“Fraylandia” (Álvaro Sanjurjo Toucon)

Festejen finlandeses, festejen

Varios géneros convergen en esta despareja, ambiciosa, caótica y atractiva realización de Sebastian Mayayo (1977, codirector, guionista, fotógrafo y montajista de Ahora lo tengo que hacer -2004-) y Ramiro Ozer Ami (1972, camarógrafo de El almanaque -2012- y director artístico del film previo de Mayayo).

El puente Gral. San Martín, que une la costa uruguaya de Fray Bentos con Puerto Unzué, en la opuesta orilla argentina, próxima a la entrerriana ciudad de Guleguaychú, une y también separa a ciudadanos enfrentados por la megaobra que significaba la instalación en las proximidades fraybentinas de una planta de celulosa por parte de la finlandesa Botnia, que luego pasaría a manos de la también finlandesa UPM.

El film se desplaza sobre dos modalidades escénicas: la coral, que toma a los núcleos opositores (argentinos y uruguayos) y partidarios (uruguayos) de la papelera, en su condición de masas anónimas; y la personal, donde algunos personajes sobresalen, y con sus historias privadas, introducen una reconstrucción que da al film la condición de “docudrama”.

La pareja obligada a distanciarse geográficamente, trasmitiendo su fidelidad en cartas de imposible idioma, los estragos provocados por el tiempo y vaivenes sentimentales, la alegría con que se aborda una vida sencilla ocultando otras carencias, la “burbuja” social a que dan paso los jerarcas europeos, son algunos de los “mini argumentos” que van conformando un entramado definidor de la densidad psicológica de las criaturas ubicadas a un lado y otro del puente con lomo de camello, desde cuya altura se divisa lejana, como un monstruo amenazante, a UPM 1.

La reconstrucción documental –como viene haciéndose desde 1922 cuando Robert J. Flaherty hizo que el esquimal Nanook y su familia “actuaran” su vida cotidiana ante la cámara- logra espontaneidad por parte de quienes se interpretan a si mismos, en un estilo de despojamientos formales que la cámara recoge con impronta propia del más puro e inicial “neorrealismo” italiano.

No olvidemos que el “cine documental”, en tanto “documento” incontrovertible, no existe. El “documento” es moldeado cual frágil masilla tan solo con el montaje más elemental, y si nos ceñimos a Dziga Vertoov y lo eliminamos, el encuadre, el ángulo de cámara y la lente utilizada implican igualmente una toma de posición, una actitud política.

Falla en cambio la amalgama entre lo genérico y lo individual. Los relatos personales llegan a desligarse del contexto, al punto de sumergirnos en la problemática individual, en detrimento de lo que luce fugaz o casi olvidado.

Las referencias a un Tabaré Vazquez que en su búsqueda de votos se opusiera firmemente a una UPM a la que en su segundo mandato otorga dádivas sin precedentes, abre las puertas a una UPM 2 que queda fuera del film y parece un gigantesco guiño de completa actualidad.

Fraylandia es tímidamente cine político, su discurso se torna tímido si lo comparamos con el de los años 60 y 70, en un cine uruguayo hecho fuera y dentro del país. Hay una especie de auto represión en cuanto a señalar la complicidad de la izquierda gobernante en nuestro país y la que tuvieran los gobernantes progresistas de nuestros vecinos. No olvidemos que la Argentina de Kirschner y el Brasil de Lula, no desplegaron (quizás por no poderlo) los resguardos imprescindibles ante la contaminación que en sus respectivas naciones implicaba la presencia de papeleras pero también la central atómica de Atucha, la represa de Itaipú, etc., de cuya presencia no eran responsables.

Fraylandia dice mucho, denuncia a los villanos de la película: UPM cuya falsa bondad parece provenir de aquel prehistórico programa de preguntas y respuestas: Doble o Nada de “Mejoral”, cuando la característica voz de Isidro Cristiá anunciaba dinero para toda la República.

En esta coyuntura histórica, en este año donde elegiremos al primero de los muchos gobiernos que por medio siglo habrá de someterse a los dictados ya no de unos intereses de Finlandia (cuya historia sería útil repasar) sino de UPM, que nos impondrá universidades, líneas férreas, zonas francas y todo cuanto desee el supercapitalismo sin bandera ni nombre. Ayer se llamó Botnia, hoy UPM, y mañana…

Detrás de Fraylandia se perciben uno, dos, tres… enésimas referencias históricas cuyo desarrollo y análisis permitiría a los orientales, mal devenidos en uruguayos, no pisar dos veces la misma piedra.

En 1828, Pedro I, Emperador del Brasil, conjuntamente con el representante de la corona Británica, Lord Ponsonby, logran que la Argentina (Provincias Unidas del Río de la Plata) acepte que la Provincia Oriental (también llamada Banda Oriental y parte de las “Provincias Unidas”) invadida por el Brasil y rebautizada Provincia Cisplatina, se constituya por voluntad de los gobiernos que ellos representaban, en un nuevo país al que bautizaron “Estado Oriental del Uruguay” (denominación oficial que recién se cambiara a “República Oriental del Uruguay” a inicios del siglo XX).

De esa manera el Río de la Plata dejaba de ser un río interior de las Provincias Unidas y su pertenencia a dos naciones (la Argentina y el inventado Uruguay) facilitaba la navegación de los brasileños por sus aguas y creaba un estado permeable a los intereses del Imperio Británico según carta que Ponsonby enviara al rey de Inglaterra.

Dicho y hecho. A lo largo de las décadas el inventado Uruguay (al que burlonamente muchos denominaron Ponsonbylandia) conoció importantes inversores brasileños armando sus negocios en estas tierras –uno de los mas notorios fue Irineu Evangelista de Sousa, más conocido como Barón de Mauá-, y la presencia de no menos importantes empresas inglesas (The Montevideo Gas Company –gas-, The Montevideo Waterworks –aguas corrientes-, así como compañías de seguros, bancos, empresas tranviarias, y un largo etcétera en el que se encuentran los ferrocarriles que, una vez convertidos en poco menos que chatarra, utilizaran los ingleses para pagar millonarias deudas al Uruguay de la Segunda Posguerra Mundial.

Y, “last but not least” estaban los frigoríficos, pertenecientes a los británicos y/o a sus primos estadounidense. Sus nombres Liebig’s, Armour, Swift, Anglo, etc. El Anglo, ubicado en Fray Bentos, tenía esa ubicación ya que le colocaba cerca de los campos ganaderos y del puerto por el cual exportaban sus productos.

Sin forzar la historia, Fraylandia nos muestra a UPM de Fray Bentos ubicándose en coordenadas ya conocidas, y no costará demasiado al espectador hallar las analogías con UPM2 y su fantástico tren expreso, con que les obsequiamos, entre otros millonarios beneficios, los valientes orientales.

Casualidad, o deliberado propósito, el momento en que se estrena Fraylandia amplía su contenido.

“Puolue suomalainen, puolue”. Lo del título.

Fraylandia”. Uruguay 2019. Dirección, Guión y Producción: Sebastian Mayayo y Ramiro Ozer Ami. Con: Mirtha Colombo, Estela Vence, Delia Villalba, Sandra Dodera, William Rodríguez.

Alvaro Sanjurjo Toucon (Exclusivo para accu.uy, 24/07/2019)

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