Entrevista a Horacio Camandulle (Eduardo Alvariza)

Actuar sin lentes

Mide casi dos metros y pesa 130 quilos. Primero se presenta con ropas de comediante parisino, remera rayada y boina; luego es un soldado rígido aquejado de calambres en todo el cuerpo, y por último un herido en una sala de emergencia con una venda blanca en la cabeza. En un espacio muy reducido Horacio Camandulle mueve su generosa humanidad por un lado, para el otro; se tira al piso y hace de ballena, después es una res, más adelante un columpio, en otra oportunidad una vela. Suda la camiseta, metafórica y literalmente. La gente se desternilla de risa con Fabulosos hermanos Masilotti, una obra que respira un aire bien under: frescura, improvisación y desparpajo. No importa si falla el radiograbador o la máquina de humo. Le acompañan en el pequeño escenario del Pub Kalima, en Durazno y Jackson, Marcel Sawchik y Pablo Isasmendi.

Camandulle vive en la Curva de Maroñas, es hincha de Danubio, está casado y es maestro de escuela, pero a partir de mañana viernes 22 todos lo conocerán como Gigante. Estudió teatro en los Centros Comunales, fue conserje en Agadu, pasó por Bellas Artes, en algún momento cayó dentro de una obra para niños de Leo Maslíah, fue tira en un breve pasaje de la película El viñedo y también encarnó al Hombre de Arena en el delirante mundo de Little Nemo, un famoso cómic de Winsor McCay en versión dramatúrgica de Marcel Sawchik. «El Hombre de Arena es como el Viejo de la Bolsa acá«, dice Camandulle a Búsqueda, «alguien que está y estará en tus pesadillas«.

-¿De dónde viene el amor por el teatro? ¿Hay algún antecedente familiar?

-No sé si es un antecedente, pero mi viejo es constructor. Mi madre es empleada doméstica. Mi viejo trabaja como finalista y siempre está inventando algo. Por ejemplo, pinta una heladera y al final le pone como circulitos, o toma una rama y la esculpe transformándola en pie. Es un don que tiene. Me acuerdo que una vuelta en Paysandú -mi abuelo es de allá- se nos perdió un remo. Al otro día mi viejo hizo uno casero con las herramientas que tenía a mano. Entonces quizá haya algo por ese lado, lo mismo que mi vieja cuando cocina una comida bien casera, artesanal.

Lo que sí no me olvido fue cuando una profesora en tercero de liceo nos llevó al teatro a ver La isla desierta, de Roberto Arlt. Y bueno, ya en cuarto de liceo yo era el paloma que iba al teatro solo en vez de ir a bailar… Me conocía todo los actores del Galpón y la Comedia. Antes me gustaba todo lo que veía; ahora me vuelvo del teatro muchas veces decepcionado. Por lo visto desarrollé un sentido crítico.

-El papel de «Gigante» fue producto de un casting…

-Sí, me presenté gracias a unos amigos que me avisaron. A los castings voy siempre con cierta retilencia. Siempre es algo así como «Ahí llega el grandote«, el que tapa la escenografía y la ropa le queda chica… Para los que toman la decisión es un martirio y para mí también. En el casting tenés que demostrar que sos el mejor para quedarte. Entonces, tá, le tenía cierto rechazo a ese tipo de audición. Y bueno, caí en el casting de Gigante y conocí a Adrián Biniez, el director, y me cayó bárbaro, totalmente distinto a la imagen que me había hecho a priori. Además estaba de por medio Control Z, y yo tenía en gran estima las películas que había realizado esta productora, como 25 watts y Whisky. En fin, la casa donde está el equipo de producción es como cualquier otra casa, con una cocina, todo muy familiar. Y en seguida me sentí bárbaro.

-¿Qué fue lo más complicado del rodaje?

-En realidad disfruté todo el proceso. disfruté todo el proceso. Fue muy tranquilo. Desde la mañana hasta las siete de la tarde durante cinco semanas. El actor espera mucho. En las horas que había antes de cada toma, yo preguntaba cosas a los iluminadores, a los técnicos, a los electricistas. Aprendí montones. La metodología de Adrián fue muy generosa conmigo. Él no es actor, y esa condición crea un empaste muy bueno. Tuvimos un mes de ensayos, y durante el rodaje propiamente dicho no hubo nada complicado. En un momento Adrián me dijo: «Tu ojo en la pantalla va a ser así de grande, si vos pestañas será una cosa, y si no lo hacés, será otra«. El quería que yo interpretara a un tipo calmo. Entonces, para alcanzar la naturalidad, le contesté: «Un profesor me enseñó la siguiente metáfora de actuación: estamos en un lago y vemos el movimiento lento de un pato, pero nunca vemos sus patitas que nada rápido debajo del agua. Nuestra energía es hacía adentro, y la actuación hacia afuera«. Le gustó esa idea de actuación y me dijo: «Yo también las patitas las quiero así«. Y de ese modo empecé a aprovechar cosas, más bien defectos. Dije: «Yo actúo sin lentes«. Tengo miopía y astigmatismo, y sin lentes no veo nada. Sabía que si era consciente del monitor, la cosa no funcionaría. Con la visión borrosa, en cambio, sabía que si miraba a Julia podía enamorarme. Lo difícil de ser actor es que vos ponés cosas tuyas en juego… Pero había todo un equipo detrás continentándome.

-La consulta con algún sereno o guardia jurado de la vida real, ¿sirvió para algo?

-Sí, pero ese mundo ya lo conocía. Cuando fui conserje en Agadu me quedaba haciendo puerta horas y horas. Conozco eso de mirar monitores, y cuando paso por algún lugar y veo a un guardia en semejante posición, me pregunto por el talento desperdiciado en esas horas y horas de tiempo muerto. Creo que a Jara, mi personaje, le pasa algo parecido.

-Supongo que la experiencia de haber asistido al Festival de Cine de Berlín fue de ciencia ficción…

-Totalmente. Primero el hecho de viajar, yo no conocía Europa. En el festival fueron fiestas todas las noches. Cuando presentamos la película lo hicimos ante una sala repleta; luego la vimos junto a unas dos mil quinientas personas que se reían y aplaudían. Fue muy emotivo. Habíamos tomado bastante champán. A la salida nos encontramos con la gente, me reconocieron y me pidieron autógrafos. Un viejo gritó»¡Dios salve a Bolivia!«. «No, no, Uruguay«, le respondí. «No importa, viva Sudamérica«, me replicó. Había cantidad de cinéfilos con sus cámaras. También me reconocían por la calle, Hubo cinco funciones, todas con las entradas agotadas.

-¿Qué es lo más interesante en la construcción de un personaje?

-Me interesan los tipos comunes, cotidianos. Me gusta transmitir el personaje para arriba, de esta época. Esto en cuanto al cine. En teatro me encanta la composición del personaje con un costado de comedia, aunque el drama también me atrae. En realidad, lo que me gusta es hacer reír. En mi trabajo apenas llego ya estoy haciendo comentarios, chistes con las maestras. Lo mismo con los gurises. Trabajo con quinto año y tenemos un espacio que llamamos «Ronda» donde tres veces por semana nos juntamos y leemos un cuento o habíamos de nuestros problemas, y salen cosas maravillosas. Me gusta mucho hablar con ellos. Vos le das ese espacio y se largan, tienen una enorme necesidad de hablar. En general existe una dinámica de vida que te hace estar muy lejos de los gurises. Además, ellos me bajan a tierra enseguida.

-¿Algún comediante favorito?

-Steve Martin, Robin Williams y Jim Carrey, aunque creo que Carrey trabaja demasiado la exageración, es una marca registrada. Pero es muy buen actor. Con The Truman Show me tapó la boca. En cuanto a Robin Williams también sucede algo parecido: es un tipo con mucha ternura, aunque se repite bastante.

-Hablamos de cine y teatro, pero no de televisión…

-Bueno, precisamente mi próximo proyecto es una serie televisiva. Me llamaron para Charly en el aire, una serie que emitirá Canal 4. Se trata de diez capítulos dirigidos por Oscar Estévez. Mi personaje aparece en sólo dos o tres capítulos. Todo gira en torno a un tipo que es fanático de Charly García y tiene un programa de radio. Es una comedia.

Eduardo Alvariza (Búsqueda, 21/05/2009)

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