Homenaje a José Martínez Suárez (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Dar la cara

Era un adolescente cuando comenzó a trabajar en la industria del cine argentino, de la que nunca se apartaría en sus noventa y tres juveniles años. Ha muerto José A. Martínez Suárez.

Nacido en Villa Cañás, Provincia de Santa Fé, como acotaba orgullosamente cada vez que se referían a su persona.

Su impronta se expandió más allá de su filmografía como director y guionista, cientos de films de sus alumnos triunfaron en festivales de todo el mundo, y también el rumbo que imprimiera al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata definían su apreciación de un cine del que “estaba hecho”, de acuerdo al título de uno de los libros sobre su vida y obra.

En 1962 se estrena en Montevideo la realización argentina El crack (1960), una mirada ácida e iconoclasta en torno al oscuro negocio que envuelve al fútbol, que dos años antes marcara el debut en la dirección de José Martínez Suárez. Una de las figuras que caracterizan a un “nuevo cine argentino” que se volcaba sobre una realidad asiduamente escamoteada por la industria fílmica.

El siguiente título de Martínez Suárez, Dar la cara (1962), también arribaría con retraso y su temática no es menos revulsiva: el enfrentamiento con una compleja Argentina de 1958, por parte de tres jóvenes luego del servicio militar obligatorio. La controversial “colimba”.

Aquel título era cuestionador por excelencia: su historia estaba interpretada por un elenco alejado de los acartonamientos de buena parte del cine argentino, integrado por dos figuras que actuando o dirigiendo, fueron parte activa de aquella renovación: Leonardo Favio y el chileno Lautaro Murúa.

Si bien el estreno local de Dar la cara ocurre en 1969, en el cine Renacimiento, del inquieto distribuidor, exhibidor y productor uruguayo Walter Achugar, su pre-estreno, con tres exhibiciones en una única jornada, ocurrió en “Cine Universitario del Uruguay”, en 1965, por entonces una entidad de primera línea.

El evento adquiría proporciones mayores, ya que se contaría con la presencia del realizador, quien presentaría cada una de las funciones.

Alguien del cineclub debería atender al invitado en aquella tarde/noche en los momentos en que se desarrollaban las proyecciones.

Con veintitrés años y una trayectoria aún incipiente como crítico, me ofrecí entusiasta a ser el anfitrión. Cine Universitario (en Soriano 1227) carecía de un lugar confortable donde recibir invitados, y todos iban a dar a aquel minúsculo sótano bautizado como “el bunker”, donde se apretujaban un escritorio, un par de sillas y dos largos (e incómodos) bancos de madera que servían al archivo y administración allí instalados. El departamento de publicaciones y el de la programación, no poseían más que el tiempo compartido de una silla y una máquina de escribir y algunos biblioratos.

No recuerdo el motivo por el cual no fuimos a ningún bar cercano, pero aquella ocasión de interpelar a una importante figura del cine se transformó en un formidable acopio de lecciones de cine.

Casi treinta años después, en una de las habituales e informales charlas/discusiones que espontáneamente se desarrollaban en “Video Imagen”, el video club del cual era propietario el también crítico Roni Melzer, mi defensa de Chicago, de Rob Marshall, tuvo una rotunda respuesta de Roni: “Solamente vos y Martínez Suarez piensan así.”

Fue entonces, e-mail y teléfono mediante, que retomé aquel vínculo con el director de Dar la cara. Ello derivó en otras nada despreciables circunstancias. Martínez Suárez fue figura fundamental en cuanto a que “Cine Club Núcleo” de Buenos Aires, se reuniera con la copia de la monumental La Terra Trema, obtenida en Italia con intervención del propio Luchino Visconti. En Uruguay me tocó ser testigo y partícipe del alquiler a “Núcleo” de una copia para su exhibición local. Todo un acontecimiento que ocupara ampliamente a la prensa. Episodios de indudable peso cultural, que fueran reseñados en pormenorizado libro editado en la Argentina.

En el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, al que asistiera como crítico en varias ocasiones, y luego como Jurado, nos reencontramos personalmente con José Martínez Suárez. Un hombre ya de avanzada edad con el vigor de los jóvenes cinéfilos que asisten por primera vez a un evento semejante. Desde que se iniciaba la primera función de la mañana, durante la tarde, y hasta culminada la última de la noche, controlaba y dirigía el normal desarrollo de aquella fiesta del cine. Su conversación con amigos era un casi imposible, constantemente interrumpido por consultas diversas. Sin embargo, muy tempano en la mañana, mientras desayunaba en la Avenida Costanera, disponía de algo más de tiempo y, a lo largo de algunos años, fue allí donde nos diera valiosos datos que reprodujera en mis libros: datos acerca de El ladrón, ese clásico del cine mudo pornográfico argentino, llevado por Sadoul para su “Cinemateca Francesa Secreta”; datos del suicido de una cotizada modelo argentina conocida como “Pitoca” (nada menos que la hija de Horacio Quiroga), inmersa en las muertes violentas de su familia desde tiempos de “Barranca Yaco”, etc.

Mi hija menor, Fernanda, radicada en Buenos Aires donde asistiera a cursos y desempeñara algunos trabajos inherentes al cine, fue instada por mí a que se contactase con Martínez Suarez en procura de determinada información.

Sin integrar los cursos formales del realizador, recibió las lecciones que surgieron espontáneamente cuando le visitaba, e incluso cuando, este docente inveterado, las impartía desde la cama del sanatorio. Fernanda participó del rodaje de uno de los últimos, sino el último documental sobre José Martínez Suárez.

Aunque menguaran e-mails y llamadas a José, mi hija Fernanda oficiaba de correo y por ella nos mantuvimos al tanto de nuestras respectivas ocupaciones y preocupaciones. Así fui testigo indirecto del fin de aquella vida.

Nuestra amistad iniciada en 1965, hizo que cierto día José me propusiera tutearnos. Fue imposible romper con el “usted” de tanto arraigo, si bien nos llamábamos por nuestros nombres de pila.

Por todo lo señalado, esta no es la necrológica de un crítico a propósito de un realizador cinematográfico, sino el adiós de un amigo a otro. Chau José.

Alvaro.

Álvaro Sanjurjo Toucon (Exclusiva para accu.uy, 19/08/2019)

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