“Terminator: Destino oculto” (Pablo Fernández)

La historia se repite otra vez

En una nota del New York Times que circuló bastante en los últimos días, Martin Scorsese clarificó sus dichos sobre las películas de Marvel, que tanta polémica habían causado cuando dijo que las veía más como “parques temáticos” y no creía que fueran “cine” tal como él lo concibe.

Toda la nota es muy interesante y digna de atención, obviamente; en un momento sostiene que muchas de esas películas “son nominalmente secuelas pero remakes en espíritu”.

Se refiere a las películas de Marvel pero por extensión habla del “cine de franquicias”, esos blockbusters que son parte de una serie más extensa de films con la que el público ya está familiarizado de antemano, así que no es extraño que la descripción se ajuste perfectamente a Terminator: Destino oculto (Terminator: Dark Fate).

Destino oculto —distribuida internacionalmente por 20th Century Fox, es decir por Disney, como las de Marvel—, es la sexta entrega de la saga creada por James Cameron en los 80, una película que, como imitando su propia trama, intenta volver en el tiempo para resguardar la posibilidad de un futuro esperanzador para la franquicia. Pero no parece haber tal futuro.

La película vuelve a la premisa que fue la base de las primeras tres películas. Una siniestra inteligencia artificial envía un androide asesino del futuro para eliminar el germen de la resistencia antes de que se efectúe, y al mismo tiempo la resistencia envía un androide protector. Destino oculto asume correctamente que cuando la franquicia se apartó de esta idea —en la oscura y postapocalíptica Terminator: La salvación (2009) y en el caótico reboot Terminator Génesis (2015)— nada funcionó. Pero también parece olvidar que la idea ya se veía agotada en Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003) y, sobre todo, no entender por qué funcionó tan bien en Terminator (1984) y en Terminator 2: El juicio final (1991).

Desde la producción habían anunciado que esta nueva entrega funcionaba como una secuela directa de las primeras dos, e ignoraba los eventos de las películas (y la serie de televisión) que hubo en el medio. Ignorar no es muy amable, así que en realidad se dijo que esas tres películas formaban parte de “líneas de tiempo alternativas”, y que Destino oculto continuaba la línea de tiempo de las dos primeras.

En parte esto se puede explicar porque la película marca el regreso de James Cameron a la franquicia, en este caso como productor, por lo que tiene sentido que haya querido retomar donde la dejó. Sin embargo, después de verla, parece obvio que la idea de una secuela que continúe la historia después de las primeras dos películas es más un anuncio de marketing, un intento de desligarse de las tres entregas con muy mala reputación, que un verdadero progreso narrativo de la saga.

Es en realidad un nuevo reboot, o reinicio, con la intención de anular el olvidable reinicio que se intentó hace muy poco tiempo (Terminator Génesis), volviendo a las raíces. Ahora se potencia el componente nostálgico con el regreso de Linda Hamilton como Sarah Connor, y se agregan los elementos justos —nuevos personajes, un cambio de escenario— para dar la ilusión de avance y novedad en la saga.

Se puede sospechar que la vinculación de James Cameron con la película también tiene un costado más bien publicitario; aparece acreditado como productor y como co-creador de la historia, pero no estuvo involucrado en un guion que asume que la clave para hacer funcionar una vez más la misma historia es poner un androide asesino todavía más avanzado e invulnerable y subir la apuesta en términos de acción. Y darle a Arnold Schwarzenegger un papel más “humano”.

Al final de T2 —que transcurre en 1995— habíamos visto como John y Sarah Connor se las habían arreglado para revertir la creación misma de Skynet, y cómo el T-800 (el Terminator interpretado por Arnold Schwarzenegger) se había sacrificado a sí mismo para poner fin a todo, en aquella memorable escena del pulgar levantado mientras se hundía en un tanque de metal fundido.

Ahora la película comienza con un flashback a 1998 en el que otro T-800 asesina al joven John Connor (Edward Furlong) ante el horror de su madre que no puede evitarlo.

Esta primera escena anula todo lo anterior. ¿Todo ese esfuerzo para proteger a John Connor? Ahora está muerto antes de los de cinco minutos de metraje. ¿T-800 se sacrifica? No importa, hay otro. ¿La creación misma de Skynet fue erradicada del futuro? Su existencia todavía tiene consecuencias y además otra inteligencia artificial sublevada ocupa su lugar.

La explicación para el nuevo T-800 y la muerte de John Connor parece ser la siguiente: Skynet, de algún modo (realmente no queda claro cómo, si en esta línea de tiempo habían impedido su existencia), habría logrado enviar varios Terminators al pasado, que intentarían maquinalmente cumplir la orden para la que habían viajado, sin saber que su misión era ya inútil, que la orden provenía de una inteligencia artificial inexistente.

John Connor murió en vano.

Sarah Connor es ahora una cazadora solitaria, una guerrera implacable que ha pasado las últimas dos décadas asesinando Terminators que regresan en el tiempo en vano para matar a su hijo ya muerto. Es una mujer curtida y derrotada, cínica y vengativa, mucho menos interesante que la de las primeras dos películas: en aquellas era vulnerable, esperanzada y solidaria, y de manera gradual iba “endureciéndose” y adquiriendo habilidades para el combate, sin perder la ternura, digamos; ahora su camino es al revés, y cuando vuelve a parecerse a la Sarah Connor que conocíamos es quizá demasiado tarde.

Hay otras dos mujeres duras y combatientes en la película. La joven mexicana Dani Ramos (Natalia Reyes), que cumple exactamente el papel de John Connor en T2 (el “protegido”), y Grace (Mackenzie Davis), un híbrido humana-máquina que volvió al pasado y ocupa el que en T2 fue el rol del T-800 (el protector).

Durante los primeros dos tercios de la película no sabemos exactamente por qué Dani necesita ser protegida y qué papel jugará en este futuro “diferente” (en realidad es casi igual al de Skynet pero la inteligencia artificial ahora se llama Legion).

La verdadera naturaleza de la relación entre Grace y Dani, y la razón por la que Grace vuelve a protegerla del nuevo Terminator invencible (al que enfrentan durante toda la película con un arsenal de armas que saben que no le hará absolutamente nada), se guardan como revelaciones del tercer acto de la película, lo que hace que no tengan ninguna resonancia emocional y que no haya una verdadera preocupación o conexión con sus peripecias durante gran parte del film.

Del mismo modo, Destino oculto ensaya una variación sobre el nuevo T-800, el asesino de John Connor. Con su misión cumplida, el Terminator se retira a una zona rural a vivir una vida tranquila y familiar, al entablar una relación con una mujer que tiene un hijo, a los que le oculta que es un androide (!). Tras 20 años de esta vida “normal” (¿porque, qué más normal que vivir en un rancho de Texas con la bandera estadounidense en el jardín delantero, fingiendo amor a la familia pero sin siquiera tener sexo con la mujer y funcionando más bien como un protector que tiene un arsenal oculto?), ha “desarrollado una conciencia”, o algo así. Comprende mejor lo que es ser humano. Empatiza con el dolor de Sarah Connor por la pérdida de su hijo. Pero todo esto lo cuenta un Arnold Schwarzenegger avejentado en una sola escena. No lo vemos. En T2 era emocionante porque éramos realmente testigos de cómo el T-800 aprendió a conectar con los humanos, casi como un animal, un perro fiel. Aquí se supone que es más humano, pero su evolución no la vemos, simplemente está dada. Y sirve como excusa para que haga chistes.

Con cada nueva película, la saga Terminator profundiza cada vez más la sensación de que nada de lo que suceda será realmente importante. Es como un regreso interminable a una pregunta que ninguna de las últimas cuatro películas tiene interés en explorar. ¿Puede el pasado ser modificado y así evitar un futuro oscuro, o ese futuro está destinado y pase lo que pase se las arreglará para ocurrir? En Terminator, la respuesta es la segunda, pero no porque esté justificada o sostenida por la trama, sino porque se necesitan nuevas películas.

Terminator: Destino oculto pretendía ser el inicio de una nueva trilogía. En un desenlace atípico para un proyecto que tiene a James Cameron involucrado, la película fue calificada como un estrepitoso fracaso comercial.

Tal vez la eficacia del mensaje taquillero sea lo que finalmente nos salve de un futuro con más inteligencias artificiales asesinas, es decir de un futuro con nuevas películas de Terminator que quieren hacer pasar por novedoso lo que ya se hizo, mejor, hace 30 años.

Pablo Fernández (Exclusivo para accu.uy, 10/11/2019)

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