«Good Bye, Lenin!» (Alina Dieste)

Que mamá no se entere

Se contaron muchas historias sobre cómo el Muro de Berlín marcó la vida de generaciones de alemanes. Familias divididas, amores quebrados, esperanzas truncas, todo eso por una gris y tétrica pared que buena parte del siglo XX separó el capitalista y libre Berlín Occidental del comunista y cerrado Berlín Oriental. Good Bye, Lenin! es una de esas historias en que el Muro es el protagonista invisible. Y algo más. Entre graciosa y patética, con mucho de farsa increíble y otro tanto de penosa verdad, esta estupenda película del alemán Wolfgang Becker es antes que nada un conmovedor relato del amor de un hijo adolescente por su madre enferma.

El argumento que el guionista Bernd Lichtenberg le planteó a Becker en 1992 se resumía en cinco carillas: en octubre de 1989, una madre que vivía sola con sus hijos en Berlín Oriental, comprometida maestra y militante socialista (Katrin Saas), cae en coma luego de un infarto. Cuando despierta, ocho meses más tarde, el Muro fue derribado, Alemania y Berlín se unificaron, las corporaciones, el consumo y la cultura del Oeste transformaron su barrio y la vida de sus hijos y vecinos se alteró drásticamente. Para impedir que tantos cambios le provoquen un nuevo infarto a su madre, su hijo Alex (Daniel Brühl, absolutamente entrañable) decide recrear el mundo de la desaparecida Alemania pro soviética en el apartamento familiar.

Situaciones tragicómicas se suceden desde que la convaleciente madre regresa a casa, todas reflejo de las restricciones, el dogmatismo, la burocracia y el absurdo que pautaba la vida en el Este. Preso de su propia mentira, Alex se las ve negras no ya para conseguir los pepinillos preferidos de su querida progenitora, sino para mantener el andamiaje de un pasado que desaparece a ritmo de vértigo. Para esa tarea titánica, que lo desborda sin tregua pero no lo desalienta, recibe la ayuda a regañadientes de su hermana (Maria Simon), de su novia (Chulpan Klamatova) y de su mejor amigo (Florian Lukas), además de contar con la complicidad de vecinos y ex compañeros de trabajo de su cada vez más repuesta y curiosa madre.

A medio camino entre el estilo Billy Wilder, las referencias a La Dolce Vita de Fellini y el filme iniciático, Good Bye, Lenin! tiene tanto de comedia como de drama. Nunca estruendosa, la risa convive con el nudo en la garganta durante las dos horas que dura la película. Ambos sentimientos se suceden mientras Alex combina ternura con utopía y feroz decepción con inocente tozudez en esta fábula profusa en imágenes documentales y aplaudible en su reconstrucción de época.

Becker, un cineasta nacido en Alemania Occidental en 1954, tiene la virtud de mostrar los defectos de la dictuadura comunista sin demonizar la vida en el Este, ni burlarse de la austeridad y el exceso de idealismo que suponía el régimen marxista. Quizás en esa capacidad de atender heridas profundas de la sociedad alemana radica el éxito de taquilla y de crítica en que se convirtió Good Bye, Lenin!, ganadora del Angel Azul en el último festival de Berlín y premiada en otros festivales de Europa. Atendible en planteo y realización, la tercera película de Becker que se estrena en Uruguay -Cinemateca exhibió Mariposas, en 1994 y La vida en obras, en el 2000- es una opción más que recomendable en una cartelera volcada de lleno a la zafra de vacaciones de julio.

«Good Bye, Lenin!» (Good Bye, Lenin!) Alemania, 2003. Apta. Cines Hoyts Alfabeta, MovieCenter Montevideo y Punta Carretas.

Alina Dieste (Búsqueda)

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