“Un día lluvioso en Nueva York” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Lluvia ácida de un inagotable y genial Woody Allen

Cuando el próximo 1 de diciembre de 2019, Woody Allen celebre su octogésimo cuarto aniversario, tendrá detrás una vasta y brillante filmografía en la que dirigió 55 películas, actuó en 48 y libretó 80.

Buena parte de esos títulos transcurren en una emblemática New York con sus criaturas, e incluso cuando la acción se traslada a otras urbes, la Gran Manzana y sus habitantes parecen estar presentes.

Lo seductor del cine de Woody Allen, y también su diversidad humana, se ubican en films que suscintamente relatados pueden tornarse como un asunto repetido una y mil veces. Y es así, a la vez esas reiteraciones van sufriendo pequeñas modificaciones que, entrecruzadas las unas con las otras, devienen en un fantástico fresco acerca de la condición humana. Como en las alrededor de ochenta obras de Balzac, agrupadas bajo el rótulo de “La comedia humana”, el cine de Allen no deja afuera conflicto humano alguno.

Si Balzac buscó unificar su material a través de personajes que eran figuras centrales en un título y apenas un personaje más que secundario en el siguiente, Allen consigue el entrecruzamiento de los personajes de sus films a través de las características de estos.

Acaso la veinteañera tonta que viaja con su novio a New York en Un día lluvioso en Nueva York, no sea una variante de la hija mimada de Match Point, y los banqueros no vistos en Un día lluvioso en Nueva York no sean sino la correspondiente imagen de los de Crímenes y pecados.

Allen hace de sus historias y personajes algo similar a las piedras del caleidoscopio, que siendo siempre las mismas lucen diferente según el ángulo en que se las mire y la forma en que se enlacen mutuamente.

Esa similitud, empero adquiere un sesgo particularísimo en este último opus woodyalleniano. Anteriormente, las criaturas pergeñadas por Allen no dejaban de contener cierta dosis de piedad en la visión ofrecida. Ahora, este Allen octogenario, enfrentado a esa muerte que ya dejó de ser una figura que correteaba en sus películas, se aproxima y parece pedirle cuentas acerca de la condición humana. Y es entonces que encontramos al observador implacable, porque los seres que por aquí desfilan son decididamente cretinos. La estupidez es arrojada sobre todos. Es la norma de conducta.

Semejante visión absolutamente desencantada, se expande a quienes fueron los “alter ego “ de Woody Allen en su cine. El chico y la tía soltera de Días de radio veían e idolatraban al mundo del cine según los autorretratos de la industria; del mismo modo que la soñadora ama de casa de La Rosa púrpura de El Cairo, tenía en el cine una opción para concretar e introducirse en el paraíso de Hollywood. El mundo cinematográfico mostrado años atrás por Woody Allen respondía a los ensueños de plateas alejadas de cuanto les brindaba la pantalla.

La propia vida de Allen fue así. El niño de Flatbush, ya adulto, confesó a Mia Farrow que aquellos que para la actriz de niña eran simplemente “amigos de sus papás”, para él y los suyos eran “dioses”. Y esos dioses caen de sus pedestales haciéndose añicos cuando Allen comienza a frecuentarlos dentro y fuera de la pantalla.

Acaso la globalización, la multiplicidad de Festivales, y los cambios sociales, permitieron al mundo, como acontece en este lluvioso día neoyorkino, comprobar que realizadores, guionistas, actores y productores no pertenecen al Olimpo, sino, en definitiva, a la realidad cotidiana.

Allen ha dado estupendos films sustentados en diálogos chispeantes, otros donde lo verbal asumía un desempeño sujeto a lo visual. Aquí el diálogo es un chisporroteo ininterrumpido, en continuo salto de personajes y situaciones. Haciendo del film un verdadero vodevil, sin que falten las clásicas puertas que se abren y cierran, revelando o escondiendo. Puertas de habitaciones, de hoteles, de bares y taxis, neoyorkinos desde luego.

Allen no trabaja con sus tradicionales y fogueados intérpretes, sin que ello resienta en lo más mínimo el rendimiento interpretativo. Otros rubros que merecen destacarse son la fotografía de Vittorio Storaro, con una lluvia constante de preciso contenido plástico y dramático; y el montaje, dando aún mayor brío y destaque al diálogo y actuaciones.

Divertida, profunda, imperdible.

Un día lluvioso en Nueva York” (A Rainy Day in New York). EE.UU. 2019. Dir. y guión: Woody Allen. Fotografía: Vittorio Storaro. Con: Elle Fanning, Timothée Chalamet, Selena Gómez, Jude Law, Rebecca Hall, Liev Schreiber.

Alvaro Sanjurjo Toucon (Exclusiva para accu.uy, 30/10/2019)

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