«En la oscuridad: Star Trek» (Guilherme de Alencar PInto)

La identidad de Khan

Según como se cuente, ésta es la segunda o la doceava entrega de una franquicia cinematográfica de Star Trek. La anterior (la única que se tituló sencillamente Star Trek) fue como un reboot de la franquicia (con nuevos actores interpretando los personajes consagrados en la serie televisiva), ahora a manos de los creadores de Lost y su productora Bad Robot. Por lo normal un reboot se desentiende del universo específico de la serie anterior y se otorga la libertad de redefinir ciertas particularidades del origen, del devenir, de la psicología de los personajes principales. Pero esa película no cortaba todo lazo con la serie anterior: era como una precuela que, al introducir una cuestión de viajes temporales, se metía por una realidad alternativa, a partir de la cual se darían las continuaciones. Y para volverlo aun más ambiguo, entre los viajeros del tiempo estaba una versión vieja de Spock (interpretado por el mismísimo Leonard Nimoy de la serie televisiva), que guardaba recuerdos de las vivencias de la realidad original (es decir, las ocurrencias de la serie televisiva y cinematográfica), consciente, sin embargo, de que se cambió a otra línea temporal y de que su versión joven va a vivir una vida con considerables diferencias respecto a la que él recuerda. Así que el Spock viejo viene después de las entregas previas de la franquicia, el Spock joven viene antes, y las películas de acá en más van por el costado (es decir, en la realidad alternativa).

Es un poco por todo eso que esta película en particular es simultáneamente una refilmación de Viaje a las estrellas 2: La ira de Khan (1983), y esa otra cosa “alternativa”, en la que algunos de los hechos del más recordado de los largometrajes Star Trek son recapacitados. Khan ya no es una especie de emperador oriental, sino un británico bien “blanco”. Tiene en común con su versión vieja los hechos de que fue creado unos trescientos años antes, como un experimento genético y criopreservado hasta que lo recuperaron en el presente de la serie. Fortísimo, resistente, híper-inteligente, perceptivo, con reflejos excepcionales y desprovisto de piedad, es un enemigo temible. Tal como está filmado y formidablemente actuado por Benedict Cumberbach (que tiene una de las voces más imponentes del cine actual), termina siendo una mezcla del Joker de Batman: El caballero de la noche, Hannibal Lecter, Rambo, Bourne y el Roy Batty de Blade Runner. Tal como indica esa lista, el personaje oscila trágicamente entre villano carismático y héroe, y en buena medida la película se dedica a buscar una decisión entre una posibilidad y la otra. La anécdota está muy amparada en una especie de relato-metáfora de la saga Bin Laden: Khan arquitectó un feroz atentado terrorista en plena Londres, a partir del cual se convierte en el criminal más buscado del universo. Se va a ocultar en un planeta klingon (ésta es clásicamente una civilización enemiga de la Federación integrada por nuestros héroes). La dimensión de su peligrosidad y el atrevimiento de su ataque motivan que la Federación se plantee excepciones a sus códigos de ética y de derecho y decida emprender una misión de exterminio, aun a riesgo de desatar una guerra con los klingon. Pero resulta que, al igual que Bin Laden, Khan fue en buena medida una creación de algunos jefes militares que justamente esperan, a partir de todo ese embrollo, un pretexto para la guerra. Y por si a alguien le parece que es forzada la conexión con Bin Laden, hay una escena en que Khan pilota una nave espacial llamada Vengeance y la hace chocar contra un montón de edificios de una metrópoli estadounidense.

El “blanqueamiento” del personaje con respecto a la versión que interpretaba Ricardo Montalbán en la serie de televisión y en La ira de Khan fue criticado por algunos como un rasgo de racismo de esta película. Pero es dudoso que poner a un villano de piel oscura sea menos racista que poner a uno blanco, y en este caso el cambio tiene el mérito de des-orientalizar el personaje, de enfatizar su simbiosis con el poder militar de quienes, en la película, son sentidos como “nosotros”. De hecho, al fin de cuentas, los villanos terminan siendo dos: Khan y el almirante que miente a la opinión pública para propiciar la guerra. El primero es más impresionante en cuanto figura poderosa (física, intelectual y psicológicamente), pero tiene también su dimensión trágica, porque es una víctima de las manipulaciones del almirante, quien, éste sí, es pura y sencillamente un malvado facho, belicista e imperialista. Y una de las primeras cosas a las que arribamos en las eternas discusiones entre Spock y Kirk es que el primero logra convencer de su punto de vista de que es irregular ejecutar a Khan, y lo correcto va a ser intentar capturarlo vivo y someterlo a juicio. Y es interesante constatar que, en toda la película, la Enterprise, aunque atacada, jamás hace un disparo, y la muy democrática y pacifista moraleja es que no tiene sentido abrazar el mal para intentar derrocar el mal, ni siquiera a nombre de asegurar “nuestro estilo de vida” (esta expresión es usada por uno de los personajes).

Khan, como vimos, ya implica un enjambre de citas cinematográficas (y las hay, y bien precisas). La película incluye otras (sin considerar las múltiples referencias que remiten a la propia serie Star Trek): el inicio es como una copia de Los cazadores del arca perdida, el intento de exterminio de la cúpula de la flota de la Federación es casi idéntico al ataque en helicóptero de El padrino parte III, quizá algunas de las batallas aéreas puedan hacer pensar en Star Wars. Suena medio pueril esas ganas de volver a hacer películas que ya están hechas, y máxime que a esta altura J.J. Abrams ya es un realizador y productor recontraconsagrado. Pero el espíritu de Star Trek incluye una dosis esencial de puerilidad: aceptar la premisa de extraterrestres antropomorfos y de planetas con gravedad y atmósfera idénticos a la Tierra, o una serie de incongruencias en el relato mismo (McCoy no sabe cómo usar la tecnología criónica y, de pronto, la usa; Khan logra teletransportarse de una especie de helicóptero en caída a un planeta lejano, pero en otras escenas —a efectos de producir suspenso— la tecnología de teletransportación parece mucho más limitada, y larga lista de etcéteras).

Quienes sepan suspender la crítica de esos aspectos y logren entrar en el juego, probablemente van a disfrutar los debates o dilemas “filosóficos” sobre la “lógica” de Spock y la intuición intempestiva de Kirk, marca registrada de toda la franquicia. El énfasis en los personajes le da sustancia a los muchos momentos de acción. Y en éstos, capaz que más que nunca, se deja una impresión visual muy fuerte del tamaño y la imponencia de la Enterprise: hay que ver la imagen de la nave emergiendo del agua (aun más impresionante porque en ese momento asumimos la mirada de los indígenas de Nibiru). Pero más aun, abundan las imágenes de las entrañas de la nave, verdadera ciudad voladora y que, en los momentos en que empieza a romperse bajo ataques enemigos o bajo la fuerza de gravedad de la Tierra, hace pensar en el Titanic (y aquí van algunos préstamos más, en este caso a la película de Cameron).

“En la oscuridad – Star Trek” (Star Trek into Darkness). Estados Unidos, 2013. Dirigida por J.J. Abrams. Con Chris Pine, Zachary Quinto, Benedict Cumberbach. Dur. 132’.

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria)

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