«Algunas horas de primavera» (Rosalba Oxandabarat)

Un asunto de amor

Para buena parte del público, que legítimamente va al cine a ser envuelto por una historia convincente en términos de ficción, esta película de Stéphan Brizé —de quien hace un par de años se proyectó acá Une affaire d’amour, un filme a la vez intimista y sobrecogedor— podría despistar, cuando no directamente desencantar. La historia, tal como la cuenta y enseña Brizé, no es que no exista, pero trata de seres tan contenidos, tan capaces de cubrirse con pétreas capas de estolidez, y a la vez se ocupa de manera tan naturalista de los incidentes de la trama, que bien podría ser una suerte de “docudrama”, un documental actuado por sus protagonistas. Pero la historia está.

Refiere a Alain (Vincent Lindon), un camionero que roza la cincuentena y sale de la prisión por un lío en que se vio envuelto por su trabajo, y su madre, madame Évrad (Hélène Vincent), una anciana delgada, delicada, maniática con la limpieza y dueña de un carácter de hierro. Alain, con pocas chances de trabajo en una Francia en crisis, no tiene más remedio que vivir en casa de su madre. Su comunicación es lenta y escasa. Nada se dice del pasado, pero es obvio que allí se cocinaron habas muy duras. Sólo la perra boxer de la casa es capaz de despertar gestos de ternura en uno y en otra, apoyados indistintamente por un afable vecino (Olivier Perrier), que regala a esa pétrea familia algo más que frutas y verduras de su quinta.

Alain conoce a una mujer (Emanuelle Seigner) en un bowling, hay una atracción instantánea, pero esa muralla de cerrazón que es el hombre arruina rápidamente el asunto. Casualmente, el hijo descubre que su madre padece una metástasis cerebral a consecuencia de un melanoma no tratado a tiempo, y que ha hecho todos los trámites necesarios para someterse a la eutanasia en una clínica suiza. Nada de extrañar en ese carácter: vivo de tal manera, elijo cómo morir. Ni eso aplaca el rencor mutuo, y después de un estallido que hoy sería catalogado como violencia doméstica, Alain se va de la casa.

Prohibido seguir contando, porque hay más. De lo que se trata es de observar, sin juicios pero también sin adornos, cómo las relaciones humanas, aun las más intensas —la de madre e hijo es una de ellas— pueden ser aplastadas por la suma y la trenza de necesidades y situaciones más visibles. En la contención y el silencio, lo que no se dice pesa como una piedra en esa casa que espera la muerte, la fragilidad se esconde para ser revelada sólo a los espectadores, y sólo dos estallidos avisan de la intensidad de lo que no se ve. Es terrible el subterfugio por el que la madre logra que el hijo regrese a la casa —lo que, por si hiciera falta, da cuentas del carácter y las ambivalencias de esa señora—, y el final que acontece, irremediable, después de una serie de cosas que se parecen a —y además lo son— trámites meticulosamente realizados, aunque se refieran a los asuntos más extremos.

Pese a su asunto, Algunas horas de primavera nada tiene que ver con Amour, de Michael Haneke. Ésta se convertía en una epifanía donde el amor jamás dejó de presidir la historia, y la película de Brizé es, en cambio, una crónica de dientes apretados sobre lo irremediable. La muerte, claro está, pero también los frecuentes caminos humanos para enturbiar la vida.

“Algunas horas de primavera” (“Quelques heures de printemps”), Francia, 2012. Dirigida por Stéphane Brizé. Escrita por Brizé y Florence Vignon. Con Vincent Lindon, Hélène Vincent, Emmanuelle Seigner, Olivier Perrier, Ludovic Berthillot, Sylvie Jobert. Duración: 108’.

Rosalba Oxandabarat (Semanario Brecha, 18/10/2013)

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