«Los sonámbulos» (Pablo Delucis)

Despertares

Dicen que el sonambulismo es hereditario. Quizás por eso mismo, al comienzo del film vemos que Luisa (la madre) no se sorprende demasiado cuando ve a Ana (su hija de 14años), deambular por la casa desnuda y, aparentemente, dormida. Más adelante nos iremos enterando que son varios en esa familia los que padecen el trastorno. También con el correr del relato, no será difícil inferir que, en el proceso de abrir los ojos ante la realidad, y despertarse de verdad, está la esencia de la película.

Luego de esa primera escena, el tono cambia y vemos a las dos mujeres junto al esposo y padre respectivamente, en un apacible, pero algo tenso viaje a lo que será una reunión de familia por la parte paterna, (abuela, primos, tíos, y empleada doméstica incluida), con el motivo de despedir el año.

La directora de este trabajo, Paula Hernández, ya había demostrado en especial en su film anterior, Un amor (2011), una mirada sutil y profunda en relación a vínculos donde lo que se ve no siempre es la realidad. Aquí, no disimula una especie de diálogo con La ciénaga (2001) y La mujer sin cabeza (2008), ambas de Lucrecia Martel, lo que no invalida en absoluto un relato más lineal que los ejemplos citados y donde los primeros planos de una cámara generalmente en mano son decisivos. Es que cuando lo que se quiere subrayar pasa de lo general a lo particular, luce como eficaz y sugestivo el recurso de un largo travelling que va achicando su plano a medida que se acerca a la situación que se quiere detallar.

Volviendo a los principios de la reunión, caemos en la cuenta que se trata de una familia de clase media alta, dueños de una editorial, donde algunos de sus integrantes no pasan por su mejor momento en lo afectivo, y que una especia de matriarca, la abuela Memé, tiene una especial predilección hacia los integrantes masculinos del clan. La pareja de Luisa y su esposo tampoco está pasando por un buen momento, y es justamente la actitud sumisa de la mujer que hace que la situación no haya explotado, todavía.

Las diferentes opiniones en cuanto a la venta o no de la casa donde se encuentran reunidos, oficia como excusa para que aparezcan asperezas varias y donde cada uno trata de cobrar antiguas y no tanto, deudas pendientes. Prontamente, los coqueteos no carentes de tensión sexual, lo no dicho, el alcohol y el calor, jugarán su parte, generando una tensión que Hernández maneja con buen pulso y con elegancia narrativa. Ya en su último cuarto, cuando ya tenemos claro, quienes son las víctimas y los victimarios de todo ese ambiente cercano al patetismo, el tono se vuelve más sombrío y perturbador, preparando una explosión final que habla justamente de tomas de conciencia acompañadas de decisiones.

Todo esto se ve potenciado por un elenco sin fisuras, donde se destaca el terceto femenino conformado por Érica Rivas como Luisa, Marilú Marini como la abuela Memé y Ornella D’Elía como la adolescente Ana. La profundidad y la sutileza de Rivas, encuentra en dos actrices en los extremos tanto de edad como de estilos como Marini y D’Elía, un balance que conmueve y cautiva.

Seguramente la película no nos cuenta algo demasiado original, pero en la forma en que lo hace, está la bienvenida diferencia.

Pablo Delucis (Cartelera, 26/02/2020)

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