Distribución y exhibición en el Uruguay (Álvaro Sanjurjo Toucon)

“EL   SATÁNICO CORONAVIRUS” o “COMO APRENDÍ A NO PREOCUPARME Y SEGUIR VIENDO CINE”

Periodista.- ¿Qué me puede decir de la crisis del cine?

Jerarca de la MPAA.- Está Ud. equivocado.

La crisis es de las salas. El cine es un producto que se vende en varios envases: VHS, Video Disc, etc.  

El diálogo  previo ha encabezado numerosas notas publicadas desde 1989, cuando aquella integrante de la Motion Picture Association of America (MPAA), destruyó mi trinitaria concepción del cine: película, sala, pantalla.

  • La muerte de los viejos templos.

En Montevideo, reinaba el deterioro de las principales salas céntricas. El “monumental Censa”, sería convertido en dos microcines lastimosos: bautizados como “Opera”, ocupando tan solo la antigua tertulia. Las salas del Plaza y Central (ignorantes de su futuro como Templos Pentecostales), eran gigantes donde escasos espectadores se perdían en la oscuridad, y la segunda de ellas, por partenogénesis, se desdoblaba en Central y Libertad. Poco antes de albergar a los “pastores” adquirentes del inmueble,  una de estas dos últimas salas, fue teatro con el nombre de “Lorente”.  Un casi ofensivo homenaje al Arq. Rafael Lorente Escudero, diseñador de esa emblemática media manzana. El “Eliseo” (hoy Auditorio “Nelly Goitiño”), por su extraordinario ancho, había albergado un sistema de proyección ya abandonado por la industria de Hollywood: el Cinerama (con tres proyecciones simultáneas y frecuente desincronización), un juguete de feria como lo probó su versión “Disneylandia”. Con escasas modificaciones edilicias, el  “Eliseo” pasó a ser teatro; primero llamado “Teatro Eliseo”, con un escudo de yeso presidiendo la parte superior del escenario. Espurio blasón sin respaldo nobiliario, lucía las letras  AB, iniciales de Angel Barros, ex ascensorista del Palacio Salvo, luego devenido en poderoso propietario de una ya decadente “Cinematográfica Glucksmann-Cinesa”. Barros, que se complació en “ningunear” a los críticos de cine, inició con gran alharaca su periplo teatral, con un musical traído de la calle Corrientes. Cuando bajó de cartel, no se habían planificado los espectáculos posteriores y la sala naufragó junto con su otrora ascendente propietario. Los edificios ocupados por importantes cines montevideanos, pertenecían en gran proporción a la familia del empresario Mateo Brunet, de ahí que la trayectoria del viejo “Eliseo” se culminara bajo el nombre de “Sala Brunet”, luego adquirida por el SODRE.

         Los 19 millones de espectadores montevideanos de 1953 (21 en todo el país) eran apenas unos pocos miles unos 20 años después. La empresa francesa “Unifrance Film”, recibía mensualmente informe de la cantidad de espectadores de los films galos estrenados en Montevideo, y ante aquellas cifras (8. 7, 12, 16 y cantidades similares), inquirió a su corresponsal acerca de si aquellos números correspondían a millares. Non, Monsieur.

El paradigma del deterioro, con butacas desvencijadas, mala proyección y sonido, carencia total de aislamiento acústico y acondicionamiento térmico,  ausencia de ventilación y demás incomodidades, se hallaba en el cine “California” (hoy edificio de negocios en Colonia entre Ejido y Yaguarón), donde unas chapas de madera y butacas excedentes en abundancia, delimitaron dos cochambrosos microcines  “perdidos” en el amplio hall del subsuelo.

El cierre de los otrora lujosos cines céntricos, marchaba al compás de una degradación de la zona céntrica, en muchos aspectos similar a la de importantes capitales víctimas de la “desertización” nocturna. Oscura soledad generada por la presencia de los nuevos templos del consumismo: los “shoppings”, con extendidos horarios en todo tipo de comercios y estratégica ubicación de una nueva modalidad del negocio cinematográfico: las multisalas. Modalidad que la ciudad de Pompeya pusiera en práctica para las representaciones teatrales. Los recintos de  las multisalas, albergan entre  menos de un centenar de butacas y  difícilmente superan las trescientas. Aquella desaparición de los grandes cines, exhibió rasgos similares, en casi todo el planeta. Los inmuebles que albergaran a viejos cines siguieron en pie, apenas reciclaron sus fachadas, y  pasaron a ser estacionamientos, tiendas, templos religiosos, salas de juego, supermercados, y otros destinos ajenos a las imágenes en movimiento. El observador atento constató aquella mutación en cualquier calle del mundo (Champs Elysées, Hollywood Bvrd., Lavalle…. y 18 de Julio). El último bastión cinematográfico de nuestra principal avenida, fue “Cinemateca 18”, ubicado en la que fuera tertulia del casi (¿o sin casi?) centenario edificio del cine “18 de Julio”, antes  teatro “18 de Julio”, con uno o dos “liftigs” de fachada en cuyas marquesinas brillaran los nombres de Luis Sagi Vela, Carlos Gardel, Paquito Busto y un lustroso etcétera.

  • La culpa es de Eisenhower

En aquel 1953, en que los 21 millones de uruguayos que fueron al cine hacían sonreír alborozados a grandes, medianos y pequeños empresarios cinematográficos locales (distribuidores y exhibidores, propietarios de grandes cadenas de salas y dueños de humildes cines de barrio), en Hollywood ya había comenzado la debacle de las salas. Crisis que se pretendió enfrentar con viejos artificios de fugaz existencia y otros nuevos que se quedaron. La “tercera dimensión” o “3D” de El diablo Bwana y otros bodrios, resucitaba la estereoscopia que la MGM ensayara en cortometrajes en los tempranos 30, la triple pantalla del “Cinerama” provenía del cine mudo  (memorable el Napoleón de Abel Gance), y la pantalla ancha era heredera de los espectáculos precinematográficos  (“Cicloramas”, ”Dioramas”,etc que Montevideo conoció a fines del siglo XIX). El sonido estereofónico, cuadrofónico, Dolby, Sensurround, etc,. los films de 70mm y esoterismos fotográficos denominados VistaVisión, Cinerama, CinemaScope, Sovscope, Todd-AO, etc. etc.) pasaron a ser parte de ese arsenal con que el cine se propuso reconquistar a las multitudes.

Rápidamente, a nivel mundial, se atribuyó la masiva reducción de espectadores a la aparición de un impensado competidor: la TV (aún en blanco y negro) con la que demoraría en asociarse.

Es cierto que la TV quitó espectadores al cine en los EE.UU. y otros países, pero la causa es más compleja. Durante  la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses reducen notablemente sus gastos, lo que aumenta su capacidad de ahorro. Finalizada la conflagración, la nación norteña pasa a ocupar un lugar principal en la economía mundial y bajo el gobierno del Presidente Dwight D. Eisenhower (considerado el gran héroe norteamericano de la IIWW) la nación atraviesa un período de bonanza. El ciudadano medio adquiere su casa en los suburbios de las grandes ciudades y al terminar la jornada laboral marcha a su casa suburbana, no quedándole tiempo para ir a las salas de estreno de las zonas céntricas. Los domingos por la tarde los miembros de la familia ya no asisten a la matiné, optan  por sus casitas con jardín y quizás piscina y la TV comienza a brindarles programas de ficción (series especialmente) que bien suplen a aquella producción clase “B” de las funciones del fin de semana.

En el Uruguay, en los años 50 y un par de décadas posteriores, gran cantidad de ciudadanos accede a prestamos (de las Cajas de Jubilaciones, Banco Hipotecario y otros organismos estatales), generadores de un fenómeno parecido al de la vivienda suburbana de EE.UU. El uruguayo opta por la casa en el balneario. Marcha a ella los viernes por la tarde y regresará a Montevideo el domingo por la noche o lunes de mañana. Los niños y adolescentes abandonan las matinés sabatinas y domingueras, y los adultos ya no tienen tiempo para asistir a los estrenos cinematográficos con la asiduidad con que lo hacían antes. A su vez, la TV (que a fines de los 50 ofrecía un canal local y otro argentino) tiene su cuota de responsabilidad en la disminución de espectadores cinematográficos.

La industria norteamericana busca desesperadamente capturar espectadores: crea los autocines. Rápidamente convertidos en estacionamientos para automóviles de parejas entregadas a menesteres ajenos a las ñoñerías que se veían en pantalla.

  • Los nuevos envases rápidamente descartados

El negocio cinematográfico local es rápidamente permeado por las fórmulas ensayadas en la gran metrópoli Hollywoodiana que impone sus formas, con notable incidencia en lo social.

Los viejos códigos de censura de Hollywood son abandonados, su cine comienza a exhibir una producción donde los abordajes maduros le permitirán competir con  un cine europeo en que no se escatiman los aspectos más duros de la existencia, ni la muy vieja actividad sexual (con abundante participación de jóvenes damas, ligeramente desvestidas, que aún nadie considera víctimas de la líbido machista).

Los avances tecnológicos hacen realidad el sueño de muchos cinéfilos y ofrecen comodidad. El VHS (Video Home System), es el nuevo envase que Hollywood ha hallado para reciclar y vender viejas películas. Cine mudo, estrenos màs o menos recientes, películas rodadas especialmente para esos formatos (bodrios en su  mayoría) son vendidas o alquiladas por los llamados “videoclubes”. El mundo y dentro de él el Uruguay, contemplan la proliferación en progresión geométrica de  los “videoclubes”.

Los editores de video locales (que suelen coincidir con los propietarios de las cadenas de salas y/o distribuidores de films), ponen en práctica un sistema perverso. Ante el alto costo de cada VHS conteniendo una película y la necesidad de varias copias por parte del videoclub, fomentan la duplicación “pirata” de los mismos. El resultado  suele ser una copia borrosa que igual se alquila. Los aficionados compran, copian e intercambian VHS. Los más fervorosos atesoran cientos o miles de ellos en sus casas. Las grandes tiendas de video ocupan amplios espacios en los centros de compra: los “Shoping”. La “piratería” comienza a ser legalmente perseguida por los mismos que la fomentaran.

Revistas especializadas y otras que no lo son, vienen acompañadas del VHS de un film exitoso. La Cinemateca Uruguaya sacude las fibras más sensibles del aficionado con su serie “Las 100 películas”, son VHS de variable calidad, pero son la concreción del sueño del cinéfilo.

Hollywood sabe que el consumo constante, por preferencias innatas o creadas artificialmente, es la base de  toda industria del mundo capitalista. El mercado ha sido saturado por la diversidad de films en VHS. Entonces llega el DVD (Digital Video Disc). Ocupa un espacio considerablemente menor que el VHS, y la calidad de imagen y sonido nada envidia a la de las salas de cine más sofisticadas. Su costo inicial es alto, su copiado dificultoso. Los “videoclubes” que no pueden acompasarse al cambio cierran masivamente y el cinéfilo descubre que el VHS es una traición al producto original. Miles de VHS marchan a la basura. Los videorreproductores de VHS se dejan de fabricar. Deberemos comprar un viderreproductor de DVD.

  • Dos para la peli que ya comienza y “pop-corn”

La pantalla de TV es chata como si se tratase de un cuadro. Su tamaño enorme. Se le ubica en la pared del comedor, ante los sillones del living, o colgada del techo, a los pies de la cama.

La adquisición o alquiler de un DVD conteniendo una película, implica adquirir un film del cual el espectador común no sabe demasiado; a su vez  si lo alquila deberá ir a buscarlo y devolverlo al “videoclub” que ya no queda tan cercano.

Los canales de “cable” tienen variedad de películas. Si vas a la computadora, “Google” desplegará infinitas e increíbles opciones para acceder a los últimos estrenos, mediante suscripción (unos 15 dólares mensuales) a alguna de las numerosas plataformas.

“El cine en casa” como proclamaba la publicidad de una “tv ultra chata», con las más modernas incorporaciones en cuanto a “imagen y sonido”.

“El cine en casa” halló tantos adherentes como “detractores”. Las motivaciones de unos y otros, acaban siendo referentes a situaciones particulares (“me duermo”, “tengo que esperar se duerman los chiquilines”, “si las mirás en la cama, cuando vienen las escenas de sexo, postergás ver el final mañana”, “la mística de las salas oscuras es imposible en tu casa”, “estás tranquilo, sin pelotudos que molestan mascando pop y sorbiendo refrescos”)…. A quien le caiga el sayo..

Ese sedentarismo doméstico  del consumo fílmico, acaso haya sido el que fomentó la idea de crear una nueva mística social en el consumo de películas. Los multicines, ubicados preferentemente en los centros de compra (verdaderos templos del consumismo), atraen –al menos en nuestro país- a sectores de público perfectamente diferenciados.

El “multicine” abolió la vieja práctica del cine continuado, como fuera varias décadas atrás, ahora debemos adquirir la entrada (numerada) para una función determinada. La multiplicidad de ofertas en un mismo recinto, y la existencia de un público menos selectivo que el existente entre los años 30 y 70, favoreció que conjuntamente con el espectador que va a ver un film pre-elegido, coexista aquel otro (generalmente una pareja joven o un conjunto de ellas) que optará por el film que comience en ese instante u ofrezca mejor lugar en la platea. Para este segmento del público, el film no es el objeto de su salida, sino un componente más en lo que es un encuentro con grupos de  amigos.

La penetración cultural norteamericana, esa que se impuso a través de la comida chatarra con grifas internacionales, que convirtió a “liquidación” en “Sale”, a “descuento” en “off” y a “reparto a domicilio” en “delivery”, ha acentuado la preferencia multitudinaria por el más comercial y reiterativo cine de Hollywood.

Desde una perspectiva comercial, la modalidad ha funcionado en nuestro medio. E incluso ha favorecido la creación de “nichos” del cine. Una programación con frecuente calidad suele encontrarse en las salas de “Life Cinema”, la alternancia del cine más comercial con títulos de públicos selectivos se encuentra en las salas de “Grupocine”, y el material taquillero por excelencia (con alguna excepción puntual) impera en las carteleras de los  diversos “Moviecenter”.

  • Fue Orwell

Entre las múltiples estupideces con que la TV ofende la inteligencia, se ubica el programa Gran Hermano.  Por cierto, las multitudes creen que dicho nombre es  producto de la genialidad de algún productor, sin reparar que  proviene de un  personaje de la extraordinaria novela 1984 de George Orwell, que fuera llevada a la pantalla en por lo  menos en un par de ocasiones. Menos sabido es que Orwell para ese emblemático argumento se basó en Nosotros, novela de los años veinte del ruso Yevgueni Zamiatin. (también podríamos referirnos a Huxley y su mundo feliz,  pero no viene al caso).

La gente de la industria del cine hollywoodiano (que no está toda necesariamente en los EE.UU.) tiene dos ojos, como casi todo el mundo, con la particularidad que uno de ellos mira a la pantalla y otro a la taquilla y sus consecuencias: el resultado de los balances.

Esas inquietudes, seguramente jugaron fuerte a la hora del cambio.

Los viejos, enormes y pesados  rollos conteniendo un film (cinco o seis de ellos para una duración promedio), fueron sustituídos por el DVP.

El Digital Video Package (DVP) desde  el  punto de vista de un neófito, es una cajita negra –tamaño aproximado al de un viejo VHS- que en su interior contiene, en forma digital, un largometraje que, mediante un proyector para dicho sistema, mostrará sobre la clásica pantalla, películas con calidad de imagen y sonido superiores al que ofrece el clásico film de acetato.   

Otra de sus características es el dominio absoluto ejercido por quienes venden el film, sobre aquellos que lo adquieren: los exhibidores (o sea los cines). Para visionarlo ha de solicitarse una clave al propietario que habilitará su proyección a determinada hora (tolerancia 10 minutos) en dia y lugar prefijados. Si a ello agregamos que los sistemas de venta de entradas pueden ser controlados a distancia y  en tiempo real,  tenemos que nadie podrá introducir en su bolsillo un centavo de dólar que no le pertenezca.

Asimismo se minimiza el costo de envío del film, e inconvenientes a causa de transportabilidad. Negocio redondo, al que se debe agregar un necesario y total cambio de  proyectores.

De la noche a la mañana los legendarios proyectores de 35mm fueron, literalmente, chatarra. Solamente las cinematecas y cineclubes los conservan y utilizan para proyectar material de sus archivos no siempre adecuados (herméticos galpones con control de humedad y temperatura, para preservar las que han pasado a ser reliquias difícilmente obtenibles).

Todo el sector de producción y distribución abate costos y aumenta controles en modalidad sin precedentes. A la vez que las salas deben efectuar una única y considerable erogación para, a partir de allí, continuar con exhibiciones donde el gran público no nota diferencias mayores.

  • Los judíos y sus mercados de imágenes

El cine como industria surge en los EE.UU., y quienes lo manejaron y convirtieron en un formidable negocio, fueron muchos inmigrantes, particularmente judíos, llegados a fines del siglo XIX y comienzos del XX a la nación del norte. Esa lista incluye, entre otros, a Schmuel  Gelfisz devenido en Samuel Goldwyn, Carl Laemmle y Lew Wasserman (fundadores de Universal), Adolph Zukor y Jesse Lasky (creadores de Paramount), William Fox (20th Century Fox), Louis B. Mayer, Nicholas y Joseph Schenck (Metro-Goldwyn-Mayer), los hermanos Warner (Warner Bros.), Marcus Loew (cines teatros Loew),  los hermanos Cohn (Columbia), y el mítico Irving G. Thalberg (nacido en EE.UU.), cuyo nombre nunca apareció en pantalla.

Motivaciones múltiples volcaron a los judíos al negocio del cine, lo cierto que su presencia fue notoria y muchas veces decisiva, en el desarrollo del espectáculo cinematográfico. Una impresionante lista de productores, distribuidores, realizadores, intérpretes, etc. hallamos especialmente en Hollywood, pero también en otros  países -Uruguay incluído-  en que aquellos culturalmente judíos (no religiosos las más de las veces) irrumpen en porcentajes altos respecto a su presencia entre los “goi”.

En el Río de la Plata, los hermanos Max y Bernardo Glucksmann, austríacos judíos (nacidos en Ucrania cuando esta era parte del Imperio Austro-Húngaro) formaron sendos  imperios cinematográficos a ambos lados del río. Max en Buenos Aires y Bernardo en Montevideo. En las décadas de los 30 a 50, en nuestra ciudad, Bernardo Glucksmann comandó el negocio del cine. Poseía una muy extensa cadena de salas, que no admitía competencia. Si alguien abría un cine y prosperaba, al poco tiempo tendría una sala de Glucksmann haciéndole competencia. Glucksman a su vez poseía la distribución de los films de los grandes sellos, que luego de estrenados alquilaba a sus competidores, obligándoles también a la adquisición de “paquetes” cerrados: para obtener un film taquillero era obligatorio pagar por varios más que no lo eran. Glucksmann a su vez vendía los insumos necesarios (carbones, repuestos, etc.)  y poseía imprenta propia donde se confeccionaban los programas de mano para sus cines y los de sus sometidos clientes, donde no faltaban los de su misma colectividad.

Al   promediar el siglo un incendio acaba con el imperio local de Bernardo Glucksmann y  otros nombres comienzan a ocupar su sitial en el mercado.

  • Qué dirá el Santo Padre

Del imperio Glucksmann, solamente subsisten algunos de sus cines bajo el nombre de “Glucksmann Cinesa”, a la que ya nos referimos.

La Compañía Exhibidora Nacional S.A., más conocida como “Censa”, sin alcanzar el dominio de Glucksman, le sustituye en parte. Representa, exhibe y distribuye importantes sellos norteamericanos y posee importante cadena de salas. Censa tuvo entre sus principales a Miguel Páez Vilaró, a quien se atribuye la representación del Cardenal Spellman de Nueva York en el negocio del cine (y la banca) local. En la empresa también participó el grupo económico de la familia Campomar. En momentos en que había decrecido el negocio, una de las salas de  “Censa”, el “Luxor” de la calle Ejido, se vuelca, como hicieran otras compañías, al cine “franja verde”. Aquellos títulos, que en su mayoría  hoy nos resultan por demás ingenuos, abrieron paso a la entrañable Coca Sarli y los cuasi ginecológicos films “científicos” alemanes que pululaban por entonces.

Real, o parte de una leyenda urbana, la presencia de capitales católicos en “Censa”, habría motivado la creación de la empresa “Orfeo” (comandada por Angel Hermida, Gerente de “Censa”), bajo cuya órbita quedaba el “Luxor”, que por razones que desconocemos pasó a llamarse “Nuevo Ambassador” (el “Ambassador” había sido otra sala de Censa). La moral cristiana quedaba a salvo, el negocio también.

La mutación del “Luxor”, de la “Censa” de Páez Vilaró, tuvo sus acompañantes: los cines “Renacimiento” (programado por “Renacimiento films”, de Walter Achugar), “Los Angeles” (programado por “Discina” del Dr. Antonio J. Grompone), y “ABC” (programado por Líber Carratú) no solamente exhibieron títulos de “Franja Verde” como el Luxor, sino que debieron abandonar por su inviabilidad económica, sus anteriores programaciones de un cine de calidad que hizo época gracias a la loable propuesta de sus quijotescos impulsores.

Los lazos familiares y políticos del empresariado uruguayo que tanto desvelan a la izquierda, irrumpen también en el negocio del cine en  el Uruguay.

En tiempos posteriores a Miguel Páez Vilaro (o tal vez desde entonces), irrumpe en Censa el grupo de la familia Campomar (de múltiple participación en empresas nacionales). A su vez, por vía del himeneo cuasi endogámico de la alta sociedad uruguaya, el grupo de la familia Brunet (propietaria de edificios de varias salas cinematográficas del centro, hoy devenidas en otros negocios), también confluye aquí. Censa se eclipsó mientras liquidaba su negocio de video, y varios de sus principales accionistas se reencontraron en “Moviecenter”.

La “CCC” (Compañía Central Cinematográfica) propietaria de los cines Plaza, Central y Cordón, cuyos  principales accionistas fueran integrantes de las familias Sánchez Varela, Arocena, Slovak,  y otros (sin olvidar a la familia de un connotado  líder de la izquierda), no tuvo continuidad en el negocio del cine tras la venta del edificio cuyas salas ya no funcionaban. Con predominio de católicos afines al Partido Nacional, la directiva de la “CCC” resistió la venta del complejo edilicio de  la Plaza Cagancha a los Pentecostales, hasta que la oferta se elevó a niveles imbatibles .

Los “cinematografistas”

“Cinematografistas”, ese era el nombre que se daban a si mismos buena parte de quienes estaban en la distribución y exhibición de películas. De estos, unos eran empleados de las grandes empresas de Hollywood (también hubo del cine soviético) y otros “independientes”, que adquirían sus films en el mercado internacional o asociándose generalmente con sus similares argentinos.  

Figuras como los señalados Achugar, Grompone o Carratú, conocedores del cine por dentro y por fuera, poseedores de especial sensibilidad artística, eran excepción. Lo habitual, entre las empresas independientes, era la  presencia de individuos con muy limitado conocimiento de lo artístico, pero con una notable intuición que les hizo posible llevar adelante su negocio. Cada uno sabía que era el material que tenía entre manos y como venderlo.

La reorganización de la exhibición y distribución cinematográfica operada con la irrupción de los multicines, preferentemente ubicados en los “Shopping” o puntos estratégicos de la ciudad, desplazó a aquellos intuitivos. Hoy son suplantados por “licenciados” en “marketing”, “comunicación”, “administración de  empresas”, etc. cuyos conocimientos les llevan a manejar los films como si fuesen “galletitas”, “zapatos” o el  producto comercializado por la empresa que les contratara.

Aquellos “incultos cinematografistas”, seguramente no comprendían la intrincada filosofía bergmaniana, pero sabían por donde iba el film. Tenían suficiente prudencia para no indicar a un crítico como ver a Fellini o a  Antonioni, ni pretender venderle como obra maestra el último film de Palito Ortega con dirección de Enrique Carreras. Seguramente, de haber existido en pleno siglo XXI, nunca hubieran “informado» que se estrenó A Hard Days Night, “un reciente documental acerca de los Beatles”,  ni indicarían que tal film es rodado «con un nuevo  sistema llamado 3D”.

Felizmente, hay “cinematografistas” actuales, a quienes no resulta extraño el nombre de Richard Lester, ni la fotografía estereoscópica.

Los nuevos espectadores

Sería una necedad anclarse en el pasado. El negocio del cine hoy es diferente. Y estos son algunos de sus cambios.

El consumismo y lo descartable, la sobrevalorización de lo reciente que rápidamente queda obsoleto, alcanza al cine, del mismo modo que al libro y otras manifestaciones culturales.

Todo es tan vertiginoso que el último modelo de teléfono móvil (en realidad una combinación de teléfono + cámara de fotos + grabador + filmadora (con una movilidad que convierte en paralítico a Urusevski) + calculadora (+ otros usos que aún ignoro), no puede venir en barco desde la lejana China que los fabrica. El tiempo que dura el  viaje será más que suficiente para que los fabricantes  lancen al mercado por lo menos un par de nuevos modelos.

Nada existe fuera de “Google”.

El aire de bohemia que impregnaba a las salas de Cinemateca, con su deficiente proyección y sonido, fue convertido en una maravilla de salas de cine donde se extrañan aquellas pobres imágenes de Sala 2 en que se veía y descubría a Grifith, von Stroheim, Zasu Pitts y otros nombres que no están entre los contactos de tu celular.

El mundo cambia, hay que aceptarlo, y cuando estamos adaptándonos…

…. llegó el monstruo.

Tengo edad más que suficiente para cumplir la consigna de “no salir de casa”. Mis hijas y nietos no pueden visitarme ya que podrían contagiarnos a mi y mi esposa.

Veo a esa familia que es   la mía por Internet o “guasap”. Recuerdo una de las conversaciones telefónicas de la magistral 2001. Maestro Kubrick, si supieras.

Epidemia y otros bodrios acerca de un planeta Tierra amenazado por virus, perdieron su condición de fantasías fílmicas. Somos protagonistas de un mal guión similar.

Cuando era pequeño me aterró el gigantesco King-Kong (que no eliminó esa sensación extraña y agradable generada por Fay Wray). Hoy un organismo microscópico me coloca en el lugar de las víctimas de aquel simio de falso aspecto.

Escucho  en la radio, una voz familiar. Es Alvaro Caso, productor,  exhibidor y distribuidor amigo (aunque ocupamos lugares frecuentemente antagónicos).

Sus palabras me extraen de este Hechizo del tiempo a que nos ha condenado la cuarentena. Horror, hallo a alguien tan pesimista como yo. Lo transcribo con la imprecisión de la memoria:

“En el mundo se han interrumpido todos los rodajes… Si la cuarentena se levantase hoy no tendríamos material suficiente para estrenar… Las salas están cerradas, su personal en seguro de paro y nadie recauda… Los impuestos municipales a las entradas destinados a fomentar el cine nacional no son generados… El día en que se abran los cines, ¿el público se animará a  asistir?…”

Cine, necesito cine.

En Netflix he visto cuanto me interesaba. En el sitio pirata ruso www.gnula.nu ocasionalmente hallo algo. El mexicano “Películas chingonas”  y “Cliver.tv” parecen ser subsidiarios de los rusos.

Ese pequeño prisma negro encima  del escritorio. ¿Quién lo dejó allí? Acaso es una réplica a escala del que se aprecia ciclicamente en 2001: Odisea del Espacio. Es apenas mayor que una cajilla de cigarrillos. Pero no, no se trata de eso. Además, que importancia tiene, si no fumo. En realidad es un disco externo que suelo conectar a mi computadora. Su capacidad es de dos “teras”. En él he archivado ochocientos largometrajes sonoros y miles de films mudos(*) de todo el mundo en excelentes copias. Finalmente he hallado el momento de verlos. Si me lo permite el “coronavirus”.Mis nietos, ¿volverán a ir al cine algún día?

Alvaro Sanjurjo Toucon (Exclusivo para accu.uy, 26/04/2020)

(*) 217 DVD con el material mudo fueron entregados a Cinemateca Uruguaya.

Un comentario sobre “Distribución y exhibición en el Uruguay (Álvaro Sanjurjo Toucon)”

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