Carta abierta desde la estación carnelli (Álvaro Sanjurjo Toucon)

El “coronavirus” atacó el rigor

Mirando retrospectivamente mi trayectoria como crítico de cine, recuerdo que en los inicios era un joven  impertinente. Los años me han quitado la juventud, pero no esa impertinencia de la que me vanaglorio.

  • “Acción” y reacción

Aquellos desplantes tuvieron su precio y debo reconocer que sus adversas consecuencias fueron lógicas. Por eso, hoy acepto mi despido del diario “Acción”, en un remoto 1971.   Incluso coincido con quien me expulsara del periódico: su director, el Dr. Jorge Batlle. Era explicable, máxime el entorno de efervescencia política que se vivía. En aquel momento, este crítico publicó en “Acción” una nota titulada “La guerra de la Triple Infamia” acerca de un film cuyo tema era la “Guerra de la Triple Alianza”. Poco después y ante el inminente estreno de La confesión, se me encomendó la realización de una nota sobre ese film doblemente valioso (por cuanto decía y quienes lo decían). El artículo ocuparía totalmente la primera plana (formato sábana) de la 2da. Sección del vespertino, y alguien se encargó de hacerme saber que la dirección del diario esperaba un artículo anticomunista (en aquel entonces el Partido Comunista ya integraba al amenazante Frente Amplio). El artículo se publicó y molestó por enfatizar que el abandono y enérgica denuncia de los crímenes de los Partidos Comunistas a que habían pertenecido los autores del film, no significaba necesariamente su apartamiento del marxismo.  Una brillante lista encabezada por Costa-Gavras (semioculto visitante de Montevideo preparando Estado de Sitio),  Yves Montand, Simone Signoret, Jorge Semprún y Arthur London.

Para que quede claro, despojé al artículo de una posible utilización con fines electorales. A buena parte de la izquierda tampoco satisfizo el film, puntillosa y canallescamente  destrozado.

Por cierto que no sentí la menor simpatía por el Dr. Jorge Batlle. Décadas más tarde, luego que la dictadura militar me colocó en la misma acera opositora del Dr. Batlle, y encontrándome con éste en un acto social no político, le recordé el hecho. Él arguyó que el despido fue por motivos económicos. Sonriendo, le señale que el despido ya era mera anécdota y que disfrutaba mucho con sus manifestaciones sobre asuntos espinosos, justificándose con la frase “Yo estoy en la estación Carnelli”. Con ello  quería significar que bien sabía hallarse en el tramo final de su  existencia (Carnelli era la penúltima parada del tren antes de finalizar su recorrido en la Estación Central) y no necesitar hacer méritos para el futuro.

A mis 78 años, “no colgué los guantes” y actúo sin necesidad de callarme para no perder “el reconocimiento de los colegas” ni el “pase libre” anual que las  empresas cinematográficas otorgan a los críticos. Estoy en la “estación Carnelli”, “naides es que más que naides” y “ni me voy ni me callo”.

A puerta cerrada

Pocos años atrás, enterado por el Acta de una Asamblea de la ACCU (Asociación de Críticos de Cine del Uruguay) que se iba a tributar homenaje a determinado socio de la misma, no vacilé en denunciar públicamente su probada condición de plagiario, además de ignorante y obsecuente con  jerarquías  militares de la dictadura. Hoy descubro mi error. No debí mezclar la ignorancia y el plagio, que atentan contra la dignidad intelectual, con el servilismo gratuito que atenta contra la dignidad humana, que se sabe tiene límites imprecisos. Así, la notable actriz francesa Arletty, justificando su vínculo sentimental con un oficial nazi declaró: “Mi culo es internacional, mi corazón es francés.”

Aquella denuncia, efectuada a partir del Acta de Asamblea de la entidad de la que era y soy socio, me granjeó la segregación, por parte de la directiva de ACCU de la época, y según me comunicara quien ejercía la Secretaria,  no se me enviaría ningún comunicado sobre cuestiones internas de la entidad. Castigo que ignoro si sigue en pie.

Por cierto, alguien no conforme con lo dispuesto, envió carta al Semanario “Búsqueda”, augurándome una muerte dolorosa. La nota fue publicada, en actitud  que juzgarán los lectores.

Ya se sabe que la vida no es como relataba en el pasado el cine de Hollywood, donde el mal es castigado. Aprendí a callar luego que alguien me iniciara juicio por “difamación e injurias” cuando denuncié que se le habían pegado en su bolsillo unos miles de dólares que no le pertenecían. La justicia me dio la razón pero no me restituyó tiempo y dinero gastados.

Jamás me enteré de la sanción aplicada, si es que la hubo, a aquel crítico que justificara sus plagios aduciendo que padecía de una anomalía denominada “memoria fotográfica”, que le hacía repetir textos ajenos sin percatarse de ello.

Otro colega, verdadero “amigo da onça”, me interrogó acerca de si me creía el Justiciero Enmascarado.

Debí responderle del mismo modo en que lo hacían  los acusados por el “macartismo”: “Me amparo en la cuarta (o tal vez fuese la quinta o sexta) Enmienda de la Constitución y no brindo respuestas que podrían involucrarme.” Mis defectos quedan a cargo de quienes me conocen y en última  instancia ya es difícil modificar la personalidad de alguien de mi edad. En  la Estación Carnelli.

Así, que continúo.

To be or not to be (Lubitsch, 1942)

“Amigos sí. Pero ellos de un lado del mostrador y nosotros del otro”. La frase, pertenece a un muy honesto y prestigioso crítico, ya fallecido, al referirse a lo que podía unir a críticos con empresarios cinematográficos, pero también a una actitud laboral profundamente ética.

Hoy el “coronavirus covid 19” ha obligado a cerrar las salas cinematográficas y el público (los críticos incluidos) buscan otras fuentes para ver cine. El “cinéfilo empedernido” (varios   críticos entre ellos)    conoce los sitios “ilegales” de internet donde hallar películas, así como al muy legal y económico “Netflix” (avizorándose en el horizonte otros competidores).

Los medios de comunicación (prensa escrita, radios, TV , páginas web y toda la parafernalia electrónica) suelen tener espacios dedicados al cine o bien son órganos sobre el cine. ¿Quién habilita a alguien para poseer la condición de crítico? Suele ser una pregunta frecuente.

La respuesta es monstruosa: “los propietarios de los medios de difusión”. Sí, es así porque  la condición exigida por la ACCU para ser admitido como crítico es la publicación de notas críticas durante determinado tiempo. Ello suele ser, lamentablemente, el camino elegido por algunos para obtener el pase anual otorgado por las empresas.

Cuando, como ocurre en ocasiones, hay intereses comunes entre las empresas cinematográficas y los medios, el  lugar del crítico puede no ser cómodo. Sin embargo,  las empresas no suelen ejercer presión ante críticas adversas, cuando estas provienen de quienes han demostrado honestidad en la aplicación de conocimientos (que muchos no poseen) acerca del CINE. Frecuentemente se confunde el conocimiento del arte y técnicas del cine, con la memoria para recitar fichas filmográficas.     

Quizás ha llegado el momento en que la labor de crítico (de cine, de teatro, de música, de artes visuales, etc.) deba ser desempeñada por quienes han cursado algo similar a una licenciatura. El problema  es el puntapié inicial. ¿Quiénes están capacitados para formar el plantel de docentes que habilitará a  su igual?

Creo haberme puesto latoso y eludir el meollo de la cosa.

El espectáculo más grande del mundo (De Mille, 1952)

¿Ha visto ud. la benevolencia con que la mayoría de los críticos e informadores cinematográficos tratan a “Netflix”. La empresa “Netflix” ha sido la gran beneficiada ante el cierre de las salas de cine en todo el mundo, a consecuencia del virus que, como el mal guion de una aventura de ciencia ficción, amenaza realmente a la humanidad.

“Netflix” adquiere nuevos y viejos films, y hasta posee sus propias producciones. El mercado al que dirige sus productos es heterogéneo. De ahí que, conjuntamente con una producción de consumo masivo, pueda también extraer buenas ganancias de lo que puede denominarse “cine selectivo”. Una sala cinematográfica podrá arriesgarse con títulos no taquilleros, pero ello tiene un límite. “Netflix” ha vendido su gigantesca filmoteca previamente al consumo de la misma.

Dotada de recursos propios del Gran Hermano, cual custodio de un “panóptico” propio, posee lo necesario para determinar el perfil de cada  espectador, al que ofrece la porción de su catálogo más adecuada.

Crea la “urgencia del consumo”, ya que no es seguro que el film disponible hoy lo esté la semana próxima, de acuerdo a planificados análisis de su mercado a partir de ese control exhaustivo de lo que ven y desean sus afiliados. Ud. pagará su cuota, semejante a la de alguien que vive en las antípodas, pero uno y otro no podrán ver lo mismo. Ese “Gran Hermano” se introduce en tu computadora o pantalla, analiza tus  preferencias y en el momento preciso te permite “hallar”, justamente, el tipo de film que buscabas.

Por cierto que esta opción consumista, no previó el “coronavirus” que tanto le beneficiaría. ¿O quizás sí?

“Netflix” posee films que si no fuera por esta modalidad, difícilmente se verían. En resumen, se nos aparece como un implacable cuasi monopolio, con su cuota de “buen corazón”.

Si las salas de cine no reabriesen, la industria del cine halló un nuevo envase para sus productos. No obstante, a veces se torna brumosa la frontera entre lo que pueden ser notas publicitarias, y opiniones críticas sobre el material de “Netflix”. Acerca de la propaganda y sus formas (vistas u ocultas) ya opinó hace más de medio siglo Vance Packard y algo al respecto ideó con anterioridad el satánico Dr. Goebbels.   

En tiempos del cine mudo aparece en los EE.UU. el primer “autocine”, que básicamente no ha sufrido modificaciones: una pantalla de gran dimensión, sobre la que se exhibe un film, con espectadores “encapsulados” en sus automóviles estacionados delante de ella. Verdad o leyenda  urbana, el primer “autocine” habría surgido porque lo que buscaba su inventor era que su madre, cuya obesidad no cabía en la butaca de una sala de cine, viese las películas repantingada en un automóvil.

La modalidad no prosperó, tuvo cíclicas y puntuales resurrecciones y en los años 50 cuando comienza el gran éxodo del público de las salas oscuras, resurgen, al igual que otros  experimentos que llegaron y se fueron y en algún caso quedaron (Cinerama, CinemaScope, la pantalla curva, la 3D).

Busque el lector fotografías de automóviles de la época y comprobará que su ancho permitía a  cuatro personas ocupar (algo apretadamente) el asiento delantero. Ya que desde el asiento trasero la visión es parcial. Rápidamente los automóviles de los autocines se convirtieron en el recinto donde los adolescentes norteamericanos manifestaban una libertad sexual comparable a la de los países nórdicos, rigurosamente censurada por los films hollywoodianos que allí se proyectaban.

El devenir de los hábitos sociales y la progresiva reducción del tamaño de los automóviles, entre otras cosas, colocaron fuera de catálogo a los autocines. Surgían los “multicines” en los centros de compras y los canales pagos, además de los ya  prehistóricos VHS y demás formas del consumo doméstico de películas.

El espectador uruguayo conoció lo inadecuado del “autocine” con la   experiencia realizada en las puntaesteñas Cabañas del Tio Tom, alrededor de 1971. El sonido, como ocurrirá ahora, dependía de la radio que posea el vehículo. Y los pequeños automóviles de hoy dudamos permitan ver la totalidad de la pantalla a quienes ocupan asientos traseros. Los adolescentes uruguayos, no necesitan automóviles en cines para aquietar hormonas.    

Ahora, se anuncia una pantalla de 16 metros de alto por 20 de ancho (proporción 1,25:1) que difícilmente sea ocupada en su totalidad dadas las proporciones de los films contemporáneos.

Los nuevos “autocines” uruguayos se situarán en el predio del  Faro de Punta Carretas y en el estacionamiento del Aeropuerto de Carrasco. Seguramente el arquitecto Viñoly no previó ese destino al planificar la estación aérea. Acaso el “coronavirus” aniquile a las compañías aéreas y el Aeropuerto siga similar derrotero al de la Estación Central del Ferrocarril.

Pero volvamos a los “autocines” locales, que cuentan con la presencia de algunas empresas cinematográficas en el emprendimiento. 

Esta es otra “crónica de una muerte anunciada”.

Los “autocines” han probado su inviabilidad por múltiples razones. Son incómodos. Si el film es para niños, los adultos se aburrirán, si es para adultos habrá que idear donde dejar a los niños (los abuelos en factor de riesgo dejaron de cumplir funciones de “baby sitter”).  A su vez se ofrecerán, probablemente, atractivos complementarios: “shows unipersonales” (antiguamente conocidos como “monólogos”; un tal Pepe Arias es referencia), y hasta alguna esterilizada forma de vender productos bebibles y masticables.   

Cuando el “Cinerama” ya era algo olvidado en los EE.UU., la empresa ofrece su circense proyección en el montevideano cine “Eliseo”. Desde el arranque ya se sabía de la vida acotada de aquel espectáculo. Se trataba de recolectar algunos dólares más en el “sur”.

Los “autocines” de la Farola y el Aeropuerto, así como otros que      puedan irrumpir, son consecuencia de la debacle económica provocada por la pandemia al ser necesario el cierre de las salas, absolutamente  incompatibles con este “coronavirus” y/o los que puedan seguirle.

Estoy hablando de algo que no vi aún pero que  he conocido y acerca de lo cual se ha dicho y escrito bastante. Quizás alguien ha dado a conocer un análisis serio del fenómeno, pero lo que se ve a nivel de los grandes medios de comunicación, es la algarabía de los payasos    buscando atraer espectadores entre quienes merodean en torno a la carpa. Este circo, lamentablemente no es “felliniano”. Aunque quizás el cine del futuro lo rescate bajo esa impronta.

     Los autocines son al cine, lo que  una muñeca inflable, a una mujer de carne y hueso. Y vayan las   disculpas a las feministas y los fabricantes de muñecas inflables.

¿Me expulsarán de la ACCU? ¿No me entregarán pase libre para el     próximo año?  Como decía Jorge Batlle sabiamente, “estoy en la Estación Carnelli”.

Alvaro Sanjurjo Toucon (este texto es un capítulo del libro en preparación, provisoriamente titulado, “Venturas y desventuras de un crítico de cine”, 14/05/2020)

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