«Había una vez… en Hollywood» (Mathías Dávalos)

Vivir y morir en Los Ángeles

La novena película de Quentin Tarantino encuentra su equilibrio entre la melancolía y la nostalgia. Había una vez… en Hollywood es más una revelación íntima del director que una recreación entusiasta de época o una muestra de evolución de un estilo narrativo consolidado. Es una mirada de reconstrucción y no una revisión sobre una era de la industria del cine que hace décadas dejó de existir. Tarantino contrapone así su crítica más salvaje a las superproducciones recargadas de efectos digitales, abrasivas en la última década. Esta es su manifestación más intransigente y, si se quiere, más sincera.
Así lo revelan su postura de filmar en celuloide en lugar del digital, la recreación atenta de los sets de filmación y los rodajes, las publicidades en los bulevares de Los Ángeles o las estaciones de radio que se escuchan en autos donde no solo suenan las canciones, sino también los anuncios sin que siquiera se baje el volumen. Esta última alusión confirma en la historia el tono autobiográfico de un director que, según ha confesado, solía conocer bandas y canciones mientras paseaba de niño con su padre por las interminables autopistas de esta ciudad. Los autos en las películas de Tarantino han sido clave para el desarrollo de sus personajes y esta no es la excepción. Toda esta sensibilidad no se corresponde con un capricho de evocación inerte apoyado en un rejunte de pastiches inconexos, sino en una estructura que toma elementos de la cultura pop con la finalidad de establecer un espacio de vitalidad para personajes en acción.

Había una vez… en Hollywood transcurre en 1969, un año inolvidable para Estados Unidos. El hombre en la luna, Woodstock, Altamont, Stonewall, Vietnam. La historia cuenta cuatro días separados por seis meses. Dos días en febrero yuna elipsis hasta el 8 y 9 agosto, día del grotesco asesinato de la actriz Sharon Tate, embarazada de ocho meses, y de otras cuatro personas en su mansión, ordenado por Charles Manson. Un acto cruel que para miles significó la lápida sobre una de las décadas más intensas del siglo XX, pero que en esta película se impone como uno de sus misterios más sugerentes.

TRES PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR

Los personajes centrales del film son tres actores. Dos ficticios y una real. Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) supo tener cierta fama en los años 50 y comienzos de los 60, pero se enfrenta a una inevitable decadencia. Actor de westerns, series de televisión y de películas de acción, es una especie de Steve McQueen pero de segundo o de tercer orden. A su lado está su escudero, su doble de riesgo Cliff Booth (Brad Pitt), quien arrastrado por la situación de Rick se ha adaptado a ser su chofer, asistente en los quehaceres de la casa y de otros favores, lejos de las cámaras. Sharon Tate (Margot Robbie) es la actriz real, pareja del por entonces exitoso director polaco Roman Polanski tras El Bebé de Rosemary (1968). Es vecina de Dalton en la exclusiva Cielo Drive, en las colinas de Hollywood.

La técnica del montaje paralelo en una larga secuencia define con precisión la esencia de los tres personajes en distintas situaciones durante un día. Dalton, alcohólico y aquejado por su condición de fumador, se prepara para filmar una escena en un western –género que había virado al spaghetti western, la influencia de Italia con el sello de los realizadores Sergio Leone y Sergio Corbucci, ambos referentes de Tarantino– y tiene una revelación definitiva y catártica tras una charla con una niña actriz del elenco. Booth viaja a un pasado lejano e inalcanzable en su visita al rancho Spahn, donde viven los hippies seguidores de Manson. Esta escena es meritoria no solo por el suspenso que transmiten la ausencia física del líder del clan y la calidad de Pitt como comediante en su papel de Booth, sino por su cadencia al transmitir el encierro del viejo Spahn (Bruce Dern), dueño del lugar, ciego y postrado en una cama, pero al que por las noches lo despiertan chicas para ver series de televisión y tener sexo. Un ambiente de locura silenciosa bajo el artificio del melodrama y que homenajea al western sin necesidad de revólveres o balazos. La escena es un complemento notable de “La casa de Charlie Manson en el campo”, una de las crónicas más celebradas sobre Manson y George Spahn, escrita por Gay Talese en 1970.

En cambio, la interpretación de Robbie revela una inocencia casi angelical cuando entra a una matinée a ver la segunda película de Sharon Tate, Las indomables (1969). Tarantino comparte con el espectador su encantamiento cinéfilo, con el primer plano de Robbie ante la Tate real en la gran pantalla mientras se sonroja con la aprobación del público en sala. Es un reconocimiento sutil del director hacia la condición del actor, que adquiere aún mayor relevancia por lo que ocurriría meses después con Tate en la realidad, fuera de ese lugar tan oscuro como seguro y funcional a un pacto. Sobre el estatus de celebridad de Hollywood, aunque mucho más distante, está Polanski, el esposo de Sharon, exiliado de Estados Unidos desde 1977 tras haber violado a una menor de edad. Antes de que la actriz entre al cine, Tarantino acude a la anécdota como acto de bondad: Sharon compra en una librería una novela que le regalaría a Roman y que posteriormente dio lugar a Tess (1979), una de las películas más celebradas de Polanski, dedicada a Sharon.

QUENTIN EL MEMORIOSO

Como señala el título del film, este es un cuento de hadas. Símbolos, actores y músicos de la época se suceden: los bulevares de Los Ángeles, los modelos de autos, los viejos cines, la mansión Playboy, Steve McQueen, Bruce Lee, Mama Cass. El elenco de la película no solo tiene a dos de los actores más reconocidos de Hollywood de los últimos veinte años (DiCaprio y Pitt), sino también apariciones de Al Pacino, Bruce Dern, Kurt Russell, Luke Perry y Timothy Olyphant, entre otros.
El elenco y los diversos roles de sus actores confirman la intención de gran tributo del director hacia un Hollywood en plena transición cultural e industrial ya rumbo a la década de los setenta, marcada por la aparición de jóvenes y talentosos directores como Coppola, Lucas, Scorsese, Spielberg y De Palma, que tuvieron a los grandes estudios a sus pies.
Tarantino además rinde tributo a Italia como otro foco de la industria del cine en el momento en que Dalton viaja a Roma para encaminar su carrera. Un necesario exilio. Algo que hizo Clint Eastwood, por nombrar un actor, donde brilló en los westerns de Sergio Leone.

Otro sello del director está presente: la mezcla de géneros y subgéneros en función de un relato que avanza en círculos. Western, thriller, comedia, musical, buddy movie, gore, suspense. Tarantino ve a Hollywood como un estado de ánimo, como lo han hecho otros tantos directores que él se ha encargado de homenajear en su filmografía (Hawks, Corman, Godard). Esto también lo han hecho escritores, caso de Francis Scott Fitzgerald en su novela inconclusa El último magnate (1941), sobre esta industria en los años 30 y que conoció como guionista. Quizá con ironía uno puede citar una frase del libro más célebre de este escritor, El gran Gatsby, y contrastarla con la actitud de Tarantino no solo en su nueva película, sino ante el Hollywood actual: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

Desde Bastardos sin gloria (2009) hasta la fecha, Tarantino ha recurrido a hechos históricos –nazismo, la esclavitud y la Guerra Civil en Estados Unidos– no por un capricho personal de reescritura en favor del aparente divertimento que puede despertar la violencia en el cine, sino más bien por una ambición que se debe más a una lectura sobre la historia del cine que sobre la historia misma. Su uso de la ucronía brilla por su claridad de reinvención y no por una necesidad de desviación relativa a la vagancia. Desde su ópera prima Perros de la calle (1992) los diálogos baladís, descriptivos e informativos, los planos herederos del western y tomas que componen una estructura narrativa agradecida al montaje son funcionales a una manera tan inquieta como lógica para contar historias. En Había una vez… al coraje de Tarantino se le suma la elocuencia; y así parece responder a los que dicen que es más bien un director de momentos que de películas. Con una postura innegociable y relajada como quizá nunca antes en su carrera, no plantea ningún reto o novedad sobre el arte del cine sino que, como alguna vez discutieron Alfred Hitchcock y François Truffaut, revela su propósito esencial: ser más grande que la vida.

Mathías Dávalos (Exclusiva para accu.uy, 29/12/2019)

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