«El árbol de peras silvestres» (Álvaro Loureiro)

La vida de cada semejante     

Para un espectador inadvertido, a lo largo del presente título del turco Nuri Bilgen Ceylan (Sueños de Invierno) no sucede casi nada. Podría, en verdad, decirse tal cosa siempre y cuando se considerase que las únicas escenas de acción física propiamente dicha aquí se concentran en una riña que deja al joven protagonista con el rostro amoratado, el reencuentro con una amiga que culmina con un discreto beso apenas entrevisto, el prolongado intercambio de impresiones con un escritor experimentado en el cual asoman un par de discrepancias a viva voz, y poco más. Todo lo que antecede, sin embargo, no resulta más que un pálido reflejo de muchos temas a los cuales la película alude a través de elocuentes imágenes y diferentes conversaciones del muchacho con miembros de su familia -padre, madre, hermana, abuelos-, varios amigos, gente relacionada con la culminación de sus estudios o aquellos otros que le manifiestan opiniones acerca del libro que éste acaba de publicar o de los alcances de su vocación literaria. Mérito especial de Ceylan es saber convertir a cada uno de los mencionados, involucrados, de una forma u otra, en un personaje de carne y hueso que acarrea y respira su propia historia individual, una historia que hasta el mencionado espectador inadvertido podría ser capaz de captar.

Para conseguir tales resultados, vale  la pena resaltar la sutil artillería que Ceylan dispone a partir de los primores de la fotografía en color y pantalla ancha de Gökhan Tiryaki y, sobre todo, del aprovechamiento de los vericuetos de la montañosa ciudad en donde transcurre gran parte del asunto, los alrededores marítimos y demás paisajes escarpados a los que inserta siempre una prodigiosa artillería sonora. En este preciso rubro, con excepción de algunos acordes de Bach, importan y mucho los ruidos de pasos, el canto de los pájaros, el zumbido de una abeja, el rumor del viento, los ladridos de los perros y los aullidos de otros varios animales, habida cuenta de las escenas de nevadas, de sol o de lluvia que la trama incorpora en diversos tramos. Tal la atmósfera que rodea no solo al protagonista, con sus dudas acerca del futuro, sino también a quienes se cruzan en su camino para apoyarlo, discrepar con sus opiniones, intercambiar vivencias o manifestar enojo. Todos ellos tienen algo que decir e importa prestarles atención. Mérito especial de Ceylan -y del guión que escribiera junto a Akin Aksu y y Ebru Ceylan- es saber hacer a las mencionados siluetas creíbles, es decir, conseguir que todas ellas aporten a la platea sentimientos que enriquezcan una trama que, en definitiva, no presta atención solo a las idas y venidas del joven en cuestión sino también a las de quienes le rodean.

Todo lo que sucede en la pantalla, entonces, busca aludir, sin falsas modestias, a la vida misma, objetivo que el magnífico elenco logra sin trabas durante tres horas que no se hacen notar, ya que, a cada paso, la anécdota se reserva una sorpresa o algo que agregar. Dos o tres secuencias cuya ubicación  en el transcurso del relato no impresionan como muy claras, ciertas rarezas poco asimilables -el ejército de hormigas caminando sobre un par de cuerpos- y la continuidad de una anécdota  en un tiempo que debería haberse planteado con mayor nitidez, de todos modos, no llegan a desmerecer los altísimos aciertos de esta coproducción  de Turquía, Macedonia, Francia, Alemania, Bosnia- Herzegovina, Bulgaria y Suecia. ¡Menudo acuerdo!

Álvaro Loureiro (exclusiva para accu.uy, 21/11/2019)

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