«Maravilloso Boccaccio» (Guilherme de Alencar Pinto)

Tras la muerte de Vittorio Taviani en 2018, es conmovedor encontrarnos con una obra, inédita entre nosotros, de la entrañable dupla de directores que formó durante más de 60 años con su hermano Paolo.
Es difícil contornear el hecho de que los realizadores tenían, respectivamente, 85 y 83 años cuando terminaron esta película. Hay rasgos que podemos apreciar negativamente como anacronismos, o positivamente como supervivencias de glorias pasadas del cine italiano. Los Taviani siempre fueron buenos directores, pero su período de mayor proyección fue en las décadas de 1970 y 1980. La música original hiperdramática parece venir de aun antes, de cuando las músicas cinematográficas italianas seguían impregnadas de herencia operística (y, de hecho, esa música original está complementada con fragmentos de Rossini, Verdi y Puccini). Hay algunos recursos visuales medio vetustos, como el uso muy alevoso de filtros degradados para embellecer paisajes, y la noche americana para planos de establecimiento nocturnos. La paleta de colores es apastelada. La mezcla de las voces no las inserta en el espacio en forma naturalista, lo que recuerda las voces dobladas que caracterizaron el cine italiano hasta el establecimiento del cine digital. Hay un culto amoroso a los paisajes naturales y al aparentemente infinito repertorio de preciosas locaciones históricas que proporciona la Toscana. Y está el hecho de que es una adaptación del Decamerón (hacia 1350), de Boccaccio, lo cual, necesariamente, trae a colación el clásico de Pier Paolo Pasolini El Decamerón (1970).
Por supuesto, es imposible adaptar en forma integral el libro original, que es un rejunte de cien cuentos, dentro de un marco narrativo sobre diez jóvenes que se refugian en una propiedad rural para escapar de la peste y acuerdan, para entretenerse, que cada uno contará diez historias a los demás. Pasolini adaptó diez de las historias. Los Taviani adaptan sólo cinco, con duraciones de entre 10 y 20 minutos. Obviamente, eligieron otros cuentos, pero entablaron un vínculo-tributo: uno de los cuentos (el de la abadesa) estaba aludido en la película de 1970, resumido por un cuentacuentos callejero.
Maravilloso Boccaccio no se parangona con el antecedente de Pasolini, que era mucho más interesante y transgresora en su estilo, en su encare de la sexualidad y de los cuerpos pobres. A diferencia de Pasolini, que simplemente apiló las diez historias sin ningún tipo de transición entre ellas, los Taviani incluyen el marco narrativo y le dan un especial relieve. Y todo bien que los personajes son jóvenes opulentos, pero cada uno de ellos (que aquí, por algún motivo, son sólo nueve) tiene una facha que lo candidatearía a trabajar de modelo. Ello es más desubicado aun cuando lidiamos con personajes populares: los “niños de la calle” son, en forma alevosa, “niños bien” vestidos con harapos y con unas manchas de suciedad maquilladas en la cara. Los pocos cuerpos desnudos, que se ven en forma fugaz, lejana y velada, son esculturales. La explícita, obscena o cómica sexualidad del libro del siglo XIV y de la película de 1970 (en pleno proceso de liberación sexual) contrastan con el velo de pudor de esta nueva producción, a tono con el tratamiento cauteloso del sexo heterosexual en el cine del siglo XXI. Los actores (mayormente no-actores) de Pasolini actuaban mal debido a la actitud rosselliniana, anti-naturalista, de preterir lo psicológico y priorizar la fisicalidad de personas traídas al cine desde la vida misma, y no desde las escuelas de teatro o del cine profesional. Aquí los actores (salvo, justamente, aquellos muy bien establecidos) actúan mal porque en el casting se priorizó la belleza modélica.
Más allá de ese aspecto, las historias de Boccaccio son a prueba de balas, y sencillamente verlas transcurrir frente a nuestros sentidos es un goce, cada una a su manera (las hay trágicas, cómicas y agridulces).
El otro atractivo mayor de esta película tiene que ver con lo del inicio de este texto, es decir, la recuperación del sabor de un cine basado en imágenes quietas pero impactantes en su contenido, su grafismo o su montaje. Toda la voluptuosidad que falta en las representaciones del deseo y del sexo, sí está presente en la forma increíble en que la cámara de los Taviani abraza los paisajes, las arquitecturas, los movimientos de los personajes en el cuadro: el joven contaminado que se tira de lo alto de un edificio, el halcón en vuelo (imposible no pensar en Kaos, 1984), las plumas cayendo en cámara lenta, o el travelling que pasa por los jóvenes dormidos rodeados de flores. En la sección introductoria, nuestra última visión de Florencia es el rostro de un niño con preciosos ojos claros que mira a cámara en primerísimo primer plano. Su rostro se fusiona con la imagen casi abstracta de frutos rojos, que vemos entonces, en planos sucesivamente más lejanos, alrededor de un árbol, y el árbol en una campiña, estableciendo así el ambiente en que se narrarán los cuentos. Algunas de las imágenes parecen inspiradas en la iconografía medieval y renacentista (cuando la primera muchacha empieza su cuento, la puesta está claramente basada en el frontispicio de la edición veneciana de 1492 del Decamerón).

Maravilloso Boccaccio (Maraviglioso Boccaccio), dirigida por Paolo y Vittorio Taviani. Basado en el Decamerón, de Giovanni Boccaccio. Con Riccardo Scamarcio, Kasia Smutnak, Carolina Crescentini. Italia / Francia, 2015. BuenCine.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 22/07/2020)

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