“La culpa” (Enrique Buchichio)

Policía bueno, policía malo

¿Se acuerdan de aquella película en la que Halle Berry interpretaba a una operadora del 911 que, movida por la culpa de no haber podido salvar a una víctima en el pasado, salía al rescate de una nueva víctima de secuestro? Bueno, yo tampoco me acordaría, si no fuera porque el estreno de esta nueva película danesa me recuerda de inmediato a aquella otra, hollywoodense, bastante mala y rutinaria. El título era The call (911 – Llamada mortal), y la única similitud entre ambas es que el protagonista es aquí también un operador de los servicios de emergencia (en Dinamarca el número es 112) que, también movido por la culpa, hace todo lo posible por salvar la vida de una supuesta víctima de secuestro.

Las diferencias, por suerte, son muchas. Para empezar, en este caso el protagonista es un agente de policía que ha sido suspendido de sus funciones y reubicado temporalmente como operador del servicio de emergencia. La información, bien y sutilmente dosificada a través de – casi exclusivamente – llamadas telefónicas, da cuenta de que es su último día en esta función antes de una instancia judicial decisiva para su situación, en un caso que ha tenido cierta notoriedad pública (recibe, entre otras, la llamada de una periodista). Una disculpa a un compañero de trabajo, que lo mira con recelo, permite saber que en el pasado ha tenido problemas de conducta o de comportamiento. Y su forma de responderle a algunos usuarios que llaman al servicio indica que es un oficial acostumbrado a traspasar límites.

En este contexto, la extraña llamada de una mujer notoriamente angustiada lo convence de que se trata de un caso de secuestro, y poco a poco empieza a operar desde su puesto de trabajo para intentar ayudar a la víctima. Conviene no develar mucho más sobre la trama, solo decir que a medida que avanza en averiguaciones y sospechas, el personaje se convence – y con el, nosotros – de estar ante uno de esos tantos casos de violencia de género que vemos a diario en los noticieros. Y que suelen terminar mal. Y entendemos la desesperación del tipo por hacer todo lo que está a su alcance para intentar salvar una vida, ni más ni menos.

Lo atractivo de la película – ganadora del premio del público en el Festival de Sundance 2018, entre muchos otros reconocimientos – no es tanto el cúmulo de revelaciones que van apareciendo con el desarrollo del relato (narrado prácticamente en tiempo real y lineal, es decir, sin elipsis ni flashbacks innecesarios) sino su apego a un punto de vista exclusivo: el del personaje (y de algún modo, el nuestro). Todo lo que vemos y escuchamos es a través de él, sin salir ni una sola vez de la misma habitación (en realidad dos habitaciones, pero contiguas e intercomunicadas visualmente). La culpa se inscribe, de este modo, dentro de cierta corriente de “película-concepto”, como puede ser el caso de Enterrado (que transcurre enteramente dentro de un ataúd), La casa muda (que se narra casi exclusivamente dentro de una única locación y “en una sola toma”) o la reciente 4×4 (que sucede dentro de una camioneta).

No hay nada malo con las “películas-concepto”; como dentro de todo tipo de cine hay películas buenas y películas malas. Esta es una de las buenas, una apuesta por una radical economía de recursos (una locación, un protagonista casi excluyente, salvo por unos pocos secundarios) que sale muy bien parada, gracias a un guion preciso e inteligente (de Emil Nygaard Albertsen y Gustav Möller) y una dirección (del propio Möller) que exprime al máximo las posibilidades del espacio y el rendimiento de ese estupendo actor que es Jakob Cedergren, al que acecha con la cámara de manera implacable.

Desde el punto de vista técnico, sin embargo, el mayor mérito se lo lleva el diseñador y/o editor de sonido, que logra construir toda la trama exterior de manera verosímil, intensa y por momentos angustiante completamente en off: voces, motores, ruidos, llantos, ambientes, en definitiva, todos esos recursos que normalmente en el cine aportan verosimilitud a lo que vemos y que esta vez están al servicio de la imaginación del espectador. Termina la película y tenemos la sensación de haber visto caras, vehículos, viviendas, bares, personajes y situaciones que sólo escuchamos a través de un teléfono. Si esto no es ponerse en la piel de un personaje, no sé lo que es.

Lo único que cabe reprocharle al guion es la poco verosímil libertad que tiene el protagonista para prácticamente hacer lo que quiera: llamar por teléfono a quien se le ocurra, mostrarse visiblemente alterado, encerrarse en una oficina y romper cosas, movilizar patrulleros y policías, todo eso y más sin que ningún superior o supervisor lo llame al orden en casi ningún momento. Hay que aceptar, de todos modos, que si esto sucediera la trama enfrentaría otros obstáculos y el desarrollo de una historia como esta sería casi improbable.

Hay una gran complejidad emocional y psicológica en Asger Holm que, al igual que la trama en off, se va revelando poco a poco a medida que la historia avanza. Hay un Asger Holm al comienzo de la película y otro al final, y entre uno y otro vimos varias caras de un mismo personaje: ¿un policía bueno, un policía malo? ¿Un hombre de familia, un corrupto, un héroe? Es a cada espectador a quien le toca sacar las conclusiones, si es que es posible…

Enrique Buchichio (Cartelera, 04/07/2019)

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