«1917» (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Cuando cambió el mundo

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue una conflagración bélica protagonizada por las potencias europeas. Sus orígenes deben rastrearse en múltiples conflictos continentales de origen bastante anterior, cuyas derivaciones posteriores generarían hechos que, contemplados retrospectivamente, aún hacen sentir sus consecuencias.

A grandes rasgos puede señalarse que el conflicto fue básicamente un enfrentamiento entre Francia y Gran Bretaña por un lado, y Alemania por otro. Si bien existieron incorporaciones, abandonos y realineamientos que complejizaron aún más la historia. Así Rusia, en principio aliada a galos y británicos, se vió inmersa en el derrocamiento de los zares y posterior Revolución Soviética. Italia sufrió una alternancia que reeditaría en la Segunda Guerra Mundial. EE.UU., como también lo haría en la IIWW, ingresa sobre el final del conflicto (1917) siendo decisorio su aporte.

Lo que nadie sospechó, cuando en 1918 los Alemanes firmaron la rendición en un vagón de ferrocarril en el bosque de Compiegne, debiendo aceptar las duras condiciones económicas impuestas por los vencedores, que se estaba desafiando, una vez más, al militarismo prusiano y al pueblo germano en lo más profundo de su orgullo, resurgido, una vez más en la historia, bajo la égida de un ex cabo del ejército austríaco y pintor fracasado, llamado Adolfo Hitler. La rendición de Francia ante Alemania, en la Segunda Guerra, se firmará, por decisión de Hitler, en el mismo vagón.

Esos antecedentes y consecuencias, tuvieron entonces su punto de inflexión en la Gran Guerra, como también se llamó a aquella hecatombe de 1914-1918 que dejó varios millones de muertos y un corrimiento de fronteras sin precedentes.

Desde el punto de vista militar, la guerra de 1914-1918 se caracterizó por la utilización de kilométricas trincheras, la irrupción del tanque de guerra y los gases tóxicos, los bombardeos desde el aire y una utilización de aeronaves que será crucial pocos años más tarde.

El conflicto atrajo rápidamente al cine incluso desde épocas prácticamente simultáneas al mismo. Pero, diferenciándose de lo acontecido asiduamente con las versiones fílmicas de la Segunda Guerra Mundial, el carácter desmitificador y los aportes pacifistas fueron harto frecuentes.

En una lista, irremediablemente incompleta, se destacan, con sus diversas perspectivas:

  • Armas al hombro (1918), una feroz pieza de ternura y humor negrísimo desplegado por Charles Chaplin.
  • El gran desfile (1925), desmitifica la guerra centrándose en sus víctimas; en ejemplar relato de ese maestro que fue King Vidor.
  • Alas (1927), historia sentimental dirigida por William Wellman donde el trasfondo de la guerra ofrece impresionantes escenas aéreas, con una espectacularidad que le premiara con el primer Oscar.
  • Cuatro hijos (1928), John Ford plantea la disolución familiar ocasionada por la guerra cuando integrantes de una misma familia se incorporan a ambos bandos.
  • Sin novedad en el frente (1930), adapta novela pacifista de Erich María Remarque. Ganó un Oscar.
  • Cuatro de infantería (1930), realización alemana del austríaco G.W. Pabst, se inscribe entre las obras realistas de este realizador con preocupaciones sociales, de ahí el carácter pacifista de este film que no fue bien visto por el régimen nazi.
  • Adiós a las armas (1932), de Frank Borzage, sobre la relación sentimental de un estadounidense, chofer de ambulancias y enfermera británica. Basada en novela de Ernst Hemingway.
  • La gran ilusión (1937), de Jean Renoir, donde el gran realizador convierte la rivalidad de los ejércitos en una solidaridad de clase de sus integrantes.
  • El sargento York (1941), glorificación de un combatiente real de los EE.UU.
  • La patrulla infernal (1957), obra maestra de Stanley Kubrick en una implacable censura al militarismo.
  • La gran guerra (1959), comedia dramática del italiano Mario Monicelli, donde dos soldados (Sordi y Gassman), recrean grandezas y miserias de los combatientes.
  • Johnny cogió su fusil (1971) magistral pieza del “blacklisted” Dalton Trumbo, sobre un soldado al que los estragos de la lucha dejaran ciego, mudo, sordo, sin brazos ni piernas.
  • La vida y nada más (1989), de Bertrand Tavernier, en que la fatuidad de los honores militares asoma al contraponerlos con los valores cotidianos de la existencia. Con memorable labor protagónica del gran Philippe Noiret.

Filmografía, incompleta como señalamos, a la que podrían adicionarse el documental Jamás llegarán a viejos (2018) de Peter Jackson, así como los films Lawrence de Arabia (1962) de David Lean, y Gallipoli (1981) desarrolladas en escenarios no europeos de la Primera Guerra.

El productor, actor, guionista y realizador británico Sam Mendes (Reading, 1965), filmó para la televisión una puesta de Cabaret (1993), debutando en la realización cinematográfica con la iconoclasta producción norteamericana Belleza Americana (1999), demoledora visión de la familia según pretende establecer el “american way of life”.

Al presente ha dirigido ocho largometrajes, siendo 1917 el último. Allí encontramos visiones ácidas de los EE.UU. contemporáneos, compartiendo sitio con aventuras de acción y espionaje, sorprendiéndonos con esta desgarradora historia de la Primera Guerra Mundial, previamente a la cual rodara sesenta segundos de publicidad para Louis Vuitton.

La historia que narra 1917, escrita por Mendes y la joven Krysty Wilson-Cairms, es esquemática, trivial, con personajes sin espesor psicológico, que pudo ser la de cualquier film bélico hollywoodiano de clase “B”.

Atención: en el próximo párrafo se cuenta la anécdota. Su lectura puede saltearse.

En ese crucial 1917, se encomienda a dos jóvenes soldados, adolescentes no hace mucho tiempo. Recorrer las extensísimas trincheras hasta determinado punto, luego abandonarlas penetrando en mortífera zona de nadie, y por último hallar a un contingente donde lucha el hermano de uno de ellos, para trasmitirles una orden superior, advirtiendo que deben cesar todo ataque pues les aguarda mortífera emboscada germana. Si los dos hombres llegan a tiempo, si sobrevivirán, si ese hermano aún vive, si su proeza, en caso de ser cumplida, será recompensada con una medalla, son el estamento menor.

Los diálogos, escuetos, banales, fuera de lugar asiduamente, menoscaban la construcción dramática que no rehúye los instantes de fácil melodramatismo. Paradigmática la breve secuencia entre uno de los dos protagonistas y la jovencita que cuida un bebé hallado en el campo de batalla. Incluso la miradas del soldado con la improvisada madre adoptiva, auténtico “boy meets girl”, son rápidamente pasteurizadas por inexistente “código Hays”.

Nada de ello impide a 1917 ser un film grandioso. Corriendo velozmente por entre soldados vivos y cadáveres en las trincheras, la cámara subjetiva, hace del espectador un acompañante de los protagonistas. Trasmitiendo la sensación de sumergirnos en un laberinto infernal, siendo nuestra suerte la misma que correrán muchos de los soldados.

Ese notable efecto visual es enfatizado a su vez por larguísimas tomas, donde sin cortes, la cámara se coloca ya sea por delante o detrás de los dos soldados o bien a su costado. La falsa percepción de que todo está registrado en una toma única, imprime un sesgo documental, si bien esta continuidad está “trucada” con cortes ocultos por un lugar sin iluminación (similar a los cortes sobre las espaldas de los personajes, como utilizara Hitchcock en La soga), o los enganches electrónicos invisibilizando las interrupciones de El arca rusa (Sokurov, 2002).

No se trata de meros alardes técnicos, sino de colocar esa batería de recursos de modo de expresar visualmente cuanto no aparece en los diálogos. Una manera de rescatar el poder de la imagen que nos retrotrae legítimamente a la expresividad del cine mudo.

Es cierto que memorables tomas únicas impusieron vigor dramático en múltiples films. Y aquí convendría remitirse al trabajo del fotógrafo Serguei Urusevsky para Mijaíl Kalatozov en Soy Cuba (secuencias del entierro del estudiante, y la que culmina en la azotea del hotel “Capri”).

Lo destacable del caso es que en unas y otras ocasiones ello se logró de modo “artesanal” o merced a posibilidades del rodaje y post producción “digital”, como ocurre aquí. Importando siempre, y 1917 lo logra estupendamente, narrar en términos icónicos.

El realismo visual de 1917 alcanza una reconstrucción demencial y paroxística, con un diseño de producción donde el magma de barro, cadáveres putrefactos convertidos en refugio y alimento de roedores, no conoce precedentes.

Así fueron y son las guerras. 1917 es una bienvenida y magistral llamada a recordarlo.

«1917» (1917). Reino Unido / EE.UU. 2019. Dir.: Sam Mendes. Guión: Sam Mendes y Krysty Wilson-Cairns. Fotografía: Roger Deakins. Con: Dean-Charles Chapman, George MacKay, Daniel Mays, Colin Firth.

Alvaro Sanjurjo Toucon (Exclusiva para accu.uy, 19/01/2020)

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