que perfectamente puede ser extrapolable a la realidad, sintonizan perfectamente con los estereotipos de una clase social burguesa gobernada por soberbias, miedos y obsesiones y la doble moral hegemónica.

Es el caso concreto de Severine (Catherine Deneuve), la joven esposa de un médico encarnado por Jean Sorel, quien  está más preocupado por su trabajo que por los afectos y lo meramente cotidiano. La memoria de la protagonista está dramáticamente tatuada por una infancia de dura represión y hasta de presunto abuso.

En ese contexto, la mujer que está radicalmente hastiada por el ocio de una vida vacía pese al confort y hasta la opulencia que le permite su condición de pequeño burguesa, es ciertamente un ser tan solitario como desolado.

Como si no fuera suficiente, su vínculo de pareja está muy lejos de ser satisfactorio. En efecto, duerme en una cama separada de su esposo y no tiene relaciones sexuales con él, pese a que experimenta permanentes fantasías eróticas, que rompen naturalmente con el rígido statu quo en el que fue educada.

La impronta trasgresora de Buñuel se advierte desde el comienzo del relato, con una escena sadomasoquista que impacta por su nivel de violencia extrema y su construcción simbólica. Este cuadro, que tiene mucho de metafórico, dispara diversas interpretaciones que se internan en un territorio de la psiquis humana de dimensión cuasi ontológica.

Empero, esta secuencia es, si se quiere, el auténtico disparador de la trama cinematográfica, que remite a materias tan sensibles como las creencias, la represión y las obsesiones.

Esa mujer inconformista que oculta sus turbulencias interiores tras una máscara hasta de exagerada sobriedad, tiene realmente una suerte de personalidad paralela.

Su obsesiva búsqueda de liberación personal la conduce a un prostíbulo de lujo al cual acude con lentes oscuros para ocultar parte de su rostro. La clave es experimentar nuevas sensaciones y comenzar a construir su itinerario emancipador.

Obviamente, el propósito que la inspira no es el dinero que por supuesto no necesita, sino la compulsiva necesidad de satisfacer sus ocultos deseos de ser deseada, poseída y hasta sometida, por clientes exclusivos, de alto poder adquisitivo y de inclinaciones nada convencionales.

En ese marco, afloran, por ejemplo, un hombre rústico pero muy acaudalado que gusta del sexo colectivo regado con champaña, un profesional aparentemente tímido que se excita disfrazándose de mayordomo y transformando a una prostituta en “condesa” y un chino irreverente más bien caricaturesco que intenta pagar, sin éxito, los servicios sexuales con una tarjeta de crédito de su país.

El burdel es también visitado por dos mafiosos machistas hasta la exacerbación, para quienes las mujeres son meros objetos de placer sin ningún resquicio de humanidad.

En esas particulares circunstancias, la protagonista concurre todas las tardes a esa suerte de trabajo, donde mantiene encuentros íntimos con hombres que obviamente no conoce. Sin embargo, paradojalmente, se mantiene casta en su matrimonio.

Un personaje sin dudas clave del relato es el interpretado por el monumental y hoy desaparecido Michel Piccoli, un mujeriego empedernido amigo de la pareja, quien no oculta su fuerte atracción física por la protagonista y hasta parece intuir íntimamente que la joven no es ciertamente lo que parece.

La película admite lecturas ambivalentes, que, en pleno siglo XXI, podrían generar tan renovadas como acalorados debates sobre el contemporáneo rol del sexo femenino en la sociedad.

Pese a ser machista como la mayoría de los hombres de su generación, Buñuel transformó a la mujer en protagonista de varias de sus películas más renombradas: como Susana, carne y demonio (1951), Viridiana (1961), Diario de una camarera (1964), Tristana (1970), y Ese oscuro objeto del deseo (1977),  entre otras. Obviamente, su peculiar visión de género, más allá de las indudables virtudes de su fermental y osada filmografía, resulta sumamente cuestionable.

En el caso concreto de Belle de jour,  cuya sugestiva traducción literal al castellano es “bella de día”, lo realmente relevante es la vitriólica visión crítica del creador español sobre las disfuncionalidades y soterradas miserias de una clase social burguesa hipócrita y decadente, la religión como herramienta represiva, la sexualidad como experiencia emancipadora y la mujer como mero objeto y no como sujeto social.

Belle de jour. Francia 1967. Dirección: Luis Buñuel. Guión: Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière, inspirado en la novela de Joseph Kessel.Fotografía: Sacha Vierny. Música: varios. Reparto: Catherine Deneuve, Jean Sorel, Michel Piccoli, Francisco Rabal, Pierre Clémenti, Macha Méril, Françoise Fabian, Maria Latour, Claude Cerval, Michel Charrel, Bernard Musson y Geneviève Page.

Por HUGO ACEVEDO (Publicada en Revista Onda Digital)

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