“The Miseducation of Cameron Post” (Hugo Acevedo)

Amarga intolerancia

La intolerancia religiosa en una sociedad autoritaria y conservadora es el tema de reflexión que propone The Miseducation of Cameron Post, el segundo largometraje de la directora, guionista y productora de origen iraní- estadounidense Desiree Acaban, que cosechó el máximo galardón en el prestigioso Festival de Sudance.

Este es un film realmente osado, provocador y rupturista, que indaga en los conflictos derivados de la tensión entre la libertad y el despotismo, entendido este como herramienta de control social.

Más que una película LGBT, The Miseducation of Cameron Post es un furibundo alegato que denuncia los salvajes atropellos perpetrados por organizaciones religiosas dedicadas a “enderezar” a jóvenes presuntamente descarriados.

En ese contexto, la historia, que está ambientada en Montana en la década del noventa, narra las peripecias precisamente de Cameron Post (Chloë Grace Moretz), una adolescente huérfana que vive con una tía rabiosamente conservadora.

La génesis del conflicto familiar es que esta joven, de semblante luminoso y gesto inocente propio de su edad, tiene inocultables inclinaciones lésbicas,

En ese contexto, al ser sorprendida por su novio en una situación incómoda con una compañera de colegio, es recluida por su intransigente tía en un centro religioso sugestivamente llamado “La promesa de Dios”, que está dedicado a la “reeducación” de las personas que tienen problemas de identidad sexual.

Esta situación se transforma en una suerte de condena, en la medida que la protagonista es confinada, permanentemente vigilada y sometida a recurrentes prácticas de hostigamiento.

Como la afirma la propia joven, los responsables del establecimiento, que está organizado como un sanatorio psiquiátrico, la inducen a auto-cuestionarse y a tenerse asco a sí misma por su condición de homosexual.

Por supuesto, estos “iluminados” también desarrollan una cruzada contra los drogadictos y hasta combaten a quienes se masturban, como si se tratara de un acto criminal.

En ese contexto, ese supuesto centro reeducativo es un auténtico desiderátum en materia de hipocresía, porque, aunque el trato es aparentemente amable y no hay maltrato físico, los internos son sometidos a inmorales torturas psicológicas.

En ese marco, tal vez lo más ilustrativo sean las sesiones de terapia colectiva, en la cual los “pacientes” expresan sus sentimientos e intentan exorcizarse de culpas. Obviamente, su único pecado es la honestidad.

Asimismo, no faltan los almibarados conciertos de rock evangélico, los animados karaokes comunitarios y hasta las sesiones de gimnasia con énfasis religioso.

En efecto, la operativa de esos adultos fanáticos que viven rezando y cantándole loas a Dios, es el deshumanizante lavado de cerebro al cual someten a sus víctimas.

En este caso, la estrategia es despojarlos radicalmente de sus respectivas identidades, vaciarlos de emociones y transformarlos en integrantes de un rebaño sin voluntad ni rebeldía.

Mediante estos artilugios, la rígida directora del instituto junto a su hermano –que es un homosexual “arrepentido”- intenta convencer a los jóvenes que los padecen que deben aceptar sus supuestos errores y enmendar sus erráticas conductas.

En estas circunstancias, abunda la soberbia y la prepotencia y hay una suerte de apología de una supuesta verdad revelada, que se apoya en dogmas recalcitrantemente conservadores.

Aunque la mayoría de los jóvenes parecen autómatas que acatan sin inmutarse las recetas contaminantes, la protagonista desarrolla su propia experiencia de silenciosa rebeldía, junto a Adam (Forrest Goodluck) y Jane (Sasha Lane), dos compañeros que comparten sus inclinaciones, sueños y desvelos.

Los tres construyeron una suerte de sub-mundo refractario a las insanas influencias de esos adultos idiotas e idiotizados por la religión, en el cual late íntimamente la esperanza de la emancipación.

Empero, el film no se detiene en el análisis de la mera peripecia de esos tres jóvenes, que intentan sobrevivir en una situación particularmente límite. También se asoma a la intimidad y al drama, en algunos casos terminal, de otros internos que comparten sus mismas pesadillas.

La película no sólo denuncia la represión perpetrada por esos imbéciles redentores que se creen elegidos por la divina providencia, sino también la rampante intransigencia de los familiares que condenan a sus hijos a un destino realmente aciago.

A diferencia de tantos sub-productos gastronómicos del cine de industria que ofrecen miradas frívolas y hasta edulcoradas sobre las problemática contemporánea de los adolescentes, The Miseducation of Cameron Post es un film duro, reflexivo, fermental y provocador.

Esta es, sin dudas, una película que interpela y nos interpela como colectivo, partiendo de la premisa que ninguna sociedad está libre de expresiones de intolerancia de acento cuasi fascista.

De algún modo, la situación de los protagonistas de esta historia puede ser perfectamente extrapolada al autoritarismo que padecen muchos jóvenes, en un mundo gobernado por los adultos y, en algunos casos, por mentalidades reaccionarias.

The Miseducation of Cameron Post es una película frontal, desencantada y ciertamente nada complaciente, que denuncia, sin ambages, la existencia de patologías colectivas, de prácticas deleznables y de autoritarismos subyacentes, en un tiempo histórico cada vez más mutable, diverso, incierta y desafiante.

The Miseducation of Cameron Post”. Dirección: Desiree Acaban. Guión: Desiree Acaban y Cecilia Frugiuele. Música: Julian Wass. Fotografía: Ashley Connor. Reparto: Chloë Grace Moretz, Sasha Lane, Forrest Goodluck, John Gallagher Jr., Jennifer Ehle, Quinn Shephard, Dalton Harrod, Christopher Dylan White, Emily Skeggs, Isaac Jin Solstein y Steven Hauck.

Hugo Acevedo (Revista Onda Digital)

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