“Había una vez en… Hollywood” (Pablo Fernández)

De Quentin Tarantino

Había una vez en… Hollywood es la penúltima película de Quentin Tarantino, si es que se retira después de filmar su décimo largometraje como ha dicho e insistido (tal vez porque nadie termina por creerle del todo).

Es decir que está en el ocaso de su carrera, o al menos él así lo cree, por lo que suponer que Había una vez en… Hollywood es un foco sobre su propio legado no suena improbable.

Con una premisa que sitúa la historia en Hollywood en 1969, las conexiones personales son sugerentes: Tarantino pasó en Los Angeles una parte decisiva de su infancia sobre fines de los 60, en la que desarrolló su cinefilia.

La película transcurre en el mundo de los westerns de televisión y el cambiante mundo de la industria de cine, que estaba llegando al fin de su era dorada para dar paso al Nuevo Hollywood, de la mano de otros sismos culturales y políticos. También los spaghetti westerns italianos, siempre presentes en la obra de Tarantino, tienen su relevancia. Cabe notar que sus padres lo llamaron “Quentin” en honor al personaje de Burt Reynolds (quien iba a aparecer en la película pero falleció antes) en la clásica serie western La ley del revolver (Gunsmoke), y que su padre era de ascendencia italiana.

Rick Dalton, el personaje de Leonardo DiCaprio (Tarantino sigue sacando lo mejor de Leo), es un actor que tuvo renombre como protagonista de películas de acción de los 50 y de un exitoso western televisivo, pero que ahora está en decadencia, resignado a hacer de olvidables villanos indiferenciables en pilotos de TV. Su mejor amigo es Cliff Booth (Brad Pitt), también su doble de riesgo y asistente personal. Paralelo a su historia, seguimos un poco la de sus célebres vecinos de Cielo Drive, Sharon Tate (Margot Robbie), Roman Polanski, y sus amigos.

En dos secuencias diferentes de la película, vemos a Rick Dalton y a Sharon Tate, los dos actores de la historia, mirarse a sí mismos en la pantalla, observando la reacción de un tercero o esperando su aprobación, la de su amigo Cliff Booth en el caso de Dalton, la del público de una sala de cine en el caso de Tate.

Como Dalton y Tate, Tarantino es una figura pública, una marca, un nombre que lleva a la gente al cine; como ellos, Tarantino también se está mirando a sí mismo.

Once Upon a Time in Hollywood es una película muy autorreferencial. Sus distintivas marcas de estilo, sus más célebres manías y costumbres, parecen aquí una de sus citas cinéfilas antes que una nueva corroboración del estilo propio o un elemento natural de sus puestas en escena. Su famoso fetiche con los pies femeninos, sus tomas tradicionales —la púa sobre el vinilo, el personaje reflejado en el espejo—, y cualquier otra cosa que se haya asociado a Tarantino, aparece ostensible, resaltada, en efecto como si fuera una cita, una de sus famosas referencias pop.

Lo que en otras películas eran guiños y referencias veladas, en Había una vez en… Hollywood, aunque las hay, se hacen casi siempre explícitas, textuales, por el hecho de tener una trama situada en el seno de la industria de Hollywood; sin embargo, el juego cómplice, de alusiones sutiles que hay que reconocer e identificar, se traslada hacia su propia filmografía.

Casi todas sus películas anteriores son referidas de uno u otro modo: Kurt Russell aparece interpretando un coordinador de escenas de riesgo, como en A prueba de muerte (Death Proof, 2007); Michael Madsen un ficticio sheriff televisivo, con un sombrero igual al del sicario Budd de Kill Bill: La venganza (Kill Bill, 2003-2004); Rick Dalton consigue el papel de un villano de bigotes en la serie Lancer, que recuerda al cruel Calvin J. Candie de Django sin cadenas (Django Unchained, 2012), también interpretado por DiCaprio; el auto de Rick Dalton, un Cadillac de Ville, es el mismo que conducía Mr. Blonde (Michael Madsen) en Perros de la calle (Reservoir Dogs, 1992); una marca de comida para perros alude al personaje de Harvey Keitel en Tiempos violentos (Pulp Fiction, 1994). Bastardos sin Gloria (2009) está especialmente presente, y comparte con ella el mismo espíritu en la resolución, el mismo afán catártico.

Hay incluso una hermosa escena en la que Cliff Booth desciende veloz en su descapotable por las colinas de Hollywood, filmada de un modo que se asemeja a la secuencia muy repetida el año pasado del accidente de Uma Thurman durante el rodaje de Kill Bill, que le valió tantas críticas al director.

Es como si Tarantino estuviera explorando el lugar de Tarantino en la cultura pop.

Y este lugar está atravesado por un aspecto fundamental, muy polemizado, que está casi completamente ausente en Once Upon a Time in Hollywood: la violencia.

Esa violencia cruda y sangrienta, excesiva y estilizada, que es parte de su estilo y que el director redefinió como un elemento cool, elegante y, francamente, muy entretenido, es parte esencial de su legado. ¿Por qué casi no aparece en una película tan autorreferente y situada en un tiempo histórico en el que la representación cultural de la violencia experimentó un cambio significativo? En realidad aparece sobre el final, de un modo tan brutal e inesperado, por contraste, que llama la atención sobre sí misma. Y esa es la respuesta: la presencia puntual y llamativa de la violencia se debe a que es el principal tema de la película.

Es una manera ingeniosa de tratar la representación de la violencia en el cine a través de la historia de un actor, héroe de viejos westerns televisivos (en una promo de ese western el héroe se jacta de nunca entregar sus criminales vivos), y la de un doble de riesgo. ¿Qué es un doble de riesgo sino, en efecto, la encarnación física de esa representación?

1969 es el año en el que famosamente se terminó la utopía hippie y se perdió la inocencia de los 60, de la mano de la Familia Manson, surgida del corazón de esa utopía, y de uno de los crímenes más violentos y notorios de la historia de EE.UU, que sobrevuela la película como una sombra funesta en medio del sol de California. Es también el año de la película Busco mi destino (Easy Rider, dirigida y protagonizada por Dennis Hopper), símbolo cultural de ese zeitgeist, representación cultural de esa oscuridad agazapada. El personaje de Brad Pitt llama despectivamente “Dennis Hopper” a Tex Watson, el asesino de Sharon Tate.

“Matemos a los que nos enseñaron a matar” dice una de las chicas del clan Manson, refiriéndose a los representantes de esa cultura que, con cosas como los viejos westerns de la televisión (que hoy resultan inocuos en parte por esos cambios culturales en la representación), enseñaron violencia y, por ende, la produjeron y alentaron.

Aparece en la película Bruce Lee, figura emblemática de las artes marciales, pero más precisamente de su representación cinematográfica y de la filosofía detrás de éstas. Prueba Había una vez en Hollywood que dominar el arte de la representación marcial y su milenaria sabiduría es inútil ante la violencia más tosca y pura de Cliff Booth, un veterano de guerra que podría o no ser un femicida, algo que la película no tiene interés en aclarar.

En una de las viejas películas más famosas de Rick Dalton, el actor utiliza un lanzallamas para atacar a un grupo de nazis, una escena que remite a Bastardos sin gloria. Ese mismo lanzallamas es utilizado más tarde por el actor en la realidad (su realidad).

El Rancho Spahn, utilizado entre los 50 y 60 para filmar westerns, se convierte a fines de los 60 en la residencia de la Familia Manson. Cuando Cliff Booth llega hasta allí, la secuencia se filma como un western y el personaje de Brad Pitt parece un vaquero que llega para batirse a duelo.

Este juego intertextual de representaciones, y la pertenencia tan resaltada de esta película al universo Tarantino y a la cultura pop (una escena en los créditos es una publicidad protagonizada por Rick Dalton de los ficticios cigarrillos Red Apple que aparecen en varias películas del director), enfatizan justamente el carácter representativo de lo que estamos viendo.

La reconfiguración de hechos históricos termina por definir la violencia en su película como un hecho cultural, despegado del plano de la realidad. El ataque de la Familia Manson apunta a los personajes ficticios de Había una vez en… Hollywood, no a los reales e históricos.

Tratándose de Tarantino, las conclusiones son esquivas. En la película la ficción de sus personajes se entromete todo el tiempo en su realidad, la moldean. Rick Dalton lee una novela con un héroe trágico que le recuerda a sí mismo y lo hace llorar, pero este evento resulta crucial para la eventual superación de su crisis.

La ficción puede combinarse con la realidad, pueden confundirse y mezclarse, pero cuando se trata de violencia no hay confusión. La violencia duele, y su representación entretiene (sobre todo si involucra a un personaje bajo los efectos del ácido).

Había una vez en… Hollywood es quizá un alegato a favor de la ficción y de la violencia en la ficción, que en Tarantino suele tener resultados muy diferentes.

Después de todo, es la ficción la que posee la libertad de alterar la realidad histórica.

Pablo Fernández (Exclusivo para accu.uy, 22/08/2019)

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