«Dolor y gloria» (Martín Imer)

Todo sobre mí mismo

Pedro Almodóvar es uno de los directores españoles más reconocidos internacionalmente, por lo que cada film suyo genera un masivo interés por parte de la cinefilia global. Y él lo sabe, razón por la cual Dolor y gloria, su vigesimoprimer película, sorprende en la forma en la que desnuda todo su ser ante la cámara. Se trata por momento de un ensayo sobre sí mismo, con particular hincapié en todos sus tics y dolencias a partir de un bonito montaje, a su vez que es también la historia de los que lo rodean: un viejo amor, un par de amigos y especialmente su madre, quien marca para siempre el camino de su vida. Por supuesto que hay ciertos detalles que cambian de la realidad a la ficción, pero nunca el creador de joyas como Volver, Hable con ella, Todo sobre mi madre y Mujeres al borde de un ataque de nervios había sido tan abierto o tan sincero con su público fiel.

La protagoniza Antonio Banderas, actor fetiche de Almodóvar (colaboraron juntos en ocho películas) interpretando a Salvador Mallo – rol por el que recientemente ganó en Cannes -, un director cercano a los 60 cuya vida parece haber quedado en la nada, recluido en un mundo interno debido a sus múltiples dolores físicos y su depresión cada vez más grande. Vive casi totalmente sólo y aislado de todos a pesar de haber tenido gran éxito en el pasado, viajando por todo el mundo con sus películas, y el único contacto con la sociedad parece ser a través de su asistente, ya que ni siquiera está escribiendo guiones o filmando. Un día, lo llaman de la filmoteca para anunciarle que uno de sus films más emblemáticos ha sido restaurado y se planea hacer una proyección con él y el actor principal de la película juntos contestando preguntas del público — algo que, para sorpresa de todos, acepta, a pesar de estar peleado con el protagonista desde el estreno del largo. En aras de reconciliación el director se junta con el hombre y allí comienza a probar heroína, algo que además de sacarle los dolores lo hace viajar hacia su pasado, y más concretamente su niñez, recordando las heridas de una infancia marcada por la represión.

En una película tan personal era obvio que el realizador se encontrara totalmente comprometido, pero aquí Almodóvar realiza un trabajo tan apabullante que sorprende a propios y ajenos. El guion es una disección de personajes exquisita, sin miramientos, con el punto justo de autocrítica sin renunciar a algunos elementos melodramáticos o de evidente ficción que pretenden, de cierta forma, darle un cierre a elementos que el propio director ha confesado nunca encontraron ese final feliz. Se puede ver en las charlas de Salvador con su madre ya anciana, interpretada con calidez por Julieta Serrano. Son momentos puramente catárticos, de una reflexión personal del autor y de palabras no dichas, que encierran significados tristes, sin solución. Ni Almodóvar ni el espectador sabrá jamás si esa madre tan religiosa y tan presente en la vida del hombre habrá aprobado el cine del hijo, sus constantes excesos y su vida tan expuesta (incluso en un momento le prohíbe explícitamente al protagonista que mencione a sus vecinas y su pueblo en uno de sus guiones, ya que «no les gusta como las retratas»). No por esto el lector debe creer que se trata de un onanismo del cineasta, ya que este tiene bien claro que se trata de un drama que debe enganchar al público y lo logra a través de un montaje inteligente y una prodigiosa narración, alternando correctamente escenas del pasado y el presente, construyendo de a poco el mundo privado de su protagonista y reservándose para el final momentos de insólita sobriedad pero masivo alcance emocional, como un fantástico monólogo que Asier Exteandia interpreta de forma soberbia o un reencuentro entre Banderas y un amor del pasado encarnado por Leonardo Sbaraglia.

Y la sobriedad debería ser la palabra clave de esta película, ya que también está dirigida por un Almodóvar más contenido que en otras oportunidades y más acertado en sus golpes y sus búsquedas tanto en la dirección de actores como en el arte que suele desplegar en pantalla. Dolor y gloria es muy sencilla en sus aspectos técnicos, hecha con la experiencia del cine español y el buen nivel que siempre suele presentar, pero el interés se halla en sus personajes y por ende sus actores: Banderas siempre suele estar correcto bajo la mano del manchego pero aquí está estupendo, en lo que seguramente sea su mejor labor. El intérprete ofrece un trabajo introspectivo, muy alejado del clásico histrionismo y carisma que suele destilar y encuentra un punto de honestidad muy atractivo, soltando las palabras del guion como si salieran de un pensamiento fresco. Él es el máximo protagonista, pero la película tiene un muy buen reparto, donde además de los mencionados previamente brilla una Penélope Cruz delicadísima en un papel fundamental que la actriz devora, especialmente con unas sutilezas sobre el final a la hora de entender ciertas cosas de su hijo (muy bien el niño que lo interpreta) que pocos actores pueden lograr sin caer en obviedades.

Si no queda claro que el director habla de sí mismo, hay dos momentos fundamentales donde se ve al protagonista dirigiendo y ambas resultan indicaciones cruciales, casi como si se materializara el hombre en la pantalla y marcara el camino, conteniéndose a cada paso. Eso en definitiva es la película; un retrato al borde del llanto, rabioso y que se siente como un desnudo total de su realizador, aunque no de forma arbitraria: es la reconciliación de un autor con su obra y también con su persona, alejada del personaje mediático y el universo que se ha construido alrededor. Es una brillante mirada a su propia vida y también a la sociedad en la que creció, con sus luces y sus – muchas – sombras, los secretos más profundos y también la libertad del cine, que hoy termina siendo su máximo confesor. El tiempo decidirá en qué lugar quedará esta obra entre lo mejor que haya hecho el que la firma, pero sin dudas estamos ante un trabajo honesto, íntimo, revelador y también conciliador, que sirve como un cierre de viejas heridas y un camino hacia la redención personal mostrando que, cuando quiere, Almodóvar sigue encontrando formas de sorprender y fascinar a su público.

Dolor y gloria” (Ídem, España, 2019) Guion y dirección: Pedro Almodóvar. Música: Alberto Iglesias. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: Teresa Font. Con Antonio Banderas, Penélope Cruz, Leonardo Sbaraglia, Asier Etxeandia, Julieta Serrano.

Martín Imer (05/06/2019)

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