“Amigo lindo del alma” (Pablo Fernández)

Daniel Charlone y Horacio Buscaglia, productor y director respectivamente, comenzaron a planear un documental sobre Eduardo Mateo en 1989.

Pasaron 30 años hasta que por fin Amigo lindo del alma vio la luz. En el medio, se perdieron una serie de tempranas grabaciones que habían realizado para la película, y falleció Buscaglia (en 2006), lo que demoró y alteró el proyecto. Charlone devino en director.

En esas tres décadas, además, Mateo pasó de ser un verdadero objeto de culto dentro de la música uruguaya, conocido y admirado por unos pocos, la mayoría de ellos sus colegas, a ser un nombre ineludible y mítico de la cultura popular del país, aún probablemente sin ser tan escuchado como, digamos, Jaime Roos o Ruben Rada.

Lo singular de su personalidad y lo excepcional de su música, cosas tal vez inseparables, se convirtieron en un combo muy atractivo a la hora de evocar a Mateo, lo que hicieron con persistencia después de su muerte todos los que lo conocieron (y sentían cierta deuda hacia él) y también incluso algunos que no tanto (lo que alentó esa otra noción que es parte de su mitología y que resumió Buscaglia en otro documental, con la frase ya célebre del sponsor de la muerte).

Amigo lindo del almatiene ese mismo espíritu evocador, en parte porque el documental consiste en eso mismo, en los más reconocidos músicos uruguayos que trataron a Mateo hablando de él, y en parte por un inconveniente meramente técnico: la ausencia de imágenes de archivo o material audiovisual de Mateo.

Aún así, no es por estas circunstancias sino por sus propias intenciones que el documental no analiza o explora en profundidad a Eduardo Mateo como fenómeno cultural o como artista, ni pretende aportar nuevos caminos para entenderlo e interpretarlo, ni vincularlo con su contexto histórico, social y político.

Es en realidad un documental tributo, que existe para reivindicar la figura de Eduardo Mateo más que para recrearla o modificarla. Es un repaso del mito Mateo y una constatación de su influencia.

No obstante la perspicacia o la gracia con la que se refieren a Mateo figuras de la talla de Estela Magnone, Jaime Roos, Ruben Rada, Fernando Cabrera, Alberto Mandrake Wolf, Mariana Ingold, Martín Buscaglia y Hugo Fattoruso, el abordaje es siempre breve y más o menos superficial, con comentarios que se agotan en una anécdota graciosa o significativa que “pinta” al personaje, o en una sensación u opinión personal de su música y lo que representó para ellos.

Estas intervenciones de célebres comentaristas se alternan con números musicales grabados para la película, en la que artistas de diferentes generaciones y de toda clase de estilos versionan una canción de Mateo.

El resultado es algo irregular.

En muchos momentos la aparición de las secciones musicales —hermosas, filmadas en un set casi abstracto en el que la iluminación alcanza nada más que a los músicos y sus instrumentos y todo el resto está oscuro— se siente como una interrupción de los conceptos e ideas que parecían que iban aflorar en los comentarios de los entrevistados. Es quizá por esto mismo que los entrevistados no suelen ahondar en grandes elaboraciones y prefieren más bien frases cortas (y citables), aunque, como dije antes, esto no impide las observaciones agudas, esclarecedoras o simplemente ocurrentes, que en su conjunto dan una buena idea de lo que significó Mateo para sus colegas y amigos.

El recurso de convocar a bandas y músicos muy diferentes para interpretar una canción de Mateo y así evidenciar su extensa influencia, se alza como algo artificial y mucho menos elocuente y efectivo que el evidente entusiasmo y admiración con los que los músicos más talentosos y populares del país hablan de su música.

Sabemos que los que interpretan estas canciones —entre otros, La Triple Nelson, Fernando Cabrera, Litto Nebbia, Hugo Fattoruso— fueron genuinamente inspirados por Eduardo Mateo, pero el documental no alcanza realmente a mostrar esa influencia sino que se remite a declararla, convocándolos para realizar versiones ad hoc, que cuidadosamente van desde la música electrónica y el rock hasta los cantautores solistas con piano o guitarra.

La evocación de Mateo también ocurre en un plano más estético y estilístico de la película. Al comienzo vemos primeros planos de algunos de los entrevistados, que aparecen detrás de un cristal, como si en efecto hubiera algo, por más transparente que sea, que se interpone entre su discurso y nosotros, un impedimento de tener realmente un testimonio directo, cara a cara.

Hay otro detalle al inicio del documental que es muy interesante: Fernando Cabrera sostiene que, pese a las enormes dificultades que debió enfrentar Mateo en su vida, nunca fue alguien de mal carácter o agresivo. Enseguida, Estela Magnone cuenta que se enojó con ella por una nimiedad y le hizo toda clase de maldades por un tiempo, hasta que se le pasó.

La discordancia inmediata entre los dos relatos revelan la cualidad oral y elusiva de esta forma de acercarse al personaje y al artista, además de las contradicciones inherentes a su figura, todo lo que contribuye a su estatura mítica.

Otras imágenes que se alternan en la película son las de un presunto Mateo, un actor al que no le vemos el rostro (hasta el final) sino siempre de espaldas, y que camina por Montevideo. La cámara lo sigue de cerca y, desde su punto de vista, la ciudad se ve misteriosa, deformada (mediante efectos en el lente de la cámara), a veces amenazante; elementos icónicos como el Palacio Salvo y sus galerías aparecen como referencia, en medio de otras calles y rincones que son al mismo tiempo reconocibles pero que podrían ser cualquiera.

Esta ciudad, vista así, es el reflejo de Eduardo Mateo como lo podemos ver desde aquí, como lo muestra el documental: como un conjunto de rasgos salientes e icónicos, su genio musical, su excentricidad, sus hábitos rayanos con la indigencia, sus divagues y su absoluta libertad artística, en medio de otros más difusos e inasibles que trazan la forma brumosa de su leyenda, que con Amigo lindo del alma se mantiene incambiada pero viva. Y con eso alcanza.

Pablo Fernández (Exclusivo para accu.uy, 30/08/2019)

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