«Climax» (Guilherme de Alencar Pinto)

Sacudón sensorial

Las películas del argentino —radicado en Francia— Gaspar Noé dividen radicalmente las opiniones: son genialidades para unos y una basura para otros. Son opiniones que sólo puede formular el reducido grupo de gente que se atreve con su cine, ya que la mayoría se mantiene alejada a partir de su fama nomás. Si bien en su empeño por exponer sin tapujos la maldad y la desgracia inherentes a la condición humana se lo puede comparar con Lars von Trier, Noé tiene menos peso intelectual y una cercanía más grande con el mundo de la noche, las drogas, el baile. Su quinto largometraje, disponible desde hace un tiempo en Netflix, encaja perfectamente en su historia.

Los méritos son evidentes: Climax es original, está realizada con superlativa habilidad técnica y aporta una experiencia intensa, única y con momentos inolvidables.

La anécdota se puede describir en términos primarios. Los bailarines seleccionados en un casting están instalados por unos días en una escuela rural apartada de todo para preparar un espectáculo. La víspera del inicio de la gira, durante una tormenta de nieve, hacen el ensayo final y lo extienden con una fiesta entre ellos, para celebrar y confraternizar. No saben de antemano que alguien coló una cantidad elevada de LSD en la sangría. La fiesta desemboca en demencia colectiva y pasan cosas terribles.

La cinematografía sale expresamente de lo común. Los “créditos finales” aparecen al inicio, los “créditos iniciales” en la mitad, y el título al final. Hay fotogramas en negro insertados en cada corte, que lastiman la continuidad. Intervienen también, en forma godardiana, unos epigramas en mayúsculas que versan sobre el ser, el nacer, el vivir y el morir, aparte de uno, luego de los créditos, que proclama “Una película francesa y orgullosa de serlo”, que puede entenderse como irónica o realmente afirmativa de su condición de cine europeo anti-mainstream. La mayor parte del metraje transcurre en dos planos-secuencia, uno de los cuales dura 43 minutos (los últimos 7 de los cuales con la cámara de patas para arriba).

La película empieza en la mañana siguiente a la fiesta, cuando vemos una muchacha en estado de desesperación arrastrarse en el campo nevado, en el que deja un rastro de sangre. Es inquietante, y más cuando leemos, poco después, que la película está basada en un hecho real acaecido en 1996. En ningún lado dice qué episodio sería ése y sospecho que no es tan “real”. Lo de 1996 podría ser una sutil alusión a Fargo, de los hermanos Coen, lanzada aquel año, y que fue quizá la primera película mainstream en que el “basada en hechos reales” no era verdad y tampoco un fraude, sino que se tomaba como un juego textual con el espectador —y uno de los afiches consistía en un cuerpo tirado en la nieve—. Este prólogo de Climax podría ser el inicio de una película slasher (la muchacha sería la final girl) y, de hecho, en distintos ámbitos la película está etiquetada como “terror”. No llega a serlo en su sentido tradicional, pero podemos pensar en zombis cuando vemos grupos de personas fuera de sí persiguiéndose por los pasillos de la escuela, rodeados de otras personas impermeables a lo que está ocurriendo, que se ríen, bailan, tienen sexo o simplemente yacen ensimismadas.

En tres momentos clave recorremos, en forma sistemática y planos sucesivos, a todos los personajes. Son veinte bailarines, la coreógrafa (que también baila), el DJ y la empresaria. La primera ronda, en seguida del prólogo en la nieve, es un video de compilación de lo que parece ser la entrevista para el casting, que vemos en la pantalla de un televisor de tubo. (Los dos a quienes no vemos son los que están haciendo la entrevista, y van a ser los dos primeros que van a aparecer en el plano siguiente, completando el grupo.) Salvo en la franja de edad (todos veinteañeros o treintañeros), es un grupo diverso: los fenotipos comprenden rubiazas, morochos, norafricanos y negros, y los hay heteros, gays y lesbianas, algunos con estética queer, franceses, inmigrantes de las ex-colonias y de otros países europeos. En ese plano de las entrevistas, los bordes del encuadre, al lado del televisor, están tomados por pilas de libros y de cajas de VHS que pueden funcionar como un tributo o una guía de referencialidades. Cada una de las obras que aparecen ahí puede vincularse con Climax. Por el lado cinematográfico tenemos a Buñuel, Lang, Murnau, Scorsese, Eustache, Żuławski, Pasolini, Fassbinder, Argento, Lynch, Jan Kounen, Kenneth Anger y Gerald Kargl.

Son bailarines de estilos callejeros como el vogue, krumping y waacking. El número de baile que viene justo después de las entrevistas es espectacular, y bien puede contar entre los mejores del último medio siglo de cine. Hay energía agresiva, energía erótica, vitalidad, huesos que parece que se van a desprender del esqueleto, gestos simiescos o seudo-tribales, contorsionismo. La coordinación grupal no traiciona las características esencialmente individuales de esos estilos, de modo que hay una cierta sensación de caos. La coreografía está pensada para la cámara y captada por ésta en una toma continua en que se arreglan de alguna manera para pasar de lo que parece ser una grúa (o dron) a un Steadicam.

El inicio de la fiesta es la extensión del mismo plano secuencia de la coreografía. La cámara, que se desplaza constantemente, actúa como un invitado más, chiveando entre los distintos grupos que se van armando. Luego sigue una serie de planos con encuadre fijo que se concentra, cada uno, en una conversación de a dos. Esos planos están hábilmente montados como para funcionar, cada uno de ellos, como comentario del que lo antecedió.

La segunda ronda de recorridos sistemáticos por los personajes es una serie de solos dancísticos improvisados, tomados en ángulo cenital. A esa altura, ya los conocemos a todos y somos capaces de distinguirlos nomás por el tope de las cabezas, la vestimenta y la forma de gesticular. Esa serie, que también es un despliegue sensacional de baile, funciona como un eco del plano inicial de la supuesta final girl en la nieve, tomada también en ángulo cenital. De alguna manera, los tambaleos sufrientes de la muchacha en aquel prólogo, sus contorsiones en el piso, pueden apreciarse, con perversa poesía, como un número de danza. El mismo efecto de eco y contraste lo percibiremos luego entre la segunda ronda y la última, en que repasaremos las consecuencias de la velada para cada uno, también en ángulo cenital.

La estructura de la película induce a apreciar las correspondencias temático-formales, de manera que el clímax (el plano de 43 minutos en que la fiesta se descuajeringa) puede verse como una variante pasada de rosca del baile que disfrutamos al inicio. Es un ejercicio de exceso, bañado en el casi imparable tun tun tun del bombo y del bajo de la música dance electrónica, un griterío casi constante, el extrañamiento no muy agradable de ver gente descontrolada sin que uno esté embarcado en su mismo viaje, y los actos de violencia (asesinatos, suicidio, autoflagelación, agresiones físicas y verbales, accidentes, sufrimiento psicológico). La situación más perversa debe ser la de la madre a la que se le ocurre, para protegerlo de los demás, encerrar el hijito de tres años solo en una habitación, y elige justo la central eléctrica de la escuela, que aparte del riesgo de electrocución, está infestada de cucarachas. Para colmo, la madre pierde la llave de la inexpugnable puerta metálica.

El final, medio enigmático, puede insinuar, sin asegurarlo en absoluto, la persona responsable por intoxicar a la sangría. Y el fundido a blanco conecta con el plano inicial del campo nevado.

Hay quienes buscan significado alegórico en el hecho de que, en cuanto se dan cuenta de que están drogados, los participantes de la fiesta ponen la culpa a un musulmán y lo castigan severamente. Ello contaría como “comentario crítico sobre la xenofobia europea”, pero no es consistente, una vez que los actores del linchamiento son todos negros, lo que no induce a tomarlos como emblema de Europa. La película más bien rehúsa cualquier interpretación político-sectaria. En todo caso, si uno fuera a buscar ese tipo de pistas para una generalización ideológica, sería de signo contrario, una vez que quienes perpetran las barbaridades más grandes en cámara son negros o norafricanos, y todas las víctimas son heterosexuales.

No creo que sea productiva una lectura en esa línea alegórico-ideológica. Parecería que la idea fue simplemente administrar un sacudón sensorial, jugar con los límites de lo admisible en una película, en el marco de una estética que, no sin ambigüedades, parece disfrutar con cierto nihilismo pos-punk y la cultura del reviente nocturno, suscitando esa cosa medio ambigua inherente a la versión más radical de esa estética, que es el disfrute franco de sus no-valores éticos, de su poder de destrucción.

Estoy bastante por fuera de esa actitud estética y de ese conjunto de gustos, tengo mucho mayor afinidad con el ideal del “menos es más”, sufro con la música dance electrónica y recibo con gratitud las intervenciones del intelecto en el arte, de modo que padecí un poco la monotonía del griterío enloquecido de la segunda mitad de Climax. Mi mirada no-cómplice, mi distancia cínica, tendió a colorear la película con un tufillo tipo “mamá, mirá lo radical que soy”. Otro boicot a mi buena voluntad fue el hecho de que la banda musical arranca con una versión atroz, profanada por unos sintetizadores terrajas, de la primera Gymnopédie de Erik Satie.

Pero nada de eso quita reconocer los méritos referidos al inicio, así como los elementos de interés estructural que la película contiene, y los extraordinarios números de danza.

Climax, dirigida por Gaspar Noé. Con Sofia Boutella. Romain Guillermic, Thea Carla Schott. Francia / Bélgica, 2018. Netflix

Guilherme de Alencar Pinto (La Diaria, 02/06/2020)

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