«El campeón del mundo» (Enrique Buchichio)

Réquiem por un sueño

Una de las cosas que más llamaban la atención dentro de Clever (2015), primer largo de Federico Borgia y Guillermo Madeiro, era la inclusión en un rol co-protagónico de Antonio Osta, fisicoculturista con una evidente sensibilidad artística que, sin experiencia actoral previa, encarnaba a la perfección a aquel ilustrador de pueblo chico en cuya búsqueda salía el protagonista. Tan llamativa era su presencia en la pantalla, y no sólo físicamente, que por momentos opacaba al propio Hugo Piccinini, actor difícil de opacar aún en pequeños roles. Imaginar la vida del hombre detrás de ese personaje era un tema recurrente en las conversaciones sobre la película.

El campeón del mundo es la respuesta a aquellas reacciones, y la confirmación de que Antonio Osta merecía una película propia. Por suerte, este segundo largo de Borgia y Madeiro no se queda en el mero retrato de un personaje pintoresco, algo excéntrico y sin duda alejado de algún pasado de gloria. A esos ingredientes, que están, se le suman otros mucho más interesantes que otorgan al protagonista una dimensión humana mucho mayor, y de mayor complejidad. En primer lugar, hay una relación padre-hijo repleta de complicidad, diferencias y un profundo amor mutuo. Y ese es el alma de la película.

Antonio es un hombre que parece estar de vuelta de todo, y en plena decadencia a pesar de mantener la expectativa de recuperar algo de aquel pasado que lo coronó campeón; Juanjo es un adolescente con toda la vida por delante, que en la conformación de su personalidad se lo ve confrontar algunas convicciones de su padre (sobre todo en lo que tiene que ver con la masculinidad y el vínculo con las mujeres). Son increíbles algunos momentos de profunda honestidad entre ambos, producto seguramente de la confianza generada durante largo tiempo entre los personajes y los directores.

A la luz de los acontecimientos (Antonio murió repentinamente en pleno rodaje) muchas de esas escenas se cargan de una densidad emocional no explícita, probablemente ni siquiera buscada en el momento pero que convierten a la película en una suerte de despedida silenciosa, de réquiem o de elegía, aunque sin ubicar a su protagonista en un altar intocable. Antonio es un hombre con luces y sombras, con logros y con fracasos, un padre amoroso pero sin duda contradictorio y difícil (“yo no estoy preparado para esto, yo necesito que me críen a mí un poco”, le dice a su hijo) y la película tiene la lucidez de mostrarlo en toda su dimensión, o al menos en la que entra dentro de una película.

Y esa dimensión tiene mucho que ver con los sueños rotos, con el tiempo y la vida que se escapan. Antonio se esfuerza, sigue entrenando, intenta reconstruir su vida y transmitirle valores a su hijo. Y es el propio Antonio quien recupera el recuerdo de otro personaje – en este caso de ficción, aunque podrían ser miles de personajes reales – con quien traza un paralelo inevitable: el luchador que interpretaba Mickey Rourke en aquella hermosa película de Darren Aronofsky (2008). Y le describe a un amigo precisamente aquel poderoso final, en el que Randy «The Ram» Robinson, sabiéndose condenado por una falla cardíaca, se lanza sobre el ring como gran acto final para su público.

Es muy posible que Antonio, quien sufría de una falla renal que podía costarle la vida, haya aprovechado cada minuto frente a la cámara para dejar su testamento, el de un ex campeón consciente de que no tendrá otra oportunidad. El testimonio en primera persona de un hombre que ha sido protagonista de su propia vida, para bien o para mal; un luchador que se formó a sí mismo y que elije (conscientemente o no) despedirse sin lágrimas ni resentimientos. En sus propios términos.

Enrique Buchichio (Cartelera)

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