«El robo del siglo» (Pablo Delucis)

Plata, ricachones y rencores

El robo del 2006 de la sucursal Acassuso del Banco Río en Buenos Aires, seguro iba a contarse en una película. Es que todo lo que tuvo y tiene que ver con el caso, forma parte de eso tan argentino – y no solo argentino -, de explotar mediáticamente al máximo cualquier asunto. Y más aún, si alguno de los personajes en cuestión puede tener una chance – al menos mínima – de formar parte de “la farándula”. El que no se disparara un solo tiro, que las armas fueran de juguete y que los delincuentes, además de una gran planificación, mostraran un indudable ingenio a la hora de un hurto que nunca pudo ser cuantificado realmente, fueron un notorio material de cultivo que el estreno de la película revivió.

Ante todo, y para que quede claro, estamos básicamente ante una comedia. Y realmente hay que concluir en el acierto del director Ariel Winograd (sus trabajos hasta ahora han sido en general correctos, destacándose Vino para robar y Cara de queso, su debut en el largo en 2006) en relación al tono elegido. Es que estando ante un asunto del que la gran mayoría conoce sus pormenores, si la película hubiera optado por un policial liso y llano, la propuesta hubiera corrido un gran riesgo de agotarse en sí misma.

La trama se presenta a grandes rasgos con tres partes bien definidas. Al principio, se brinda una breve pero eficaz presentación de personajes, en donde se pone el énfasis en el dúo formado por el ideólogo Fernando Araujo – coautor del guión junto a Alex Zito – y el uruguayo Mario Vitette, asaltante profesional y también financista de la operación. En esos momentos se plantea un juego de opuestos que se sostiene por la muy buena actuación de Diego Peretti y Guillermo Francella respectivamente. Luego, pasamos al segmento de más duración que es el asalto propiamente dicho, donde se incorporan 3 ladrones más, y aparece la figura del negociador Mario Sileo, encarnado de gran forma por Luis Luque; mientras que, en el tercio final, asistimos al destino posterior de cada uno de ellos.

Ese tono de comedia cercana al costumbrismo y matizada con algún toque policial, logra que nunca se pierda el interés en el relato; las situaciones de humor no están banalizadas y la narración posee un dinamismo por demás adecuado en relación a lo que se cuenta. Tampoco hay glorificación de delincuentes ni bajada de línea, ya que admitamos que, la tentación era grande por la habitual identificación del público con el ladrón que roba a otro ladrón. No es menor el hecho de que en 2006, cuando se da el atraco, estaba muy fresco todavía el asunto del corralito del 2001, con los bancos como blanco de todas las críticas y sospechas.

Otros aciertos notorios están en rubros técnicos de gran destaque. En especial la disfrutable banda sonora con Calamaro, Sinatra y The Kinks y una gran potencia visual de la mano del director de fotografía Felix Monti.

Lo mejor que se puede decir de esta película es que está a la altura de la ocurrente apostilla que dejaron los ladrones encima de uno de los tantos cofres de seguridad hurtados. Tres de esas palabras están en el título de esta nota.

Pablo Delucis (Cartelera, 10/02/2020)

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