«Gomorra» (Jaime Costa)

Vivir en Nápoles y después morir

El título alude a la ciudad bíblica aniquilada por Jehová junto a Sodoma, pero también parecido a «Camorra», nombre que identifica a la organización mafiosa napolitana que el autor Roberto Saviano (nacido en esa ciudad en 1976) desnudara en su best seller escrito en 2006, osadía que le valiera una sentencia de muerte y la incómoda situación de tener que vivir escondido y bajo custodia por el resto de sus días (donde cabría preguntar, para zozobra de cualquiera, quién vigila a los custodios). No es para menos. A pesar de que el libreto de este filme de Matteo Garrone incluye al propio Saviano entre los seis libretistas, las ramificaciones de la mafia en la economía (250.000 millones de dólares de producido anual, que se invierte en negocios ilegales) y en la política italiana no está comprendidas con la detallada complejidad que el libro revelaba con nombres y apellidos, por lo que debe entenderse que el autor hizo una reescritura del original para adaptarlo a las posibilidades de un largometraje de duración normal (o casi, porque llega a las dos horas y 17 minutos).

Es entonces que Gomorra se concentra en cinco historias: la de Totò (Salvatore Abruzzese), el chico de 13 años empleado en el supermercado que encuentra un revólver y decide ingresar desde abajo en la organización, con duro aprendizaje; la de don Ciro (Gianfelice Imparato), un veterano que cumple la rutinaria tarea de repartir dinero sucio entre los familiares de mafiosos presos o asesinados y se ve envuelto en las disputas de dos bandas rivales, a su pesar; la de Pasquale (Salvatore Cantalupo), un modista de alta costura que confecciona ropa para una fábrica de la organización y comete el error de prestarse a dar clases a inmigrantes chinos que son de la competencia; la de Roberto (Carmine Paternoster), joven graduado universitario que entra a trabajar a las órdenes de Franco (Toni Servillo), un inescrupuloso empresario que se dedica a enterrar desechos tóxicos en lugares no habilitados; y finalmente están Marco (Marco Marcor) y Ciro (Ciro Petrone), dos irresponsables vagos de menos de veinte años que sueñan con la película Scarface y creen que pueden hacer lo mismo que Tony Montana, engañando a la mafia y pretendiendo ser reyes del delito marcando su independencia a tiro limpio.

Los cinco episodios están entrelazados, un poco al estilo de Traffic de Steven Soderbergh, y su trágica sordidez se va revelando poco a poco, sin explicaciones desde la banda sonora, confiando en que imágenes y personajes, por sí solos, expongan el asunto y conciten el interés del espectador. Es un trabajo que requiere paciencia pero tiene su recompensa, porque está muy bien planteado, sacude y conmueve. Queda claro que toda esa gente es producto del medio que los creó. Ninguno conoce otra cosa ni tiene posibilidad de alcanzar la fortuna por fuera del sistema. No existe el glamour del habitual cine de gángsters, no se ven palacetes ni ricachones, nunca se alcanza a conocer a los verdaderos cabecillas de la Camorra. La cámara se pasea por complejos habitaciones que parecen cárceles, con sucios apartamentos dispuestos como un celdario y callejones centrales donde se trafica droga por doquier. La sugerencia visual es contundente y muestra que toda esa gente está en realidad presa: nace y muere dentro del sistema, esclava de un estilo de vida donde el crimen, la prepotencia, la sumisión y la muerte son el modus operandi, con escasas o nulas posibilidades de escape.

El viejo neorrealismo italiano campea sobre esta nueva Gomorra, no sólo en su planteo visual de iluminación, encuadre, cámara en mano y escenarios naturales, sino en el desempeño de varios actores no profesionales (salvo Toni Servillo, y se nota), donde los rostros, el duro acento napolitano y un falso aire de improvisación marcan la diferencia. Lo cierto es que todo está muy calculado y el efecto inmediato es el de creer que todo lo que se ve es real y no producto de una ficción cinematográfica, lo que resulta aún más devastador. La Palma de Oro en Cannes supo reconocer el valor del filme, valor que no se expresa solamente en sus calidades cinematográficas sino en la contundencia de su exposición, en la crudeza de sus imágenes y en su sacudón emocional. No es Ciudad de Dios, cuya violencia era más gráfica y atroz, sino un docudrama de creciente intensidad, que muestra desde adentro la desesperanzada situación de un grupo humano abandonado a su suerte, o condenado a vivir (y seguramente a morir) de la peor manera.

«Gomorra» Italia, 2008. Dirigida por Matteo Garrone. Escrita por Maurizio Braucci, Ugo Chiti, Gianni Di Gregorio, Matteo Garrone, Massimo Gaudioso y Roberto Saviano, sobre libro del último. Duración: 137 minutos.

Jaime E. Costa (Búsqueda)

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