«Guerra de los mundos» (Jaime Costa)

Encuentros cercanos con los peores tipos

No cabe duda de que a Steven Spielberg le gusta la novela de H. G. Wells, pero como a su vez es un cinéfilo empedernido le gusta también la versión que el productor George Pal y el director Byron Haskin hicieron en 1953, época de persecución maccarthysta, guerra fría, terror atómico y platillos voladores, todo lo cual se plasmaba en aquella estremecedora película que no era precisamente de clase B. Muchos espectadores de la misma generación de Spielberg (incluido quien esto escribe) vieron una y otra vez esa película, que no solamente fue la mejor de su época en el género ciencia ficción sino que terminó por ser el modelo de muchos otros títulos de consumo rápido y pronto olvido. Era lógico: ninguna de ellas igualaba a La guerra de los mundos en espectáculo alucinante, efectos especiales de primera, acción continua y ritmo trepidante. Los años han sido generosos con ella, y hoy se puede ver en DVD con la debida ubicación en su tiempo y el merecido respeto a su estatura clásica.

Sin embargo, esa adaptación no era demasiado fiel al texto de Wells y se tomaba muchas libertades, por eso esta remake, que en varios momentos le rinde homenaje, toma por otros rumbos y evita el parecido. Lo primero que llama la atención es el cambio de actitud del propio Spielberg, quien deja de lado a sus extraterrestres bondadosos y simpáticos (no sólo de Encuentros cercanos del tercer tipo y E.T., sino de la reciente A.I.: Inteligencia artificial) y los presenta ahora como implacables exterminadores que llegan sin previo aviso (y llegan desde Marte, no hay duda) destruyendo todo lo que encuentran a su paso con una furia cuyas causas nunca se explican. Eso estaba en Wells, como advertencia hacia un Imperio Británico acostumbrado a dominar el mundo a través de la conquista y que en 1898 debería reflexionar acerca de cómo actuarían ellos mismos si fueran arrasados por una potencia superior. Al extrapolar la situación a épocas actuales, el país más poderoso del planeta reacciona ante el imprevisto y pavoroso ataque con el mismo estupor, horror y desesperación que en el tristemente recordado 11S, al cual Spielberg no pierde oportunidad de evocar. En el filme no hay héroes sino víctimas. Y el enemigo está ahí y mete un miedo feroz.

Solamente hay unos pocos minutos al comienzo para presentar a los personajes antes de que se desate la catástrofe. Cuando el obrero portuario Tom Cruise debe hacerse cargo durante un fin de semana de sus dos hijos mientras su ex esposa (Miranda Otto) se va de vacaciones con su nuevo marido, no piensa en otra cosa que en cumplir ese compromiso con la misma irresponsabilidad e indiferencia que lo han convertido en un mal padre. La relación tirante con su hijo adolescente (Justin Chatwin) y más bien autoritaria con la hija de diez años (Dakota Fanning) se verá prontamente alterada cuando una furiosa tormenta eléctrica provoca un extraño fenómeno que anula todas las fuentes energéticas de Nueva Jersey. Los relojes quedan magnetizados, los automóviles no funcionan y desde las entrañas de la tierra surge una enorme máquina que rompe pavimentos y edificios, se levanta sobre sus tres gigantescas patas metálicas y lanza rayos mortales que volatilizan seres humanos (aunque no su ropa) y siembran la devastación. Sin entender lo que pasa y presa del pánico, Cruise sólo atina a huir lo más lejos posible en el único vehículo que logra hacer arrancar en medio del caos. Quiere llevar a sus hijos con la madre, y que ella se haga cargo.

Una primera virtud del filme es presentar los hechos únicamente desde el punto de vista del protagonista. El espectador nunca verá más de lo que él ve, con lo que se evitan afortunadamente los lugares comunes en la Casa Blanca, el Pentágono y la organización de la defensa. La revelación de esa escalada invasora será asumida en forma gradual, aunque vertiginosamente, por ese padre que empieza a entender que su única misión ante la emergencia es proteger a sus hijos cueste lo que cueste. Y vaya si Spielberg es un maestro para plantear en imágenes elocuentes la desesperación de la huida, con una cámara que rodea el vehículo circularmente mientras Ray intenta explicar y explicarse lo que está pasando. «¿Son terroristas?«, pregunta la niña. «No, esto es algo peor. Viene de otro lado«, contesta el padre con el rostro desencajado. «¿De Europa?«, inquiere ingenuamente el muchacho. No demorará mucho en averiguarlo, porque la tragedia adquiere dimensiones apocalípticas en muy corto plazo. En esa primera hora de metraje, el espectador será mantenido en vilo con una serie de episodios que hacen crecer la tensión sin un minuto de tregua (una pesadillesca noche en el sótano de una casa, que guarda una espectacular sorpresa en la mañana; una turba enardecida que demuestra lo frágil de la condición humana enfrentada al peligro; un cruce en ferry con desastrosas consecuencias; la siniestra demostración de lo que los enormes trípodes hacen con la gente; una descomunal batalla campal donde las fuerzas armadas se revelan impotentes; una alucinante visión de prendas de ropa que caen como hojas muertas en un bosque, dejando constancia de una masacre gigantesca).

En la segunda mitad de esta apasionante Guerra de los mundos, Spielberg saca el pie del acelerador y se juega al suspenso, otro recurso que domina ampliamente. Allí aparece Tim Robbins como un hombre común que ha enloquecido y casi se ha retrotraído a la época de las cavernas. Y allí es donde el director recuerda la versión de 1953 y le rinde homenaje en una larga secuencia donde los marcianos acechan el refugio de los protagonistas y se resuelve el dilema de ese padre asustado, dispuesto ahora a defender a su familia utilizando la inteligencia. Hay que hacer justicia con la actuación de Tom Cruise, convertido una vez más en el motor de la película y en una presencia dominante pese a que compite aquí con la pequeña Dakota Fanning, un talento precoz que ilumina la pantalla en cada intervención. Y el interés no decae hasta la última escena, donde se puede objetar tal vez un final algo abrupto pero bastante mejor que la habitual tendencia de Spielberg a estirar sus desenlaces agónicamente. La película dura «apenas» 117 minutos.

Es cierto que todo termina con un toque sentimental, pero también hay que reconocer que ello es coherente con la forma como el director ha planteado su drama y sus personajes, que siempre están por encima de las escenas de acción y de los efectos especiales, los cuales son asombrosos pero nunca dejan de estar al servicio del asunto. Al comienzo y al final se escucha un relato que rescata el texto de Wells pero cuya entonación (a cargo de Morgan Freeman) recuerda a Orson Welles y a su famosa transmisión radial de 1938. Esas guiñadas para conocedores nunca desentonan y muestran en todo caso la vocación cinéfila de Spielberg, el creador de espectáculos más exitoso de las últimas tres décadas que aquí se muestra en plena forma y reafirma que no hay nadie como él para plantear una aventura en términos visuales de poderosa sugestión. Aunque ya no ame a los extraterrestres, su amor por el cine está por encima de toda sospecha.

«Guerra de los mundos» (War of the Worlds). EE.UU., 2005. Dirigida por Steven Spielberg. Libreto de Josh Friedman y David Koepp, sobre novela de H. G. Wells (1898). Fotografía de Janusz Kaminski. Con Tom Cruise, Dakota Fanning, Justin Chatwin, Miranda Otto, Tim Robbins. Cines MovieCenter Montevideo, Portones y Punta Carretas, Grupocine Arocena, Ejido y Punta Carretas, Casablanca y Plaza.

Jaime E. Costa (Búsqueda, 07/07/2005)

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