«El caso de Richard Jewell» (Pablo Delucis)

Clásica contundencia

Como ya es reiterado en su obra, el casi nonagenario Clint Eastwood, se vale de un suceso real y sus repercusiones para disparar municiones en varios sentidos, y para – lo más importante – brindar un trabajo cinematográfico con valores poco habituales en el cine que Hollywood produce por estos días.

Un artículo publicado por Marie Brenner en Vanity Fair, recreado muy libremente por Eastwood y el guionista Billy Ray, recuerda el caso de Richard Jewell, un guardia de seguridad con no demasiadas luces que, en los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, descubrió azarosamente una bomba, que si bien llegó a explotar – dos personas murieron y varias decenas resultaron con heridas – no generó una tragedia mucho mayor, justamente por su providencial intervención. La historia tuvo un giro inesperado, ya que el FBI y la prensa, buscaron convertir al héroe en villano con el rebuscado argumento de que fue el propio guardia el autor del atentado, buscando con su intervención salvadora, glorias y lisonjas no muy comunes en su vida.

Como ya es su marca en el orillo, Eastwood nos cuenta la historia a través de un relato clásico, paciente a la vez que contundente y con un cuidado extremo por los detalles. El viejo Clint, el mismo que hace alarde de su perfil conservador y republicano en sus declaraciones públicas, impregna sin embargo a su cine de valores, ética, de un profundo humanismo – pocas veces se ha abordado el tema de la inmigración como en El gran Torino (2008) – y ubica al individuo en el centro de todas las cuestiones. Aquí, al mismo tiempo que se pone en la piel de una persona que en medio de presiones e intereses, se ve enjuiciada por quienes admira, dirige su mirada desencantada y aleccionadora hacia la gran prensa (no faltan quienes dicen que esto tiene que ver con el acoso de los medios hacia Trump) y hacia estamentos que, como el FBI, no escatiman en recursos con tal de al menos, sembrar la duda en relación a lo que quieren imponer. Cuando el mundo se le viene encima, Jewell solo cuenta con el apoyo incondicional de su abogado y amigo Watson y de su madre Bibi, evidenciando otro de los rasgos distintivos en las historias de Clint: la importancia de los lazos afectivos en la vida de las personas.

El oficio narrativo del veterano cineasta, se hace una fiesta con esta historia y hasta llega a disimular el único detalle que no encaja del todo en la anécdota; en determinado momento, cuando lo que pasó en realidad se va tornando evidente, el personaje de Kathy Scruggs (muy bien Olivia Wilde), la periodista que, de forma amarillista y ampulosa, divulgó que el FBI tenía a Jewell como principal sospechoso, tiene un gesto de arrepentimiento que lejos está de su accionar a lo largo del film. Es un detalle, pero realmente no pasa desapercibido.

En el terceto protagónico, está otra de las excelencias del film. Paul Walter Hauser (Yo soy Tonya, 2017, El infiltrado del KKKlan, 2018), compone brillantemente al atribulado Jewell, ungiéndolo de la gama de matices imprescindible para un personaje ya de por sí complejo y también fascinante. Sam Rockwell brinda otra acostumbrada gran labor como el abogado Watson Bryant, y que decir de la maravillosa Kathy Bates en el rol de Bobi, la madre de Richard.

Además de todos los valores reseñados, esta película genera una oportuna reflexión en cuanto a la pertinencia de poner en tela de juicio noticias que, repetidas machaconamente, solo buscan transformar en real lo que determinados intereses priorizan. Sobran ejemplos.

Pablo Delucis (Cartelera, 13/01/2020)

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