“Vida a bordo” (Pablo Delucis)

Inusual y sensible experiencia

En forma y en concepto estamos ante un trabajo excepcional en toda la extensión de la palabra. Es que a las cualidades que tiene como cine, se agrega el hecho inusual que la banda sonora del filme, compuesta por Cecilia Trajtenberg y adaptada para orquesta por Franco Polimeni, fue interpretada en vivo por la Banda Sinfónica de Montevideo mientras la película se presentaba en el Teatro Solís el pasado 15 de mayo. Vale acotar que un hecho de estas características es la primera vez que se da en una exhibición cinematográfica en Uruguay, y más allá del realce que una performance de este tipo pueda aportarle a un trabajo cinematográfico, la versión que se presenta en funciones normales de cartelera, es también una experiencia fascinante.

Emiliano Mazza De Luca, director del trabajo, que ya había mostrado una mirada sensible y atinada en documentales como Multitudes (2014) y – en especial – Nueva Venecia (2016), arriesga y hay que darle la razón cuando dice que en esta película es para el espectador una propuesta experiencial.

Vida a bordo, acompaña a la tripulación del barco porta contenedores paraguayo “El explorador” en su recorrido por los ríos Paraná y Paraguay, en el trayecto comprendido entre Asunción y Buenos Aires. No estamos para nada ante un documental clásico en el que la tripulación cuenta su vida, o los pormenores inherentes a su función en el barco; o dicho de mejor manera, si bien todo eso está al alcance del espectador, es de una manera para nada explícita y habitual, ya que en la forma en que se conecte con la historia, estará la clave para conocer lo que puedan estar viviendo y sintiendo esa veintena de hombres. Casi no hay palabras, la mayoría de las que se escuchan se confunden entre los ruidos de motores, y los sonidos de la naturaleza. Solo un poema de unos dos minutos, escrito por el hijo de uno de los tripulantes, oficia como una especie de catarsis manifiesta que complementa todo lo que se sugiere. Es que estamos ante uno de esos casos en que las herramientas cinematográficas se apropian de una realidad que no se modifica pero que está presentada a manera de una cuidada coreografía retratada de forma magistral por la fotografía de Arauco Hernández y Jose María Ciganda. Así vemos por ejemplo a la tripulación limpiar la cubierta mientras la banda sonora de las gotas de lluvia y el repiqueteo de los instrumentos de limpieza completan una deliciosa escena. De la misma forma, la reparación de una pieza engrasada nos remite a una delicada operación quirúrgica y las gruesas cuerdas de amarre, presentan el peligro de una noche de tormenta con la figura de una inquietante serpiente.

Más allá de todo esto, el filme nunca olvida que quienes tripulan el barco son seres humanos que dejan sus familias por semanas y están expuestos a la soledad más primitiva. Algunos tratan de disimularla practicando algún deporte o mirando una televisión que solo presenta rayas en su pantalla.

Y la noche que parece eterna, y el rumor de las aves y de las ranas que se confunde con llantos de bebé recordados o imaginados, o con el bullicio de niños jugando, mientras la niebla y las nubes van dando paso por fin al ansiado buen puerto. Ese mismo buen puerto al que sentimos que hemos llegado al finalizar un trabajo apasionante, de gran sensibilidad y eminentemente cinematográfico en su profunda humanidad.

Pablo Delucis (Cartelera, 20/05/2019)

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